

En un artículo anterior, analizamos el impacto militar e industrial de la operación conjunta “Epic Fury” y “Rugido del León” sobre las capacidades convencionales iraníes. En esta segunda y última entrega, examinamos los posibles efectos combinados del estrangulamiento económico y la movilización interna que podrían conducir a la implosión del régimen iraní.
El bloqueo marítimo ha tomado el relevo de los ataques de febrero-abril de 2026.
El bloqueo es una condición necesaria para debilitar al régimen iraní, pero no suficiente. Varios mecanismos explican por qué las sanciones económicas impuestas durante años, sumadas al actual bloqueo marítimo estadounidense y a sus consecuencias, como las interrupciones de las cadenas de suministro y el cese de las exportaciones petroleras, tienen dificultades para provocar por sí solas la debacle de este régimen, que ha demostrado su capacidad de adaptación y se ha reestructurado tras el ataque inicial de decapitación de febrero pasado.
Reestructuración militar y pertenencia nacional
El mando iraní eliminado fue sustituido por otro fuertemente militarizado. Está claro que el presidente Masoud Pezeshkian, considerado moderado, ha sido marginado y que el poder ejecutivo estratégico está ahora en manos de una junta dominada por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI). En la cúpula, la coordinación está centralizada en el cuartel general Khatam al-Anbiya, que, con nuevas figuras, asegura la rápida reconstrucción de las capacidades de misiles y drones. Para limitar la vulnerabilidad del centro de decisión, la cadena de mando ya no es piramidal, sino más horizontal: los mandos regionales han sido autorizados a tomar la iniciativa y gozan de una mayor autonomía táctica, especialmente para llevar a cabo emboscadas navales y aéreas, así como incursiones de hostigamiento si se cortan las comunicaciones con Teherán.
Esta descentralización busca multiplicar los centros de decisión y dificultar los ataques contra la cadena de mando. Además, el régimen impulsa el sentimiento de pertenencia frente a la amenaza externa al estigmatizar a la oposición como un agente extranjero y consolidar la lealtad de su núcleo duro.
Debilitamiento de una economía bajo embargo que sigue siendo resiliente
La República Islámica desarrolló durante décadas redes y circuitos comerciales paralelos para eludir las sanciones occidentales impuestas desde la década de 1980. Esto incluye mercados negros, empresas pantalla repartidas por todo el mundo y socios geopolíticos como China, Rusia, Turquía e Irak, dispuestos a sortear los embargos. Esto permitió atenuar el peso económico de las sanciones, que redujeron el PIB iraní en aproximadamente un 23 % y provocaron pérdidas estimadas entre 10 y 12 billones de dólares estadounidenses entre 2010 y 2022.
Las sanciones y el bloqueo actual continúan golpeando la economía iraní, aumentan las tensiones sociopolíticas internas, limitan su poder regional y reducen su capacidad para financiar a aliados como Hezbolá. Por ello, las sanciones y el bloqueo actúan como catalizadores, no como detonantes de una implosión interna.
¿Cuáles son los factores que acelerarían el colapso del régimen?
Cuatro factores derivados de la convergencia entre la actual crisis económica aguda y las fracturas internas podrían constituir puntos de inflexión que conduzcan al derrumbe de la República Islámica.
La fractura de los pilares económicos
Irán, pese a las apariencias de resiliencia y solidez ideológica, soporta una carga económica muy pesada. El régimen enfrenta la fuerte devaluación del rial, una inflación galopante, el costo de la reconstrucción de infraestructuras, la reconstitución de su arsenal militar y la erosión del poder adquisitivo de los ciudadanos iraníes.
Comerciantes, empresarios y trabajadores asalariados convergieron en las protestas de enero pasado, lo que indicaba que la base económica del régimen ya estaba debilitada: caída de los ingresos fiscales, incapacidad para subsidiar bienes esenciales y dificultades de abastecimiento.
Hoy la situación es mucho más grave y, con el paso del tiempo, el régimen tendría grandes dificultades para contener a los descontentos únicamente mediante la represión.
Las divergencias entre las élites y la presión de los reformistas
La República Islámica se apoyaba en una arquitectura política centrada en torno a Khamenei padre y una red de élites interconectadas. Pero hoy es el CGRI quien sostiene las riendas del poder. Frente al desastre económico, ¿qué hará con las facciones reformistas? ¿Cómo gestionará a unas élites cuyas fracturas internas permanecen ocultas por el estado de guerra? ¿Saldrán a la superficie sus divergencias? ¿Qué harán los ocho millones de kurdos, los tres millones de baluches y una parte de los dieciocho millones de azeríes que reclaman autonomía desde hace décadas?
