En abril de 2026, Wissam Saadé impartió cuatro conferencias en la Universidad de Bolonia. La primera, por invitación del profesor Giovanni Giorgini, llevó por título “The Prophet and the Philosopher: The Hierarchy of Knowledge between Avicenna’s Falsafa and al-Kirmānī’s Ismaili Neoplatonism”. Su texto se presenta aquí en una versión revisada y ampliada, como parte de una serie de diez artículos. Esta serie explora el panorama intelectual del neoplatonismo en el islam a través de una lectura comparada de Avicena y al-Kirmānī. Aunque ambos pensadores comparten un amplio horizonte neoplatónico, configurado por una metafísica de la emanación, una jerarquía del ser y una síntesis de los pensamientos aristotélico y platónico, desarrollan dos proyectos filosóficos distintos: Avicena dentro de la tradición peripatética de la falsafa , y al-Kirmānī en el marco de la teología ismailí. Pese a las diferencias entre sus respectivos contextos intelectuales, sus sistemas permanecen en diálogo constante en torno a la naturaleza del conocimiento, la relación entre razón y revelación y la ascensión del alma. Sus respectivos proyectos encarnan asimismo dos concepciones contrastantes de lo político, que iluminan distintas maneras de pensar el lugar de la filosofía frente a la autoridad, la ley y la organización de la comunidad. Este artículo constituye la décima y última parte de esta serie. X - Leo Strauss: la escritura esotérica y la recuperación de la sabiduría práctica en la filosofía islámica y judía medieval En el contexto del Tratado teológico-político , el enfoque de Spinoza funciona como una brillante operación de neutralización política. Al relegar la teología al ámbito de la imaginación y asignar la filosofía al del intelecto, Spinoza busca “contener” la teología rebajando su estatuto metafísico. La teología sigue siendo una “salvación necesaria para los ignorantes”, al proporcionar un código moral simplificado, centrado en la justicia y la caridad, que garantiza el mantenimiento del orden social. Para el filósofo, en cambio, la Razón queda liberada para perseguir el “conocimiento del todo” sin tutela eclesiástica. Pero el punto más delicado es que, para Spinoza, aunque la filosofía no pueda, como tal, popularizarse entre las masas, debe ejercer de todos modos una influencia sobre el pueblo a través de la mediación de la política. Sin esta mediación política, la alternativa sería la inversa: el dominio irrestricto de las pasiones o el retorno de la tiranía teológico-política. Esto nos lleva a comprender la naturaleza intrínsecamente conflictiva de esta mediación política. Filippo Del Lucchese, destacado investigador contemporáneo que subraya el papel central del conflicto, el poder y la “multitud” en el pensamiento de Spinoza, concibe la política como el campo de batalla donde la razón intenta organizar a la multitud. Esta organización es esencial para impedir que sea instrumentalizada por los tiranos. En sus trabajos, particularmente en Conflict, Power, and Multitude in Machiavelli and Spinoza , Del Lucchese rechaza las interpretaciones “liberales” tradicionales que ven en el Estado el producto de un contrato social orientado a instaurar una paz estática y definitiva. Sostiene, por el contrario, que para Spinoza, como para Maquiavelo, el conflicto no es un fracaso del Estado, sino una fuerza a la vez ineludible y productiva de la vida política. Dentro del marco interpretativo de Leo Strauss, Baruch Spinoza aparece no solo como un crítico de la religión, sino como un pensador profundamente estratégico cuyo proyecto filosófico se despliega bajo el signo de la prudencia y la disimulación. Strauss presenta a Spinoza como un “maestro del engaño”, sugiriendo que su aparente moderación oculta una intención más radical. En esta lectura, la religión queda reducida a un “veneno necesario” para la multitud, un instrumento de cohesión social más que un depositario de la verdad. La redefinición spinozista de la fe como mera obediencia marca una contracción decisiva de su alcance epistémico: al separar la fe del conocimiento, Spinoza despoja de hecho a la teología de toda pretensión a una verdad capaz de rivalizar con la de la filosofía o con la de la ciencia. No se trata, por tanto, de una refutación abierta de la religión, sino de su silenciosa marginación. Desde