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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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El objetivo: no oponerse a “los libaneses”, sino al proyecto jomeinista

Durante mucho tiempo, sobre todo antes de la guerra, se habló del “milagro libanés”, del Líbano comparado con el ave fénix que renace de sus cenizas. Una imagen hermosa. Sin embargo, después de renacer de sus cenizas, casi sin interrupción durante más de medio siglo, el país del Cedro está hoy al borde del agotamiento. Y más aún cuando se ve socavado desde dentro por un partido que no muestra la menor preocupación por “el interés del Líbano ni por la supervivencia de su pueblo”, como subrayó oportunamente el presidente Joseph Aoun en su intervención en línea ante los dirigentes de la Unión Europea. El jefe de Estado no dudó en señalar directamente el problema al acusar abiertamente a Hezbolá de haber reactivado el frente del sur del Líbano para “servir los intereses iraníes”, afirmando que el objetivo de la organización aliada con los Pasdarán es provocar “la caída del Estado libanés” para presentarse después como la única capaz de enfrentarse a Israel. Ese es, en esencia, el verdadero problema existencial al que se enfrenta el Líbano. Se trata de una obviedad para los partidos y polos de influencia soberanistas. Pero cuando el propio presidente de la República, a quien algunos sectores acusan de mostrarse demasiado complaciente con Hezbolá, llega a denunciar los desvíos del partido proiraní ante instancias internacionales, es porque el peligro ha alcanzado un nivel particularmente crítico. Y con razón. El comportamiento irracional, incluso “irresponsable”, de Hezbolá, como lo señaló el miércoles el embajador de Francia ante la ONU, ha superado toda comprensión. Es precisamente este peligro el que el comandante del ejército, el general Rodolphe Haykal, ocultó al dirigirse hace unos días a los oficiales de la Grande Muette. En un intento por justificar la pasividad de las tropas frente al despliegue miliciano de la organización proiraní, en abierta violación de las resoluciones del Consejo de Ministros sobre el tema, sostuvo que el ejército “debe mantenerse a la misma distancia de los libaneses”. En otras palabras, según esta lógica, el mando militar debería abstenerse de imponer las decisiones del gobierno para evitar una confrontación con una parte de la población. Pero se trata de un falso problema, o bien de una forma de plantearlo de manera completamente distorsionada. Lo que se requiere no es en absoluto enfrentar a una parte de los libaneses. Lo que se pide es hacer frente a un proyecto político cuyo fundamento ideológico, teocrático, transnacional, es la negación de la idea misma del Líbano , de un Líbano pluralista, liberal, abierto al mundo, respetuoso de las especificidades de cada uno de sus componentes sociales. El proyecto jomeinista, porque de eso se trata, se sitúa ideológicamente en las antípodas de la razón de ser de la entidad libanesa. De hecho, ni siquiera reconoce su existencia y la percibe únicamente como un simple escenario de confrontación con el mundo occidental y como una primera línea de “defensa” frente a Israel. La reapertura del frente del sur el 2 de marzo, para vengar la muerte del líder supremo iraní, con todas las consecuencias que ello implica para el Líbano, ¿no constituye la prueba más evidente del desprecio total que los Guardianes de la Revolución, y con ellos Hezbolá, sienten por la legalidad libanesa, por los intereses más elementales del país y por la voluntad de supervivencia de su población? Algunos podrían responder que un enfrentamiento directo entre el ejército y la milicia proiraní sería extremadamente costoso en términos de vidas humanas y de estabilidad interna. Pero ¿son menos costosas las consecuencias humanas de esta quinta guerra contra Israel en el sur, desencadenada el 2 de marzo por Hezbolá a petición del Cuerpo de Guardianes de la Revolución? Más de ochocientos muertos en dos semanas, al menos 600 mil habitantes del sur y de los suburbios obligados a desplazarse, nuevos pueblos arrasados por el ejército israelí, cientos de bombardeos aéreos selectivos con su saldo de destrucción y víctimas y, sobre todo, una nueva ocupación que parece asomarse en el horizonte. Y esta vez, con toda probabilidad, el Estado de Israel no aceptará retirarse antes de imponer un acuerdo que hará lamentar a Hezbolá y a sus aliados tanto el acuerdo del 17 de mayo como los términos del alto el fuego de noviembre de 2024. Pero poco importa. ¿Acaso lo esencial no es la supervivencia de los Guardianes de la Revolución y del régimen tiránico y sanguinario de los mulás en Teherán? A la luz de estas realidades tangibles, mostrar complacencia o laxitud frente a un partido cuya ideología teocrática, acción miliciana, papel regional e incluso su propia existencia constituyen la negación de los fundamentos del país del Cedro equivaldría a una violación de la Constitución y a un golpe directo contra el Líbano.

