

Dos grandes eventos marcan el inicio de esta semana: la fenomenal ofensiva económico-financiera estadounidense contra Irán —bautizada como el D-Day económico— y, en el Líbano, el resurgimiento del affaire del embajador designado pero no acreditado de Irán en Beirut, Mohammad Reza Chibani.
La importancia de la andanada de sanciones anunciadas el lunes por Washington reside en sus consecuencias multidimensionales directas, a corto y medio plazo, sobre la economía iraní, la supervivencia del régimen de los mulás, los equilibrios regionales e incluso las relaciones internacionales, en particular con China.
El affaire Mohammad Chibani, sin comparación posible con el D-Day económico, pone a prueba sobre todo la capacidad de las autoridades libanesas para mantener coherencia entre su discurso y sus actos. Resulta de interés porque representa una nueva prueba para un Estado libanés que sigue teniendo dificultades para imponer su autoridad. Este lunes 24 de agosto, el Líbano oficial ha vuelto a suspender el examen.
El anuncio de las medidas contempladas en el marco del D-Day económico es inédito en todos los sentidos: en la forma y en el fondo, en la medida en que sacude toda la economía internacional al tiempo que asfixia completamente al régimen iraní. Las sanciones afectan a todos los sectores: el oro, la tecnología, los activos digitales, el petróleo, el sistema bancario, la aviación y el transporte marítimo. El ultimátum lanzado por el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, no deja lugar a dudas: los países que comercian con Irán deben acatarlo o arriesgarse a ser, a su vez, aislados. Peor aún: según sus palabras, podrían ser expulsados del sistema del dólar. «Nadie debería poner a prueba nuestra voluntad», advirtió Scott Bessent, para quien «las zonas grises ya no existen». «Los líderes del mundo deben elegir entre Irán y Estados Unidos, entre la paz y el terrorismo», sentenció.
Sin excepciones, y menos aún para China, socio estratégico de Teherán, con quien Donald Trump había abierto no obstante una nueva etapa y que ahora vuelve a encontrarse en el punto de mira estadounidense. Pekín había expresado recientemente su malestar ante la nueva estrategia americana contra Irán.
Scott Bessent respondió sin rodeos a una pregunta al respecto: «Si Pekín facilita transacciones iraníes, será objeto de sanciones.» Para el responsable estadounidense, dichas transacciones, sean cuales sean, equivalen a «blanqueo de dinero en nombre de Irán».
El secretario del Tesoro afirmó «esperar que una importante institución sea sancionada esta semana», sin precisar más, pero señalando que mientras hablaba, «cerca de una sesentena de entidades con vínculos con Teherán acababan de ser sancionadas».
El banco iraní Melli, junto con otros establecimientos, recibió la orden de «cerrar todas sus sucursales en el mundo».
Según Bessent, Irán «se enfrenta a una elección muy clara, con solo dos caminos posibles: el aislamiento total y una economía de subsistencia, o el regreso a la normalidad con la oportunidad de integrarse en la economía mundial». El secretario del Tesoro también hizo un llamamiento a los soldados iraníes para que depongan las armas. «Recuerden que el muro de Berlín cayó cuando soldados ordinarios decidieron no disparar contra sus compatriotas», les dijo.
En una primera reacción en caliente, la agencia Tasnim, cercana a los Guardianes de la Revolución Islámica, intentó restar importancia al nuevo e inédito paquete de sanciones «mientras el mediador pakistaní se encuentra en Teherán». Lo atribuyó a las «repetidas operaciones mediáticas y psicológicas de Donald Trump», citando a una fuente oficial iraní. Según esa misma fuente, «nada cambiará sobre el terreno». Un discurso destinado esencialmente al consumo interno, porque precisamente sobre el terreno, la situación ya no será la misma.
Pánico en Teherán
Anunciado el miércoles por el presidente estadounidense Donald Trump, el D-Day económico (en alusión al desembarco aliado de junio de 1944 en Normandía, que aceleró la caída del régimen nazi en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial) podría asestar el golpe de gracia a Irán si se aplica al pie de la letra y se mantiene, ante la ausencia de avances diplomáticos. La elección del nombre dado a las draconianas medidas que Washington pretende imponer a la República Islámica y a sus socios recalcitrantes no es casual. Las sanciones que el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, presenta como la «mayor ofensiva financiera jamás emprendida» marcarían el episodio final de una guerra que se libra desde el pasado 28 de febrero, bajo distintas formas.
Y los iraníes son conscientes de ello, como lo demuestra la brusca caída del rial, que el lunes se cotizaba a más de 2 millones por dólar y, sobre todo, el visible nerviosismo en las filas del poder. Desde el domingo, las declaraciones y comentarios oficiales se suceden a un ritmo frenético en un Irán que sigue enviando señales contradictorias, que van desde amenazas directas contra Estados Unidos y los países que se adhieran al nuevo régimen de sanciones, hasta llamamientos a una solución política al conflicto, pasando por encendidos discursos sobre la resiliencia o las capacidades militares iraníes. Tanto es así que el presidente Masud Pezeshkian se vio obligado a pedir una «unidad de posiciones frente a las amenazas estadounidenses». Gran ausente en este coro de declaraciones: el líder supremo iraní, Mojtaba Jameneí.
¿Podrán los iraníes resistir el contundente golpe estadounidense? Parece imposible, dada la severidad de las sanciones americanas y la magnitud de la crisis financiera e inflacionaria que afecta a su país desde hace varios meses y que se ha agravado por el bloqueo naval estadounidense.
Basta con seguir la evolución de las exportaciones iraníes de petróleo para medir el alcance de la crisis financiera en la que está sumido el régimen de los mulás. De casi dos millones de barriles diarios antes de la guerra de febrero, cayeron a unos 400.000 a mediados de agosto.
