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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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¿Quién ganó? ¿Quién perdió? ¡No lo sabemos, ya no sabemos nada!

Al día siguiente de la funesta guerra de junio de 1967, la llamada Guerra de los Seis Días, los países árabes debieron hacer un amargo balance: Egipto había perdido la Franja de Gaza y el Sinaí, el Reino Hachemita se había visto despojado de Jerusalén y Cisjordania, mientras que Siria se retiraba vergonzosamente del Golán. Sin embargo, el Baaz en el poder en Damasco, negándose a asumir la responsabilidad de un revés histórico, daba a entender que los israelíes no habrían triunfado mientras no derrocaran su régimen. ¡Mientras este último se mantuviera en pie, Tel Aviv no podría proclamar su victoria! Esta actitud de negación sentaría un precedente cada vez que los árabes sufrieran un Waterloo. Y así, fiel a la norma, el secretario general de Hezbolá, alzando la voz pese a la retirada, anunció la víspera de las celebraciones de Ashoura la victoria del Partido de Dios «frente a la conspiración tejida por la alianza de Estados Unidos e Israel, en la que el Estado libanés sirvió de cobertura». No le falta descaro a quien se arroga los laureles de la victoria en el mismo momento en que Tsahal avanza por el Sur y lo vacía de sus habitantes. Se trata de salvar las apariencias Y Donald Trump, entonces, ¿cómo es que se muestra tan triunfante? Para Nicolas Baverez, del Figaro , el protocolo firmado en Versalles por el presidente estadounidense presenta numerosos rasgos en común con el tratado de 1919, que puso fin al primer conflicto mundial y sancionó «una paz falsa y una simple suspensión de las hostilidades». A partir de ahí, este editorialista saltó a las conclusiones y emitió el siguiente veredicto: «El protocolo de Versalles consagra así el desastre estratégico que cierra la guerra de Irán para Estados Unidos, Israel, las monarquías del Golfo, Europa y los aliados asiáticos de América». Dicho esto, más vale desconfiar del antiamericanismo primario de cierta prensa francesa y prestar atención a Thomas Friedman, del New York Times , medio que no es precisamente complaciente con la actual administración estadounidense. Esto es lo que nos dice Friedman: los líderes de Israel, Irán, Hezbolá, Hamás y Estados Unidos solo tienen una cosa en común: ninguno de ellos querría que se estableciera una comisión de investigación para examinar su conducta y su desempeño durante el último conflicto en Oriente Medio. Entonces, ¿quién ganó y quién perdió? ¿Pero no es demasiado pronto para plantear esta pregunta o para responderla? El Eje del mal, o el del bien, puede no haber ganado una batalla, pero eso no significa que haya perdido la guerra. Un conflicto no se juzga por las primeras rondas, sino por el resultado final. Y el conflicto latente continuará de una forma u otra, con un pretexto u otro, con el Líbano como campo de experimentación y ajuste de cuentas. Disociarse de Irán a toda costa Nuestro Líbano, más que nunca punching-bag de los beligerantes, está siendo devastado desde principios de marzo por una nueva guerra entre Israel y Hezbolá: ha sufrido daños estimados en más de mil millones de dólares, con 11.000 edificios completamente destruidos en el Sur. Y eso sin mencionar los miles de muertos, heridos y desplazados. Sin embargo, lo que resulta aún más grave, y que Naïm Qassem reclama, es el mantenimiento del vínculo entre el alto el fuego instaurado en el Líbano y el acordado entre Irán y Estados Unidos. Hacer que ambos frentes sean indisociables equivaldría a sacrificar la causa libanesa en el altar de los intereses iraníes durante las negociaciones que se celebran en Bürgenstock, en Suiza. Mientras que, para salir adelante, nuestro país debe permanecer como un escenario de operaciones autónomo y con sus propias condiciones. Si el cese de los combates en el Sur dependiera de un entendimiento entre Teherán y Washington, nuestra soberanía quedaría liquidada. Y eso establecería una tutela persa sobre el Estado, más perniciosa que la tutela siria bajo la dinastía Assad. Naïm Kassem no espera otra cosa para proclamar a los cuatro vientos su victoria. Sin embargo, sería una victoria de Irán, no del Líbano.

