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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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De Irak al Líbano, la batalla por el monopolio de las armas está en marcha

A principios de semana persistía la incertidumbre sobre la fecha de reanudación de las reuniones técnicas entre Teherán y Washington, después de que ambas partes acordaran el martes pasado, en Suiza, crear cuatro grupos de trabajo dedicados a los expedientes sobre el levantamiento de las sanciones, el programa nuclear y la reconstrucción. Aunque las conversaciones entre las dos capitales se han visto muy deterioradas por el pulso militar en torno al estrecho de Ormuz —sobre el que Irán quiere imponer un control total— y por la negativa de Teherán a permitir el acceso de los inspectores del OIEA a sus instalaciones nucleares, no se han roto del todo, según diversas fuentes concordantes citadas por la AFP y medios estadounidenses. El lunes, el presidente Donald Trump anunció en su red social Truth Social que responsables iraníes habían solicitado una reunión de seguimiento y que esta debía celebrarse el martes en Doha. Un anuncio que Teherán desmintió rápidamente, asegurando que no estaba prevista ninguna reunión ni encuentro técnico de los grupos de trabajo durante esa semana en Catar. La Casa Blanca confirmó sin embargo que los dos negociadores estadounidenses Jared Kushner y Steve Witkoff viajarían a Catar «para reuniones de alto nivel», aunque sin precisar fecha. Según el sitio estadounidense Axios, ambos estarían el martes en Doha para mantener conversaciones con responsables catarís. El miércoles, las delegaciones técnicas estadounidense e iraní encargadas de la aplicación del memorando de entendimiento firmado el 18 de junio deberían reunirse por separado con los mediadores catarí y pakistaní, según informó Axios. Un diplomático presentado por la AFP como cercano al expediente confirmó a la agencia francesa que los canales de comunicación entre los dos países permanecen abiertos, lo que significa en la práctica que la mediación llevada a cabo conjuntamente por Catar y Pakistán se ha retomado tras el aumento de las tensiones y el intercambio de amenazas entre ambas partes. El lunes se había restablecido la calma en el frente estadounidense-iraní: cesaron tanto el intercambio de amenazas que se había reanudado tras los ataques iraníes de finales de la semana anterior contra petroleros que cruzaban Ormuz, como los ataques con drones iraníes y las contraofensivas estadounidenses. Esta calma parece haber sido acordada de mutuo acuerdo, dado que un responsable estadounidense anunció el domingo por la noche una suspensión de los ataques mutuos para permitir la continuación de las conversaciones técnicas y el mantenimiento de la libre circulación de buques por el estrecho de Ormuz. Sin embargo, la partida no está ganada, ya que Teherán sigue siendo inflexible respecto a su autoproclamado derecho a controlar este estratégico paso marítimo. La República Islámica, que contaba con la colaboración del sultanato de Omán para crear un precedente en violación del derecho marítimo internacional, debía sin embargo desengañarse rápidamente. Mascate reafirmó el lunes que no adoptará ninguna medida contraria a ese derecho, aunque se mostró dispuesto a dialogar con Teherán sobre posibles tarifas impuestas a cambio de servicios garantizados. Monopolio de las armas en Irak. ¿Y qué pasa con el Líbano? Siguiendo en el plano regional, otro elemento merece ser destacado por su importancia estratégica. El gobierno iraquí ha fijado a las facciones armadas pro-iraníes un plazo de tres meses para entregar sus armas, que vence el 30 de septiembre. El anuncio se produce en vísperas de la visita a Estados Unidos del nuevo primer ministro iraquí, Ali al-Zaidi —quien, como es sabido, reclamaba el desarme de dichas facciones—, y un día después de una operación policial sin precedentes en la esfera política iraquí. Al menos 200 personas, entre ellas numerosos diputados, exministros y empresarios, fueron detenidas en el marco de esta operación llevada a cabo bajo el signo de la lucha contra la corrupción. En algunos domicilios se incautaron varias decenas de millones de dólares. Estas dos operaciones reflejan la determinación del poder en Irak de liberarse de la influencia de la República Islámica, que no ha reaccionado al anuncio. No pueden desvincularse del proceso de transformación en el que la región está inmersa desde la operación militar israelí-estadounidense contra Irán. A nivel político, Irak y el Líbano presentan numerosas similitudes, especialmente en lo que respecta a la influencia iraní y su efecto desestabilizador en ambos países. Sin embargo, la principal diferencia entre ellos radica en la capacidad y la voluntad de actuar: en Irak, la decisión de reducir el poder de las facciones armadas se ha traducido en medidas concretas, mientras que en el Líbano, esa misma decisión adoptada en agosto de 2025 sigue encontrando resistencias en su aplicación. Sigue careciendo de claridad y depende hoy de un conjunto de medidas recogidas en el acuerdo marco firmado la semana pasada entre Beirut y Tel Aviv en Washington. La primera fase de este acuerdo contempla una retirada israelí de «zonas piloto» en el sur del Líbano, que aún se hace esperar. La llegada a Beirut del comandante del Centcom, el almirante Brad Cooper —quien mantuvo conversaciones con el comandante en jefe del ejército, el general Rodolphe Haykal, y el presidente Joseph Aoun, centradas en los preparativos para la aplicación del documento firmado en Washington— es una señal indicativa del inicio de este proceso. Israel parece estar preparándose para retiradas parciales y progresivas hasta la Línea Azul, tal como lo demuestran las voladuras a gran escala de túneles de Hezbolá en Majdal Zoun y de viviendas en otros pueblos, entre ellos Haddatha. El ministro israelí de Defensa, Israel Katz, reafirmó el lunes que su país no se retirará del Líbano mientras Hezbolá no esté desarmado, en tanto que la formación proiraní se niega categóricamente a entregar sus armas. Si bien la tensión que se manifestó sobre el terreno mediante protestas de la base de Hezbolá tras la firma del acuerdo libanés-israelí se ha calmado en el plano político, sigue siendo muy intensa. Los cuadros de la milicia continúan