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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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Breve pausa en medio de tensiones y disensiones internas

La semana que acaba de concluir deja la vaga impresión de que el fuego sigue latente bajo las cenizas. Persisten las tensiones entre estadounidenses e iraníes; estas salen a la luz dentro del propio régimen de los ayatolás y, en Líbano, las violaciones israelíes del alto el fuego continúan sin provocar, por ahora, una respuesta de Hezbolá. Los últimos días estuvieron marcados por la espera, casi como un tiempo muerto. La semana fue menos intensa en acontecimientos que las que se sucedieron desde el inicio de la guerra en Irán y la apertura del frente paralelo en Líbano, pero no por ello deja de ser significativa. Empiezan a aparecer grietas aquí y allá, no solo en el memorando de entendimiento firmado entre estadounidenses e iraníes, sino también dentro del propio régimen iraní. El estrecho de Ormuz fue uno de los principales puntos de fricción esta semana entre Irán y el resto del mundo. La insistencia de Teherán en considerar que el estrecho debe ser administrado por el régimen, así como los disparos contra embarcaciones que atraviesan la ruta sin haber recibido su autorización, les valieron a los ayatolás condenas desde distintos frentes. El jueves, a petición de Baréin, el Consejo de Seguridad de la ONU se reunió para debatir la cuestión, y las declaraciones de los distintos representantes, especialmente del embajador estadounidense, reprocharon con dureza la actitud y las acciones de Irán. El viernes, los líderes de la OTAN, al igual que la Unión Europea unos días antes, criticaron con firmeza al régimen de Teherán y rechazaron cualquier tipo de tasa impuesta a los buques bajo el argumento de los “servicios prestados”. Más aún, fueron las palabras pronunciadas el sábado por el presidente estadounidense Donald Trump, durante las celebraciones del 250.º aniversario de la independencia de Estados Unidos, las que captaron la atención. “Los golpeamos con mucha fuerza. Están desesperados por cerrar un acuerdo con nosotros, pero les daremos una semana para los funerales de Khamenei, por pura bondad”, dijo ante la multitud. ¿Significa esta declaración que Trump está perdiendo la paciencia? En cualquier caso, las negociaciones no se reanudarán antes del 9 de julio, fecha en la que concluirán los días de luto. Además, es evidente que Washington prefiere dejar pasar este período de la Copa del Mundo de fútbol, que se disputa parcialmente en territorio estadounidense. Demostración de fuerza y divisiones Los funerales de Ali Khamenei y de los miembros de su familia, fallecidos junto a él en el ataque israelí-estadounidense del 28 de febrero de 2026 que desencadenó la guerra en Oriente Medio, constituyen uno de los acontecimientos centrales de la semana y se extenderán durante varios días, hasta el entierro previsto para el 9 de julio. Las ceremonias en homenaje al desaparecido líder comenzaron —y resulta difícil pensar que sea una coincidencia— el 4 de julio, día de la independencia de Estados Unidos. Para el régimen de los ayatolás, se trata, como era de esperarse, de una demostración de fuerza y de una oportunidad para reafirmar su cohesión. Sin embargo, hasta ahora eso no ha ocurrido del todo. Es cierto que la demostración de fuerza fue exitosa. Cientos de miles de iraníes leales al régimen acudieron para rendir un último homenaje al líder religioso y político que gobernó con mano de hierro este inmenso país durante más de tres décadas. Lágrimas, gritos y autoflagelaciones: todos los signos visibles de dolor y de determinación para continuar el camino del “guía” estuvieron presentes. Representantes oficiales de varios países aliados, como Pakistán, asistieron a las ceremonias. A pesar de las tensiones recientes entre el Estado libanés e Irán, Beirut envió al ministro de Defensa, Michel Menassa, para representarlo. Como era previsible, una amplia delegación de Hezbolá se inclinó entre lágrimas ante el féretro del ayatolá. Sin embargo, lo que debía ser un momento de gran unidad en torno a una figura aglutinadora terminó revelando crecientes fisuras, no solo entre conservadores y reformistas, algo habitual en Irán, sino también dentro del propio sector conservador del régimen. Según varios medios, entre ellos un artículo del New York Times y un reportaje de la cadena Al Arabiya, las señales muestran que la unidad exhibida por los dirigentes iraníes no es más que una fachada. Mientras el presidente Massoud Pezechkian y el presidente del Parlamento, Mohamad Ghalibaf, siguen defendiendo el acuerdo con Estados Unidos, otras voces conservadoras cuestionan cómo pueden mantenerse esas negociaciones cuando Washington es, junto con sus aliados, responsable del asesinato del líder supremo. Una lucha por el poder Esta semana también estuvo marcada por una entrevista televisiva de Ghalibaf, en la que explicaba los detalles del acuerdo con Washington. La transmisión fue interrumpida abruptamente por la televisión estatal, dirigida por un ultraconservador, lo que provocó la indignación del principal negociador. En Irak, mientras participaba en los preparativos de las ceremonias en honor a Khamenei en ese país, donde existe una importante población chiita y numerosos simpatizantes, el ministro de Relaciones Exteriores Abbas Araghchi fue abucheado por iraníes que le reprochan su papel en las negociaciones con Estados Unidos. El artículo del New York Times sostiene que estas divisiones no giran únicamente en torno al acuerdo con Washington, sino que reflejan, sobre todo, una lucha interna por el poder. También se trata de una disputa por ganarse el favor del nuevo guía supremo, Mojtaba Khamenei, quien