


Al rey francés Luis XIV, el “Rey Sol”, se le atribuye una de las frases más célebres de la historia política: “El Estado soy yo”, L’État, c’est moi. Aunque los historiadores dudan que la haya pronunciado literalmente, la frase perduró porque condensaba toda una filosofía de gobierno: el gobernante y el Estado se convierten en dos imágenes de una misma realidad, la oposición a sus decisiones se transforma en oposición a la nación y la fortaleza de las instituciones se mide por el grado de sumisión a su voluntad.
El problema de Francia durante el reinado de Luis XIV no era que su monarca fuera débil. Por el contrario, Francia era una de las mayores potencias europeas y su rey uno de los gobernantes más poderosos de su época. Sin embargo, la fortaleza del Estado quedó cada vez más vinculada a la centralización de las decisiones y a la persona del monarca, mientras las guerras, los gastos, las desigualdades sociales y los desequilibrios de las finanzas públicas acumulaban costos que tendrían que pagar las generaciones posteriores.
Francia no se derrumbó tras la muerte de Luis XIV en 1715. La monarquía sobrevivió más de siete décadas, hasta que estalló la Revolución francesa en 1789. Esa distancia temporal es importante porque impide una lectura superficial de la historia: la personalización del Estado no conduce necesariamente a un colapso inmediato, pero puede debilitar gradualmente su capacidad de reformarse desde sus propias instituciones.
Después llegó la paradoja mayor. La revolución que derrocó al Antiguo Régimen no desembocó en una estabilidad institucional tranquila, sino en años de convulsiones, guerras y transformaciones que culminaron con el ascenso de Napoleón Bonaparte, quien fue coronado emperador en 1804.
Napoleón no fue, por tanto, el “salvador” que puso fin a la crisis del poder personal. Desde otra perspectiva, fue la demostración de que el derrumbe de un régimen altamente personalizado no conduce necesariamente a instituciones más sólidas, sino que puede abrir el camino a un hombre todavía más poderoso.
Ahí reside el peligro de la experiencia francesa: cuando las instituciones fracasan en su intento de reformarse, el Estado puede pasar de una personalización a otra, de un rey poderoso a una revolución y de la revolución a un emperador.
Más de tres siglos después, esta pregunta parece cobrar nueva actualidad, aunque en sistemas radicalmente distintos: ¿qué ocurre cuando el destino de un gobernante y de su proyecto político pasa a formar parte de la definición misma del destino del Estado?
Tres casos merecen reflexión: Estados Unidos con Donald Trump, Israel con Benjamin Netanyahu e Irán con Mojtaba Khamenei.
Estados Unidos: ¿dónde termina el Estado y dónde empieza Trump?
No se puede comparar el sistema estadounidense con la monarquía de Luis XIV. Estados Unidos es un Estado constitucional federal, con instituciones consolidadas, separación de poderes, tribunales, Congreso, estados federados, medios de comunicación, sociedad civil y elecciones periódicas.
Sin embargo, la experiencia de Donald Trump ha devuelto al centro del debate estadounidense una pregunta fundamental sobre los límites del poder presidencial y la capacidad de las instituciones para contenerlo.
El problema no es que un presidente sea poderoso. El propio sistema estadounidense le otorga amplias facultades. El problema comienza cuando, para una parte de la sociedad y de la élite política, la lealtad al presidente se convierte casi en un criterio de lealtad al proyecto nacional mismo, y cuando las discrepancias sobre las instituciones, la justicia, la administración y la política exterior dejan de ser desacuerdos sobre cómo gobernar el Estado para convertirse en una lucha por determinar quién representa verdaderamente a Estados Unidos.
El lema “America First” queda entonces ante una prueba delicada: ¿Estados Unidos sigue estando primero, o el hombre que enarbola el lema se vuelve inseparable de su definición?
El peligro para Estados Unidos no es que mañana se convierta en una monarquía absoluta. Esa sería una simplificación poco realista. El peligro es que la polarización y la personalización debiliten las normas y las instituciones que han permitido al sistema, a lo largo de su historia, sobrevivir a sus presidentes.