advirtiendo contra cualquier intento de desarme y reafirman una y otra vez su determinación de combatir el proceso diplomático emprendido entre Beirut y Tel Aviv. Por ahora, sin embargo, prima la distensión. El tándem Amal-Hezbolá no contempla, al menos «por el momento», una escalada. El presidente del Parlamento, Nabih Berry, también contrario al texto del acuerdo libanés-israelí, expresó su compromiso con la estabilidad del país y el mantenimiento de la calma durante una conversación telefónica con el jefe del Gobierno, Nawaf Salam. A través de uno de sus dirigentes, Mahmoud Comati, Hezbolá hizo saber que por el momento no tiene intención de retirar a sus ministros del gobierno, aunque afirmó que «el partido dispone de los medios para hacerlo caer». La ULCM se felicita A pesar de estas voces discordantes que giran todas en la misma órbita, o de las reservas expresadas sobre ciertas disposiciones del documento libanés-israelí por parte de figuras políticas como el líder druso Walid Joumblatt, el acuerdo marco goza de un amplio consenso en la medida en que sustrae al Líbano de la influencia iraní e impediría que el sur del país siga siendo una caja de resonancia de los conflictos regionales. La Unión Libanesa Cultural Mundial (ULCM), principal órgano representativo de los libaneses en el exterior, celebró el lunes la conclusión de este acuerdo y señaló en un comunicado firmado por su presidente, Farès Wehbé, que el proceso emprendido por las autoridades libanesas «está en sintonía con el discurso de investidura del jefe de Estado y con las decisiones del gobierno orientadas a devolver al Estado, en exclusiva, la potestad de decidir sobre la guerra y la paz». Para la ULCM, como subraya Farès Wehbé, este proceso representa un «primer paso hacia el restablecimiento de la plena soberanía del Líbano sobre la totalidad del territorio nacional» y «retoma la tradición de una diplomacia libanesa audaz, tal como existía en los albores de la independencia, antes de que la decisión sobre la guerra y la paz fuera sustraída a la autoridad del Estado». «Por primera vez en varias décadas, el país negocia en su propio nombre y en interés de su nación», destaca el señor Wehbé, quien precisa que «los libaneses, tanto dentro del país como en el resto del mundo, aspiran a recuperar un Líbano normal, donde la cultura, las artes, la vida y la alegría vuelvan a imponerse sobre el lenguaje de las armas». Asimismo, el presidente de la ULCM afirmó su voluntad de apoyar al presidente y al gobierno en esta tarea, al tiempo que instó a los libaneses «a mantenerse vigilantes y a frustrar cualquier intento de sembrar el caos, especialmente porque ciertos grupos armados, vinculados a un sistema de corrupción profundamente arraigado en las estructuras del Estado profundo, tienen interés en mantener el expediente de las armas bajo el influjo de los equilibrios regionales». «Lo que se ha logrado debe ahora preservarse mediante un compromiso serio y sostenido, y no celebrarse como un fin en sí mismo», subraya el comunicado de la ULCM, que reafirma que «la independencia a la que aspira el Líbano debe ser plena y definitiva».

Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (2/7)

Este ensayo propone un recorrido por las figuras de la crisis y la catástrofe, desde las cosmologías antiguas hasta la experiencia vivida de la conmoción del mundo. Al entrelazar las herencias griegas, bíblicas e indias con el pensamiento de Jan Patočka, examina cómo las civilizaciones han pensado el desorden, el colapso, lo irreversible y la posibilidad misma de la acción cuando el sentido se tambalea. Publicado aquí en siete capítulos-artículos, este texto sigue un hilo exigente pero esencial: comprender si la catástrofe es una ruptura repentina, una lenta desintegración del mundo o la verdad profunda de nuestro tiempo. Esta es la segunda parte. Cosmología del desorden Las nociones de crisis y catástrofe atraviesan la historia conceptual de la política moderna como dos operadores fundamentales para representar el desorden y hacerlo legible históricamente. El término crisis proviene del griego krisis , que originalmente significa “decisión” o “juicio”. En el léxico médico hipocrático, designa ese momento decisivo en el que la evolución de un proceso patológico se inclina hacia dos desenlaces igualmente posibles: la curación o la muerte. Trasladada al campo político, la crisis designa un régimen de desequilibrio en el que las formas instituidas de regulación ya no logran absorber ni neutralizar las tensiones sociales, económicas o simbólicas. Adquiere entonces una doble dimensión: es reveladora, porque deja al descubierto las líneas de fragilidad de un orden; y también productora, porque exige una reconfiguración de ese orden, una reactivación de sus principios de coherencia. La crisis remite a un momento de suspensión de la decisión, a un entretiempo inestable del devenir, donde las determinaciones quedan provisionalmente suspendidas sin que el desenlace haya sido aún definido. Este referente griego contrasta con la pluralidad de sus equivalentes, que nunca son verdaderos equivalentes, en el ámbito sánscrito. Podemos mencionar especialmente सङ्कट ( saṅkaṭa ) , que designa una situación crítica, una aflicción o un nudo peligroso; विपत्ति ( vipatti ) , que remite a la adversidad o al desastre potencial; o incluso, en ciertos usos filosóficos, संशय ( saṃśaya ) , que expresa la duda o una indecisión estructurante. [1] Sin embargo, ninguno de estos términos abarca plenamente la densidad del griego krisis , entendido como el momento de una decisión inmanente, donde el juicio surge en el corazón mismo de la indeterminación. En cambio, otro término sánscrito, निष्कर्ष ( niṣkarṣa ) , puede ser utilizado no como equivalente de crisis, sino como su reverso lógico: una especie de fotografía invertida del concepto griego de krisis . Allí donde la crisis designa el momento abierto de la decisión, el niṣkarṣa remite al resultado estabilizado de un proceso de discernimiento, a la conclusión fijada después de atravesar la indeterminación, es decir, al sentido una vez resuelta la crisis del sentido. [2] Pero, observándolo más de cerca, estos conceptos se aproximan a ciertas dimensiones de lo “crítico” tal como se manifiesta en la experiencia vivida, sin que sea siempre necesario, ni siquiera posible, estabilizarlas dentro de una