una perspectiva straussiana, la célebre “separación” entre teología y filosofía se parece menos a un acuerdo de principio que a un armisticio táctico. Permite que la filosofía sobreviva en un mundo todavía gobernado por la teología, mientras erosiona progresivamente la autoridad intelectual de la revelación. El trato aparentemente respetuoso que Spinoza reserva a las Escrituras, su “benevolencia” hacia la Biblia, puede leerse así como un gesto de domesticación estratégica: la religión no es destruida, sino apartada del ámbito de la verdad. En este sentido, la filosofía conquista su autonomía no mediante una confrontación abierta, sino a través de una sutil reconfiguración de los términos del discurso. Esta interpretación, sin embargo, ha sido cuestionada por investigadores contemporáneos como Jonathan Israel y Steven Nadler, quienes consideran excesivamente conspirativa la lectura de Strauss. Frente a la hipótesis de una manipulación esotérica, subrayan la sinceridad del proyecto de Spinoza. Su reducción de la religión a un núcleo ético mínimo, la justicia y la caridad, se entiende no como una estrategia clandestina destinada a desmantelar la revelación, sino como un verdadero intento de instaurar la paz civil en un contexto marcado por la violencia sectaria. Según esta lectura, Spinoza no busca engañar a la multitud, sino hacer posible la coexistencia mediante la formulación de una religión despojada de sus antagonismos dogmáticos. Otra dimensión de la interpretación de Strauss aparece cuando vincula a Spinoza con Maquiavelo. Para Strauss, ambos forman un “dúo” transhistórico de revolucionarios clandestinos, responsables conjuntamente de inaugurar el proyecto moderno. Maquiavelo, calificado como el “maestro del mal” en un sentido técnico, no moral, inicia la ruptura con la filosofía política clásica rebajando sus aspiraciones. La pregunta central pasa de “¿Cómo deberían vivir los hombres?” a la más pragmática “¿Cómo viven los hombres?”, transición que sustituye la búsqueda del summum bonum por los imperativos de la seguridad y el poder. Pero la innovación de Maquiavelo permanece, a ojos de Strauss, incompleta: su realismo político no ofrece una respuesta sistemática a la autoridad persistente de la religión. Es aquí donde interviene Spinoza. Al proporcionar un fundamento metafísico y epistemológico a las intuiciones políticas de Maquiavelo, completa el giro moderno. Si Maquiavelo aporta la técnica política, Spinoza neutraliza su principal obstáculo: la pretensión teológica de una autoridad superior. Mediante la crítica bíblica y la estricta delimitación de la fe, Spinoza consigue que el “sacerdote” ya no pueda desafiar al “príncipe”. Lo que en Maquiavelo seguía siendo un conflicto persistente entre autoridad política y autoridad religiosa se transforma, en Spinoza, en un orden estabilizado, finalmente compatible con formas democráticas de gobierno. La razón se convierte en el instrumento mediante el cual se organiza a la multitud, ya no como una fuerza volátil, sino como un componente estructurado del Estado. Para Strauss, sin embargo, este logro aparente oculta una pérdida más profunda. La conjunción de Maquiavelo y Spinoza no produce únicamente el Estado moderno, sino también la “crisis moderna”. Al rebajar el horizonte de las aspiraciones humanas a la seguridad, la utilidad y la coexistencia pacífica, la modernidad sacrifica las nociones mismas de grandeza y verdad que animaban la filosofía clásica. El resultado es una civilización orientada hacia la comodidad y la autopreservación, pero privada de toda concepción sustantiva de la vida buena. A ojos de Strauss, el “pecado” de Spinoza fue haber intentado socavar la tensión vital entre Atenas y Jerusalén, esa fricción esencial entre Razón y Revelación, o entre Filosofía y Fe. Los filósofos premodernos, por el contrario, procuraron mantener esa tensión dentro de un delicado equilibrio “esotérico”. No buscaban neutralizar una en favor de la otra; más bien habitaban la contradicción, preservando la soberanía de la Ley para la mayoría mientras salvaguardaban la libertad del Intelecto para unos pocos. Estos filósofos sabían que sus investigaciones racionales amenazaban a menudo los mitos sociales y religiosos indispensables para la estabilidad de la comunidad. Por ello escribían para un