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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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«Padre, perdónales, no saben lo que hacen»
Por
Jawad Pakradouni
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¿Y qué hay del perdón cuando los ofensores saben a ciencia cierta y con conocimiento de causa lo que hacen? ¿Qué hay de la clemencia hacia aquellos a quienes les importa un bledo el país, los demás e incluso los suyos? En nombre de Khamenei y de la República Islámica, Hezbolá lanza cohetes contra el país que aniquiló a su guía supremo en un solo ataque. El supuesto líder de Hezbolá, Naim Kassem, el escondido, lanza guerras «karbalíes», batallas bautizadas con nombres de versículos coránicos, honrando así a su origen, «la resistencia islámica en el Líbano». Y mientras tanto, hay muerte, destrucción, pánico, caos. ¿Perdonarlos? Está por encima de las fuerzas de Cristo mismo. Además, no es Hezbolá el único culpable, es todo el sistema, todos los políticos, diputados y ministros que son oficialmente sus aliados, que los defienden por dhimmitud o por interés. También son los otros, los que arengan a las multitudes y se jactan de estar contra la milicia, pero que a la primera oportunidad, se saludan calurosamente, mientras sus partidarios se enfrentan en las redes sociales o incluso en el terreno. Ahora, la ecuación es muy simple, maniquea: o con, o contra. Ya no hay lugar para la zona gris. La milicia iraní ha declarado la guerra al Líbano lanzando sus misiles contra Israel, ese Estado dirigido por un loco que solo debe su libertad a la guerra. Es hora de afrontar la realidad: esta milicia no tiene nada de libanesa y no representa a los verdaderos chiitas libaneses. Y cuando se hace la guerra a un país del que se procede en nombre de otro, eso no se llama resistencia, sino traición....

Hezbolá, ¿qué has hecho con tus hermanos?
Por
Youssef Mouawad
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¡Hezbolá, probablemente tenías algo que probar! Al lanzar, en las primeras horas del lunes 2 de marzo, una «andanada de misiles y un enjambre de drones» en dirección a Israel, ciertamente tenías tu pequeña idea en mente. Hasta la fecha, las consecuencias son incalculables: más de setecientos muertos, erradicación despiadada de barrios enteros, cerca de novecientos mil damnificados fuera de sus hogares, ¡de los cuales más de 150.000 solo encontraron refugio en la precariedad y la promiscuidad de los albergues colectivos! ¿Por qué no aguantar el golpe? No podías mostrar tanta inmadurez cuando sabías que la respuesta del Estado hebreo sería desproporcionada. En tu calidad de «movimiento autoproclamado de resistencia», no estabas a la altura de enfrentarte a las FDI, máxime cuando habías sido decapitado el 17 de septiembre con los «buscapersonas». ¿Cuál era entonces la finalidad de tu acto de provocación? Tu miserable exhibición de fuegos artificiales no podía cambiar el curso de la situación, ya que los misiles disparados desde Irán se habían revelado ineficaces e insuficientes y habían demostrado la vulnerabilidad de un régimen clerical acorralado. Se alegará que tu decisión del 2 de marzo, fecha a recordar, no te pertenecía y que fue dictada más por las oficinas iraníes que por los intereses estrictamente libaneses. Se sostendrá, igualmente, que no podías permanecer de brazos cruzados cuando el Guía Supremo era abatido e Irán era destrozado diariamente con total impunidad. Admitamos, pues, tu sujeción a los hermanos mayores de Qom, Isfahán y Teherán y reconozcamos de paso que no honra a una «resistencia» supuestamente libanesa. El sacrificio inútil y la derrota victoriosa Hezbolá, en suma, «entraste en la hoguera» y arrastraste a los tuyos, mientras que el régimen de los ayatolás ya había perdido su soberbia y vivía ya solo con un aplazamiento. Se dijo que tu acción vengativa era pura locura, huida hacia adelante y, sobre todo, suicidio. ¿Pero no fue más bien un sacrificio estéril? No podías soportar la pérdida del Guía Supremo sin derramar sangre. Habrías parecido un desagradecido, ya que el régimen iraní había invertido tanto en tu estructuración y adiestramiento militar. Al no disponer de un arsenal letal adecuado y al no poder causar víctimas (o muy pocas) en Israel, ibas a causarlas en tu propia comunidad. ¡Insensata y criminal prueba de fratellanza, esa fraternidad de armas que rige las causas sospechosas! Un antropólogo ya nos había advertido contra el sacrificio inútil que puede tomar fácilmente la forma de auto-inmolación (1). Suicida, tu