articulación conceptual estricta. Porque la crisis no es solamente una categoría lógica o un esquema de decisión: también pertenece a un régimen afectivo. Se presenta como vacilación, debilitamiento de los puntos de apoyo y pérdida relativa de control, pero también como esfuerzo por recuperar aquello que se escapa. Así implica una tensión entre la impotencia y la voluntad de dominar lo incontrolable. También posee una tonalidad propia: la de una inquietud frente a un tiempo que se escapa, se contrae o se suspende, como si el devenir mismo se retirara de sus coordenadas habituales. En política, la crisis no designa entonces únicamente un momento de cambio racional. Al mismo tiempo, es el surgimiento de lo político y la exposición de su reverso más tenso: un estado de crispación donde el poder se descubre simultáneamente impulsado por su propia reconfiguración y debilitado por aquello que supera cualquier dominio estable. La crisis juega y deshace la catástrofe. Lo crítico, actitud rudimentaria, incluso reflejo de supervivencia, se disfraza de alivio: “todavía no estoy en la catástrofe”. En esa distancia, se constituye como una posición de relajación relativa, una manera de aplazar el colapso manteniéndolo a distancia. La catástrofe, por su parte, se presenta como una especie de fiesta invertida de la crisis: no una celebración, sino un exceso sin sujeto, una suspensión de los puntos de referencia, una exposición desnuda del mundo a su propia disolución. Aparece así como el reverso intensivo de la crisis, allí donde esta última permanece todavía atrapada en la lógica de la gestión y del umbral, mientras que la catástrofe excede toda economía del control y del aplazamiento. Las dos grandes epopeyas indias, el Mahābhārata y el Rāmāyaṇa , despliegan cada una, a su manera, una dinámica compleja entre crisis y catástrofe, aunque sin proponer una conceptualización explícita de ellas. [3] Esta articulación se manifiesta más bien a través de una puesta en escena narrativa, cosmológica y ética del desorden, donde este aparece simultáneamente como suspensión de la decisión y como colapso del orden del mundo. En el Mahābhārata , la crisis se manifiesta primero como una confusión del dharma , entendido al mismo tiempo como orden normativo, cósmico y social. Incluso antes del inicio de la guerra de Kurukṣetra, el mundo ya ha entrado en un régimen de desequilibrio: la ley se vuelve ilegible, los linajes se contradicen, los deberes chocan entre sí y las jerarquías se descomponen. La situación pertenece entonces plenamente al registro de la crisis, en el sentido más fuerte del término, es decir, el de una indecisión estructural donde el juicio es al mismo tiempo necesario e imposible sin incurrir en falta. El ejemplo paradigmático es la figura de Arjuna, atrapado en una suspensión del juicio en el campo de batalla, incapaz de decidir sin comprometer el mismo orden que se supone que debe defender [4] Sin embargo, la crisis nunca es puramente interna a un régimen de decisión: siempre está ya atravesada por una potencialidad catastrófica. La guerra de Kurukṣetra representa su actualización absoluta, donde la virtualidad del desastre se encarna en una catástrofe integral: destrucción casi total de los linajes, derrumbe de las estructuras de filiación, agotamiento de las categorías morales ordinarias. [5] El desorden ya no se limita aquí a suspender el orden; desintegra las mismas condiciones de posibilidad de ese orden. En el pensamiento indio, la catástrofe se inscribe dentro de una lógica cósmica del ciclo ( yuga ). No es el acontecimiento contingente de una ruina, sino el momento nodal de una metamorfosis cósmica: el mundo se deshace para poder reconfigurarse. El final de un ciclo nunca es una ruptura absoluta, sino la apertura de una recomposición necesaria, donde disolución y regeneración se encadenan según el ritmo de la temporalidad cósmica. El Mahābhārata ilustra esta dinámica al presentar la catástrofe no como un cierre, sino como una nueva sedimentación del ser. El conflicto, al destruir el antiguo orden, prepara el renacimiento del mundo y el surgimiento de un nuevo equilibrio del dharma . La guerra, aunque apocalíptica por su magnitud, se convierte en el vehículo de una restauración cósmica: un tránsito de la decadencia hacia la reafirmación del sentido. El Rāmāyaṇa , en cambio, propone otra modalidad del desorden y de su resolución. La crisis no aparece allí como un cataclismo cósmico, sino que se concentra en el exilio de Rāma, símbolo de una legitimidad suspendida. La catástrofe nunca estalla plenamente: es desplazada, aplazada, contenida. El relato neutraliza el desastre mediante su propia estructura. Rāvaṇa, figura del desorden soberano, encarna la tentación del caos; su derrota marca la reconstrucción de la continuidad del dharma y la restitución de la soberanía legítima. Así, mientras el Mahābhārata convierte la catástrofe en la matriz de una refundación cósmica, el Rāmāyaṇa despliega su domesticación narrativa: el desastre se transforma en un proceso de purificación y reafirmación del orden. La crisis se convierte en tránsito, no en final; la destrucción, en principio de permanencia del mundo. Lo que distingue profundamente a las dos grandes epopeyas indias es que la crisis nunca es allí puramente decisional, ni la catástrofe puramente terminal. Ambas pertenecen a un mismo régimen cósmico, estructurado por las tres dinámicas que ordenan todo devenir del mundo: disolución ( pralaya ), recomposición ( sṛṣṭi ) y repetición cíclica ( saṃsāra ) [6] En el marco del dharma , tal como organiza el pensamiento de los itihāsas ( Mahābhārata y Rāmāyaṇa ), no existe una separación estable entre crisis y catástrofe, porque el mundo es concebido como un proceso regido por ciclos de desequilibrio y reajuste. La desarticulación del dharma nunca es absoluta: forma parte de una economía más amplia de recomposición cósmica. La crisis corresponde a una inestabilidad interna del orden, ya atravesada por la posibilidad del colapso, mientras que la catástrofe jamás implica una aniquilación pura, sino una reconfiguración del mundo, un reordenamiento del sentido después de la desintegración. [1] Sobre los usos filosóficos de saṃśaya como estructura de la duda y de la indecisión en las tradiciones de la India, véase también Jonardon Ganeri, The Lost Age of Reason: Philosophy in Early Modern