La situación palestina… Gaza
Por
Hisham Dibsi
Publicado

Gaza es el futuro La imagen generada por inteligencia artificial para el proyecto “Riviera de Gaza” refleja, con toda su seducción, el imaginario inmobiliario del presidente Donald Trump y de su yerno Jared Kushner. Se extiende sobre 365 km² de arenas doradas acariciadas por las tibias olas del Mediterráneo, bajo un clima con el que sueñan las élites de los países fríos. En esa imagen solo faltan los propietarios de esas tierras, quienes no tienen lugar en la escena futura. Ni siquiera como personal de mantenimiento ni como obreros de la construcción. Algo similar a lo que ocurrió con los esclavos liberados de piel oscura que, con sus músculos y su sudor, contribuyeron a construir y mantener Washington en sus orígenes y que aún hoy constituyen la mayoría de su población. El pueblo de Gaza está desaparecido no solo en la imagen del futuro, sino también en la realidad; no hay alto el fuego y las víctimas diarias persisten. Desde la perspectiva de Trump, la guerra sería asunto concluido y las actuales acciones del gobierno de Netanyahu se presentarían solo como “operaciones de limpieza”. Los padres fundadores de Washington merecen, en ese sentido, cierto reconocimiento como liberadores de esclavos y empleadores de los pobres para construir la capital donde se toman decisiones que afectan al mundo. A fin de cuentas, resultaron más humanos y civilizados que algunos de sus herederos contemporáneos. Pero si se deja Washington y se mira hacia “Jerusalén-Al Quds”, tal vez aparezca otra imagen, esta vez generada a partir de los textos de la Torá. Un amplio sector de políticos y ministros, encabezado por rabinos radicales, exige al gobierno de Netanyahu la expulsión de la población de Gaza a cualquier destino, permitiendo que permanezca solo un centenar de miles de personas “seleccionadas” cuidadosamente para prestar servicios. No como esclavos de piel oscura, sino como “bestias de carga”, según la terminología de la Torá: criaturas que el Señor habría destinado al servicio de los Hijos de Israel que regresan del exilio hacia la Tierra Prometida. En verdad, nosotros, como palestinos, no sabíamos que Dios nos había creado para ese fin y que nuestra misión en la Tierra era servirles. Si lo hubiéramos sabido, habríamos rechazado su voluntad. La historia de “Gaza es el futuro” no es nueva. Surgió durante el primer mandato del presidente Trump, cuando su yerno Kushner, según su propio relato, revisó todos los planes que habían fracasado en resolver el conflicto palestino-israelí, los mismos que dormían en los cajones de la Casa Blanca. Consideró que podía destilar de ellos un plan viable, que anunció rápidamente bajo el nombre de “acuerdo del siglo”: un enfoque económico que prometía prosperidad a los palestinos, dejando de lado el complejo problema político. La propuesta consistía en que la Franja de Gaza se convirtiera en la base geográfica de la solución, a la cual se conectarían todas las ciudades de Cisjordania, excepto Jerusalén Este, que Trump había reconocido como parte de Israel, satisfaciendo así a Netanyahu y a su entorno. El objetivo era evitar fricciones cotidianas entre colonos y no judíos, los llamados “goyim”, y otorgar a los colonos dos tercios de Cisjordania como recompensa por su paciencia frente a los habitantes originarios. Pero el plan tenía otra dimensión que Kushner descubrió en proyectos elaborados durante el segundo mandato del presidente Barack Obama. En ese momento, el proyecto se denominaba “Estado de Palestina Islámica” y había sido objeto de negociaciones con la dirección internacional de la Muslim Brotherhood, con Hamas y con el presidente islamista electo de Egipto, Mohamed Morsi. Hamas, que gobierna la Franja de Gaza desde su toma del poder en 2007, se encargaría de promover ese “Estado de Palestina Islámica” que reconocería el “carácter judío” del Estado de Israel, una idea recurrente de Netanyahu en aquel momento y que permitiría considerar la expulsión de los no judíos con ciudadanía israelí. El talón de Aquiles del plan residía en la propuesta de ampliar el territorio de Gaza a expensas del desierto del Sinaí, como compensación por la anexión de dos tercios de Cisjordania. Esta propuesta activó al Estado profundo egipcio en su enfrentamiento con el presidente electo, lo que finalmente condujo a su destitución. Probablemente por ese contexto Kushner decidió eliminar de su propuesta toda dimensión ideológica y limitarla a su contenido económico, rebautizándola como el “acuerdo del siglo”, una promesa de prosperidad para todo Oriente Medio. Esto plantea preguntas que parecen simples, incluso ingenuas. ¿Cómo es posible ignorar el derecho a la propiedad privada y eliminar su protección cuando constituye uno de los pilares centrales de la Constitución de los Estados Unidos? ¿Cómo es posible pasar por alto el derecho a la autodeterminación política de un pueblo que hoy cuenta con quince millones de personas, la mitad en su tierra y la otra mitad en la diáspora? ¿Qué queda de los principios fundacionales estadounidenses en el momento de la creación