Logotipo de Levant Time

Mirada posada

Para cerrar la fractura libanesa
Por
Rami Rayess
Publicado
may 5, 2026 - 08:48

A medida que se profundiza el discurso de odio y resentimiento entre los libaneses, se multiplican las preguntas sobre qué sería realmente posible hacer para cerrar la fractura política y mediática que se ha arraigado a través de las redes sociales, hoy al alcance de todos y que permiten a cada ciudadano expresar su opinión, lo cual, en principio, es algo positivo, sin ejercer siquiera un mínimo de autocensura. Como resultado, los fanatismos comunitarios y sectarios se desbordan libremente, sin ningún freno moral ni político. Esta fisura social refleja la división vertical que atraviesa el país, una división peligrosa que incide en las grandes decisiones estratégicas que están llamadas a definir la identidad del Líbano y su papel regional a futuro. Se trata de cuestiones tan centrales como la forma de enfrentar a Israel y sus agresiones continuas contra el Líbano, así como el monopolio de las armas por parte del Estado, en aplicación del acuerdo de Taif, en virtud del cual todas las milicias libanesas entregaron sus armas a comienzos de los años noventa, con la excepción de Hezbolá, en nombre de la llamada Resistencia. Si bien se pudieron invocar justificaciones para conservar las armas y liberar el territorio, lo cual efectivamente ocurrió en el año 2000 en lo que puede considerarse un logro histórico mayor, marcado por la retirada incondicional de Israel de los territorios que ocupaba, también es cierto que el papel de esas armas se extendió mucho más allá de la liberación. Esto derivó en la creación de un Estado dentro del Estado libanés y en el fortalecimiento del peso político de Hezbolá frente a las demás fuerzas libanesas. Ese proceso desembocó en episodios como los enfrentamientos del 7 de mayo de 2008, cuando el grupo lanzó una ofensiva contra la capital y la región montañosa en respuesta a dos decisiones gubernamentales que, en la práctica, apuntaban a la construcción del Estado. Lo que resulta lamentable, incluso desolador, es que la misma parte que se jacta de haber logrado la liberación histórica de 2000 carga hoy con la mayor responsabilidad política y militar en la destrucción de ese logro. Desde la guerra de julio de 2006 hasta las dos guerras de apoyo de 2024 y 2026, Israel ha podido reocupar las Cinco Colinas en una primera fase y luego más de cincuenta y cinco aldeas en la segunda, a la que denominó “Color amarillo”. Si el vínculo orgánico del partido con Irán no es un secreto para nadie, el propio partido lo proclama abiertamente, lo que genera frustración entre muchos libaneses es la rapidez con la que se moviliza para vengar al líder supremo Ali Jamenei y declarar su solidaridad con la República Islámica. Esto contrasta con la ausencia de acción iraní frente a las sucesivas guerras que ha sufrido el Líbano en los últimos años, así como ante el asesinato de una de las figuras más destacadas de su eje, el secretario general de Hezbolá, Hassan Nasrallah. Naturalmente, todas estas consideraciones no justifican que algunos libaneses desvíen completamente la mirada de las agresiones israelíes constantes contra el país, de sus violaciones cotidianas de la soberanía ni del ataque a civiles, como ocurrió el pasado 8 de abril. Cabe recordar que el número de víctimas de estas agresiones solo en la guerra de 2026 ha superado los dos mil seiscientos muertos. Algunos de estos sectores parecen incluso dispuestos a absolver a Israel de sus crímenes más allá de lo que el propio Israel reclamaría, e incluso llaman a acelerar una normalización sin condiciones. Algunos llegan a negar las ambiciones históricas de Israel sobre el Líbano, al menos hasta la línea del Litani, y su intención de avanzar hacia ese río para anexar la región situada al sur, bajo el argumento de proteger las colonias del norte y a sus habitantes. Estos mismos sectores también cierran los ojos ante desarrollos alarmantes, como el desplazamiento de poblaciones en zonas del monte Hermón o en sus inmediaciones, áreas contiguas a territorios que Israel también ocupa en Siria, donde además ha ampliado su control tras la caída del régimen de Bashar al Asad en diciembre de 2024. En su afán por encaminar al Líbano hacia un acuerdo de paz y normalización con Israel, no dudan en invocar ejemplos como Camp David entre Egipto e Israel o Wadi Araba entre Jordania e Israel, pese a las profundas diferencias políticas y de contexto que separan esos casos de la realidad libanesa. Atrapado entre la presión estadounidense, las agresiones israelíes y la instrumentalización iraní del frente libanés, el Líbano se encuentra en una encrucijada en medio de una aguda división nacional que augura graves consecuencias, a menos que se logre establecer un diálogo político que devuelva a las cuestiones nacionales su lugar central. Entre ellas, el monopolio de las armas en manos de la única legitimidad libanesa y la construcción de bases sólidas para negociar con Israel, incluyendo un alto el fuego, la retirada militar y la reconstrucción, entendiendo que todas estas etapas deben desarrollarse bajo la autoridad exclusiva del Estado. El Líbano ya no está en condiciones de subcontratar sus decisiones nacionales, y precisamente eso es lo que ha lastreado su trayectoria a lo largo de las últimas décadas.

