Logotipo de Levant Time

Artículos

Imagen destacada de la noticia
Homenaje
Retrato del autor
Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
Retrato del autor
Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
Imagen destacada de la noticia
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
Retrato del autor
Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
Imagen destacada de la noticia
En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
Más artículos
Ordenar por: Más recienteMás antiguo
Abd Rabbuh Mansour… un rostro de la tragedia yemení
Por
Khairallah Khairallah
Publicado

La tragadia del Yemen radica, en parte desde luego, en el acceso al poder de una personalidad del calibre de Abd Rabbuh Mansour Hadi en un momento determinado de la historia, y en los errores que figuras de su condición cometieron tanto antes como después de la unificación. En el momento presente, ya resulta posible hablar de un país fragmentado que busca una fórmula para recomponerse, siempre y cuando esa recomposición sea aún factible para un Estado de considerable importancia estratégica del que Irán controla hoy una porción no desdeñable. Abd Rabbuh Mansour, a quien la muerte se llevó hace apenas unos días, no era en el fondo sino la expresión de un tipo político salido de la institución militar con una cultura tan escasa que no lo habilitaba en absoluto para gobernar un país tan singularmente complejo como Yemen. Llegó a la presidencia después de haber pasado catorce años a la sombra de Ali Abdallah Saleh, en calidad de vicepresidente, el mismo Saleh que los hutíes asesinarían más adelante, una vez que dejó de ser jefe de Estado. Abd Rabbuh sucedió a Ali Abdallah Saleh, obligado a dimitir en febrero de 2012, y permaneció en la presidencia hasta abril de 2022. Fue entonces cuando las potencias con influencia real sobre Yemen reconocieron su incapacidad para conducir el país. Fue necesario recurrir al Consejo de Dirección Presidencial, integrado por ocho miembros y presidido por el doctor Rachad al-Alimi, quien parece manifiestamente capaz de una gobernanza algo más eficaz, aunque sea por poco. ¿Cómo había llegado el difunto a la presidencia en 2012, y antes a la vicepresidencia en 1994? Más fundamentalmente aún, ¿por qué Abd Rabbuh Mansour se convirtió él mismo en un fragmento de la tragedia yemení, a través de una acumulación de errores cuya enumeración completa sería vana, dado su elevadísimo número? Conviene señalar ante todo que Abd Rabbuh Mansour era oriundo de la provincia sureña de Abyan. Se le vinculaba al antiguo presidente yemení del Sur, Ali Nasser Mohammed, también de Abyan, al que sus adversarios apartaron del poder en los tristemente célebres «sucesos de enero» de 1986. Abd Rabbuh, que había ocupado en el Sur el cargo de subjefe del Estado Mayor, se refugió en Saná tras la caída de Ali Nasser. En el verano de 1994, se unió al grupo de sureños que gravitaba en torno a Ali Abdallah Saleh, a raíz de la ruptura entre éste y Ali Salem al-Beidh, líder del Partido Socialista empeñado en revertir la unificación. Sobrevino entonces una guerra encarnizada que concluyó con la derrota del Partido Socialista. Esta trayectoria le permitió a Abd Rabbuh alcanzar la vicepresidencia, después de haber llevado muy lejos su apoyo a Ali Abdallah Saleh en su guerra contra los separatistas. Pregunté una vez a Ali Abdallah Saleh cómo podía elegir a alguien como Abd Rabbuh Mansour para sucederle en sus funciones, siendo que este hombre no poseía ninguna cualificación de ningún tipo. Me respondió palabra por palabra: «Quiero alguien que no me cree problemas», fundándose en su experiencia con Ali Salem al-Beidh, vicepresidente del Consejo Presidencial tras la unificación, a quien describía como una personalidad «complicada» que había querido ser un auténtico «socio» en el poder. Abd Rabbuh Mansour permaneció como figura marginal a lo largo de todo su ejercicio como vicepresidente. Debía soportar a Ali Abdallah Saleh, quien se había ido convirtiendo paulatinamente en un jefe de Estado caprichoso, propenso a encolerizarse sin motivo alguno contra sus propios colaboradores. Cuando Ali Abdallah Saleh se vio forzado a dimitir a principios de 2012, Abd Rabbuh Mansour se reveló bajo una faz enteramente distinta. No dejó pasar ningún medio para vengarse de su predecesor: se negaba ostensiblemente a devolverle sus llamadas y al mismo tiempo se entregaba metódicamente al desmantelamiento de la institución militar. Su objetivo era erradicar cualquier influencia que el expresidente y su hijo, el general Ahmad, pudieran conservar dentro de las fuerzas armadas. El resultado fue destruir toda esperanza de reconstrucción del ejército yemení. Con plena conciencia de ello o sin ella, Abd Rabbuh se puso objetivamente al servicio de los hutíes cuando se negó a hacerles frente en la provincia de Amran, mientras avanzaban hacia Saná en el verano de 2014. Ali Abdallah Saleh le había aconsejado detenerlos en Amran, argumentando que la caída de esa provincia significaba inevitablemente la caída de la capital. Le envió cuatro emisarios, entre ellos Yahya al-Raï y Aref al-Zouka, portadores de un mensaje inequívoco al respecto. Abd Rabbuh rechazó no obstante el consejo, alegando que «se negaba a saldar las cuentas de Ali Abdallah Saleh con los hutíes». Lo que ocurrió en realidad fue que encubrió el avance de los hutíes y su apoderamiento de la capital yemení, el 14 de septiembre de 2014. En todo cuanto hizo, Abd Rabbuh Mansour jamás poseyó el mínimo de cultura política