
En un contexto regional y doméstico particularmente sensible, cualquier evaluación de las Fuerzas Armadas Libanesas (LAF, por sus siglas en inglés) debe ir más allá de un simple inventario de la ayuda recibida y del equipamiento requerido. El verdadero problema está en examinar los fundamentos políticos, doctrinales y estratégicos de la institución militar en sí misma. La pregunta central no es tanto qué posee el Ejército, sino qué espera el Estado de él, o de qué se niega a hacerse responsable. Desde finales de la década de los 2000, el Ejército libanés se ha beneficiado de una asistencia internacional sostenida, en particular de Estados Unidos, Reino Unido, Francia y otros socios europeos. Este apoyo no solo se ha traducido en la entrega de equipamiento y nuevas infraestructuras, sino, sobre todo, en la introducción de un enfoque estructurado de desarrollo de capacidades. El establecimiento de una visión conjunta de capacidades con Estados Unidos marcó un punto de inflexión, al priorizar la optimización de los recursos existentes por encima de la creación de capacidades completamente nuevas. Este enfoque, que dio lugar a la creación de un Plan de Desarrollo de Capacidades, se basa en una distinción fundamental. El general de brigada (retirado) Maroun Hitti señala que una Estrategia Militar Nacional define lo que el Ejército debe ser capaz de hacer en cumplimiento de un mandato establecido por el Estado, mientras que un Plan de Desarrollo de Capacidades se centra en mejorar la eficacia de las capacidades existentes. Este matiz ayuda a explicar tanto los avances logrados como las limitaciones persistentes, en particular en áreas estructurales clave como la incorporación de drones, la inteligencia artificial y, sobre todo, la defensa aérea, que sigue siendo inexistente. Una pregunta deliberadamente evitada: apoyar al Ejército, ¿para qué? En el centro del debate en torno a este plan se encuentra una pregunta aparentemente simple, pero políticamente explosiva: ¿cuál es, exactamente, la misión asignada al Ejército libanés? Desde sus primeros años, pero especialmente en las últimas dos décadas, la asistencia internacional, principalmente de Estados Unidos, Reino Unido y Francia, junto con muchos otros países aliados, ha evitado a la institución militar una serie de posibles retrocesos. Sin embargo, ese apoyo nunca ha estado anclado en una política de seguridad y defensa nacional libanesa claramente articulada y respaldada de forma unánime. Oficialmente, las declaraciones de misión, repetidas hasta el cansancio, son conocidas: preservar la estabilidad, combatir el terrorismo, controlar y defender las fronteras y garantizar la seguridad interna. Extraoficialmente, la ambigüedad persiste debido a la existencia de una fuerza armada paralela, Hezbolá, que continúa beneficiándose de una protección política interna sostenida. En este contexto, fortalecer al Ejército sin clarificar su mandato equivale a reforzar una institución mientras, al mismo tiempo, se neutraliza su capacidad de acción. Más inquietante aún es el intento de subordinar al Ejército a Hezbolá, lo que equivale a despojarlo de su esencia y su razón de ser. ¿Cuántas veces se han escuchado discursos grandilocuentes, etiquetados como “estratégicos”, que reducen al Ejército a un rol de policía interna, contra la oposición, por supuesto, mientras la defensa territorial queda en manos de Hezbolá? Tras los recientes reveses de este último, se ha asignado al Ejército una nueva misión: garantizar el monopolio del uso de la fuerza por parte del Estado, es decir, desarmar a Hezbolá. La ejecución práctica de esta misión es, precisamente, lo que deberá abordar la conferencia prevista en París en marzo de 2026, anticipando el escenario al que se enfrentaría el Ejército si Hezbolá se negara a desarmarse. El papel del Poder Legislativo resulta central en este punto. El aplazamiento sistemático de los debates sobre defensa nacional, su enredo en procedimientos de comisiones y la invocación constante de un consenso siempre esquivo reflejan menos inercia que una decisión política deliberada. La asistencia internacional corre así el riesgo de convertirse en un delicado ejercicio de equilibrio: apoyar a una institución percibida como creíble, mientras se le niega la cobertura política indispensable para cumplir plenamente su misión. Este es uno de los principales riesgos para el Ejército de cara a la próxima conferencia de apoyo en París. La suspensión de una modernización estratégica clave Esta ambigüedad política ha tenido consecuencias concretas. La iniciativa saudí lanzada en 2013, que incluía una donación de 3 mil millones de dólares, ofrecía una base sólida para una auténtica construcción de capacidades, que abarcaba medios navales y un sistema de defensa aérea que cubría los dos primeros niveles, artillería y MANPADS, hasta una altitud de 6 km, diseñado para contrarrestar drones. Esta ayuda habría representado un salto cualitativo significativo en la seguridad estratégica del Líbano. La protección de los centros de decisión política, estratégica y operativa era el núcleo de esta capacidad. Resulta inevitable estremecerse ante la vulnerabilidad de esos centros de decisión, en todos los niveles, frente a las capacidades que hoy poseen los distintos actores armados que operan en el escenario libanés, mientras el Ejército sigue siendo incapaz de responder. La cancelación abrupta del proyecto saudí, tras la intervención política y mediática de Hassan Nasrallah, evidenció la fragilidad de cualquier planificación militar condicionada por las dinámicas de poder político regional y doméstico. También dejó al Estado y al Ejército expuestos a nuevos tipos de amenazas, en particular el uso de drones, sin los medios adecuados de protección. La transformación de la guerra y el desafío tecnológico Los conflictos recientes