intervención armada ciertamente protegió tu «identidad comunitaria fantaseada», pero a expensas de la supervivencia real de tu grupo confesional. Mira bien en qué condiciones sobreviven los desplazados del Sur y de Dahiyé, dispersos como están por todo el territorio nacional. ¡Considera bien lo que has hecho con ellos! Sin embargo, y a pesar de sus miserias cotidianas, su apego hacia ti es férreo e inquebrantable (2). Esto se debe a que se mueven en un dominio escatológico, el de la «derrota victoriosa». Y como ilustración, el espectáculo de tus afiliados que, negando su realidad, sostienen que eres triunfante cuando estás en plena derrota. Hezbolá, ofreciste el cuerpo social de los chiítas a un linchamiento mediático para responder «siempre listo» a tus mentores y benefactores de las mesetas iraníes. ¿Habrías, por una inversión de prioridades, convertido a los tuyos en chivo expiatorio? Esta perturbación de la razón política solo se explica como el espejo de una mentalidad arcaica, o al menos la expresión de un estado hipnótico. ¡Y el resto es similar! Frente a esta distorsión del sentido común, ¿qué decir sino: «¡Tanta miseria por tan poca gloria!»? 1-Paul Dumouchel, Le sacrifice inutile. Essai sur la violence politique, París, Flammarion, 2001. 2- Salvo quizás cuando se expresan en secreto.

La escalada se extiende, los intereses franceses amenazados

Los temores de un estancamiento del conflicto militar entre Irán y el eje formado por Israel y Estados Unidos se confirman a medida que los acontecimientos sobre el terreno se aceleran y la confrontación política y militar entre Teherán y Washington se intensifica. En el decimocuarto día de la guerra que asola desde el 28 de febrero, Washington y Tel Aviv insisten en su voluntad de aniquilar las capacidades militares de un Teherán que reacciona ampliando el alcance de sus ataques, horas después del belicoso mensaje televisado del nuevo Guía Supremo iraní, Mojtaba Khamenei, a pesar de haber resultado herido en el violento ataque que mató a su padre, Ali Khamenei. La diplomacia, por su parte, sigue sin tener cabida en este pulso cuyo desenlace sigue siendo incierto. Por primera vez desde el inicio del conflicto, objetivos franceses en la región son atacados por Irán. Sin embargo, tradicionalmente, París mantiene relaciones cordiales con la República Islámica, aunque sigue siendo crítico en algunos asuntos. Sería interesante señalar que el ataque no fue llevado a cabo directamente por Teherán, a diferencia del que tuvo como objetivo una base británica en Chipre el 2 de marzo. Los misiles, lanzados por Irán, habían sido interceptados por Israel, según el ministro de Defensa británico, John Healy. Un grupo oculto proiraní autodenominado Ashab el-Kahf reivindicó el viernes el ataque nocturno con drones contra una base francesa en Erbil, Irak, donde un soldado francés resultó muerto y al menos otros cinco heridos. Según este grupo, se trata de una reacción al despliegue del portaaviones Charles de Gaulle en el Golfo. Una iniciativa que el presidente francés, Emmanuel Macron, había tomado «con un propósito defensivo». Ashab el-Kahf también anunció su intención de atacar todos los intereses franceses en la región y no solo en Irak. Sin embargo, el ataque contra la base francesa no debe atribuirse únicamente a una respuesta al despliegue del Charles de Gaulle. Irán busca sobre todo enviar un mensaje al presidente Macron, quien lo había criticado duramente la semana pasada, calificando a Ali Khamenei, el ex Guía Supremo muerto por ataques israelí-estadounidenses, de «verdugo». Emmanuel Macron también arremetió contra Hezbolá, reprochándole haber arrastrado al Líbano a una guerra que no le concierne. Así, mientras Washington y Tel Aviv siguen insistiendo en su determinación de aniquilar las capacidades militares de Teherán, el régimen de los mulás se esfuerza por demostrar que las mantiene y que siempre tiene la posibilidad de aumentar la presión sobre sus «enemigos», intensificando sus ataques con misiles y drones y bloqueando el estrecho de Ormuz, para gran consternación de Estados Unidos. Horas después de las amenazas del nuevo Guía Supremo iraní, que prometió sumir la región en el caos, los ataques iraníes se intensificaron contra bases estadounidenses en Arabia Saudita, donde 56 drones pudieron ser interceptados la noche del jueves al viernes, según Riad, en los Emiratos Árabes Unidos y en Kuwait, donde un misil impactó de lleno en un edificio residencial. Turquía también anunció que la OTAN interceptó un misil iraní que había sido disparado en su dirección a la altura