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Análisis

EE.UU.-Irán: los anteriores ultimátums de Trump (2/2)

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El presidente estadounidense Donald Trump, acompañado de algunos ministros, recibe al secretario general de la OTAN, Mark Rutte (a la izquierda), en el Despacho Oval, el 24 de junio de 2026. (AFP)
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Por Khalil Helou
Publicado jun 26, 2026 - 12:06

La hoja de ruta estadounidense-iraní de 60 días debe situarse en el contexto de los ciclos de ultimátums que marcan el ritmo de la estrategia de Oriente Medio del presidente Donald Trump, cuyo método se basa en una alternancia entre la amenaza de destrucción total y la aplicación de una diplomacia puramente transaccional.

En abril de 2025, un primer ultimátum unilateral de sesenta días que exigía a Teherán el desmantelamiento de su programa nuclear se saldó con un rechazo categórico del Guía Supremo Alí Jamenei, lo que desencadenó los masivos bombardeos de junio de 2025 por parte de los B2 estadounidenses contra los emplazamientos nucleares iraníes.

Un año después, en abril de 2026, ante el asfixiante bloqueo del estrecho de Ormuz, la Casa Blanca volvió a la carga amenazando con devastar las infraestructuras vitales iraníes «en menos de cuatro horas», una amenaza que esta vez obligó a Teherán a aceptar in extremis el principio de una tregua, abriendo así el camino al protocolo firmado en Versalles por el presidente Trump.

La seguridad marítima en las negociaciones

En el plano operativo, Estados Unidos e Irán establecieron en Bürgenstock una «línea de comunicación directa» destinada a evitar cualquier incidente marítimo en el estrecho de Ormuz, principal vía de paso del petróleo iraní y árabe.

Al mismo tiempo, el Departamento del Tesoro estadounidense concedió una exención de sanciones hasta el 21 de agosto de 2026, que abarca el petróleo y los productos petroquímicos iraníes.

Estas medidas son significativas tanto para Washington como para Teherán: responden a la demanda iraní de un alivio económico inmediato y reducen, a corto plazo, el riesgo de una escalada en los precios del petróleo. También ponen de manifiesto la lógica de trueque que subyace a las negociaciones —seguridad a cambio de acceso a los mercados— y la fragilidad de soluciones basadas en exenciones temporales en lugar de garantías duraderas.

El Líbano y la desconflicción: ¿es viable un mecanismo sin Israel?

La creación de una «célula de desconflicción» destinada a imponer el alto el fuego en el Líbano es un mecanismo que agrupa a Estados Unidos, Irán, Qatar, el Líbano y Pakistán, pero excluye a Israel, algo sin precedentes en cuatro décadas, a diferencia del «mecanismo» actual y de las comisiones establecidas en los acuerdos de julio de 1993 y abril de 1996.

La omisión de Tel Aviv es políticamente explosiva. Para Israel, que considera a Hezbolá una amenaza existencial, quedar al margen de esta célula que gobernará su propio frente es inaceptable, y Benjamin Netanyahu lo ha manifestado en reiteradas ocasiones, ya que limita su margen de maniobra militar y operativo en el sur del Líbano.

Para Washington, esta configuración genera un dilema: estabilizar el Líbano sin alienar a Israel, o arriesgarse a perder el apoyo de un aliado estratégico frente a Irán imponiéndole restricciones que considera peligrosas.

A largo plazo, la eficacia de esta célula de desconflicción está en entredicho, y el alto el fuego en el Líbano sigue siendo frágil.

Lo nuclear: intenciones declaradas pero sin compromisos vinculantes

En el expediente nuclear, los avances son cuestionables. JD Vance mencionó el regreso de los inspectores del OIEA, generando cierto optimismo, pero el Ministerio de Asuntos Exteriores iraní aclaró que Teherán no había firmado «ningún nuevo compromiso nuclear» durante la sesión.

En otras palabras, la puerta está abierta al control y a la transparencia, pero sin ningún compromiso por parte de Irán de entregar el uranio enriquecido al 60 % a China o a Rusia, ni de proceder a su dilución, ni de detener las actividades de enriquecimiento.

En la etapa actual, el programa nuclear iraní está ciertamente deteriorado y no funciona a raíz de los bombardeos estadounidenses e israelíes.

