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Política

El Líbano entre condiciones de negociación y complejidades en la toma de decisiones

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Atrapado bajo un diluvio de fuego (las secuelas de un ataque israelí en Haret Hreik, en el suburbio sur de Beirut, en la foto), el Líbano se encuentra en un callejón sin salida, sus decisiones siendo usurpadas por un grupo armado que escapa al control del Estado. (Foto AFP)
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Por Ziad Abdel Samad
Publicado mar 14, 2026 - 21:48

Israel plantea como condición previa el desarme de Hezbolá antes de cualquier negociación, una exigencia que sabe que el Estado libanés difícilmente puede cumplir, ya que la decisión de guerra y paz permanece, en gran medida, fuera de las instituciones del país.

Aun así, Israel ha dado un paso significativo al nombrar a Ron Dermer al frente de su delegación para las negociaciones con el Líbano. Se trata de un alto funcionario cercano a los círculos de decisión y, en particular, al primer ministro Benjamin Netanyahu. Este nombramiento otorga un peso político evidente a la iniciativa israelí y envía una señal clara a la comunidad internacional: Israel está dispuesto a participar en un proceso de negociación al más alto nivel.

Por su parte, el Estado libanés intenta conformar una delegación negociadora que refleje los equilibrios confesionales internos sobre los que se sustenta su sistema político. Sin embargo, este intento chocó rápidamente con las complejidades de la realidad libanesa. El presidente del Parlamento, Nabih Berri, se negó a designar al representante chiita de la delegación y condicionó su participación a la declaración de un alto el fuego completo antes de cualquier sesión de negociación.

Esta postura coincide con la de Hezbolá, que ha rechazado cualquier alto el fuego antes del fin de la guerra contra Irán. El movimiento sostiene que ha movilizado todas sus capacidades en este conflicto y que continuará combatiendo hasta el final o hasta alcanzar la victoria.

Estas posiciones cierran prácticamente la puerta a un alto el fuego a corto plazo y reducen el margen de maniobra para cualquier iniciativa política o proceso de negociación. También ponen de manifiesto la divergencia entre la lógica del Estado libanés, que busca contener la crisis a través de canales diplomáticos, y la de los grupos paramilitares, que vinculan sus decisiones a un contexto regional más amplio que trasciende las fronteras del Líbano.

A la luz de estos elementos, Israel parece haber logrado ganar un nuevo punto ante la opinión pública internacional. Se presentará como la parte dispuesta a negociar al enviar a un emisario de alto nivel, mientras que el Líbano corre el riesgo de aparecer como un Estado incapaz de unificar su decisión interna o de cumplir los requisitos previos para avanzar hacia una solución política.

Esta percepción, sea exacta o exagerada, debilita la posición negociadora del Líbano y dificulta la defensa de sus intereses en los foros internacionales.

En definitiva, estos acontecimientos revelan una vez más la profundidad del bloqueo en el que se encuentra el Líbano, donde se enfrentan un Estado con capacidades limitadas y una fuerza político-militar que toma decisiones al margen de las instituciones oficiales.

En este contexto, cualquier proceso de negociación o arreglo político queda rehén de equilibrios regionales sobre los cuales el Líbano no tiene control. Mientras el Estado intenta consolidar su lugar en la mesa de negociaciones, el verdadero desafío sigue siendo devolver la decisión sobre la guerra y la paz a sus instituciones constitucionales. Sin ello, el Líbano seguirá siendo un escenario donde se dirimen conflictos regionales, en lugar de un Estado capaz de defender sus propios intereses nacionales.

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