doble público: las masas, que recibían un mensaje de piedad y ley, y la élite filosófica, capaz de discernir entre líneas los significados racionalistas “ocultos”, a menudo heterodoxos. Strauss, la phronesis y el arte de escribir Strauss sostenía que la ciencia política moderna había fracasado precisamente porque intenta ya sea ignorar, ya sea resolver el problema teológico-político. A sus ojos, Maquiavelo y Spinoza eran los principales responsables. Propugnaba un retorno a los “Antiguos”, Platón y Aristóteles, y a los pensadores medievales, sobre todo Maimónides y al-Fārābī, admirando en particular la manera en que los pensadores islámicos y judíos afrontaron esta tensión. A diferencia de la tradición cristiana, que recurrió a la “Ley Natural” para armonizar razón y fe, las tradiciones judía e islámica concebían ante todo la religión como Ley, Torá o sharía . Esta realidad estructural obligaba al pensador a convertirse en un “filósofo político”, respetando públicamente la Ley mientras perseguía en privado la Verdad. Para Strauss, “escribir entre líneas” es una forma de phronesis . Es la “sabiduría práctica” que consiste en saber qué debe decirse públicamente para satisfacer a la “ciudad”, reservando al mismo tiempo las verdades peligrosas a unos pocos. Si el filósofo carece de esta phronesis , o bien se convierte en blanco de la tiranía o, peor aún, prepara involuntariamente el terreno para una nueva forma de tiranía por ser demasiado “honesto” acerca de la inestabilidad de los mitos sociales. Al-Fārābī y Maimónides son, en este sentido, los maestros supremos del “arte de escribir”, precisamente porque vivían en mundos en los que la religión se definía como Ley. Esto creaba una presión estructural particular: el filósofo no podía simplemente discrepar del “dogma”; tenía que abrirse paso dentro de un marco jurídico integral. El descubrimiento por Strauss de la Filosofía de Platón de al-Fārābī marcó un punto de inflexión en su propio itinerario intelectual. Sostenía que al-Fārābī utilizaba a Platón como una “máscara” para exponer sus propias ideas radicales sobre el islam. Strauss señalaba que, en sus resúmenes de Platón, al-Fārābī omite o minimiza con frecuencia, de manera llamativa, la inmortalidad del alma. Para Strauss, este “silencio” constituía en sí mismo una señal ensordecedora: al-Fārābī sugería a la élite filosófica que el más allá podía ser un “mito piadoso” necesario para el orden social y no una verdad filosófica. Al-Fārābī reinventaba así al Profeta como “Filósofo-Rey” o “Legislador Supremo”. Al presentar al Profeta en términos platónicos, sugería sutilmente que la esencia de la profecía pertenecía en realidad a la ciencia política. Presentaba la Ley como un conjunto de símbolos destinados a conducir a las masas hacia la virtud, mientras el filósofo comprendía la “demostración” racional subyacente a esos símbolos. Si al-Fārābī utilizaba máscaras, Maimónides tendía trampas. En la introducción de la Guía de los perplejos , Maimónides advierte explícitamente al lector que empleará afirmaciones contradictorias para ocultar la verdad. Enumera siete razones susceptibles de explicar las contradicciones de un libro. La séptima es la más célebre: la contradicción puede utilizarse deliberadamente para ocultar una verdad que el lector común no está preparado para comprender. Maimónides describe la verdad metafísica como un relámpago en una noche oscura. Su estrategia de escritura reproduce esta imagen: una verdad se revela en un capítulo para ser “cubierta” en el siguiente por una afirmación más tradicional o exotérica. Maimónides trata también las partes más sagradas de la Torá, Ma ʿ aseh Bereshit y Ma ʿ aseh Merkavah , como correspondientes a la física y la metafísica. Strauss sostiene que el “secreto” de Maimónides residía en una comprensión radicalmente aristotélica de la naturaleza y la divinidad, que solo podía revelar indirectamente para evitar acusaciones de herejía. Strauss admiraba a al-Fārābī y Maimónides precisamente porque no intentaban “armonizar” Razón y Revelación a la manera tomista. Dejaban la tensión sin resolver. Para ellos, la Ley era el nomos de la ciudad y la Verdad, la physis del mundo. Habitaban la “brecha” entre ambas, utilizando la escritura misma para construir un puente que solo los dignos podían cruzar. Mientras