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Diachronia

Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (1/7)

Del Tohu va-Bohu al Kali Yuga: a la luz de la experiencia vivida patočkiana

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Por Wissam Saadé
Publicado jun 26, 2026 - 15:14

Este ensayo explora las figuras de la crisis y la catástrofe, rastreándolas desde las cosmologías antiguas hasta la experiencia vivida de un mundo sacudido en sus fundamentos. Al poner en diálogo las tradiciones griegas, bíblicas e indias con la filosofía de Jan Patočka, examina cómo las civilizaciones han concebido el desorden, el colapso, la irreversibilidad e incluso la posibilidad de actuar cuando el propio sentido comienza a tambalearse. Publicado aquí como una serie de siete ensayos, este estudio sigue una línea de investigación exigente pero esencial: ¿es la catástrofe una ruptura repentina, una lenta desintegración del mundo o la verdad más profunda de nuestra condición histórica? Lo que sigue es el capítulo introductorio.

Crisis y catástrofe: dos relaciones distintas con el tiempo

Conceptualmente, la crisis se despliega dentro de una zona de transición ontológica. Habita el intervalo precario en el que el sentido comienza a vacilar, suspendido entre el ejercicio de la crítica y la inminencia de la catástrofe.

Aunque crisis y crítica comparten la misma raíz etimológica en el verbo griego krinein, el acto de separar, discernir y decidir, ambas cumplen, en última instancia, funciones distintas dentro de la lógica del juicio. La crisis es el momento en que el equilibrio de un sistema o de una existencia se vuelve insostenible. La crítica, en cambio, se establece como una actividad reflexiva que busca transformar este desequilibrio en un horizonte de verdad o en una resolución inteligible.[1]

La tragedia de toda crítica reside en su encuentro inevitable con las crisis. Solo despierta allí donde algo ya ha sido desgarrado. A la inversa, toda crisis contiene dentro de sí el horizonte espectral de su propio descenso hacia la catástrofe. La catástrofe puede entenderse, por tanto, como una crisis radicalmente crítica: el punto en el que la capacidad de discernimiento queda superada por la irreversibilidad del desastre.

Mientras la catástrofe permanezca como una posibilidad inminente, krinein continúa vigilando. Es la propia vigilancia: una conciencia alerta que intenta detectar la fractura antes de que se convierta en un abismo. Es el momento suspendido de la decisión, cuando la distinción entre salvación y pérdida sigue siendo realmente posible.

Sin embargo, una vez que llega la irreversibilidad, krinein cambia su propia naturaleza. Ya no distingue entre posibilidades; sella el destino. Ya no determina el desenlace; simplemente reconoce el cierre del sentido. Entre estos dos abismos, este término errante desde su origen etimológico nos recuerda que el pensamiento se asemeja a un equilibrista suspendido sobre el filo de una navaja, intentando preservar un espacio para el discernimiento precisamente cuando todo parece precipitarse hacia lo inevitable.

La catástrofe suspende la continuidad de la existencia ordinaria. Interrumpe las secuencias habituales del sentido, la causalidad y la inteligibilidad. Produce una profunda dislocación, es decir, una pérdida de correspondencia entre las estructuras de la experiencia y aquello que efectivamente acontece. Lo ordinario deja de sostenerse como un mundo; su tejido de continuidad comienza a deshacerse.

La crisis, por el contrario, no suspende lo ordinario. Lo mantiene en suspensión. En lugar de interrumpir la continuidad, la vuelve indecidible, inestable y abierta. La crisis constituye un régimen de expectativa interno a la propia existencia ordinaria. Las estructuras del mundo todavía perduran, aunque sin resolución, como si la realidad mantuviera su equilibrio mientras permanece incapaz de alcanzar un desenlace inmediato. La crisis es una tensión prolongada, no una ruptura.

La catástrofe inaugura un después irreversible. La crisis, en cambio, aplaza ese después, lo mantiene suspendido sin permitir jamás que llegue a constituirse plenamente. La catástrofe desarticula el propio calendario. Devasta el tiempo como medio mismo de la experiencia, transformándolo en una temporalidad furiosa y desatada. Introduce lo demoníaco, ya no entendido simplemente como negatividad, sino como un modo de no ser que acecha al mundo.

La catástrofe, por tanto, hace algo más que alterar la periodización de la historia, ya sea narrativa o científica. Desestabiliza la propia periodización del ser, penetrando en la articulación misma entre tiempo y existencia.