Oriente Medio: fuego y pólvora
Por
Rami Rayess
Publicado
abr 17, 2026 - 17:38

Las promesas políticas y electorales del presidente estadounidense Donald Trump se han evaporado, en particular en el ámbito de la política exterior, y los relumbrantes titulares sobre el fin de las guerras han quedado en nada, él que se jactó, apenas elegido, de poner fin a “ocho guerras”, mientras que en contrapartida ha encendido dos nuevas, en Venezuela y en Irán, y amenaza seriamente con hacer de Cuba su tercera etapa. El arresto del presidente venezolano Nicolás Maduro transcurrió sin provocar reacción interna notable, pues el régimen abandonó a su propio jefe y asumió con pragmatismo extremo la presión estadounidense, pero el caso de Irán es bien distinto. Los acontecimientos sobre el terreno desmintieron las expectativas estadounidenses e israelíes, pues pronto quedó claro que eliminar a la cabeza del régimen, el Líder Supremo Alí Jamenei junto con varios altos mandos, no hizo perder a los Guardianes de la Revolución el control del país ni aflojó su férreo dominio sobre él. La apuesta por el estallido de un levantamiento popular desde el interior iraní en cuanto se desatara la guerra resultó igualmente fallida, ya que aunque una parte considerable de la opinión iraní alberga una hostilidad real hacia el régimen, no tiene ningún deseo de cabalgar la ola estadounidense. El papel desempeñado por Estados Unidos y su CIA en el derrocamiento del gobierno de Mossadegh en el golpe de 1953 permanece profundamente arraigado en la memoria popular y colectiva iraní, habiendo consolidado probablemente la convicción de que apostar por los estadounidenses no puede prosperar ni contribuir al cambio real, sobre todo porque el propio Trump no tiene interés genuino en la transformación política por razones reformistas, sino exclusivamente por cálculo de interés. La administración estadounidense no habría tenido ningún inconveniente en tratar con el nuevo Líder si este hubiera mostrado la flexibilidad que Washington esperaba, y en tal caso no se habría preocupado en absoluto por las aspiraciones del pueblo iraní a la libertad, la democracia y los derechos humanos. El ejemplo venezolano sigue siendo elocuente: Trump prescindió de la líder de la oposición pese a que ella intentó congraciarse con él proponéndolo para el Premio Nobel de la Paz, convencida de que endosarle el galardón internacional más prestigioso podría aumentar su crédito ante el presidente estadounidense, quien hizo caso omiso de todo ello y continuó trabajando con los pilares del propio régimen de Maduro, al que mantiene en una celda del centro de detención federal de Brooklyn, Nueva York, obteniendo mientras tanto lo que quería en materia de petróleo. Naturalmente, los sueños de cambio del pueblo venezolano también se desvanecieron. El presidente Donald Trump amenaza ahora a Cuba, la isla que inquietó a Washington durante décadas y fue durante mucho tiempo una espina clavada en su costado, y parece resuelto a barrer todos los esfuerzos de acercamiento y reconciliación emprendidos por su predecesor Barack Obama para pasar la página del pasado y a abrir un nuevo frente contra ella, lo que confirma la indiferencia de Washington hacia cualquier principio elemental de la acción internacional o la necesidad de actuar a través de la Organización de las Naciones Unidas. Es más, se perfila una voluntad clara de socavar y debilitar el orden mundial surgido tras la Segunda Guerra Mundial, del que el “Consejo de la Paz” (todavía tambaleante) creado tras la guerra de Gaza no es sino uno de los ejemplos más reveladores de esta