
El Secretario de Estado Marco Rubio puso el dedo en la llaga, sin andarse con rodeos. Mostrándose para la ocasión paradójicamente poco «diplomático», hizo gala de una magnífica franqueza al resumir en pocas palabras, en una pequeña frase lacónica, el fundamento de la crisis iraní desde el ángulo de las tensas relaciones entre Washington y la República Islámica. «El liderazgo en Irán no es en absoluto un reflejo de la población iraní (…). No estoy seguro de que podamos llegar a un acuerdo con esa gente»… Declaraciones que coinciden con las realizadas en el mismo tono por el ex ministro francés de Asuntos Exteriores y Defensa, Jean-Yves Le Drian, quien conoce bien los centros de poder en Teherán por haber tratado con ellos. «Son muy hábiles en el arte de engañar (…), subrayó en una entrevista televisiva. Su única preocupación es ganar tiempo y (asegurar) la perennidad del régimen».