que exige el gobierno de un país. Llegó incluso a firmar el «Acuerdo de Paz y Asociación» con los hutíes poco después de que éstos pusieran las manos sobre Saná, acuerdo al que asistió un representante de las Naciones Unidas y que otorgó a los hutíes una legitimidad de la que tenían la mayor necesidad. Nada de esto impidió que éstos lo pusieran en arresto domiciliario. Abd Rabbuh sólo logró escapar de ese arresto domiciliario en Saná gracias a una mediación en la que el Sultanato de Omán desempeñó un papel decisivo, logrando que los hutíes hicieran la vista gorda mientras él se fugaba hacia Adén. Abd Rabbuh Mansour fue, en definitiva, un componente de la tragedia yemení. Un hombre ajeno a la política en toda su extensión se encontró al frente de un país sumido en una crisis existencial, crisis que los Hermanos Musulmanes habían provocado en gran medida al querer arrancar a Ali Abdallah Saleh del poder para ocupar su lugar. Saleh no era ningún ángel, y sus errores fueron numerosos, pero los Hermanos que se volvieron contra él no comprendieron que estaban jugando el juego de los hutíes, sin detenerse a reflexionar ni un instante en lo que sería el Yemen después de Saleh. Yemen tuvo la desgracia de tener al frente, en un período crítico de su existencia, a un presidente del perfil de Abd Rabbuh Mansour Hadi. Este país merecía alguien de mejor temple, alguien que conociera al menos algo del propio Yemen, de su entorno, y que supiera que la venganza no puede hacer las veces de política, por muchas humillaciones de índole personal a las que se hubiera visto sometido.

Los suburbios del sur en un equilibrio inestable

La cuarta ronda de negociaciones directas entre Líbano e Israel se celebró la noche del martes en el Departamento de Estado, en Washington, bajo patrocinio estadounidense, mientras la tensión sigue siendo elevada en el sur del Líbano, donde el ejército israelí continúa sus operaciones militares y sigue ganando terreno, especialmente al norte del río Litani. Las conversaciones libano-israelíes, en las que participa por la parte libanesa el exembajador Simon Karam, continuarán el miércoles, también en la capital federal. En el plano militar, la aviación israelí llevó a cabo durante toda la jornada y la noche del martes una serie de ataques aéreos contra posiciones y depósitos de armas y municiones en varias localidades de los distritos de Tiro, Bint Jbeil y Nabatiye. Las ciudades de Tiro y Nabatiye tampoco se salvaron de los bombardeos. Al final del día, el ejército israelí informó sobre la presencia de “decenas de milicianos de Hezbolá” que se habrían replegado hacia el barrio cristiano de Tiro. Sin embargo, fue sobre todo el caso de los suburbios del sur de Beirut el que concentró el martes la atención de los círculos políticos y diplomáticos. El acuerdo alcanzado in extremis el lunes por la noche por el presidente Donald Trump, tras contactos urgentes con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y el presidente libanés Joseph Aoun, establece que Israel suspendía su ataque aéreo contra los suburbios del sur, que aparentemente era inminente, a cambio de que Hezbolá detuviera el lanzamiento de cohetes contra Israel. El entendimiento logrado por el presidente estadounidense se basa en la ecuación “suburbios del sur por el norte de Israel”. Netanyahu y su ministro de Defensa, Israel Katz, subrayaron claramente el martes que, si el partido proiraní reanuda sus ataques contra territorio israelí, Israel bombardeará las posiciones de Hezbolá en los suburbios del sur de Beirut. Este enfoque fue rechazado el martes por un alto responsable de la organización chiita, quien afirmó que su partido no aceptará una fórmula de alto el fuego parcial y sigue insistiendo en un cese total y permanente de las hostilidades. Esta posición coincide con la del gobierno libanés, que la defenderá durante las conversaciones en Washington. Por ello, resulta evidente que los suburbios del sur se encuentran en una situación de equilibrio inestable, dado que las operaciones militares israelíes continúan en el sur del país, lo que podría provocar una respuesta de Hezbolá contra Israel. En este contexto, cabe señalar que Tel Aviv informó el martes al final de la jornada que una de sus unidades de comando se desplegó al norte del Litani, en el área de la localidad de Zawtar. Otro acontecimiento que concentró el martes la atención de los medios de comunicación en Estados Unidos e Israel fue el clima en el que se desarrolló la conversación telefónica del lunes entre el presidente Trump y Netanyahu. Uno de los canales de televisión de Tel Aviv confirmó al final del día que la conversación entre ambos líderes fue particularmente tensa. Un sitio web estadounidense informó el martes por la mañana que el jefe de la Casa Blanca utilizó expresiones poco cordiales hacia el primer ministro israelí. El mencionado canal de televisión indicó además que fuentes cercanas a Netanyahu afirmaban el martes por la mañana que la conversación del lunes representó el intercambio más tenso entre el presidente estadounidense y el primer ministro israelí desde el inicio del segundo mandato de Donald Trump, hace cerca de un año y medio. La noche del martes, Netanyahu tenía previsto reunir a su gabinete ministerial para evaluar la situación en la región. Por último, cabe señalar que el Consejo de Seguridad de la ONU celebró durante la noche del lunes una reunión extraordinaria, a petición de Francia, para analizar el deterioro de la situación militar en el Líbano.

