Logotipo de Levant Time

Artículos

Imagen destacada de la noticia
Homenaje
Retrato del autor
Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
Retrato del autor
Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
Imagen destacada de la noticia
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
Retrato del autor
Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
Imagen destacada de la noticia
En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
Más artículos
Ordenar por: Más recienteMás antiguo
Irán-Estados Unidos: falso comienzo y tensiones en Lucerna

El Líbano estuvo en el centro de los debates del domingo entre Irán y Estados Unidos, celebrados en Suiza. Mientras Teherán afirmaba haber cerrado el estrecho de Ormuz y el vicepresidente estadounidense JD Vance pronunciaba un discurso en tono conciliador, el presidente Donald Trump reaccionó al cierre del estrecho lanzando amenazas contra Irán, lo que llevó a los negociadores iraníes a suspender las conversaciones. En lo que respecta al Líbano, todas las miradas están puestas en las negociaciones directas con Israel, que han desatado la ira de Hezbolá. Domingo 21 de junio: inicio de las conversaciones irano-estadounidenses en Lucerna, Suiza. La delegación americana está encabezada por el vicepresidente JD Vance, y la iraní por el presidente del Parlamento Mohammed Ghalibaf. Tras un arranque fallido —estaban previstas para el viernes en el mismo lugar—, finalmente se celebraron dos días después. Lejos de transcurrir en calma, las conversaciones pusieron de manifiesto, una vez más, las profundas divergencias entre las dos antiguas partes en conflicto. En cuanto a las formas, esta ronda de negociaciones estuvo marcada por numerosos apretones de manos y sonrisas, especialmente entre estadounidenses, qataríes y pakistaníes. Las declaraciones de JD Vance fueron positivas. «El presidente Trump nos ha pedido que pasemos página para transformar nuestra relación con el pueblo iraní», afirmó. También mencionó «avances considerables en las últimas horas». Esta primera sesión estuvo salpicada de tropiezos diplomáticos: los iraníes se negaron a posar en fotografías con la delegación estadounidense y, además, tuvieron especial cuidado en hacer esperar al señor Vance retrasando su llegada a la sala de reuniones. En cuanto al fondo, la cuestión libanesa ocupó un lugar central en las negociaciones, a juzgar por los ecos llegados a los medios de comunicación, que apuntan a que este expediente pesó mucho en los debates. Pues, en contraste con las floridas declaraciones de Vance, el presidente estadounidense Donald Trump publicó un mensaje contundente en su red social, subrayando que Irán debe «detener de inmediato el apoyo a sus grupos proxy», especialmente Hezbolá, so pena de que «golpearemos con mucha fuerza». Poco después, el presidente estadounidense, en declaraciones a Fox News, aseguró haber advertido durante la noche a responsables iraníes —sin identificarlos— sobre el cierre del estrecho de Ormuz, afirmando que podía «tomar el control» del mismo. Estas posturas firmes generaron una fuerte tensión dentro de la sala de reuniones y provocaron la retirada de la delegación iraní. En el Líbano, las posiciones iraníes permitieron a Hezbolá recuperar fuerza. Hay que «aprovechar» el respaldo de Irán, declaró el diputado de Hezbolá Hassan Fadlallah. El partido pro-iraní arremetió con dureza, el domingo, contra las conversaciones directas entre el Líbano e Israel, cuya nueva ronda está prevista para el martes en Washington. «Dictados estadounidenses», «capitulación»... un comunicado del partido no escatimó palabras para denunciar la continuación de las negociaciones directas iniciadas por las autoridades libanesas en nombre del Líbano, que se celebrarán de todos modos en Washington con delegaciones política y militar. El domingo por la noche, Tel Aviv lanzó un mensaje conciliador hacia Washington, del que parecía haberse distanciado últimamente: el canal israelí 12 reveló que el ejército israelí estaría dispuesto a retiradas «limitadas» del sur del Líbano. ¿Un gesto de buena voluntad hacia las autoridades libanesas o un movimiento enmarcado en las negociaciones entre Irán y Estados Unidos? Una semana llena de giros La semana anterior había concluido con un anuncio del presidente estadounidense sobre la próxima firma de un acuerdo con Irán. Pudo así dirigirse a Francia para participar en el G7 habiendo logrado lo que considera una victoria diplomática. La firma del acuerdo tuvo lugar en línea, entre los presidentes estadounidense e iraní, el miércoles por la noche. Trump se encontraba en Versalles para participar en la cena ofrecida por su homólogo francés Emmanuel Macron con motivo del G7, cuyos líderes celebraron el acuerdo y la reapertura del estrecho de Ormuz, así como la «oportunidad única» de lograr que Irán renuncie a su arsenal nuclear. Las cláusulas del acuerdo se filtraron a los medios de comunicación en esa misma fecha, antes de que fueran anunciadas oficialmente. Mediante este acuerdo, ambas partes deciden «el cese inmediato y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluido el Líbano» y se comprometen a no iniciar ninguna guerra entre sí, respetando mutuamente la soberanía territorial de cada una. El texto menciona un plazo de 60 días renovables para alcanzar un acuerdo definitivo. El bloqueo naval estadounidense se levantaría y el estrecho de Ormuz quedaría totalmente reabierto en un plazo de 30 días. Uno de los puntos más esenciales y polémicos del texto es el