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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Samir Kassir: estas ausencias que nos habitan

Cada año, cuando llega el dos de junio, Samir Kassir regresa a la memoria como si nunca hubiera desaparecido. Los años transcurren, los rostros cambian, las circunstancias y los acontecimientos se suceden, pero hay personas a las que el tiempo no logra reducir a meros recuerdos. Permanecen presentes en los detalles de nuestras vidas, en las palabras que escribimos, en las ideas que defendemos, en los sueños que no tuvieron tiempo de cumplirse. Veintiún años han pasado desde el asesinato de Samir Kassir, y aún tengo la sensación de que aquella mañana aciaga no ha terminado realmente. Samir no era para mí un periodista, un escritor o un pensador cuyos artículos e ideas yo seguía desde la distancia. Era un amigo, un ser excepcional, que poseía esa rara facultad de conciliar la cultura profunda con la sencillez humana, la audacia intelectual con la calidez personal. Creía en el Líbano como el creyente cree en su gran causa. El Líbano no era para él un eslogan político ni un discurso mediático, sino un espacio de libertad, de vida, de pluralidad. Veía más allá del momento presente y leía el futuro en una época en que muchos eran incapaces de ver el presente. Lo conocí cercano a la gente a pesar de su estatura intelectual. Escuchaba más de lo que hablaba, dialogaba más de lo que atacaba, y persuadía por la fuerza de la idea antes que por la elevación de la voz. Nada tiene de extraño, entonces, que dejara una huella profunda en todos cuantos lo conocieron o se acercaron a él. Cuando asesinaron a Samir, no sentí únicamente la pérdida de un gran periodista. Tuve la sensación de que una parte del sueño libanés acababa de ser sometida a un intento de asesinato. Aquel día, el duelo no era solo personal, era también nacional. Era la conciencia de que la palabra libre había pasado a ser un blanco, y de que los hombres de convicción pagaban su valentía con la vida. Pero el destino quiso que la llama de Samir permaneciera encendida gracias a quien había compartido su vida, Giselle Khoury. Giselle era mucho más que la esposa de Samir. Era la compañera de su camino intelectual y humano, el testigo de sus sueños, sus luchas, sus victorias y sus desencantos. Tras su asesinato, ella habría podido retirarse a su duelo íntimo y conformarse con custodiar los recuerdos. Eligió un camino mucho más difícil. Eligió continuar lo que Samir había comenzado. Llevó su nombre, su causa y su memoria con un amor infrecuente y una fidelidad excepcional. No permitió que el tiempo doblara su página, no permitió que los asesinos triunfaran sobre la idea matando a quien la portaba. Siguió hablando de él como si se mantuviera a su lado, y siguió defendiendo la libertad, la justicia y la verdad tal como él mismo lo hacía. En Giselle veía algo de Samir, y en su continuidad, una prolongación de él. Ella sabía que el ser se va, pero que el mensaje permanece. Por eso no conmemoraba cada año el recuerdo de Samir como una simple ocasión de tristeza, sino que lo convertía en un acto de fidelidad y en una afirmación obstinada de que la palabra debe seguir siendo más fuerte que el miedo. Cuando Giselle partió a su vez, el duelo me pareció redoblar. Como si una hermosa página de la historia cultural y mediática del Líbano acabara de cerrarse. Los dos cuerpos se habían ido, pero la historia permanecía. La historia de un amor que había unido a dos personas, cada una de las cuales creía en la otra como creía en el Líbano. Y la historia de una lucha por la libertad que no se detiene en los límites de una sola vida. En este vigésimo primer aniversario del asesinato de Samir Kassir, no es únicamente el retrato del gran escritor y del brillante pensador lo que encuentro en mí. Encuentro al amigo, al ser humano, al rostro que llevaba siempre una fe profunda en la capacidad de los libaneses para construir un futuro mejor. Y encuentro también a Giselle Khoury, que demostró que la fidelidad no es una palabra que se dice, sino un camino que se recorre. Guardó el depósito hasta el último día de su vida y llevó la antorcha caída de las manos de Samir, para transmitirla a su vez a una nueva generación que cree en la libertad, en la soberanía y en el Estado. Los asesinos lograron quizás, en aquella mañana de junio de 2005, silenciar la voz de Samir. No lograron silenciar la idea. Las grandes ideas no mueren, y los hombres que siembran la libertad en las mentes ajenas nunca desaparecen del todo. Hoy, veintiún años después, Samir Kassir sigue presente entre nosotros. En cada palabra libre, en cada periodista que se niega a ceder, en cada ciudadano que sueña con un Estado justo, en cada libanés que aún cree que este país merece un futuro mejor. La larga ausencia no ha apagado la memoria, la ha vuelto más presente todavía. Ciertas personas, cualquiera que sea la distancia que el tiempo pone entre ellas y nosotros, permanecen más cercanas que muchas de las que viven a nuestro lado. Así era Samir Kassir. Así quedó Giselle Khoury. Y así perdurará la historia de libertad y fidelidad que los unió, viva en la memoria del Líbano mientras haya alguien que crea en la palabra libre y en el derecho de las personas a soñar. Sus nombres permanecerán como testimonio de que la memoria no es un simple regreso al pasado sino una resistencia al olvido, y de que la libertad que defendieron extrae su fuerza de quienes se niegan a renunciar a ella. Entre Samir y Giselle se extiende la historia de un país que busca siempre encontrarse a sí mismo, y que halla en personas como ellos una razón más para aferrarse a la esperanza. Las personas pasan, pero la huella verdadera permanece, iluminando el camino de las generaciones venideras y atestiguando que el Líbano sólo se construye con libertad, y sólo se preserva con memoria.

"No More Mr Nice Guy", o ¿cómo sobrevivir entre los depredadores?