¿Después de la tormenta, el viento del cambio?

Durante largas décadas, Israel esperó el momento propicio para liquidar lo que considera una amenaza contra su proyecto, ya fuera palestina, libanesa o vinculada al proyecto regional iraní. Más allá de la preparación militar, trabajó sin descanso para disponer las condiciones diplomáticas y mediáticas necesarias con el fin de asegurar una cobertura internacional para una gran batalla cuya ambición era rediseñar el rostro de Oriente Medio. Cuando estalló la operación «Diluvio de Al-Aqsa» el siete de octubre, el gobierno de Benjamin Netanyahu promovió el discurso del «peligro existencial», aprovechando el alineamiento de las grandes potencias occidentales y a la cabeza de ellas los Estados Unidos. Esa fue la ocasión histórica que Netanyahu aguardaba para desencadenar la máquina de guerra devastadora, no sólo contra Hamás, sino contra todo lo que pudiera clasificarse como aliado o apoyo. En el corazón de ese plan, Irán cometió su primer pecado al ordenar el arrastre del Líbano a la guerra a través de Hezbolá, en lo que se denominó el «frente de apoyo», el ocho de octubre. Ese día, Israel no ocultó sus intenciones sino que advirtió con claridad que el sur del Líbano corría el riesgo de convertirse en una «segunda Gaza». Vino luego el segundo pecado, cuando el enfrentamiento se amplió y se transformó en una batalla directamente ligada a los cálculos iraníes para vengar la muerte de Jamenei, sin relación alguna con el interés libanés ni con la seguridad de los libaneses y el futuro del Sur. La realidad catastrófica se ofrece hoy a la vista de todos: por cada vehículo blindado israelí alcanzado, se borra de la existencia un pueblo entero, se desplaza a sus habitantes, se mata a sus hijos. Ha quedado manifiestamente claro que el Líbano paga el precio de una confrontación entre dos proyectos exteriores: Israel, que rechaza el modelo libanés, civilizatorio, plural y próspero, e Irán, que se empeña en mantener al Líbano como un terreno avanzado y una primera línea de defensa para su revolución islámica. En medio de este cuadro de gravedad existencial, el presidente de la República lanzó una iniciativa valiente y audaz que nadie antes que él había osado emprender, animado únicamente por la ambición de salvar el país y devolver la decisión al seno del Estado. En complementariedad con esa posición, el primer ministro afirmó por su parte que la vía del diálogo y la negociación directa, por difícil y compleja que sea, sigue siendo el único camino realista para evitar a los libaneses más sangría y destrucción. Lo que hoy ofrece alguna razón para la esperanza es ese grito auténtico que se elevó desde bajo los escombros y las cenizas de nuestro Sur resistente. Es la voz del verdadero sureño que rechaza la muerte gratuita, que rechaza que sus pueblos y sus hijos sirvan de combustible para las guerras de los demás o de sacrificio en aras de cálculos regionales. Esa voz reclama abiertamente la presencia plena y efectiva del Estado, el monopolio de las armas en manos de las instituciones legítimas y el respaldo al ejército libanés como única referencia en materia de seguridad y soberanía. Ante esta realidad, ya no es posible apostar por la conciencia o la buena fe de partes locales que siguen practicando la evasión y la disimulación, sabiendo a ciencia cierta que son perdedoras de antemano. En estas circunstancias decisivas, la política de subterfugios, obstinación y sabotaje de las soluciones nacionales ya no es un simple error político; se ha convertido en una forma de abandono de la responsabilidad nacional, una traición hacia el pueblo y la patria. Apoyar al presidente de la República y al jefe del gobierno, respaldar estas orientaciones de rescate y situarse firmemente detrás del ejército libanés ya no es una elección política ordinaria entre muchas; se ha convertido en un deber nacional y moral que se impone a todos. Y la interrogante crece y el llamado se hace apremiante: ¿dónde están las fuerzas del cambio? ¿Dónde están los manifestantes del diecisiete de octubre? ¿Dónde están los hijos de la revolución del Cedro y todos los que creen en la soberanía y la libertad? ¿Por qué no se unen hoy en torno al grito de los suyos en el Sur? ¿Por qué no forman un frente unido frente al ocupante y al usurpador para apoyar el proyecto de construcción del Estado? Ha llegado la hora de la verdad y la elección decisiva: o avanzar hacia un Estado soberano, libre, capaz, que detente en exclusiva la decisión de guerra y paz y proteja a sus hijos, o permanecer en el torbellino del derrumbe y la destrucción, dejando a la patria rehén de los proyectos exteriores que se disputan su suelo.