El Líbano primero…
Por
Samir Abdelmalak
Publicado

Las grandes crisis revelan una verdad sencilla: ningún país puede sostenerse cuando las lealtades que están por encima de él siguen siendo más fuertes que el sentido de pertenencia a la nación. Los Estados que logran superar las adversidades son aquellos que hacen de la identidad nacional el marco que reúne a todos sus ciudadanos, sin importar sus afiliaciones políticas, religiosas o culturales. La patria no elimina la diversidad; le brinda el espacio que la protege. Esa lección ha quedado claramente reflejada en las transformaciones recientes de Irán, donde el discurso nacional y patriótico ha cobrado un nuevo impulso al incorporar a sectores que, hasta hace poco, eran considerados ajenos al círculo de la lealtad política. Las autoridades comprendieron que los desafíos existenciales exigen ampliar el sentido de pertenencia, porque la fortaleza de un Estado no se mide únicamente por la cohesión del poder, sino también por su capacidad para integrar a la sociedad en toda su diversidad. El Líbano, por su parte, sigue enfrentando el mismo dilema. ¿Cuál debe ser la prioridad: la comunidad religiosa, el partido, el eje regional o el Estado? La reciente firma de la declaración de intenciones entre el Líbano e Israel, bajo patrocinio estadounidense, así como las divisiones internas que ha suscitado, ha recordado que el verdadero problema no radica solamente en el contenido de cualquier acuerdo, sino en la ausencia de un marco nacional compartido donde puedan debatirse las decisiones de mayor trascendencia antes de convertirse en motivo de fractura interna. Nadie está llamado a renunciar a sus convicciones ni a sus preocupaciones, como tampoco las decisiones deben imponerse por mayoría o por la fuerza. Lo que hace falta es que el lema «El Líbano primero» se convierta en un principio político y moral capaz de reunir a todos. Ello exige abrir un diálogo nacional franco sobre los asuntos que dividen al país, desde la estrategia de defensa hasta las relaciones exteriores, para que las decisiones se tomen dentro de las instituciones constitucionales y no en los escenarios de la disputa regional ni alrededor de las mesas de negociación en el extranjero. La paz verdadera comienza en casa. La soberanía empieza con la unidad de decisión. La estabilidad no puede surgir de un acuerdo alcanzado en el exterior mientras los libaneses sigan divididos sobre la propia idea del Estado. Cuando el Líbano ocupa el primer lugar, las diferencias dejan de ser una amenaza para convertirse en una fuente de fortaleza, porque todos pueden seguir siendo distintos bajo el techo de una misma patria, de un mismo Estado y de un mismo futuro.

El acuerdo marco líbano-israelí firmado en Washington: Irán fuera

Tras casi dos meses de negociaciones directas entre Líbano e Israel, el cuarto día de la quinta ronda de conversaciones celebrada en la sede del Departamento de Estado en Washington, bajo la supervisión del Secretario de Estado Marco Rubio, se firmó el sábado por la noche (hora de Beirut) un «acuerdo marco» entre Líbano e Israel. La ceremonia tuvo lugar en presencia del señor Rubio y de los negociadores de ambos países, entre los que destacaron, por parte libanesa, el ex embajador del Líbano en Washington, Simon Karam, y el embajador estadounidense en Beirut, Michel Issa. El documento fue firmado por la embajadora del Líbano en Estados Unidos, Nada Hamadé Moawad, y el embajador de Israel, Yechiel Leiter, quienes pronunciaron sendos breves discursos en los que agradecieron a la Administración Trump sus esfuerzos y subrayaron el alcance histórico del evento. Este acuerdo marco constituye el primer acto diplomático oficial concluido entre Líbano e Israel desde la firma del acuerdo (fallido) del 17 de mayo de 1983. Este resultado, fruto de cinco rondas de negociaciones, representa —cabe señalarlo— un primer paso que será seguido de largas y futuras negociaciones orientadas a lograr la retirada total israelí del sur del Líbano, de forma paralela a un proceso de desarme de Hezbolá. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, indicó el sábado por la noche que este primer paso allanará el camino para futuros acuerdos, siendo la etapa final, como señaló el embajador Leiter esa misma noche, un futuro tratado de paz entre ambos países. En la práctica, el documento prevé el establecimiento inmediato de dos «zonas piloto», una de ellas al norte del Litani, donde el ejército libanés deberá desplegarse para impedir cualquier presencia de milicias en los sectores en cuestión. Una fuente israelí señaló al final de la velada que el despliegue del ejército se realizará con apoyo directo estadounidense, que podría concretarse en el envío de asesores militares de Estados Unidos. Se trata, por tanto, de un punto de partida al que seguirán otros pasos que conducirán progresivamente a una retirada israelí a medida que se desplieguen las tropas regulares locales y se lleve a cabo el desarme de Hezbolá. A este respecto, por instrucción del presidente Joseph Aoun, la delegación libanesa insistió en que el acuerdo marco mencionara explícitamente la necesidad de una «retirada total» de las fuerzas israelíes del sur del Líbano. En cuanto al alcance de este acuerdo, la oficina del primer ministro israelí afirmó durante la noche que «el proceso de desarme de Hezbolá previsto en el documento