Todos lo vemos: el mundo es cada vez más brutal, como si estuviera sin ley ni orden. Aunque las guerras en Ucrania, Israel y Gaza, Siria, Sudán o Irán no sean fundamentalmente más violentas que las del siglo XX, lo que impacta al observador es la total desinhibición de los protagonistas en el uso de la fuerza. Ninguno de los actores implicados busca molestarse en justificativos morales o jurídicos más allá de la pura forma. Esta ausencia de apariencias ilustra la lógica depredadora que ahora prevalece en todas partes. Parece que la única pregunta que importa es: ¿cómo sacar ventaja o no perder demasiado con estas nuevas reglas del juego? Como lo reivindica Donald Trump con su talento para captar el sentir del momento: «Se acabó ser el chico simpático». Para los países europeos, educados en las buenas maneras y el respeto a la norma, el shock es duro. ¿Cómo adaptarse a esta brutalización? ¿Rechazarla corriendo el riesgo de convertirse en presa y desaparecer geopolíticamente, o unirse a los depredadores corriendo el riesgo de perder el alma y desaparecer culturalmente? El caza polivalente Rafale y el portaaviones Charles-de-Gaulle confieren a Francia una verdadera autonomía tecnológica y militar. (AFP) Para Europa, este nuevo mundo toma la forma de un despertar difícil que la toma por sorpresa. Desde 1945, tras tres guerras franco-alemanas en tres generaciones, dos de ellas guerras mundiales y el Holocausto, los europeos, espantados por esta autodestrucción, habían decidido renunciar, en principio, a la violencia de Estado entre ellos. Completaban así una evolución intelectual y política iniciada tres siglos antes, tras las terribles guerras de religión que también habían devastado el continente durante décadas. La Europa moderna se reconstruyó así a mediados del siglo XX alrededor de un tríptico que luego se calificó como poshistórico: la marginalización del hecho religioso, la deslegitimación del hecho nacional y el reemplazo de las relaciones de fuerza por la norma, el derecho y el mercado. La Unión Europea, como construcción política, fue el fruto de esta evolución. El objetivo se logró. Los europeos, agotados, aquejados por su culpabilidad y su sentimiento de fracaso, lograron erradicar la guerra civil de su continente y fueron evacuando progresivamente el principio del recurso a la violencia. La caída de la URSS Este «pacifismo de principio» no era sin embargo evidente en las décadas de posguerra cuando la amenaza soviética se consolidaba sobre Europa occidental. El dilema se resolvió gracias a la protección asegurada por Estados Unidos que, además de su potencia económica, industrial y militar, no estaba afectado por la repulsión hacia la guerra que se había extendido sobre el Viejo Continente. Al contrario, la mayoría de la población estadounidense, alejada de los conflictos europeos, conservó durante todo el siglo el sentimiento de ser una nación dinámica, moralmente intacta y convencida de pertenecer al bando del bien, lo que la autorizaba a considerar el uso de la fuerza sin complejos. Esta seguridad y esta desinhibición fueron uno de los motores que les permitieron convertirse en «la» superpotencia occidental desde 1945 y, a partir de los años noventa, la hiperpotencia mundial sin rival verdadero. La caída de la URSS consolidó a cada uno de los dos socios transatlánticos en su enfoque respectivo. Los europeos, viendo desaparecer su última amenaza, se convencieron de haber entrado definitivamente en una nueva era donde la violencia de Estado sería residual para volverse finalmente innecesaria. Los estadounidenses percibieron en ello, por su parte, la justeza de su modelo imperial y el interés de extenderlo. La globalización fue así la oportunidad para Washington de promover su hegemonía fundada en el comercio, las reglas y el modelo estadounidenses. Este período posterior a la Guerra Fría estuvo, sin embargo, marcado por una ambigüedad deletérea. El término «occidental» abarcaba en efecto dos visiones antagónicas: la promoción, por una parte, del modelo universalista y pacifista europeo, y la realidad, por otra, de un sistema internacional controlado por un Estado que se alejaba de Europa y había conservado el gusto por la fuerza. Los europeos, incómodos, prefirieron dejar hacer pues era el precio de su tranquilidad. La soledad francesa durante la guerra de Irak de 2003 fue su ilustración. Fuera de Europa, la resistencia al imperio no se hizo esperar. Primero porque esta indiferenciación de las sociedades crea un equilibrio inestable y sigue siendo fuente de violencia mimética, como tan bien lo identificó René Girard. Luego porque las herramientas del poder económico y militar se han difundido por todas partes permitiendo a los «pequeños» hacer frente a los «grandes». Finalmente, porque la hegemonía estadounidense no supo resistir la tentación de imponer por la fuerza su norma y la defensa de sus intereses. La globalización que debía ser integradora y pacificadora así terminó en una fracturación mundializada y engendró potencias revisionistas, pequeñas y grandes, un poco por todas partes. Retorno de las identidades, de los modelos alternativos y de los intereses nacionales. Retorno también del empleo de la fuerza militar tanto porque el referente europeo se erosiona como porque las capacidades militares están ahora diseminadas. Si esta ola de contestación y conflictividad es un desafío para los Estados Unidos, están preparados pues es una lógica que nunca han perdido. Los europeos están menos cómodos. Habían renunciado a los enfrentamientos de fuerzas, se desarmaron intelectual, material y moralmente mientras que son el blanco de los Estados Unidos y de sus competidores del Este y del Sur para quienes representan el blanco ideal: adinerados, indiferentes, ociosos, viejos, débiles, cobardes y moralizantes. Estar en la mesa y no en el menú Nosotros europeos nos despertamos pues en un mundo que no es el nuestro. Confrontados al antagonismo y a la vulnerabilidad comenzamos a darnos cuenta de que nuestros vecinos desean nuestras desgracias y podrían lograrlas. ¿Qué hacer? la tentación de volverse a dormir, de protestar o de buscar un protector existe, pero topará rápidamente con los inconvenientes que afligen a los vencidos y los sometidos. En el mundo que viene, marcado por la escasez y la depredación, la derrota y la sujeción traerán su carga de sufrimientos. Es por eso que se siente por todas partes un endurecimiento de las posturas. Devolver golpe por golpe, tomar la ascendencia psicológica, golpear primero, amenazar con represalias