El acuerdo marítimo Líbano-Israel puesto a prueba por la guerra regional

Las declaraciones israelíes que sugieren una posible revisión del acuerdo de delimitación de la frontera marítima con Líbano han reavivado las dudas sobre la solidez de este compromiso, presentado desde su firma en 2022 como un mecanismo de estabilización entre Beirut y Tel Aviv. A pesar de la devastadora guerra en la que Hezbolá arrastró al Líbano, el acuerdo sigue vigente. Sin embargo, en un contexto regional en plena transformación, marcado especialmente por la crisis energética derivada del pulso entre Irán y Estados Unidos en torno al estrecho de Ormuz, surgen interrogantes sobre su permanencia a largo plazo. Para Laury Haytayan, experta en gobernanza de hidrocarburos en Medio Oriente y directora para la región MENA del Natural Resource Governance Institute (NRGI), “las amenazas israelíes responden más a una presión política que a una estrategia real de ruptura”. Considera “poco probable que el acuerdo marítimo sea revocado”, incluso cuando el Líbano participa actualmente en negociaciones directas de paz con Israel y se prevén otras iniciativas similares entre países árabes y el Estado israelí en el marco de los Acuerdos de Abraham, con el mismo respaldo estadounidense. Una perspectiva de este tipo sería, además, “incoherente” con la apertura de negociaciones directas, sobre todo considerando que Washington desempeñó un papel decisivo en la firma del acuerdo de 2022, resultado de una mediación de dos años. Laury Haytayan recuerda que “las negociaciones comenzaron en 2020 bajo la administración Trump y continuaron durante la presidencia del demócrata Joe Biden, quien designó a Amos Hochstein como mediador”. Este último encabezó una intensa labor diplomática que culminó en octubre de 2022 con un acuerdo alcanzado bajo el gobierno israelí de Yair Lapid. Benjamin Netanyahu, entonces en la oposición, había asegurado que revertiría el acuerdo si volvía al poder. Sin embargo, tras ser reelegido pocas semanas después, en octubre-noviembre de 2022, optó por mantenerlo. Interpretaciones divergentes El acuerdo sigue siendo objeto de interpretaciones distintas sobre su equilibrio jurídico y político, tanto en Líbano como en Israel. Laury Haytayan recuerda que “Líbano contaba con sólidos argumentos jurídicos para reclamar una zona marítima más amplia, apoyándose en el derecho internacional y en los mecanismos de Naciones Unidas, según los cuales la Zona Económica Exclusiva (ZEE) libanesa está delimitada por la línea 29”. Esta línea, respaldada por varios expertos y especialmente por los negociadores militares libaneses en las conversaciones con Israel, ampliaba la ZEE reclamada por el Líbano. Parte de Ras Naqoura otorgaba al país derechos sobre una superficie adicional de 1430 km². Esta delimitación quedó registrada en 2011 en un informe de la Oficina Hidrográfica Británica, sustentada en una argumentación jurídica detallada. Sin embargo, esta reclamación nunca fue presentada oficialmente por el Estado libanés ante Naciones Unidas. Cuando el poder político, representado principalmente por el presidente del Parlamento, Nabih Berri, asumió las negociaciones en ausencia de un presidente y de un gobierno plenamente operativos en Líbano, el país terminó adoptando para su frontera marítima la línea 23, que también parte de Ras Naqoura, pero que implicó la pérdida de 860 km² y del yacimiento gasífero de Karish. Fue esta línea la que Líbano registró ante la ONU y que sirvió de base para el acuerdo de 2022. La experta recuerda que “los negociadores libaneses consideraron en aquel momento que se trataba del mejor compromiso posible”. Una explicación que sigue siendo cuestionada hasta hoy en el país. Por su parte, Israel también consideró que había realizado concesiones significativas. De esta manera, continúan coexistiendo dos interpretaciones distintas sin que exista consenso sobre el equilibrio final del acuerdo. Una posible dinámica de paz Ante la hipótesis de un acuerdo de paz entre Líbano e Israel, Laury Haytayan se inclina por una lógica de continuidad más que por una revisión del marco existente. Según ella, un eventual acuerdo de paz entre Beirut y Tel Aviv “no modificaría necesariamente el acuerdo marítimo ya firmado”, que incluso podría servir de base para futuras cooperaciones energéticas. La permanencia del acuerdo durante varios años proyecta una imagen de estabilidad, aunque parezca frágil. “Si Israel decidiera cuestionarlo, Líbano