de las Naciones Unidas, especialmente cuando su secretario general se encuentra en el punto de mira cotidiano de Trump y de Netanyahu? ¿Y quién merecería realmente el Premio de la Paz: Donald Trump o António Guterres? El Consejo de Paz Esta instancia fue creada en virtud de la resolución 2803 del Consejo de Seguridad con el objetivo de poner fin a la guerra de exterminio en Gaza y administrar el territorio durante un periodo de transición cuya duración sigue siendo indefinida, ya que depende exclusivamente del acuerdo entre Washington y Tel Aviv. El Consejo anunció sus tareas: supervisar el alto el fuego, apoyar la paz y la seguridad en el territorio mediante una fuerza internacional provisional y movilizar compromisos financieros para la reconstrucción y la ayuda humanitaria. Como el Consejo no incluía a ninguna figura palestina, los acuerdos alcanzados para superar este obstáculo contemplaron la creación de un comité administrativo compuesto por tecnócratas palestinos con poder ejecutivo bajo la autoridad del Consejo, con el fin de mantener un vínculo con la población de Gaza. La Autoridad Palestina legítima había sido excluida de su papel natural por el veto israelí. Cuando el presidente estadounidense intentó ampliar las prerrogativas del Consejo de Paz más allá de lo establecido en la resolución de la ONU, transformándolo en un mecanismo de paz más amplio para la región e incluso para el mundo, al margen del marco de las Naciones Unidas y de sus normas, la Unión Europea y varios países árabes e islámicos expresaron su oposición. Insistieron en la necesidad de respetar el derecho internacional, la representación palestina y el anclaje de cualquier plan en una solución política global orientada a la creación de un Estado palestino. En el mismo sentido, Pekín expresó sus reservas. Mientras tanto, Moscú subrayó la necesidad de preservar el equilibrio, defender la legitimidad de la ONU y garantizar un papel activo de los palestinos en la gestión del periodo de transición. Todo esto condujo al retorno de la Autoridad Palestina para gestionar el paso fronterizo de Rafah, de acuerdo con el acuerdo de asociación firmado con la Unión Europea en 2005. Además, el Consejo de Paz no encontró otra solución para garantizar una fuerza policial interna en Gaza que no fuera recurrir nuevamente a la policía palestina reconocida internacionalmente. Fue en ese contexto que el gobierno de Netanyahu aceptó, solo bajo presión estadounidense, árabe e internacional, que el Consejo de Paz celebrara su primera reunión en Washington a mediados de febrero pasado. De ella surgieron compromisos financieros cercanos a los 17 mil millones de dólares, la preparación de un plan de reconstrucción del territorio, la confirmación del papel del comité administrativo palestino en el plan de recuperación, la consolidación del alto el fuego y el inicio de la segunda fase del plan Trump, un proyecto dividido en veinte etapas. Pero ¿dónde estamos hoy? En medio del estruendo de la guerra con Irán, casi nadie presta atención a lo que ocurre en la Franja de Gaza. Netanyahu ha logrado bloquear el paso a la segunda fase del plan de paz con el argumento de que primero debe obtener la entrega de las armas de Hamás, sin revelar el acuerdo alcanzado en Doha y anunciado por Trump, según el cual se habría permitido a Hamás continuar gobernando Gaza y conservar su armamento hasta la llegada de una fuerza internacional. Mientras tanto, el ejército israelí amplía su presencia en la llamada zona de amortiguamiento, que se extiende por más de la mitad del territorio de la franja. También realiza operaciones militares diarias que empujan a los palestinos hacia el mar y dividen el territorio verticalmente de norte a sur a lo largo del eje de la calle Salah ad-Din, con una menor densidad de población al este de ese eje y una concentración mucho mayor al oeste. Mientras la fuerza internacional de mantenimiento de la paz enfrenta dificultades jurídicas para definir su naturaleza y sus atribuciones, y su despliegue sigue pendiente, el gobierno israelí mantiene el ritmo de sus operaciones militares para remodelar el escenario de la Franja de Gaza de acuerdo con sus intereses de seguridad a largo plazo. Esta situación ha reducido a los miembros del comité administrativo palestino a permanecer en sus oficinas pensando en renunciar. El comité tiene su sede provisional en la ciudad egipcia de El Arish y Israel ha prohibido a sus miembros, incluido su principal responsable, el ingeniero Ali Shaath, entrar a la Franja de Gaza. Israel también ha condicionado la entrada de camiones de ayuda a una reducción de su número y del contenido que transportan, mediante presiones constantes que provocan escasez de alimentos distribuidos gratuitamente y la prohibición de introducir nuevas tiendas de campaña, cuando el 90 por ciento de las que se utilizan están ya completamente deterioradas. A esto se suma la prohibición de introducir maquinaria pesada para retirar los escombros de las calles, lo que obstaculiza deliberadamente la búsqueda de los cuerpos de más de diez mil personas desaparecidas