En cualquier caso, ante este D-Day económico, las autoridades iraníes afirmaban el lunes por la noche que han elaborado un plan «escalonado a dos años» (es decir, hasta el final del mandato del presidente Donald Trump…) para hacer frente a esta guerra económica.
¿Qué papel le corresponde a la diplomacia?
A pesar de las presiones a las que se enfrenta, Teherán sigue negándose a ceder en lo que denomina su derecho a controlar el estrecho de Ormuz. Al menos públicamente, ya que Pakistán ha reactivado su maquinaria diplomática con la esperanza de un avance que lleve a Irán y a Estados Unidos de vuelta a la mesa de negociaciones y reduzca las tensiones sobre el terreno. La milicia yemení de los hutíes, dicho sea de paso, continuaba el lunes atacando objetivos saudíes, especialmente en el mar Rojo.
El jefe del ejército pakistaní, el mariscal Asim Munir, se encuentra actualmente en Teherán para mantener conversaciones con funcionarios iraníes. Según Reuters, la semana pasada había tenido una conversación telefónica con Donald Trump.
El ministro de Asuntos Exteriores omaní, Badr al-Busaidi, tiene previsto seguirle el martes a la capital iraní para celebrar conversaciones en torno al estrecho de Ormuz.
El triste asunto Chibani
En cualquier caso, si el D-Day económico se prolonga sin avances diplomáticos, tendrá indudablemente un impacto en los países de la región donde Teherán mantiene influencia a través de sus brazos armados, como Hezbolá en el Líbano, las facciones armadas en Irak y los hutíes en Yemen.
Dos hechos significativos cabe destacar en este contexto: Bagdad ha aplazado el calendario previsto para el desarme de los grupos armados pro-iraníes, sin explicar este cambio de agenda ni fijar un nuevo plazo.
Lanzado en junio, este proceso debía concluir el 30 de septiembre, fecha en que expira la misión de la coalición internacional liderada por Estados Unidos contra el grupo Estado Islámico en Irak. Bajo presión de Irán, algunos grupos se negaron a deponer las armas, considerando que tal gesto beneficiaría a Estados Unidos e Israel. Con el fin de evitar enfrentamientos armados y apostando por el diálogo, las autoridades iraquíes introdujeron ajustes en su calendario, aunque sin modificar en ningún momento el plazo establecido. La decisión iraquí de abandonar dicho plazo solo puede explicarse por las crecientes presiones iraníes que llevaron al gobierno de Ali el-Zaidi a frenar el proceso iniciado.
Lo mismo ocurre en el Líbano, donde el embajador iraní designado pero no acreditado, Mohammad Reza Chibani, se aferra a su cargo a pesar de haber sido declarado persona non grata y de que el Ministerio de Asuntos Exteriores le ordenara abandonar el país el pasado mes de marzo.
En concreto, Chibani se encuentra en situación irregular en el Líbano desde el 24 de marzo, ya que su visado dejó de considerarse válido desde el momento en que fue declarado persona non grata. Sin embargo, las autoridades no han tomado ninguna medida para hacer cumplir su propia decisión, fallando así en una primera prueba de autoridad.
El lunes, desperdiciaron una segunda oportunidad para demostrar su credibilidad, ya que el representante de Irán logró obtener un permiso de residencia de seis meses de la Seguridad General, en calidad de exembajador que ejerció en el Líbano entre 2006 y 2009.
Este ardid, sin embargo, está lejos de ocultar el enorme abismo que existe entre las declaraciones de los funcionarios sobre su voluntad de sustraer al Líbano de las influencias extranjeras y sus acciones, que van en contra de las intenciones anunciadas.
Solo el ministro de Asuntos Exteriores, Joe Raggi, ha mantenido coherencia con su postura, al afirmar hace unos días en una entrevista con an-Nahar que no cabe dar marcha atrás en las decisiones adoptadas el pasado marzo.
La renovación del permiso de residencia de Chibani supone una bofetada para las autoridades, que demuestran así que no tienen el valor de hacer cumplir sus propias decisiones, cualesquiera que sean los pretextos esgrimidos, máxime cuando Hezbolá, que depende directamente de Irán, no cesa de desafiarlas. La prueba la dio una vez más uno de los diputados de este grupo, Hassan Fadlallah, quien, durante un encuentro en Teherán con el ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, habló como si representara al Líbano, llegando incluso a reclamar una «acción concertada» con la República Islámica para hacer frente a las continuas operaciones militares israelíes en el Líbano.
Siria eliminada de la lista de países terroristas
En este explosivo contexto, cabe destacar un acontecimiento de enorme trascendencia cuyo alcance simbólico y cuyo momento no pasan desapercibidos para nadie. El secretario de Estado Marco Rubio anunció el lunes por la noche la retirada oficial de Siria de la lista de estados que apoyan el terrorismo internacional.
Al mismo tiempo, la organización «Heyaat Tahrir el-Sham» (que estuvo liderada por el presidente Ahmed el-Chareh, bajo el nombre de guerra «al-Joulani»), también fue eliminada de la lista de organizaciones terroristas internacionales.
Esta doble decisión tendrá como impacto estratégico abrir la puerta a la inversión privada en Siria, reactivar con ello la economía siria y permitir que la Siria post-Assad se reintegre en los circuitos de la economía mundial.
Cette double décision aura pour impact stratégique d’ouvrir la voie aux investissements privés en Syrie, de relancer, de ce fait, l’économie syrienne et de permettre à la Syrie post-Assad de réintégrer les circuits de l’économie mondiale.