podría reactivar ciertas reclamaciones jurídicas, especialmente en torno a la línea 29, apoyándose en el derecho internacional y en Naciones Unidas”, sostiene. Laury Haytayan menciona la posibilidad de desarrollar proyectos que involucren a empresas internacionales ya activas en la región y cita particularmente el caso de la compañía italiana Eni. “Eni tiene un plan para desarrollar proyectos de explotación de gas en Chipre utilizando infraestructuras ubicadas en Egipto con el fin de reducir costos”, explica. Modelos regionales de este tipo podrían, con el tiempo, servir de inspiración para futuras cooperaciones energéticas, dependiendo de la naturaleza de los acuerdos políticos que se alcancen. No obstante, Haytayan subraya que “las dinámicas internas en Líbano siguen estando fragmentadas y que las trayectorias futuras dependerán tanto de las decisiones soberanas como de las presiones internacionales”. También recuerda que “los beneficios económicos esperados para Líbano aún no se han materializado, especialmente debido a los efectos de la guerra de 2023”, y que la cuestión energética sigue estrechamente vinculada a objetivos de desarrollo. En este contexto, insiste en la necesidad de que Líbano “defina una estrategia clara para el desarrollo de sus recursos petroleros y gasíferos, particularmente en el sur del país”, dentro de una lógica que vaya más allá de la explotación energética e incluya la estabilización y el desarrollo regional. Entre lógicas de seguridad, economía e institucionalidad Sin embargo, las prioridades de los distintos actores involucrados en este expediente difieren. Según la experta, “Estados Unidos prioriza la dimensión económica, Israel pone el acento en la seguridad, mientras que Líbano debe intentar combinar ambas”. Por ello, insiste en que “las negociaciones de paz deben ser conducidas estrictamente por el Estado libanés dentro de un marco institucional claro”. Considera indispensable que Hezbolá no participe indirectamente en las conversaciones, como ocurrió durante las discusiones que desembocaron en el acuerdo de 2022, “dadas las concesiones que aceptó respecto a Karish”. Parte de este yacimiento se encuentra dentro de la zona de 1430 km² delimitada por la línea 29, que los expertos militares reivindicaban antes de que el poder político renunciara a ella. Un sector energético aún en construcción Actualmente, Líbano alberga varias empresas internacionales comprometidas con contratos de exploración costa afuera, entre ellas TotalEnergies, QatarEnergy y Eni. Sin embargo, los resultados siguen siendo limitados y todavía no se han registrado avances significativos en materia de descubrimientos comercialmente explotables, especialmente en el bloque 9 del yacimiento de Cana, ubicado al norte de la línea 23. Laury Haytayan observa que “estos actores internacionales forman parte de estrategias globales en las que Líbano no siempre constituye una prioridad inmediata”. En este contexto, la diversificación de las alianzas energéticas aparece como un desafío central para el país. Haytayan destaca que “el principal objetivo sigue siendo atraer a las empresas estadounidenses”, una meta que las negociaciones directas en curso entre Tel Aviv y Beirut podrían facilitar. El estrecho de Ormuz Las tensiones regionales que involucran a Irán y al estrecho de Ormuz añaden una dimensión geoestratégica adicional a las dinámicas energéticas de la región. Este paso marítimo sigue siendo esencial para las exportaciones de gas de varios países, especialmente del Golfo, y cualquier interrupción podría impulsar la búsqueda de rutas alternativas. En este contexto, “algunos actores, entre ellos QatarEnergy, que ya está presente en Líbano, podrían verse obligados a ajustar sus estrategias de inversión”, señala Laury Haytayan. La experta insiste en “la necesidad de una coordinación institucional en Líbano, especialmente entre los ministerios de Energía y Economía y la Presidencia de la República, con el fin de estructurar una visión energética coherente”. Según ella, “la estrategia nacional debe aclararse para posicionar al país dentro de las dinámicas regionales”. Finalmente, Haytayan subraya que “el discurso debe ser ante todo económico”, especialmente de cara a los inversionistas internacionales, en particular los estadounidenses, en un contexto en el que la credibilidad institucional y la claridad estratégica siguen siendo factores determinantes para atraer inversiones al sector energético libanés.