aún no ha hecho ninguna aparición pública, pese a las informaciones que apuntaban a su intención de asistir a los funerales de su padre y de los demás miembros de su familia. Su ausencia sigue alimentando los rumores sobre su estado de salud, ya que habría resultado gravemente herido en el mismo ataque en el que murió su padre, así como sobre su capacidad para dirigir el país. La semana también estuvo marcada por revelaciones del New York Times y del Washington Post sobre un presunto plan de Israel para eliminar a los dos principales negociadores iraníes, Ghalibaf y Araghchi, durante las conversaciones con Estados Unidos. Según ambos periódicos, Washington estaba tan preocupado por perder a esos interlocutores que recurrió a varios países de la región para advertir a Teherán del peligro. Como era de esperar, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu salió al paso para negar esas acusaciones. Demoliciones en el sur del Líbano Mientras el acuerdo preliminar firmado entre estadounidenses e iraníes sigue dividiendo al liderazgo en Teherán, el acuerdo marco suscrito por las delegaciones libanesa e israelí el 22 de junio en Washington también genera críticas en Beirut. El dúo chiita continúa rechazando el documento, que contempla la creación de zonas piloto donde las tropas israelíes deberían ceder el control al Ejército libanés. Frente a las críticas del eje Hezbolá-Amal, los sectores soberanistas expresan cada vez más su respaldo al presidente Joseph Aoun y al primer ministro Nawaf Salam, quienes tuvieron el coraje político de optar por negociaciones directas con Israel. Los detractores del acuerdo marco centran principalmente sus críticas en el artículo 13, que establece que ni Líbano ni Israel presentarán denuncias ante instancias internacionales contra el otro país por eventuales crímenes de guerra. Hezbolá, que en numerosas ocasiones obstaculizó y desacreditó la labor de la justicia nacional e internacional, como ocurrió con el Tribunal Especial para el Líbano por el asesinato de Rafic Hariri en 2005 o con la investigación sobre la explosión del puerto de Beirut en 2020, se presenta ahora como un firme defensor del recurso a los tribunales internacionales. Quienes apoyan el texto sostienen que una cláusula de este tipo es habitual en negociaciones de esta naturaleza. Es cierto que el documento no es perfecto, pero, como subrayó en repetidas ocasiones esta semana el presidente Aoun, el acuerdo refleja la voluntad del Estado libanés de negociar en nombre propio, teniendo claro que el poder no puede renunciar bajo ninguna circunstancia a un solo metro cuadrado del territorio nacional. También conviene señalar que, tras las sucesivas derrotas sufridas por Hezbolá frente a Israel en las guerras de 2023 y 2026, el Estado libanés dispone de muy pocas opciones para recuperar los territorios perdidos. Dentro del dúo chiita, la unidad que se exhibe públicamente también presenta matices. Mientras Hezbolá rechaza sin ambigüedades el proceso de negociaciones directas, el líder de Amal y presidente del Parlamento, Nabih Berri, parece enviar señales contradictorias. En una de sus declaraciones de esta semana afirmó estar dispuesto a alcanzar un compromiso sobre este asunto. En cualquier caso, el proyecto de formar una coalición cuatripartita para hacer caer el acuerdo marco en el Parlamento, integrada por Hezbolá, Amal, el Movimiento Patriótico Libre y el Partido Socialista Progresista, no prosperó. Si bien una visita del líder del Movimiento Patriótico Libre, Gebran Bassil, a Berri alimentó los rumores sobre esa posibilidad, una declaración del exlíder del Partido Socialista Progresista, el druso Walid Jumblatt, enfrió las expectativas de quienes apostaban por ese escenario. Aunque fue crítico con el acuerdo marco, Jumblatt aseguró que no formará parte de una coalición de ese tipo. Sobre el terreno, la situación sigue siendo tensa en el sur, aunque todavía no puede calificarse de guerra abierta. Las tropas israelíes continúan con sus ataques, los asesinatos de dirigentes de Hezbolá y la demolición de viviendas y túneles. Por su parte, el movimiento chiita respeta en gran medida el alto el fuego, que considera consecuencia de la posición adoptada por Irán antes de la firma del acuerdo marco en Washington. Esta tregua sigue siendo más frágil que nunca. Chaibani en Beirut El otro hecho destacado de la semana fue la visita a Beirut el jueves del ministro sirio de Relaciones Exteriores, Assaad al Chaibani. Una visita que parece abrir una nueva etapa en las relaciones entre ambos países, marcadas por una historia especialmente compleja. Las declaraciones reflejaron la voluntad de respetar mutuamente la soberanía de cada Estado y de establecer relaciones de igualdad en distintos ámbitos, especialmente en el plano comercial. La visita concluyó con la firma, por parte de Chaibani y Nawaf Salam, de un acuerdo que prevé la creación de una comisión bilateral de cooperación. El jefe de la diplomacia siria, que se reunió con todas las fuerzas políticas salvo Hezbolá y visitó Trípoli, principal ciudad de mayoría sunita del norte del Líbano, probablemente tranquilizó a las autoridades libanesas al asegurar que Siria no intervendrá en el proceso de desarme de la milicia chiita libanesa, como lo ha solicitado en repetidas ocasiones el presidente Trump. ¿Casualidad del calendario? El jueves, la capital siria, Damasco, fue sacudida por una potente explosión de carácter terrorista en un café cercano al Palacio de Justicia, que dejó al menos nueve muertos y numerosos heridos. El atentado, perpetrado con un artefacto explosivo de fabricación “artesanal”, según las autoridades sirias, no fue reivindicado por ningún grupo, pero presenta las características propias del grupo terrorista Estado Islámico.

Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (4/7)

Este ensayo propone un recorrido por las figuras de la crisis y la catástrofe, desde las cosmologías antiguas hasta la experiencia vivida de un mundo sacudido. Al poner en diálogo las tradiciones griega, bíblica e india con el pensamiento de Jan Patočka, examina la manera en que las civilizaciones han concebido el desorden, el derrumbe, lo irreversible e incluso la posibilidad misma de actuar cuando el sentido comienza a vacilar. Publicado aquí en siete capítulos-artículos, este texto sigue un hilo tan exigente como esencial: comprender si la catástrofe constituye una ruptura repentina, una lenta desintegración del mundo o la verdad más profunda de nuestro tiempo. A continuación se presenta la cuarta parte. Del ciclo a lo irreversible Distinguir la crisis de la catástrofe, o separar la catástrofe cósmica de la catástrofe histórica o individual, constituye, en efecto, dos imposibilidades, o más bien dos impensados, dentro del pensamiento tradicional indio. En esta tradición, lo cósmico no se opone a lo histórico; se despliega en él. La catástrofe no constituye la excepción del tiempo, sino su verdad más íntima. La disociación entre crisis y catástrofe, así como la progresiva descosmización del desastre, constituye el producto de una larga genealogía propia del pensamiento occidental. Esta resulta del cruce entre los legados grecorromanos y judeocristianos, y luego de su reconfiguración en la época moderna. Es, en efecto, dentro de la tradición judeocristiana donde se consolida con mayor claridad una concepción de la catástrofe como acontecimiento absoluto. El Diluvio del Génesis , el Apocalipsis de Juan o el Juicio Final configuran una misma estructura temporal: un tiempo lineal, orientado, dotado de un comienzo y de un final irreversible; un acontecimiento terminal que no solo reorganiza el mundo, sino que lo clausura para inaugurar otro orden, el de la salvación y la redención. [1] Sería, por tanto, reductivo afirmar que el judeocristianismo separa la catástrofe terrestre de la catástrofe cósmica. Más bien mantiene la relación entre ambas, aunque dentro de una nueva jerarquía ordenada según la economía de un tiempo de dirección única. El desastre terrestre deja de percibirse como un momento entre otros del gran ciclo cósmico para convertirse en el signo, el indicio o el preludio de una catástrofe última y universal. La linealización de la temporalidad introduce aquí una mutación decisiva: el mal, la guerra y la destrucción quedan investidos de un sentido teleológico. Ya no pertenecen a la ciclicidad de la naturaleza, sino a la dramaturgia de la historia. Una transformación semejante marca una ruptura profunda con las cosmologías antiguas y, con mayor razón, con las visiones dhármicas de la India. En estas últimas, las rupturas del mundo, guerras, pestes y derrumbes, están siempre ya inscritas en un orden cíclico. No interrumpen la armonía cósmica; constituyen su pulso interior, su respiración. El desastre humano nunca se concibe como un acontecimiento definitivo, sino como una modulación necesaria y transitoria de un equilibrio más amplio. Entre el plano terrestre y el orden del cosmos no existe fractura ontológica alguna: ambos participan de un mismo devenir ( saṃsāra ), movimiento de creación ( sṛṣṭi ) y de disolución ( pralaya ). En cambio, dentro de la tradición judeocristiana, la catástrofe terrestre se convierte en un acontecimiento histórico, mientras que la catástrofe cósmica se transforma en un acontecimiento terminal. La primera traduce la culpa al lenguaje del tiempo; la segunda resuelve el tiempo mismo en el absoluto de la revelación. Lo que aquí está en juego no es su simple separación, sino la tensión entre ambas dentro de una temporalidad orientada, en la que el mundo posee un comienzo, una historia y un final. La catástrofe deja de ser la respiración del cosmos para convertirse en el cumplimiento de la historia. Así se perfila, dentro de la genealogía clásica del pensamiento occidental, ya sea greco-cristiana o moderna, una estructura escatológica del pensar: la crisis llama a la catástrofe como su desenlace, y la catástrofe, lejos de inscribirse en el ritmo infinito del devenir, designa el punto de ruptura, el cierre del tiempo. El pensamiento indio, por el contrario, concebirá siempre la catástrofe no como una disolución terminal, sino como un momento de regeneración, la fase crepuscular de un ciclo destinado a renacer. Desde una perspectiva escatológica, el tiempo se estructura como una línea orientada: comienzo, desarrollo, cumplimiento y fin. En este marco, la crisis y la catástrofe no son simplemente dos modalidades del desorden, sino dos intensidades distintas referidas a un horizonte último. La crisis aparece como un momento de tensión interna al devenir histórico, un punto de decisión todavía integrado en la continuidad del mundo. La catástrofe, por el contrario, tiende a pensarse como la irrupción de un final, no solo de un orden particular, sino potencialmente del orden mismo del mundo. Así, su relación suele quedar inscrita en una lógica escatológica: la crisis se convierte en un umbral, mientras que la catástrofe pasa a ser ya sea la figura anticipada, ya sea la consumación efectiva del fin. El hecho de que, dentro de la tradición occidental, la relación entre crisis y catástrofe esté con frecuencia estructurada por una matriz escatológica implica que estas categorías permanecen siempre inscritas en una inteligibilidad del tiempo orientado, donde el sentido del presente depende de un horizonte de fin. Esto implica, a su vez, que toda escatología es inmediatamente política, en la medida en que produce una jerarquía de los tiempos, interpreta las crisis como signos y orienta la acción en función de un final supuesto. La escatología no es la política, pero estructura el campo mismo de lo políticamente pensable. La catástrofe deriva etimológicamente del término griego katastrophḗ , procedente de la tragedia griega, que designa el “desenlace final”, el momento de resolución irreversible. No designa únicamente una ruptura del equilibrio, sino la destrucción o el colapso de un orden del mundo, percibido con frecuencia como total, irreparable o, cuando menos, irreversible (guerras mundiales, genocidios, colapsos ecológicos). Aunque lo catastrófico parezca pertenecer, en un primer momento, a un registro espacial, el derrumbe, la devastación y la dislocación de las formas, frente a la temporalidad decisional propia de la crisis, constituye paradójicamente la condición de posibilidad de cierta intuición mediterránea y, posteriormente, occidental del tiempo mismo. Porque lo que la catástrofe introduce no es solamente una ruptura en el mundo, sino una transformación del sentido del devenir: inscribe el tiempo bajo el signo de lo irreversible. A partir de ese momento, el tiempo deja de aparecer como la simple repetición cíclica o el retorno de las mismas configuraciones, para convertirse en una exposición a una pérdida que jamás puede ser plenamente reparada. Incluso la recurrencia de las estaciones, aunque conserve la apariencia del ciclo, parece entonces atravesada por esa marca de irreversibilidad: el retorno nunca reproduce estrictamente lo idéntico. Cada nuevo comienzo lleva consigo la huella de una alteración, como si la repetición misma permaneciera sometida a una temporalidad