compromiso de Estados Unidos y de «sus socios regionales» de elaborar un plan de reconstrucción y desarrollo de la República Islámica con un presupuesto de «al menos 300.000 millones de dólares». Estados Unidos pone fin «a todo tipo de sanciones» contra Irán, mientras que la República Islámica reafirma que «no adquirirá ni desarrollará armas nucleares», habiendo acordado ambos países resolver el destino de las reservas de uranio enriquecido que aún se encuentran en suelo iraní. El Tesoro estadounidense deberá «conceder exenciones para la exportación de petróleo crudo iraní y sus derivados», y Estados Unidos se compromete a «poner plena y libremente a disposición los fondos y activos de la República Islámica de Irán que se encuentren congelados o sujetos a restricciones». Por último, el acuerdo definitivo, una vez alcanzado, «será ratificado mediante una resolución vinculante del Consejo de Seguridad de la ONU», una reivindicación que partió originalmente de Irán. Las cláusulas de este acuerdo han sido consideradas de manera casi unánime en el mundo como mucho más favorables para Irán que para Estados Unidos, dado que el primero ha obtenido sobre el papel todo lo que exigía, mientras que todas las cláusulas que importan al segundo forman parte de lo que deberá negociarse durante los 60 días, y por tanto permanecen en la incertidumbre, en particular la cuestión nuclear. Trump negó que se fuera a pagar un solo centavo a Irán mientras ese país no haya cumplido todos sus compromisos. Los iraníes, por su parte, no han dudado en proclamar la victoria. La respuesta del Guía Supremo Mojtaba Jamenei al memorando de entendimiento llegó el viernes en forma de una bendición envuelta en escepticismo, ya que dio a entender que su aprobación no significaba que compartiera la opinión de la otra parte. Un Mojtaba Jamenei tan invisible e inaprensible como siempre. Por último, cabe destacar que, a pesar del éxito diplomático de Pakistán, el papel de Catar en estas negociaciones es cada vez más evidente: cuando el acuerdo parecía comprometido durante esta semana, en particular a causa de los ataques israelíes en el Líbano, una visita de mediadores catarís a Irán habría resultado decisiva. ¿El Líbano, ficha regional o actor soberano? En el texto del acuerdo entre Irán y Estados Unidos no se hace ninguna mención explícita a los misiles balísticos ni a la influencia iraní en la región. Muy al contrario, este texto le permite a Irán recuperar el control de la carta libanesa, ya que logró incluir el alto el fuego en el Líbano como condición esencial para la implementación del acuerdo. Y ello a pesar de que las autoridades libanesas llevan a cabo sus propias negociaciones con Israel en Washington y de que Estados Unidos ha insistido reiteradamente en separar los expedientes iraní y libanés. El apego de Teherán hacia su pupilo Hezbolá no parece debilitarse: el presidente del Parlamento iraní llegó incluso a reconocer que el partido chií libanés combatió durante 104 días en nombre de Irán, mientras que el propio Irán solo lo hizo durante 38 días… un vínculo inquebrantable que ninguno de los dos intenta ya disimular. Sin embargo, no contaban con el presidente libanés Joseph Aoun ni con el primer ministro Nawaf Salam, quienes, aunque acogieron favorablemente el alto el fuego, reafirmaron con firmeza la voluntad del Líbano de negociar en nombre propio y de recuperar su soberanía. Esta semana, Hezbolá y sus aliados también sufrieron un duro golpe el sábado cuando el exministro Sleimane Frangieh, su candidato preferido a la presidencia, y uno de sus cuadros más combativos, Mahmoud Comati, fueron objeto de sanciones estadounidenses. Sería una manera de que Estados Unidos señale que, pese a su voluntad de no comprometer el acuerdo con los iraníes, sus prioridades en el Líbano no han cambiado. La situación sobre el terreno en el sur Mientras tanto, sobre el terreno, en el Líbano Sur, la intensidad de los combates no amainó en toda la semana, e incluso se recrudeció hacia el fin de semana. El ejército israelí y Hezbolá se acusaron mutuamente de violar el alto el fuego. Las tropas israelíes seguían intentando tomar la estratégica colina de Ali Taher, en Nabatieh, causando numerosas bajas en el lado libanés y perdiendo también soldados propios. En varias ocasiones, Irán amenazó con congelar las negociaciones si los ataques israelíes no cesaban en el Líbano. Y fue en ese punto donde las divergencias entre israelíes y estadounidenses afloraron abiertamente, ya que estos últimos ejercieron una fuerte presión sobre los primeros para que respetaran el alto el fuego, un escenario muy inusual en la relación entre ambos aliados. Al final, no fue hasta el sábado por la noche cuando el primer ministro Benjamin Netanyahu pidió formalmente a su ejército que «detuviera las operaciones» en el Líbano, aunque se reservó el derecho de responder ante cualquier provocación de Hezbolá y advirtió que una retirada de los territorios ocupados durante este conflicto no está sobre la mesa. El alto el fuego, que había entrado en vigor, seguía siendo muy frágil el domingo: a pesar de una aparente calma, se registraron algunas violaciones israelíes, mientras las fuerzas del Estado hebreo anunciaban el descubrimiento de un gran túnel bajo el pueblo de Majdelzoun, en Tiro. Las declaraciones de Netanyahu, del ministro de Defensa Israel Katz y del jefe del Estado Mayor Eyal Zamir apuntaban todas en la misma dirección: la posibilidad de que los enfrentamientos se reanuden ante cualquier oportunidad.