India, 1450–1700 (Oxford University Press, 2011). [2] Nadja Stchoupak, Luigia Nitti y Louis Renou, Dictionnaire sanskrit-français (París: Adrien Maisonneuve, 1959). [3] Wendy Doniger, The Hindus: An Alternative History (Nueva York: Penguin Press, 2009), cap. 9 (“Women and Ogresses in the Rāmāyaṇa ”), pp. 213-250; cap. 10 (“Violence in the Mahābhārata ”); y cap. 11 (“Dharma in the Mahābhārata ”), pp. 251-338. En estos capítulos, Doniger analiza la manera en que el Rāmāyaṇa y el Mahābhārata representan la desintegración del dharma a través de guerras, conflictos dinásticos y formas de desorden cósmico-político. [4] Sobre la suspensión del juicio de Arjuna y la crisis del dharma en el Mahābhārata , véase Alf Hiltebeitel, The Ritual of Battle: Krishna in the Mahabharata (Ithaca: Cornell University Press, 1976), en particular la introducción y los capítulos dedicados a la Bhagavad Gītā , especialmente las secciones que analizan el diálogo inicial entre Arjuna y Krishna, donde se escenifican el derrumbe de los referentes del dharma y la suspensión de la decisión en el campo de batalla de Kurukṣetra. [5] Sobre la guerra de Kurukṣetra como catástrofe total y como momento del colapso del dharma , véanse, entre otros, Ananda K. Coomaraswamy, Hinduism and Buddhism (Nueva York: Philosophical Library, 1943), pp. 75-82; D. D. Kosambi, The Culture and Civilisation of Ancient India in Historical Outline (Londres: Routledge & Kegan Paul, 1965), pp. 100-108; Irawati Karve, Yuganta: The End of an Epoch (Hyderabad: Orient Blackswan, 1969), pp. 7-32 y 95-120; así como Bimal Krishna Matilal, Moral Dilemmas in the Mahabharata (Nueva Delhi: Motilal Banarsidass, 1989), pp. 1-24. [6] Upinder Singh, Ancient India: Culture of Contradictions (Nueva Delhi: Oxford University Press, 2021), capítulo “Violence in Early Indian Tradition” y las secciones dedicadas al Mahābhārata , especialmente su interpretación de la guerra de Kurukṣetra como un momento de intensificación extrema de la violencia política y cósmica, más que como un simple conflicto dinástico. Singh subraya que las fuentes épicas y normativas no elaboran una teoría unificada de la violencia, sino que ponen de manifiesto su papel estructurante en los imaginarios del poder, el parentesco y el dharma . Leer también: Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (1/7): crisis y catástrofe: dos relaciones distintas con el tiempo

Hacia un “statu quo” duradero en Medio Oriente

Más allá de la controversia política y mediática generada por el contenido del acuerdo entre Estados Unidos e Irán, el desarrollo de los acontecimientos muestra ahora con claridad que nuevas dinámicas están tomando forma en la región. Su principal denominador común podría ser pasar página del profundo y antiguo conflicto entre Washington y Teherán para establecer una gestión basada en parámetros diferentes a los que prevalecían hasta ahora. Es en esta perspectiva que se explica la insistencia iraní en “poner fin al estado de guerra entre los dos países”. El directorio iraní demostró un gran pragmatismo al aceptar sentarse en la mesa de negociaciones directas apenas unas semanas después del asesinato del Líder Supremo, el ayatolá Ali Jamenei, cuya autoridad moral, religiosa, política y militar ocupaba un lugar central dentro de la República Islámica. De esta manera rompía con una doctrina que había moldeado su política durante más de cuarenta y cinco años, desde el triunfo de la revolución islámica en 1979, la llegada del imán Jomeini al poder, la definición de los fundamentos ideológicos del régimen y de la exportación de la revolución, así como la designación permanente de Estados Unidos como el “Gran Satán”. A pesar de las graves pérdidas sufridas durante las dos guerras sucesivas, Irán probablemente supo aprovechar el temperamento particular del presidente estadounidense Donald Trump, siempre en busca de grandes acuerdos comerciales y deseoso de parecer el hombre capaz de lograr golpes de efecto sin precedentes. Su prisa por entrar en guerra contra Irán, siguiendo los consejos del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, lo llevó a alimentar expectativas elevadas que rápidamente demostraron estar fuera de alcance. El poderío estadounidense, por más considerable que sea, no garantiza resultados inmediatos. En los hechos, Teherán salió de esta guerra con resultados superiores a sus propias expectativas. Las sanciones que afectan al petróleo iraní deberían levantarse después de años de embargo; una parte de sus activos financieros congelados será desbloqueada, mientras el país tiene una necesidad urgente de esos recursos, al mismo tiempo que se plantea la creación de un fondo de reconstrucción de 300,000 millones de dólares. En cuanto a los asuntos que precisamente habían motivado el conflicto (el programa nuclear, el programa balístico y los grupos aliados de Irán), finalmente fueron devueltos a la mesa de negociación. Ahora bien, ¿quién domina mejor el arte de la paciencia y de la negociación a largo plazo que quienes tejen alfombras? Sin minimizar las consecuencias de la grave crisis económica y social que afecta al país, el régimen iraní aprendió desde hace tiempo a vivir bajo presión política y económica, aunque hoy aspire más que nunca a liberarse de ella. Para Teherán, haber resistido sin colapsar ya representa una victoria en sí misma. A pesar de la eliminación de altos responsables y de las enormes destrucciones que afectaron numerosas instalaciones estratégicas, tanto civiles como militares, el régimen permaneció en pie. También quedó demostrado que las esperanzas estadounidenses, probablemente nunca verdaderamente fundamentadas, de que el pueblo iraní se levantara contra sus dirigentes desde el inicio de la guerra respondían más a una apuesta que a un análisis. Israel había impulsado ampliamente esta hipótesis para convencer a Washington de la conveniencia de la opción militar, sin que estuviera respaldada por informaciones realmente sólidas. Ya sea que la retirada de los iraníes de cualquier movilización de protesta haya sido dictada por un reflejo de unidad nacional frente a una agresión externa, o que haya ofrecido al régimen la oportunidad de recuperar fuerzas en plena guerra, el resultado sigue siendo el mismo. El poder iraní no tambaleó y todos aquellos que vivían en el extranjero, que ya habían preparado sus maletas para