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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Oye, Irán, ¿a mí qué me importa?
Por
Youssef Mouawad
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La pregunta, formulada en estos términos, llega algo tarde; sin embargo, tiene el mérito de plantearse de manera explícita. ¿En virtud de qué norma jurídica o de qué convenio internacional se inmiscuye Irán en los asuntos libaneses? ¡Y con total impunidad desde hace más de cuarenta años! Aprovechando el colapso del Estado, la injerencia se ha materializado en forma de apoyo militar, político y financiero al Hezbolá, llegando incluso a involucrar a nuestro país en conflictos y enfrentamientos que no figuraban en la agenda de su gobierno legítimo. ¿Cómo rozar el incidente diplomático sin caer en él? Y eso que el embajador de los mulás ni siquiera goza del «persona grata», locución adjetival que certifica que ha sido acreditado ante la potencia ante la cual fue designado y que se supone debe aceptarlo. Por supuesto, Teherán no iba a esperar a que Mohammad Reza Shibani presentara sus cartas credenciales para pisotear nuestro jardín, vulnerar nuestra cuota de soberanía y, mucho menos, para iniciar o interrumpir las hostilidades con Israel. Sin ningún reparo, los Pasdarán actuarían como si estuvieran en su propia casa y, como toda reacción, nuestros funcionarios, cuando no estaban confabulados con ellos, se limitarían a apartar pudorosamente la mirada, como si quisieran no ver la evidencia. Se suponía que esta situación continuaría indefinidamente, cargándole el muerto al Líbano. Pero no se contaba con el giro del jefe de Estado, quien recientemente quiso marcar la diferencia entre la ayuda prestada por la República Islámica y la injerencia que esta se permite en nuestros asuntos internos. Tal intromisión, que constituye un grave atentado contra la soberanía de un país, solo podría concebirse en la época de las «tutelas extranjeras a las que está prohibido regresar». Sin embargo, el respiro que ha traído consigo este giro corre el riesgo de ser efímero, pues para Abbas Araghchi, ministro iraní de Asuntos Exteriores, el expediente libanés no puede disociarse del expediente iraní. Solidarizándose supuestamente con nuestro país y exigiendo la retirada israelí del sur del Líbano para alcanzar la paz conforme al acuerdo de Islamabad, Teherán nos implica más que nunca en su juego político y en las negociaciones sobre el futuro del Golfo Pérsico. ¡Nuestro destino se decidiría, pues, en Islamabad y no en Washington! El rechazo que el partido de Dios opuso al acuerdo de alto el fuego del pasado 3 de junio (1) solo se explicaría, según el presidente del Consejo Nawaf Salam, por la voluntad de Teherán de recordar que semejante decisión le corresponde a él: como capital iraní, no puede quedar excluida de las negociaciones. Irán, según uno de sus altos funcionarios, ha realizado demasiados sacrificios en el escenario de Oriente Medio como para que un alto el fuego se haya negociado entre el Líbano e Israel sin su consentimiento. Por otro lado, ¿qué se sabía del memorando de entendimiento elaborado en Islamabad, cuyas distintas versiones estaban hasta ahora plagadas de inexactitudes y omisiones? Y ahora que ha sido firmado electrónicamente en su forma definitiva, ¿quién apostaría por su aplicación o su «durabilidad»? (2) ¿Ha dicho usted injerencia? Ante los plazos que se acumulan, Teherán ha buscado no obstante retomar el contacto con Baabda por mediación de Abbas Araghchi. El mismo ministro que recientemente se mofó de las declaraciones del presidente Joseph Aoun preguntándose: ¿es la República Islámica o el Estado hebreo quien ocupa una quinta parte del territorio libanés? Pero al decir esto, el jefe de la diplomacia cayó en su propia trampa, y bien se le podría replicar que es su propio país quien ocupa del «Líbano útil» una porción considerablemente mayor que la ocupada por Israel (3). Y eso sin hablar del control que ejerce el wilayat al-faqih sobre los engranajes del Estado profundo que nos gobierna. Todo esto, por supuesto, a través de su brazo ejecutor, Hezbolá. ¿Acaso no estaba este último facultado, bajo la tutela de los Guardianes de la Revolución, para arrastrar al Líbano hacia conflictos devastadores y provocar evacuaciones masivas? (1) Las negociaciones libano-israelíes se reanudarán el 23 de junio. (2) Sina Toossi, «Even if Iran benefits from this deal with Washington, any peace is likely to be temporary», The Guardian, 16 de junio de 2026. (3) El «Líbano útil», una expresión peyorativa y demoledora, aunque bien es cierto que también se habló de la «Siria útil».

