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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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De Brest-Litovsk al Líbano
Por
Ziad Abdel Samad
Publicado

Entre las lecciones de la historia y las presiones de la guerra, la misma pregunta reaparece: ¿puede un Estado exhausto diferir su derrota mayor mediante un acuerdo difícil, o bien un pacto concluido bajo un desequilibrio de fuerzas termina pesando duraderamente sobre la soberanía y la estabilidad? Cuando los Estados entran en la hora del peligro existencial, la pregunta ya no es cómo vencer, sino cómo prevenir el colapso total. En este sentido, el debate libanés que se desarrolla hoy en torno a la iniciativa lanzada por el presidente Joseph Aoun para abrir un camino hacia negociaciones directas entre el Líbano e Israel bajo patrocinio internacional desborda los límites de la controversia política ordinaria y plantea una cuestión más profunda relativa a los límites del realismo posible cuando el propio Estado se ve amenazado en su cohesión y en su capacidad de subsistir. La iniciativa ha suscitado una fractura visible entre quienes ven en ella un intento realista de detener el colapso e impedir la expansión del conflicto, y quienes estiman que cualquier negociación llevada a cabo bajo la presión de las armas y en un contexto de fuerzas desequilibradas corre el riesgo de convertirse en un acuerdo severo impuesto al Líbano, con efectos duraderos sobre su soberanía y su futuro político. En tales momentos, la historia regresa para ofrecer sus precedentes: el de Estados o regímenes políticos que se encontraron ante una elección de extrema dificultad — la de aceptar un acuerdo doloroso para conjurar el colapso total. A raíz del triunfo de la Revolución bolchevique en 1917, la nueva dirección rusa se encontró ante una realidad brutal: un Estado exhausto, un ejército en descomposición, una economía al borde del agotamiento tras años de guerra mundial. En ese instante, Vladimir Lenin comprendió que la continuación de la guerra contra Alemania podía precipitar la caída del nuevo poder antes de que hubiera podido asentar sus fundamentos; por ello encomendó a León Trotsky la negociación del fin del conflicto. La decisión, sin embargo, no se impuso fácilmente. La dirección bolchevique se dividió en torno a la postura que debía adoptarse. Lenin abogaba por la aceptación de la paz, por dura y humillante que fuera, considerando que la prioridad era salvar la revolución y ganar el tiempo necesario para reconstruir el Estado. Trotsky, por su parte, intentó trazar un camino intermedio que permitiera detener los combates sin necesidad de firmar un tratado deshonroso, mientras que una corriente dentro del partido, encabezada por Nikolái Bujarin, rechazaba todo acuerdo con Alemania y llamaba a continuar lo que denominaba la “guerra revolucionaria.” Las realidades militares zanjaron el debate con rapidez. El ejército alemán reanudó su ofensiva y avanzó en territorio ruso sin encontrar resistencia digna de mención, obligando a la dirección bolchevique a aceptar la firma del Tratado de Brest-Litovsk en 1918. El tratado fue severo: obligó a Rusia a ceder vastas extensiones territoriales y a sufrir importantes pérdidas económicas, hasta el punto de que fue calificado en su momento como una paz infamante. Sin embargo, Lenin consideró que esta etapa, forzada y provisional, estaba destinada a proteger la empresa política de mayor envergadura: la supervivencia de la propia revolución. Y en efecto, menos de un año después, Alemania fue derrotada y el tratado cayó por sí solo, mientras que el poder bolchevique lograba consolidarse, librar la guerra civil y salir victorioso de ella. Desde entonces, este episodio se ha convertido en un ejemplo clásico en la historia política: el de la aceptación de un acuerdo duro para salvar un proyecto o un Estado amenazado de colapso. Este ejemplo se invoca hoy con frecuencia en los debates políticos libaneses, especialmente en el contexto de la guerra abierta con Israel y de las catastróficas repercusiones que golpean al país. El Líbano atraviesa una situación de extrema fragilidad: una economía en ruinas, un tejido social resquebrajado, millones de ciudadanos amenazados por el desplazamiento o la pobreza desde que sus ciudades, sus pueblos y sus hogares fueron destruidos — presiones de un peso inmenso que gravitan sobre el tejido social y amenazan la unidad y la cohesión del país. En este contexto, algunos sostienen que el realismo político puede imponer a veces la aceptación de arreglos difíciles o desiguales para poner fin a la guerra y prevenir el colapso del Estado y la sociedad. Otros, en cambio, rechazan esta perspectiva y consideran que cualquier acuerdo desequilibrado corre el riesgo de convertirse en un diktat permanente, consolidando el desequilibrio de fuerzas y debilitando duraderamente la soberanía del Estado. Este debate se nutre también de una lectura de las experiencias libanesas previas con Israel, donde las sucesivas etapas de negociación y entendimiento muestran que el margen de maniobra libanés se fue reduciendo progresivamente a medida que el desequilibrio de fuerzas se acentuaba y la capacidad del Estado para controlar plenamente los componentes de su poder se deterioraba. Desde el Acuerdo del 17 de mayo, que contenía amplias dimensiones políticas y de seguridad pero se desmoronó antes de ser aplicado, hasta el Acuerdo de Abril, que organizó las reglas de enfrentamiento sin abordar el fondo del conflicto, pasando por la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad y el conjunto de entendimientos y arreglos de seguridad que la siguieron con el objetivo de contener las hostilidades, las realidades del terreno y del campo político empujaban gradualmente hacia condiciones cada vez más restrictivas de la capacidad de acción libanesa. Desde esta perspectiva, algunos observadores consideran que la pregunta no concierne únicamente a la naturaleza de un eventual acuerdo hoy, sino también a si las