devastadoras… Muchos se dedican o se preparan a su manera. Europa no puede escapar de la actualización de su software de gestión de las relaciones internacionales, va en ello su supervivencia. Debe rearmarse, conceptual, material y sobre todo psicológicamente para ser más fuerte y más creíble, para estar en la mesa y no en el menú. Europa debe volver a ser una potencia, lo que pasa por un reforzamiento considerable de los Estados que la componen, pues no se creará la fuerza europea sumando la debilidad de cada uno. Francia tiene mucho por hacer en este tema. El poder blando Pero una vez recuperada esta potencia, ¿deberá Europa convertirse en depredadora para pesar entre los depredadores? No le interesa. Europa ha gozado durante mucho tiempo de una ventaja estratégica ligada a la fuerza de atracción de su modelo cultural más apacible que en otros lugares. Esta singularidad no es un azar. Es fruto de la Historia y de sus sufrimientos. Porque ha vivido en su carne los horrores de la guerra, ha elaborado un software específico hecho de escucha, respeto y compromiso. Este software hizo maravillas para pacificar el continente. Fracasó en otros lugares porque no se respaldaba en una potencia suficiente. Mientras que Estados Unidos se precipita en la espiral infernal de la carrera armamentista, «sin piedad y sin compasión», retomando los términos de su secretario de Estado de Guerra, a imagen de los líderes rusos, israelíes, turcos, azerbaiyanos, iraníes, de Hamás o Hezbolá, entre tantos otros, existe otro camino para Europa y para Francia. Estados Unidos ha anunciado una reducción drástica de su presencia militar en Alemania, que alberga la mayor base aérea estadounidense en Europa, la de Ramstein. (AFP) Si deciden volver al juego de las potencias y darse los medios para ello, podrían entonces hacer escuchar la voz creíble de un «Viejo continente», retomando la fórmula de Dominique de Villepin que tuvo éxito durante la guerra de Irak. Francia y Europa no están obligadas a elegir entre el irenismo y el belicismo. Podrían articular el poder de la fuerza, económico, militar y moral, con el poder del modelo, el famoso soft power, teorizado bajo la administración Clinton por Joseph Nye del que se apartan Estados Unidos. Debemos entonces emprender un doble movimiento, en apariencia contradictorio. Se trata primero de reconstruir un verdadero poder, un hard power, para pesar y ser temido. Los esfuerzos presupuestarios y sociales que esto representa imponen, puesto que estamos en democracia, la adhesión de las poblaciones y por lo tanto una refundación de la cohesión de las comunidades políticas, tanto nacionales como europeas. Esta cohesión, que podía parecer innecesaria en un mundo postnacional y sin fronteras gestionado por el simple mercado, se vuelve esencial en la era del retorno de la geopolítica. Debemos así recuperar lo que constituye nuestras identidades, nacionales y europeas, identificar nuestros intereses, reconocer los de otros y restablecer una capacidad de infundir miedo para defender valores y causas justas. Porque, y este es el segundo movimiento, este poder recuperado no debe hacernos recaer en la hybris suicida que caracterizaba a Europa hace un siglo y que reaparece por todas partes. Debe acompañar la promoción del rechazo de la fuerza ciega, del chantaje y la depredación, y erigir como objetivo la búsqueda de paz y compromisos justos y duraderos. El poder dará credibilidad a esta estrategia que debe aliar realismo y pacifismo. Porque Europa será fuerte y por lo tanto respetada, su población tranquilizada no será tentada a una carrera hacia adelante en la agresión y sus interlocutores no interpretarán su búsqueda de apaciguamiento como una marca de pusilanimidad. Serena y escuchada, Europa estará en condiciones de iniciar y apoyar la elaboración de un nuevo multilateralismo para el siglo XXI, en resonancia con el llamamiento que lanzó el primer ministro canadiense Mark Carney en su discurso de Davos en enero pasado. En medio de estos depredadores que buscan vasallos, hay lugar para potencias fuertes y benevolentes que promuevan un orden más justo. Europa y Francia pueden contribuir a ello. Estarían entonces a la altura de su legado. *Pascal Ausseur es Vicealmirante de Escuadra (2s), director general de la "Fundación para el Dominio de los Desafíos Estratégicos" (FMES)

Un alto el fuego… sí, ¿y después qué?
Por
Tilda Abou Rizk
Publicado

La imagen de las banderas israelíes ondeando sobre el Castillo de Beaufort es profundamente dolorosa. Lo es tanto como las imágenes de pueblos totalmente o parcialmente destruidos o de familias diezmadas. Es tan violenta como los videos de habitantes del sur, desorientados, que intentan salvar lo que aún puede rescatarse antes de nuevas e implacables oleadas de misiles; que desafían la muerte para alimentar rebaños y mascotas abandonadas por sus dueños; que gritan su rabia, su frustración y su desesperación frente a una guerra que nada justificaba. Las banderas sobre Beaufort y el insoportable triunfalismo israelí que siguió a la toma de este estratégico sitio arqueológico golpearon como un puñetazo. Porque recordaron el engranaje de guerras inútiles en el que Líbano ha estado atrapado durante décadas, prisionero de un bucle temporal propio de una mala película. Muchos de los actores siguen siendo los mismos. Aunque algunos hayan cambiado de rostro y otros se hayan sumado, el guion permanece intacto y se repite hasta el infinito. Este ciclo infernal, iniciado en particular con el funesto Acuerdo de El Cairo, ha servido invariablemente a los intereses de actores regionales: desde los palestinos hasta los iraníes, pasando por el triste régimen de los Assad en Siria. Las banderas plantadas el domingo en Beaufort evocaron cruelmente junio de 1982, cuando los libaneses presenciaron el mismo espectáculo: los colores israelíes sobre ese majestuoso sitio, consecuencia directa de las guerras ajenas libradas en su territorio. También actuaron como un doloroso recordatorio: en 44 años, Líbano ha desperdiciado todas las oportunidades que podrían haberle permitido liberarse de las influencias extranjeras y construir un verdadero Estado. Incluso hoy, pese a las promesas y declaraciones de buenas intenciones, el Estado continúa con la misma política de vacilaciones, mientras la población anhela desesperadamente verlo golpear la mesa, decir “basta” y adoptar el conjunto de medidas concretas, políticas, administrativas y judiciales, que le permitan recuperar su capacidad de decisión y el monopolio legítimo de la fuerza. Tres años