se aplicará tanto al sur como al norte del Litani». Pero es sobre todo el significado geopolítico de este acuerdo marco lo que concentra la atención de analistas y círculos políticos en el Líbano. El documento en cuestión consagra, en efecto, la marginación de Irán del proceso de resolución de la crisis libanesa y del problema del sur del Líbano. En las últimas semanas, el régimen de los mulás no escatimó esfuerzos para imponer un papel iraní directo en los esfuerzos destinados a encontrar una salida al conflicto libanés, en particular en el sur. Durante las recientes negociaciones entre la Administración Trump y la República Islámica, los dirigentes iraníes imponían como condición previa a cualquier acuerdo con Washington el cese total de las operaciones militares israelíes en el sur. Esta insistencia disimulaba mal la voluntad de Teherán de ganarse un lugar privilegiado en cualquier proceso de solución política en el Líbano. Este papel iraní reivindicado por los Guardianes de la Revolución parecía haber quedado reconocido durante las conversaciones estadounidense-iraníes iniciadas esta semana en Suiza bajo la supervisión del vicepresidente estadounidense, JD Vance. Esas conversaciones habían desembocado en un entendimiento orientado a incluir a Irán en un proceso de control de la situación en el sur del Líbano. Sin embargo, el acuerdo marco de Washington firmado el sábado por la noche excluye cualquier implicación de la República Islámica y, con mayor razón, del Hezbollah, limitando así los esfuerzos de pacificación y de restablecimiento de la seguridad y la soberanía libanesa al único marco libano-israelí, bajo la estricta y exclusiva supervisión estadounidense. Esto explica la reacción fulminante del Hezbollah en la tarde del sábado. El diputado del Hezbollah Hassan Fadlallah retomó a este respecto el viejo argumento de la amenaza de «guerra civil», afirmando que el acuerdo de Washington busca socavar el proceso de Islamabad, orientado, evidentemente, a relanzar un papel regional preponderante de la República Islámica en la región, y más particularmente en el Líbano. En el plano de las reacciones políticas, el Secretario de Estado declaró a última hora de la tarde que este acuerdo marco «sienta las bases de un proceso claramente definido destinado a restablecer la soberanía del Líbano, a desarmar al Hezbollah y a desmantelar su infraestructura». El presidente Joseph Aoun subrayó por su parte que el objetivo perseguido es «el establecimiento de una soberanía exclusiva del Estado libanés sobre su territorio». «No debe haber cabida en adelante ni para la ocupación, ni para la dependencia, ni para la tutela», señaló, en una alusión apenas velada a los intentos de Irán de imponer su hegemonía en la escena libanesa. Escalada militar, Ormuz y Ali el-Taher En el plano de las operaciones militares, cabe destacar que la conclusión del acuerdo marco de Washington estuvo precedida por el anuncio del ejército israelí, durante la tarde, de su «control total de la colina de Ali el-Taher», cuya gran importancia estratégica es innegable. «Controlamos ahora plenamente la colina de Ali el-Taher y, por tanto, el Hezbollah ha perdido su bastión desde el que podía amenazar el territorio israelí», subrayó el mando militar del Estado hebreo. La toma de la colina de Ali el-Taher reviste no solo una importancia militar, sino que constituye para Israel un logro geopolítico fundamental. El subsuelo de esta zona fue transformado por los Guardianes de la Revolución en una vastísima red de túneles e infraestructuras que incluye salas de mando cuidadosamente equipadas y grandes almacenes de misiles y municiones diversas. Decenas de milicianos del Hezbollah y, sobre todo, varios oficiales superiores y cuadros de los Pasdaran estarían ahora atrapados en estos túneles y no tendrían vías de escape debido a la toma de control de la zona por parte del ejército israelí. Este desarrollo llevó a una fuente militar israelí a afirmar que el control total de Ali el-Taher por parte de las fuerzas del Estado hebreo «representa el fin del papel de Irán y del Hezbollah». No obstante, el partido proiraní desmintió a última hora de la noche la caída de dicha colina en manos del ejército israelí. En el plano estrictamente regional, el presidente Donald Trump acusó a la República Islámica de haber violado el acuerdo de alto el fuego, precisando que los iraníes lanzaron cuatro drones en dirección a buques en el estrecho de Ormuz. Tres de esos drones fueron derribados en la zona por las fuerzas estadounidenses, subrayó el presidente americano, quien precisó que el cuarto drone impactó de lleno en la parte superior de un gran buque mercante, causando importantes daños. En este contexto, un medio iraní afirmó el sábado que «se había establecido un contacto directo entre estadounidenses e iraníes con el fin de evitar cualquier incidente en el estrecho de Ormuz». Sin embargo, esta información fue posteriormente desmentida de manera categórica por los Guardianes de la Revolución Islámica. Poco antes de la medianoche, el ejército estadounidense anunció que había llevado a cabo ataques contra objetivos iraníes en la zona del estrecho. El mando militar precisó que la aviación estadounidense había lanzado bombardeos contra almacenes de misiles y drones y contra centros de radar, en represalia por el ataque iraní contra el buque mercante.