Un nuevo escalada en el Líbano del Sur con dimensión político-militar

La nueva escalada de violencia entre Hezbolá y el ejército israelí desplegado en el sur del Líbano, junto con el aplazamiento simultáneo de las conversaciones entre Estados Unidos e Irán que debían celebrarse hoy, viernes, en Suiza, confirman los temores generados por la fórmula del memorando de entendimiento alcanzado entre Teherán y Washington, considerada favorable a la República Islámica. Estos temores tienen que ver con el riesgo de que el Líbano quede reducido al papel de simple intermediario en el marco de las próximas negociaciones, que todos saben serán largas y arduas, e incluso plagadas de obstáculos. La escalada plantea, sobre todo, la pregunta de qué estrategia persiguen los iraníes. Una interrogante legítima si se tiene en cuenta que el estallido de violencia del viernes fue desencadenado por un ataque mortífero de Hezbolá, el brazo militar de Irán en el Líbano, contra una posición israelí en la noche del jueves al viernes. El enfrentamiento se prolongó casi todo el día y concluyó gracias a un enésimo alto el fuego entre ambos enemigos, bajo presión de Washington, pero con una nota política iraní de gran significado. Pues apenas anunciado el alto el fuego, el Ministerio de Asuntos Exteriores iraní informó de contactos llevados a cabo por los mediadores para celebrar, «en los próximos días», una primera sesión dedicada a las conversaciones, dejando entrever que la República Islámica no tiene prisa por iniciarlas. «Dado que el acuerdo con Washington fue firmado electrónicamente, la reunión en Suiza ya no es urgente», señala el comunicado del Ministerio de Asuntos Exteriores iraní, que anuncia la agenda de las discusiones: las cláusulas 1, 4, 5, 10 y 11 del acuerdo marco. Se trata de asuntos que interesan directamente a Teherán, ya que se refieren a la tregua en todos los frentes —incluido el Líbano—, al levantamiento del bloqueo naval estadounidense, a la gestión de la navegación en el estrecho de Ormuz, al levantamiento de las sanciones americanas impuestas a Teherán y al desbloqueo de los activos iraníes congelados. Washington, por su parte, no ha dado ninguna indicación concreta sobre el contenido de las próximas conversaciones, lo que hace temer que el proceso de negociación se desarrolle en medio de los combates en el Líbano, en función de los intereses de la República Islámica, que mantiene en su poder la carta libanesa como palanca de presión. Al mismo tiempo, los responsables iraníes insistían en la necesidad de preservar los intereses nacionales de la República Islámica en las futuras conversaciones con Washington. Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento y negociador jefe con los estadounidenses, afirmó que Irán se mantendría fiel a sus «líneas rojas» en las próximas negociaciones sobre el programa nuclear, y advirtió que Teherán estaba dispuesto a responder con firmeza ante cualquier intento de presión excesiva por parte de Estados Unidos. Esta sucesión de elementos confiere a la escalada del viernes una dimensión política que trasciende el marco libanés y que, por tanto, hace temer episodios similares en el transcurso de los próximos 60 días. Cuarenta y siete muertos en pocas horas Los ataques israelíes en el sur del país y en la región de Baalbek causaron al menos 47 muertos y 97 heridos, según las cifras oficiales. El ataque nocturno con dron de Hezbolá contra una posición israelí en las cercanías de Nabatiyé dejó cuatro militares israelíes muertos, entre ellos un oficial. El ejército israelí respondió golpeando «150 posiciones de Hezbolá en el sur del Líbano y en el Valle de la Becá», confirmaron las autoridades militares y políticas del Estado hebreo. La intensidad de los bombardeos provocó un éxodo masivo del sur del Líbano, mientras los ministros israelíes de extrema derecha multiplicaban las amenazas contra el Líbano y los combatientes de Hezbolá atacaban a su vez posiciones israelíes. Washington actuó con rapidez para evitar que el intercambio de disparos degenerara en un conflicto mayor. Se esperaba que un alto el fuego entrara en vigor poco después de las 16h. Hezbolá indicó que lo acataría siempre y cuando Israel hiciera lo mismo. Por su parte, el Estado hebreo reafirmó su compromiso con la tregua, a condición de que la organización proiraní se abstuviera de violarla. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, tenía previsto ponerse en contacto con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, quien volvió a endurecer su discurso el viernes. El líder israelí dejó claro que su ejército permanecerá en el sur del Líbano «el tiempo que sea necesario» y se comprometió a continuar sus acciones para garantizar la seguridad del norte de Israel. El señor Rubio también tenía programada una llamada telefónica con el presidente libanés, Joseph Aoun. Poco antes, un portavoz del ejército israelí precisó en una rueda de prensa que Tel Aviv continuaría sus operaciones en las zonas que ocupa en el sur del Líbano «con el fin de destruir las infraestructuras militares de Hezbolá y neutralizar cualquier amenaza contra su territorio, mientras no reciba nuevas directrices». «Los acontecimientos recientes han demostrado algo: los soldados del