Israel: el Estado, la guerra y el futuro de Netanyahu
En Israel, la relación entre el hombre y el Estado parece más compleja.
Benjamin Netanyahu ya no es simplemente un primer ministro más dentro de una sucesión de primeros ministros. Su prolongada presencia en el centro de la vida política ha convertido su persona en un eje fundamental de las divisiones israelíes: elecciones, justicia, guerra, seguridad, relaciones exteriores y futuro de las coaliciones políticas.
El problema surge cuando se entrecruzan los intereses del Estado, los del gobierno y los intereses políticos y personales del hombre.
Cuanto más se prolonga esta superposición, más difícil resulta distinguirlos.
¿Es necesaria una decisión militar para la seguridad de Israel? ¿Es necesaria para la supervivencia del gobierno? ¿Sirve al futuro político de Netanyahu? Los tres intereses pueden coincidir en ocasiones, pero no necesariamente coinciden siempre.
El peligro comienza cuando la pregunta por el futuro de Netanyahu pasa a formar parte de la pregunta por el futuro del propio Israel.
Un Estado que llega a esta situación no se ha convertido en una monarquía, pero ha entrado en una zona en la que la política queda excesivamente vinculada a una persona.
Irán: de la revolución contra el sha a la cuestión hereditaria
Irán presenta, por su parte, la paradoja más evidente.
La Revolución Islámica de 1979 tuvo, entre sus dimensiones esenciales, la de derrocar a un régimen monárquico hereditario en el que el poder se concentraba en torno al sha.
Casi medio siglo después, Mojtaba Khamenei ha llegado al cargo de líder supremo, que su padre, Ali Khamenei, ocupó durante décadas.
Independientemente de los mecanismos constitucionales e institucionales que rigieron su elección, la transmisión del poder en su nivel más alto de padre a hijo plantea una pregunta simbólica y política que la República Islámica no puede ignorar: ¿cómo puede un sistema fundado sobre una revolución contra la monarquía explicar la transmisión del centro del poder entre dos generaciones de una misma familia?
Pero el problema va más allá de la familia Khamenei. La pregunta más profunda es si Irán, como Estado, civilización y sociedad, ha quedado demasiado estrechamente vinculado a la supervivencia del régimen, y si el propio régimen se ha vuelto excesivamente dependiente de la permanencia de una estructura determinada de instituciones religiosas y de seguridad, familias y personalidades.
Aquí es necesario distinguir tres realidades que suelen confundirse en el discurso político: Irán no es la República Islámica, la República Islámica no es el líder supremo y el líder supremo no es Irán.
Cuanto más se desdibujan las fronteras entre estos niveles, más se acerca el régimen al dilema de “El Estado soy yo”.
No se trata de comparar tres sistemas políticos
Sería un error colocar a Estados Unidos, Israel e Irán en una misma categoría política.
El primero es una democracia constitucional federal; el segundo, un sistema parlamentario electoral; y el tercero, una república islámica basada en la tutela del jurista, o wilayat al-faqih, y en una compleja combinación de instituciones electas y no electas.
La comparación no se refiere aquí a la naturaleza de los sistemas, sino a un fenómeno que puede afectar a sistemas distintos: la personalización del poder.
Una misma patología política puede manifestarse mediante síntomas diferentes.
En un sistema, aparece a través de la ampliación de las facultades del poder ejecutivo.
En otro, mediante la vinculación de la guerra y la seguridad con el futuro de un gobierno y de su jefe.
En un tercero, a través de la concentración de la legitimidad y de las decisiones estratégicas en la cúspide de una jerarquía política y religiosa altamente centralizada.
Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿son las instituciones las que contienen al gobernante, o es el gobernante quien reconfigura las instituciones a su alrededor?
La lección francesa no se limita a Luis XIV
Aquí es donde la lección francesa se vuelve más interesante.