bajo las ruinas. Hasta ahora no se ha anunciado ningún calendario de retirada israelí del territorio. Lo que ocurre, por el contrario, es que el ejército intenta cortar cualquier vínculo entre el comité administrativo y la población de Gaza, como han declarado varias personalidades involucradas en el proceso. En la práctica, lo que ocurre es la transformación de la Franja de Gaza en una zona de amortiguamiento israelí, donde la vida de los gazatíes en tiempos de paz resulta incluso más dura y humillante que durante la guerra de exterminio. Mientras tanto, se busca domesticar a Hamás y alcanzar un acuerdo con sus dirigentes sobre su papel en la próxima fase, permitiendo que su aparato militar, de seguridad y administrativo continúe gobernando la parte occidental de la franja, donde vive cerca de tres cuartas partes de la población de Gaza. Todo ello a la espera de futuros compromisos cuya naturaleza sigue siendo desconocida si el proceso permanece en manos de Washington y Tel Aviv. Al mismo tiempo, el gobierno de Netanyahu reafirma su exigencia de expulsar a los habitantes de Gaza hacia el desierto del Sinaí y su rechazo a permitir que el territorio recupere su densidad demográfica, tratando al palestino como una masa humana sin identidad, sin voluntad y sin derecho a decidir. El simple hecho de que el palestino permanezca en su tierra se ha convertido en una obsesión existencial para el Estado de Israel. Así, la operación del 7 de octubre hizo estallar las ansiedades más profundas, aquellas que llaman a eliminar al otro en lugar de buscar la paz con él. El odio entre ambos pueblos nunca había alcanzado la intensidad que tiene hoy. Ha adquirido una dimensión patológica de la que será difícil recuperarse en un futuro previsible.

El Líbano entre condiciones de negociación y complejidades en la toma de decisiones

Israel plantea como condición previa el desarme de Hezbolá antes de cualquier negociación, una exigencia que sabe que el Estado libanés difícilmente puede cumplir, ya que la decisión de guerra y paz permanece, en gran medida, fuera de las instituciones del país. Aun así, Israel ha dado un paso significativo al nombrar a Ron Dermer al frente de su delegación para las negociaciones con el Líbano. Se trata de un alto funcionario cercano a los círculos de decisión y, en particular, al primer ministro Benjamin Netanyahu. Este nombramiento otorga un peso político evidente a la iniciativa israelí y envía una señal clara a la comunidad internacional: Israel está dispuesto a participar en un proceso de negociación al más alto nivel. Por su parte, el Estado libanés intenta conformar una delegación negociadora que refleje los equilibrios confesionales internos sobre los que se sustenta su sistema político. Sin embargo, este intento chocó rápidamente con las complejidades de la realidad libanesa. El presidente del Parlamento, Nabih Berri, se negó a designar al representante chiita de la delegación y condicionó su participación a la declaración de un alto el fuego completo antes de cualquier sesión de negociación. Esta postura coincide con la de Hezbolá, que ha rechazado cualquier alto el fuego antes del fin de la guerra contra Irán. El movimiento sostiene que ha movilizado todas sus capacidades en este conflicto y que continuará combatiendo hasta el final o hasta alcanzar la victoria. Estas posiciones cierran prácticamente la puerta a un alto el fuego a corto plazo y reducen el margen de maniobra para cualquier iniciativa política o proceso de negociación. También ponen de manifiesto la divergencia entre la lógica del Estado libanés, que busca contener la crisis a través de canales diplomáticos, y la de los grupos paramilitares, que vinculan sus decisiones a un contexto regional más amplio que trasciende las fronteras del Líbano. A la luz de estos elementos, Israel parece haber logrado ganar un nuevo punto ante la opinión pública internacional. Se presentará como la parte dispuesta a negociar al enviar a un emisario de alto nivel, mientras que el Líbano corre el riesgo de aparecer como un Estado incapaz de unificar su decisión interna o de cumplir los requisitos previos para avanzar hacia una solución política. Esta percepción, sea exacta o exagerada, debilita la posición negociadora del Líbano y dificulta la defensa de sus intereses en los foros internacionales. En definitiva, estos acontecimientos revelan una vez más la profundidad del bloqueo en el que se encuentra el Líbano, donde se enfrentan un Estado con capacidades limitadas y una fuerza político-militar que toma decisiones al margen de las instituciones oficiales. En este contexto, cualquier proceso de negociación o arreglo político queda rehén de equilibrios regionales sobre los cuales el Líbano no tiene control. Mientras el Estado intenta consolidar su lugar en la mesa de negociaciones, el verdadero desafío sigue siendo devolver la decisión sobre la guerra y la paz a sus instituciones constitucionales. Sin ello, el Líbano seguirá siendo un escenario donde se dirimen conflictos regionales, en lugar de un Estado capaz de defender sus propios intereses nacionales.

