
¿Por qué las negociaciones se han convertido en el destino del Líbano después de la guerra?


La expresión “Todos los caminos conducen a Roma” es una de las más célebres de la historia política y de la civilización. No fue simplemente una metáfora literaria, sino también una descripción de la realidad del Imperio romano, que construyó una extensa red de caminos que convirtió a Roma en su centro político, militar y económico, de modo que las principales rutas conducían a la capital. A partir de la Edad Media, la expresión se convirtió en un proverbio que significa que la diversidad de medios no necesariamente modifica el resultado final y que caminos distintos pueden conducir al mismo destino.
El Líbano ofrece quizá hoy un ejemplo político contemporáneo de esta máxima. Desde el final de la última guerra, los discursos y los lemas se han multiplicado, al igual que las opciones propuestas. Sin embargo, una sola pregunta permanece: ¿dispone realmente el Líbano de varias opciones estratégicas, o todas terminan conduciendo, de una manera u otra, a la mesa de negociaciones?
Este artículo no busca defender las negociaciones ni oponerse a ellas, ni tampoco justificar una opción política determinada. Intenta simplemente leer la realidad tal como es, lejos de los lemas y de las pasiones políticas, para plantear una pregunta sencilla: ¿le queda al Líbano alguna opción estratégica que no pase, al final, por las negociaciones?
De la guerra a la política
En las relaciones internacionales, las guerras no son un fin en sí mismas. A menudo constituyen un medio para modificar el equilibrio de fuerzas con miras a una negociación. Rara vez las guerras terminan con una victoria absoluta. Por lo general, sus resultados terminan traduciéndose en la mesa de negociaciones, ya sea de manera directa o indirecta.
En el caso libanés, la última guerra ha dado lugar a una nueva realidad marcada por varios factores:
la reocupación por parte de Israel de algunas zonas del territorio libanés;
la creciente presión internacional para aplicar la Resolución 1701 y otras resoluciones internacionales pertinentes;
la vinculación del proceso de reconstrucción con un nuevo proceso político y de seguridad relacionado con las armas que escapan a la autoridad del Estado;
profundas transformaciones regionales que han redibujado el equilibrio de fuerzas y sacudido muchas de las certezas que marcaron a la región durante las últimas dos décadas.
Todo ello coloca al Líbano frente a un desafío que ya no puede aplazarse.
¿Qué opciones tiene el Líbano?
A primera vista, las opciones parecen numerosas. Pero, al examinarlas de cerca, resultan mucho menos diversas de lo que parecen.
Primero: la opción de la resistencia militar
Un sector considera que la continuación de la acción militar constituye una alternativa a cualquier vía de negociación.
Sin embargo, esta opción se enfrenta a varias realidades:
un claro desequilibrio de fuerzas;
un costo humano y económico que el Líbano difícilmente puede soportar;
la ausencia de apoyo internacional a una confrontación abierta;
la necesidad interna de reconstruir el Estado y sus instituciones.
Por lo tanto, la continuación del enfrentamiento no elimina las negociaciones. Solo las retrasa o modifica sus condiciones.
Segundo: esperar
Otros apuestan por cambios regionales o internacionales que podrían ofrecer más adelante condiciones más favorables para el Líbano.
Pero esperar no es una política en sí misma. Equivale a suspender la decisión. Mientras tanto, la realidad sigue cambiando, los equilibrios de fuerzas se modifican y nuevos hechos consumados se consolidan, hasta convertirse posteriormente en parte de cualquier futuro arreglo.
Tercero: internacionalizar la crisis
Algunos proponen trasladar todo el expediente a las Naciones Unidas o a las potencias internacionales.
Sin embargo, incluso los conflictos más internacionalizados nunca se han resuelto únicamente mediante resoluciones internacionales. Su aplicación y su traducción en hechos concretos han requerido, en última instancia, negociaciones entre las partes involucradas.
Cuarto: negociaciones indirectas
Es un modelo que el Líbano ha conocido en varias ocasiones, ya sea a través del acuerdo de armisticio, de las negociaciones sobre la delimitación de la frontera marítima o de las mediaciones estadounidenses e internacionales.
Esta opción permite alcanzar entendimientos sin que ninguna de las partes tenga que asumir el costo político de un contacto directo con la otra.
Quinto: negociaciones directas
Es la opción políticamente más sensible. Sin embargo, sigue siendo una posibilidad si las partes llegan a considerar que las mediaciones ya no son suficientes para alcanzar los objetivos buscados.
Las negociaciones que todos se niegan a reconocer
Los actores que más categóricamente se niegan a hablar de negociaciones parecen, en realidad, estar entre los más vinculados a sus resultados.