La transición abrupta hacia la descentralización de los mandos empuja al régimen a militarizar aún más sus periferias y a aumentar la presión sobre las minorías, justificándolo por el “riesgo de partición del país”, lo que refuerza el cierre de filas de la población persa en torno al régimen.
Sin embargo, la destrucción de la economía y de las infraestructuras industriales limita considerablemente su capacidad para comprar la paz social en estas provincias históricamente relegadas.
Las deserciones de las fuerzas de seguridad
El elemento más decisivo para la supervivencia del régimen seguirá siendo la lealtad de los instrumentos de coerción, especialmente el CGRI, la policía y las milicias populares Basij. Por ahora, estas fuerzas permanecen unidas y disciplinadas. Por lo tanto, pueden contener oleadas de protesta mediante la fuerza y la intimidación.
Si unidades u oficiales se niegan a obedecer órdenes, desertan o se ponen del lado de los manifestantes debido, por ejemplo, a interrupciones en el pago de salarios, el descontento popular se transformará en una insurrección y, posiblemente, en una revolución. Por el momento no se han reportado señales precursoras de una situación así, pero el día en que aparezcan los primeros indicios, ello señalaría una crisis en fase terminal. En zonas periféricas como Kurdistán o Baluchistán, la combinación de un profundo malestar social y mandos locales debilitados podría facilitar esta dinámica de fragmentación.
La desaparición del miedo colectivo
Desde 1979, la República Islámica ha aplastado con sangre cinco grandes oleadas de contestación que cuestionaron los cimientos de la teocracia. Entre ellas destacan las purgas de los primeros años (1979-1988), marcadas por la eliminación de opositores y minorías y culminadas con la ejecución clandestina de entre 3000 y 5000 prisioneros; el Movimiento Verde de 2009, surgido contra la controvertida reelección de Mahmoud Ahmadinejad y reprimido por los Basij, con entre 100 y 150 muertos; los levantamientos sociales de 2017-2018, provocados por la inflación y la corrupción, reprimidos con alrededor de 30 muertos; el “noviembre sangriento” de 2019, desencadenado por el aumento del precio de los combustibles y sofocado con al menos 1500 muertos en diez días; y el movimiento Mujer, Vida, Libertad (2022-2023), surgido tras la muerte de Mahsa Amini y reprimido con munición real y ejecuciones públicas, dejando más de 550 muertos.
El más sangriento fue el último levantamiento de enero pasado, que sirvió como detonante indirecto de la intervención militar estadounidense. Durante esta revuelta, las reivindicaciones económicas se transformaron rápidamente en demandas políticas que exigían la caída del régimen. El CGRI, la policía y los Basij reprimieron la revuelta, causando 5000 muertos según las autoridades oficiales y más de 40,000 según las estimaciones más elevadas.
El apagón total de internet, instaurado desde el 8 de enero, aisló al país y dificultó la verificación independiente de la información sobre los acontecimientos en curso.
Cada una de estas crisis ilustró el recurso sistemático a una violencia estatal desproporcionada para garantizar la supervivencia del régimen. Pero la psicología colectiva no es inmutable. Las generaciones más jóvenes, confrontadas a la violencia recurrente del Estado y a las dificultades económicas, han mostrado señales de erosión del miedo.
Cuando la percepción pública cambia por el efecto combinado de la falta de libertades, el descontento sociopolítico y la imposibilidad de satisfacer las necesidades básicas de la vida cotidiana, la movilización puede alcanzar una magnitud crítica y romper el umbral de desaparición efectiva del miedo. Esto tendría un efecto de rápida propagación a través de las solidaridades locales, incluso en ausencia de internet y redes sociales, transformándose en una dinámica de protesta.
Para concluir, el bloqueo estadounidense funciona como una olla de presión de cocción lenta: reduce los recursos necesarios para subsidiar la economía, financiar los servicios públicos y mantener la lealtad de las fuerzas armadas. A medida que estas capacidades se agotan, el régimen pierde herramientas materiales cruciales. Pero la caída solo se producirá si, paralelamente, la población persa y las poblaciones étnicas periféricas cruzan ciertos umbrales y/o si fragmentos significativos de las fuerzas de seguridad se desprenden del régimen. En otras palabras, sin un punto de ruptura interno, ya sea un colapso económico combinado con una movilización masiva y/o deserciones militares, el bloqueo seguirá siendo un factor de debilitamiento más que un instrumento definitivo de derrocamiento.
Si el punto de ruptura resulta lejano o imposible, quedarán tres alternativas para la resolución de la crisis: que Washington ceda, lo que supondría un debilitamiento de Trump; que Teherán ceda, lo que implicaría el debilitamiento o la caída del régimen; o el regreso a la guerra, para la cual el CGRI y la Marina de Estados Unidos se están preparando.
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