Walid Khalidi, el arquitecto del saber palestino

No resulta sencillo condensar, en unas pocas líneas y párrafos, la trayectoria de un gran historiador que vivió cerca de un siglo y que permaneció hasta sus últimos días inmerso en la escritura, la composición y la reflexión, con el espíritu continuamente aferrado a lo que ocurría en su país, y cuya causa fue siempre la misma: Palestina. Walid Khalidi, quien nos dejó hace apenas unos días, reunió a lo largo de su dilatada vida numerosas cualidades, siendo quizás la más memorable la que sus propias investigaciones vienen a confirmar: fue el custodio del relato de la Nakba y quien desmontó la narrativa sionista sobre Palestina. Desde su partida, importantes periódicos internacionales y árabes han publicado obituarios centrados en sus sólidos trabajos académicos, en los múltiples roles que desempeñó en el ámbito político y en las diversas actividades que acometió. Puede afirmarse que dos cualidades esenciales distinguieron la personalidad de Khalidi — este investigador palestino árabe reconocido tanto en los medios académicos occidentales como en los árabes, en razón de su conocimiento enciclopédico y de su autoridad intelectual, en particular sobre la causa palestina. La primera es su apego riguroso a las exigencias de la investigación científica, sin admitir jamás concesión alguna en esta materia, lo que le granjeó un reconocimiento indiscutido entre los académicos de universidades occidentales y árabes. En todos sus libros publicados, sus conferencias y sus artículos, Khalidi no se apartó ni un ápice de este criterio, sino que lo extendió a todos quienes trabajaron a su lado, consolidando así una corriente historiográfica decisiva e indiscutible. La segunda es su mentalidad institucional, que materializó mediante la fundación del Instituto de Estudios Palestinos en Beirut en 1963, concebido como referencia científica especializada en la causa palestina y en el conflicto árabe-israelí. Esta institución de investigación árabe enteramente independiente, sin afiliación partidaria y sin ánimo de lucro, publicó durante el período en que ejerció como secretario general más de ochocientas obras de referencia sobre la causa palestina en árabe, inglés, francés y español, y algunos de sus títulos fueron también traducidos a otras lenguas. Cabe imaginar la magnitud de los desafíos que tuvo que afrontar una institución de investigación de estas características, así como las presiones que desde todos los flancos podían comprometer su labor — presiones que hacen de su independencia algo sumamente difícil de preservar, sobre todo por dedicarse al estudio de una cuestión compleja, la causa palestina, cuyo conflicto es anterior a la Nakba de 1948. A ello se añade que la institución se apoya — en su búsqueda de independencia académica — en donaciones sin condicionamiento alguno, con el fin de no quedar comprometida con ninguna parte. En este ámbito, el director general de la institución, Khalid Farraj, señala: «Khalidi trabajó para arraigar dentro de la institución un conjunto de valores y conceptos colectivos que la distinguen de otras organizaciones. El núcleo de esos valores reside en la fusión de quienes trabajan en la institución con el ideal común que él había sentado, y en la adhesión a la esencia misma de la causa para la que fue fundada: reivindicar el derecho de quienes son sus legítimos titulares a través de una investigación científica rigurosa.» [1] La mera supervivencia de una institución de investigación árabe — en una región que pocas veces prioriza la labor científica — durante más de seis décadas, sin haberse entregado jamás a los «brazos» de ninguna entidad política, financiera o partidaria, honra a la institución y a quienes la han dirigido. Esa fue la senda trazada por Walid Khalidi, quien trabajó durante largos años para consolidarla. * * * Walid Khalidi fue un hombre de principios. Dimitió de la Universidad de Oxford en 1956, en protesta contra la participación británica en la agresión tripartita contra Egipto, para trasladarse a la Universidad Americana de Beirut y proseguir su investigación y su docencia. Se puede medir la dificultad de semejante decisión para un profesor universitario treintañero que enseñaba en una de las más importantes universidades occidentales: Khalidi antepuso su convicción nacional a sus intereses personales, entre los cuales su carrera académica ocupaba el primer lugar, interrumpida en Oxford antes de