Hezbolá, que rechaza cualquier discusión sobre negociaciones directas entre el Líbano e Israel, forma hoy parte de una ecuación regional que supera ampliamente las fronteras libanesas. Muchos de sus cálculos estratégicos parecen estar vinculados actualmente al desenlace de las negociaciones entre Irán y Estados Unidos. El futuro de las sanciones, el programa nuclear y el papel regional de Irán son factores que repercuten, directa o indirectamente, en la posición y las opciones de Hezbolá.
Esto significa que, aunque Hezbolá no esté sentado en la mesa de negociaciones, espera sus resultados y basa buena parte de sus cálculos en ellos. Rechazar las negociaciones en Beirut no significa rechazarlas en términos absolutos. Simplemente significa que el lugar de negociación se ha trasladado a otra capital y a otro expediente.
Israel, por su parte, a pesar de su superioridad militar, enfrenta un dilema similar. La fuerza militar puede destruir o debilitar las capacidades militares del adversario, pero por sí sola no puede generar una estabilidad duradera en la frontera norte.
En última instancia, Israel necesita arreglos que garanticen la seguridad de sus asentamientos del norte, permitan el regreso de sus habitantes y eviten que la amenaza resurja. Cualquiera que sea el nombre que se dé a esos arreglos, no podrán lograrse únicamente por la fuerza. Requerirán entendimientos políticos o de seguridad, directos o indirectos, con el Estado libanés o mediante una mediación internacional.
En otras palabras, a pesar de sus discursos diferentes, ambas partes se mueven dentro del mismo marco de negociación, aunque no estén sentadas en la misma mesa.
Hezbolá espera el resultado de las negociaciones entre Irán y Estados Unidos, mientras Israel busca arreglos negociados capaces de asegurar su frente norte. Ambos saben que la guerra, por sí sola, no puede producir una estabilidad duradera.
¿Existe una verdadera alternativa a las negociaciones?
Aquí reside la gran paradoja.
Después de examinar los distintos escenarios, queda claro que la verdadera división no se da entre negociar y no negociar, sino entre la forma, el momento y el nivel de las negociaciones.
La guerra puede ser un medio para mejorar las condiciones de negociación.
La disuasión también es un instrumento de negociación.
La mediación es una forma de negociación.
Las resoluciones internacionales requieren negociaciones para poder aplicarse.
Y esperar no es, en el fondo, más que aplazar las negociaciones.
Incluso la continuación de la ocupación o de enfrentamientos limitados no puede constituir una solución permanente. Se trata únicamente de fases transitorias que, tarde o temprano, desembocan en alguna forma de arreglo.
Por lo tanto, la verdadera pregunta ya no es: ¿habrá negociaciones? Sino: ¿qué tipo de negociaciones? ¿Quién representará al Líbano? ¿Y con qué cartas contará?
¿Qué significa esto para el Líbano?
El problema fundamental no radica en el principio mismo de las negociaciones, sino en la preparación del Estado libanés para encararlas.
Los Estados no se miden únicamente por su capacidad de entrar en negociaciones, sino también por su capacidad de definir sus objetivos antes de sentarse a la mesa.
¿Qué quiere recuperar el Líbano?
¿Cuáles son sus prioridades?
¿Qué puede aceptar?
¿Y qué no puede conceder?
Las respuestas a estas preguntas son las que determinarán el resultado de cualquier proceso de negociación, y no el simple hecho de que las negociaciones se lleven a cabo.
Un Estado que entra en negociaciones unido y capaz de definir una posición nacional se convierte en un actor en la construcción del arreglo. Un Estado dividido, en cambio, se convierte en un escenario donde otros negocian y diseñan los arreglos.
Quizá la expresión «Todos los caminos conducen a Roma» ya no sea solamente una descripción de la red de caminos del Imperio romano, sino una descripción particularmente exacta de la situación actual del Líbano.
Los caminos difieren, los lemas cambian y los discursos se transforman, pero el resultado parece seguir siendo el mismo.
Hezbolá, a pesar de rechazar las negociaciones con Israel, espera los resultados de otras negociaciones que determinarán una parte importante de su futuro. Israel, a pesar de su superioridad militar, también busca arreglos negociados capaces de garantizarle la seguridad que la fuerza por sí sola no ha podido asegurar. Y el Estado libanés, por mucho que intente aplazar esta cuestión, terminará encontrándose frente a la misma pregunta.
La pregunta ya no es: ¿negociará el Líbano?
Ahora es: cómo negociará? ¿Quién negociará en su nombre? ¿Sobre la base de qué visión nacional? ¿Y entrará en las negociaciones como un Estado dueño de su propia decisión, o como un escenario donde se cruzan las negociaciones de otros?¿
Porque en política, como en la historia, la cuestión no es simplemente que todos los caminos conduzcan a Roma. La cuestión es saber por qué se toma un determinado camino y tener la capacidad y el valor de definir el propio rumbo antes de que otros lo elijan en nuestro lugar.