condiciones actuales — por duras que sean — podrían resultar menos costosas que las que se impondrían mañana si la degradación militar y política continuara y el desequilibrio de fuerzas se profundizara aún más. El dilema libanés no está ligado únicamente a las condiciones de un posible acuerdo, sino también a la persistencia de un discurso político que sigue negándose a reconocer los límites del poder y a distinguir entre realismo y capitulación — cuando la perpetuación de esta lógica corre el riesgo de arrastrar conjuntamente a la sociedad y al Estado hacia una profundización del colapso, y de hacer más severo el costo de cualquier arreglo ulterior para el Líbano, en los planos político, económico y de soberanía. La diferencia entre la época de Brest-Litovsk y la nuestra reside, sin embargo, también en la naturaleza del sistema internacional. En 1918 no existía ningún marco institucional mundial capaz de auspiciar los acuerdos o garantizar su cumplimiento. Hoy, a pesar de todas las carencias y disfunciones que afectan al orden internacional, la existencia de las Naciones Unidas y de una red de mecanismos diplomáticos y jurídicos puede ofrecer un mínimo de garantías. En el caso del Líbano, el patrocinio internacional, combinado con la tutela árabe, podría constituir una red de seguridad para cualquier acuerdo eventual, contribuyendo a garantizar el compromiso de las partes y a reducir el riesgo de que dicho acuerdo se derrumbe o se reduzca a una mera tregua provisional. Pero cualquier discusión seria sobre un posible acuerdo en el Líbano choca directamente con la cuestión de las armas fuera del marco del Estado, que constituye el nudo más cargado de consecuencias en la definición de la posición negociadora del Líbano y de los límites de su capacidad para honrar cualquier acuerdo futuro. La presencia de Hezbolá como fuerza militar que detenta un poder de decisión operativa que desborda el marco institucional del Estado confiere a cualquier negociación un carácter intrínsecamente doble: una negociación entre el Estado libanés e Israel por un lado, y un debate interno no resuelto sobre quién tiene la última palabra en materia de guerra y paz por el otro. Sin que esta contradicción sea resuelta, cualquier arreglo corre el riesgo de permanecer precario, pues el éxito de un acuerdo no depende solo de los textos, sino de la existencia de una autoridad única capaz de monopolizar la decisión soberana y de asumir los compromisos que de ella se derivan. Por ello, la pregunta que se plantea hoy ante los libaneses no es únicamente si un acuerdo es necesario o posible, sino cómo formularlo en el seno de un marco internacional que garantice su perdurabilidad y preserve al Líbano de convertirse una vez más en escenario de un conflicto abierto. Porque en definitiva, el problema no es que un acuerdo sea duro, sino que su rechazo hoy abra el camino a condiciones más duras aún mañana. Los Estados no se miden únicamente por su capacidad de resistencia, sino también por su aptitud para reconocer el momento en que salvar lo que aún puede salvarse se convierte en la condición misma de su supervivencia.

La eliminación de Larijani y del jefe de Basij aumenta la presión sobre Irán

La eliminación por parte de Israel de Ali Larijani, jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán y uno de los principales operadores de poder de la República Islámica, junto con el comandante de la milicia Basij, la temida fuerza policial iraní, Gholamreza Soleimani, marcará sin duda un punto de inflexión en la guerra entre Irán y el eje Israel-Estados Unidos. Ambos murieron en ataques selectivos israelíes contra la capital iraní durante la noche del lunes, según anunció oficialmente el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, la mañana del martes. Sin embargo, hasta el final de la tarde, Teherán no había confirmado ni desmentido la información. Los medios iraníes se limitaron a anunciar una “inminente alocución televisada” de Ali Larijani, en un escenario que remite al que precedió la confirmación oficial de la muerte del exlíder supremo Ali Jamenei, también fallecido en bombardeos israelíes el 28 de febrero de 2026. Posteriormente, se difundió un mensaje manuscrito atribuido a Larijani, acompañado de una declaración del nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, quien prometió “continuar la guerra hasta la derrota de Estados Unidos e Israel”. Estos son los hechos. En la práctica, Israel ha asestado un nuevo golpe de gran magnitud contra Irán, cuyas consecuencias van más allá de la estructura militar y policial de la República Islámica. Tras la muerte de Ali Jamenei, los dirigentes iraníes habían indicado que se había establecido una cadena de sucesión de cuatro niveles dentro de ese aparato, un mensaje dirigido tanto a Tel Aviv y Washington como a la población iraní, que busca desesperadamente el fin de la dictadura de los mulás. En el plano militar, el asesinato de Larijani pone de relieve, una vez más, la supremacía del eje Israel-Estados Unidos, que parece avanzar de manera sostenida hacia sus objetivos de guerra: eliminar o, al menos, debilitar significativamente al régimen en Teherán y evitar que la República Islámica adquiera o desarrolle armas balísticas o nucleares en el futuro. En este conflicto, Tel Aviv y Washington mantienen la iniciativa estratégica, como lo demuestran, en particular, los asesinatos selectivos y las operaciones militares. De este modo, incrementan de forma constante la presión sobre Teherán, que permanece en una postura mayormente defensiva y sigue un enfoque que, a diferencia del de sus adversarios, no parece responder a una estrategia claramente definida. A dieciocho días del inicio del conflicto militar, la República Islámica continúa con ataques aéreos rutinarios contra bases estadounidenses y objetivos civiles en países del Golfo, además de lanzar ofensivas contra Israel, en paralelo de las operaciones de Hezbolá desde el Líbano. Según AFP, la embajada de Estados Unidos fue atacada en dos ocasiones, con pocas