ejército israelí deben interponerse entre Hezbolá y los civiles israelíes», afirmó. Explicó, entre otras cosas, que la organización proiraní ha construido un extenso cuartel general militar subterráneo en la zona del castillo de Beaufort, y que sus ataques incesantes contra las fuerzas israelíes tienen como objetivo «impedir que estas destruyan dichas instalaciones». Acusaciones que la organización proiraní rechazó de plano. Su líder, Naïm Qassem, tenía previsto reafirmar a primera hora de la tarde la legitimidad de las «operaciones de resistencia contra el ejército israelí de ocupación» y acusar a Israel de no haber respetado jamás los compromisos asumidos en el marco de un primer acuerdo de alto el fuego, en noviembre de 2024. Según él, el Líbano «atraviesa uno de los períodos más peligrosos de su historia, a causa de la conspiración israelo-estadounidense ante la que no podemos ceder». «Un ataque contra la tregua» Ante este nuevo estallido de violencia, el presidente Joseph Aoun denunció una «escalada peligrosa e inaceptable», considerando que los ataques israelíes «comprometían directamente los esfuerzos diplomáticos emprendidos en los últimos días, así como los esfuerzos en curso para consolidar el alto el fuego y poner fin a la guerra». Para Beirut, el momento elegido para esta escalada resulta especialmente preocupante. Se produce pocos días antes de la reanudación de las conversaciones de paz directas con Israel, previstas para el 23 de junio en Washington y rechazadas por Hezbolá.

¿Un protocolo de entendimiento o una guerra en pausa?

Mientras Irán se encuentra prácticamente en ruinas, el memorándum de entendimiento firmado entre Washington y Teherán el pasado 17 de junio deja soplar un viento de incertidumbre sobre Oriente Medio. Mientras el régimen iraní siga en pie y sus grupos proxy regionales sobrevivan, aunque debilitados, la dinámica previsible no diferirá en absoluto de la que ha predominado en la región desde la revolución islámica de 1979 en Teherán. Irán seguiría recurriendo a una combinación de ideología y pragmatismo para garantizar primero su supervivencia y luego reafirmarse a nivel regional, manteniendo al mismo tiempo las tensiones. La operación «Epic Fury» es, sin duda, una obra maestra en su ejecución táctica, pero hasta ahora sin un beneficio estratégico claro, mientras Irán intenta demostrar mediante falsa propaganda, manipulación mediática y piratería de Estado que es el gran «ganador». El analista geopolítico George Friedman describe la situación actual como una «paradoja del poder en Oriente Medio»; es decir, un mundo en el que Estados Unidos e Israel han alcanzado un nivel de dominio militar convencional sin precedentes desde principios de siglo, aunque sin lograr plenamente todos sus objetivos estratégicos. Conviene recordar constantemente, frente a la propaganda iraní, que la magnitud de la destrucción infligida a Irán durante 40 días es colosal. Estados Unidos e Israel llevaron a cabo aproximadamente 18 500 salidas aéreas y golpearon 130 000 objetivos iraníes con una notable precisión quirúrgica, según Foreign Affairs, destruyendo el 85 % de las instalaciones de producción de misiles y drones y eliminando el 70 % de las infraestructuras de lanzamiento de misiles. Por otro lado, el ataque inicial de decapitación, que eliminó a cerca de 40 de los más altos dirigentes políticos y militares iraníes, incluido el propio Ali Jamenei, permitió que estos fueran reemplazados por una nueva generación de oficiales del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), más pragmáticos y menos ideologizados, quienes reaccionaron con rapidez para evitar el colapso del régimen. Un memorándum de entendimiento frágil El memorándum de entendimiento firmado el 17 de junio por Donald Trump y Massoud Pezechkian se parece menos a un tratado de paz que a una fase marcada por una tregua. Los factores que lo impulsaron tienen un origen político interno, propio de cada uno de los tres beligerantes, más que relacionado con la situación militar. En efecto, las tensiones internas en Estados Unidos se han convertido, como ocurrió en cada guerra desde 1917, en una prioridad frente a los desafíos geopolíticos. El presidente Donald Trump está bajo presión desde todos los frentes, en particular por parte de un ala de su propio partido, hastiada de la guerra, que considera el conflicto como un incumplimiento de sus promesas electorales, aunque las bajas estadounidenses en vidas humanas sean mínimas. Sus opositores en las filas de ambos partidos explotan las consecuencias económicas del cierre del estrecho de Ormuz como arma contra su administración. Por último, el partido demócrata no escatima esfuerzos para desacreditarlo, haga lo que haga. Por otra parte, existe una divergencia creciente entre Washington y Jerusalén: mientras Estados Unidos considera el cese de las hostilidades como una pausa necesaria para reponer ciertos componentes de su arsenal que han alcanzado niveles muy bajos y para hacer frente al disparado precio del petróleo, Israel permanece en una postura existencial. Por su parte, el primer ministro Benjamin Netanyahu se enfrenta a una tormenta política y a presiones iniciadas, en su flanco derecho, por los ultraortodoxos a causa del reclutamiento