retomarse en Beirut — ciudad entonces en pleno hervor intelectual —, lo que le permitió, algunos años después, fundar el Instituto de Estudios Palestinos, cuya sede principal permanece en Beirut hasta hoy. El historiador israelí antisionista de renombre, Ilan Pappé, ha dicho de él: «En una conversación informal que mantuvimos (...), supe que había otra razón para su malestar con Oxford: como académico, aspiraba en aquel entonces a impartir conferencias y escribir sobre la Nakba de 1948, pero le quedó claro que Oxford en aquella época no reconocía la Nakba como un tema digno de estudio académico.» [2] Walid Khalidi dejó huellas académicas numerosas y duraderas. Entre las más significativas figura su revelación del contenido del «Plan Dalet», elaborado por las organizaciones paramilitares sionistas para tomar el control de los territorios palestinos, especialmente durante los años 1947 y 1948 — un plan que desmiente de raíz la narrativa que sostiene que las tierras palestinas estaban deshabitadas o que sus habitantes las abandonaron voluntariamente. Khalidi se extiende sobre la resolución de partición de Palestina adoptada por las Naciones Unidas, en una formulación cuya claridad no ha perdido nada de su fuerza: «La resolución de partición adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1947 adquirió una importancia decisiva en el relato de los vencedores, hasta el punto de que una amnesia histórica colectiva borró todo lo que la precedió — en el pasado lejano, el intermedio y el inmediatamente anterior —, como si la resolución de partición fuera el punto de partida de la cuestión palestina, y no la culminación trágica (para los palestinos) de todo lo que la antecedió desde los albores del sionismo político.» [3] Dado que la investigación científica no puede desvincularse del devenir de la política y de sus transformaciones, Walid Khalidi participó — sin comprometerse hasta afectar su independencia académica — en numerosas esferas de actividad política, contribuyendo donde podía a la formulación de una posición y una visión palestinas fundamentadas en la defensa de los derechos nacionales legítimos. «Formaba parte del círculo más próximo a los responsables del Movimiento de Nacionalistas Árabes y gozaba de la confianza de muchos de sus dirigentes (...), asimismo tejió vínculos estrechos con los fundadores del Frente Popular para la Liberación de Palestina, el movimiento Fatah y la Organización para la Liberación de Palestina (...). A comienzos de los años setenta, Khalidi se involucró en contactos privados con los Estados Unidos en nombre de la OLP.» [4] Para quienes no lo sepan, desempeñó un papel central en la redacción del célebre discurso que el presidente de la OLP, Yasser Arafat, pronunció ante las Naciones Unidas en 1974. Decisiva fue también su participación en la delegación conjunta jordano-palestina en las conversaciones de paz de Madrid en 1991, fundadas en el principio de «tierra por paz» — una etapa axial en la historia del conflicto árabe-israelí, aunque fue siendo vaciada progresivamente de contenido y superada por las negociaciones de Oslo, llevadas en secreto y que desembocaron en el acuerdo de 1993. Sobre la Nakba, los pueblos palestinos y el desplazamiento sistemático de los palestinos, Walid Khalidi publicó dos obras de referencia fundamentales: Para no olvidar y Antes de la diáspora — su lectura basta para desmontar la narrativa israelí que sostiene que el Estado de Israel se edificó sobre una tierra sin pueblo. Sus libros permanecerán como referencia para investigadores y estudiantes durante años, siendo él un mentor generoso para cientos de ellos, formados bajo su guía tanto en las universidades como en el Instituto de Estudios Palestinos. Tras la partida de este gran historiador, la causa palestina debe permanecer como una responsabilidad que pesa sobre todos los hombres libres del mundo, pues es una causa moral y humana tanto como política. [1] FARRAJ, Khalid, « En el centenario de Walid Khalidi: la misión convertida en método de trabajo» , Suplemento especial con motivo del centenario de Walid Khalidi, Revista de Estudios Palestinos (n.° 143), Beirut, verano 2025, p. 123. [2] PAPPÉ, Ilan . «Walid Khalidi y el nacimiento de los Estudios Palestinos, 1963–2025» , ibíd. , p. 57. [3] Revista de Estudios Palestinos, vol. 9, n.° 33, invierno 1998, p. 3. [4] KHALIDI, Rashid, «Walid Khalidi: el pionero y el renovador» , Suplemento especial, op. cit. , pp. 18–19.