horas de diferencia, el lunes y el martes. Un proyectil también impactó un hotel ubicado en la Zona Verde de Bagdad, uno de los sectores más protegidos de la ciudad. Más tarde, drones iraníes atacaron uno de los principales campos petroleros del sur de Irak, actualmente fuera de operación y ya alcanzado el viernes anterior, añade AFP. Sin embargo, incluso al perturbar la navegación de petroleros y buques de carga en el estrecho de Ormuz, lo que genera frustración en Washington mientras intenta movilizar a sus socios europeos para asegurar este punto estratégico del comercio internacional, Teherán parece incapaz de provocar un punto de inflexión que modifique el curso de la guerra o, al menos, de llevar a Estados Unidos a sentarse a la mesa de negociación. En este sentido, el asesinato de Ali Larijani también tiene una relevancia política particular, en la medida en que parece confirmar lo que el presidente Donald Trump ha reiterado en varias ocasiones en los últimos días: que las conversaciones con Teherán no son, por ahora, una prioridad, y que el foco está en alcanzar los objetivos militares declarados. Aunque formaba parte del ala dura del régimen iraní, Ali Larijani, cercano de confianza de Ali Jamenei, desempeñó un papel central en las negociaciones sobre el programa nuclear iraní y en las relaciones con los países del Golfo. Su muerte priva a Teherán de un interlocutor clave ante la comunidad internacional y podría debilitar su capacidad de negociación, en caso de que el régimen se mantenga en eventuales diálogos dentro del marco del “nuevo Medio Oriente” que comienza a configurarse. “Estamos dando forma a un nuevo Medio Oriente, forjado por el poder”, reiteró el martes el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, según medios israelíes. La eliminación del jefe de Basij, la milicia responsable de reprimir violentamente las protestas populares contra el régimen de los mulás en Irán, también se alinea con los objetivos del eje Israel-Estados Unidos: propiciar un cambio en Irán. La pérdida de su líder, mientras su sucesor, quienquiera que sea, permanece en la mira de Israel, podría ofrecer a los iraníes una nueva oportunidad para reactivar sus movimientos de protesta. La gran incógnita, sin embargo, es cómo responderá Irán a este nuevo golpe. ¿Cerrar el estrecho de Ormuz para aumentar la presión sobre Estados Unidos? ¿Impulsar a su aliado libanés, Hezbolá, a intensificar los ataques contra Israel? Hasta ahora, este último ha demostrado que, más allá de provocar una respuesta militar más agresiva por parte de Israel en las zonas donde opera, no es capaz de ayudar a su aliado iraní a cambiar el rumbo de los acontecimientos. Por el contrario, una escalada de las operaciones militares de Hezbolá contra Israel solo incrementaría el riesgo de una incursión terrestre israelí a gran escala en el Líbano, una opción que Tel Aviv viene considerando abiertamente desde hace tiempo y para la cual, según medios israelíes, habría movilizado cerca de 450,000 reservistas. En esta lógica de escalada suicida, Hezbolá corre el riesgo de arrastrar aún más al Líbano en una espiral mortal de violencia, sirviendo únicamente a los intereses de su aliado iraní.

Líbano y su Iglesia en la turbulencia de tres guerras “santas”

La Iglesia en el Líbano se encuentra hoy atrapada en la turbulencia de tres “guerras santas”: dos formas distintas de fundamentalismo islámico (chií y suní), un fundamentalismo judaico y un giro religioso de carácter escatológico, el llamado “sionismo cristiano”. Estas visiones espirituales en competencia comparten un mismo punto focal: Jerusalén, la ciudad por excelencia de la paz. Durante su visita al Líbano, el papa León XIV se dirigió a la población libanesa con el mismo mensaje que ha transmitido al mundo desde su elección, especialmente a los jóvenes cristianos de Oriente: “Sean arquitectos de su propia paz; sean fuerzas decisivas para una paz entre religiones”. Estas palabras están dirigidas a hombres y mujeres de un país que forma parte integral de Tierra Santa y que, por ello, carga con una misión de unidad y comunión. El Líbano es considerado un faro y una garantía para los cristianos de Oriente Medio, al ser el único país de la región donde el cristianismo histórico sigue profundamente arraigado en la sociedad. El papa Juan Pablo II describió a la nación como “un mensaje de libertad y un ejemplo de pluralismo tanto para Oriente como para Occidente”. Vinculados durante siglos al Vaticano y profundamente orientales a la vez, los maronitas libaneses y sus instituciones educativas han convertido al país en un puente excepcional entre Oriente y Occidente. En contraste, en ciertas corrientes religiosas estadounidenses, en particular las asociadas al “sionismo cristiano”, Oriente Medio, incluido el Líbano, se percibe como un escenario profético centrado en la existencia y la seguridad del Estado de Israel. Desde esta perspectiva, los conflictos regionales no son solo políticos: forman parte de una lectura escatológica de la historia vinculada al fin de los tiempos. Ante ello, la Iglesia tiene el deber de responder con un lenguaje que combine la verdad y la caridad. Prudencia y discernimiento La Iglesia, por supuesto, también cree en el fin de los tiempos, pero lo hace con la prudencia y el discernimiento adquiridos a lo largo de dos milenios y tras reconocer sus propias fallas. Sin la gracia de Dios, esos errores pueden repetirse. No obstante, la Iglesia sostiene una posición clara frente a la instrumentalización de la religión para legitimar la violencia. Para ella, la única violencia “legítima” es la que se ejerce contra aquello que “hace impuro al ser humano”, lo que “sale del corazón: malos pensamientos, asesinatos, adulterios, inmoralidad sexual, robos, falsos testimonios y calumnias” (Mateo 15). Esta violencia se dirige, ante todo, contra uno mismo. También puede ejercerse externamente, dentro de los límites de la legítima defensa. Sin embargo, incluso este concepto, presente en el Catecismo de la Iglesia Católica, debe