militar. Estos ultraortodoxos organizan sentadas frente a las prisiones donde están detenidos quienes se niegan a incorporarse a los cuarteles. Por su izquierda, se enfrenta a quienes exigen su salida inmediata, a golpe de manifestaciones y cierres de carreteras. Y por si fuera poco, queda atrapado entre disgustar a Trump y continuar la guerra con intensidad en el Líbano, o disgustar a su aparato de seguridad, decidido a obtener una «victoria total» que incluya el desmantelamiento completo de Hezbolá y el fin definitivo del programa nuclear iraní. Por su parte, en Irán la nueva generación de los CGRI se enfrenta desde el verano de 2025 a una crisis económica sin precedentes, agravada en gran medida por la guerra, y se encuentra dramáticamente sin los recursos necesarios para gestionarla. Una parte de los nuevos dirigentes iraníes teme el colapso del régimen si la guerra continúa, mientras que la otra quiere seguir utilizando el estrecho de Ormuz y explotarlo como palanca de presión constante sobre la economía mundial. Washington, Teherán y Jerusalén se encuentran, pues, demasiado absorbidos por sus desafíos internos y menos pendientes de las consideraciones geoestratégicas. Al final, aceptaron el memorando de entendimiento, cuyas cláusulas pueden interpretarse «a la carta» según los deseos de cada parte, percibiéndolo como una pausa necesaria. La reconstitución de los arsenales El arsenal pesado iraní está prácticamente destruido. A Teherán solo le quedan medios asimétricos modestos, pero suficientes para bloquear el estrecho de Ormuz y hostigar a los países del Golfo: en concreto, una decena de minisubmarinos Ghadir, miles de drones Shahed 136, centenares de embarcaciones rápidas de pequeño tamaño y minas marítimas. Por su parte, la operación «Epic Fury» puso de manifiesto una «tasa de consumo» (burn rate) de munición enorme. En pocas semanas, la US Navy disparó más de 1.000 misiles de crucero Tomahawk, cuando la capacidad de producción anual actual de Estados Unidos es de 90 a 100 unidades, sabiendo que el presupuesto militar estadounidense de 2027 contempla la compra de 950 misiles de este tipo y de una generación más avanzada, lo que implica la financiación de la cadena de producción para acelerar su fabricación. Además, el ejército estadounidense utilizó el 53 % de sus interceptores antimisiles THAAD —únicos en el mundo— de los que disponía antes de la guerra, y el 46 % de sus misiles Patriot para hacer frente a enjambres de misiles y drones iraníes de bajo coste. Dicho esto, el Departamento de Defensa estadounidense está llevando a cabo un programa de desarrollo de armas antidrones y antimisiles asequibles y de mayor eficacia, con el fin de preservar las municiones sofisticadas y costosas. El Pentágono era consciente de que estaba ganando la guerra en el aire, pero perdiendo en el balance contable. En definitiva, una pausa para reponer las existencias resultó necesaria tanto para Washington como para Teherán. ¿Una nueva doctrina estadounidense para la región? Un análisis publicado en el último número de Foreign Affairs propone una reformulación fundamental del poder estadounidense a raíz de esta guerra de 40 días. Estados Unidos aprovecharía la tregua generada por el memorando de entendimiento para reorganizarse en la región, de la que ya no puede permitirse ser el único garante de seguridad, dado que los países árabes han demostrado una voluntad inquebrantable de defenderse frente a los ataques iraníes. Algunos de estos países, entre ellos Qatar y Arabia Saudí, activaron los canales diplomáticos de manera simultánea. El desarrollo de un acceso militar estadounidense hacia el Golfo Pérsico desde el oeste —concretamente desde Israel, Jordania y el oeste de Arabia Saudí—, denominado «Western Access Network» o «red de acceso occidental», se puso en marcha durante la fase de preparación de la guerra de los 40 días, ya que las dieciséis bases estadounidenses en torno al Golfo Pérsico (Kuwait, Baréin, Qatar, EAU) eran vulnerables a los drones iraníes. Las fuerzas estadounidenses las habían evacuado en previsión del conflicto. El mismo análisis de Foreign Affairs también sugiere una «coproducción» de municiones con los aliados de la región (ya iniciada), en particular Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, lo que transforma el papel de Washington de garante de la seguridad en integrador de seguridad. Sin embargo, esto requiere una mayor solidaridad entre los países árabes y una activación de los Acuerdos de Abraham. Según el autor del artículo, se trata de una doctrina de necesidad, no de elección. Es un reconocimiento de que la era de las soluciones militares unipolares ha llegado a su fin. Para afrontar la próxima década, Estados Unidos debe facilitar una arquitectura de seguridad regional que incluya a Turquía, Arabia Saudita y Egipto, al mismo tiempo que intenta resolver el «no tema» del Estado palestino, un nudo gordiano que ha desafiado a cada administración estadounidense durante los últimos setenta y cinco años. Memorando de entendimiento… ¿y el Líbano? Las negociaciones israelí-libanesas en Washington parecen quedar eclipsadas por el memorando de entendimiento. En ellas se había propuesto un modelo de «zonas piloto» cuyo objetivo era