¡El miedo a una fotografía!
Por
Khairallah Khairallah
Publicado

El Líbano no tiene otra opción que proseguir las negociaciones con Israel para alcanzar el objetivo deseado: lograr la retirada israelí y permitir el regreso de los desplazados a sus pueblos y localidades. Ese es el verdadero patriotismo, lejos de la tentación de aferrarse a un pasado dominado por consignas grandilocuentes, como la de «rezar en Jerusalén», consignas que no condujeron sino al regreso de la ocupación. Al final, el Líbano se enfrenta a una realidad de la que no podrá escapar indefinidamente. Esa realidad no radica únicamente en el precio que hoy debe pagar por las guerras libradas por Irán, a través de Hezbolá, contra Israel. También radica en la aparición de nuevos parámetros que hoy configuran la región, parámetros a los que el Líbano haría bien en adaptarse en lugar de permanecer cautivo de la tutela iraní. Corresponde al país determinar cuál es el precio que está dispuesto a pagar a cambio de la retirada israelí, si realmente desea evitar caer en la trampa iraní. En el corazón de esa trampa se encuentra la determinación de la República Islámica de convertir al Líbano y a su pueblo en moneda de cambio, sin importar la devastación y la destrucción que padecen el sur del país y otras regiones. El objetivo de Irán en el Líbano nunca ha cambiado. Por eso Teherán sigue negándose a reconocer la transformación que ha experimentado toda la región. La República Islámica y la Guardia Revolucionaria continúan considerando al Líbano como moneda de cambio en cualquier negociación con Estados Unidos. Frente a la negativa de Irán a reconocer la transformación regional, el Líbano debería dejar de huir de la realidad, por un lado, y rechazar someterse a la lógica iraní, por el otro. En ese contexto, carece de sentido que oficiales libaneses que negocian con los israelíes en Washington eviten aparecer en una fotografía que reúna a todas las delegaciones participantes en las conversaciones. Ese gesto no cambia absolutamente nada. En cambio, transmite la imagen de una mentalidad libanesa retrógrada, empeñada en reducir al Líbano a poco más que un satélite de Irán. Complacer a Teherán no sirve de nada. Solo produce un resultado: perpetuar la ocupación y afianzarla. Hezbolá vive de esa ocupación, que Irán procura perpetuar en aras de unas ilusiones a las que sigue aferrándose. Irán prefiere ignorar que las guerras más recientes se libraron en su propio territorio y que, al final, terminó negociando con los estadounidenses y firmando con ellos un memorando de entendimiento, sin que exista indicio alguno de que ello vaya a resolver las diferencias pendientes entre la República Islámica y Estados Unidos, entre Irán e Israel, o incluso entre la República Islámica y los seis Estados miembros del Consejo de Cooperación del Golfo. En ese contexto, lo primero que los oficiales libaneses deberían comprender es que no están negociando con fantasmas. Están negociando con el ejército israelí, que ocupa territorio libanés y que no se retirará mientras Hezbolá conserve sus armas. El verdadero coraje consiste, sencillamente, en trabajar para poner fin a la ocupación en vez de contribuir a consolidarla, en lugar de refugiarse detrás de consignas estridentes y rehuir una fotografía con la delegación negociadora. ¿Son traidores los libaneses que negocian con Israel bajo el amparo del presidente de la República y del primer ministro, o representan, por el contrario, la más alta expresión del patriotismo en un país que cayó bajo la dominación iraní, una dominación que devolvió a Israel al sur del Líbano? Simon Karam, jefe de la delegación negociadora libanesa, y la embajadora del Líbano en Washington, Nada Hamadeh Moawad, no necesitan que nadie les expida un certificado de patriotismo. Hay una razón muy sencilla: las negociaciones que el Líbano mantiene en la capital estadounidense se desarrollan abiertamente y tienen como objetivo, ante todo, poner fin a la ocupación. ¿Puede haber una misión más noble? El Líbano negocia en circunstancias excepcionalmente complejas. La dificultad proviene menos de la intransigencia israelí que de la profunda transformación ocurrida dentro de Israel, donde hoy una mayoría considera imposible la convivencia con las armas de Hezbolá. Benjamin Netanyahu carece de margen para aceptar una retirada del Líbano sin garantías libanesas claras sobre el arsenal de Hezbolá. Dicho de otro modo, el Israel anterior al Diluvio de Al-Aqsa poco tiene que ver con el Israel surgido después del ataque lanzado por Hamás contra las comunidades del perímetro de Gaza el 7 de octubre de 2023. Ya no hay espacio para acuerdos bajo el lema de las «reglas de enfrentamiento», ni con Hamás en Gaza ni con Hezbolá en el sur del Líbano. Esos acuerdos ya no son viables, sobre todo porque la administración estadounidense no muestra disposición alguna a ejercer una presión significativa sobre Israel en relación con el Líbano. La cuestión ya no es el miedo a una fotografía. La cuestión radica en la