aplicarse con cautela. Actualmente está siendo objeto de revisión doctrinal, en particular cuando se invoca de forma colectiva bajo la noción de “guerra justa”. Wilayat al-Faqih En Irán, la doctrina islámica de la Wilayat al-Faqih establece que, durante la ocultación del duodécimo imán, conocido como el “Imán de la Era”, el gobierno recae en un faqih (jurista-teólogo). Esta teoría, desarrollada principalmente por el ayatolá Jomeini, sustenta una teocracia que otorga primacía política al clero chií. El faqih, considerado líder supremo, gobierna la comunidad musulmana con poder de veto en todos los ámbitos, desde el legislativo hasta el militar, y se espera que actúe de la manera más cercana posible a como lo haría el Mahdi. Incorporada a la Constitución iraní, la aplicación de esta doctrina en el Líbano por parte de Hezbolá plantea un problema central: su incompatibilidad con el pluralismo confesional. En 1995, el jeque Mohammed Hussein Fadlallah se proclamó marja al-taqlid (fuente de emulación), en un gesto que representó un desafío abierto a la Wilayat al-Faqih, en nombre de una tradición chií pluralista y no jerárquica. “Las señales de la Hora” En un artículo publicado en la revista L’Histoire en abril de 2016, el historiador Jean-Pierre Filiu abordó la cuestión del “yihad del fin de los tiempos”. Diversas figuras de la teocracia iraní, desde el expresidente Mahmoud Ahmadineyad hasta el líder de Hezbolá, Hassan Nasrallah, han vinculado públicamente el proyecto político y militar iraní con la inminencia del “fin de los días”. Según Filiu, tanto en el sunismo como en el chiismo, el fin de los tiempos estará precedido por una serie de señales. Junto a indicios relativamente comunes, como la decadencia moral o el desprecio por la religión, aparecen otros más específicos: estaciones engañosas, la aceleración del tiempo, la urbanización de los desiertos o la aparición de una montaña de oro en el Éufrates. El grupo Estado Islámico ha recurrido con frecuencia a estas referencias, incluso al nombrar su revista Dabiq . Asimismo, Filiu recuerda dos episodios de “oportunismo apocalíptico”, en Sudán en 1883 y en La Meca en 1979, ambos finalmente sofocados. En este último caso, la toma de la Gran Mezquita por un grupo insurgente buscaba el reconocimiento de uno de sus miembros como el Mahdi, en un contexto de crítica al régimen saudí por corrupción y occidentalización. El historiador ilustra, además, este imaginario apocalíptico con el caso de Ahmadinejad, quien afirmó haber sido “envuelto en la luz del Mahdi” en un discurso ante la ONU. Asimismo, Hezbolá proclamó una “victoria divina” tras los enfrentamientos con Israel en 2006, atribuyéndola a una intervención del Mahdi junto a los combatientes chiíes. ¿Y qué hay de Israel? ¿Qué hay de Israel? El pequeño “hogar nacional” surgido de la Declaración Balfour se ha transformado en una potencia militar en la región. El Líbano ha sido testigo cercano de la guerra en Gaza, donde el gobierno de Benjamín Netanyahu respondió a los ataques del 7 de octubre con una ofensiva de gran escala. Para dar cuenta del mesianismo nacionalista de Netanyahu, basta citar su intervención televisada en el canal israelí i24 el 26 de octubre de 2023: “Somos el pueblo de la luz; ellos, el pueblo de la oscuridad, y la luz prevalecerá. Nuestra guerra contra Hamás es una prueba para toda la humanidad; es una lucha entre el eje del mal iraní —que incluye a Hezbolá y Hamás— y el eje de la libertad y el progreso. Ha llegado el momento de unirse en torno a un solo objetivo: avanzar y lograr la victoria mediante fuerzas conjuntas y una profunda fe en la justicia, una profunda fe en la eternidad del pueblo judío. Cumpliremos la profecía de Isaías”. Hamás y el hadiz La dimensión escatológica de Hamás, vinculado a los Hermanos Musulmanes, aparece claramente en su carta fundacional de 1988. Entre sus objetivos figuran la creación de un Estado palestino y la eliminación de Israel. Sin embargo, uno de los pasajes más significativos del texto es el hadiz de carácter escatológico citado en su artículo 7, que alude a un enfrentamiento final entre musulmanes y judíos: “La Hora no llegará hasta que los musulmanes combatan a los judíos y los maten; hasta que los judíos se oculten tras las piedras y los árboles, y estos digan: ‘Oh musulmán, hay un judío escondido detrás de mí, ven y mátalo’”. “Sionismo cristiano” y la segunda venida El “sionismo cristiano” sostiene que la existencia del Estado de Israel forma parte del plan divino. En ciertos círculos evangélicos estadounidenses, los acontecimientos en Oriente Medio se interpretan como señales del regreso de Cristo. Según esta visión, el retorno de Israel a su tierra —“del Nilo al Éufrates”— aceleraría la segunda venida. A diferencia del sionismo político, esta interpretación se basa en una lectura literal de la Biblia. Para muchos de sus partidarios, la propia existencia del Estado de Israel favorecerá el regreso de Jesús a la Tierra y garantizará la victoria de Dios sobre las fuerzas del mal, mientras que los judíos que se conviertan al cristianismo serán salvados. Esta ideología fue denunciada recientemente por las Iglesias de Tierra Santa. En una declaración del 17 de enero de 2026, los patriarcas ortodoxos griego y armenio la calificaron de “ideología perjudicial”. Según el texto, estas corrientes “inducen a error a la opinión pública, siembran confusión y dañan la unidad de los fieles”. Además, los firmantes advierten sobre una posible instrumentalización política que podría perjudicar la presencia cristiana en Tierra Santa y en todo Oriente Medio. Más allá de misiles, alianzas y rivalidades geopolíticas, la verdadera batalla por el Líbano reside en demostrar que es posible preservar la diversidad religiosa, construir un Estado justo y resistir la manipulación política de lo sagrado. Puede parecer una aspiración utópica, pero si el país logra sostener ese equilibrio en medio de la crisis, podría convertirse no en un campo de batalla, sino en un referente espiritual para toda la región.