de la cuenca oriental del Mediterráneo. En Israel, sin embargo, responsables militares, citados por los medios, declararon haber constatado una disminución en la frecuencia de los ataques iraníes con misiles y drones, especialmente contra el territorio israelí. Este, sin embargo, sigue bajo el fuego de los ataques de Hezbolá, que lanzó varias ráfagas contra el norte de Israel la noche del jueves al viernes y de nuevo el viernes, hundiendo aún más al Líbano en una espiral de violencia que sigue siendo incapaz de frenar. En represalia, Israel no se limitó a bombardear los sectores y pueblos donde está implantada la formación proiraní o a llevar a cabo asesinatos selectivos, como en Nabaa, al norte de Beirut, el viernes por la mañana, sino que se propuso ejecutar su amenaza de atacar infraestructuras civiles libanesas. Primeros objetivos: dos puentes a la altura del Litani en el sur del Líbano, uno de los cuales conecta los cazas de Tiro, Nabatiye, Bint Jbeil y Zahrani y que, por ello, reviste una importancia estratégica. Mientras tanto, el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, iniciaba una visita oficial al Líbano. En las circunstancias actuales, esta se reduce a una mera formalidad, ya que la ONU no tiene ningún medio de presión o margen de maniobra para poner fin al conflicto en curso, o intervenir para librar al Líbano de la amenaza que representa Hezbolá para la seguridad del país a largo plazo. En un mensaje en su red social, Truth Social, el presidente Trump reafirmó que Teherán está a punto de capitular. «Estamos destruyendo totalmente el régimen terrorista de Irán, militar, económica y de otra manera». «La marina iraní ha desaparecido, su fuerza aérea ya no existe, los misiles, los drones y todo lo demás están diezmados, y sus líderes han sido borrados de la faz de la tierra», añadió. Donald Trump repitió este mismo mensaje durante una reunión virtual de los líderes del G7. Según el sitio Axios, habría evocado una derrota muy cercana. Horas antes, Mojtaba Khamenei, a pesar de haber resultado herido en el ataque que mató a su padre, Ali Khamenei, afirmaba que no había lugar para que Irán «se rindiera».  

El estrecho de Ormuz entre la tensión iraní-israelí y el destino del comercio mundial

En la geopolítica contemporánea, son escasos los puntos del mapa capaces de alterar el rumbo de la economía mundial en cuestión de instantes. El estrecho de Ormuz es uno de los más decisivos. Esta angosta pasaje marítima, que separa Irán del sultanato de Omán, constituye la arteria vital de las exportaciones de petróleo y gas desde el Golfo hacia el resto del mundo. Por eso, cualquier tensión militar en la región — sobre todo en el contexto de una escalada continua entre Irán e Israel — sitúa a este estrecho en el corazón de la ecuación internacional. Ya no se trata meramente de un conflicto regional o de una confrontación militar circunscrita: lo que está en juego es el posible tambaleo de uno de los pilares fundamentales de la economía mundial. La importancia del estrecho en el sistema económico mundial Aproximadamente un quinto del comercio mundial de petróleo transita a diario por el estrecho de Ormuz, junto a una proporción considerable de gas natural licuado. Las grandes potencias industriales de Asia — China, Japón, Corea del Sur — dependen fundamentalmente de la energía que llega desde el Golfo a través de este corredor. De ahí que el simple hecho de agitar la amenaza de un cierre del estrecho, o de un estrechamiento del tráfico marítimo, baste para provocar una sacudida en los mercados globales. La economía internacional, pese a su magnitud, sigue siendo extraordinariamente sensible ante cualquier amenaza que pese sobre los suministros energéticos. El estrecho como arma geopolítica Irán ha recurrido reiteradamente a la carta del estrecho de Ormuz en sus enfrentamientos con Occidente. Cada vez que se intensifican las presiones políticas o las sanciones económicas, las amenazas de cierre o de perturbación de la navegación reaparecen con puntualidad previsible. Sin embargo, esta carta nunca ha sido sencilla de jugar. Un cierre total del estrecho significaría una confrontación directa con las potencias internacionales, encabezadas por los Estados Unidos, para quienes la libertad de navegación en ese paso forma parte de su seguridad estratégica. El peligro real no reside necesariamente en un cierre completo del estrecho, sino en un estrangulamiento indirecto de la navegación: amenazas a los buques mercantes, ataques a petroleros, siembra de minas navales, escaladas militares limitadas en el Golfo. Tales