capacidad del Líbano para presentarse en Washington con una sola delegación, unida, consciente de lo que quiere y libre de toda escalada retórica. Al final, solo queda una pregunta: ¿quiere realmente el Líbano poner fin a la ocupación en lugar de contribuir a perpetuarla? ¿Quiere evitar caer en la trampa iraní basada en la explotación política del sur del país y de sus habitantes, especialmente de la comunidad chiita? Hay una certeza: el miedo a una fotografía no augura nada bueno. Mucho más alentadora resulta la existencia de una voluntad libanesa de continuar las negociaciones por una vía independiente, separada de la vía estadounidense iraní. Esa sería la expresión de un auténtico coraje libanés, en lugar de refugiarse detrás de consignas y de los complejos crónicos que siguen marcando la actitud frente a la ocupación israelí.

Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (1/7)

Este ensayo explora las figuras de la crisis y la catástrofe, rastreándolas desde las cosmologías antiguas hasta la experiencia vivida de un mundo sacudido en sus fundamentos. Al poner en diálogo las tradiciones griegas, bíblicas e indias con la filosofía de Jan Patočka, examina cómo las civilizaciones han concebido el desorden, el colapso, la irreversibilidad e incluso la posibilidad de actuar cuando el propio sentido comienza a tambalearse. Publicado aquí como una serie de siete ensayos, este estudio sigue una línea de investigación exigente pero esencial: ¿es la catástrofe una ruptura repentina, una lenta desintegración del mundo o la verdad más profunda de nuestra condición histórica? Lo que sigue es el capítulo introductorio. Crisis y catástrofe: dos relaciones distintas con el tiempo Conceptualmente, la crisis se despliega dentro de una zona de transición ontológica. Habita el intervalo precario en el que el sentido comienza a vacilar, suspendido entre el ejercicio de la crítica y la inminencia de la catástrofe. Aunque crisis y crítica comparten la misma raíz etimológica en el verbo griego krinein , el acto de separar, discernir y decidir, ambas cumplen, en última instancia, funciones distintas dentro de la lógica del juicio. La crisis es el momento en que el equilibrio de un sistema o de una existencia se vuelve insostenible. La crítica, en cambio, se establece como una actividad reflexiva que busca transformar este desequilibrio en un horizonte de verdad o en una resolución inteligible. [1] La tragedia de toda crítica reside en su encuentro inevitable con las crisis. Solo despierta allí donde algo ya ha sido desgarrado. A la inversa, toda crisis contiene dentro de sí el horizonte espectral de su propio descenso hacia la catástrofe. La catástrofe puede entenderse, por tanto, como una crisis radicalmente crítica: el punto en el que la capacidad de discernimiento queda superada por la irreversibilidad del desastre. Mientras la catástrofe permanezca como una posibilidad inminente, krinein continúa vigilando. Es la propia vigilancia: una conciencia alerta que intenta detectar la fractura antes de que se convierta en un abismo. Es el momento suspendido de la decisión, cuando la distinción entre salvación y pérdida sigue siendo realmente posible. Sin embargo, una vez que llega la irreversibilidad, krinein cambia su propia naturaleza. Ya no distingue entre posibilidades; sella el destino. Ya no determina el desenlace; simplemente reconoce el cierre del sentido. Entre estos dos abismos, este término errante desde su origen etimológico nos recuerda que el pensamiento se asemeja a un equilibrista suspendido sobre el filo de una navaja, intentando preservar un espacio para el discernimiento precisamente cuando todo parece precipitarse hacia lo inevitable. La catástrofe suspende la continuidad de la existencia ordinaria. Interrumpe las secuencias habituales del sentido, la causalidad y la inteligibilidad. Produce una profunda dislocación, es decir, una pérdida de correspondencia entre las estructuras de la experiencia y aquello que efectivamente acontece. Lo ordinario deja de sostenerse como un mundo; su tejido de continuidad comienza a deshacerse. La crisis, por el contrario, no suspende lo ordinario. Lo mantiene en suspensión. En lugar de interrumpir la continuidad, la vuelve indecidible, inestable y abierta. La crisis constituye un régimen de expectativa interno a la propia existencia ordinaria. Las estructuras del mundo todavía perduran, aunque sin resolución, como si la realidad mantuviera su equilibrio mientras permanece incapaz de alcanzar un desenlace inmediato. La crisis es una tensión prolongada, no una ruptura. La catástrofe inaugura un después irreversible. La crisis, en cambio, aplaza ese después, lo mantiene suspendido sin permitir jamás que llegue a constituirse plenamente. La catástrofe desarticula el propio calendario. Devasta el tiempo como medio mismo de la experiencia, transformándolo en una temporalidad furiosa y desatada. Introduce lo demoníaco, ya no entendido simplemente como negatividad, sino como un modo de no ser que acecha al