Trump recuerda el verdadero alcance de la guerra contra el régimen de los mulás

La guerra en Irán ha entrado en su tercera semana y, en la etapa actual, los dos bandos implicados, la coalición estadounidense-israelí, por un lado, y la República Islámica de Irán, por el otro, están inmersos en una escalada militar-política que parece ir en aumento. El presidente Donald Trump ha endurecido el tono frente a sus aliados occidentales para superar sus reticencias respecto a la creación de una vasta coalición que se encargaría de la seguridad de la vía marítima del estrecho de Ormuz. El jefe de la Casa Blanca llegó a destacar que si los aliados de Estados Unidos mantienen su negativa a enviar una fuerza naval militar para asegurar el estrecho de Ormuz, las consecuencias para la OTAN podrían ser desfavorables. En la tarde del lunes, el presidente Trump debía recordar a la opinión pública el verdadero desafío de la guerra actual lanzada contra el régimen de los mulás. Señaló, a este respecto, para aquellos que no han captado el verdadero alcance de este conflicto: «Lo que está sucediendo actualmente es menor en comparación con los años de terrorismo ejercido por el régimen iraní». Y el jefe de la Casa Blanca añadió que «el régimen iraní ha sido aniquilado». Si en el plano militar algunos países occidentales se muestran, por ahora, reacios a implicarse directamente en el conflicto armado, a nivel político, en cambio, es tiempo de escalada verbal. El presidente Emmanuel Macron así se puso en contacto con su homólogo iraní, Massoud Pezechkian, a quien expresó sus profundas quejas sobre las agresiones iraníes perpetradas contra Francia y los países vecinos de Irán. Por su parte, el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Johann Wadephul, subrayó el «apoyo total» de Alemania a Estados Unidos e Israel en el conflicto en curso, afirmando que «está claro que el régimen iraní constituye un peligro para sus vecinos, para toda la región, para la libertad de navegación y para el desarrollo económico global». «Este peligro no debe seguir existiendo», señaló el ministro alemán. El gobierno británico reafirmó por su parte sus críticas hacia el régimen iraní, precisando que está en contacto con países europeos para garantizar la seguridad del estrecho de Ormuz. De hecho, se estarían llevando a cabo contactos diplomáticos entre las cancillerías occidentales para asegurar la navegación marítima y garantizar las exportaciones de petróleo sin incidentes. Esta cuestión parece aún más vital ya que el bloqueo del estrecho ha tenido como consecuencia previsible un aumento del precio del petróleo en el mercado internacional, rozando la barrera de los 110 dólares por barril. Cabe destacar en este contexto que algunas redes sociales informaron el lunes por la mañana de noticias sobre la puesta en servicio por parte de Arabia Saudita de un oleoducto construido en el desierto saudita y que desemboca en el Mar Rojo. Este oleoducto habría sido construido, afirman las fuentes citadas, hace muchos años con el fin de constituir una vía de sustitución al estrecho de Ormuz en caso de conflicto. La escalada militar A nivel de las operaciones militares, la noche del domingo 15 de marzo y el día del lunes 16 de marzo experimentaron una clara escalada en todos los «frentes». La aviación israelí lanzó intensos ataques contra las infraestructuras del régimen iraní en Teherán. Al mismo tiempo, la periferia sur de Beirut y varios sectores de la región meridional fueron blanco de bombardeos aéreos muy violentos. Los ataques de la aviación israelí, al parecer, proporcionaron cobertura a un nuevo despliegue de unidades blindadas de las FDI en algunas zonas del sur donde también se informaron enfrentamientos con milicianos de Hezbolá. Cabe señalar en este marco que el ministro israelí de Defensa anunció el lunes sus intenciones al subrayar sin rodeos que las FDI han iniciado en el sur del Líbano una operación a gran escala destinada a destruir toda la infraestructura de Hezbolá en la zona meridional del Líbano. Añadió que los habitantes de las aldeas al sur del Litani no regresarán a sus hogares hasta que se garantice la seguridad de la población del norte de Israel.        Paralelamente, los disparos de misiles y los ataques con drones se intensificaron contra los países del Golfo. Arabia Saudita indicó el lunes, a primera hora de la tarde, haber interceptado en la noche del domingo y la mañana del lunes no menos de 60 drones. Los Emiratos Árabes Unidos no se salvaron y el tráfico aéreo en el aeropuerto internacional de Dubái fue interrumpido momentáneamente debido a un incendio provocado en las cercanías por un misil. Los alrededores del aeropuerto de Bagdad no se quedaron atrás y fueron blanco de drones y misiles iraníes. Finalmente, cabe señalar que el régimen de los mulás ha dirigido «a los musulmanes del mundo y a todos los países musulmanes» un mensaje en el que los exhorta a tomar una posición clara sobre el conflicto actual. El poder iraní también ha amenazado con atacar a las «empresas estadounidenses» en Oriente Medio.   