La ingeniería semiótica del poder
Por
Yakzan Takki
Publicado

El discurso político contemporáneo ya no se mide únicamente por lo que dice el líder, sino por los significados y símbolos que generan sus palabras, sus movimientos y sus imágenes. Desde esta perspectiva, la actuación del presidente estadounidense Donald Trump constituye uno de los modelos semióticos más destacados de la política contemporánea, en el que el lenguaje, el cuerpo y la imagen se convierten en herramientas integradas para la producción del poder y la influencia. El discurso político de Donald Trump representa un caso excepcional en la literatura política contemporánea, debido a sus características lingüísticas y semióticas que lo han convertido en objeto de estudio para las ciencias políticas, las ciencias de la comunicación y la psicología política. Su impacto no se limita al contenido del discurso, sino que se extiende a un sistema integrado de signos verbales, visuales y corporales. Este sistema reconfigura la relación entre el líder y el público, y otorga a su actuación política un carácter único basado en la construcción de la presencia, más que en la mera transmisión de mensajes. Según los teóricos del análisis del discurso y de la semiótica, como Roland Barthes, Umberto Eco y Teun A. van Dijk, esta semiótica ya no es un simple marco teórico para analizar a una personalidad política, sino que se ha convertido en un enfoque indispensable para comprender la manera en que Estados Unidos gestiona sus relaciones internacionales en la etapa actual. Los resultados de la última cumbre del G7 demostraron precisamente que la presencia estadounidense no estuvo determinada por los comunicados finales, sino por la presencia del propio presidente. Los gestos, la forma de conducir los encuentros bilaterales, las declaraciones escuetas e incluso la ambigüedad deliberada de ciertas posiciones se transformaron en mensajes políticos paralelos a las decisiones oficiales. En este contexto, la imagen y el símbolo ya no son menos influyentes que los textos diplomáticos; forman ahora parte integral del proceso de negociación y de la construcción de los equilibrios internacionales. Esto refleja el tránsito de la política contemporánea desde una lógica de diplomacia clásica hacia una lógica de «gestión de las impresiones», en la que el signo político produce un efecto que puede superar al de la propia decisión. Trump emplea un lenguaje simple y directo en comparación con sus predecesores, recurriendo a frases cortas, verbos en presente y una repetición intensiva de eslóganes, lo que amplía la base de receptores y confiere a su discurso un carácter inmediato y dinámico. Esta estructura lingüística se integra con una actuación corporal basada en un tono de voz elevado, gestos repetitivos, expresiones faciales exageradas y una postura que transmite confianza y determinación, conformando así un sistema semiótico deliberado que refuerza la imagen del líder decidido. La semiótica ha vuelto al primer plano del análisis con su segundo mandato, no solo a causa de sus polémicas decisiones —como la imposición de aranceles o la redefinición de las prioridades de política exterior—, sino también por su estilo para gestionar las crisis y fabricar la ambigüedad política. Sus decisiones y declaraciones generan con frecuencia un estado de incertidumbre tanto dentro como fuera de Estados Unidos, convirtiendo la ambigüedad en sí misma en una herramienta política utilizada en la negociación y la gestión de conflictos. Este enfoque se manifiesta en sus posturas tanto hacia sus aliados como hacia sus adversarios: desde sus críticas a las instituciones internacionales, sus posiciones sobre la guerra en Gaza, sus declaraciones sobre Groenlandia y el canal de Panamá, su relación con el presidente ruso Vladímir Putin, su discurso intransigente sobre la inmigración, hasta sus ataques reiterados contra las élites políticas y los medios de comunicación, presentándose así como el salvador frente al «Estado profundo» (Deep State). Este estilo se repite también en sus enfrentamientos con sus rivales políticos y en su manera de dirigirse a los líderes extranjeros, convirtiendo la provocación en un componente esencial de sus herramientas de comunicación política. El análisis lingüístico-semiótico revela que el discurso de Trump se sustenta en una dualidad rígida entre el «Yo» y el «Otro», en la que monopoliza para sí mismo y sus seguidores los atributos de la fuerza y la legitimidad, mientras retrata a los opositores como la fuente del peligro y la corrupción. Además, su inclinación por las frases cortas y las estructuras directas no es señal de simplicidad, sino que representa una elección comunicacional deliberada orientada a facilitar la difusión mediática de sus mensajes y a reforzar su presencia en el imaginario colectivo. La repetición emerge como una de sus herramientas retóricas más poderosas. Lemas como «America First» (América primero), «Build the Wall» (Construir el muro fronterizo con México), «Drain the Swamp» (Drenar el pantano), o su afirmación reiterada de que «Irán nunca tendrá un arma nuclear», se convierten en símbolos políticos que condensan programas enteros en fórmulas breves y fáciles de propagar. De este modo, la repetición se convierte en un mecanismo para arraigar ideas y cerrar el debate antes incluso de que comience, mucho más que un simple recurso estilístico. Trump utiliza también el lenguaje para generar polarización política, construyendo una identidad colectiva para sus seguidores como «verdaderos americanos», contrapuesta a los «medios de comunicación falsos» (Fake News), las «élites corruptas» y los «enemigos del pueblo». No duda en emplear calificativos duros y polémicos contra sus rivales o incluso sus aliados (como Benjamín Netanyahu), convirtiendo el discurso político en una batalla simbólica cuyo objetivo es reforzar la lealtad interna más que persuadir a los opositores. Esta performance va más allá de los límites del lenguaje para incorporar el cuerpo como herramienta de comunicación política. Los gestos, las miradas, los movimientos de manos, la postura en el estrado e incluso el baile que ejecuta a veces al final de sus mítines populares constituyen signos semióticos que confirman la imagen del líder seguro de sí mismo que rompe con los códigos políticos tradicionales. Cuando sus frases contundentes se acompañan de señales corporales enérgicas, la fuerza del mensaje se multiplica y el discurso se transforma en una performance visual