mundo. La catástrofe, por tanto, hace algo más que alterar la periodización de la historia, ya sea narrativa o científica. Desestabiliza la propia periodización del ser, penetrando en la articulación misma entre tiempo y existencia. Diferentes regímenes cosmológicos generan diferentes regímenes de crisis, catástrofe y acción política. Los regímenes cosmológicos no son meros telones de fondo metafísicos; estructuran silenciosamente las formas mismas mediante las cuales la crisis, la catástrofe y la acción política se vuelven comprensibles. Dentro de un cosmos estable regido por regularidades inteligibles y jerarquías fijas, como ocurre en ciertas cosmologías antiguas o teopolíticas, la crisis aparece principalmente como un desequilibrio interno: una perturbación que afecta un orden considerado capaz de ser restaurado y que, por tanto, invita a reparar antes que a refundar. Por el contrario, dentro del universo desencantado de la modernidad, donde la naturaleza está gobernada por leyes impersonales y la historia permanece radicalmente abierta, la catástrofe adopta cada vez más la forma de una ruptura sistémica: el colapso del sentido, la desintegración de los marcos institucionales y la aparición de contingencias irreversibles. En consecuencia, la acción política se transforma en gestión del riesgo, anticipación permanente de escenarios de fracaso e incluso gobernanza mediante la emergencia. Finalmente, dentro de las cosmologías escatológicas o apocalípticas, la crisis se vuelve estructural y está cargada de sentido. Deja de ser un accidente y se convierte en un signo, mientras que la catástrofe ya no es únicamente destrucción, sino la revelación de un fin último. La acción política puede entonces oscilar entre el retiro del mundo, la aceleración del conflicto y la búsqueda de la salvación. La manera en que el mundo es concebido, ya sea como un orden cíclico, un mecanismo impersonal o un escenario escatológico, moldea profundamente la profundidad ontológica, la temporalidad y las respuestas políticas asociadas con la crisis. Sin embargo, estos regímenes cosmológicos no se suceden simplemente unos a otros ni se excluyen de manera estricta. Se superponen, se mezclan y coexisten como estratos históricos, dando lugar a configuraciones híbridas en las que la crisis oscila entre restauración, gestión y revelación. Incluso puede convertirse en la crisis nacida del temor a perder el propio horizonte cosmológico y de ceder ante el de otro. [1] Sobre la genealogía moderna de la relación entre crisis y crítica, véase Reinhart Koselleck, Crítica y crisis: Ilustración y el camino hacia la patogénesis de la sociedad moderna (original alemán: Kritik und Krise. Eine Studie zur Pathogenese der bürgerlichen Welt , 1959; traducción al inglés, MIT Press, 1988). Uno de los principales historiadores de los conceptos ( Begriffsgeschichte ), Koselleck sostiene que la modernidad europea transformó gradualmente la crítica en una fuerza histórica autónoma. Según su interpretación, el pensamiento crítico surgido de la Ilustración dejó de limitarse a examinar la realidad; se constituyó como un tribunal moral y racional encargado de juzgar al Estado, la religión y el orden político existente. Sin embargo, esta emancipación de la crítica generó simultáneamente una crisis permanente de legitimidad política. La modernidad se caracteriza así por una tensión estructural en la que la crítica produce continuamente las mismas crisis que busca resolver, abriendo un horizonte histórico marcado por la inestabilidad y por la expectativa de una refundación del sentido. Mientras Koselleck entiende la crítica como una dinámica constitutiva de la modernidad europea, es decir, como una fuerza interna a la historia política de la Ilustración y del Estado moderno, Dipesh Chakrabarty, historiador poscolonial indio cuya obra se encuentra arraigada tanto en la tradición marxista como en los Estudios Subalternos, revela sus límites geohistóricos. Desde su perspectiva, la crisis moderna no constituye el horizonte universal de lo político, sino una experiencia históricamente situada que Europa ha tendido a universalizar al elevarla como norma global de inteligibilidad histórica. En Provincializing Europe: Postcolonial Thought and Historical Difference ( Provincializar Europa: pensamiento poscolonial y diferencia histórica , Princeton University Press, 2000), Chakrabarty sostiene que las categorías fundamentales de la historiografía moderna, entre ellas progreso, secularización, crisis y crítica, no son formas universales de inteligibilidad histórica, sino construcciones conceptuales surgidas de la propia experiencia intelectual y política de Europa. La posición de Chakrabarty no implica una universalización de una “actitud no crítica”. Más bien, reconfigura las condiciones mismas bajo las cuales la crítica se vuelve posible. Al mismo tiempo, abre un verdadero problema filosófico: ¿cómo puede conciliarse la pluralización de las racionalidades con la preservación de un horizonte común de juicio?