más profunda de desgaste, finitud e irreversibilidad. Es, sin duda, en el imaginario griego, y particularmente en el homérico, donde esta tensión entre el retorno y lo irreversible encuentra su primera puesta en escena. La tradición homérica ha representado siempre un desafío a lo irreversible. La experiencia de Odiseo, o Ulises, se sitúa en la intersección entre lo reversible y lo irreversible: toda la obra se organiza en torno a la posibilidad y la imposibilidad del retorno. La Odisea escenifica una lógica del regreso: el retorno a Ítaca, la restauración del hogar, el restablecimiento de la realeza y el reconocimiento final. Desde esta perspectiva, todavía parece pertenecer a un antiguo imaginario mediterráneo en el que el orden perdido sigue siendo susceptible de recuperarse. El viaje de Ulises aparece entonces como un paréntesis destinado a cerrarse; inscribe en el mito la posibilidad de una reparación de la historia. Pero, en un plano más profundo, ese retorno lleva ya la marca de lo irreversible. Porque Ulises nunca vuelve al mismo mundo: Troya ha sido destruida, sus compañeros han muerto, el tiempo ha atravesado Ítaca y él mismo, transformado por la experiencia, ya no puede coincidir con su propio pasado. El nostos [2] griego no significa, por tanto, la restauración perfecta de lo idéntico; representa un regreso marcado por la pérdida, una supervivencia más que una verdadera reversibilidad. La Odisea conserva todavía la forma cíclica del retorno, pero ese ciclo está ya atravesado por la fisura del tiempo irreversible. Incluso cuando el héroe recupera su hogar, algo permanece irremediablemente destruido: la continuidad del tiempo, la inocencia de la partida, la posibilidad de un nuevo comienzo intacto. A esta luz, el regreso de Ulises aparece como el punto de transición entre dos regímenes simbólicos: pertenece todavía a una civilización del ciclo, pero deja ya entrever una temporalidad de la alteración, en la que todo retorno lleva la marca de lo irreparable. La Odisea podría entenderse entonces como el último esfuerzo de una civilización mediterránea por salvar el mito del retorno en un mundo donde el tiempo comienza a cerrarse sobre lo irreversible. Por ello, el mar desempeña un papel central: es el lugar del extravío y de la metamorfosis, el espacio fluido donde el movimiento del retorno tropieza con su propia imposibilidad, donde la errancia se convierte en la verdad misma del viaje. Emmanuel Levinas, al releer la figura de Ulises, vio en esta tensión una de las fracturas fundamentales entre el pensamiento griego y el pensamiento bíblico. Tanto en Totalidad e infinito como en otros textos, contrapone el destino de Odiseo al de Abraham: por un lado, el pensamiento del retorno; por el otro, la aventura de la partida sin regreso, la apertura a la alteridad. [3] Para Levinas, Ulises simboliza la estructura profunda del pensamiento griego: partir, encontrarse con la extrañeza, pero regresar siempre al propio hogar. Todo desvío permanece, en última instancia, reinscribible en la identidad de lo Mismo. Monstruos, islas, tentaciones y extranjeros jalonan un recorrido que, paradójicamente, reconduce toda alteridad al ámbito de lo familiar. La alteridad es atravesada para ser finalmente reapropiada, convertida en experiencia de lo Mismo. Abraham, por el contrario, encarna una estructura radicalmente distinta. Abandona su tierra, su casa y su genealogía sin promesa alguna de regreso. Su movimiento no es el del círculo, sino el de la apertura. Se expone a lo desconocido mediante una ruptura definitiva con el origen. La experiencia bíblica se convierte así en la experiencia del no retorno: el sentido ya no procede de la restauración, sino de la promesa y de la responsabilidad. En Levinas, esta oposición adopta la forma de una diferencia entre dos regímenes de relación con el tiempo: el retorno y el éxodo. Ulises representa la circularidad y la reapropiación, la economía de lo Mismo; Abraham, la partida sin restitución, la asimetría de la alteridad que se convierte en ley. El primero arraiga en la totalidad; el segundo abre el camino hacia el infinito. Desde esta perspectiva, la crisis y la catástrofe se distribuyen según estos dos regímenes simbólicos. El universo de Ulises es el de la crisis: un desequilibrio provisional del orden, un momento de suspensión que prepara el retorno a la normalidad. Incluso las pruebas más violentas, la pérdida, el naufragio y la errancia jamás rompen la estructura del sentido: están destinadas a ser superadas y reintegradas mediante la lógica del nostos . La crisis constituye, en este sentido, un desajuste provisional de lo Mismo. El universo de Abraham, en cambio, pertenece a un régimen completamente distinto: el de la catástrofe como experiencia de lo irreversible. Aquí la catástrofe no es un derrumbe espectacular, sino una ruptura ontológica de la relación con lo Mismo. Designa la salida radical fuera del círculo, la imposibilidad de regresar al origen. Mediante este desplazamiento, Levinas redefine la catástrofe: deja de ser un acontecimiento destructor para convertirse en la estructura misma del no retorno ético, condición de posibilidad de la apertura al Otro. La crisis sigue perteneciendo al ámbito del dominio y de la regeneración del sentido; la catástrofe, al de la desposesión y de la responsabilidad. Entre Ulises y Abraham se juega así el paso de una civilización del retorno a una civilización de lo irreversible, del tiempo cíclico al tiempo orientado. La primera busca, en la crisis, la posibilidad del restablecimiento; la segunda reconoce, en la catástrofe, la condición de un sentido que ya no se cierra sobre sí mismo. Con Ulises, el mundo todavía puede recuperarse; con Abraham, se libera mediante su apertura al infinito. Bíblicamente, Abraham hace su aparición en el capítulo 12 del Génesis. Los once capítulos anteriores (Gn 1-11) pertenecen a lo que podría llamarse la prehistoria bíblica: relatan los comienzos del mundo, la desobediencia de Adán y Eva, el asesinato de Abel, la corrupción de la humanidad antes del Diluvio, la reconstrucción en torno a Noé y la dispersión de los hombres en Babel. Casi una sucesión de naufragios. Una serie de catástrofes que son, al mismo tiempo, otros tantos nacimientos frustrados. El propio relato bíblico se abre sobre una catástrofe potencial: el tohu va-bohu , esa indeterminación originaria, un caos no informe, como una materia bruta, sino ya devastado, un mundo que la Palabra creadora debe contener y ordenar. Incluso antes de la creación existe el Bereshit (“En el principio”), ese momento intermedio en el que la catástrofe ya está latente, donde el caos reclama un orden que Dios instituye sin llegar jamás a abolirlo por completo. [1] Karl Löwith , Historia y salvación: Los presupuestos teológicos de la filosofía de la historia (París: Gallimard, col. “Bibliothèque de philosophie”, 2002). [2] En griego antiguo, el término nostos (νόστος) designa, ante todo, el regreso al hogar, el retorno a casa tras una larga ausencia. En la literatura griega, y particularmente en La Odisea de Homero, alude al camino, con frecuencia arduo, mediante el cual el héroe recupera su tierra, su hogar y a los suyos después de años de errancia. [3] Véase Emmanuel Levinas , Totalidad e infinito , París, Le Livre de Poche / Biblio Essais, 1990, pp. 17-19 (Prólogo) y pp. 46-48 (inicio de la Primera parte).

