

Irónicamente, el golpe estadounidense en Venezuela en la noche del 3 al 4 de enero marcó el inicio de un nuevo episodio de “desestabilización global”, contra el cual el papa León XIV había advertido apenas unos días antes, en su Mensaje para la 59ª Jornada Mundial de la Paz, el 1 de enero de 2026.
“En las relaciones entre ciudadanos y gobiernos”, afirmó el Pontífice, “estamos llegando a considerar un error no estar suficientemente preparados para la guerra, no reaccionar a los ataques, no responder a la violencia. Mucho más allá del principio de la legítima defensa, esta lógica antagonista es, desde el punto de vista político, el factor más actual de una desestabilización global que se vuelve cada día más dramática e imprevisible”. En términos de “desestabilización” e “imprevisibilidad”, Estados Unidos no pudo haberlo hecho mejor.
Ciertamente, Venezuela había estado “marcada durante tantos años por el narcotráfico y la corrupción”, según el padre Georges Engel, sacerdote misionero citado por Olivier Bonnel en Vatican News. Por ello, nadie llorará realmente a Nicolás Maduro, elegido el 10 de enero de 2025 para un tercer mandato considerado ilegítimo por la mayoría de la comunidad internacional. Sin embargo, las acciones de Estados Unidos no se justifican.
De hecho, al reaccionar al golpe, durante el Ángelus del 4 de enero, el Papa evitó cuidadosamente tomar partido en el conflicto y se limitó a señalar que “el bien del querido pueblo venezolano debe prevalecer sobre cualquier otra consideración”. Esta postura mesurada es característica de la diplomacia vaticana, que siempre se sitúa por encima de las partes en conflicto para defender lo que considera esencial, incluso a riesgo de ser acusada de equiparar al agresor con la víctima.
Lo esencial y lo subsidiario
Lo “esencial” al que se refiere aparece más adelante en el mensaje del Papa. Se trata de “superar la violencia y emprender el camino de la justicia y la paz, garantizando la soberanía del país, asegurando el Estado de derecho consagrado en la Constitución, respetando los derechos humanos y civiles de todas y cada una de las personas, y trabajando juntos para construir un futuro sereno de colaboración, estabilidad y armonía, con especial atención a los más pobres que sufren la difícil situación económica”.
Esta forma de diplomacia, en la que la soberanía de los Estados, las normas constitucionales y los derechos humanos siguen teniendo peso, es la de la “neutralidad activa”, un distanciamiento de los “ejes” geopolíticos similar al enfoque que el patriarca maronita desea para el Líbano. Este camino diplomático también es denominado en el lenguaje vaticano como “diplomacia para el bien común”. Sus medios son los del diálogo, medios “desarmados y desarmantes”, para retomar una imagen de León XIV, lo que la distingue, por ejemplo, de la diplomacia de la ONU, cuyos resortes son de un orden completamente distinto.
Neutralidad activa, no pasiva
La “neutralidad activa” significa que la Santa Sede no toma partido, pero tampoco permanece pasiva o “neutral” cuando se violan derechos fundamentales. Así, en octubre de 2023, en una declaración pública, el cardenal Parolin expresó una profunda preocupación por la escalada del conflicto israelí palestino, describiendo las acciones en curso como potencialmente constitutivas de “genocidio”.
Al no tener intereses económicos ni militares, la Santa Sede puede evaluar una situación a partir de principios éticos, al tiempo que promueve el diálogo y propone soluciones no violentas a los conflictos siempre que sea posible. A menudo, de manera paralela, el Vaticano actúa entre bastidores, de forma discreta y constante, en favor de la no violencia.
De lo particular a lo general
Esto no impide que la diplomacia vaticana, en sus reflexiones de fondo, pase de lo particular a lo general. En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, el Vaticano lanza un llamado contra la proliferación de armas y la industria armamentista.
Este llamado tiene en cuenta este año la introducción de algoritmos y la disuasión nuclear en los conflictos, para mostrar que este nuevo desarrollo, cuyos efectos devastadores son evidentes en Medio Oriente y Europa, socava los propios cimientos de toda civilización y conduce a la humanidad al borde del desastre.
“Estamos incluso presenciando”, añade el documento, “un proceso de absolución de la responsabilidad de los dirigentes políticos y militares, debido a la creciente ‘delegación’ de decisiones sobre la vida y la muerte de los seres humanos a las máquinas. Se trata de una espiral destructiva sin precedentes del humanismo jurídico y filosófico sobre el que se asienta toda civilización y por el cual toda civilización es protegida”.
Humanismo filosófico y jurídico
¿Qué es exactamente este “humanismo jurídico y filosófico” al que alude León XIV? Desde el punto de vista filosófico, afirma que los seres humanos poseen una dignidad inherente, independiente de su utilidad, riqueza o fuerza; también sostiene que la persona humana está dotada de razón y libertad y, por tanto, es responsable de sus actos; finalmente, afirma que la sociedad, la política y la ciencia deben estar al servicio de la humanidad, y no a la inversa.
Estos conceptos, profundamente arraigados en la antropología cristiana, corresponden a la afirmación de fe de que todo ser humano es creado a imagen de Dios y que la dignidad humana es, por ello, inalienable, incluso en situaciones de debilidad como la enfermedad, la pobreza, la vejez o el delito.
Desde el punto de vista jurídico, el humanismo significa que el derecho existe para proteger a la persona humana, y no solo para organizar el poder. Esto implica, en particular, el rechazo de leyes que tratan a los seres humanos como meros objetos, ya sean mercancías, herramientas o datos, especialmente en las relaciones de producción. Constituye también una crítica a los sistemas jurídicos puramente técnicos o utilitaristas, así como a la idea de que “todo lo legal es justo”.
Como puede verse, la Iglesia fundamenta sus juicios en principios muy claros. Algunos consideran nuestra época como “apocalíptica” y ven en lo que ocurre un signo del “fin de los tiempos”. Pero no es necesario llegar tan lejos para juzgarla. Como afirmaba san Agustín, mentor intelectual del papa León XIV, las personas son libres, responsables y deben rendir cuentas por sus actos. Serán juzgadas por ellos. Esto no impide, sin embargo, reconocer que nuestra época es verdaderamente inquietante.