poner a prueba la capacidad del Estado libanés para reafirmarse y dotar al ejército libanés de los medios necesarios para asegurar dichas zonas e impedir el regreso de Hezbolá. ¿Continuarán estas negociaciones ante el rechazo de Hezbolá y Nabih Berri a dichas zonas piloto y su voluntad de remitirse a Mohammed Bagher Ghalibaf? La «Línea Amarilla» y la demolición de viviendas que impiden el regreso de los residentes ha convertido de hecho el sur del Líbano en un no man's land permanente. Esto le da a Hezbolá el margen para elevar el tono, reivindicar de nuevo la retórica de resistencia y negarse a entregar sus armas al Estado libanés. A todo esto se suma la doctrina de autodefensa de Israel, que autoriza a sus fuerzas a disparar contra cualquier «fuente de sospecha», lo que implica que el riesgo de colapso del alto el fuego en el Líbano es elevado. Este alto el fuego del 17 de junio de 2026 corre el riesgo de correr la misma suerte que los de 1993, 1996, 2006 y 2024. Una sola esperanza frente a esta situación: el resurgimiento del Estado libanés, que se hace esperar desde el nuevo mandato presidencial. ¿Quizás algún día?

De Ucrania a Irán: ¿Las armas nucleares como único seguro?

El arma nuclear ya no es un simple instrumento militar. Se ha convertido en el símbolo de una interrogante más profunda, la de la seguridad de los Estados en un mundo donde la eficacia de las garantías internacionales no deja de erosionarse. La guerra en Ucrania, la tensión persistente en torno a Irán y la supervivencia de Corea del Norte pese a su aislamiento traen de vuelta la misma pregunta: ¿cómo pueden protegerse los Estados en un orden internacional cada vez más inestable? Ucrania, o la lección de renunciar a la disuasión Ucrania representa el caso más debatido. Tras renunciar a su arsenal nuclear a cambio de garantías de seguridad internacionales, se encontró frente a la invasión rusa. Desde entonces, la pregunta resurge con aún más fuerza: ¿bastan las garantías políticas por sí solas para proteger a los Estados frente a las grandes amenazas? Corea del Norte, la fuerza de la disuasión más allá del aislamiento Corea del Norte, en cambio, ofrece un modelo opuesto. Pese a las sanciones y al aislamiento económico que pesan sobre ella, la posesión del arma nuclear ha hecho prohibitivo el costo de cualquier ataque en su contra. La disuasión nuclear se ha convertido así en garantía de supervivencia tanto para el régimen como para el Estado, sea cual sea el precio económico y político. Irán en busca de un paraguas disuasorio Irán, por su parte, se sitúa entre los dos modelos. No ha declarado poseer el arma nuclear, pero busca reforzar su posición disuasoria en un entorno regional turbulento. Desde su perspectiva, el programa nuclear forma parte de una estrategia destinada a impedir cualquier intento de imponer un cambio por la fuerza o de amenazar su seguridad nacional. Una disuasión que ya no se limita a lo nuclear Los desarrollos recientes muestran, sin embargo, que la disuasión ya no se reduce al arma atómica. Irán cuenta con una carta estratégica gracias a su capacidad de influir en el flujo de la energía mundial a través del estrecho de Ormuz. Corea del Norte, por su parte, ha logrado convertir sus capacidades militares en beneficios económicos y tecnológicos provenientes de Rusia. Ucrania, a su vez, ha conseguido desarrollar tecnologías avanzadas en drones y guerra electrónica, tecnologías que ya empiezan a despertar el interés de otros países. Oriente Medio en una encrucijada En Oriente Medio, esta realidad plantea preguntas difíciles sobre el futuro de la seguridad regional. ¿Puede la región seguir apoyándose en alianzas internacionales cambiantes, o se encamina más bien hacia el fortalecimiento de sus propias capacidades de disuasión, en formas tanto nucleares como no nucleares? Líbano: cuando el ser humano se convierte en fuente de disuasión En el centro de este debate sobre los instrumentos del poder y la disuasión, el Líbano se distingue como un caso aparte. Su verdadera riqueza nunca residió en la posesión del arma nuclear, ni en el control de corredores estratégicos, ni en el desarrollo de arsenales militares sofisticados, sino en la posesión de otra forma de poder: la del ser humano. Los valores de la convivencia, la capacidad de solidaridad en la adversidad, así como la energía creativa que los libaneses han llevado por el mundo en la economía, la cultura, la medicina, la educación y las artes, han constituido siempre un capital estratégico que confiere al Líbano una presencia muy superior a su tamaño geográfico y demográfico. Este poder blando, aunque parezca menos estruendoso que los misiles y las flotas, sigue siendo uno de los elementos más esenciales para la supervivencia del Líbano y para su papel en una región que necesita, más que nunca, modelos de convivencia y apertura, en lugar de división y conflicto. La pregunta abierta Tal vez la pregunta esencial no sea si el arma nuclear constituye la única póliza de seguro de los Estados, sino si el mundo está entrando en una era en la que se multiplican las formas de disuasión, mientras la confianza en la capacidad del derecho internacional por sí solo para garantizar la seguridad y la estabilidad retrocede poco a poco.

