

Cada año, cuando llega el dos de junio, Samir Kassir regresa a la memoria como si nunca hubiera desaparecido. Los años transcurren, los rostros cambian, las circunstancias y los acontecimientos se suceden, pero hay personas a las que el tiempo no logra reducir a meros recuerdos. Permanecen presentes en los detalles de nuestras vidas, en las palabras que escribimos, en las ideas que defendemos, en los sueños que no tuvieron tiempo de cumplirse.
Veintiún años han pasado desde el asesinato de Samir Kassir, y aún tengo la sensación de que aquella mañana aciaga no ha terminado realmente. Samir no era para mí un periodista, un escritor o un pensador cuyos artículos e ideas yo seguía desde la distancia. Era un amigo, un ser excepcional, que poseía esa rara facultad de conciliar la cultura profunda con la sencillez humana, la audacia intelectual con la calidez personal.
Creía en el Líbano como el creyente cree en su gran causa. El Líbano no era para él un eslogan político ni un discurso mediático, sino un espacio de libertad, de vida, de pluralidad. Veía más allá del momento presente y leía el futuro en una época en que muchos eran incapaces de ver el presente.
Lo conocí cercano a la gente a pesar de su estatura intelectual. Escuchaba más de lo que hablaba, dialogaba más de lo que atacaba, y persuadía por la fuerza de la idea antes que por la elevación de la voz. Nada tiene de extraño, entonces, que dejara una huella profunda en todos cuantos lo conocieron o se acercaron a él.
Cuando asesinaron a Samir, no sentí únicamente la pérdida de un gran periodista. Tuve la sensación de que una parte del sueño libanés acababa de ser sometida a un intento de asesinato. Aquel día, el duelo no era solo personal, era también nacional. Era la conciencia de que la palabra libre había pasado a ser un blanco, y de que los hombres de convicción pagaban su valentía con la vida.
Pero el destino quiso que la llama de Samir permaneciera encendida gracias a quien había compartido su vida, Giselle Khoury.
Giselle era mucho más que la esposa de Samir. Era la compañera de su camino intelectual y humano, el testigo de sus sueños, sus luchas, sus victorias y sus desencantos. Tras su asesinato, ella habría podido retirarse a su duelo íntimo y conformarse con custodiar los recuerdos. Eligió un camino mucho más difícil.
Eligió continuar lo que Samir había comenzado.
Llevó su nombre, su causa y su memoria con un amor infrecuente y una fidelidad excepcional. No permitió que el tiempo doblara su página, no permitió que los asesinos triunfaran sobre la idea matando a quien la portaba. Siguió hablando de él como si se mantuviera a su lado, y siguió defendiendo la libertad, la justicia y la verdad tal como él mismo lo hacía.
En Giselle veía algo de Samir, y en su continuidad, una prolongación de él. Ella sabía que el ser se va, pero que el mensaje permanece. Por eso no conmemoraba cada año el recuerdo de Samir como una simple ocasión de tristeza, sino que lo convertía en un acto de fidelidad y en una afirmación obstinada de que la palabra debe seguir siendo más fuerte que el miedo.
Cuando Giselle partió a su vez, el duelo me pareció redoblar. Como si una hermosa página de la historia cultural y mediática del Líbano acabara de cerrarse. Los dos cuerpos se habían ido, pero la historia permanecía. La historia de un amor que había unido a dos personas, cada una de las cuales creía en la otra como creía en el Líbano. Y la historia de una lucha por la libertad que no se detiene en los límites de una sola vida.
En este vigésimo primer aniversario del asesinato de Samir Kassir, no es únicamente el retrato del gran escritor y del brillante pensador lo que encuentro en mí. Encuentro al amigo, al ser humano, al rostro que llevaba siempre una fe profunda en la capacidad de los libaneses para construir un futuro mejor.
Y encuentro también a Giselle Khoury, que demostró que la fidelidad no es una palabra que se dice, sino un camino que se recorre. Guardó el depósito hasta el último día de su vida y llevó la antorcha caída de las manos de Samir, para transmitirla a su vez a una nueva generación que cree en la libertad, en la soberanía y en el Estado.
Los asesinos lograron quizás, en aquella mañana de junio de 2005, silenciar la voz de Samir. No lograron silenciar la idea. Las grandes ideas no mueren, y los hombres que siembran la libertad en las mentes ajenas nunca desaparecen del todo.
Hoy, veintiún años después, Samir Kassir sigue presente entre nosotros. En cada palabra libre, en cada periodista que se niega a ceder, en cada ciudadano que sueña con un Estado justo, en cada libanés que aún cree que este país merece un futuro mejor.
La larga ausencia no ha apagado la memoria, la ha vuelto más presente todavía. Ciertas personas, cualquiera que sea la distancia que el tiempo pone entre ellas y nosotros, permanecen más cercanas que muchas de las que viven a nuestro lado.
Así era Samir Kassir.
Así quedó Giselle Khoury.
Y así perdurará la historia de libertad y fidelidad que los unió, viva en la memoria del Líbano mientras haya alguien que crea en la palabra libre y en el derecho de las personas a soñar.
Sus nombres permanecerán como testimonio de que la memoria no es un simple regreso al pasado sino una resistencia al olvido, y de que la libertad que defendieron extrae su fuerza de quienes se niegan a renunciar a ella.
Entre Samir y Giselle se extiende la historia de un país que busca siempre encontrarse a sí mismo, y que halla en personas como ellos una razón más para aferrarse a la esperanza.
Las personas pasan, pero la huella verdadera permanece, iluminando el camino de las generaciones venideras y atestiguando que el Líbano sólo se construye con libertad, y sólo se preserva con memoria.