
En el Líbano, se recurre a la moderación cada vez que el país se acerca a la explosión, pero su presencia retrocede en cuanto comienza el reparto del poder. A los moderados se les pide calmar los ánimos, limar asperezas y mantener abiertas las puertas del diálogo, mientras se deja a las fuerzas con mayor capacidad de bloqueo la tarea de fijar las condiciones del acuerdo. En este sentido, se asigna a la moderación un papel en la contención de las crisis, sin que necesariamente disponga de la capacidad para modificar las condiciones que las producen. Ahí radica su crisis fundamental. Una moderación que se limita a impedir lo peor permanece sometida a la agenda de los demás. Espera a que haya una escalada para llamar a la calma, un bloqueo para buscar una salida y una división para proponer un espacio común. Esas funciones pueden ser necesarias en momentos de peligro, pero no bastan para construir un futuro. El Líbano necesita una moderación que tenga una visión de gobierno, que sea capaz de tomar la iniciativa, afrontar los desafíos y organizarse, y que pueda explicar a la ciudadanía qué cambiará en su vida si decide otorgarle su confianza.