medidas no cerrarían formalmente el estrecho, pero bastarían para desorganizar el tráfico marítimo y disparar los costes de transporte y de seguro. El conflicto iraní-israelí y la ampliación de los frentes En los últimos años, el conflicto entre Irán e Israel se ha transformado en una confrontación de múltiples frentes que se extiende desde Siria hasta el mar Rojo, pasando por Irak. A medida que las tensiones militares se agudizan, el propio Golfo ha quedado integrado en este escenario. Un ataque israelí de gran envergadura contra instalaciones nucleares o militares iraníes podría empujar a Teherán a responder mediante instrumentos variados, entre ellos la presión sobre la navegación en el estrecho de Ormuz. En tal caso, el objetivo no sería necesariamente paralizar el comercio mundial, sino transmitir un mensaje estratégico inequívoco: cualquier guerra contra Irán tendrá su precio en los mercados internacionales. La economía mundial ante el choque energético Si la navegación en el estrecho se viera restringida, el primer golpe lo absorberían los mercados petroleros, que reaccionan con rapidez ante los riesgos geopolíticos y podrían ver dispararse los precios en cuestión de días. El alza de los precios de la energía desencadenaría a su vez una cadena de consecuencias económicas: encarecimiento del transporte y el flete, alza de los precios de los bienes esenciales, aceleración de la inflación en la mayoría de los países, desaceleración del crecimiento económico mundial. En un mundo que aún no ha superado del todo las sucesivas crisis económicas, un nuevo choque energético podría tener efectos profundos y duraderos. Repercusiones regionales más amplias Las tensiones en el estrecho de Ormuz no se limitarían a sacudir la economía mundial: se extenderían a la estabilidad política de la propia región. Los países del Golfo, cuya vida depende de las exportaciones de energía a través de este corredor, se encontrarían en una posición de extrema fragilidad, atrapados entre la necesidad de proteger su comercio y el riesgo de verse arrastrados a un conflicto regional de gran escala. Además, cualquier escalada militar significativa podría llevar a un rediseño del mapa de seguridad de Oriente Medio, con la posibilidad de que la confrontación se extienda a otros frentes. El Líbano en el ojo del huracán regional Para el Líbano, ninguna escalada mayor entre Irán e Israel quedaría lejos de su propio suelo. El país ocupa una de las posiciones más delicadas de este conflicto, dada la función de Hezbolá, el aliado regional más destacado de Irán. Cuando la confrontación se inflamó en la región, el Líbano se encontró ante uno de dos escenarios: o bien deslizarse hacia un frente militar abierto con Israel, o bien adentrarse en una etapa de intensa presión política y de seguridad derivada de las tensiones regionales. En ambos casos, la economía libanesa — ya extenuada — se cuenta entre las más expuestas, ya sea por el alza de los precios de la energía o por la disrupción del comercio regional. Entre la disuasión y la deflagración A pesar de todos estos riesgos, la mayoría de los actores son conscientes de que una perturbación total del estrecho de Ormuz podría desencadenar consecuencias difíciles de contener. Por eso, las amenazas han permanecido en general en el terreno de la disuasión política más que en el de la ejecución práctica. Sin embargo, la historia muestra que las grandes crisis suelen originarse en incidentes menores o en errores de cálculo entre partes enfrentadas. Y en una región tan volátil como el Golfo, un solo incidente marítimo puede bastar para encender una cadena de reacciones que nadie logra dominar. El estrecho de Ormuz sigue siendo, pues, uno de los puntos más neurálgicos del sistema internacional. No es simplemente un corredor marítimo de tránsito para el petróleo: es un nudo geopolítico donde se cruzan los intereses de las grandes potencias y los conflictos de Oriente Medio. A medida que la tensión entre Irán e Israel no cesa de crecer, aumenta la probabilidad de que este estrecho se convierta en una carta de presión estratégica en una confrontación que ya desborda con creces las fronteras de la región. Y en un mundo que depende en gran medida del flujo de energía desde el Golfo, cualquier perturbación de esta arteria vital podría ser suficiente para desencadenar un terremoto económico planetario. Al cabo, el estrecho de Ormuz nos recuerda una verdad sencilla: en el orden internacional contemporáneo, un paso estrecho en el mapa puede ser capaz de determinar el destino de la economía del planeta entero.