La isla de Kharg, nueva carta maestra en manos de Trump

La guerra entre la República Islámica de Irán, por un lado, y el eje estadounidense-israelí, incluyendo por repercusión a Europa y los países del Golfo, así como a Turquía, por otro lado, finaliza, este sábado 14 de marzo, su segunda semana. Esta primera fase del conflicto se ha centrado esencialmente, por parte occidental, en la eliminación, desde las primeras horas de la ofensiva, el 28 de febrero, de una cuarentena de miembros del alto mando militar y político iraní, incluido el Guía Supremo Ali Khamenei, seguida de un bombardeo aéreo masivo y continuo destinado a destruir las infraestructuras militares y administrativas del régimen. Por parte iraní, las operaciones militares consistieron en el lanzamiento de misiles balísticos y drones dirigidos contra el territorio israelí, pero también contra los países del Golfo, paralelamente a la reactivación, al amanecer del 2 de marzo, del frente del sur del Líbano. El final de esta segunda semana de guerra estuvo marcado por un desarrollo importante de gran alcance estratégico: el bombardeo por la aviación estadounidense de las instalaciones militares y civiles y de la estructura de defensa aérea de la isla iraní de Kharg, situada al norte del golfo Pérsico, a unos veinte kilómetros de las costas iraníes. Calificada a menudo como la «joya de la corona» de la industria petrolera iraní o también como el «talón de Aquiles energético» de Irán, la isla de Kharg ha representado siempre el verdadero pulmón económico de Irán. Y con razón: cerca del 90 por ciento de las exportaciones petroleras de Irán pasan por esta isla, fácilmente accesible para los grandes superpetroleros debido a que goza de aguas profundas, a diferencia de otros puertos. La isla ofrece además una infraestructura que permite acoger a varios superpetroleros de manera concomitante y almacenar no menos de 35 millones de barriles de petróleo. La importancia altamente estratégica de la isla de Kharg ha permitido al presidente Donald Trump dotarse de una carta maestra en el pulso surgido hace unos días en torno al estrecho de Ormuz y las veleidades de los Pasdarán de bloquear la libre circulación marítima en esta vía de transporte vital. El jefe de la Casa Blanca subrayó así claramente, el sábado, que la aviación estadounidense ha destruido efectivamente las instalaciones militares, aéreas y marítimas de la isla, pero se abstuvo de atacar la infraestructura petrolera. Para el presidente Trump, la ecuación es clara: si el régimen iraní intenta cerrar el estrecho de Ormuz, la aviación estadounidense destruirá las instalaciones petroleras de Kharg, lo que tendrá como consecuencia la asfixia económica y financiera de la República Islámica. Las exportaciones petroleras representan de hecho la principal fuente de ingresos de Irán. Para unir el acto a la palabra, el ejército estadounidense ha decidido enviar como refuerzo a la región de Oriente Medio y el Golfo a 2500 infantes de marina, lo que ha acentuado los rumores que circulaban el sábado sobre un posible desembarco estadounidense en Kharg para resolver el problema del estrecho de Ormuz. Parece evidente en este contexto que el resultado de esta delicada partida de pulso tendrá un impacto cierto en el precio mundial del petróleo y, por consiguiente, en el precio de la gasolina en el surtidor y de los productos de gran consumo. Esta repercusión ya se hace sentir debido a que Irán continúa sus lanzamientos de misiles contra los países petroleros del Golfo, incluidos los Emiratos Árabes Unidos, donde la actividad en el puerto de Fujairah fue interrumpida el sábado a causa de un incendio provocado por el impacto de un misil. Los otros «puntos calientes» A nivel de los otros «puntos calientes» del conflicto, la noche del viernes y la jornada del sábado estuvieron marcadas por los ya tradicionales ataques aéreos y lanzamientos de misiles, que tuvieron como objetivo el suburbio sur y varios pueblos del sur del Líbano, o también el norte de Israel y Galilea. Paralelamente, el ejército israelí continuó su lento avance en algunos sectores de la región meridional del país. El ministro de Defensa israelí subrayó al respecto que «el conflicto ha entrado en una nueva fase», lo que acredita la tesis de una posible ocupación prolongada por Israel de la zona del sur del Líbano situada al sur del Litani. A nivel regional, la embajada de Estados Unidos en Bagdad fue blanco de un lanzamiento de misiles que causó leves daños materiales, mientras que el gobierno iraquí anunciaba la adopción de medidas especiales destinadas a impedir cualquier nueva agresión contra los intereses franceses en Irak, como ocurrió hace dos días.