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (11)

Esta serie de artículos tiene como objetivo comprender mejor la situación actual en la escena libanesa a la luz del pasado, lejos de los discursos apasionados, ideológicos o románticos que pasan por alto la realidad, dejando al lector la tarea de sacar las conclusiones que correspondan. Las diez entregas anteriores abordaron una relectura de los acontecimientos relacionados con el ascenso de Hezbolá, desde el Acuerdo de Taif hasta la guerra de 2006 y sus consecuencias. El despliegue del Ejército libanés en el sur del Líbano, conocido internacionalmente como las Fuerzas Armadas Libanesas (FAL), entonces bajo el mando del general Michel Sleiman, fue ordenado por el gobierno de Fouad Siniora el 16 de agosto de 2006. Este despliegue, el primero desde 1968, comenzó de inmediato al amanecer del 17 de agosto con el cruce del río Litani mediante puentes militares metálicos y otros improvisados, ya que los puentes permanentes habían sido destruidos por los bombardeos israelíes. Aunque las FAL estaban mucho menos equipadas que en la actualidad y contaban con un número considerablemente menor de efectivos, este rápido despliegue marcó un punto de inflexión histórico al restablecer, por primera vez desde 1968, la presencia militar del Estado al sur del Litani, una zona controlada por Hezbolá desde el año 2000. Aprobada por el Consejo de Ministros el 7 de agosto e inscrita en el marco de la resolución 1701, la operación contemplaba un máximo de 15,000 soldados respaldados por la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas para el Líbano (FINUL), que también fue reforzada y aumentó su personal de 4,000 a 15,000 efectivos. Detalles del despliegue Las FAL desplegaron rápidamente un contingente inicial de 9,500 soldados en las primeras semanas al sur del río Litani. Ante la escasez de personal militar, se convocó a 5,000 reservistas para completar los efectivos. Las fuerzas desplegadas estaban integradas por cuatro brigadas de infantería, en particular la 6.ª, la 10.ª, la 11.ª y la 12.ª brigada, reforzadas inicialmente por el Regimiento de Comandos, regimientos independientes y destacamentos del Regimiento de Ingenieros. La fase de maniobra que dio inicio al despliegue incluyó el aseguramiento progresivo de las principales carreteras y de ciudades estratégicas como Marjayoun, Tiro, Nabatieh y Bint Jbeil, siguiendo un cronograma muy ajustado. El cruce del Litani y la ocupación de las primeras posiciones tácticas se ejecutaron el 17 de agosto, mientras que el control gradual de los principales nudos de comunicación continuó hasta finales de ese mes. El despliegue concluyó oficialmente el 1 de octubre de 2006, al mismo tiempo que se produjo la retirada casi total de las fuerzas israelíes, con la excepción del disputado sector de Ghajar, que en realidad es una aldea siria situada en los Altos del Golán ocupados. Sus habitantes son sirios o apátridas sin documentos de identidad y, desde 1975, han ampliado ilegalmente el pueblo hacia territorio libanés. Esta retirada israelí fue la segunda después de la del año 2000. En el plano estructural, el Ejército libanés creó un mando específico para la zona al sur del Litani, inexistente antes de agosto de 2006. Su cuartel general se estableció inicialmente en Tiro y luego fue trasladado al cuartel de Marjayoun, desde donde se coordinaban la planificación táctica, la logística y la cadena de mando local. La cooperación operativa se llevó a cabo en estrecha coordinación con la FINUL. Las FAL ocupaban posiciones específicas conforme los cascos azules certificaban la retirada israelí de esos puntos. Las misiones logísticas y de seguridad fueron intensas. Las unidades de ingenieros instalaron puentes Bailey suministrados por el Reino Unido para cruzar el Litani, realizaron operaciones de desminado en las carreteras, neutralizaron municiones sin explotar y aseguraron las rutas de acceso. Paralelamente, se establecieron decenas de puestos de control fijos y móviles en todos los caminos que conducían al sur para controlar el flujo de vehículos y personas. El objetivo político y operativo era claro: restaurar y afirmar la soberanía del Estado libanés sobre la zona, impedir la existencia de cualquier autoridad paralela y proceder, conforme al mandato, a la incautación de armas ilegales o visibles al sur del Litani. Esta misión despertó grandes expectativas, pero también anticipaba las tensiones que surgirían sobre el terreno en torno al estatus de las armas de Hezbolá y la aplicación efectiva del monopolio estatal sobre el uso de la fuerza. El compromiso entre el Estado y Hezbolá y el papel de Émile Lahoud Desde la década de 1990, primero como comandante en jefe del Ejército y posteriormente como presidente de la República en 2006, Émile Lahoud desempeñó un papel central en la protección del arsenal de Hezbolá, actuando como el principal garante institucional, militar y jurídico de que el movimiento no fuera desarmado. Además, presentó su arsenal ilegal, desde todas las perspectivas, como un complemento de las supuestamente limitadas capacidades de las FAL. Ya en 2004, cuando el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la resolución 1559, que exigía el desarme de todas las milicias libanesas, incluida la milicia proiraní, Émile Lahoud utilizó el aparato institucional para impedir cualquier aplicación de la resolución contra Hezbolá. Aprovechando su mandato presidencial, prorrogado exclusivamente por imposición del régimen sirio, Lahoud, ante la imposibilidad de otorgar un estatus legal a Hezbolá, utilizó su tribuna para afirmar que la resolución no se aplicaba al partido proiraní, al que definió como un “movimiento de liberación nacional” y de “resistencia”, en lugar de una milicia, otorgándole así cierta legitimidad. Esta postura bloqueó los intentos administrativos y militares de registrar o incautar las armas de Hezbolá e impidió cualquier medida coercitiva orientada a su desarme. Durante la guerra de julio de 2006 y las deliberaciones gubernamentales en torno a la resolución 1701, Lahoud se consolidó como el defensor inflexible de los intereses estratégicos de Hezbolá en la cúspide del Estado, pese a que el gobierno de entonces tenía un carácter histórico. Fue el primero formado tras el fin de los 30 años de ocupación siria del Líbano y también el primero en integrar a ministros de Hezbolá junto con ministros contrarios a Siria, en un gobierno de unidad nacional. El primer ministro era Fouad Siniora, perteneciente a la coalición soberanista del 14 de marzo, que contaba con la mayoría