regresar, se encuentran hoy frente a una profunda decepción. Las perspectivas de supervivencia del régimen se han fortalecido y, con toda probabilidad, la cuestión de su caída ya no se planteará en un futuro previsible. Por encima de todo, Irán “descubrió” una carta fundamental, quizás incluso decisiva: la del estrecho de Ormuz, cuya amenaza había utilizado durante mucho tiempo. La experiencia le demostró que podía emplearla como una palanca al servicio de sus intereses, incluso sin llegar a imponer un derecho de peaje, como pretendía. Todos conocen la importancia que Donald Trump, al igual que todos los países occidentales, concede a la fluidez de los suministros petroleros y a la libre circulación de los cargamentos, debido a que sus repercusiones sobre la economía mundial siguen siendo considerables. La cuestión ahora supera el simple balance de ganancias y pérdidas. Abre el camino hacia una nueva trayectoria política cuyo concepto central podría ser un statu quo regional, es decir, una forma de coexistencia, aunque carente de cordialidad, entre Washington y Teherán. Los próximos acontecimientos mostrarán qué ocurrirá con los demás asuntos pendientes, entre ellos el Líbano y las armas de Hezbolá. Quienes habían apostado por una desaparición automática del arsenal del partido como consecuencia de un colapso iraní probablemente deberán revisar su análisis con mayor realismo, privilegiando la búsqueda de un compromiso regional bajo patrocinio estadounidense que permita poner fin a este callejón sin salida y garantizar el monopolio de las armas por parte del Estado, único autorizado para decidir sobre la guerra y la paz. Tal evolución supone, sin embargo, que Washington recorte las garras de su turbulento aliado, Israel, cuyas iniciativas suelen liberarse de los límites políticos, morales e incluso geográficos: ocupando aquí, bombardeando allá, realizando asesinatos selectivos en otro lugar. La expresión “recortar las garras” no refleja ninguna hostilidad hacia Israel. Simplemente toma en cuenta la naturaleza de las relaciones entre Estados Unidos e Israel, su profundidad y las dificultades que hacen que, en esta etapa, cualquier verdadero distanciamiento sea difícilmente imaginable. Si el compromiso mencionado llegara a fracasar, Líbano entraría en una fase aún más delicada, entre la intransigencia israelí, la negativa a retirarse militarmente y la negativa de Hezbolá a entregar sus armas, fortalecida por el balance que Teherán extrae de esta guerra. Lo esencial sigue siendo evitar que este statu quo regional se transforme, en Líbano, en una realidad explosiva y en una larga guerra de desgaste.

El post-memorándum de entendimiento revela el verdadero rostro de Teherán

Pasadas las manifestaciones de alegría y buena voluntad tras su supuesta “victoria” contra el bloque israelí-estadounidense, el eje proiraní no tardó en mostrar los dientes cuando se enfrentó a las realidades del terreno, como lo revela la sucesión de acontecimientos desde la firma del memorándum de entendimiento entre Teherán y Washington, el 18 de junio, y, posteriormente, la del acuerdo entre Beirut y Tel Aviv, el 26 de junio. Irán, que creía poder marcar el rumbo después de haber logrado incluir en el texto del acuerdo con Washington los asuntos que más le interesaban, mostró rápidamente los límites de la “buena voluntad” de la que hizo gala durante todas las negociaciones que desembocaron en la firma del documento presentado como un preludio a un acuerdo de paz regional. La virulencia de su reacción ante la normalización de la navegación en el estrecho de Ormuz y ante el regreso de los inspectores del OIEA a sus instalaciones nucleares dejó al descubierto, si aún era necesario, las verdaderas intenciones de la República Islámica: no ceder en los puntos esenciales, incluido el expediente libanés. Sin embargo, Estados Unidos había levantado el bloqueo naval impuesto a los puertos iraníes y había autorizado la producción, entrega, transporte y venta de petróleo crudo y productos petrolíferos de origen iraní durante el período de 60 días fijado para la duración de las negociaciones. En la noche del sábado al domingo, la Guardia Revolucionaria Islámica lanzó ataques contra Kuwait y Baréin, en reacción, según su comunicado, “a las agresiones estadounidenses”. Pero si existe un agresor en este asunto, es precisamente Irán. En efecto, desde que el sultanato de Omán decidió, en coordinación con el Centcom, garantizar la seguridad de un corredor de navegación que bordea sus costas en el estrecho de Ormuz, mientras este asunto se resolvía, Teherán se dedicó a realizar ataques con drones contra los buques petroleros que utilizan una ruta fuera de su control. En la noche del sábado al domingo, un petrolero con bandera panameña fue atacado, lo que provocó una reacción inmediata de las fuerzas estadounidenses, que realizaron bombardeos de represalia contra instalaciones militares en la costa iraní, cerca de Ormuz. Ignorando las advertencias del Centcom, Teherán respondió con una serie de ataques con drones contra Kuwait y Baréin. La mayoría de los artefactos pudieron ser interceptados. Las amenazas de Trump El presidente estadounidense Donald Trump reaccionó advirtiendo, en su red Truth Social, contra la continuación de las violaciones del alto el fuego por parte de Teherán, dejando entender nuevamente que está dispuesto a reanudar la guerra en caso de bloqueo. Pero la República Islámica, aparentemente, no quiere escuchar. Su ministro de Relaciones Exteriores, Abbas Araghchi, reafirmó el domingo que solo su país es “responsable de la gestión de este paso marítimo estratégico” y advirtió que cualquier injerencia en la administración iraní del estrecho podría “incrementar las tensiones”. Abbas Araghchi hizo estas declaraciones durante una visita improvisada a Bagdad, donde discutió con responsables iraquíes sobre el memorándum de entendimiento con Estados Unidos y coordinó con ellos los detalles de las ceremonias funerarias de Ali Khamenei, previstas del 4 al 12 de julio en los santuarios chiitas iraquíes de Najaf y Karbala. Irónicamente, también se habló de cooperación regional, ya que el ministro iraní celebró una iniciativa de Bagdad, presentada por su homólogo iraquí, Fouad Hussein, para organizar una cumbre que reúna a Irán y a los países del Golfo, países que la República Islámica continúa, sin