después de que Hezbolá abriera un primer frente de apoyo al eje al que pertenece, el país sigue atrapado en los sueños. Tres años perdidos buscando una fórmula hipotética para imponer el monopolio de las armas. Al final, este triste panorama no hace más que reforzar los sentimientos contradictorios surgidos ante el horror que se instaló en la vida cotidiana desde que Hezbolá decidió vengar la muerte del iraní Ali Khamenei, aun sabiendo perfectamente cuál sería la respuesta israelí. Sabía, después del acuerdo de alto el fuego de noviembre de 2024, que Israel convertiría el sur en una tierra arrasada ante cualquier nuevo ataque contra su territorio y que “haría retroceder al Líbano a la Edad de Piedra”. El Estado libanés tampoco ignoraba estas intenciones. Incluso los periodistas habían sido informados al respecto para amplificar las advertencias recurrentes de Tel Aviv, transmitidas por canales diplomáticos tanto a las autoridades libanesas como a los dirigentes de esta organización. Los libaneses están, por tanto, divididos entre dos sentimientos opuestos. Sus corazones sangran ante pueblos que ya solo existen en la memoria de quienes construyeron allí sus vidas. Pero al mismo tiempo, temen que la guerra actual termine sin resolver nada. Temen que un nuevo alto el fuego vuelva a sumir al país en un estado permanente de guerra suspendida, de estatus quo mortal y lo devuelva a la influencia de Hezbolá. Temen que se alcance un acuerdo regional a expensas del país. Temen que la Hidra que representa el régimen de los mulás sobreviva al acuerdo que se está gestando. Lejos de los análisis geoestratégicos sobre los desafíos vinculados al conflicto regional en curso, los libaneses están concentrados en su propio futuro, en un país hoy hecho jirones. Aunque sea solo para romper este bucle temporal. Y eso es lo que alimenta el dilema, a veces cargado de culpa, al que se enfrentan: al deseo de ver terminar cuanto antes este horror se opone el deseo de ver a Hezbolá completamente neutralizado, cueste lo que cueste. Desde el 8 de octubre de 2023, con la apertura del frente sur en apoyo a Hamás en su guerra contra Israel, las máscaras han caído. Los acontecimientos posteriores demostraron que la única ecuación viable para que Líbano sobreviva es que Hezbolá deje de existir en su forma actual. Los persistentes esfuerzos de este grupo por atribuir a Tel Aviv intenciones belicistas y expansionistas, con el fin de justificar el infierno en el que ha sumido al país en dos ocasiones en apenas tres años, están lejos de ocultar su verdadera naturaleza como vasallo operativo del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica y el escaso valor que concede a los intereses nacionales. En cuanto a la intimidación que ejerce contra sus críticos mediante amenazas y acusaciones de traición, esta no hace más que aumentar el rechazo de los libaneses hacia el grupo, mientras las autoridades practican la política del avestruz, cuyos efectos alimentan precisamente aquello que dicen querer evitar cuando advierten sobre posibles disturbios internos. Porque esta desaparición del Estado no hace más que profundizar la polarización interna y ampliar la brecha entre una minoría libanesa que quiere mantener al país dentro de la órbita iraní y una mayoría que busca liberarse de ella bajo la conducción de un poder central que, lamentablemente, sigue prisionero de sus temores. Las inaceptables amenazas de Hezbolá contra las autoridades que consideran que las negociaciones directas con Israel son la única salida para el país refuerzan, ciertamente, el aislamiento de esta organización en la escena local. Pero también confirman la urgencia de que el Estado asuma plenamente su papel como garante del orden público y único depositario del poder de decisión. Esta urgencia se impuso por sí sola debido a la política de aplazamientos y retirada que las autoridades siguieron durante un año. Sin embargo, estas se habían comprometido ante la población y la comunidad internacional a recuperar el monopolio de la fuerza para evitar nuevas aventuras devastadoras, primero tras la elección de un nuevo presidente, luego con la formación del gobierno de Nawaf Salam y, por tercera vez, con motivo del alto el fuego de noviembre de 2024. La urgencia se impuso porque, de lo contrario, los libaneses seguirán siendo, contra su voluntad, los protagonistas de una mala película cuyo rumbo no logran cambiar debido a una dirigencia que demuestra cada día que carece de los medios y, sobre todo, del valor para sostener sus propias decisiones. Nada de lo que aún pueda ocurrir puede ser peor que el horror que hoy viven miles de familias.

Entre la disciplina, la resistencia silenciosa y el inicio de una rebelión

La publicación de dos llamados impulsados por activistas de Tiro y Nabatiyeh, dirigidos al Estado libanés para que proteja estas dos ciudades históricas frente a la amenaza israelí de borrarlas del mapa, despliegue allí al ejército y a las fuerzas de seguridad, y las convierta en ciudades abiertas y desmilitarizadas, constituyó el primer acto de resistencia pública y organizada en el entorno chiita. Un entorno en el que, en los últimos tiempos, se han multiplicado las voces que llaman a superar el miedo y a elevar el tono de la protesta contra quienes han confiscado su historia, su presente y su futuro para vengar a Khamenei. Sin embargo, estos activistas fueron objeto de una campaña de amenazas, difamación y ataques a su honor que llevó a algunos de ellos a retractarse. Había comenzado a escribir este artículo antes de la aparición de estos dos llamados, con el propósito de comprender los mecanismos de control del Hezbolá y su capacidad para ejercer su dominación, así como para entender la resistencia silenciosa presente en este entorno y los mecanismos de influencia que ejerce sobre él. Si nos limitáramos a comprender el poder en los entornos partidarios únicamente a través de las herramientas de la represión directa, pasaríamos por alto aquello que constituye su dimensión más efectiva. Como señala Michel Foucault, el poder moderno no se basa solamente en la prohibición y el castigo, sino en la producción de individuos que se vigilan a sí mismos y reconfiguran su comportamiento de acuerdo con las normas que les son impuestas. Sin embargo, esto no significa que la dominación se realice plenamente o que logre estabilizarse. Es precisamente ahí donde entra en juego la contribución de James Scott, quien revela su otra cara: incluso en los entornos más disciplinados, la resistencia no desaparece; adopta formas