al-Fārābī y Maimónides vivían dentro de esa “brecha” entre nomos y physis , Baruch Spinoza trató de cerrarla definitivamente. Allí donde al-Fārābī utilizaba una “máscara platónica” y Maimónides “contradicciones intencionales” para mantener la filosofía en la esfera privada y protegerla, Spinoza empleó la crítica para hacer público y político el espíritu filosófico. Cambió la “noble disimulación” de los Antiguos por la “verdad desnuda” de la Ilustración. A ojos de Strauss, los medievales eran más realistas porque aceptaban que la “Ciudad” y la “Filosofía” permanecerían siempre en tensión. Platón, esoterismo y la “Ciudad imposible” Desde la perspectiva straussiana, esta “lectura entre líneas” constituye una dimensión perenne de la historia de la filosofía. La interpretación de Platón por Strauss descansa en la convicción de que este escribía de manera esotérica, ocultando sus intuiciones más radicales bajo una enseñanza de superficie, es decir, exotérica. Esta necesidad respondía a dos motivos: proteger la filosofía de la persecución política y evitar la desestabilización de las creencias compartidas indispensables para una sociedad sana. Strauss sostenía que los diálogos platónicos nunca constituyen una expresión directa de las opiniones de Platón, ya que el autor jamás habla en nombre propio, sino únicamente a través de personajes como Sócrates. En este contexto, la ironía socrática se convierte en una forma de “noble disimulación”, un método mediante el cual una mente superior oculta su sabiduría, ya sea para evitar ofender o para guiar a los alumnos dignos hacia verdades más profundas. Mientras un pensador como Karl Popper lee la República de Platón como el plano literal de una pesadilla totalitaria, Strauss ve en ella, por el contrario, una profunda crítica del idealismo político. Así, caracteriza a la Kallipolis como la “Ciudad imposible”. Strauss sostiene que esta “ciudad en el discurso” se presenta deliberadamente como irrealizable porque exige una abstracción radical del cuerpo humano, incluida la abolición de la propiedad privada y la disolución de la familia, medidas a las que la naturaleza humana opone una fuerte resistencia. Al exponer las medidas extremas, y a menudo grotescas, necesarias para instaurar una justicia “perfecta”, Platón no estaba redactando un manual utópico. Más bien advertía contra el fanatismo que surge cuando se intenta imponer un orden político perfecto a un mundo imperfecto. Para Strauss, la filosofía es intrínsecamente subversiva. Por su propia naturaleza, interroga las “opiniones” que sirven de pilares fundacionales a toda sociedad estable. Toda “ciudad” necesita “mitos piadosos” o “mentiras nobles” para preservar su cohesión y su unidad internas. Pero dado que la vida filosófica revela que las leyes de la ciudad están arraigadas en la convención ( nomos ) y no en la naturaleza ( physis ), el orden político, y el tirano en particular, siempre mirará al filósofo con una sospecha fundamental, y quizá justificada. Esta es la lección duradera del juicio y la muerte de Sócrates. Para sobrevivir a la amenaza permanente de la tiranía y evitar que la investigación filosófica radical deshaga involuntariamente el tejido social, Strauss considera que los pensadores deben dominar el “Arte de escribir”. Esta estrategia esotérica permite al filósofo presentarse, en la superficie, como un ciudadano respetuoso de la ley, incluso apegado a la tradición. Sus intuiciones más desestabilizadoras permanecen, sin embargo, “ocultas entre líneas”, reservadas a los pocos espíritus capaces de afrontar la “verdad del todo” sin caer en el nihilismo o el fanatismo revolucionario. Filosofía, tiranía y tentación de la “Platonópolis” En última instancia, la relación entre filosofía y tiranía constituye el problema “teológico-político” supremo. Strauss explora esta tensión principalmente en su célebre diálogo con Alexandre Kojève en Sobre la tiranía , su comentario al Hierón de Jenofonte. Sostiene que filosofía y tiranía no son simplemente polos opuestos, sino que están inextricablemente vinculadas por una necesidad recíproca, aunque conflictiva: el filósofo necesita la protección de la ciudad, mientras que esta necesita el orden que solo la autoridad puede garantizar. A lo largo de la historia, los filósofos se han sentido seducidos