Si la historia hubiera terminado con Luis XIV, la enseñanza habría sido sencilla: el gobernante absoluto debilita las instituciones y luego el Estado se derrumba.
Pero la historia no ocurrió de esa manera.
Luis XIV murió y Francia permaneció. La monarquía continuó. Décadas después llegó la revolución y derrocó al Antiguo Régimen en nombre de la libertad, la igualdad y la soberanía popular. Pero la propia revolución no produjo estabilidad inmediata.
Francia entró en una vorágine de conflictos, transformaciones, violencia y guerras, antes de que apareciera Napoleón.
Y ahí está la paradoja: los franceses salieron de una monarquía centrada en la persona del rey y, después de una revolución inmensa, terminaron con un emperador alrededor del cual volvió a centrarse el Estado…
El hombre había cambiado.
La legitimidad había cambiado.
Las instituciones habían cambiado.
Incluso el lenguaje político había cambiado.
Pero la necesidad de un hombre fuerte había regresado bajo otra forma.
Por eso, Napoleón no debe interpretarse como el “salvador de Francia” frente al legado de Luis XIV, sino como una advertencia adicional: cuando las instituciones fracasan en la producción de una reforma racional, la alternativa puede no ser la de mejores instituciones, sino la de una personalidad más poderosa.
De Luis a Napoleón
Quizá ahí resida la verdadera pregunta para Estados Unidos, Israel e Irán.
El problema no es únicamente Trump, Netanyahu o Khamenei.
Como todos los gobernantes, algún día dejarán el poder.
La cuestión es qué dejarán detrás de ellos.
Si las instituciones son más fuertes después de su partida, el Estado habrá superado la prueba.
Pero si se han debilitado, si la sociedad está más dividida y si el sistema depende más de una sola personalidad, entonces podría comenzar la etapa más peligrosa.
Porque las sociedades que pierden la confianza en las instituciones no siempre buscan instituciones mejores.
A veces buscan a un hombre más fuerte.
Eso es precisamente lo que convierte a Napoleón en una parte esencial de esta historia.
El peligro de “El Estado soy yo” no termina necesariamente con la caída de quien lo encarna.
El hombre puede caer y, después de él, llegar otro que diga lo mismo con un lenguaje diferente.
Antes de buscar a un nuevo Napoleón
Lo que necesitan Estados Unidos, Israel e Irán no es, por tanto, un “salvador”, sino, cada uno según su sistema y sus circunstancias, un retorno a la racionalidad política antes del choque.
Un retorno que devuelva a las instituciones su importancia, restablezca la distinción entre el interés del Estado y el del gobernante, y permita al sistema político corregirse a sí mismo antes de que el cambio se vuelva imposible desde dentro.
En Estados Unidos, el país debe seguir siendo más grande que Trump.
En Israel, el futuro del Estado debe ser más grande que el futuro político de Netanyahu.
En Irán, Irán, con su historia, su sociedad y sus intereses, debe seguir siendo más grande que la República Islámica, que la familia Khamenei y que cualquier líder supremo.
Porque la verdadera prueba de un Estado no es cuánto poder puede concentrar un gobernante en sus manos.
Es cuánto poder permanece en sus instituciones cuando se marcha.
Se atribuye a Luis XIV, cerca del final de su vida, una frase quizá más importante que “El Estado soy yo”: “Yo me voy, pero el Estado permanecerá siempre”.
Tal vez la distancia entre ambas frases resuma todo aquello sobre lo que estos tres países necesitan reflexionar hoy.
La primera es la lógica del gobernante que ve al Estado a través de sí mismo: “El Estado soy yo”.
La segunda es el comienzo de la sabiduría política: “Yo me voy, el Estado permanece”.
Pero la experiencia francesa añadió entre ambas una tercera advertencia que Luis XIV nunca pronunció: si las instituciones no son capaces de sobrevivir al hombre, lo que venga después quizá no sea un sistema más fuerte… sino un hombre más fuerte.