subterráneas, cotidianas y no declaradas. Esta superposición se manifiesta con especial claridad en el control que Hezbolá ejerce sobre todo el espacio social y cultural de su entorno. Por un lado, existe un sistema disciplinario integrado que no funciona únicamente a través de los aparatos o del discurso oficial, sino mediante la interiorización de las normas del Hezbolá en el propio entorno social, que luego las reproduce. Por otro lado, también pueden observarse pequeñas prácticas cotidianas que revelan una distancia silenciosa entre los individuos y esas normas, una distancia que se ha profundizado desde la guerra actual que el grupo provocó. Según Foucault, la vigilancia no es eficaz porque sea omnipresente, sino porque es interiorizada. Al observarse a sí mismo, el individuo aprende a elegir sus palabras, controlar su tono y reconsiderar aquello que podría ser comprendido o malinterpretado. Con el tiempo, esta autocensura se convierte en un componente de su formación social, sin necesidad de ninguna intervención externa. Se transforma en algo parecido a una “segunda naturaleza”, donde la conformidad parece una elección personal más que el resultado de una presión exterior. Es precisamente aquí donde aparece la paradoja señalada por Scott. Cuando las personas se ven obligadas a mostrarse conformes en público, eso no significa en absoluto que se adhieran internamente. Entonces surge lo que él denomina el “discurso oculto”: un conjunto de actitudes y sentimientos que no encuentran espacio en la esfera pública, pero que circulan en círculos reducidos o se expresan mediante formas indirectas. En este contexto, la política deja de limitarse a los discursos o a las manifestaciones y se traslada a los detalles de la vida cotidiana. El silencio, por ejemplo, no siempre es señal de consentimiento; puede ser una estrategia de abstención. El lenguaje insinuante no es una incapacidad para expresarse, sino una forma de evitar el costo de la palabra directa. Incluso la decisión de no participar puede interpretarse como un acto político y no como una ausencia de acción. Lo que aporta la combinación de las perspectivas de Foucault y Scott es una comprensión de la relación entre estos dos niveles. El sistema que logra producir individuos disciplinados es precisamente el que crea las condiciones para una “resistencia mediante la astucia”. Cuanto mayor es el costo de expresarse, más intensa se vuelve la necesidad de recurrir a formas indirectas de rechazo. Cuanto más profunda es la vigilancia, más significado adquiere el silencio. En el entorno que analizamos, bajo la presión de la guerra y de la continua escalada israelí, el comportamiento del llamado “entorno de apoyo” revela una transformación profunda en la imagen que se proyecta en el espacio público, algo que va mucho más allá del simple deterioro económico o del agotamiento social. Estamos ante una mutación en la propia relación entre la gente y el discurso político que pretende representarla. Es ahí donde se hace visible la interacción entre interiorización y resistencia. Una persona puede ajustarse al discurso público, adoptar su vocabulario y exhibir su pertenencia, mientras conserva internamente una distancia crítica. Esa distancia no se muestra abiertamente, pero aparece en momentos concretos: en una broma pasajera, en un comentario ambiguo, en la ausencia de entusiasmo o en la falta de respuesta a un llamado a la movilización. Y es precisamente ahí donde reside la forma más temible de resistencia: no la que se exhibe, sino la que pasa desapercibida. Sin embargo, esta resistencia, pese a su discreción, no implica necesariamente una ruptura radical ni una separación total respecto del poder dominante. La mayoría de las veces permanece dentro de los límites del sistema, adaptándose a él al mismo tiempo que se le opone. Eso es lo que la convierte simultáneamente en un signo de debilidad y de fuerza: debilidad porque no se traduce en una acción colectiva visible; fuerza porque revela los límites de la dominación. Foucault también recuerda que el poder no se ve afectado únicamente por la oposición directa, sino también por la erosión interna. Cuando la conformidad se vuelve puramente formal, cuando la obediencia se reduce a una representación, el poder pierde parte de su eficacia. Puede lograr regular el comportamiento visible, pero fracasa en producir una adhesión auténtica. En este marco, fenómenos como la falta de respuesta a los llamados a la movilización o la expansión de la indiferencia pueden entenderse no como una ausencia de política, sino como una transformación de sus formas. La gente no sale a las calles, pero tampoco se compromete. No protesta, pero tampoco responde. En última instancia, esta dinámica no puede reducirse a una simple oposición entre dominación y resistencia. Lo que observamos es una interacción constante entre ambas, donde el poder genera sus propias formas de rechazo y donde la resistencia se adapta a las condiciones impuestas por el poder en lugar de enfrentarlo directamente. En esta zona gris, donde el silencio no equivale a consentimiento y la abstención no significa neutralidad, es donde se configura la verdadera política, lejos del discurso oficial. Así puede entenderse cómo un entorno que, en apariencia, parece disciplinado y cohesionado puede albergar múltiples capas de duda, distanciamiento y resistencia silenciosa, imperceptibles a primera vista, pero cuya huella se profundiza con el paso del tiempo. Desde esta perspectiva debe interpretarse la falta de respuesta a los llamados de Naïm Qassem para salir a las calles, no como una muestra de neutralidad, sino como una forma de rechazo silencioso. La gente no proclama su oposición, pero tampoco otorga legitimidad real mediante su participación. Se trata de un estado intermedio entre la obediencia y la rebelión, un estado de suspensión, espera y quizás de reevaluación. En ese sentido, puede afirmarse que lo que observamos hoy es un desplazamiento gradual del “entorno de apoyo” hacia el “entorno agotado”. El entorno de apoyo responde, se moviliza y participa. El entorno agotado, en cambio, resiste, guarda silencio, pero ya no se involucra. Este desplazamiento, aunque siga siendo parcial o incompleto, tiene un profundo significado político: el desgaste de la capacidad de movilización. En cuanto a los dos llamados recientes que solicitaron la intervención del Estado y la retirada de las armas de Tiro y Nabatiyeh, marcan con claridad y valentía el inicio de una ruptura de la barrera del miedo dentro del propio entorno del Hezbolá.