embargo, bombardeando. ¿Acciones judiciales iraníes contra Estados Unidos? Paralelamente, Teherán sigue rechazando que sus instalaciones nucleares dañadas o destruidas durante los ataques israelíes y estadounidenses en la guerra sean sometidas a inspecciones, una condición que Washington estableció para desbloquear una primera parte de los activos iraníes congelados. El argumento presentado por Teherán es el siguiente: los inspectores del OIEA no son neutrales. En este contexto de renovadas tensiones, el nuevo líder supremo iraní, Mojtaba Khamenei, salió al frente. En un comunicado publicado el domingo con motivo de la Semana Judicial en Irán, pidió la apertura de procesos judiciales, a nivel nacional e internacional, contra Estados Unidos, al que acusa de ser responsable de la muerte de su padre, Ali Khamenei, así como de los ataques contra su país. Sin embargo, estas declaraciones fueron matizadas por el presidente iraní, Massoud Pezeshkian, quien afirmó: “apoyar la estabilidad, la seguridad y el diálogo en la región”. Massoud Pezeshkian también expresó su esperanza de que “todas las partes cumplan con sus compromisos asumidos en el marco de los acuerdos alcanzados”, lo que parece ser una alusión al acuerdo israelí-libanés. Porque en el expediente libanés, el descontento de la Guardia Revolucionaria es evidente desde la firma del acuerdo marco entre Líbano e Israel, el cual debería, a largo plazo, sustraer al Líbano de la influencia de Teherán, al neutralizar la capacidad de acción de su brazo militar, Hezbolá, y limitar su poder desestabilizador. El CGRI, al igual que Hezbolá, solo reconoce lo que el memorándum de entendimiento con Washington contempla para el país de los cedros. Por ello, en Bagdad, Abbas Araghchi, cercano a los Pasdaran, insistió en que todas las partes del protocolo firmado con Estados Unidos debían ser respetadas, incluidas las cláusulas relativas al Líbano, “donde lamentablemente la entidad sionista continúa sus ataques aéreos”. Llamó a Washington a “asumir sus responsabilidades y presionar a Israel para que se retire de las zonas que ocupa en el Líbano”. “Esta es la primera cláusula del protocolo de entendimiento”, afirmó, sin mencionar en ningún momento el acuerdo marco libanés-israelí. Teherán, al igual que Hezbolá, no se siente en absoluto concernido por este documento. Uno de los diputados de la formación proiraní, Hassan Fadlallah, volvió a pronunciarse. No solo rechazó el acuerdo marco de Washington, sino que insistió en que “las armas de Hezbolá se mantendrán gracias a una ecuación regional que se extiende desde el estrecho de Ormuz hasta el sur del Líbano”. Es en este contexto de incertidumbre sobre las reacciones de la formación proiraní en el terreno que el ejército israelí debía iniciar una retirada táctica de dos “zonas piloto” fuera de la Línea Amarilla en el sur del Líbano, donde continúa atacando a combatientes de Hezbolá. Al mismo tiempo, los funcionarios israelíes siguen destacando que su ejército continuará sus operaciones en la parte meridional del país para eliminar cualquier amenaza de Hezbolá. La semana que está por comenzar permanecerá cargada de incertidumbre y tensiones. Finalmente, cabe señalar un acontecimiento importante al margen, o quizás como continuación, de estos hechos: el sábado por la noche y durante la jornada del domingo, Irak fue escenario de una ola de detenciones que apuntó contra más de medio centenar de figuras políticas de alto nivel, incluidos numerosos diputados, así como empresarios, acusados de corrupción pero que estarían cercanos al régimen iraní, según informaciones aún no confirmadas.

El acuerdo libanés-israelí: el poder retoma el control…

El acto diplomático del 26 de junio, en Washington, refleja en sí mismo, de manera indiscutible y cualquiera que sea la evolución de los acontecimientos, un gran coraje político por parte del Líbano. El contenido del acuerdo marco firmado por el Líbano e Israel al término de cinco rondas y dos meses de negociaciones directas llevadas a cabo en Washington, bajo la supervisión del secretario de Estado Marco Rubio, reviste un carácter histórico, en toda la extensión del término. Los términos de este documento constituyen, en efecto, un verdadero “punto de inflexión” en la evolución de la profunda crisis existencial que no deja de socavar los fundamentos mismos del país, de su sistema político, de su estabilidad y de su prosperidad desde hace décadas. Hezbolá quiso manifestar su desaprobación tras la firma del acuerdo marco, pero su reacción se limitó a algunas protestas y a un breve bloqueo de la antigua carretera del aeropuerto. (AFP) Es vital, desde el inicio, actuar con discernimiento. El acuerdo del 26 de junio no tiene como función resolver rápidamente, en el transcurso de algunos días o algunas semanas, la pesada disputa a la que se enfrentan los libaneses y, más específicamente, los habitantes del sur. Su importancia reside en su alcance geopolítico, en el sentido de que define con mucha claridad una hoja de ruta, un proceso que será, ciertamente, largo, difícil y sinuoso, pero que tiene la gran ventaja de colocar, finalmente, al Líbano en el camino correcto: el del restablecimiento de la soberanía del Estado, el del fin de los hechos consumados de los mini Estados milicianos de facto que sabotean desde finales de los años sesenta la autoridad del poder central. La dimensión geopolítica del documento del 26 de junio se encuentra en su objetivo final: por una parte, la aplicación del principio del monopolio de la violencia legítima, es decir, el monopolio de las armas en manos de la autoridad legal; y, por otra parte, al final (y aquí está lo esencial), la consecución de una paz duradera con Israel y el establecimiento de relaciones de buena vecindad entre los dos países. Los postulados de Joseph Aoun El presidente Joseph Aoun resumió bien la situación a este respecto al plantear cuatro postulados para definir claramente la orientación adoptada por el régimen: no más ocupación; no más injerencias extranjeras; no más tutela; la decisión debe corresponder ahora exclusivamente al Estado y a los libaneses. Se trata, hay que reconocerlo, de lugares comunes, y no es en absoluto el primer documento oficial de este tipo que define tales opciones. Ciertamente… Pero la diferencia esta vez es que el camino trazado interviene bajo la sombra de un