

Conmemorar la Nakba palestina como un ritual anual en el que se revive la memoria del despojo de esa tierra a sus habitantes originarios y su colonización por parte de la entidad israelí no alcanza a transmitir realmente que la Nakba sigue en curso, cuando en realidad así es. Como si este pueblo no hubiera sufrido ya suficiente desplazamiento, destrucción y derrota, los propios hechos son ahora transformados en preguntas que parecen legítimas ante la opinión pública, aunque, en el fondo, estén completamente alejadas de la realidad.
Entre estas preguntas, ampliamente difundidas en los medios occidentales y en las que cualquier invitado que ose defender la causa palestina termina atrapado, aparece la siguiente: “¿Reconoce usted el derecho de Israel a existir?”. La relatora especial de la ONU para los territorios palestinos, Francesca Albanese, fue quizás quien abordó esta cuestión con mayor agudeza cuando respondió: “¡Nadie le pregunta a Italia, a España o a cualquier otro Estado del mundo que justifique su derecho a existir!”.
Naturalmente, la pregunta encubre un propósito completamente distinto: desviar la atención de los derechos palestinos, sugerir que Israel ocupa eternamente el lugar del oprimido y, sobre todo, sepultar la historia ligada a la Nakba de 1948 y a las expulsiones forzadas que la precedieron, mediante las cuales cientos de miles de palestinos fueron arrancados de sus hogares, de sus propiedades y de sus medios de vida para que el movimiento sionista pudiera levantar su proyecto de un Estado judío sobre tierra palestina.
La misma pregunta persigue además otro objetivo: apartar la mirada de lo que Israel hizo en 1967 al expandir su ocupación hacia nuevos territorios árabes, especialmente Jerusalén Este, Cisjordania, el Golán sirio y el Sinaí egipcio. Aunque Israel se retiró del Sinaí en virtud de los Acuerdos de Camp David firmados con Egipto a finales de los años setenta, anexó formalmente el Golán y no solo se niega a retirarse de Cisjordania, núcleo de lo que quedaría del largamente prometido Estado palestino, sino que continúa implantando asentamientos allí, creando hechos consumados sobre el terreno que vuelven imposible ese proyecto estatal, además de las imposibilidades políticas, militares y legales que ya lo asfixian.
Algunos, especialmente entre los Estados simpatizantes de Israel, prestan poca atención al hecho de que no existen fronteras oficiales para un Estado que, pocos minutos después de proclamar su “nacimiento” en 1948, obtuvo reconocimiento internacional de las naciones más poderosas del mundo. Mantener deliberadamente ambigua la cuestión de las fronteras no es, evidentemente, un descuido político, sino una decisión premeditada estrechamente vinculada a proyectos expansionistas sionistas que no parecen dispuestos a detenerse ni en las fronteras de 1948 ni, quizás, siquiera en los territorios anexados tras la guerra de 1967.
Es cierto que la “comunidad internacional” ha fracasado durante décadas en obligar a Israel a respetar el proyecto de los dos Estados. Sin embargo, incluso esta fórmula ha desaparecido en gran medida del discurso político internacional, especialmente del estadounidense, dado el peso y la posición global de Estados Unidos y su relación estratégica indisoluble con Israel. Este amplio retroceso político ha permitido a Israel retomar sus empresas belicistas y persistir, de manera deliberada, en rechazar toda propuesta de arreglo, desde Madrid en 1991 hasta la Iniciativa de Paz Árabe adoptada en la Cumbre de Beirut de 2002, que consagraba el principio de tierra por paz. En cuanto a los Acuerdos de Oslo de 1993, la conducta política israelí apunta a vaciarlos completamente de contenido, de modo que el pueblo palestino no obtenga ningún beneficio real.
La supremacía de poder israelí, respaldada por un apoyo estadounidense ininterrumpido, ha permitido a Israel escapar de toda rendición de cuentas pese a décadas de asesinatos deliberados, desplazamientos y exterminio, cuyo punto culminante se ha alcanzado en Gaza y Líbano. La orden de arresto emitida contra el primer ministro Benjamin Netanyahu, por significativa que resulte en términos jurídicos y simbólicos, ha quedado en letra muerta: el dirigente ha viajado al extranjero en múltiples ocasiones desde su emisión, evitando cuidadosamente el reducido número de países que declararon que procederían a arrestarlo si ingresaba en su territorio.
En el 78.º aniversario de la Nakba, Palestina parece encontrarse en una encrucijada histórica. La resistencia armada a la ocupación ha sido respondida con genocidio; la negociación política ha sido bloqueada por la intransigencia deliberada de Israel y ha llegado a un callejón sin salida absoluto ante la ausencia de cualquier voluntad israelí de avanzar en esa dirección. La división interna palestina agrava aún más esta situación ya de por sí difícil: una división sobre opciones estratégicas, no sobre cuestiones secundarias o tácticas.
Sin embargo, es imposible no reconocer que todos los intentos de esquivar la cuestión palestina mediante acuerdos regionales, ya sea a través de sucesivas olas de normalización de las que Israel es, en primer y último término, el único beneficiario, o mediante el intento de reducir esta cuestión a un simple asunto inmobiliario o económico, han fracasado. Ha quedado claro que la estabilidad regional solo puede alcanzarse mediante una resolución justa y duradera de la cuestión palestina.
La Nakba, indudablemente, continúa…