política. Pero ¿quién dijo que el hecho de que Washington ignore los intereses reales de los pueblos sirva verdaderamente a los suyos? ¿Y quién dijo que reforzar sus alianzas con la mayoría de los regímenes dictatoriales en Oriente Medio y más allá sirva también a sus intereses? Es cierto que los sistemas democráticos no nacen de la noche a la mañana, y es cierto que la democracia importada de Occidente puede no adaptarse a todas las sociedades, pero también es cierto que la represión de los pueblos genera inevitablemente, en un momento u otro, una explosión política y social. Si la experiencia de las revoluciones árabes desembocó en desenlaces dolorosos, fue por circunstancias complejas: unas vinculadas a la confiscación de la revolución por los propios regímenes (Siria es el ejemplo más claro), otras a la incapacidad de las fuerzas revolucionarias para organizarse, incapacidad que a su vez obedecía al hecho de que los poderes dictatoriales habían domesticado las sociedades y las habían vaciado de las élites capaces de liderar un proyecto de cambio. Nada de ello justifica, sin embargo, que Occidente se repliegue hacia una política de rehabilitación de los regímenes existentes o de sustitución de los mismos por otros que no les van a la zaga en materia de represión. En lo que respecta a Oriente Medio, la cuestión ya no atañe únicamente a la naturaleza de las sociedades políticas de la región árabe, sino también al empeño de Israel en encender guerras de manera continua y, algo nuevo, en arrastrar a Estados Unidos consigo a sus conflictos en múltiples frentes, aunque no exista ninguna amenaza real para la seguridad nacional estadounidense, pese a lo que Israel se afana en vender. La última de estas guerras es la que se libra contra Irán, el cual no ha dejado de causar daño a sus vecinos de los Estados árabes del Golfo, lo que convertirá la convivencia futura en un desafío permanente. Este empeño israelí en apartar la mirada de cualquier idea de paz, más aún en sabotearla mediante guerras y ocupaciones, tendrá consecuencias profundamente negativas para toda la región durante generaciones. En el frente palestino, Israel no se conforma con destruir Gaza y bombardearla a diario incluso después del alto el fuego (alcanzando una cifra aterradora de mártires que ronda los 75.000!), sino que también arremete contra Cisjordania plantando allí sus asentamientos, lo que cierra definitivamente el paso a cualquier solución pacífica y entierra el histórico proyecto de los dos Estados, que nunca verá la luz si Israel persiste en sus políticas regionales. Esta política de hechos consumados la aplica Israel también en el sur del Líbano y en el sur de Siria, de cuyo territorio ha ocupado nuevas porciones tras la caída del régimen de Bashar al-Assad en diciembre de 2024, amén, claro está, de su ocupación de los Altos del Golán sirio desde 1967, que se niega a devolver y que ha anexionado formalmente, sin ninguna intención de dar marcha atrás en dicha anexión. A menos que la región logre regular el ritmo israelí mediante reglas firmes, entre ellas ejercer presión para que abandone la política de guerras permanentes y en cascada y reconozca los derechos legítimos del pueblo palestino, Israel no podrá perpetuar indefinidamente su proyecto de ocupación. Los Acuerdos de Abraham han demostrado que no aliviaron la tensión en la región, sino que la agravaron, y que tampoco proporcionaron a Israel la seguridad que persigue de guerra en guerra. El olor del fuego y la pólvora llena el Oriente Medio, y nuevos enfoques junto con nuevas políticas se imponen ya.

Líbano: ¿qué posguerra?