Para un nuevo 14 de Marzo
Por
Jad Akhawi
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La memoria libanesa está jalonada de momentos importantes, pero pocos han constituido un verdadero punto de inflexión en la historia del país como la manifestación del 14 de marzo de 2005. Ese día, no se trató simplemente de una manifestación masiva en el corazón de Beirut, sino de un raro momento en que los libaneses se unieron en torno a una idea común: la restauración del Estado. Este momento ocurrió tras el asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri, un crimen que no solo sacudió Líbano, sino que también trastocó el curso de su vida política. El asesinato de una figura de la talla de Hariri no fue un simple incidente de seguridad, sino un verdadero seísmo político que reveló la magnitud de la crisis que atravesaba Líbano, bajo el yugo de seguridad y político de Damasco desde el fin de la guerra civil. Pero lo que muchos no habían anticipado en ese momento fue que el luto y la ira se transformarían en un levantamiento popular de tal magnitud. El 14 de marzo de 2005, cientos de miles de libaneses invadieron la Plaza de los Mártires en una de las mayores manifestaciones de la historia de la región, reclamando verdad y justicia y, sobre todo, el restablecimiento de la soberanía nacional. El mundo calificó este momento como la Revolución del Cedro, pero los libaneses que lo vivieron saben que fue mucho más que una simple «revolución». Fue un momento de toma de conciencia colectiva: el Estado no era una causa perdida y la tutela no era eterna. El fin de la era de la tutela La escena de la Plaza de los Mártires no fue una simple concentración humana. Fue la declaración clara de que un capítulo entero de la historia de Líbano llegaba a su fin. Después de tres décadas de influencia siria en Líbano, Damasco se encontró frente a una doble presión: una presión popular libanesa sin precedentes y una presión internacional que se materializó con la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que exigía la retirada de las fuerzas extranjeras de Líbano. En abril de 2005, las fuerzas sirias se retiraron de Líbano, poniendo fin a una presencia militar que había comenzado en 1976. Para muchos libaneses, esto fue percibido como una segunda independencia. Pero la historia de Líbano rara vez es lineal. Soberanía incompleta Rápidamente se hizo evidente que la retirada del ejército sirio no significaba el fin de la crisis libanesa. La tutela militar directa había terminado, pero la cuestión de las armas fuera del control del Estado permanecía. Líbano entró entonces en una nueva fase de conflicto político, cuya cuestión central era: ¿quién tiene el poder de hacer la guerra y la paz en Líbano? Durante esos años, el creciente papel de Hezbolá se volvió preponderante, poseyendo este un arsenal militar independiente del Estado libanés. Con el tiempo, este arsenal se convirtió en un importante motivo de división política en el país. Las Fuerzas del 14 de Marzo estimaban que la construcción del Estado no podía ser completa mientras existieran armas fuera de sus instituciones, mientras que Hezbolá consideraba sus armas como parte integrante de la «resistencia». Líbano se embarcó así en una prolongada lucha política en torno al concepto mismo de soberanía. De la esperanza al colapso Si los libaneses recordaran la escena de la Plaza de los Mártires en 2005, les costaría conciliar ese momento de esperanza con la realidad actual. Casi veinte años después, Líbano parece haberse alejado cada vez más del sueño de Estado que los manifestantes reclamaban entonces. El Estado es hoy débil, sus instituciones están casi paralizadas, su economía se ha derrumbado y su población emigra en número sin precedentes. En cuanto a la decisión de soberanía que estaba en el corazón del levantamiento del 14 de marzo, sigue siendo un tema de conflicto interno y regional. Estos últimos años han demostrado que el problema de Líbano no reside solo en la ocupación o la tutela directa, sino también en la incapacidad misma del sistema político para construir un Estado capaz. El sectarismo político, el reparto del poder por cuotas y la presencia de armas fuera del control del Estado han obstaculizado en numerosas ocasiones el proyecto de construcción estatal que soñaba el pueblo libanés en 2005. ¿Qué queda del 14 de marzo? Algunos afirman que el 14 de marzo desapareció como alianza política. Esto es en gran parte cierto. La alianza que llevaba este nombre se debilitó progresivamente, sus fuerzas se dispersaron y algunos de sus miembros llegaron a compromisos políticos que socavaron su mensaje inicial. Pero el 14 de marzo no fue solo una alianza política. Fue una idea. La idea de que Líbano debía ser un Estado soberano, libre e independiente. La idea de que la decisión de hacer la guerra y la paz debía recaer exclusivamente en las instituciones legítimas. Y la idea de que Líbano no puede funcionar como un Estado normal si sigue siendo un teatro de conflictos regionales. Estas ideas no han desaparecido. Puede que hayan perdido su influencia política, pero siguen presentes en la conciencia de una gran parte de la población libanesa que todavía cree que el establecimiento de un Estado funcional es la única solución a la crisis crónica de Líbano. Un momento inacabado El problema fundamental del movimiento del 14 de marzo residía quizás en el hecho de que, a pesar de su importancia histórica, no logró transformarse en un proyecto político duradero, capaz de reconstruir el Estado. La alianza que lideró este movimiento tuvo que enfrentar inmensos desafíos: asesinatos políticos, divisiones internas y guerras regionales que afectaron directamente a Líbano. A pesar de todo, el 14 de marzo de 2005 sigue siendo un momento crucial en la historia libanesa moderna. Demostró que los libaneses son capaces de superar el miedo cuando sienten que su país está amenazado y de crear un impulso nacional unificador que trasciende las divisiones tradicionales. Un recuerdo para el futuro Hoy, mientras se conmemora el aniversario del 14 de marzo, cientos de miles de libaneses quizás no saldrán a la calle como hace veinte años. Pero las preguntas planteadas ese día siguen siendo de candente actualidad: ¿Puede Líbano volver a ser un Estado normal? ¿Puede la decisión de guerra y paz recaer únicamente en el Estado? ¿Podrán los libaneses un día reunirse de nuevo en torno a un proyecto nacional unificador? La conmemoración del 14 de marzo quizás no aporte respuestas a estas preguntas, pero recuerda a los libaneses una verdad fundamental: un momento de unidad nacional es posible. Así fue una vez, en la Plaza de los Mártires. Y nada impide que vuelva a ocurrir.