de los 24 ministros. El gabinete también incluía a cinco ministros de la coalición formada por Hezbolá y el Movimiento Amal de Nabih Berri, además de otros ministros cercanos a Émile Lahoud. Durante las tensas sesiones del Consejo de Ministros de agosto de 2006, mientras el bloque mayoritario del gobierno buscaba obtener un mandato claro para que el Ejército confiscara las armas al sur del Litani, Lahoud estableció una línea roja absoluta. Bajo su presión, respaldada por los ministros afines a él y por los cinco ministros de la coalición Hezbolá-Amal, el gobierno aprobó un compromiso operativo conocido como la “doctrina de la invisibilidad”. Según esta doctrina, el Ejército podía desplegarse en el sur, pero sin realizar registros sistemáticos en propiedades privadas ni proceder al desarme forzoso mientras las armas no fueran visibles en espacios públicos. En la práctica, esto frustró desde el inicio la aplicación de la resolución 1701 y sembró las semillas del conflicto que vendría después. Como presidente y comandante supremo de las Fuerzas Armadas Libanesas, Lahoud se aseguró de que las órdenes transmitidas al comandante en jefe del Ejército, el general Michel Sleiman, no incluyeran ninguna misión destinada a incautar depósitos de armas, garantizando así que la infraestructura militar de Hezbolá, con frecuencia subterránea u oculta, permaneciera intacta. Respaldado por Siria, cuya influencia seguía siendo considerable en el Líbano pese a la retirada de su ejército del territorio libanés, Émile Lahoud ofreció así a Hezbolá un “paraguas estatal” que incluía no solo protección política, sino también una justificación discursiva. Lahoud utilizó su capacidad de bloqueo institucional para permitir que el partido proiraní preservara inicialmente su arsenal y, durante la década siguiente, lo consolidara y ampliara sin temor a una intervención de los organismos de seguridad libaneses. Esta estrategia tuvo como consecuencia afianzar de forma duradera el papel de Hezbolá bajo el amparo de una retórica de defensa nacional y de preservación de un arsenal ilegal, percibido como un componente aceptado, cuando no legitimado, del panorama estratégico libanés. Leer también sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (10) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (9) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (8) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (7) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (6) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (5) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (4) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (3) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (2) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (1)

Irán: importantes revelaciones sobre el programa nuclear y el impacto del bloqueo naval (1/2)

El Líbano y la región se encuentran prácticamente en una “pausa”. El presidente Donald Trump indicó al inicio del fin de semana que había concedido a Irán una prórroga de una semana como gesto de buena voluntad durante el funeral del exlíder supremo de la República, Ali Khamenei, quien murió en el masivo bombardeo estadounidense-israelí que desencadenó la guerra lanzada contra el régimen iraní el 28 de febrero. La pausa concluirá el 11 de julio, fecha anunciada el sábado para la reanudación de las conversaciones entre Washington y Teherán, que se celebrarán en Islamabad. En la agenda figuran las sanciones, los activos iraníes congelados y el expediente nuclear. La reactivación de estas negociaciones se produce mientras varias señales alimentan la incertidumbre sobre si el proceso de “negociación” iniciado por el memorando de entendimiento firmado entre Estados Unidos y la República Islámica puede conducir a algún resultado constructivo. Entre esas señales, que podrían jugar en contra del régimen iraní, figuran los acontecimientos relacionados con el Líbano y el estrecho de Ormuz y, sobre todo, la aparición en el Líbano, Siria e Irak de un discurso oficial convergente que tiende a confirmar que toda la región está entrando en una nueva etapa de su historia, completamente opuesta al proyecto ideológico jomeinista. En primer lugar, respecto al escenario libanés, informaciones del diario libanés Nidaa el-Watan (cercano a los círculos soberanistas) indican que Estados Unidos decidió disolver el “mecanismo”, es decir, el comité de supervisión del alto el fuego creado tras el acuerdo de cese de hostilidades de noviembre de 2024, para reemplazarlo por un comité de seguridad tripartito integrado por Líbano, Estados Unidos e Israel. Este nuevo comité estará presidido por un alto oficial estadounidense, el general Joseph Clearfield, antiguo responsable del mecanismo, quien ya inició su misión con reuniones esta semana con dirigentes israelíes para examinar los aspectos prácticos del despliegue del ejército libanés en las dos “zonas piloto” previstas en el acuerdo marco firmado entre Líbano e Israel en Washington bajo los auspicios del secretario de Estado Marco Rubio. La puesta en marcha de la dinámica prevista en este acuerdo marco servirá, sin duda, para frustrar los esfuerzos desesperados de la República Islámica por aferrarse a la carta libanesa. Revelaciones sobre el impacto del bloqueo marítimo estadounidense En cuanto al estrecho de Ormuz, las ambiciones hegemónicas de la Guardia Revolucionaria, especialmente su insistencia en imponer el control sobre esta vía marítima, se están viendo debilitadas por la convergencia de las posiciones de Estados Unidos y Europa sobre este asunto. En términos más generales, la comunidad internacional se niega a aceptar la imposición de cualquier peaje o derecho de paso a los buques que transitan por el estrecho. El sábado, los líderes de Francia y el Reino Unido reafirmaron su disposición a establecer una fuerza multinacional para garantizar la libertad de navegación en Ormuz. En este contexto, un alto funcionario británico rindió homenaje a la posición del Sultanato de Omán, que declaró estar dispuesto a garantizar la seguridad de los buques a lo largo del corredor marítimo paralelo a su litoral. Desde el inicio de esta guerra, la República Islámica ha intentado aprovechar su capacidad para perturbar el tránsito en el estrecho de Ormuz con el fin de demostrar que puede mantener a la economía mundial como rehén si no se toma en consideración su aspiración de ejercer un control total sobre la zona. Sin embargo, informaciones publicadas al final de esta semana por The New York Times indican que las amenazas de los Pasdarán de cerrar el estrecho de