Por
Rami Rayess
Publicado
abr 3, 2026 - 20:33

¿Cómo se presentará la situación del Líbano y de la región a raíz de la guerra estadounidense-israelí contra Irán? ¿Y qué será de la fractura libanesa-libanesa, que se ha profundizado hasta niveles sin precedentes bajo el efecto conjugado de este conflicto, del compromiso de Hezbolá en él y de las agresiones israelíes que no cesan de extenderse por el territorio libanés, mientras el número de víctimas supera ya el millar y crece día tras día, hora tras hora? Por el lado iraniano, la supervivencia del régimen aproximadamente un mes después de que se abrieran las hostilidades constituye en sí misma un logro, y es precisamente lo que los partidarios de lo que antaño se designaba bajo el nombre de «eje de la resistencia» llamarían gustosamente una «victoria». Esta denominación sigue siendo, por supuesto, relativa, puesto que lo que pasa por victoria con arreglo a los criterios de ese eje representa un fracaso estruendoso a la luz del curso real de la guerra. Un régimen que se mantiene en el poder sobre ruinas no puede proclamar genuinamente una victoria, e Irán necesitará décadas enteras para recuperarse del derrumbe en que este conflicto devastador lo ha precipitado. Sin embargo, según los cálculos de un régimen teocrático y dogmático profundamente arraigado en sus certezas ideológicas, el hecho de haberse mantenido frente a la mayor potencia del mundo, que hace gala de su omnipotencia militar, y frente a su aliada regional que logró en pocos meses trastornar los equilibrios de fuerza en la región, representa una hazaña innegable. A ello se añade, en la lógica iraní, el hecho de que Teherán supo desafiar el sistema de la Cúpula de Hierro, atravesar el escudo de seguridad israelí y hacer llover cientos de misiles sobre ciudades y localidades israelíes, en coordinación con Hezbolá, que disparó a su vez cientos de cohetes sobre el norte de la Palestina ocupada, mientras resistía simultáneamente a las columnas del ejército israelí que se empeñaban en adentrarse en el sur del Líbano y en avanzar en la ocupación de sus pueblos, como preludio al establecimiento de un nuevo estado de cosas que cristalizaría en un acuerdo de alto el fuego sin precedentes. Pues el acuerdo de 2024 parece haber perdido toda sustancia, él que por lo demás nunca fue respetado por Israel desde su firma, a lo largo de más de quince meses durante los cuales la soberanía libanesa fue violada cientos de veces sin que el comité del «mecanismo» lograra obligar al Estado hebreo a aplicar disposición alguna. En el plano interior libanés, quienes apostaban por «el fin» de Hezbolá ya no pueden permitirse desviar indefinidamente la mirada de lo que ocurre en Irán, ni negar que esta «resiliencia iraní», por costosa que sea, ofrecerá tarde o temprano, de un modo u otro, un respiro al partido. Más fundamentalmente aún, no pueden ignorar las agresiones israelíes que golpean a civiles inocentes, socorristas, médicos y periodistas, y que se ceban igualmente en las infraestructuras civiles, como puentes e instalaciones públicas, con el fin de aislar la región al sur del río Litani del resto del territorio libanés, sin contar la destrucción total de los pueblos de la línea de frente arrasados hasta los cimientos con el propósito de expulsar definitivamente a sus habitantes y preparar una ocupación de larga duración, de naturaleza radicalmente diferente de lo que ocurrió durante la ocupación del Sur a partir de 1978, y luego durante la gran invasión de 1982 que llegó hasta Beirut, hasta la liberación completa del territorio en 2000. Si esta nueva realidad obliga a los libaneses que se oponían, con razón, al compromiso de Hezbolá en esta guerra en nombre de todos y sin consulta previa, a reconsiderar sus certezas y sus apuestas por la eliminación del partido, impone simultáneamente a Hezbolá renunciar sin demora al lenguaje de la amenaza, la intimidación, la traición y las acusaciones de «sionización» dirigidas contra tal o cual responsable. No cabe aceptar que este partido armado, que ha arrastrado al Líbano a una guerra de la que el país no obtiene ningún beneficio, se vuelva contra el resto de los libaneses una vez suspendido el conflicto, tal como lo dan a entender algunos de sus dirigentes o ciertos medios que gravitan en su órbita, en un desafío provocador a los sentimientos de amplios sectores de la sociedad y a la propia idea del Estado, que se supone debe ser el denominador común de todas las componentes de la nación. De lo que Israel saca quizás el mayor provecho es de alimentar las disensiones y los rencores entre libaneses, de enfrentar a las comunidades unas contra otras, pues ello le ahorra considerables esfuerzos al mantener a los libaneses consumiéndose mutuamente y apartados de la confrontación con su proyecto expansionista, que adquiere ahora contornos alarmantes mientras se elevan, desde el interior mismo de Israel, las voces que reclaman un «Gran Israel» y la necesidad de expandirse hacia el norte, en dirección al sur del Líbano, para proteger pueblos y asentamientos condenados a la inestabilidad crónica. Los libaneses ya vivieron la dolorosa experiencia del 7 de mayo de 2008, que no fue sino un golpe de fuerza armado contra la idea de la convivencia entre las distintas componentes de la sociedad libanesa, producido en el apogeo del poder y de la hegemonía armada del Hezb sobre la vida nacional, constitucional y política del país. Semejante experiencia sigue siendo inaceptable bajo cualquier forma, pues representaría una receta lista para la guerra civil y el repudio de todos los logros de la paz civil, la reconstrucción y la estabilidad, por frágil que sea, hechos posibles por los acuerdos de Taëf de 1989. Lo que los libaneses deben cultivar en esta hora histórica es la humildad y el regreso a las posiciones fundamentales, a fin de trabajar por poner fin a la guerra y a las agresiones, reconstruir el clima nacional propicio a la consolidación de la estabilidad y la paz interior, y de ese modo desbaratar todo proyecto que busque alimentar las divisiones mediante la violencia, esa violencia que el país soportó durante quince años de devastadora guerra civil.