Las derrotas acumuladas no hacen una victoria

En el corazón de las grandes transformaciones que atraviesa la región, el frente libanés parece ser el único que todavía espera que se dibuje con claridad la imagen final de lo que ocurre entre Estados Unidos e Irán. El acuerdo que puso fin a la maquinaria de guerra y redibujó las líneas del enfrentamiento regional aún no ha revelado todas sus repercusiones en el Líbano, mientras los libaneses esperan lo que los próximos días mostrarán sobre el rumbo que tomarán las fuerzas vinculadas al proyecto iraní, después de largos años de apuestas arriesgadas, guerras y aventuras. Ciertamente, el alto al fuego representa un logro para todos los libaneses, después de que el país pagara un precio exorbitante en vidas humanas, recursos económicos, infraestructura y cohesión social. Pero esta evolución no puede hacer retroceder las manecillas del reloj ni borrar los resultados catastróficos provocados por la guerra. Cada bando intenta hoy presentarse como vencedor; sin embargo, la pregunta que importa a los libaneses no es quién ganó o perdió, sino qué ganó el Estado libanés y cuáles son los logros que fortalecen la legitimidad, las instituciones y la soberanía nacional. La guerra fue, en esencia, una confrontación entre Estados Unidos e Israel por un lado, e Irán y sus brazos militares en la región por el otro. El Estado libanés, en cambio, no fue socio en la decisión de entrar en guerra ni en la de salir de ella; no tuvo ningún papel en la definición de los objetivos del enfrentamiento ni en la conducción de su desarrollo. Y aun así, asumirá la totalidad de sus consecuencias, en términos políticos, de seguridad, económicos, financieros y urbanos. Desde el punto de vista jurídico y constitucional, ninguna guerra, ningún acuerdo ni ningún arreglo regional pueden modificar ni en lo más mínimo las decisiones emanadas de las instituciones constitucionales libanesas. La guerra comenzó por decisión iraní y terminó, en la práctica, por decisión iraní. Hezbolá nunca ocultó su vínculo doctrinal, político, militar y financiero con Teherán, al igual que sus dirigentes nunca ocultaron su subordinación a las decisiones del liderazgo iraní. Las declaraciones repetidas de los responsables iraníes no hacen más que confirmar la naturaleza de esta relación, que trasciende el apoyo político para alcanzar el nivel de una integración orgánica con el proyecto iraní en la región. Pero cualesquiera que sean las evoluciones del escenario regional, permanece una realidad fundamental que no puede ignorarse: los acontecimientos militares y políticos no pueden anular las decisiones del Gobierno libanés. Una decisión gubernamental solo puede ser revocada por otra decisión gubernamental; una legitimidad no sustituye a otra legitimidad; el Estado no desaparece en beneficio de una organización, un partido o una milicia, sin importar el alcance de su influencia. Desde esta perspectiva, la posición oficial libanesa sigue siendo completamente clara: toda arma que no esté sometida a la autoridad del Estado y de sus fuerzas militares y de seguridad legítimas es un arma ilegal, y cualquier intento de otorgarle un estatus legal sigue contradiciendo el concepto mismo de Estado, su soberanía y las disposiciones de la Constitución y las leyes vigentes. Y aunque Irán haya contribuido, directa o indirectamente, a alcanzar el alto al fuego, lo hizo en función de sus propios intereses y de su propia estrategia, no por preocupación por el interés libanés. Los Estados actúan según sus cálculos, e Irán no es una excepción. El interés libanés, en cambio, solo puede ser definido por los propios libaneses, a través de sus instituciones constitucionales legítimas. También hay que recordar que el único representante de Líbano en cualquier negociación relacionada con su futuro, su soberanía y sus fronteras es el Estado libanés. Negociar en nombre de los intereses iraníes o defenderlos es un asunto