Ormuz tienen límites en el contexto actual. Citando a cuatro altos funcionarios iraníes, el diario estadounidense informó que el presidente iraní y el gobernador del Banco Central de Irán comunicaron al líder supremo, antes de la firma del memorando de entendimiento con Washington, que el bloqueo marítimo estadounidense había paralizado en gran medida toda la economía iraní. También habrían advertido que las reservas nacionales de alimentos esenciales y medicamentos se agotarían a finales de agosto debido al bloqueo. Según esas fuentes, el presidente iraní amenazó con renunciar si el régimen no daba luz verde a un acuerdo con Estados Unidos, subrayando que la prolongación de la crisis económica provocada por el bloqueo “amenazaba la estabilidad del país” y que, en consecuencia, “el Gobierno ya no está en condiciones de gestionar la situación”. Fue tras esta iniciativa urgente impulsada conjuntamente por el presidente y el gobernador del Banco Central cuando el líder supremo habría dado finalmente su visto bueno al proceso de negociación con Washington. Cabe señalar, en este contexto, que la eficacia demostrada del bloqueo marítimo impuesto por la administración Trump y la grave amenaza que este podría representar para la economía iraní a corto plazo compensan y neutralizan, en cierta medida, la influencia que la Guardia Revolucionaria pretende ejercer mediante su dominio del estrecho de Ormuz. La carta del control de esta ruta marítima, que los Pasdarán aún afirman conservar, corre así el riesgo de volverse en contra del propio régimen. Informe alarmante sobre la actividad nuclear iraní Junto con la amenaza de un restablecimiento del bloqueo marítimo, al que Washington podría recurrir nuevamente si las negociaciones bilaterales se estancan, el régimen iraní podría enfrentarse pronto a otra fuente de tensión y conflicto relacionada con el expediente nuclear. El medio digital libanés Al-Janoubiya (cercano a la oposición chiita y hostil al proyecto jomeinista) informa que un prestigioso centro de investigación estadounidense con sede en Washington, que sigue de cerca la evolución del programa nuclear de Teherán, el Institute for Science and International Security (ISIS), detectó una actividad preocupante y persistente en un importante emplazamiento nuclear subterráneo construido en el interior de una montaña rocosa. Este sitio clandestino, altamente protegido y que albergaría importantes instalaciones e infraestructura subterráneas, incluidas capacidades para el enriquecimiento de uranio, nunca ha sido inspeccionado por los inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica. Conocido como “Pickaxe Mountain”, fue construido en las profundidades de la cordillera de los Zagros, a casi un kilómetro de la instalación de enriquecimiento de uranio de Natanz. La cadena estadounidense Fox News subraya que la continuidad de las actividades en ese emplazamiento “plantea serias dudas sobre el cumplimiento por parte de Irán de los compromisos asumidos” en el memorando de entendimiento firmado con Washington. Una de las cláusulas de ese documento establece la congelación de toda actividad nuclear durante el período de negociación de 60 días. Si se confirma que los trabajos continúan efectivamente en la instalación de “Pickaxe Mountain”, como sostiene uno de los expertos del ISIS, ello constituiría una grave violación del memorando de entendimiento y, sobre todo, una clara muestra de la falta de seriedad y credibilidad de los compromisos asumidos por el régimen de los mulás. Próximo artículo: Tres discursos para un mismo paradigma

Nabih Berri... ¡Basta de chantaje!
Por
Jad Akhawi
Publicado

En cada momento decisivo que atraviesa el Líbano, resurge el mismo discurso: la amenaza de derribar al Gobierno, las advertencias sobre un nuevo colapso y la escalada de la confrontación política. Sin embargo, la pregunta ya no es si Nabih Berri puede hacer caer al Gobierno. La verdadera pregunta es otra: ¿qué ocurrirá después? ¿Cuál es la alternativa? ¿Qué visión propone para el Líbano? ¿Y cómo saldrá el país de su crisis si vuelve a caer en el círculo vicioso del vacío político e institucional? Si la oposición al Acuerdo Marco responde realmente al propósito de defender la soberanía del Líbano, quienes lo rechazan deberían presentar una alternativa clara, realista y viable. Limitarse a exigir la caída del Gobierno sin ofrecer la más mínima hoja de ruta solo condena a los libaneses a una incertidumbre aún mayor. Pero la cuestión de fondo es otra: ¿el problema se reduce realmente al Gobierno? Si, según esta lógica, el Gobierno ha perdido su legitimidad política, ¿qué ocurre entonces con el Parlamento del que emana esa legitimidad? Si la solución consiste en derribar al poder ejecutivo, ¿por qué quienes sostienen esta postura no llevan su razonamiento hasta sus últimas consecuencias y exigen también la disolución del Parlamento y el regreso a las urnas mediante elecciones legislativas anticipadas? La pregunta se vuelve entonces todavía más incómoda. ¿Puede Nabih Berri garantizar que volvería a ser elegido presidente del Parlamento si se celebraran nuevas elecciones? ¿Puede el dúo chiita asegurar que el actual equilibrio de fuerzas dentro del Parlamento permanecería intacto? Si la respuesta dista de ser segura, los libaneses tienen derecho a preguntarse si el verdadero objetivo es salvar al Líbano o simplemente preservar un equilibrio político que lleva años vigente. La democracia no puede practicarse de manera selectiva. Quien exige un cambio de Gobierno también debe estar dispuesto a aceptar una recomposición integral del poder y someterla al veredicto de las urnas, en lugar de decidir qué instituciones deben cambiar y cuáles deben permanecer al margen de toda responsabilidad política. La experiencia ha demostrado que la política del bloqueo nunca ha construido un Estado. Por el contrario, ha contribuido a debilitarlo. Cada vez que el Líbano vislumbra una oportunidad para reconstruir sus instituciones, reaparece el lenguaje de las amenazas y de la escalada, como si el objetivo fuera mantener al país a merced de los equilibrios de poder en lugar de situarlo bajo la autoridad de la Constitución. Lo más preocupante de este discurso es que coloca a los libaneses frente a una sola alternativa: someterse a las condiciones políticas impuestas por el dúo chiita o ver caer al Gobierno y al país hundirse en una nueva crisis. Esto ya no puede interpretarse como una oposición política normal. Se ha convertido en un medio permanente de presión sobre el Estado y sus instituciones, cuyo costo terminan pagando