Conflicto iraní: entre escalada militar y negociaciones estériles

La semana pasada fue marcada por los intentos fallidos de llegar a un protocolo de entendimiento entre Washington y Teherán, en medio de declaraciones contradictorias. Entre el Líbano e Israel, se registró una clara escalada militar en el terreno, acompañada de importantes avances de las FDI que habrían cruzado el Litani. Los últimos días en Oriente Medio han estado marcados por la declaración hecha por el presidente estadounidense Donald Trump el fin de semana anterior sobre la inminencia de la conclusión de un protocolo de acuerdo entre Estados Unidos e Irán, que abriría el camino a 60 días de negociaciones adicionales y permitiría levantar el bloqueo de los puertos iraníes y reabrirla el estrecho de Ormuz. Excepto que el optimismo mostrado repetidamente por el presidente estadounidense no tuvo efecto: la semana termina sin avances notables, y todas las opciones siguen sobre la mesa, incluida la de una nueva ronda de violencia. Una declaración hecha por un "funcionario estadounidense" al sitio Axios el domingo resume la situación: Habrá un acuerdo con Irán, pero la fecha de su firma no está definida. Un momento destacado de esta semana ocurrió el viernes, por la tarde según la hora del Levante, cuando Donald Trump anunció que tomaría su decisión sobre el acuerdo con Irán después de una reunión con sus asesores en Washington. En uno de sus mensajes en su red social, reveló detalles sobre el documento propuesto: un levantamiento inmediato del bloqueo a cambio de la reapertura del estrecho de Ormuz, y una destrucción del uranio enriquecido iraní por parte de estadounidenses bajo la supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica. Y, sobre todo, ningún desembolso de los activos iraníes congelados hasta nuevo aviso. Pero saldrá de esta reunión sin anunciar una decisión ese día. El presidente estadounidense aseguró en más de una ocasión que no firmaría un acuerdo que no respetara las "líneas rojas" que ha definido. Por su parte, los iraníes han multiplicado los desmentidos ante cada declaración de Donald Trump, en forma de informaciones proporcionadas por fuentes a medios estatales iraníes (especialmente los cercanos a los Guardianes de la Revolución) en lugar de comunicados oficiales. Según estas "fuentes", no se trata de destrucción del programa nuclear en el protocolo de entendimiento, y el estrecho de Ormuz seguiría bajo el control conjunto iraní y omaní. Esto valió al sultanato de Omán una amenaza estadounidense proferida por el secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien agitó la amenaza de "medidas punitivas" si el sultanato participa en la percepción, junto con Irán, de derechos de paso impuestos a los barcos. El estrecho de Ormuz sigue siendo el principal punto de fricción, según la información que se filtra, así como la cuestión de los activos congelados y las sanciones que los estadounidenses solo quieren levantar gradualmente. Después de una semana así de decepciones, los protagonistas de esta obra de teatro que se eterniza parecen estar en un callejón sin salida, cada uno del suyo. El presidente estadounidense y su equipo están sometidos a presiones crecientes debido a esta guerra impopular en Estados Unidos y sus consecuencias económicas debidas al aumento del precio del combustible, pero no pueden conformarse con un acuerdo que sea percibido como un retroceso en comparación con la situación previa a la guerra (del 28 de febrero) y, sobre todo, en comparación con el acuerdo nuclear firmado en el pasado por el expresidente Barack Obama. En una entrevista esta semana, cuando una periodista estadounidense le preguntó sobre la presión de las elecciones de mitad de mandato en sus decisiones, Donald Trump aseguró que los plazos electorales no pueden disuadirlo de perseguir su objetivo de prohibir que Irán posea armas nucleares. Por su parte, Irán parece atrapado en sus propias luchas internas, y la toma de decisiones se vuelve cada vez más difícil, a pesar de la recurrencia de declaraciones atribuidas al Guía Supremo Mojtaba Jamenei, más esquivo que nunca. El ala dura del régimen sigue siendo capaz de bloquear cualquier acuerdo mostrando intransigencia sobre ciertos puntos, en particular la reapertura del Estrecho de Ormuz. El espectro de un nuevo levantamiento popular provocado por la asfixiante crisis económica no estaría lejos de las preocupaciones de los Pasdaranes: con la restauración parcial de internet en Irán, videos de manifestaciones importantes comienzan a circular en las cuentas de iraníes opositores al régimen en el extranjero, con información sobre la feroz represión que sufren. La información sobre ejecuciones de opositores continúa: esta semana se reveló que dos hermanos kurdos, sospechosos de la Guardia Revolucionaria de ser parte de los "instigadores" del movimiento de enero en Irán, fueron perseguidos y asesinados. En el terreno, a pesar de la preeminencia de la posibilidad de un acuerdo, los incidentes de seguridad no han faltado. El jueves, se escucharon explosiones en el puerto iraniano de Bandar Abbas y disparos de misiles iraníes alcanzaron buques que intentaban atravesar el Estrecho de Ormuz. Kuwait fue blanco de disparos iraníes esta semana, habiendo afirmado los Guardianes haber atacado una base estadounidense. Pero ninguno de estos ataques fue de naturaleza para degenerar en una escalada generalizada, aunque muestran cuán frágil sigue siendo la tregua actual. Preocupaciones israelíes El protocolo de entendimiento en gestación entre Irán y Estados Unidos no ocultó el aspecto libanés del conflicto. De hecho, las declaraciones de los dos beligerantes prácticamente solo coinciden en un punto: la prolongación del alto el fuego en el frente iraní estaría acompañada de una cesación efectiva de las hostilidades en el frente libanés, entre Israel y Hezbollah. Los ecos de una preocupación israelí sobre la interrupción de su operación en el sur del Líbano sin lograr el objetivo del desmantelamiento de Hezbollah se multiplican en la prensa israelí. El partido chiita, por su parte, aprovechó esto, a través de sus diputados, para criticar las negociaciones directas llevadas a cabo por las autoridades libanesas con Israel, y asegurar que solo las negociaciones con Irán podrían lograr un verdadero alto el fuego. Otro motivo de preocupación para los israelíes: en todo lo que acompañó las filtraciones sobre el acuerdo irano-estadounidense en gestación, los dos grandes puntos ausentes son el de la influencia regional iraní a través de sus brazos armados y el destino de los misiles balísticos en Irán. Esta semana, otro de estos brazos armados, Hezbollah iraquí, anunció no querer entregar sus armas al Estado iraquí y buscar fortalecer su capacidad militar. El castillo de Beaufort bajo control israelí En el frente libanés, esta semana estuvo marcada por un avance claro del ejército