por la perspectiva de aconsejar al tirano, o al déspota ilustrado, para hacer surgir un orden social racional. La tentación del filósofo consiste en transformar el mundo en una “Platonópolis”, un lugar donde la búsqueda de la verdad quede institucionalizada. Pero Strauss lanza una severa advertencia: cuando el filósofo intenta gobernar directamente o guiar la mano del poder absoluto, la filosofía se convierte en ideología. Al convertirse en instrumento de gobierno, pierde su carácter esencial de búsqueda y escepticismo, sacrificando su libertad a las exigencias de la totalidad política. La falsafa como forma de “Ilustración prudente” En la interpretación straussiana de la historia intelectual, la tradición de la falsafa , una comunidad lingüística transreligiosa de pensadores que escribían en árabe, integrada por musulmanes, judíos y cristianos como Yaḥyā ibn ʿAdī, ofrece un marco singular que se opone claramente tanto a la escolástica latina como al paradigma moderno. Mientras el Occidente latino buscaba armonizar Fe y Razón en una totalidad transparente y sistemática, ejemplificada de manera paradigmática por la Suma Teológica , los falāsifa mantenían una “tensión dinámica” entre ambos polos. No buscaban una reconciliación final y pública; más bien habitaban la contradicción, recurriendo al esoterismo como una necesidad estratégica para preservar la pureza de la búsqueda filosófica al tiempo que respetaban las exigencias sociales y normativas de la Ley religiosa. Para Strauss, este modelo medieval representa una forma de “Ilustración prudente” arraigada en la phronesis , que ofrece una crítica esencial de la Ilustración occidental del siglo XVIII. Esta última descansaba en la convicción de que el “ejercicio de la razón” ya no debía quedar reservado a una élite restringida, sino difundirse entre las masas. Strauss sostiene que este proyecto de divulgación universal descuidaba una larga tradición según la cual la verdad era considerada potencialmente desestabilizadora, perjudicial tanto para el tejido social como para el propio pensamiento si era expuesta sin contención. Al tratar de conducir al “pueblo” hacia el pensamiento racional sin mediación, la Ilustración moderna abrió involuntariamente el camino al nihilismo, privando a la sociedad de las “mentiras nobles” y los prejuicios compartidos necesarios para su estabilidad. En este contexto, Strauss detecta un rebajamiento fundamental de las aspiraciones en los comienzos de la modernidad. Pensadores como Maquiavelo, Hobbes y Locke sustituyen la búsqueda clásica de la excelencia y la virtud humanas por la búsqueda de la “paz y la seguridad”. Este desplazamiento transforma la política, de un arte dedicado a la formación del carácter y a la visión del filósofo-rey, en una ciencia técnica preocupada por los “derechos” y la gestión burocrática. El principal error de Maquiavelo, a ojos de Strauss, fue la destrucción de la mentira noble. Al sugerir que la mentira está estructuralmente vinculada a la política sin distinguir entre sus formas viles y sus formas nobles, eliminó la distancia protectora entre la investigación filosófica y la necesidad política. La doctrina de las “dos verdades” atribuida a la falsafa , distinción entre una verdad esotérica y demostrativa destinada a la élite y una verdad exotérica y simbólica destinada al público, constituía así una salvaguarda. Permitía a pensadores como al-Fārābī, Maimónides y Avicena navegar entre la volatilidad de las masas y la rigidez de las instituciones. El “conservadurismo” de Strauss no constituía, por tanto, un rechazo reaccionario de la razón, sino una “misión de rescate” destinada a rehabilitar las tradiciones racionales de la Antigüedad y la Edad Media. Sostenía que el principio moderno de la “verdad para todos”, desprovisto de esta prudencia, converge con la dinámica de la “posverdad”, en la que la exposición sin mediación conduce a la erosión del sentido genuino. Más allá de Strauss: el retorno de la “religión filosófica” En última instancia, sin embargo, son precisamente las distinciones sutiles entre estos filósofos las que se pierden en la interpretación de Leo Strauss. Sus respectivas relaciones con la cristalización de la falsafa como “religión filosófica” divergen considerablemente. Desde mi perspectiva, el impulso de constituir