Los Pasdaran no han perdido su tiempo en Líbano...
Por
Khairallah Khairallah
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El elevado número de cohetes lanzados recientemente desde el territorio libanés en dirección a Israel apunta a varias realidades. La primera y más reveladora: a diferencia de las autoridades libanesas, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria iraní no ha desperdiciado un instante desde que se alcanzó el acuerdo de alto el fuego entre Hezbolá e Israel. Fue el 23 de noviembre de 2024, bajo el gobierno del presidente Najib Mikati. El presidente Nabih Berri desempeñó un papel central en la consecución de ese acuerdo, que reflejaba la necesidad apremiante del Partido de detener los combates a cualquier precio. Ha quedado meridianamente claro que Israel aprovechó el alto el fuego para consolidar su libertad de seguir adelante con su campaña contra Hezbolá, mientras que la Guardia Revolucionaria se sirvió del mismo acuerdo para afianzar su presencia en el Líbano y preparar la fase de confrontación entre Irán, por un lado, y Estados Unidos e Israel, por el otro. En efecto, la Guardia Revolucionaria no perdió el tiempo. Reanudó sus actividades en el Líbano a través de los restos de Hezbolá. Los frutos de ese éxito se hicieron visibles en el período que siguió al asesinato del «Guía» Alí Jamenei, hace aproximadamente dos semanas. La consecuencia del asesinato fue la incorporación total del Líbano a la guerra que libra Irán frente a Estados Unidos e Israel. ¿Cómo entró el Líbano en esta guerra? ¿Qué responsabilidad recae sobre el Estado libanés? Ésta es la gran pregunta que se impone en este período, en el que asistimos a una ampliación de la ocupación israelí y a un incremento de los ataques aéreos, cada vez más focalizados, sobre objetivos concretos en el Líbano… hasta alcanzar el corazón mismo de Beirut. Lo más sorprendente es que Hezbolá ha dejado, en la práctica, de existir en el Líbano. Dicho esto con matiz: el Partido existe cuando las necesidades de la Guardia Revolucionaria iraní así lo requieren. Quienes conocen el Partido desde adentro cuentan que un oficial de la Guardia ordenó a combatientes del Partido lanzar cohetes desde suelo libanés hacia Israel. Con ello, el oficial iraní declaró la reapertura del frente del sur del Líbano. Todo ocurrió en contra de la voluntad del Estado libanés, incluidos el presidente de la República Joseph Aoun y el presidente del Consejo de Ministros Nawaf Salam… y la mayoría de los libaneses. Naim Kassem desconocía los detalles de lo ocurrido. Se enteró del lanzamiento de cohetes por televisión, del mismo modo en que Mojtaba Jamenei supo, a través de la misma pantalla, que la Guardia lo había elegido «Guía». Mojtaba aprovechó su primer discurso desde el nombramiento para declarar que había “escuchado su designación en televisión”. La paradoja radica en que hubo que encontrar a alguien que leyera ese discurso en ausencia del propio «Guía» — quien parece sufrir las consecuencias de heridas recibidas… y quizás algo más que heridas. Cuanto ha sucedido, tanto en el Líbano como en el propio Irán, parece apuntar a lo mismo: la Guardia es la que detenta