israelí en profundidad. El ejército israelí habría cruzado el Litani, hacia el norte, después de haber construido cinco puentes para uso militar. La semana estuvo además marcada por dos factores: las negociaciones libano-israelíes de carácter militar en Washington, y una escalada sin precedentes en el sur del Líbano y en la Bekaa. Las conversaciones en el Pentágono a finales de semana, entre las dos delegaciones militares, duraron más de diez horas, y los ecos no son tranquilizadores. Tanto en la prensa israelí como libanesa, se observa un consenso sobre el hecho de que no se constató ningún avance tras estas reuniones. Según el ejército libanés, no es posible avanzar sin un cese de los combates. La parte israelí, según análisis de prensa, se queja de que los libaneses no tienen todas las cartas en la mano. Washington, sin embargo, calificó esta sesión de «constructiva» y las negociaciones continuarán. La próxima semana traerá una nueva ronda de negociaciones políticas en Washington, los días 2 y 3 de junio. Estas negociaciones tienen lugar bajo fuego israelí y la escalada de Hezbollah, haciéndolas extraordinariamente difíciles. Una dificultad destacada el sábado por el primer ministro Nawaf Salam. Si bien condenó la destrucción sistemática del Sur por Israel, subrayó que «las negociaciones siguen siendo la vía menos costosa» para el Líbano. En este mapa realizado por la ONU se puede ver claramente la posición estratégica del Castillo de Beaufort, que sirve como punto de observación del lado libanés e incluso, al este del lado del Golán ocupado y del «Dedo de Galilea». (ONU) El Sur, por su parte, está más que nunca en llamas. El domingo, los israelíes anunciaron la captura del estratégico castillo de Beaufort y avanzan hacia el control de la región de Nabatiyé. Una acción que cortaría todas las líneas de suministro de los milicianos de Hezbollah entre el Sur y la Bekaa, y restablecería la línea de la franja fronteriza anterior al retiro de 2000, pero esta vez despoblada. Los llamados a la evacuación «hacia el norte del Zahrani» en los últimos días, siendo el más reciente el domingo por la mañana, presagian una ocupación de territorios más vastos en los próximos días. Cabe señalar que la Defensa Civil anunció el domingo su decisión de abandonar la ciudad de Tiro y replegarse hacia Sidón. Hezbollah, por su parte, también ha intensificado sus ataques, reanudando el lanzamiento de misiles en profundidad hacia el norte de Israel. En sus comunicados, asegura librar feroces batallas en el terreno, especialmente en la zona de Nabatiyeh. Los ataques de Hezbollah aparentemente obligan a los israelíes a tomar medidas más estrictas en el norte del estado hebreo, cerrando escuelas y playas y pidiendo a un hospital del norte que acondiciones un centro subterráneo. El canal israelí 13 citó fuentes militares que dicen estar «sorprendidas» por la magnitud de la respuesta de Hezbollah, reiterando que el mantenimiento de tropas en el Líbano sería una condición sine qua non para cualquier negociación posterior. Esta semana también fue testigo de amenazas al patrimonio libanés, en primer lugar el castillo de Beaufort impactado directamente por misiles, una joya medieval en medio de la tormenta. Estas amenazas llevaron al ministro de Asuntos Exteriores Joe Rajji y al ministro de Cultura Ghassan Salamé a alzar la voz pidiendo protección internacional, especialmente respecto a los vestigios de Tiro. Ante esta escalada militar, el jefe del Quai d'Orsay Jean-Noël Barrot anunció el domingo al atardecer que Francia ha decidido solicitar la celebración de una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU para examinar los desarrollos en el Líbano. Esta reunión debería celebrarse el lunes, según fuentes diplomáticas. Los llamamientos de Tiro y Nabatiyé Otro desarrollo importante esta semana: un doble llamamiento de más de cien intelectuales de Tiro y otros tantos de Nabatiyé a favor de la desmilitarización de estas dos regiones tan ricas en patrimonio y su colocación bajo la única autoridad del Estado, con miras a su protección. Una «rebelión» que muestra un claro cambio de humor dentro de la población del Sur y que, en consecuencia, fue muy mal recibida por Hezbollah. En resumen, nada augura una disminución de tensiones en el sur en la semana que se aproxima. El domingo, el jefe del Estado Mayor israelí Eyal Zamir aseguró que la «operación en el Líbano está lejos de terminar», sin contar con las declaraciones a favor de una escalada del primer ministro Benjamín Netanyahu y del ministro de Defensa Israel Katz, quienes enfatizaron que la toma del Castillo de Beaufort constituye un paso en el marco de amplias operaciones militares que podrían lanzarse en breve y que podrían ya no limitarse al sur del Líbano. Los dos protagonistas en el frente parecen tener prisa, especialmente ante la perspectiva de un acuerdo entre Irán y Estados Unidos. Mientras que los israelíes buscan lograr la máxima cantidad de avances sobre el terreno, Hezbolá intenta resistir con la esperanza de un alto el fuego.

Cine, política y guerra
Por
Yakzan Takki
Publicado

La sombra de la guerra y de la política, en Medio Oriente, en Ucrania y bajo la presión de una geopolítica amenazante, pesó con toda su fuerza sobre la ceremonia de clausura de la 79.ª edición del Festival. El discurso político más comentado fue el de Andrey Zvyagintsev, cuya película Minotaur , un retrato de la invasión rusa de Ucrania a través de la desintegración de una familia, obtuvo el Gran Premio. El cineasta ruso, exiliado en Francia, se dirigió directamente al presidente Vladimir Putin: “Detengan esta mascarada. El mundo entero espera el fin de la masacre, donde millones de hombres se enfrentan a ambos lados de la línea del frente, soñando únicamente con poner fin a una guerra que ya no cuenta con el respaldo de ninguno de los dos bandos beligerantes”. Sus palabras resonaron como un eco lejano del discurso pronunciado en ese mismo escenario por el presidente Volodímir Zelenski el 17 de mayo de 2022. De la metaficción al abismo suele haber apenas un paso, y el Festival de Cannes 2026 lo dio al seleccionar, entre las veintidós películas en competencia, seis obras dedicadas a la guerra. Que el cine, ese arte sincronizado con el pulso del mundo, ejerza semejante influencia política no tiene nada de nuevo. Pero la complejidad del relato que ofreció Cannes este año radica en dos tensiones: por un lado, la diversidad de perspectivas que abordan la guerra con fidelidad histórica y una notable capacidad artística para captar el horror y la violencia; por otro, el riesgo de que todo ello no sea más que una visión parcial, sin que ambas aproximaciones formen necesariamente un conjunto coherente frente a una misma realidad. La distancia era considerable, tanto en términos estéticos como filosóficos, entre Notre salut , de Emmanuel Marre, que explora el espíritu de la colaboración a través de la trayectoria de un modesto funcionario bajo el régimen de Philippe Pétain, y Moulin , de László Nemes, que exalta el testimonio del resistente Jean Moulin, torturado hasta la muerte por Klaus Barbie. Fatherland , por su parte, elige una tercera vía al señalar la catástrofe moral y civilizatoria de la Segunda Guerra Mundial a través del regreso de Thomas Mann a Alemania en 1949. Esa misma fractura se reflejó en la presencia de la actriz Julianne Moore en el Festival, donde durante la primera semana de esta 79.