La literatura en tiempos de guerra: cuando el lenguaje se agrieta, o espera

Cuando hablamos de literatura en tiempos de guerra, las preguntas que acuden a la mente suelen girar en torno a la capacidad de los escritores para producir, o a la manera en que pueden transmutar batallas, muerte y destrucción en novelas, poemas y testimonios. Pero estas preguntas, por importantes que sean, ocultan otra más profunda. La guerra le otorga a la literatura un nuevo asunto, al tiempo que sacude las condiciones mismas que la hacen posible. Afecta al lenguaje, a la memoria, al ritmo interior del tiempo, así como a la capacidad de transformar la experiencia en relato consistente — uno que cumple primero una función antes de alcanzar el sentido. Y es que la guerra no es un acontecimiento exterior al cuerpo: habita en él. Su huella en la escritura se manifiesta así en los textos que se escriben sobre ella, pero también en los que se demoran, tropiezan, o aparecen en forma fragmentaria e incompleta. De ahí las preguntas: ¿qué le hace la guerra al lenguaje mismo? ¿Puede el lenguaje soportar el peso de la violencia? ¿Y cuándo elige el silencio antes que la producción? La violencia y los límites del lenguaje En The Body in Pain , la investigadora estadounidense Elaine Scarry ilumina la profunda relación entre el dolor y el lenguaje. El dolor físico — experiencia que la mayor parte de las veces aguarda ser expresada — revela también los límites de la expresión misma. La violencia, cuando alcanza cierto umbral, puede hacer que el lenguaje se retire. En este sentido, constituye una agresión al cuerpo tanto como a la capacidad misma de decir. La literatura en tiempos de guerra deja de ser así una mera escritura sobre la violencia. Si la guerra es una experiencia densa de dolor, miedo y derrumbe, es natural que el lenguaje llamado a expresarla vacile también. Los estudios sobre el trauma añaden otra dimensión a este debate. La investigadora Cathy Caruth sostiene que no podemos comprender plenamente los eventos traumáticos en el momento en que ocurren; por eso regresan más tarde en forma de recuerdos fragmentados, pesadillas opacas, dolores extraños que se apoderan del cuerpo. "El trauma no es simplemente un trastorno de una psique herida; es la historia de una herida que grita." Lo que propone Caruth es que el trauma descansa en una especie de retraso entre el evento y su percepción. La experiencia violenta no se convierte directamente en relato: requiere un tiempo indeterminado, unquantified, antes de que pueda transformarse en palabras, dichas o escritas. La escritura no surge, pues, siempre en el corazón del acontecimiento: la literatura se desplaza a menudo en el intervalo entre lo que sucedió y lo que se ha vuelto posible comprender — para poder ser formulada. Del mismo modo en que la guerra modifica la relación del ser humano con el lenguaje, transforma también su relación con el tiempo y el espacio. Es aquí donde Edward Said ofrece un análisis preciso en sus reflexiones sobre el exilio. En su ensayo Reflections on Exile , escribe: «Los exiliados sienten una necesidad apremiante de reconstruir sus vidas rotas.» El exilio es en principio un desplazamiento geográfico, pero es sobre todo una ruptura en la continuidad que da sentido a la vida. El exiliado habita un tiempo fracturado: un pasado que ya no está presente, un presente provisional, un futuro sin contornos. Si la escritura literaria requiere, aunque sea parcialmente, un sentido de continuidad, la guerra y el exilio golpean esta condición fundamental. Allí donde Scarry, Caruth y Said explican las dificultades de la escritura desde el plano psicológico y cognitivo, Adorno plantea una cuestión de otro orden, ético. Tras la Segunda Guerra Mundial, escribió su célebre sentencia: «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie.» Muchos vieron en ello una invitación al silencio ante el horror de las atrocidades humanas, como si todo cuanto pudiera decirse fuera futilidad o caída moral. Sin embargo, la frase señala un callejón más hondo: la cultura, después de la catástrofe, no puede continuar como si nada hubiera ocurrido. La literatura ya no puede escribirse en inocencia. Maurice Blanchot va más lejos que Adorno al hablar de una forma de escritura atravesada por la lógica misma de la catástrofe: «Cuando ya no existe diferencia entre escribir y no escribir, la escritura cambia; se convierte en la escritura del desastre.» La escritura se entiende generalmente como un acto coherente que tiende hacia la completud; pero en tiempos de catástrofe se convierte en fragmentos, notas dispersas, intentos inacabados — deficiente en su forma y en su cohesión, desmoronada como el muro de un edificio que se derrumba, ora silenciosa, ora locuaz, tambaleante. La literatura libanesa y la guerra civil: el tiempo de la escritura, entre la guerra y el silencio La experiencia de la literatura libanesa vinculada a la guerra civil (1975–1990) muestra que la pregunta fundamental no concierne solo a cómo escribir la guerra, sino al tiempo de la escritura en sí mismo: ¿en qué momento se vuelve posible transformar la experiencia violenta en texto? ¿Y cuándo le resulta imposible al escritor hacerlo? Si se examinan las novelas que han abordado la guerra civil libanesa, se comprueba que fueron escritas en momentos distintos, revelando una relación compleja entre la violencia y el lenguaje. En La montaña pequeña (1977) de Elias Khoury, publicada en los primeros años de la guerra, la experiencia se escribe mientras el acontecimiento permanece abierto. La novela avanza a través de fragmentos