integral. El léxico político de Trump pertenece a tres campos semánticos principales: la guerra y el enfrentamiento, la superioridad y el excepcionalismo, y la encarnación del mal. Abusa de términos como «hemos destruido», «el más grande», «el más fuerte» o «el maligno», lo cual encaja a la perfección con una visión populista que percibe el mundo a través del prisma de un conflicto permanente entre el bien y el mal, entre la nación y sus enemigos. Este estilo ha influido en varios líderes populistas de todo el mundo, como el expresidente brasileño Jair Bolsonaro o el primer ministro húngaro Viktor Orbán, reflejando una tendencia política que desafía numerosos fundamentos de la democracia liberal tradicional al priorizar el liderazgo personal en detrimento de las instituciones, el pluralismo democrático y los contrapesos constitucionales. Otra dimensión emerge en el discurso trumpiano: la explotación de símbolos vinculados a la «masculinidad política». En este plano, el conflicto no se limita a programas y políticas, sino que se extiende a las representaciones de fuerza y hegemonía dentro del espacio público. En sus enfrentamientos con Hillary Clinton y luego con Kamala Harris, el discurso adoptó con frecuencia un tono que va más allá del simple desacuerdo político para reproducir la dualidad fuerza/debilidad y líder/adversario, mediante el sarcasmo, la desacreditación de las capacidades y la presentación del rival como alguien carente de firmeza o de liderazgo. En este contexto, la masculinidad no funciona únicamente como un rasgo de personalidad, sino como una herramienta semiótica que construye la imagen del líder capaz de imponer su voluntad, y refuerza en el público populista el modelo del «hombre fuerte» frente a las élites tradicionales. Incluso en su trato con figuras conservadoras o aliadas, como Giorgia Meloni, su estilo basado en el humor incisivo o el sarcasmo pasajero refleja una tendencia a monopolizar el centro del liderazgo simbólico, manteniendo a los demás en un espacio que gravita en torno a su presencia personal, convirtiendo así la personalidad política en sí misma en un instrumento de producción del poder. Desde una perspectiva semiótica, la masculinidad en el discurso de Trump no se lee como una postura hacia las mujeres en sí misma, sino como un signo político orientado a construir la imagen del líder hegemónico, donde la actuación lingüística y corporal se convierte en un medio para producir superioridad simbólica y afianzar las relaciones de poder dentro del campo político. No obstante, sigue siendo necesario distinguir entre el análisis del estilo político y la emisión de juicios preconcebidos. Una lectura científica exige examinar los hechos y los discursos en su contexto, al margen de sesgos políticos o preferencias personales. En última instancia, toda visión política del mundo parte de una determinada concepción de la naturaleza humana y del comportamiento humano, lo que explica el creciente interés de los investigadores por las neurociencias y la psicología política para comprender los mecanismos de toma de decisiones y la construcción del liderazgo. La experiencia de Trump no presenta únicamente un modelo diferente de discurso político; revela una transformación más profunda en la naturaleza misma del liderazgo contemporáneo. La imagen, el gesto y el símbolo son ahora elementos activos en la producción del poder político, al mismo nivel que la decisión y la institución. Por ello, la semiótica política se perfila hoy como una herramienta explicativa indispensable para comprender las transformaciones que atraviesa el sistema internacional, en una época en la que el conflicto ya no versa únicamente sobre las políticas, sino sobre los significados que produce el liderazgo, así como sobre la manera en que estos son percibidos y difundidos a escala mundial.

Estados Unidos-Israel: malestar en las relaciones

Numerosos analistas se han detenido en las críticas poco habituales formuladas por el vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, contra Israel, interpretándolas como una postura inédita, pese al amplio apoyo político, militar y económico que Washington brinda a Tel Aviv. En efecto, Vance recordó a los críticos israelíes del acuerdo diplomático con Teherán que dos tercios de las armas que han “protegido su patria” son de fabricación estadounidense y están financiadas por los contribuyentes estadounidenses. Señaló que Israel depende excesivamente de la fuerza militar para resolver sus crisis y que debería otorgar mayor consideración a Washington como su único y principal aliado estratégico que le queda en el mundo. En una entrevista concedida a The New York Times , Vance precisó que Donald Trump es el único jefe de Estado en el mundo que actualmente muestra simpatía por Israel, antes de lanzar este mensaje a los israelíes: “Son un país de nueve millones de habitantes y no pueden resolver todos sus problemas de seguridad nacional únicamente mediante el asesinato”. Un cambio de tono inédito No cabe duda de que hay un cambio en el tono y en la forma de dirigirse a Israel. Es poco frecuente escuchar críticas serias de voces oficiales estadounidenses hacia este país, considerado a menudo como “el niño mimado” de las administraciones sucesivas. Estas últimas generalmente competían por mostrar su parcialidad política a favor de Israel, un paso casi obligatorio para continuar una carrera política sin obstáculos, debido a la enorme influencia de los grupos de presión (lobbies) estadounidenses en los pasillos de Washington. Si este cambio repentino de tono es realmente cierto, eso no significa en absoluto que la actual administración estadounidense se haya “liberado” de la influencia sionista ejercida por estos grupos de presión. Tampoco significa que ahora sea capaz de debatir públicamente que existe una diferencia entre el interés nacional estadounidense y el interés israelí, y que asumir que ambos están permanentemente alineados es un error político, incluso estratégico, que ha costado, y continúa costando, a Estados Unidos enormes pérdidas morales, políticas y materiales. Las consecuencias del sesgo histórico estadounidense El histórico y absoluto respaldo estadounidense a Israel, así como el paraguas de protección que se le ha proporcionado en todos los niveles, desde el uso repetido del derecho de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas durante décadas para garantizarle impunidad frente a la ocupación y la represión del pueblo palestino, hasta los