El Líbano acorralado
Por
Rami Rayess
Publicado
mar 25, 2026 - 06:04

En tiempos de guerra y de crisis, la escena libanesa se divide entre quienes sacan a la superficie todas las fracturas y todos los contenciosos para avivarlos y agravarlos, y quienes se esfuerzan por consolidar un clima de unidad nacional que permita atravesar el período difícil, mientras se aguardan días más tranquilos en que sea posible abordar las grandes cuestiones nacionales. Es cierto que este no es el momento de adentrarse en asuntos tan profundos y cargados como la validez del Acuerdo de Taif, la naturaleza del régimen político o la abolición del confesionalismo político. Esta es una fase para el cese de la guerra, para la cura de las heridas, para buscar una salida del atolladero en que el país se ha hundido — un atolladero del que nada, por ahora, hace presagiar una salida fácil a corto plazo. Existen postulados a los que sería imposible renunciar si el país quiere salir del profundo bache que atraviesa — postulados cuyo abandono ha demostrado ya, en la práctica, tener un precio muy elevado: — La exclusividad de las armas en manos del Estado libanés. No hay otra salida que llegar a esta realidad, que se da por sentada en todos los países del mundo. Ningún Estado consiente en «subcontratar» la defensa de su territorio a una facción armada que no obedece su autoridad y está anclada, en sus relaciones, su financiación y su armamento, a un Estado extranjero. El gobierno libanés ha dado pasos importantes en esta dirección, pero ni los ininterrumpidos ataques israelíes lo han ayudado a cumplir su misión, ni la propia naturaleza de la aplicación de esta difícil decisión — la del monopolio de las armas, que toca numerosas complejidades y sensibilidades internas — le ha brindado los medios para hacerlo. En cuanto a quienes confían en que Israel se encargue de esta tarea, la experiencia de los quince meses transcurridos entre el alto el fuego y la reanudación de las hostilidades debería hacer difícil creer en esa opción, por devastadores que hayan sido los golpes asestados al Hezbolá. — La decisión de guerra y de paz. Si la convicción de que el Estado debe monopolizar las armas y la función defensiva se ha arraigado en el ánimo de la gran mayoría de los libaneses, lo mismo ocurre con la decisión de guerra y de paz, cuyo único titular debe ser el Estado. La invocación irresponsable del rechazo a esta realidad, con el pretexto de que es Israel quien decide hoy la guerra y la paz con el Líbano, no suprime la necesidad de zanjar esta cuestión en términos libaneses — este argumento es tan inaceptable como la afirmación que antes se hacía de que Israel habría desencadenado la guerra de todas formas, aunque Hezbolá no hubiera disparado sus seis cohetes sobre los territorios ocupados. — Un plan de defensa. Es imposible apartar la vista de la necesidad de que el Líbano reflexione seriamente, de cara al futuro, sobre cómo proteger su territorio de las agresiones israelíes que no se han interrumpido en su suelo desde la Nakba de 1948, con intensidades variables que han aumentado o disminuido según las circunstancias políticas y militares. Si bien el Líbano nunca podrá, con sus solas fuerzas oficiales, hacer frente a un ejército israelí al que el respaldo ilimitado de los Estados Unidos garantiza la supremacía militar regional, resulta no obstante indispensable idear fórmulas más flexibles capaces de proteger su frontera sur y los pueblos de primera línea, según la terminología consagrada. Queda que los desafíos políticos y militares a los que el Líbano se enfrenta en este momento exigen una movilización diplomática activa, liderada por el gobierno libanés, para poner sobre la mesa las propuestas del presidente de la República — a través de los amigos del Líbano — aunque dichas propuestas hayan sido recibidas con una frialdad política israelí que contrasta con el incendio del frente libanés. Es evidente que la parálisis diplomática instalada días después del inicio de la guerra obedece al rechazo israelí de todas las propuestas y a su total falta de prisa por apagar este frente — tanto más cuanto que Hezbolá, impulsado por la rabia que suscita el asesinato del Guía Supremo iraní Ali Jamenei, ha recuperado algo de la iniciativa y multiplica las salvas de cohetes que privan a los habitantes del norte de Israel, vecinos de la frontera libanesa, de toda seguridad y estabilidad, obligándolos a refugiarse en refugios subterráneos. Si Israel no