el poder de decisión en ambos países y no ha encontrado mejor fachada en el Líbano que Hezbolá. Ya no cabe ninguna duda de que el Partido — que nunca fue otra cosa que una brigada de la Guardia Revolucionaria con efectivos libaneses — se ha convertido en una milicia confesional libanesa bajo el mando de oficiales iraníes. Entre la ignorancia de las autoridades libanesas, a todos los niveles, sobre lo que se trama en suelo libanés y en la región — en especial sobre el alcance del cambio ocurrido en Siria — y los últimos acontecimientos que representa la nueva ofensiva militar israelí, resulta imposible ignorar que el Líbano atraviesa una fase de consecuencias históricas. El problema reside en que el Líbano oficial no comprendió que el tiempo no trabajaba a su favor. El tiempo ha alcanzado al Líbano. Es evidente que las oportunidades abiertas desde el acuerdo del 23 de noviembre de 2024 no volverán a presentarse. Nadie parece asumir una realidad elemental: Joseph Aoun jamás habría llegado a la presidencia de la República sin la derrota de Hezbolá en la «guerra de apoyo a Gaza». Si el Partido siguiera en pie — él y su exsecretario general Hassan Nasrallah —, se habría aferrado a su candidato Sleiman Frangieh, destinado en teoría a ocupar la presidencia. El Partido había insistido en que su candidato fuera presidente de la República, exactamente igual que cuando impuso a Michel Aoun en octubre de 2016 y lo condujo, junto a su yerno Gebran Bassil, hasta el palacio de Baabda. Los llevó a la presidencia para que la institución estuviera al servicio de Irán y su proyecto expansionista, hostil a todo lo árabe en la región — nada más. Lo pasado, pasado está. ¿Qué puede hacer el Líbano ahora, una vez que la «República Islámica» ha logrado, a través de la Guardia Revolucionaria, reabrir el frente del sur del Líbano? ¿Es posible evitar los errores del pasado reciente, un pasado que apenas tiene un año y unos meses? La respuesta es que no hay otra opción que afrontar la realidad: el país ha quedado, al igual que Irán, bajo la autoridad de la Guardia Revolucionaria. ¿Cómo hacerle frente a esa autoridad que representa, bajo una forma distinta pero igualmente total, la hegemonía iraní sobre el Líbano? Se necesita una respuesta libanesa. Y ninguna respuesta que valga la pena será posible sin derribar el muro del miedo frente a Hezbolá — un Partido que apenas existe ya, salvo como instrumento enteramente controlado por la Guardia Revolucionaria. Una vez más: la Guardia no perdió el tiempo desde el otoño de 2024, cuando el Líbano alcanzó su acuerdo de alto el fuego con Israel. Reforzó su posición en el país, como lo confirma el volumen de cohetes lanzados hacia Israel. El Líbano pagará un precio elevado por esos lanzamientos, y aún más elevado por no haber comprendido que el tiempo no jugaba a su favor — que todo discurso sobre el desarme de Hezbolá carece de valor sin hechos concretos sobre el terreno. Hacían falta hechos, cualquiera que fuera el costo, y sin miedo a las amenazas de guerra civil o similares que, en el fondo, no tienen ningún asidero en la realidad.

Guerra en Medio Oriente: ¿Nos dirigimos a una escalada más abierta?