que corresponde a Teherán. El presidente de la República ha afirmado en repetidas ocasiones que el Estado es la única referencia para gestionar los grandes asuntos nacionales y que los libaneses, todos los libaneses, son hijos del Estado libanés y no de ningún proyecto externo ni de ningún eje regional. La era de los mandatos políticos y militares ha quedado atrás, y las ilusiones de tutelas que intentaron controlar la decisión libanesa durante largas décadas se han derrumbado. Lo que vive hoy la región, este reajuste de los equilibrios, confirma que son los Estados los que perduran, mientras que los proyectos que trascienden las fronteras retroceden, por poderosos que hayan parecido en algún momento. Antes de que algunos se apresuren a proclamar la victoria, es necesario detenerse en los hechos, no en los eslóganes. Los datos que circulan sobre el acuerdo entre Estados Unidos e Irán no sugieren un triunfo del eje iraní; más bien indican un importante retroceso estratégico que podría tener repercusiones directas sobre Hezbolá y sobre todos los brazos vinculados a Teherán. Si estos datos se confirman, Irán habría sido obligado a abandonar uno de los objetivos más destacados de su proyecto estratégico: la capacidad de producir un arma nuclear o acercarse a ese umbral, al aceptar severas restricciones sobre sus operaciones de enriquecimiento de uranio. También habría renunciado a utilizar el estrecho de Ormuz como una herramienta permanente de presión sobre la comunidad internacional, permitiendo que la navegación retome su curso habitual sin obtener las ganancias políticas y financieras que durante mucho tiempo esperaba alcanzar. Sin embargo, la pérdida más sensible reside en el endurecimiento de las restricciones financieras en el financiamiento de sus brazos militares en la región. Porque el problema fundamental para estas organizaciones no radica en el discurso político o mediático, sino en su capacidad para mantener las fuentes de financiamiento, armamento y reclutamiento que durante décadas constituyeron el motor esencial de su poder. En el caso libanés en particular, el panorama parece aún más severo. La guerra no produjo una nueva liberación territorial ni modificó las relaciones de fuerza; dejó tras de sí pueblos destruidos, decenas de miles de desplazados, enormes pérdidas humanas y materiales, así como un agotamiento sin precedentes de la estructura militar y logística de Hezbolá. Cualquier lectura objetiva de los resultados hace difícil hablar de victoria, especialmente porque las realidades del terreno, la economía y el tejido social señalan, antes que a cualquier otro, al entorno que sostiene al partido como el primero en haber pagado este precio exorbitante. El panorama se parece más a un intento de disfrazar la derrota como victoria y a una búsqueda de salidas que permitan salvar las apariencias después de años de apuestas que terminaron reduciendo la influencia iraní en varios frentes, en lugar de ampliarla como se había anunciado y promovido. La pregunta más importante sigue abierta: ¿cuál es el lugar de Líbano en todas estas transformaciones? ¿Cuál es su posición en este Nuevo Medio Oriente que se está formando? ¿Cuáles serán sus vínculos con los países del Golfo árabe? ¿Cómo construirá sus alianzas con Turquía, los países árabes y la comunidad internacional? ¿Volverá a ser un Estado normal, aprovechando su ubicación geográfica, su apertura y las energías de su pueblo, o permanecerá como rehén de los proyectos de otros y de sus conflictos? El futuro de Líbano comienza el día en que la decisión de guerra y paz sea una decisión puramente libanesa, cuando el Estado haya recuperado toda su autoridad sobre su territorio y sus instituciones, y cuando todos comprendan que la legitimidad es indivisible, que solo el Estado está llamado a perdurar y que las milicias, por mucho tiempo que persistan, están destinadas a desaparecer.

Fuera de Beirut… ¿pero hacia dónde?