equilibrio de fuerzas, local, regional e internacional, ampliamente favorable… Por primera vez desde los años ochenta, el país se beneficia así de la acción combinada y simultánea de un presidente de la República, un primer ministro y un gobierno (en su conjunto) que han definido, desde el principio, orientaciones soberanistas que no dejan lugar a ambigüedades. El último gesto, muy simbólico, consistente en sustituir en la carretera del aeropuerto los carteles con la inscripción “Gracias a Irán” por otros con los colores libaneses y el lema “Líbano primero”, no es insignificante. Este gesto simbólico ilustra de manera esquemática y resumida la alternativa ante la cual se encontraba hoy el Líbano: aceptar el hecho consumado de una implicación directa de Irán, sobre el terreno, en los esfuerzos de solución en el sur del Líbano, como había sido acordado durante las conversaciones entre Estados Unidos e Irán en Suiza, bajo la dirección del vicepresidente estadounidense JD Vance; o mantenerse firme en la voluntad del poder de retomar el control y comprometerse con el proceso de Washington, que permitía al Líbano decidir por sí solo, lejos de toda tutela, las orientaciones que debía tomar para alcanzar la retirada israelí, el desarme de Hezbolá y el restablecimiento de la soberanía. El poder optó claramente por la segunda vía, que en la práctica mantiene a Irán al margen del proceso de solución, a diferencia de la opción acordada durante las conversaciones en Suiza, que colocaba, bajo la supervisión del señor Vance, a los Guardianes de la Revolución en el centro de la dinámica en curso. Esto explica la reacción vehemente del secretario general de Hezbolá, el jeque Naïm Kassem, quien, en un discurso pronunciado el sábado, estigmatizó (evidentemente) el acuerdo firmado con Israel, subrayando, como un indicio significativo, que su partido (y por tanto su patrocinador) apoyaba el acuerdo marco entre Irán y Estados Unidos… Se olvida rápidamente del “Gran Satán” y del lema “Muerte a América”… Una coyuntura favorable En el plano regional e internacional, el proceso puesto en marcha en Washington llega, sin lugar a dudas, en un momento en que el campo iraní desestabilizador, denominado “obstruccionista”, sale profundamente debilitado por los acontecimientos de estos últimos tres años. Tomando distancia y con una visión global del actual contexto geopolítico, es necesario señalar que el régimen de los mulás, verdadera piedra angular y motor de la política de subversión antioccidental, ha perdido numerosas ventajas estratégicas desde 2023: la eliminación del alto mando político y militar de Hezbolá; la caída del régimen de Assad; la eliminación del liderazgo político y de seguridad de la República Islámica; las enormes pérdidas militares, económicas y logísticas sufridas por Teherán tras las dos guerras de junio de 2025 y de marzo-abril de 2026, que además agravaron una profunda crisis socioeconómica y financiera sin precedentes; el debilitamiento generalizado de los aliados iraníes en el Líbano, Irak, Gaza y Yemen… El conjunto de estos parámetros crea, sin duda, una coyuntura favorable para la concreción del acuerdo marco del 26 de junio, especialmente porque la opción estratégica adoptada en este sentido por el poder libanés recibió el claro apoyo de los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo, como se desprende del comunicado conjunto publicado el jueves pasado por la conferencia ministerial del CCG y el secretario de Estado Marco Rubio. Este documento, difundido en vísperas de la firma del acuerdo marco, respalda claramente las orientaciones del Líbano respecto al restablecimiento de la soberanía del Estado, el monopolio de las armas y el desmantelamiento del aparato militar y de seguridad de Hezbolá… A este apoyo del CCG se sumó este sábado el respaldo claro de la Unión Europea a las orientaciones del Estado libanés. Y como broche de oro, el presidente Trump se puso en contacto, tarde el sábado por la noche, con el presidente Aoun, a quien felicitó calurosamente por la firma del acuerdo del 26 de junio, precisando que realizarán una evaluación conjunta del proceso en curso durante una próxima reunión que celebrarán próximamente en la Casa Blanca. La capacidad de daño de Irán Esta coyuntura favorable no significa en absoluto que la partida esté ganada de antemano ni que no deban esperarse obstáculos. La verdadera prueba a la que se enfrentará el Estado libanés en los próximos días dependerá de saber hasta qué punto los Guardianes de la Revolución iraníes todavía pueden, o quieren, dar rienda suelta a toda su capacidad de interferencia, que continúa manifestándose, como lo demuestran sus agresiones de las últimas 48 horas contra barcos en el estrecho de Ormuz, lo que provocó durante la noche nuevos ataques estadounidenses en Irán. Al mismo tiempo, ¿hasta qué punto Hezbolá puede también, o quiere, hacer todo lo posible para sabotear el proceso iniciado el 26 de junio? Dos acontecimientos podrían moderar la postura agresiva adoptada por el partido proiraní en este asunto: la actitud del ejército, que publicó el sábado por la noche un comunicado de tono firme, afirmando que no permitirá que el llamado a manifestaciones lanzado al comienzo de la noche del sábado por Hezbolá se traduzca en calles bloqueadas en la capital o en agresiones contra propiedades públicas y privadas; al mismo tiempo, el líder del movimiento Amal, Nabih Berry, llamaba a la calma y destacaba la necesidad de evitar cualquier desbordamiento de carácter de seguridad, al tiempo que condenaba la firma del acuerdo con Israel y las negociaciones directas con el Estado hebreo. Estos dos factores explicarían que el llamado de Hezbolá a realizar grandes manifestaciones el sábado por la noche en Beirut y en las regiones “para lograr la caída del gobierno” no haya recibido inmediatamente el amplio eco esperado. Queda, sin embargo, que la capacidad de daño del campo iraní todavía podría manifestarse a gran escala, pese al amplio apoyo árabe (de los Estados del Golfo), de la Unión Europea y de Estados Unidos del que goza el proceso del 26 de junio. La venganza es un plato que se come frío… La reacción de los Guardianes de la Revolución al acuerdo de Washington constituirá, sin duda, en un futuro muy cercano, un indicador significativo de su verdadera capacidad para llevar a los hechos un dicho semejante.