Diferentes regímenes cosmológicos generan diferentes regímenes de crisis, catástrofe y acción política. Los regímenes cosmológicos no son meros telones de fondo metafísicos; estructuran silenciosamente las formas mismas mediante las cuales la crisis, la catástrofe y la acción política se vuelven comprensibles.

Dentro de un cosmos estable regido por regularidades inteligibles y jerarquías fijas, como ocurre en ciertas cosmologías antiguas o teopolíticas, la crisis aparece principalmente como un desequilibrio interno: una perturbación que afecta un orden considerado capaz de ser restaurado y que, por tanto, invita a reparar antes que a refundar.

Por el contrario, dentro del universo desencantado de la modernidad, donde la naturaleza está gobernada por leyes impersonales y la historia permanece radicalmente abierta, la catástrofe adopta cada vez más la forma de una ruptura sistémica: el colapso del sentido, la desintegración de los marcos institucionales y la aparición de contingencias irreversibles. En consecuencia, la acción política se transforma en gestión del riesgo, anticipación permanente de escenarios de fracaso e incluso gobernanza mediante la emergencia.

Finalmente, dentro de las cosmologías escatológicas o apocalípticas, la crisis se vuelve estructural y está cargada de sentido. Deja de ser un accidente y se convierte en un signo, mientras que la catástrofe ya no es únicamente destrucción, sino la revelación de un fin último. La acción política puede entonces oscilar entre el retiro del mundo, la aceleración del conflicto y la búsqueda de la salvación.

La manera en que el mundo es concebido, ya sea como un orden cíclico, un mecanismo impersonal o un escenario escatológico, moldea profundamente la profundidad ontológica, la temporalidad y las respuestas políticas asociadas con la crisis. Sin embargo, estos regímenes cosmológicos no se suceden simplemente unos a otros ni se excluyen de manera estricta. Se superponen, se mezclan y coexisten como estratos históricos, dando lugar a configuraciones híbridas en las que la crisis oscila entre restauración, gestión y revelación. Incluso puede convertirse en la crisis nacida del temor a perder el propio horizonte cosmológico y de ceder ante el de otro.


[1] Sobre la genealogía moderna de la relación entre crisis y crítica, véase Reinhart Koselleck, Crítica y crisis: Ilustración y el camino hacia la patogénesis de la sociedad moderna (original alemán: Kritik und Krise. Eine Studie zur Pathogenese der bürgerlichen Welt, 1959; traducción al inglés, MIT Press, 1988).

Uno de los principales historiadores de los conceptos (Begriffsgeschichte), Koselleck sostiene que la modernidad europea transformó gradualmente la crítica en una fuerza histórica autónoma. Según su interpretación, el pensamiento crítico surgido de la Ilustración dejó de limitarse a examinar la realidad; se constituyó como un tribunal moral y racional encargado de juzgar al Estado, la religión y el orden político existente. Sin embargo, esta emancipación de la crítica generó simultáneamente una crisis permanente de legitimidad política. La modernidad se caracteriza así por una tensión estructural en la que la crítica produce continuamente las mismas crisis que busca resolver, abriendo un horizonte histórico marcado por la inestabilidad y por la expectativa de una refundación del sentido.

Mientras Koselleck entiende la crítica como una dinámica constitutiva de la modernidad europea, es decir, como una fuerza interna a la historia política de la Ilustración y del Estado moderno, Dipesh Chakrabarty, historiador poscolonial indio cuya obra se encuentra arraigada tanto en la tradición marxista como en los Estudios Subalternos, revela sus límites geohistóricos. Desde su perspectiva, la crisis moderna no constituye el horizonte universal de lo político, sino una experiencia históricamente situada que Europa ha tendido a universalizar al elevarla como norma global de inteligibilidad histórica.

En Provincializing Europe: Postcolonial Thought and Historical Difference (Provincializar Europa: pensamiento poscolonial y diferencia histórica, Princeton University Press, 2000), Chakrabarty sostiene que las categorías fundamentales de la historiografía moderna, entre ellas progreso, secularización, crisis y crítica, no son formas universales de inteligibilidad histórica, sino construcciones conceptuales surgidas de la propia experiencia intelectual y política de Europa.

La posición de Chakrabarty no implica una universalización de una “actitud no crítica”. Más bien, reconfigura las condiciones mismas bajo las cuales la crítica se vuelve posible. Al mismo tiempo, abre un verdadero problema filosófico: ¿cómo puede conciliarse la pluralización de las racionalidades con la preservación de un horizonte común de juicio?

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