da muestras de ninguna prisa por poner fin a la guerra contra el Líbano, el peligro mayor sigue siendo su intención de reocupar grandes franjas del Líbano sur — lo que supondría un grave retroceso respecto a la liberación de 2000, arrancada al precio de grandes sacrificios, con honor y altivez, y la pérdida de un logro considerable que distinguía entonces al Líbano como el único país árabe que había obligado a Israel a retirarse de los territorios que ocupaba, no solo sin acuerdo de paz, sino sin restricción ni condición alguna. El Líbano se encuentra hoy ante una verdad amarga: es él quien ofrece negociaciones a Israel, e Israel quien las rechaza — mientras que en el pasado era Israel quien buscaba repetidamente concluir un tratado de paz con él, y era el Líbano quien no consentía. Entre aquel momento y este, lo esencial es que el país no se pierda en los discursos incendiarios de ambos bandos: de un lado, quienes alardean de su fuerza pese a los ataques y no cesan de amenazar con abalanzarse sobre el Líbano interior llegado el momento; del otro, quienes están dispuestos a absolver a Israel de todas sus agresiones y de todos sus ataques, y que parecen apenas capaces de registrar que más de mil mártires han caído en el Líbano en el espacio de solo dos semanas.

Un debate estadounidense inédito: ¿Israel, aliado o lastre estratégico?

Con el estallido de la segunda guerra israelí-estadounidense-iraní, las preguntas y las observaciones se acumulan en torno a este gran conflicto que transformará, sin la menor duda, el rostro de la región y del mundo, dejando tras de sí profundas consecuencias sobre el porvenir del Oriente Medio y la naturaleza de sus relaciones políticas. He aquí las más destacadas: — Es evidente que esta guerra no fue bien preparada. A pesar de la eliminación del Guía Supremo, del ministro de Defensa iraní y del mando superior desde las primeras horas, la arquitectura de mando y control en Irán se revela igualmente descentralizada, como lo demuestra la persistencia de las andanadas de misiles disparadas en todas las direcciones. La incapacidad de Estados Unidos e Israel para neutralizar la capacidad de segundo ataque del Irán (Second Strike Capability) confirma esta impresión. Asimismo, la apuesta por un levantamiento de protestas en Irán ha fracasado y no puede invocarse como factor fiable. Tampoco cabe ignorar que el combatiente iraní actúa desde una doctrina religiosa que considera el martirio no como una amenaza, sino como una meta y una ganancia. — Junto a las considerables pérdidas iraníes, no es posible apartar la vista del hecho de que los misiles iraníes han destruido efectivamente todas las bases militares estadounidenses en los países del Golfo, según un revelador informe publicado por The New York Times, lo que plantea la interrogante seria y profunda de si la implicación estadounidense en esta guerra sirve realmente al «interés nacional de Estados Unidos». Los comentarios políticos se han multiplicado sosteniendo que Israel ha «enredado» a Washington en esta batalla, informándole de su decisión de ir a la guerra en lugar de solicitar la aprobación americana, como hacían los gobiernos israelíes anteriores antes de emprender cualquier operación militar de envergadura. Esto pone en cuestión el lema de Trump de detener todas las guerras y su jactancia de haber puesto fin a al menos ocho conflictos. — Esta guerra carece de cobertura política o jurídica, ni en el plano internacional — con la deliberada exclusión de las Naciones Unidas y todos sus organismos —, ni en el plano interior estadounidense, donde el presidente Donald Trump sorteó por completo al Congreso sin solicitar su aprobación, ignorando las instituciones políticas americanas y la propia Constitución. — El debate se amplía dentro de Estados Unidos en torno a los verdaderos objetivos de la guerra y a si Irán representa realmente una amenaza para la seguridad nacional americana. Es cierto que Teherán no ha dejado de agitar el lema «Muerte a América» y que se le atribuyen numerosos ataques contra fuerzas estadounidenses. Pero la discusión seria gira en torno a si Irán amenaza realmente la seguridad interior de Estados Unidos, y si ir a la guerra es la respuesta más adecuada al desafío que representa. Este debate regresa, inevitablemente, a Israel: la amenaza apunta a Israel, no a América, e Israel ha arrastrado a Estados Unidos a este conflicto. Washington paga hoy un precio mucho más alto que el propio Israel. — Los