niveles más bajos, ha contribuido con el paso de las décadas a alimentar los sentimientos de odio hacia Estados Unidos, especialmente en la región árabe, creando una brecha abismal entre los pueblos de la región y Washington. Sin embargo, estos sentimientos de rechazo nunca se tradujeron en un movimiento concreto de oposición. Esto se debe a varios factores, entre ellos: La ausencia de democracia en los países árabes y la represión de los pueblos, que les impiden expresar sus verdaderos sentimientos. La fragmentación árabe y las divisiones oficiales sobre la manera de gestionar el conflicto israelí-árabe. La firma de acuerdos de paz unilaterales con Israel, especialmente por parte de Egipto y Jordania, rompió la unidad y debilitó la posición árabe. Este proceso continuó años más tarde con los Acuerdos de Abraham, destinados a una normalización prácticamente gratuita. Cabe recordar que la primera administración del presidente estadounidense Donald Trump trasladó la embajada estadounidense a Jerusalén, reconoció la ciudad como capital de Israel y reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán sirios ocupados. Estas medidas, impulsadas por administraciones anteriores pero nunca ejecutadas, fueron concretadas por Trump sin esperar reacciones árabes significativas, lo cual efectivamente ocurrió. Hoy, un sentimiento predomina dentro de una parte del equipo de Trump: Israel ha “empantanado” a Estados Unidos en la guerra contra Irán, mientras que el verdadero peligro representado por Teherán, ya sea directamente o a través de sus brazos armados, especialmente Hezbolá en Líbano, estaba dirigido mucho más contra Israel que contra Estados Unidos, pese a la retórica política iraní hostil hacia Washington (al que califican de “Gran Satán”, entre otros términos). El propio Trump parece compartir este sentimiento, lo que explica su insistencia en alcanzar un acuerdo con Teherán, aunque envuelva ese deseo en un tono amenazante, llegando incluso a hablar de “la desaparición de la civilización persa”. Esto también explica por qué el acuerdo es fundamentalmente estadounidense-iraní, mientras que la guerra fue estadounidense-israelí-iraní. Trump y su equipo son conscientes de que Israel no aceptará fácilmente un acuerdo y prefiere la prolongación de una guerra patrocinada y asumida por Washington, que sirve en primer lugar a sus propios intereses. Esto es lo que justifica la frase del vicepresidente estadounidense dirigida a los israelíes: “No pueden resolver todos sus problemas de seguridad nacional únicamente mediante el asesinato”. ¿Una oportunidad para los países del Golfo? Sin duda es prematuro apostar por una ruptura entre Estados Unidos e Israel o esperar un divorcio entre ambos países. Sin embargo, los países árabes del Golfo pueden apoyarse en este cambio para abrir un debate político con Washington. Los principales ejes de esta discusión deberían ser: El rechazo a involucrar a la región en nuevas guerras al servicio de Israel. El rechazo a que las bases estadounidenses se conviertan en objetivos en lugar de ser una fuente de estabilidad. La afirmación de que persistir en eludir la causa palestina solo conduce a más muertes y destrucción, sin una salida. El reconocimiento de los derechos legítimos del pueblo palestino como paso obligatorio para la estabilidad en Medio Oriente y en la región árabe. El presidente estadounidense es consciente de la importancia de su relación estratégica con los países árabes del Golfo debido a sus riquezas petroleras, que constituyen un pilar fundamental de la política exterior de Trump (Venezuela es un ejemplo evidente). Por lo tanto, Washington ya no puede continuar ignorando las demandas árabes de una solución pacífica a la causa palestina, que comienza con el establecimiento de un Estado independiente y viable, y con el fin de la política de asesinatos y la expansión colonial de Israel en Cisjordania, así como de su expansión hacia el Líbano y el sur de Siria. Solo Estados Unidos tiene el poder de frenar y disciplinar a Israel, siempre que exista voluntad política y siempre que se consolide la convicción de que el interés nacional estadounidense no se alcanza necesariamente mediante una alineación ciega con Tel Aviv, sus proyectos expansionistas y sus guerras interminables.

Ormuz y el Líbano, las dos palancas de Teherán

El estrecho de Ormuz y el Líbano: dos «armas» militaro-diplomáticas esenciales con las que Irán pretende presionar en las negociaciones con Estados Unidos, que deberán extenderse durante 60 días según el memorando firmado el miércoles por ambas partes. Irán anunció el sábado el «cierre» nuevamente del estratégico estrecho de Ormuz en represalia por los ataques israelíes en el Líbano, aunque sin romper las conversaciones orientadas a alcanzar un acuerdo definitivo con EE. UU., cuya primera ronda está prevista para este domingo en Suiza. El portavoz de la diplomacia iraní, Esmaïl Baghaï, advirtió el sábado a Estados Unidos que el protocolo inicial estaría «en peligro» si sus disposiciones no se aplicaban con rapidez, en alusión a la situación en el Líbano. «Hacemos a Washington directamente responsable de los ataques israelíes contra el Líbano, y esta escalada amenaza la seguridad y la estabilidad regionales», afirmó Baghaï, añadiendo, en una amenaza apenas velada dirigida a la Administración Trump, que Teherán adoptaría todas las medidas necesarias para proteger sus intereses, su seguridad y los derechos de sus aliados. Por su parte, la agencia de noticias Tasnim , afiliada a los Guardianes de la Revolución iraní, reclamó la suspensión de las negociaciones y el cierre del estrecho de Ormuz. Durante la tarde del sábado, el mando central del ejército iraní tomó el relevo en esta operación de propaganda al anunciar que «el estrecho de Ormuz será cerrado al tráfico marítimo», como «primera medida en respuesta a la violación de los compromisos por parte del enemigo» (en alusión a EE. UU.). También amenazó con adoptar «otras medidas» si fuera necesario «para obligar al enemigo (EE. UU.) a cumplir sus obligaciones» contraídas en el memorando de entendimiento. CNN, citando una fuente, informó de que Washington había comunicado a Teherán que Israel había aceptado un alto el fuego tras los bombardeos en el Líbano, y que correspondía ahora a Hezbolá poner fin a sus ataques. En una primera reacción, el mando estadounidense para Oriente Medio, el Centcom, indicó que sus fuerzas permanecían «en alerta». Según el Centcom, el tráfico en el estrecho de Ormuz transcurrió