únicamente los libaneses. En los sistemas democráticos, los gobiernos son cuestionados dentro de las instituciones y caen únicamente cuando existe una mayoría constitucional respaldada por un programa alternativo claro. No caen porque el bloqueo se haya convertido en una forma de gobernar, ni porque el vacío institucional se utilice como un instrumento de negociación. Si el presidente del Parlamento, Nabih Berri, rechaza el Acuerdo Marco, está en su derecho político de hacerlo. Si busca hacer caer al Gobierno, también ejerce un derecho que la Constitución le reconoce, siempre que se cumplan las condiciones previstas para ello. Pero los libaneses también tienen derecho a hacerle una pregunta muy sencilla: ¿qué viene después? ¿Quién formará el próximo Gobierno? ¿Con qué mayoría parlamentaria gobernará? ¿Cuál será su programa? ¿Cómo rescatará la economía? ¿Cómo llevará adelante la reconstrucción del sur del país? ¿Y cómo recuperará la confianza del mundo árabe y de la comunidad internacional? Si el verdadero objetivo no es más que conseguir un nuevo instrumento de presión para imponer determinadas condiciones políticas, los libaneses ya no pueden seguir soportando esa lógica. Han pagado un precio exorbitante por la parálisis de las instituciones, el colapso de la economía y el aislamiento del Líbano de su entorno árabe e internacional. Ya no es aceptable que su futuro siga siendo rehén de los cálculos de las fuerzas políticas. Ha llegado la hora de abandonar la lógica del “o se hace lo que queremos o no hay Estado”. El Estado no pertenece a nadie. El Gobierno no es un botín. El Parlamento no es patrimonio exclusivo de ninguna fuerza política. Y la legitimidad solo se renueva mediante la voluntad del pueblo. Si quienes invocan la democracia realmente creen en ella, deben aceptarla en toda su plenitud y no solo cuando les conviene. Deben aceptar que sea el pueblo quien decida quién gobierna, quién preside el Parlamento, quién permanece en el poder y quién debe abandonarlo. En cambio, la amenaza de hacer caer al Gobierno cada vez que cambian las circunstancias, mientras se rechaza siquiera abrir un debate sobre una recomposición integral del poder, ya no convence a los libaneses. Están cansados del chantaje político, de la parálisis del Estado y de que su futuro siga convirtiéndose en una moneda de cambio dentro de un conflicto que parece no tener fin. Hoy el Líbano necesita hombres de Estado que construyan instituciones, no políticos que amenacen con derribarlas cada vez que sus decisiones entren en conflicto con sus propios intereses.

Hezbolá, ¿dónde está tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?

Nada Hamadé Mouawad, ¿cómo se las arregla para caer tan mal entre los seguidores de Naïm Kassem, tanto en Dahiyeh como en cualquier otro lugar? ¿Acaso ignoraba que su firma estampada en Washington el pasado 26 de junio iba a desatar manifestaciones en varios puntos del territorio? Hasta el punto de que nuestro ejército tuvo que intervenir de noche para restablecer el orden en la carretera que lleva al aeropuerto internacional. Todo ello porque cumplió con su deber de patriota, que consiste en desalojar, por las vías diplomáticas, a las fuerzas del Tsáhal de las regiones del Sur que ocupan. ¡Dios mío, qué criminal es negar lo evidente! No es la resistencia armada la que puede liberar el Jabal Amel, sino las negociaciones y los diálogos bajo la tutela estadounidense. No es precisamente glorioso, pero así son las cosas; no es agradable, pero es hacer lo mejor posible. Al no haber obtenido una victoria contundente que nos permitiera imponer nuestras condiciones al adversario israelí, no tiene sentido darse aires. Y además, digámoslo sin rodeos: la llamada resistencia creyente (al-muqawama al-mou'mina) no hizo más que ampliar la zona de ocupación, multiplicar las destrucciones y expulsar a nuestros compatriotas de sus hogares ancestrales. Como en Waterloo… Pero recordemos primero los términos del acuerdo alcanzado el 17 de junio entre Irán y Estados Unidos, y el sentimiento de abandono que vivieron los soberanistas cuando se enteraron, consternados, de que el expediente libanés estaba incluido en el pacto. Para consternación de los libanistas, los hezbolistas podían regocijarse: Teherán, teniéndonos agarrados por el cuello, podía decidir sobre nuestro destino. El Líbano había caído en manos de los pasdaranes. Se habló de resignación en nuestras filas, se acusó a la política estadounidense de ambivalencia cuando no de traición, se recordó el lamentable episodio del acorazado New Jersey en septiembre de 1983, y se echó la culpa a la rivalidad entre el vicepresidente JD Vance y el secretario de Estado Marco Rubio. En resumen, en las filas de los soberanistas se estaba hundido. Y de repente, el pasado 26 de junio, como un diablo que surge de una caja, el Líbano oficial comenzó a atreverse. Y el Acuerdo tripartito, una vez firmado, iba a poder liberar el sur libanés de la ocupación israelí, poniendo fin a la tutela extranjera, a las injerencias iraníes y al reinado de la milicia amarilla. Entonces en Beirut, como antaño en Waterloo, «la esperanza cambió de bando, el combate cambió de alma». La alegría en Dahiyeh apenas duró nueve días. ¡Nada Hamadé Mouawad y Simon Karam les acababan de arrebatar la victoria a los hezbolistas! Peligro y firmeza Fue una afrenta al ministro Abbas Araghchi: este había abusado demasiado del «pretexto» libanés para violar nuestra soberanía en la escena internacional. Ahí queda él con las manos vacías, él que hizo concesiones sobre el nuclear iraní para ganarse un asiento en Bürgenstock, en Lucerna, Suiza. Por ello, el ejército libanés, respaldado por nuestros aliados occidentales, debe mantenerse en guardia. No puede acobardarse ahora que nuestros diplomáticos han cruzado el Rubicón. Por otro lado, Nabih Berri, «presintiendo su fin cercano», ¿no habló acaso de inmediato de «fitna»? Lo cual es mucho más que una simple discordia, y constituye una amenaza apenas velada de hacer descarrilar el Acuerdo marco. En cuanto a David Hale, ex embajador estadounidense en el Líbano, no dejó de advertirnos que, en un primer momento, Hezbolá hará todo lo posible por torpedear dicho Acuerdo; según él, no dudará en recurrir a la violencia y a los métodos terroristas. Por su parte, el Ejecutivo libanés, que parece haber retomado la iniciativa, sabe perfectamente que entramos en una zona de turbulencias. Pero nada sólido puede lograrse sin asumir riesgos. Con más firmeza, siempre firmeza, nuestro país podrá romper el matrimonio forzado que Hezbolá le impuso con el aqueménida.