han transformado profundamente la naturaleza de la guerra. La inteligencia, la superioridad tecnológica y la integración de capacidades mediante inteligencia artificial se han convertido en factores decisivos. Los conflictos recientes en la región muestran que los actores con un déficit tecnológico estructural quedan en desventaja de forma duradera. Esta transformación ha devuelto a la guerra parte de su capacidad de sorpresa. En este contexto, la cuestión no es solo cómo contener a los actores armados no estatales, sino cómo permitir que el Ejército libanés alcance un nivel tecnológico y doctrinal que garantice credibilidad operativa e iniciativa. Al mismo tiempo, un factor clave debe permanecer en primer plano: el tiempo necesario para convertir los recursos financieros en capacidades reales. Este “factor tiempo” se mide en años. Desarmar hoy a Hezbolá habría requerido comenzar los preparativos en 2015, y nunca depender de Israel, ni de ningún otro país, para hacer el trabajo. La pregunta, por tanto, es qué tipo de Ejército quiere tener el Líbano en 2035. Capacidades, recursos humanos e ilusiones estratégicas Reducir el debate a una simple lista de equipamiento sería un error grave. Un Ejército se construye sobre capacidades coherentes, sostenidas por personal, una doctrina clara, una cadena de mando funcional y un respaldo político constante. Los esfuerzos en desarrollo de capacidades han permitido mantener y mejorar estructuras existentes, pero estas siguen siendo en gran medida obsoletas frente a las rápidas transformaciones de la guerra moderna. El control efectivo de fronteras, la vigilancia de la zona económica exclusiva o el despliegue permanente de fuerzas sobre el terreno requieren personal disponible, formado, debidamente remunerado y sostenido a largo plazo. Cualquier misión ambiciosa, como desarmar a una organización fuertemente armada, exige recursos y voluntad política acordes con los desafíos. Esto implica también un compromiso presupuestario claro del Estado, en particular mediante la asignación de una proporción definida del producto interno bruto a la defensa y la seguridad. Misiones estratégicas claramente definidas En un entorno dominado por la inteligencia, cinco misiones aparecen como clave para el futuro de las LAF: la recolección y análisis de información; la defensa y control de fronteras; la capacidad de operaciones ofensivas internas con alta probabilidad de éxito; la disuasión; y la interoperabilidad con fuerzas armadas aliadas. Ejecutadas de manera eficaz, estas misiones sustentan la credibilidad, la eficacia y la sostenibilidad a largo plazo de la institución militar. Cobertura política y responsabilidad del Estado En el fondo del problema está la responsabilidad política. Con demasiada frecuencia, el Estado espera que el Ejército cumpla misiones para las que no se han tomado decisiones claras ni responsables. Se percibe una evolución gradual y positiva, marcada por el cuestionamiento de ciertas coberturas políticas implícitas, pero el costo político y de seguridad de esta evolución sigue sin resolverse. Un análisis de las principales bases de poder de Hezbolá, su base social, profundidad estratégica, protección política interna, recursos financieros y comunicación estratégica, muestra que solo una decisión plenamente asumida por el Estado, respaldada por una auténtica coherencia gubernamental y un diálogo concertado dentro de la comunidad correspondiente, puede crear las condiciones para una acción militar eficaz, capaz de alcanzar los objetivos previstos y afirmar la supremacía del Estado. Del equipamiento a la capacidad operativa sostenible Poseer equipamiento no constituye, por sí mismo, una capacidad. Mantener, por ejemplo, una presencia marítima permanente los 365 días del año, en todas las condiciones, exige una organización clara y una división de las zonas marítimas nacionales, medios navales, personal especializado y tecnológicamente capacitado, formación continua, mantenimiento operativo sostenido e infraestructuras que implican un costo anual significativo. La defensa es costosa, pero vital, y la priorización es indispensable: el foco debe estar en consolidar plenamente las capacidades existentes antes de adquirir nuevas. El costo no debería alarmar en exceso a las finanzas públicas; distribuirlo a lo largo de varios años sería viable, siempre que se apruebe una ley que asigne un porcentaje definido del PIB a este fin. Esto devuelve al primer plano el papel esencial del Poder Legislativo. Eficacia militar y coherencia política El análisis de la ayuda, las capacidades y los desafíos del Ejército libanés revela una constante: la eficacia militar es inseparable de la coherencia política. Sin un mandato claro, sin cobertura política y financiera responsable, y sin una estrategia nacional de defensa y militar explícita, las inversiones en equipamiento y personal resultan en gran medida estériles. En este contexto, y según el general Maroun Hitti, el trabajo de base realizado en las últimas dos décadas dentro del Estado Mayor del Ejército merece reconocimiento. Su enfoque riguroso en el desarrollo de capacidades ha permitido preservar la coherencia profesional y operativa de la institución en condiciones políticas y financieras extremadamente restrictivas. Sin embargo, el tiempo juega en contra: la guerra evoluciona más rápido de lo que el Ejército puede adaptarse, y la asistencia internacional debe tenerlo en cuenta. Este reconocimiento a la institución militar no exime al Estado de su responsabilidad principal. Solo él tiene la capacidad no solo de transformar estos esfuerzos técnicos en una verdadera estrategia nacional de defensa, sino también de asumir la responsabilidad de proporcionar a las Fuerzas Armadas Libanesas directrices claras y opciones estratégicas bien definidas para el futuro inmediato.