EE.UU.-Irán: los anteriores ultimátums de Trump (2/2)

La hoja de ruta estadounidense-iraní de 60 días debe situarse en el contexto de los ciclos de ultimátums que marcan el ritmo de la estrategia de Oriente Medio del presidente Donald Trump, cuyo método se basa en una alternancia entre la amenaza de destrucción total y la aplicación de una diplomacia puramente transaccional. En abril de 2025, un primer ultimátum unilateral de sesenta días que exigía a Teherán el desmantelamiento de su programa nuclear se saldó con un rechazo categórico del Guía Supremo Alí Jamenei, lo que desencadenó los masivos bombardeos de junio de 2025 por parte de los B2 estadounidenses contra los emplazamientos nucleares iraníes. Un año después, en abril de 2026, ante el asfixiante bloqueo del estrecho de Ormuz, la Casa Blanca volvió a la carga amenazando con devastar las infraestructuras vitales iraníes «en menos de cuatro horas», una amenaza que esta vez obligó a Teherán a aceptar in extremis el principio de una tregua, abriendo así el camino al protocolo firmado en Versalles por el presidente Trump. La seguridad marítima en las negociaciones En el plano operativo, Estados Unidos e Irán establecieron en Bürgenstock una «línea de comunicación directa» destinada a evitar cualquier incidente marítimo en el estrecho de Ormuz, principal vía de paso del petróleo iraní y árabe. Al mismo tiempo, el Departamento del Tesoro estadounidense concedió una exención de sanciones hasta el 21 de agosto de 2026, que abarca el petróleo y los productos petroquímicos iraníes. Estas medidas son significativas tanto para Washington como para Teherán: responden a la demanda iraní de un alivio económico inmediato y reducen, a corto plazo, el riesgo de una escalada en los precios del petróleo. También ponen de manifiesto la lógica de trueque que subyace a las negociaciones —seguridad a cambio de acceso a los mercados— y la fragilidad de soluciones basadas en exenciones temporales en lugar de garantías duraderas. El Líbano y la desconflicción: ¿es viable un mecanismo sin Israel? La creación de una «célula de desconflicción» destinada a imponer el alto el fuego en el Líbano es un mecanismo que agrupa a Estados Unidos, Irán, Qatar, el Líbano y Pakistán, pero excluye a Israel, algo sin precedentes en cuatro décadas, a diferencia del «mecanismo» actual y de las comisiones establecidas en los acuerdos de julio de 1993 y abril de 1996. La omisión de Tel Aviv es políticamente explosiva. Para Israel, que considera a Hezbolá una amenaza existencial, quedar al margen de esta célula que gobernará su propio frente es inaceptable, y Benjamin Netanyahu lo ha manifestado en reiteradas ocasiones, ya que limita su margen de maniobra militar y operativo en el sur del Líbano. Para Washington, esta configuración genera un dilema: estabilizar el Líbano sin alienar a Israel, o arriesgarse a perder el apoyo de un aliado estratégico frente a Irán imponiéndole restricciones que considera peligrosas. A largo plazo, la eficacia de esta célula de desconflicción está en entredicho, y el alto el fuego en el Líbano sigue siendo frágil. Lo nuclear: intenciones declaradas pero sin compromisos vinculantes En el expediente nuclear, los avances son cuestionables. JD Vance mencionó el regreso de los inspectores del OIEA, generando cierto optimismo, pero el Ministerio de Asuntos Exteriores iraní aclaró que Teherán no había firmado «ningún nuevo compromiso nuclear» durante la sesión. En otras palabras, la puerta está abierta al control y a la transparencia, pero sin ningún compromiso por parte de Irán de entregar el uranio enriquecido al 60 % a China o a Rusia, ni de proceder a su dilución, ni de detener las actividades de enriquecimiento. En la etapa actual, el programa nuclear iraní está ciertamente deteriorado y no funciona a raíz de los bombardeos estadounidenses e israelíes. Irán espera, a cambio de la supervisión del OIEA, garantías económicas y de seguridad tangibles y duraderas, algo que por el momento no se vislumbra en absoluto. Sin un calendario vinculante para el desmantelamiento de las capacidades nucleares iraníes, el núcleo del problema permanece intacto. Esta