Maniobras febrilmente alrededor del futuro de la periferia sur

La tensión del día, en este lunes 1 de junio, se centró esta vez en la suerte de la zona sur de los suburbios, que vivió las últimas veinticuatro horas bajo la amenaza de bombardeos israelíes inminentes. A última hora de la noche, el presidente Donald Trump anunciaba la conclusión de un acuerdo que preveía el cese de los disparos de Hezbolá contra Israel a cambio de la suspensión del bombardeo israelí de los suburbios del sur, que estaba a punto de llevarse a cabo. El jefe de la Casa Blanca hizo este anuncio en su red social Truth Social, indicando que había tenido una conversación «muy fructífera» con el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu. En una alusión al ataque que parecía inminente contra los suburbios del sur, indicó que «ninguna tropa se dirigirá a Beirut, y las fuerzas que estaban en camino dieron media vuelta». El presidente Trump indicó además que «a través de representantes de alto nivel, tuve una conversación telefónica con Hezbolá, y aceptaron dejar de disparar, en el sentido de que Israel no los ataque e Israel no sea atacado». Hacia el final de la noche, una fuente estadounidense autorizada precisó que los contactos con el Líbano sobre cesares el fuego se llevaron a cabo con el presidente Joseph Aoun. Fue en la mañana del lunes cuando la tensión subió varios puntos de manera grave, cuando el primer ministro israelí y su ministro de Defensa Israel Katz anunciaron en un comunicado conjunto que habían ordenado al ejército bombardear los suburbios del sur, específicamente los depósitos de drones y municiones, los centros de construcción de drones y los puestos de mando de Hezbolá. Poco después de la publicación de este comunicado, se registró un éxodo masivo de habitantes de los suburbios del sur, provocando un bloqueo del tráfico a la salida de la región. Para evitar que la tensión degenerara en incidentes de seguridad, el ejército procedió a bloquear mediante puestos de control fijos las entradas de Aín el-Remmané. Mientras que la aviación israelí multiplicaba durante todo el día sus ataques contra posiciones de Hezbolá en varios pueblos del sur —el ataque más mortífero devastó completamente un barrio entero en Tiro—, el gobierno llevaba a cabo contactos urgentes para evitar que el Estado hebreo ejecutara sus amenazas contra los suburbios del sur. El jefe del poder legislativo y líder del movimiento Amal, Nabih Berry, debía afirmar que Hezbolá había aceptado dejar de disparar contra Israel. Más tarde en el día, el régimen iraní reanudaba su maniobra destinada a intentar controlar el escenario libanés. Así subrayó que cualquier ataque contra los suburbios del sur repercutiría directamente en el norte de Israel, instando a los habitantes de esa región a evacuarla en caso de ataques contra los suburbios de Beirut. Por la tarde, Teherán anunciaba que suspendía las negociaciones (indirectas) e intercambios de mensajes con Estados Unidos debido a las amenazas israelíes. A lo cual el presidente Trump respondió por la noche: «Poco me importa si las negociaciones con Irán se interrumpen. Puedo esperar mucho tiempo, son ellos quienes pierden». Esta postura agresiva adoptada por Irán para evitar a toda costa bombardeos contra los suburbios del sur llevó a ciertos analistas a interrogarse sobre las razones de tal actitud y a preguntarse qué se esconde de tan importante en estos suburbios que explicaría la posición del régimen iraní al respecto… En cualquier caso, la información disponible a última hora de la noche permitía aclarar la situación de la siguiente manera: El cese de los disparos anunciado por el presidente Trump no necesariamente concierne al sur del Líbano, donde los ataques de hecho continuaron de manera intensiva hasta altas horas de la noche contra varios pueblos. El acuerdo alcanzado el lunes estipula implícitamente una ecuación según la cual el bombardeo de la periferia sur se ejecutará si Hezbolá reanuda sus ataques contra Israel (el Sr. Netanyahu indicó por la noche que había enfatizado este punto durante su conversación telefónica con el presidente Trump, aclarando al mismo tiempo que el ejército continuará sus operaciones en el Sur). Pasada la medianoche del lunes, el canal panárabe al-Hadath reportaba que Hezbolá lanzó cohetes contra el norte de Israel, en particular hacia Metula donde se activaron las sirenas de alarma. Según algunas fuentes, el jefe de la Casa Blanca intervino para suspender el bombardeo de la periferia sur a fin de no comprometer la nueva ronda de conversaciones directas entre Líbano e Israel, programadas para martes y miércoles en el Departamento de Estado, en Washington. Cabe señalar, a nivel regional, que el comando militar estadounidense indicó el lunes por la mañana que la aviación estadounidense bombardeó el sábado y domingo pasados posiciones iraníes, en particular defensas aéreas, radares y centros de lanzamiento de drones y misiles. Al mismo tiempo, el ejército estadounidense interceptó y destruyó durante el fin de semana dos misiles balísticos que habían sido lanzados por la Guardia Revolucionaria contra una base militar estadounidense en Kuwait. Pasada la medianoche del lunes, la Guardia Revolucionaria indicaba que había lanzado un misil contra «un buque perteneciente al enemigo sionista estadounidense»…

La Sombra del Guerrero
Por
Hisham Dibsi
Publicado