Acuerdo marco: la victoria del Estado frente al caos

Cada vez que el Líbano se acerca a un intento serio de reorganizar su relación con su entorno y consigo mismo, resurge un discurso prefabricado que reduce cualquier proceso de negociación a una «rendición». Esta calificación ya no es una simple divergencia política: se ha convertido en un instrumento de bloqueo sistemático de todo proceso que pueda rehabilitar la noción misma de Estado. Más grave aún, sirve para privar al Estado de su propia legitimidad cada vez que ejerce su papel natural: negociar y tomar decisiones. El acuerdo marco propuesto no es una rendición. Todo lo contrario: constituye un avanzado intento de reintegrar al Líbano en el círculo de los Estados que toman sus decisiones soberanas exclusivamente a través de sus instituciones, y no mediante centros de poder paralelos o ajenos al Estado. Primero: negociar no es ceder, es ejercer la soberanía Los Estados no se miden por sus eslóganes, sino por su capacidad de gestionar los conflictos mediante las herramientas de la política, en lugar de dejarse arrastrar hacia la explosión. La negociación, en su esencia, no es una señal de debilidad, sino una de las formas más elevadas del ejercicio del poder político cuando se pone al servicio de la estabilidad y de la prevención de la guerra. El acuerdo marco parte de un principio fundamental: poner fin al estado de conflicto mediante un proceso de negociación directa bajo auspicio internacional. No se trata de un «dictado externo», como algunos pretenden hacer creer, sino del reconocimiento de que las crisis complejas no pueden resolverse únicamente desde dentro, especialmente cuando los equilibrios están profundamente desequilibrados. Quienes afirman que el simple hecho de sentarse a una mesa de negociación constituye una rendición rechazan, en realidad, el principio mismo de la política, y reducen el Estado a un eslogan en lugar de a una acción concreta. Segundo: el Estado recupera su papel… no renuncia a él Uno de los ejes principales del acuerdo consiste en reforzar la capacidad del Estado libanés para ejercer plenamente su autoridad en materia de seguridad. No se trata tanto de una exigencia externa como de la esencia misma de cualquier Estado normal. El monopolio de las armas por parte del Estado no es una cláusula negociable: es una norma constitucional. Lo que se requiere en este marco es: unificar la toma de decisiones en materia de seguridad dentro de las instituciones legítimas; poner fin a la dualidad del poder armado; consagrar el principio de que solo el Estado tiene la última palabra en materia de guerra y paz. ¿Cómo pueden quienes reclaman un Estado fuerte considerar el fortalecimiento del Estado como una «rendición»? Se trata de una contradicción política que no resiste ninguna lógica institucional. Tercero: el discurso de la «rendición» esconde el rechazo al Estado, no al acuerdo El discurso que califica el acuerdo de rendición no debate sus cláusulas. Rechaza el principio mismo de la existencia de un Estado capaz de tomar sus propias decisiones soberanas. El problema no radica en el acuerdo, sino en el rechazo a la idea de que: el Estado es la única referencia en materia de armas; el Estado es quien negocia en nombre de todos; el Estado es quien define el marco de seguridad y político. Así, calificar el acuerdo de rendición no es más que un revestimiento retórico destinado a impedir que el Líbano pase de la lógica de las fuerzas paralelas a la del Estado único. Cuarto: la lógica de la «resistencia absoluta» no construye un Estado El Líbano ha pagado el precio de décadas marcadas por una lógica según la cual todo acuerdo es una concesión, toda negociación una derrota y toda apertura una traición. El resultado es evidente: un Estado debilitado, una economía agotada y una sociedad dividida. Los Estados no se construyen sobre el rechazo permanente, sino sobre la capacidad de: gestionar los equilibrios; reducir los riesgos; obtener los logros posibles en lugar de perderlo todo. El acuerdo marco, con toda su complejidad, responde a esta misma lógica: transformar un conflicto abierto en un proceso que pueda gestionarse y encauzarse. Quinto punto: ¿dónde está la rendición? ¿En perpetuar el caos o en ponerle límites? La verdadera pregunta no es si el acuerdo constituye o no una concesión, sino esta: ¿debe el Líbano permanecer en un estado de conflicto permanente e incontrolado, o avanzar hacia un proceso progresivo de organización política y de seguridad? La verdadera rendición no reside en la negociación, sino en: el bloqueo del Estado; la consolidación de una doble cadena de mando; mantener al país rehén de los riesgos de una guerra abierta. El acuerdo, por su parte, representa un intento de romper ese círculo vicioso, no de perpetuarlo. Sexto punto: el argumento del «desequilibrio» no elimina la necesidad del Estado Se afirma que el acuerdo no es equilibrado. Pero incluso ante desequilibrios, la alternativa no es el rechazo, sino la negociación para mejorar las condiciones. El Estado no se construye replegándose, sino comprometiéndose. La soberanía no se recupera abandonando la mesa, sino imponiendo la propia presencia en ella. Lo que importa, en última instancia, no es solo la forma del acuerdo, sino si este fortalece o debilita la capacidad del Estado. Y todas las cláusulas que aluden al monopolio de las armas por parte del Estado, a la unificación de la toma de decisiones en materia de seguridad y a la reconstrucción de las instituciones apuntan en una sola dirección: fortalecer el Estado, no desmantelarlo. En definitiva, el Estado no es una rendición… es todo lo contrario Lo más peligroso del discurso que ataca el acuerdo tildándolo de «rendición» es que invierte los conceptos: convierte al Estado en un adversario y al caos en una postura soberanista. Sin embargo, la verdad es clara y sencilla: la rendición se produce cuando el Estado es incapaz de serlo. Cuando comienza a recuperar sus decisiones, sus instituciones y su autoridad, eso no es una rendición… es el inicio de la salida de la rendición. El Líbano se encuentra hoy ante dos opciones, sin una tercera vía: o un Estado que negocia, decide y construye su futuro, o un estado permanente de negación que solo produce colapso. El acuerdo marco, independientemente de las divergencias en torno a sus detalles, representa un paso hacia el Estado. Y quienes se oponen a él calificándolo de «rendición» no se oponen solo a un acuerdo… se oponen a la idea misma del Estado.