con normalidad el sábado, con el paso de 55 buques mercantes. «Conversaciones técnicas» el domingo en Suiza En cualquier caso, el Ministerio iraní de Asuntos Exteriores anunció la celebración, este domingo en Suiza, de conversaciones «técnicas» entre iraníes y estadounidenses, con la presencia de representantes de Qatar y Pakistán, países mediadores. Entre los miembros de la delegación iraní figuran el negociador jefe Mohammad Bagher Ghalibaf, también presidente del Parlamento, el jefe de la diplomacia Abbas Araghchi y el gobernador del Banco Central Abdolnaser Hemmati, según la televisión estatal. Islamabad confirmó la celebración de estas «conversaciones técnicas» el domingo en Bürgenstock, a orillas del lago de Lucerna. Según el vicepresidente estadounidense J. D. Vance, el enviado especial Steve Witkoff y el yerno del presidente Donald Trump, Jared Kushner, ya se encuentran en Suiza para «gestionar algunos de los elementos técnicos de esta negociación». Según Berna, las conversaciones «preparatorias» entre diplomáticos comenzaron incluso desde el sábado. Más de 4000 muertos en el Líbano En el Líbano, a pesar de nuevos anuncios de alto el fuego, Israel y el movimiento proiraní Hezbolá llevan dos días enfrentados en el sur del país, donde las operaciones israelíes causaron al menos 24 muertos el sábado, tras los 83 fallecidos del día anterior. Las operaciones israelíes en el Líbano han causado 4057 muertos desde el inicio de la guerra entre Hezbolá e Israel, el 2 de marzo, informó el sábado el Ministerio libanés de Salud. El ejército israelí anunció que uno de sus soldados murió el sábado durante combates en el sur del Líbano, elevando a cinco sus bajas desde la conclusión de un acuerdo irano-estadounidense destinado a poner fin al conflicto en Irán. Israel indicó que apuntó a posiciones de Hezbolá en represalia por ataques contra sus tropas. Según el ejército israelí, «más de 50 proyectiles» fueron disparados por la organización chií contra sus soldados en la noche del viernes al sábado. Por su parte, Hezbolá afirmó que Israel era «totalmente responsable» de las violaciones del alto el fuego. El bastión de «Ali al-Taher» Los israelíes anunciaron el sábado detalles sobre las operaciones militares en curso, según los cuales «decenas de combatientes de Hezbolá están atrapados en túneles bajo la colina de Ali al-Taher, en el sur del Líbano». El diario Yediot Aharonot, citando fuentes militares, informó que el ejército israelí tiene sitiadas a decenas de combatientes de Hezbolá en esa zona, que según el ejército alberga un complejo subterráneo central de la milicia proiraní, así como el cuartel general de la brigada Badr. El periódico añadió que la operación, durante la cual murieron la tripulación de un tanque y un comandante de batallón, tenía como objetivo apoderarse de los túneles en la zona de Ali al-Taher, en el marco de las operaciones militares en curso. El sitio de Ali al-Taher, donde se activan sistemas de disparo y se almacenan grandes cantidades de armas, es extremadamente difícil de neutralizar solo mediante ataques aéreos, dada su profundidad y sus fortificaciones. El mensaje de Vance a los cristianos libaneses En otro orden de cosas, el vicepresidente estadounidense J. D. Vance dirigió un mensaje a los cristianos libaneses durante una entrevista en Fox News, en la que les pidió que «mantengan firme su fe en Jesucristo». «Sepan que tienen muchos amigos dentro del gobierno estadounidense que trabajan por la paz en la región», añadió. Vance explicó que «el problema fundamental al que se enfrentan estos cristianos, o la razón de su gran vulnerabilidad a la violencia, es la presencia de Hezbolá, una organización terrorista arraigada de facto en el Líbano. Hezbolá dispara ocasionalmente contra israelíes, y estos responden de forma natural en legítima defensa». Y el señor Vance añadió: «Por lo tanto, existe un conflicto persistente, aunque de baja intensidad. Sin embargo, la situación ha mejorado considerablemente en las últimas semanas gracias a los esfuerzos del presidente, del secretario de Estado Marco Rubio y de muchos otros funcionarios de la administración». Y concluyó: «La paz a veces necesita tiempo para asentarse de forma duradera, y eso es lo que estamos trabajando. En realidad, ese es el objetivo que perseguimos en toda la región: cambiar nuestra forma de actuar en el pasado. Es una región verdaderamente hermosa del mundo».

Una administración estadounidense que no conoce a Irán
Por
Khairallah Khairallah
Publicado

Sobre el papel, el memorándum de entendimiento entre Estados Unidos e Irán firmado finalmente por el presidente Donald Trump y el presidente Masoud Pezeshkian parece un documento en el que todas las cuestiones pendientes permanecen sin resolver. Salvo la reapertura del estrecho de Ormuz y el levantamiento del bloqueo naval estadounidense impuesto a la «República Islámica», nada apunta a un avance real en ninguno de los asuntos que siguen separando a Washington y Teherán. ¿Puede decirse también, al menos sobre el papel, que la administración de Donald Trump decidió ceder ante Irán en lugar de llevar hasta sus últimas consecuencias su intención inicial de quebrantar su capacidad de influencia y poner fin a su proyecto expansionista, tal como pretendía hacerlo desde un principio? La lectura de los catorce puntos que contiene el memorándum deja claro que la administración Trump ha dejado suspendidos todos los asuntos fundamentales. Sigue sin saberse qué ocurrirá con el programa nuclear iraní, a pesar de que Trump insistió una y otra vez en que no podía aceptar su existencia. No hay ninguna referencia a los misiles balísticos ni a su infraestructura, y tampoco hay una postura definida respecto a los proxys de Irán en la región, salvo la confirmación de que el alto el fuego acordado con Estados Unidos incluye al Líbano. ¿Cómo se traducirá esto sobre el terreno libanés? ¿Existe, del lado iraní, la convicción de que Estados Unidos obligará a Israel a respetar el alto el fuego en el Líbano? Es cierto que Israel lo está respetando actualmente. Sin embargo, el memorándum no contiene nada que sugiera que Israel, que ni siquiera es parte del acuerdo, se haya sometido a la administración estadounidense en el Líbano ni que vaya a ejecutar, a la primera oportunidad, todo lo que Washington le pida. A pesar de los anuncios estadounidenses sobre la consecución de un alto el fuego en el Líbano, la postura israelí respecto al país sigue envuelta en una profunda ambigüedad. No pasó mucho