ª edición recibió el premio Women in Motion , una distinción que a lo largo de los años también ha reconocido a Jane Fonda, Viola Davis y Michelle Yeoh. La musa de Todd Haynes expresó posiciones políticas claras, relatando que desde la infancia encuentra refugio en las bibliotecas y que en ellas descubre una comprensión más humana del mundo y de quienes lo moldean, independientemente de que sus destinos sean trágicos o no. En la burbuja a veces superficial de Los Ángeles, Moore intenta, junto con sus equipos de comunicación, dotar de profundidad a temas que suelen parecer abstractos, en un contexto donde todo depende de una visión clara, aunque esta pueda resultar asfixiante. Esa misma lógica le valió la consagración máxima con el Óscar a la Mejor Actriz por Still Alice. “Es el peso de la historia y de esa fábrica de sueños a la que me alegra contribuir, mediante un compromiso contra el recurso a las armas y contra el caos social en el que vivimos, un caos que me entristece y me asusta en un contexto geopolítico profundamente desequilibrado”, declaró. Moore es conocida por su cercanía con el Partido Demócrata, aunque en los últimos años ha tomado distancia del ciclo político reciente, apareciendo con menos frecuencia junto a Joe Biden y Kamala Harris. También optó por reducir su exposición mediática y mantener cierta distancia estratégica respecto de las películas saturadas de explosiones y bombas, considerando la situación mundial actual, que define como “increíblemente artificial”. Cabe señalar una incongruencia en la concesión del Premio al Mejor Guion a Notre salut , una obra poderosa y auténtica sobre la colaboración, especialmente porque el propio Emmanuel Marre reconoció que muchas escenas fueron improvisadas. El Premio del Jurado fue para Das geträumte Abenteuer , de Valeska Grisebach, una película que generó opiniones muy divididas. El punto culminante llegó con el Premio a la Mejor Dirección, otorgado conjuntamente a dos realizadores por La Bola Negra , una obra que recorre un siglo de historia de España entre el franquismo y la homosexualidad. Por otra parte, el mundo del cine comienza a distanciarse de los sectores más radicalizados tras las declaraciones de Maxime Saada. Exhibidores, productores y distribuidores franceses manifestaron su preocupación ante una creciente radicalización del discurso cinematográfico a medida que se aproxima la elección presidencial. Una petición titulada “No se vuelvan hacia Bolloré” circuló durante la apertura del Festival y reunió más de seiscientas firmas de profesionales del sector. Los firmantes protestaban contra lo que consideraban la creciente influencia del empresario bretón Vincent Bolloré sobre el séptimo arte y sus ambiciones monopólicas, especialmente en materia de financiamiento cinematográfico. Con excepción de Adèle Haenel, que no filma desde hace seis años, así como de Juliette Binoche, Anna Mouglalis y Swann Arlaud, la mayoría de los firmantes sigue siendo poco conocida en el sector profesional. Algunos interpretan esta movilización más como un frente político que corporativo, dado que nadie había observado una uniformización de las películas ni una apropiación fascista del imaginario colectivo a través de Canal+, incluso dentro de organizaciones de izquierda que Bolloré había desmantelado previamente. Sin embargo, muchos productores advierten: “Quizás algún día debamos preocuparnos por la influencia de Vincent Bolloré sobre el cine, por la erosión del poder intelectual y artístico, y por el fin del progresismo cultural”. Más allá de si los relatos cinematográficos guardan o no alguna relación con la ideología de extrema derecha, las salas UGC no fueron adquiridas por Vincent Bolloré por razones ideológicas, sino por Maxime Saada, director ejecutivo de Canal+, por motivos industriales. “Es una carnicería y va a empeorar”, afirma un distribuidor. Para quienes defienden la independencia, la creación y la democracia, este Festival podría ser el último antes de una eventual llegada de la extrema derecha al poder. Desde el punto de vista cinematográfico, pronto podría exigirse a cada persona que escoja un bando: entre derecha e izquierda, entre solidarizarse con las tragedias humanas de Medio Oriente y negarse a hacerlo. Pero, de manera aún más fundamental, mientras los cineastas franceses se enfrentan a la figura de Bolloré, los gigantes de internet, YouTube, Facebook, Amazon, Disney, Netflix y Meta tejen una red que les permite consolidar su dominio sobre las imágenes. Esto tendrá consecuencias tanto para la economía del cine como para la diversidad estética, a medida que la inteligencia artificial se incorpora a la industria, que los capitales de las grandes tecnológicas financian películas y series, y que Amazon, a través de Prime Video, continúa expandiendo su poder económico. Estos mismos gigantes dominan simultáneamente el mercado publicitario. El Creator Economy Summit , creado recientemente por el Festival y celebrado por primera vez este año, fue escenario del surgimiento de una nueva generación de creadores digitales que construyen audiencias masivas en plataformas como Instagram, YouTube y TikTok, desarrollando, financiando y distribuyendo historias con una velocidad que los orienta cada vez más hacia los formatos largos y la producción cinematográfica. Este primer encuentro entre dos mundos profundamente distintos, cineastas e influencers , permitió abordar desafíos clave relacionados con la distribución, la producción, la escritura, la gestión del talento y la circulación de contenidos. Ninguna empresa de las GAFAM ni de la Big Tech puede ignorar la economía de los creadores, cuyos ingresos deberían superar los 250 mil millones de dólares este año. El cine está bajo presión y el sector tradicional se encuentra fracturado. El mundo cultural corre el riesgo de perder la batalla por el relato cinematográfico, una narrativa que durante décadas se alimentó, en parte, de recursos públicos. Se trata de una transformación cultural impactante, producto de una evolución que ha seguido caminos muy distintos, mientras los multimillonarios proliferan en los canales de información y una forma de totalitarismo ideológico se instala en el cine, confirmando así el fracaso de la llamada “democratización” de la cultura cinematográfica. En cuanto a los guiones de ficción, la conformidad social parece imponerse en todas partes.