El realizador japonés Akira Kurosawa compuso su epopeya cinematográfica Kagemusha — La sombra del guerrero a comienzos de los años ochenta, para inmortalizar la gesta de un valiente caudillo que había desafiado a los poderes feudales del siglo XVI. Este pereció en combate, pese a que sus soldados no habían escatimado sus cuerpos para protegerlo de las flechas enemigas. No obstante, el mando tomó la decisión de disimular su muerte y encontrar un doble que prosiguiera la guerra, y la paradoja quiso que este duplicado perfecto saliera de la hez de la sociedad, un simple ladrón. A la manera de los grandes cineastas, cuyo espectáculo deslumbrante plantea preguntas y problemáticas de una profundidad inquietante, Kurosawa expone la fragilidad del edificio militar, pese a toda su masa y su violencia, pues basta con que se anuncie la muerte del jefe excepcional — aquel cuyo ojo no pestañea ante la muerte — para que el conjunto se derrumbe. Deja también al descubierto el sistema de la ilusión política que gobierna a las masas y a los soldados, y quizá incluso a los oficiales de más alto rango y a los allegados más cercanos al poder. Pero la tragedia teñida de ironía sobrevino cuando el ladrón-doble encarnó tan plenamente la piel del original que condujo al ejército de pérdida en pérdida. En la época del estreno de la película, había transcurrido un año desde la llegada del imam Jomeini a la cúspide del poder en Irán, y ese país había dejado de ser un imperio gobernado por un sha para convertirse en una república bajo la autoridad del Guía Supremo. Ahora que el realizador ha abandonado este mundo, no sabe que la muerte del segundo Guía Supremo, el imam Jamenei, fue anunciada sin dilación, ni que la dirección iraní proclamó de inmediato la designación de su hijo, el aquejado Mojtaba, como heredero del cargo. Lo que tienen en común ambas situaciones es que las razones que presidieron la elección del hijo aquejado son exactamente las que Kurosawa había tratado en su película, a saber, la importancia de la solidez y la cohesión del mando y la necesidad de garantizar su continuidad. Sin lo cual el derrumbe sería tal vez inevitable. A ello se suma el principio mismo de la wilayat al-faqih y la necesidad de que haya siempre un portador del estandarte, lo cual sirve para evitar el colapso político al tiempo que alimenta la gran ilusión que impulsa a millones de seguidores a continuar combatiendo. Salvo que el nuevo Guía está, según se dice, herido, e incapaz de dirigirse a su público por la voz y por la imagen para tranquilizar a sus devotos. En tiempos del director de La sombra del guerrero, la inteligencia artificial generativa no existía aún, que habría permitido reproducir una personalidad entera capaz de hablar y moverse, haciendo así superflua la figura del doble. Pero los partidarios del nuevo Guía necesitan verlo entre ellos, escucharlo arengarlos, estrecharle la mano, recibir sus sermones y sus directrices, en lugar de tener que vérselas únicamente con los comandantes de los Guardianes de la Revolución, quienes conducen este juego con el solo propósito de preservar la cohesión militar y la supervivencia del régimen. Y así la gente, en la espera de aquel a quien ama, se entrega sin reservas. Con Trump El presidente americano ha logrado imponer su estilo insólito en el tratamiento de los asuntos grandes y pequeños por igual, con una ecuanimidad bastante desconcertante: lanza sus ataques contra su adversario venezolano, cubano o iraní, y en el mismo impulso no olvida humillar a su anciano predecesor Biden, o amenazar a un país amigo de la talla de Francia o del sultanato de Omán. Trump se esfuerza hoy por finalizar el documento de propuestas relativo a una tregua, consolidando la parte susceptible de ser vendida tanto a la opinión interna como al exterior, y volviéndose contra cualquier cláusula de la que le sería difícil sacar provecho o que le resultaría complicado defender, si resultara menos convincente que lo que Barack Obama había conseguido una década antes. Se asiste así a un juego de ping-pong entre Washington y Teherán sobre las propuestas y las enmiendas, un juego útil para prolongar la duración de las negociaciones y abrir nuevas perspectivas a ambas partes. Tras su visita a Pekín, que lo colmó de atenciones y fastos, Trump pudo palpar los componentes del poder blando chino y medir los límites del poder duro americano. De modo que el impacto del viaje en él trasciende con mucho lo que se logró concretamente, que resulta escaso medido frente a sus ambiciones de grandes acuerdos espectaculares. Percibe ahora las consecuencias negativas de su relación con el presidente Putin, especialmente sobre los aliados europeos, así como el papel combinado que desempeñan Moscú y Pekín para impedir que el régimen iraní sea derrotado o se vea forzado a capitular fácilmente ante la voluntad de la Casa Blanca. Este apoyo militar, de seguridad e informacional conjunto ha proporcionado a la dirección iraní los medios para movilizar su capital de experiencia en el arte de las negociaciones complejas e imbricadas, como se observó el mes pasado durante la elaboración del memorando de entendimiento y la reordenación de las prioridades, donde el negociador más débil anotó puntos importantes en la portería del negociador más fuerte. El vicepresidente JD Vance fracasó en su misión y regresó a la Casa Blanca con la convicción de que el iraní no era presa fácil, pese a sus debilidades y sus cuantiosas pérdidas. En cuanto a la flexibilidad que Vance había intentado en Pakistán, no podía defenderse en el interior de los Estados Unidos. Las iniciativas sucesivas orientadas a reformular una hoja de ruta preliminar habían convencido, sin embargo, a Trump de considerarla como un nuevo punto de partida, susceptible de ser perfeccionado y ejecutado. Pero la precipitación con la que se comprometió, unida a la aparición de una oposición firme entre algunos republicanos y una mayoría de demócratas, empujó a Trump a eludir sus compromisos iniciales, a volverse también contra los mediadores, y a desencadenar una tormenta de cólera contra quienquiera que se interpusiera en el camino de sus deseos apremiantes o no respondiera con la celeridad que exige. Con Trump, es imposible fiarse ni de la validez de una posición declarada ni de su sinceridad, y