tiempo desde la entrada en vigor del memorándum para que empezaran a surgir dificultades en su implementación. Muy pronto quedó en evidencia una realidad sencilla: la administración Trump sabe poco sobre Irán y aún menos sobre la manera en que actúan sus dirigentes. En el pasado, daba la impresión de conocer mucho más. Tal vez eso se debía, durante el primer mandato de Trump, a la existencia de un equipo cohesionado que entendía perfectamente, por ejemplo, el significado del asesinato de Qassem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria, y el alcance de un acontecimiento de esa magnitud. La cuestión no se limitaba al ámbito interno iraní, donde Soleimani ocupaba el segundo lugar en la estructura de poder, detrás del ya fallecido líder supremo Alí Jamenei. Era el hombre de la «República Islámica» en la región y la punta de lanza de su estrategia. Era el verdadero comandante de los hutíes, el alto comisionado en Irak y, al mismo tiempo, el gobernante de Siria y del Líbano. Hay quienes consideran que a la actual administración estadounidense le hace falta una figura como el exsecretario de Estado Mike Pompeo. Pompeo sabía lo que era el régimen iraní y cómo tratar con él. Resulta llamativo que, en las últimas semanas, el expediente iraní haya sido retirado del Departamento de Estado. El secretario de Estado Marco Rubio ha quedado reducido a una figura decorativa, un simple observador de lo que sucede entre Teherán y Washington. Un grupo de funcionarios estadounidenses del perfil del vicepresidente J. D. Vance, que sabe muy poco sobre Irán, no puede administrar un asunto de semejante sensibilidad. Lo que estamos presenciando hoy es un nuevo capítulo de una historia que comenzó en 1979, cuando las nuevas autoridades iraníes mantuvieron secuestrados durante 444 días a los diplomáticos de la embajada estadounidense en Teherán. Aquella crisis de los rehenes, que no provocó ninguna reacción por parte de Estados Unidos, abrió la puerta a nuevas formas de chantaje por parte de la «República Islámica» contra el «Gran Satán». Durante los últimos cuarenta y siete años, la República Islámica ha manipulado a la mayoría de las administraciones estadounidenses. En 2003, incluso logró llevar a la administración de George W. Bush a invadir Irak, allanando el camino para entregarlo posteriormente a milicias sectarias iraquíes vinculadas a la Guardia Revolucionaria, las mismas que habían combatido junto a la República Islámica durante la guerra entre Irán e Irak, de 1980 a 1988. El memorándum firmado recientemente, un documento carente de viabilidad real, no representa más que un regreso de la administración Trump a la política estadounidense tradicional hacia la República Islámica. La posibilidad de una guerra entre Estados Unidos e Irán no fue más que una excepción. Donald Trump ha vuelto a ocupar su posición habitual de negociador en busca de un acuerdo con Teherán. Eso explica que haya delegado este expediente en su vicepresidente, acompañado por su enviado especial para Medio Oriente, Steve Witkoff, y por su yerno Jared Kushner. Nada ha cambiado en Irán que justifique una concesión estadounidense ante la Guardia Revolucionaria. Sigue estando muy lejano el día en que Washington pueda presentar a Irán como un país apto para concretar grandes acuerdos comerciales. Lo que vemos hoy es una mentalidad estadounidense enfrentándose a un asunto extremadamente complejo cuyos detalles y antecedentes desconoce. Esa misma mentalidad estadounidense, que quiso convertir Gaza en una «nueva Riviera», permanece desconectada de las realidades de la región. No alcanza a comprender que Irán no tiene ninguna intención de transformarse. Todo lo que busca el liderazgo de Teherán es ganar tiempo. Irán apuesta a un cambio político dentro de Israel, a una profundización de las divergencias entre estadounidenses e israelíes y a una derrota de la administración Trump en las elecciones intermedias del próximo mes de noviembre. Entonces, Trump se convertiría en poco más que un presidente debilitado y sin margen de maniobra. Pronto se sabrá si esa apuesta estadounidense estaba bien calculada. El presidente estadounidense ha caído en la trampa iraní. Hay algo que sí parece claro: Donald Trump no es un hombre fácil, pero su principal problema sigue siendo la falta de un equipo que entienda realmente lo que es Irán, mientras que Irán sabe perfectamente cómo tratar con Estados Unidos. Los iraníes poseen una larga experiencia en manipular a las administraciones estadounidenses y moldearlas a su conveniencia, esperando el momento oportuno para recurrir a un juego de chantaje que dominan a la perfección. Y esto no se limita únicamente a Estados Unidos. También abarca a los países de la región y a los de Europa occidental, que, en el fondo, han adoptado una postura extremadamente cautelosa frente a este memorándum de entendimiento.

¿Qué verdad intenta ocultar Naim Qassem?
Por
Jad Akhawi
Publicado

Cada vez que Hezbolá enfrenta una crisis política, militar o popular, sus líderes regresan al mismo léxico: la resistencia, la victoria, la soberanía, el rechazo a toda tutela. Palabras cargadas de una fuerte emoción, pero que pierden cada día más su poder de convicción entre los libaneses, conforme se ensancha la brecha entre el discurso y la realidad. En su más reciente discurso, el secretario general de Hezbolá, el jeque Naim Qassem, afirmó que el Partido seguía siendo fiel al Acuerdo de Taif y a la Constitución libanesa, que sus armas estaban dirigidas contra Israel, y que enfrentaba proyectos de subordinación y tutela extranjera. Un planteamiento que parece coherente a primera vista, pero que se desmorona en cuanto se enfrenta a los hechos. Porque la política no es lo que se dice desde las tribunas, sino lo que se practica en el terreno. Y los hechos que han vivido los libaneses durante las últimas décadas no se parecen en nada al relato presentado por Qassem; son, más bien, casi su exacto opuesto. Si Hezbolá sigue siendo fiel al Acuerdo de Taif, ¿cómo explicar entonces la persistencia de una fuerza militar independiente del Estado, más de tres décadas después de la firma de ese acuerdo? El Acuerdo de Taif no fue un simple arreglo político para poner fin a la guerra civil, sino un proyecto de construcción del Estado. La esencia de ese proyecto puede resumirse en pocas palabras: un solo Estado, un solo ejército, una sola autoridad que detente el monopolio de las armas y de la decisión en materia de seguridad y de lo militar. ¿Se ha cumplido