breves, recuerdos dispersos y voces entrelazadas, en las que los personajes narran lo que viven desde el interior de la experiencia inmediata — con toda su confusión, sus lagunas, su incompletud. En este sentido, la novela se asemeja más a un testimonio redactado en el corazón mismo del acontecimiento, donde la realidad escapa todavía a toda comprensión total. Algunos escritores, sin embargo, escribieron la guerra desde una distancia geográfica, haciendo de la lejanía una fortaleza y un refugio. En Historia de Zahra (1980) de Hanan al-Shaykh, novela escrita en el exilio londinense, la guerra aparece a través de la experiencia de una mujer que vive en una ciudad que se transforma gradualmente en un espacio de violencia. La escritura proviene de un puesto de observación doloroso, situado fuera del acontecimiento, donde la distancia geográfica permite cierta reflexión sobre la experiencia — y quizás algún bálsamo, alguna objetividad. Otros textos, en cambio, no aparecieron sino después de que la guerra hubiera concluido. En las obras de Hoda Barakat — La luz de la pasión (1993) y El labrador de aguas (1998), entre otras — la escritura llega cuando los años más violentos han quedado atrás. La guerra ha dejado de ser un acontecimiento inmediato; el tiempo transcurrido le ha permitido convertirse en una huella psicológica profunda en el interior de los personajes. La guerra aparece aquí bajo la forma de soledad, ruptura y erosión de los vínculos humanos. En B de Beirut (2006) de Iman Humaydan, la propia ciudad se convierte en archivo de una memoria diferida. Las historias individuales se entrelazan con la historia colectiva, y la guerra aparece como una capa de memoria que continúa resonando en las entrañas de la ciudad. Estos ejemplos revelan que la guerra civil libanesa no fue escrita en un único momento. Algunos textos se compusieron durante la guerra misma, mientras que otros no aparecieron sino muchos años después de que terminara. La investigación sobre el trauma muestra que los eventos violentos suelen perturbar la capacidad de transformar la experiencia en relato coherente. Por eso el trauma se manifiesta en forma de recuerdos fragmentados, voces múltiples y estructuras narrativas no lineales. Jabbour Douaihy, por su parte, volvió en varias novelas a los años de la guerra civil mucho después de que se extinguieran. En Lluvia de junio (2006), El barrio americano (2014) y El errante de la casa (2012), la guerra emerge como una memoria que aflora a la superficie a través de relatos familiares y de la historia de aldeas y pequeñas ciudades. Douaihy escribe la guerra desde una posición de retrospección, en un tiempo novelístico posterior a los combates, cuando la memoria comienza a reordenar lo que fue. Las novelas de Douaihy parecen pertenecer a una fase ulterior de la escritura de la guerra, en la que el objetivo de la escritura se desplaza del mero registro del acontecimiento al examen de su huella en el tejido social y en las relaciones entre individuos y comunidades. En este sentido, buena parte de la narrativa libanesa sobre la guerra civil puede leerse como otras tantas formas distintas de una escritura del trauma colectivo. Formalmente, la fragmentación narrativa, la polifonía y la ausencia de un narrador central pueden reflejar una elección estética — pero reflejan también un tiempo perturbado de la escritura misma. Otra forma de la relación entre la guerra y la escritura emergió en la experiencia del poeta libanés Wadih Saadeh. Abandonó el Líbano hacia el final de los años de guerra para instalarse en Australia, donde escribió la mayor parte de su obra poética. El lenguaje de Saadeh es sereno y parco, pero saturado de un sentimiento de pérdida y desarraigo. Saadeh escribe la guerra desde una doble distancia, temporal y geográfica a la vez. El poema no restituye las batallas ni los detalles de la violencia, sino la sensación profunda de ruptura que la guerra depositó en la vida del individuo, de modo que el exilio se convierte en el lugar donde se revelan las huellas de una experiencia que no pudo expresarse en el momento en que se vivía. La experiencia de Wadih Saadeh ofrece un ejemplo claro de escritura diferida de la guerra. El silencio que precede al texto es una de sus fases, pues toda esta violencia trágica necesita tiempo antes de poder convertirse en palabras susceptibles de ser formuladas. La guerra no cambia el asunto de la literatura: cambia el tiempo del texto. Lo que parece tropezar ante el ritmo de la producción rápida puede ser el momento en que la realidad supera la capacidad del lenguaje para alcanzarla. En ese momento, la literatura no desaparece: espera. Espera que el lenguaje sea capaz de caminar entre los escombros. Cerremos con una interrogación que sitúa el sistema cultural y económico en el centro de la ecuación literaria — ese sistema que determina cuándo la guerra se convierte en materia susceptible de ser publicada y difundida. En un mundo regido por la lógica de la producción cultural acelerada, las grandes tragedias se convierten en asuntos alrededor de los cuales se multiplican libros, artículos y testimonios en tiempo récord. En los últimos años, centenares de textos sobre Gaza han aparecido a la sombra del genocidio en curso, fenómeno que revela cómo una tragedia puede transformarse velozmente en un vasto campo de producción cultural. Lo que abre otra pregunta en el contexto de la guerra actual sobre el Líbano: ¿se convertirá también la guerra de hoy en materia de consumo, mientras el trauma permanece abierto de par en par, y el horizonte sigue negro, sin sol?