bombardeos iraníes contra los países del Golfo deberían llevar a Estados Unidos a reflexionar en profundidad sobre sus consecuencias, y a establecer una comparación inevitable: los países del Golfo contribuyen a la economía americana con miles de millones de dólares en contratos de armamento y de otra índole, mientras que Israel le cuesta a Washington decenas de miles de millones de dólares anuales desde la Nakba de 1948. ¿No existe acaso un sentimiento creciente en los círculos americanos de que Israel se ha convertido más en una «carga estratégica» que en un verdadero «aliado estratégico»? Es un debate político serio que recorre numerosos ámbitos estadounidenses. Sea como fuere, la región está abierta a todas las posibilidades. La ambición israelí de hegemonizar la región e ir devorando sus territorios uno a uno podría no resultar tarea fácil, a la luz de las profundas transformaciones que vive el Oriente Medio en este momento. Y su política —fundada en el rechazo al reconocimiento de los derechos legítimos del pueblo palestino, en la perpetuación de la ocupación de los territorios de 1967, en la indiferencia absoluta hacia todas las iniciativas de paz durante décadas, y en el rechazo de todas las soluciones propuestas— no puede prolongarse hasta el infinito. ¿Quién dijo que la aceptación árabe —y no árabe— de la supremacía total de Israel sobre la región estaría al alcance de la mano, aun cuando el desempeño árabe a lo largo de las décadas pasadas haya resultado decepcionante e insuficiente para hacer frente a los crecientes desafíos que representa el proyecto israelí en cada una de sus etapas —desde la fundación del Estado sionista sobre las tierras de la Palestina histórica hasta la erosión progresiva de otras tierras árabes, pasando por el rechazo a la creación de un Estado palestino independiente, la obstaculización del retorno de los refugiados o de cualquier entendimiento sobre los arreglos para Jerusalén, hasta el derrumbe de todas las barreras políticas y morales en la última guerra de Gaza, donde el número de mártires roza los setenta mil civiles e inocentes? La región ha entrado en un parto doloroso, y salir de esta guerra será infinitamente más difícil que haber entrado en ella. Los acontecimientos que se avecinan darán fe de ello.

Entre la desaparición del derecho y la consagración de la ocupación: la causa palestina en peligro

El giro peligroso que atraviesa la causa palestina es quizá el más crítico desde la Nakba de 1948, no solo por la abolición al derecho a la autodeterminación del pueblo palestino, la confiscación de sus tierras y el establecimiento de otro Estado sobre ellas, sino también por la naturaleza del proyecto israelí, que adopta un carácter colonial y expansionista y busca engullir cada vez más territorios. Con ello, borra de facto la solución de dos Estados e impide la emergencia de un Estado palestino dentro de sus fronteras mínimas, es decir, las de 1967. Los proyectos de colonización que el gobierno israelí aprueba en cascada no son más que la punta del iceberg de lo que está planificado. Estos planes buscan transformar el rostro de Cisjordania, donde ya se han asentado más de 800.000 colonos, con el objetivo de consumar la expansión territorial y, al mismo tiempo, aniquilar cualquier perspectiva seria de la creación de un Estado palestino. A medida que el rechazo internacional a la expansión de los asentamientos se diluye hasta quedar reducido a condenas verbales, la situación en Cisjordania se vuelve cada vez más oscura: los colonos, bajo la protección del ejército israelí, irrumpen en pueblos y ciudades, sembrando destrucción en viviendas, bienes y cultivos. Es cierto que las posiciones árabes e islámicas que condenan estas medidas no han disminuido, pero siguen siendo incapaces de modificar la realidad existente, o al menos de congelarla, más aún cuando reiteran su adhesión a la Iniciativa Árabe de Paz adoptada en la cumbre de Beirut de 2002, a la que Israel no ha prestado atención significativa desde entonces. Por el contrario, ha buscado debilitar a su supuesto “socio” palestino, la Autoridad Nacional Palestina surgida de los Acuerdos de Oslo (1993), y ha desviado deliberadamente la mirada ante el fortalecimiento de su adversario histórico, el movimiento Hamás. Mientras las sucesivas administraciones estadounidenses presumen de su alineación con Israel y compiten por haberle brindado el mayor respaldo político, militar y material, el actual