es precisamente esta realidad la que ha asimilado la dirección iraní para entrar en las negociaciones con una disposición permanente a hacer frente a los giros, en cualquier momento y por cualquier motivo. Los comandantes de los Guardianes de la Revolución han reservado para sí el uso de lo que les queda como armamento para provocaciones militares frente a las flotas americanas, provocaciones calibradas para no causar daños reales, aunque les permiten reclamar una actitud de valentía, mientras que las represalias serias contra los países del Golfo, para infligir perjuicios verdaderos, se ejercen sin la menor vacilación. Lo cual revela la indigencia del poder militar iraní, y más aún la ilusión política que lo acompaña, en el momento en que el blanco americano es sustituido por el blanco del Golfo. En esta postura iraní se transparentan la bajeza y la cobardía de los Guardianes de la Revolución, y en modo alguno el valor de ese combatiente que parecería salido de la tradición de los samuráis. El horizonte permanece, no obstante, abierto para la elaboración de un nuevo memorando que podría abrir camino a un acuerdo aceptable, con la certeza de que el próximo fracaso no llevará a Trump a retomar la guerra, algo de lo que los Guardianes de la Revolución pretenden sacar partido el mayor tiempo posible, ya que se preocupan poco por las pérdidas y su único deseo genuino es garantizar la perennidad del régimen y prevenir su colapso. ¿Quién es el vencedor? La narración de cada bando pretende demostrar su propia victoria según criterios distintos y cuidadosamente ajustados, forjando nuevas definiciones para palabras desgastadas: tregua, alto el fuego, resistencia, logro, supervivencia, pérdidas, maniobra. Y si el fuerte no consigue alcanzar los objetivos por los que hizo la guerra, el débil ve en ese fracaso una victoria propia, de suerte que la resistencia en el estrecho se convierte en compensación de todas las pérdidas, aun cuando haya otorgado concesiones sustanciales que realizan de hecho uno de los objetivos de guerra del poderoso. Eso es lo que hemos presenciado durante las dos últimas semanas entre Washington y Teherán, y es susceptible de prolongarse bajo formas variadas con nuevas justificaciones, hasta que la escena quede reducida a un único elemento: el control de los Guardianes de la Revolución sobre el estrecho. El factor de poder determinante reside aquí en la posición americana y en una conducta militar que se abstiene de la aventura de abrir el estrecho por la fuerza, por razones ligadas al cálculo del Pentágono antes que a cualquier otra consideración. Eso es precisamente lo que proporciona al relato iraní los argumentos de su pretensión al poder, y no los drones o los misiles que aún le quedan. La dirección iraní ha aprovechado además la convergencia de los intereses chino-rusos para apoyar la supervivencia de un régimen que les conviene en el eje euroasiático: Moscú cosecha lo que las turbulencias de Oriente Medio le reportan, mientras que Pekín puede permitirse esperar un poco ante sus propias pérdidas, en la medida en que el mantenimiento del régimen le importa más en el corazón de Asia Central. En cuanto al tercer factor de poder del que se beneficia Irán, reside en la estrategia racional y reflexiva de los estados del Golfo árabe. Estos han practicado una política de defensa activa y movilizado su peso político, tanto en el plano regional como internacional, para producir una solución diplomática global frente a la crisis internacional y regional más peligrosa de nuestro tiempo. Cabe decir, pues, con toda sencillez, que los factores de poder de los que se aprovechan los comandantes de los Guardianes de la Revolución no les pertenecen ni son de su fabricación, así como cabe decir que la estrategia de Washington y el modo de gobierno del presidente Trump no han aportado todavía lo que permitiría acreditar la narración de la anhelada victoria americana. Del mismo modo, la estrategia de Israel, que hace flotar sus políticas sobre un mar de sangre en la región, particularmente en Palestina y en el Líbano, no ha producido sino masacres, destrucción y exterminio. Y ahí está Netanyahu con sus generales, en el colmo de su rabia contra Trump, soltando todo lo que el ejército israelí posee en potencia destructiva para arrancar una victoria, en Gaza, en Cisjordania, en el Líbano. Por ello cabe afirmar con calma y convicción, a la luz de una observación política concreta del curso de las negociaciones, que la estrategia de los estados del Consejo de Cooperación del Golfo y su convergencia con las estrategias de Egipto, Turquía y Pakistán, así como su capacidad común para interactuar directa y eficazmente con las estrategias internacionales americana, china, rusa y europea, han demostrado su aptitud para producir una mediación eficaz que ha abierto un nuevo curso de los acontecimimientos y un horizonte pacífico hacia una solución. Han logrado asimismo reducir la escalada, contener la locura y el extremismo iraní, e inflejar el curso de las políticas en el preciso momento en que el triángulo del extremismo, americano-israelí-iraní, había alcanzado los confines de la violencia más hostil a la naturaleza humana. Al releer la escena desde el momento del primero y luego del segundo ataque americano-israelí, y al medir las catástrofes que esta guerra ha infligido a la humanidad, comenzando por los pueblos iraní, árabes y musulmanes, se comprende que la búsqueda frenética de la victoria no se hallará del lado del triángulo del extremismo asesino, sino del lado de quienes enarbolaron el estandarte de la oposición a la guerra, soportaron la perfidia iraní, la impulsividad americana y la demencia israelí, y perseveraron sin descanso en su esfuerzo por producir una solución política y diplomática por la vía de la moderación y la firmeza en los principios.