Ataques estratégicos contra Irán, propuesta de negociaciones directas líbano-israelíes

En Irán, el destino del nuevo Líder Supremo Mojtaba Jamenei plantea interrogantes, y una isla iraní altamente estratégica fue blanco de la aviación estadounidense. En el frente libanés, Israel continúa su ofensiva terrestre a pesar de algunos avances diplomáticos en los últimos días en torno a la idea de negociaciones directas con Israel, lanzada por el gobierno libanés; una propuesta que sigue dependiendo del terreno. Por segunda semana consecutiva, Oriente Medio vive como en una historia a cámara rápida. El ataque contra Irán por parte de los ejércitos israelí y estadounidense continúa, con bombardeos intensivos que alcanzaron, el 14 de marzo, la isla iraní altamente estratégica de Kharg, al norte del Golfo Pérsico. Esta isla alberga grandes infraestructuras petroleras que fueron intencionalmente perdonadas por los estadounidenses, mientras que el presidente Donald Trump indicó que las instalaciones militares habían sido reducidas a la nada. El ataque a esta isla constituye un desarrollo fundamental ya que plantea una amenaza potencial a las exportaciones de petróleo de Irán. Por su parte, los iraníes, especialmente a través de la voz de los Guardianes de la Revolución, se han esforzado por mostrar su dominio sobre el estrecho de Ormuz, por donde transita no menos del 20% del petróleo mundial. Han declarado que impedirán el paso de cualquier petrolero perteneciente a sus «enemigos», en este caso Estados Unidos e Israel y sus aliados, perdonando los barcos de países como la India, por ejemplo. Los iraníes también amenazaron con minar el estrecho, lo que provocó una respuesta estadounidense que destruyó gran parte de sus capacidades navales. El 14 de marzo, Donald Trump hizo un llamado a los países afectados por los peligros que acechan a sus barcos para que envíen buques militares a escoltar a los petroleros durante su paso por este estrecho. Lo que los iraníes habrán logrado provocar es un aumento mundial de los precios del petróleo, particularmente perjudicial para el presidente Trump, a pocos meses de las elecciones de mitad de período en Estados Unidos. Pero sus propios ataques contra los estados árabes del Golfo y los intereses estadounidenses en la región, así como contra Israel, han disminuido en gran medida su intensidad. ¿Será un agotamiento de sus capacidades militares frente a la magnitud de la ofensiva (que ha destruido, según sus enemigos, una gran parte de su producción militar), o una reducción táctica en el uso de sus misiles y drones para resistir más tiempo, con la intención visible de cansar a sus enemigos y permitir que el régimen de los mulás sobreviva? La otra cuestión que ha preocupado a los observadores esta semana es la salud del nuevo Líder Supremo iraní, Mojtaba Jamenei. Los rumores sobre su estado de salud se intensificaron durante la semana, y poco a poco ha trascendido, especialmente en informes de servicios secretos israelíes y estadounidenses citados en declaraciones oficiales, que resultó gravemente herido durante el ataque que mató a su padre, el ayatolá Ali Jamenei, y a varios miembros de su familia directa, por un ataque israelí en Teherán el 28 de febrero de 2026, durante el inicio de la guerra. Y lo que reforzó los rumores fue el primer mensaje dirigido a la nación iraní por Mojtaba Jamenei el 12 de marzo, que fue leído por una presentadora y en el que el principal interesado no apareció. Un discurso que retoma en gran medida los mensajes del muy radical jefe de seguridad iraní, Ali Larijani. En cualquier caso, circulan los rumores más disparatados sobre él: estaría desfigurado y/o amputado de ambas piernas, estaría en coma, incluso habría fallecido, habría sido transportado a Rusia para ser hospitalizado... Continuará. Mientras tanto en Líbano El frente libanés, por su parte, no ha conocido tregua durante esta semana, todo lo contrario. Se han observado ataques coordinados entre Hezbolá, cuyos combatientes han regresado en gran medida al sur del Litani y a las fronteras con Israel (si es que alguna vez se alejaron), y ataques procedentes directamente de Teherán. El partido, cuya actividad fue calificada de ilegal por el gobierno libanés el 2 de marzo sin que ello fuera seguido de acciones efectivas sobre el terreno, incluso intensificó sus operaciones a partir del miércoles 11 de marzo, lanzando ese día un centenar de cohetes en un solo ataque. La gran ausente del conflicto sigue siendo el ejército libanés. El otro desarrollo sobre el terreno es la incursión terrestre cada vez más marcada de soldados israelíes en territorio libanés. Se producen combates con milicianos de Hezbolá en más de un sector, en particular alrededor del estratégico pueblo de Khiam, en el sur de Líbano, con la posibilidad de una ofensiva terrestre israelí cada vez más clara, especialmente a la vista de los refuerzos militares en la frontera. Lo más grave, para el frente libanés, es que podría durar incluso más allá de la guerra en Irán, como ha aparecido en declaraciones israelíes esta semana. A pesar de todos los esfuerzos de propaganda de Hezbolá para justificar su entrada en la guerra, el equilibrio de fuerzas sigue siendo más desigual que nunca, ya que los ataques del partido proiraní hasta ahora solo habrían matado a dos militares israelíes (según fuentes del ejército israelí), y no han provocado ningún movimiento de población en el norte de Israel. En cambio, en Líbano, el número de muertes civiles se dispara (más de 800 ya según el Ministerio de Salud), y los desplazados son ya más de 800.000 los que han encontrado refugio en regiones consideradas más seguras. El gobierno libanés intenta contener el movimiento con más o menos éxito, y la ayuda internacional comienza a afluir, pero a un ritmo que hasta ahora sigue siendo limitado. A este respecto, cabe destacar la visita del Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, a Beirut esta semana, para expresar su «solidaridad» con el pueblo libanés. Sus llamamientos a la desescalada, sin embargo, no deberían ser escuchados por los beligerantes. A nivel político, la propuesta de «negociaciones directas» con Israel, presentada por el presidente de la República Joseph Aoun, sigue siendo embrionaria, aunque ha avanzado a finales de semana. Habiendo enfrentado el silencio estadounidense e israelí los primeros días, esta propuesta recibió el apoyo del presidente francés Emmanuel Macron a finales de semana, y ya se habla de la posibilidad de que tales negociaciones se celebren en el futuro en Chipre o en París. El Quai d’Orsay negó, sin embargo, el sábado, haber elaborado un plan de paz entre Líbano e Israel. Por el lado libanés, ya se habla de la formación del comité que se encargará de las negociaciones, con nombres que circulan, como el del investigador Paul Salem, por ejemplo. Sin embargo, queda una incógnita importante, la de un posible nombre chiita, un punto que el presidente del Parlamento, Nabih Berry, se niega a resolver por el momento, máxime cuando busca imponer la condición de un alto el fuego antes de las conversaciones. El propio Hezbolá, por boca de su secretario general Naïm Kassem, en un discurso el viernes, pidió al gobierno libanés «que no hiciera concesiones gratuitas» a Israel. Por el lado israelí, el principal desarrollo consiste en que el primer ministro Benjamin Netanyahu ha encargado al ex ministro Ron Dermer el expediente libanés. Hasta nuevo aviso, sin embargo, la última palabra dependerá de los resultados de los acontecimientos sobre el terreno.