Irán espera, a cambio de la supervisión del OIEA, garantías económicas y de seguridad tangibles y duraderas, algo que por el momento no se vislumbra en absoluto. Sin un calendario vinculante para el desmantelamiento de las capacidades nucleares iraníes, el núcleo del problema permanece intacto.

Esta ambigüedad hace difícil alcanzar un acuerdo duradero sin cláusulas técnicas sólidas, verificables y acompañadas de sanciones automáticas en caso de incumplimiento.

Las ganancias económicas: un alivio puntual además de los circuitos que eluden las sanciones

El anuncio oficial de Teherán sobre la conclusión satisfactoria de las negociaciones técnicas, sellado por un acuerdo de la Casa Blanca para liberar 12.000 millones de dólares iraníes congelados, ilustra una lógica meramente transaccional.

Sin embargo, este importante desbloqueo financiero desencadenó de inmediato un pulso a distancia, revelador de la fragilidad del proceso: mientras Donald Trump se apresuraba a afirmar en sus redes sociales que esos fondos deberían destinarse obligatoriamente a la compra de productos agrícolas estadounidenses, el gobierno iraní rechazaba categóricamente dicha imposición.

Si la administración estadounidense busca presentar un conveniente acuerdo comercial como una concesión geopolítica, Irán pretende consagrar ese triunfo financiero como una restitución soberana, sin contraprestación comercial unilateral alguna.

Por otra parte, la dependencia de Irán del mercado chino sigue siendo un factor determinante, aunque Pekín no esté directamente en el centro de las conversaciones.

China sigue siendo, por tanto, un socio energético esencial para Teherán, y sus intereses contribuyen en parte a moderar la postura iraní, concretamente en lo que respecta a mantener abierto el estrecho de Ormuz.

Por último, la sombra de los circuitos de exportación que continúan eludiendo las sanciones vigentes complica la capacidad de la diplomacia occidental para ejercer una presión sostenida.

Resumen de riesgos y escenarios

En términos generales, tras el optimismo de fachada exhibido en Suiza, la tregua de sesenta días se ve constantemente amenazada por cuatro detonadores geopolíticos.

El primero es el desfase fundamental entre las expectativas de Washington —que exige la renuncia nuclear de Teherán— y la posición iraní, que no ve en ello más que una pausa económica sin contrapartida estratégica. El segundo radica en la exclusión de Israel de la célula de desconflicto libanesa, lo que deja al gobierno de Netanyahu en libertad de sabotear militarmente la tregua en el Líbano para neutralizar a Hezbolá, forzando así a Irán a responder.

El tercero es la silenciosa reactivación por parte de Hezbolá de la reorganización de sus filas y del redepliegue encubierto de su dispositivo de combate frente a Israel, algo que ya supo hacer con gran maestría tras la retirada israelí de 2000, luego tras la resolución 1701 de 2006 y, finalmente, tras el alto el fuego del 27 de noviembre de 2024.

Si Hezbolá reitera este tipo de actividades, volvería a dar a Israel un pretexto para reanudar los combates y desatender las directrices de Washington.

Por último, el cuarto detonador de carácter geopolítico que amenaza la tregua es la imprevisibilidad intrínseca de Donald Trump, sometido a presiones internas tanto desde su derecha como desde su izquierda, lo que podría llevarlo a romper unilateralmente el proceso de Bürgenstock.

Si uno de estos seguros salta, la cadena de consecuencias se activará de inmediato: el restablecimiento instantáneo del bloqueo estadounidense provocará, como respuesta simétrica, un nuevo cierre iraní del estrecho de Ormuz, sumiendo al Golfo y al Oriente Próximo en una nueva crisis.

Conclusión: apaciguamiento condicional, no paz garantizada

Los próximos 60 días determinarán si la hoja de ruta es el preludio a una pacificación gradual, o simplemente el marco de una táctica dilatoria que no hará sino aplazar el enfrentamiento.

Por ahora, asistimos a un alivio frágil que quizás permitiría construir pacientemente garantías verificables y llegar a un acuerdo formal a finales del verano de 2026, no sin el riesgo potencial de un retorno a la guerra en el Líbano y en el Golfo.

Una estabilización exitosa transformaría así una guerra caliente en una guerra fría regional altamente militarizada, suspendida de varios factores de ruptura a medio y largo plazo.

Leer sobre el mismo tema:

EE.UU.-Irán: una hoja de ruta bajo presión del tiempo (1/2)

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