ambigüedad hace difícil alcanzar un acuerdo duradero sin cláusulas técnicas sólidas, verificables y acompañadas de sanciones automáticas en caso de incumplimiento. Las ganancias económicas: un alivio puntual además de los circuitos que eluden las sanciones El anuncio oficial de Teherán sobre la conclusión satisfactoria de las negociaciones técnicas, sellado por un acuerdo de la Casa Blanca para liberar 12.000 millones de dólares iraníes congelados, ilustra una lógica meramente transaccional. Sin embargo, este importante desbloqueo financiero desencadenó de inmediato un pulso a distancia, revelador de la fragilidad del proceso: mientras Donald Trump se apresuraba a afirmar en sus redes sociales que esos fondos deberían destinarse obligatoriamente a la compra de productos agrícolas estadounidenses, el gobierno iraní rechazaba categóricamente dicha imposición. Si la administración estadounidense busca presentar un conveniente acuerdo comercial como una concesión geopolítica, Irán pretende consagrar ese triunfo financiero como una restitución soberana, sin contraprestación comercial unilateral alguna. Por otra parte, la dependencia de Irán del mercado chino sigue siendo un factor determinante, aunque Pekín no esté directamente en el centro de las conversaciones. China sigue siendo, por tanto, un socio energético esencial para Teherán, y sus intereses contribuyen en parte a moderar la postura iraní, concretamente en lo que respecta a mantener abierto el estrecho de Ormuz. Por último, la sombra de los circuitos de exportación que continúan eludiendo las sanciones vigentes complica la capacidad de la diplomacia occidental para ejercer una presión sostenida. Resumen de riesgos y escenarios En términos generales, tras el optimismo de fachada exhibido en Suiza, la tregua de sesenta días se ve constantemente amenazada por cuatro detonadores geopolíticos. El primero es el desfase fundamental entre las expectativas de Washington —que exige la renuncia nuclear de Teherán— y la posición iraní, que no ve en ello más que una pausa económica sin contrapartida estratégica. El segundo radica en la exclusión de Israel de la célula de desconflicto libanesa, lo que deja al gobierno de Netanyahu en libertad de sabotear militarmente la tregua en el Líbano para neutralizar a Hezbolá, forzando así a Irán a responder. El tercero es la silenciosa reactivación por parte de Hezbolá de la reorganización de sus filas y del redepliegue encubierto de su dispositivo de combate frente a Israel, algo que ya supo hacer con gran maestría tras la retirada israelí de 2000, luego tras la resolución 1701 de 2006 y, finalmente, tras el alto el fuego del 27 de noviembre de 2024. Si Hezbolá reitera este tipo de actividades, volvería a dar a Israel un pretexto para reanudar los combates y desatender las directrices de Washington. Por último, el cuarto detonador de carácter geopolítico que amenaza la tregua es la imprevisibilidad intrínseca de Donald Trump, sometido a presiones internas tanto desde su derecha como desde su izquierda, lo que podría llevarlo a romper unilateralmente el proceso de Bürgenstock. Si uno de estos seguros salta, la cadena de consecuencias se activará de inmediato: el restablecimiento instantáneo del bloqueo estadounidense provocará, como respuesta simétrica, un nuevo cierre iraní del estrecho de Ormuz, sumiendo al Golfo y al Oriente Próximo en una nueva crisis. Conclusión: apaciguamiento condicional, no paz garantizada Los próximos 60 días determinarán si la hoja de ruta es el preludio a una pacificación gradual, o simplemente el marco de una táctica dilatoria que no hará sino aplazar el enfrentamiento. Por ahora, asistimos a un alivio frágil que quizás permitiría construir pacientemente garantías verificables y llegar a un acuerdo formal a finales del verano de 2026, no sin el riesgo potencial de un retorno a la guerra en el Líbano y en el Golfo. Una estabilización exitosa transformaría así una guerra caliente en una guerra fría regional altamente militarizada, suspendida de varios factores de ruptura a medio y largo plazo. Leer sobre el mismo tema: EE.UU.-Irán: una hoja de ruta bajo presión del tiempo (1/2)