la falsafa como una religión filosófica solo alcanza su expresión más poderosa en las obras de al-Kirmānī y Avicena, aunque ambos siguen caminos profundamente distintos. Al-Kirmānī actúa como el “filósofo orgánico” del proyecto fatimí, sacrificando posiblemente la autonomía de la razón filosófica al servicio de fines ideológicos. Avicena, en cambio, lo logra mediante una separación consciente respecto de su trasfondo ismailí; sin embargo, desde una perspectiva estrictamente aristotélica, incurre en una forma de “herejía” al desarrollar el concepto de “Intelecto Sagrado” ( al- ʿ aql al-qudsī ). El examen del concepto de “religión filosófica” exige tanto una investigación rigurosa como una vigilancia conceptual reforzada, en particular cuando se trata de rastrear las continuidades estructurales entre la metafísica medieval y el racionalismo moderno. En el siglo XI, el avicenismo aparece no solo como una escuela de lógica, sino como un proyecto de religión filosófica. Al transformar el “Primer Motor” aristotélico en fuente de emanación ontológica, Avicena establece un marco en el que la finalidad suprema del alma humana es la conjunción con el Intelecto Agente. Este sistema sugiere que el filósofo y el profeta beben de una misma fuente. Pero mientras el profeta recibe la verdad mediante la intuición imaginativa, el filósofo la alcanza mediante la razón discursiva. La falsafa queda así elevada al rango de vía de realización espiritual, funcionalmente equivalente a la observancia de la Ley religiosa tradicional y, a menudo, intelectualmente superior a ella. Paralelamente, el proyecto ismailí, tal como se articula en el pensamiento de Ḥamīd al-Dīn al-Kirmānī, constituye una empresa filosófico-religiosa integral. Al-Kirmānī actúa como el “filósofo orgánico” del Estado fatimí, sintetizando el emanacionismo neoplatónico y la teología política para dotar al régimen de un fundamento metafísico. De al-Kirmānī a la tradición drusa La tradición drusa representa el caso histórico más manifiesto de una comunidad fundada explícitamente sobre una religión filosófica de este tipo. A diferencia de las creencias tradicionales centradas en una divinidad personal y dotada de voluntad, la fe drusa se arraiga en una cosmología neoplatónica altamente elaborada. Su principal corpus escriturario, las Epístolas de la Sabiduría ( Rasā ʾ il al-Ḥikma ), está compuesto por epístolas filosóficas y teológicas más que por un relato escriturario convencional. Los “Cinco Límites” ( al-Ḥudūd ), que incluyen, entre otros, el Intelecto Universal ( al- ʿ Aql ), el Alma Universal ( al-Nafs ) y la Palabra ( al-Kalima ), ofrecen una cartografía filosófica del cosmos. Dentro de este marco, estos principios metafísicos se encarnan asimismo en figuras que ocupan posiciones precisas dentro de la jerarquía sagrada. Mientras Avicena y al-Kirmānī se dirigían principalmente a élites eruditas e iniciáticas, el proyecto druso “socializó”, por así decirlo, estos elementos filosóficos, utilizándolos para definir una identidad comunitaria y espiritual duradera. El spinozismo como “religión filosófica” moderna Si se toman en cuenta estos precedentes medievales, surge una cuestión crítica acerca del estatuto del spinozismo en la época moderna. Si el spinozismo rebasa la simple exégesis de la obra de Baruch Spinoza, constituye fundamentalmente una religión filosófica por derecho propio. Mientras el Tratado teológico-político impone formalmente una delimitación nítida entre la teología, relegada a la esfera de la obediencia social, y la filosofía, concebida como único ámbito de la verdad, la Ética hace desaparecer en la práctica esta distinción. Ambas esferas se reintegran allí en una única “religión de la razón” inmanente, en la que la búsqueda tradicional de la piedad queda absorbida por el impulso intelectual hacia la necesidad metafísica. Bajo esta luz, la Ética funciona como una Escritura última. Escrita con un rigor geométrico, casi ritual, constituye un manual de “beatitud” ( beatitudo ) y de liberación de la “servidumbre” de las pasiones. Cumple así la función religiosa tradicional de ofrecer una vía hacia la salvación, pero lo hace sin Iglesia, sin clero y sin revelación, fundando por completo lo sagrado en el ejercicio del intelecto. (N. del E.: Este texto ha sido traducido del inglés.)