Durante las últimas veinticuatro horas, una serie de indicadores en el terreno sugiere que la guerra entre Irán y el eje formado por Israel y Estados Unidos está a punto de cruzar un nuevo umbral, una escalada de la que Líbano tampoco está quedando al margen. En el decimotercer día de la operación militar bautizada como “Epic Fury” por el presidente estadounidense Donald Trump, las tensiones han aumentado de manera significativa en los frentes paralelos Irán-Israel y Líbano-Israel, marcados por una notable sincronía entre Hezbolá y Teherán. La intensificación nocturna de los intercambios de misiles entre Teherán y Tel Aviv, ocurrida justo cuando Hezbolá anunció el miércoles por la noche el lanzamiento de la operación “Paja Devorada” (una alusión al relato coránico del ejército de Abraha, destruido por piedras de arcilla lanzadas por aves), es una consecuencia directa del aumento de las hostilidades en torno al estratégico estrecho de Ormuz. Este punto crítico amenaza ahora con convertirse en un giro decisivo en el conflicto en curso. Para Washington, la seguridad de los petroleros y buques mercantes que transitan por el estrecho sigue siendo una línea roja, una que Teherán ha cruzado sin titubeos, provocando fuertes turbulencias en los precios mundiales del petróleo. Se trata de una estrategia contra la cual el presidente Donald Trump ha advertido, pero que Irán continúa utilizando como arma para ejercer la máxima presión sobre él mediante la desestabilización de los mercados internacionales. Desde que Israel atacó depósitos de combustible en Teherán el domingo pasado, el régimen de los mulás ha respondido golpeando campos petroleros e instalaciones de almacenamiento en varios países del Golfo. Entre la noche del miércoles y la madrugada del jueves, al menos dos petroleros fueron atacados frente a la costa iraquí; horas antes, un buque de carga fue alcanzado por un ataque. Este clima de extrema volatilidad ha llevado a los países del Golfo a reducir su producción petrolera en al menos 10 millones de barriles diarios, según la Agencia Internacional de Energía. El régimen de los mulás, que actualmente lucha por su propia supervivencia, está utilizando todos los medios a su alcance y se declara dispuesto a librar una guerra de desgaste. Por ahora, sin embargo, esta postura no ha logrado disuadir a sus adversarios, que siguen decididos a llevar su operación militar hasta el final, como han reiterado tanto Tel Aviv como Washington. Hasta el momento, su estrategia parece haber resultado contraproducente. Tras enviar señales contradictorias en los últimos días al sugerir que la guerra podría terminar muy pronto, el presidente Trump declaró el miércoles por la noche que Washington “debe terminar el trabajo” en Irán, insistiendo en que no habrá “ni pausas a mitad de camino ni retiradas prematuras”. Aunque afirmó que “Irán está cerca de la derrota”, evitó precisar cuáles son los objetivos finales de la guerra: si se trata de un cambio de régimen, posibilidad mencionada al inicio del conflicto, o simplemente de neutralizar la amenaza nuclear o la capacidad de Teherán para desarrollar misiles balísticos, ambas consideradas amenazas directas para Estados Unidos. Su declaración hace eco de la del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, quien es más categórico respecto a los objetivos de la guerra: el desmantelamiento del régimen de los mulás por la amenaza existencial que representa para su país y para su brazo militar, Hezbolá. En esta perspectiva, Tel Aviv considera ampliar la operación militar en el Líbano. Su ministro de Defensa, Israel Katz, lo anunció este jueves, un día después de que se celebrara una reunión restringida del consejo de seguridad para discutir los próximos pasos del compromiso militar en el Líbano, donde, según medios israelíes, el ejército ya no ocupa cinco, sino dieciocho puntos estratégicos ante la posibilidad de una incursión terrestre. Israel Katz anunció que se ha dado la orden al ejército israelí de prepararse para “extender sus operaciones en el Líbano”, advirtiendo sobre una posible ocupación de territorios libaneses para garantizar la seguridad de las aldeas del norte de Israel, en caso de que el gobierno no logre poner fin a las actividades beligerantes de Hezbolá. Israel también declaró estar decidido a actuar “en todo el territorio libanés, del norte al sur, incluida la Bekaa”, mientras el gobierno libanés sigue luchando por contener la violencia destructiva de esta organización. Una semana después de su histórica decisión de prohibir las actividades paramilitares de Hezbolá e iniciar procesos judiciales contra quienes lancen misiles contra Israel, el gobierno aún no ha cumplido ese compromiso. En cambio, permanece atrapado en la gestión de la crisis humanitaria generada por la peligrosa aventura en la que los agentes locales de Irán han embarcado al Líbano y a su población. El Consejo de Ministros, reunido el jueves, decidió convocar al encargado de negocios de la embajada de Irán para abordar la presencia de representantes del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica en el Líbano. Sin embargo, no se dijo una sola palabra sobre las actividades de Hezbolá ni sobre la misión encomendada al ejército y a las fuerzas de seguridad para contenerlas. El país vuelve así al punto de partida: la incapacidad de un Estado que considera que el Líbano y los libaneses tienen demasiado que perder si se aventuran en este campo minado, mientras que la mayoría de la población, más allá de sus afiliaciones, desea una sola cosa: terminar con Hezbolá y sus actividades criminales.