eso? La respuesta la conocen ya todos los libaneses. A lo largo de las últimas décadas ha surgido en el Líbano una autoridad paralela al Estado: una autoridad que posee las armas, que tiene la decisión, y que es capaz de imponer hechos políticos y militares al margen de las instituciones constitucionales. Y cuando la decisión de la guerra y de la paz escapa al Consejo de Ministros, al Parlamento y a la Presidencia de la República, hablar de fidelidad a Taif se acerca más a reescribir la historia que a describir la realidad. El problema no radica en la existencia de un desacuerdo político sobre el papel de la resistencia o sobre el futuro de las armas; ese debate es legítimo en sí mismo. El problema está en la pretensión de presentar las cosas como si el Líbano hubiera vivido, durante todos estos años, bajo la aplicación plena de Taif, cuando todos saben que una de las causas principales de la crisis libanesa fue precisamente esta dualidad de poder y de decisión. En cuanto a la afirmación de que las armas apuntan únicamente a Israel, es una aseveración que la memoria libanesa difícilmente puede tomar en serio. Los libaneses no han olvidado el siete de mayo. No han olvidado los años de intimidación política durante los cuales el equilibrio de fuerzas se impuso por las armas, o por su sola sombra. No han olvidado que la simple existencia de una fuerza militar fuera del marco del Estado bastaba para trastocar los equilibrios políticos, bloquear los plazos constitucionales, e imponer condiciones a los gobiernos, a los presidentes y a los parlamentos. Incluso cuando las armas no se usaron de manera directa, su sola presencia siguió siendo un factor decisivo en la vida política libanesa. Y ahí radica el núcleo del problema. La democracia no puede establecerse cuando una sola parte tiene la capacidad de imponer su voluntad por la fuerza, si así lo decide. Y un Estado no merece ese nombre a menos que ninguna fuerza política sepa que existe, por encima de las instituciones constitucionales, una decisión todavía más alta. Luego viene el discurso del rechazo a la tutela extranjera. Y ahí la paradoja alcanza su punto más alto. Porque, ¿qué tutela ha rechazado realmente Hezbolá, durante todos estos años? ¿Y de qué autonomía de decisión habla? Desde hace muchos años, el Partido nunca ha ocultado su vínculo estratégico con Irán. Esto nunca fue una acusación lanzada por sus adversarios, sino un elemento reconocido de su propia literatura política. Ha librado batallas regionales de gran envergadura, fundadas en cálculos que rebasan ampliamente el interés libanés inmediato. Entró en la guerra de Siria. Se involucró en los conflictos de la región. Ató el destino del Líbano a todo un eje regional. Y convirtió al país, lo quisieran o no los libaneses, en un elemento de las ecuaciones del conflicto entre Irán y sus adversarios. Hoy, mientras Qassem habla de enfrentar las tutelas, se desarrollan negociaciones entre Estados Unidos e Irán sobre los expedientes de la región, entre ellos el Líbano. Y ese solo hecho basta para revelar la magnitud de la contradicción entre el lema y la realidad. Si la decisión hubiera sido puramente libanesa, el futuro de las armas y del papel de seguridad y político del Líbano no figuraría en las mesas de negociaciones regionales e internacionales. Y si la soberanía de la que hablan existiera realmente, los libaneses no se encontrarían esperando, para conocer el destino de su propio país, el resultado de arreglos concluidos fuera de sus fronteras. Pero quizás lo que más merece detenerse a considerar es la noción de “victoria” que Hezbolá ofrece a los libaneses. En el discurso de Qassem, como en los anteriores, resistir se vuelve victoria, perdurar se vuelve victoria, y no derrumbarse del todo se vuelve victoria. Con esa ecuación, se vuelve posible declarar la victoria en cualquier circunstancia. Pero los pueblos no miden las victorias de esa manera. Los pueblos miden la victoria por su nivel de vida, por su seguridad, por su estabilidad, por la capacidad de sus hijos de permanecer en su propio país, y por la capacidad de su Estado de proteger sus intereses. Entonces, ¿cuál fue el resultado, después de tantos años de estas políticas? Una economía colapsada. Una moneda que perdió la mayor parte de su valor. Un Estado en quiebra. Instituciones paralizadas. Un éxodo masivo de jóvenes y de talentos. Un aislamiento árabe e internacional cada vez mayor. Y regiones destruidas que necesitarán años para reconstruirse. ¿Son estas las señales de una victoria? ¿O son más bien las señales de una crisis nacional profunda que algunos intentan envolver en consignas? Lo doloroso es que los libaneses que pagaron el precio más alto ya no buscan discursos. La gente del Líbano Sur no necesita tantas teorías nuevas sobre la victoria como necesita reconstruir sus casas. Las familias que perdieron a sus hijos no buscan elocuencia política, sino una explicación racional a la magnitud de lo que han perdido. Y los jóvenes que abandonan el Líbano por millares no preguntan por discursos ideológicos, sino por un futuro que ya no existe en su propio país. Por eso el lenguaje de las victorias repetidas suena, cada día, más desconectado de la realidad que vive la gente. Hezbolá se ha acostumbrado a vencer en el relato aun cuando pierde en los hechos. Pero hoy enfrenta un dilema distinto. Porque los hechos se han vuelto demasiado vastos para ocultarlos, los costos demasiado pesados para justificarlos, y las preguntas demasiado apremiantes para silenciarlas con consignas. Al final, los libaneses no necesitan que nadie los convenza de si lo que vivieron fue victoria o derrota. Ya lo saben, por los detalles de su vida cotidiana. Lo saben cuando se paran frente a sus bancos en quiebra. Lo saben cuando buscan trabajo y no lo encuentran. Lo saben cuando despiden a sus hijos en los aeropuertos. Lo saben cuando esperan que decisiones tomadas fuera del Líbano determinen el futuro de su país. Por eso la verdadera pregunta ya no es: ¿venció Hezbolá o no venció? La pregunta que se impone hoy es más dura todavía, y más esencial: Si todo lo ocurrido en las últimas décadas fue una victoria, como afirma Naim Qassem, ¿cómo habría sido entonces la derrota? Esa es precisamente la pregunta que temen los dueños de las consignas, porque es la pregunta que los discursos no pueden responder, que las banderas no pueden cubrir, y que las celebraciones no pueden ocultar. Es la pregunta de los hechos. Y los hechos, a diferencia de los discursos, no mienten.