Por
Rabih Dandachli
Publicado

En un país que atraviesa un colapso económico sin precedentes, una crisis financiera persistente y una infraestructura en deterioro progresivo, la resurrección del aeropuerto de Kleyaat, en el norte del Líbano, parece un proyecto que lleva consigo tantas ambiciones como interrogantes. Pero más allá del entusiasmo político y mediático que ha acompañado esta iniciativa, se impone una pregunta más fundamental: ¿representa realmente Kleyaat la opción más viable para el Líbano, o acaso el verdadero debate sobre un segundo aeropuerto en el país todavía no ha comenzado? No se trata aquí de oponerse al proyecto como tal. Contar con un segundo aeropuerto en el Líbano ya no es un lujo, sino una necesidad nacional, de seguridad y económica. La experiencia de los últimos años ha demostrado con claridad hasta qué punto la dependencia de un solo aeropuerto expone al país, ya sea en tiempos de guerra, durante crisis de seguridad o frente a las crecientes presiones operativas que pesan sobre el aeropuerto de Beirut. El principio genera casi un consenso. El desacuerdo comienza con otra pregunta: ¿por qué Kleyaat? ¿Y por qué ahora? Desde el punto de vista geográfico, el aeropuerto de Kleyaat presenta ventajas innegables. Cuenta con una pista existente, está ubicado en una región que necesita desesperadamente proyectos de desarrollo y que permanece relativamente cerca del litoral y de las principales vías de comunicación. Pero la geografía por sí sola no basta para definir las prioridades nacionales. Cuando un proyecto de tal magnitud se plantea en un Estado con recursos limitados, resulta legítimo cuestionar la realidad de los estudios de viabilidad económica y estratégica: ¿realmente se comparó Kleyaat con las demás opciones discutidas durante años, comenzando por el aeropuerto de Rayak, en la región de la Bekaa? Los partidarios de Rayak sostienen que este lugar ofrecería al Líbano una salida aérea en el interior del territorio, alejada del litoral y de las fronteras septentrionales, y más naturalmente orientada hacia el interior árabe. Además, la Bekaa constituye un punto geográfico de conexión entre el norte y el sur, así como entre el este y el oeste, lo que otorgaría a cualquier aeropuerto instalado en esta región una dimensión nacional capaz de superar las consideraciones regionales. En el otro lado, los defensores de la opción de Kleyaat argumentan que el Líbano no solo necesita una infraestructura aeroportuaria adicional, sino un proyecto de desarrollo capaz de devolverle vida a una región debilitada por décadas de marginación. El debate pasa entonces de una cuestión económica a una cuestión política: ¿el aeropuerto está pensado para servir al transporte aéreo o para restablecer un equilibrio de desarrollo entre las regiones? El problema es que el Estado libanés todavía no ha presentado una visión clara que responda a esta pregunta. Los aeropuertos no son simples pistas de aterrizaje, sino componentes de una estrategia nacional de transporte, economía e inversión. Los países que tienen éxito en construir nuevos aeropuertos lo hacen dentro de una red integrada que incluye puertos, autopistas, zonas industriales, plataformas logísticas y planes de desarrollo regional. En el Líbano, el debate a veces da la impresión de girar en torno al aeropuerto, ignorando todo lo que lo rodea. Y la cuestión del calendario del proyecto también plantea interrogantes legítimos. El Líbano no enfrenta hoy una simple crisis de transporte ni una saturación del aeropuerto de Beirut, sino que atraviesa una crisis financiera y estructural de una profundidad excepcional. La deuda pública es elevada, las inversiones extranjeras siguen siendo limitadas y las grandes reformas económicas permanecen estancadas. En este contexto, la pregunta ya no se refiere únicamente a la necesidad de un segundo aeropuerto, sino al lugar que ocupa este proyecto entre las prioridades más urgentes, frente a los problemas de la electricidad, el agua, el transporte público y la reconstrucción. Esto no significa que el proyecto sea innecesario. Por el contrario, podría convertirse en una de las obras estratégicas más importantes que el Líbano necesitará en la próxima década. Pero su éxito no dependerá únicamente de la decisión de reactivar las operaciones, sino de su capacidad para integrarse en una visión económica integral. Ahí reside el núcleo del problema. El Líbano tiene detrás una larga historia de proyectos concebidos más como símbolos políticos que como herramientas económicas. La competencia entre regiones, comunidades y fuerzas políticas ha prevalecido con frecuencia sobre el debate técnico y económico. Por ello, es necesario plantear hoy la pregunta con franqueza: ¿la elección de Kleyaat se impuso porque es la mejor opción para el país o porque es la más compatible con los equilibrios políticos existentes? Efectivamente, Kleyaat podría ser el proyecto adecuado. Y Rayak, u otro lugar, podría resultar más pertinente a largo plazo. Pero el verdadero problema no está en el nombre del sitio, sino en la ausencia de un debate nacional serio sobre los propios criterios de elección. Los países no construyen sus aeropuertos basándose únicamente en la geopolítica interna, ni en el desarrollo equilibrado de las regiones, mucho menos de consideraciones de seguridad aisladas. Lo hacen a partir de una visión coherente que define dónde pretende llegar el Líbano económicamente dentro de veinte o treinta años. Por eso, el debate en torno de Kleyaat no debería limitarse al número de vuelos, al volumen de inversiones o a los empleos esperados. En esencia, es un debate sobre la manera en que el Líbano toma sus decisiones. ¿Los grandes proyectos seguirán construyéndose bajo la lógica de los equilibrios y el reparto comunitario, o el país finalmente ha comenzado a confiar en la planificación estratégica?