presidente, Donald Trump, considera haber dado pasos decisivos en esa dirección. Fue él quien, en su primer mandato, decidió reconocer a Jerusalén como capital de Israel, ignorando el carácter plural de la ciudad y su simbolismo religioso e histórico, y trasladó la embajada de su país a la ciudad tres veces santa. También reconoció la soberanía israelí sobre el Golán, territorio sirio ocupado desde 1967. Si la causa palestina ha generado una amplia simpatía popular, expresada en manifestaciones de protesta en numerosas capitales europeas durante meses consecutivos, ese descontento no se ha reflejado plenamente en las políticas de los gobiernos occidentales, que han cerrado los ojos ante las masacres perpetradas en la Franja de Gaza. Así han expuesto abiertamente una política de doble rasero frente a las situaciones de Ucrania y Palestina, sugiriendo que la sangre palestina es una sangre barata, mientras que la sangre ucraniana merece todo el apoyo del mundo. Es evidente que toda vida humana es valiosa y que nunca puede considerarse trivial su derramamiento. Estas políticas han conducido en la práctica a la “demonización” del palestino, a quien se le impone la etiqueta de terrorismo incluso cuando aspira a liberar su tierra, mientras que han “humanizado” al israelí, encuadrando sistemáticamente su conducta dentro de la “legítima defensa”, pese a que es él quien ocupa el territorio. Si el ataque contra civiles es un acto atroz, condenable en todo tiempo y lugar, lo que ocurre en Palestina no comenzó el 7 de octubre de 2023, como lo señaló el secretario general de la ONU, António Guterres, al afirmar que estos hechos “no surgieron de la nada”, declaración que le valió desde entonces fuertes presiones políticas y mediáticas por parte de Israel y de sus aliados dentro y fuera de Naciones Unidas. La propaganda israelí, apoyada en enormes capacidades a escala global, ha logrado invertir numerosas verdades e incluso fabricar relatos al servicio de sus intereses y del discurso que ha construido de forma constante: que no hace más que defenderse en todo lo que emprende, incluso al precio de la muerte de más de 70.000 civiles en Gaza, algunos de ellos fallecidos deliberadamente por hambre y sed, y aun cuando se bombardean hospitales, centros médicos y de atención, escuelas, universidades, clubes culturales e instalaciones deportivas. Las redes sociales, principal espacio de socialización para jóvenes y adolescentes, tampoco han contribuido a corregir el relato, en gran parte por la censura severa ejercida por las empresas propietarias y gestoras de estas plataformas, que han bloqueado cientos de cuentas y sitios que reflejaban posiciones favorables a Palestina y contrarias a la corriente dominante que respalda a Israel y su guerra implacable contra el pueblo palestino. Aquí vuelve a plantearse el problema de la narrativa: Israel ha afirmado siempre que combate al movimiento Hamás, cuando en realidad ha atacado al conjunto del pueblo palestino, como lo demuestra el nivel de destrucción en la Franja de Gaza, que supera el 80 %. De igual forma, los eslóganes sobre la liberación de los rehenes por la fuerza resultaron vacíos: pese a la devastación total, Israel no logró ese objetivo y tuvo que recurrir a mediaciones políticas para liberar a sus cautivos, vivos o muertos, mediante acuerdos de intercambio. Las cifras publicadas por el Instituto de Estudios Palestinos indican que el número de hospitales destruidos o fuera de servicio en la Franja de Gaza asciende a 38; las universidades y centros de educación destruidos, a 165; las escuelas, a 670; y las mezquitas, a 835. Las estadísticas alarmantes continúan: 1.670 trabajadores de la salud asesinados, 140 miembros de la defensa civil, 787 policías y agentes encargados de la seguridad de la ayuda humanitaria, 203 empleados de UNRWA, 254 periodistas y 1.023 científicos, académicos y docentes. Es evidente que el conflicto ha adquirido dimensiones inéditas, favorecido por una impunidad total y por una violación sin precedentes de las leyes y normas internacionales, lo que pone al mundo entero a prueba y plantea preguntas fundamentales sobre los valores que algunos Estados han proclamado y celebrado durante décadas: derechos humanos, democracia, igualdad y justicia. Al mismo tiempo, abre interrogantes profundos sobre la naturaleza del nuevo orden internacional, dominado por la ley del más fuerte y la indiferencia frente a los derechos fundamentales de los pueblos oprimidos.

/