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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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El régimen de los mulás pierde progresivamente sus cartas

En apariencia, la situación en el Líbano, y también (en menor medida) en la región, está en modo «pausa»… Sin embargo, no hay que dejarse engañar por las apariencias, porque en la práctica las piezas del rompecabezas se van colocando y encajando de forma progresiva y discreta por parte de los actores que son visiblemente los dueños del juego. Basta con establecer las correlaciones entre las maniobras y las acciones —los «moves», dirían los anglófonos— de los tomadores de decisiones que trabajan para moldear el nuevo paisaje geopolítico de la región, para comprender la verdadera dimensión de la partida que se está jugando actualmente en el Levante, y mucho más allá. Si hubiera que esbozar una línea directriz de los desarrollos en curso, podría percibirse un aislamiento creciente y en aumento del régimen iraní a escala internacional. La agencia Reuters informó el viernes 3 de julio que los líderes de la OTAN, reunidos en Ankara, tienen previsto proclamar que Irán no deberá adquirir jamás armas nucleares. Pero aún más grave para Teherán, la OTAN pedirá expresamente a la República Islámica que «respete plenamente la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz». La Unión Europea adoptó ya esta semana una posición contundente en el mismo sentido, rechazando cualquier intento iraní de imponer un derecho de paso, bajo pretexto de «servicios prestados», a los buques que transitan por esta vía marítima internacional. Este último punto constituye, en la etapa actual, el principal caballo de batalla de los Guardianes de la Revolución Islámica y de los centros de poder iraníes. Con un tono amenazante y una arrogancia insultante hacia la Administración Trump, el presidente del Parlamento y jefe del equipo de negociadores iraníes, Mohammed Bagher Ghalibaf, declaró el viernes sin rodeos: «No permitiremos a los Estados Unidos (!) intervenir en el estrecho de Ormuz y continuaremos estableciendo las normas de navegación en el estrecho». La actitud iraní en este asunto provoca cada vez más la ira de la Administración estadounidense, lo que llevó a un funcionario americano a señalar hace 48 horas que «la paciencia del presidente Donald Trump con respecto a Irán comienza a agotarse». Otros altos funcionarios estadounidenses indicaron además al sitio Axios que los negociadores americanos transmitieron a los delegados iraníes presentes en las conversaciones celebradas esta semana en Doha que la obstinación de Irán en querer imponer un derecho de paso en el estrecho de Ormuz corre el riesgo de hacer naufragar el acuerdo marco entre Washington y Teherán. Esta postura firme adoptada por la Administración Trump al respecto cuenta con el apoyo total de la UE, lo que contribuye a profundizar aún más el aislamiento de la República Islámica. Estos tropiezos en el proceso de negociaciones con Teherán fueron presumiblemente abordados durante la conversación telefónica que el presidente Trump mantuvo el viernes con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, quien podría ser recibido en breve en la Casa Blanca. La carta maestra del Líbano La segunda carta maestra a la que el régimen iraní intenta desesperadamente aferrarse, hundiéndose en una negación total ante las nuevas realidades, es la del Líbano. El señor Ghalibaf insistió en retomar este frente con determinación y volver a poner sobre la mesa el «apartado libanés» del memorando de entendimiento firmado con Washington a mediados de junio, así como el acuerdo alcanzado recientemente en Suiza con el vicepresidente estadounidense JD Vance —que prevé un papel directo de Irán en el proceso de solución en el Sur y, por tanto, un refuerzo de su influencia sobre el tablero libanés—. En una declaración realizada el viernes, el señor Ghalibaf invitó, sin el menor escrúpulo, «a todas las partes libanesas a trabajar para aplicar el apartado que concierne al Líbano en el memorando de entendimiento (firmado con Washington), ya que eso evitaría las discordias»(!) Cabe recordar, no obstante, que este intento iraní de revitalizar su tutela sobre el Líbano fracasó estrepitosamente tras el acuerdo marco firmado a mediados de junio por el Líbano e Israel en Washington, bajo los auspicios del Secretario de Estado Marco Rubio. Esta hoja de ruta contempla un mecanismo gradual, bajo estrecha supervisión estadounidense, cuyo objetivo final es la retirada de las fuerzas israelíes del sur del Líbano y el despliegue del ejército libanés, de forma paralela al desmantelamiento de la infraestructura miliciana de Hezbolá. La dimensión soberanista de este acuerdo marco, que desvincula completamente el proceso libanés de solución de las conversaciones estadounidense-iraníes de Islamabad, fue subrayada una vez más el viernes por el presidente Joseph Aoun y el canciller libanés, Joe Raggi. Al recibir a una delegación universitaria y a representantes del Colegio de Médicos y de la Orden Maronita Libanesa, el jefe de Estado reafirmó que el documento firmado entre el Líbano e Israel permite al Estado libanés retomar el control del expediente del Sur, de modo que el Líbano sea el único dueño de sus decisiones en esta materia y negocie por sí mismo —y no un tercer país— cualquier proyecto de solución. En una pulla lanzada de manera apenas velada contra Hezbolá, el presidente Aoun señaló que quienes se oponen al acuerdo marco firmado con Israel reaccionan así «porque se han acostumbrado a vivir bajo tutela»… En la misma línea, el ministro libanés de Asuntos Exteriores, Joe Raggi, reafirmó la determinación del gobierno de asumir en solitario, lejos de cualquier diktat extranjero, la responsabilidad de poner fin a la guerra. Ante la posición firme adoptada por el poder libanés, la República Islámica ve cómo la carta libanesa se le escapa de las manos e intenta, por ello, torpedear el acuerdo marco con Israel orquestando una oposición a dicho documento e intentando teledirigir disturbios en la calle para provocar la caída del gobierno de Nawaf Salam, con el objetivo de lograr la anulación del acuerdo marco, lo que allaría el camino a una reactivación de la implicación iraní en el juego político interno libanés. Pero también en este punto, el presidente Aoun se mostró muy firme el viernes, subrayando que recurrir a la calle y a la discordia interna para derribar al gobierno constituye una «línea roja que no puede ser cruzada». El proyecto de fuerza multinacional Estos intentos de los Guardianes de la Revolución Islámica de reactivar su tutela sobre el Líbano chocan con otro factor de peso: el proyecto de creación de una Fuerza Multinacional llamada a relevar a la FINUL, cuyo mandato expira a finales de año. Los dirigentes francés e italiano ya han iniciado sus gestiones al respecto y cuentan con el apoyo total de Estados Unidos. Un alto responsable francés rindió además homenaje el viernes al «papel positivo desempeñado por EE. UU. en el Líbano». Y para consolidar aún más esta dinámica de salida de la crisis que se desarrolla, por tanto, sin la República Islámica, la Unión Europea se ha encargado de destacar su apoyo total al acuerdo marco libano-israelí y a las opciones del poder libanés en esta materia, subrayando la necesidad de aplicar los términos del documento firmado en Washington. El régimen iraní ve así cómo se le arrebatan todas sus principales cartas, una tras otra. Ante tal situación, el ala radical del poder saca las garras, como ilustran los ataques frontales que lanza casi a diario contra el ala llamada «moderada», y más concretamente contra el presidente en ejercicio y el presidente del Parlamento. Y a la luz de tales reveses, ciertos círculos políticos en Irán hablan de un proyecto destinado a dar nueva vida a los Pasdaran, pero bajo una forma más «aceptable» o más «tolerable». Sin embargo, solo algunas facciones ingenuas o descaradamente oportunistas pueden seguir cayendo en el engaño de tales gesticulaciones políticas provenientes del ala radical de la República Islámica.

Antes que en Líbano, la verdadera prueba de Ahmed al Sharaa está en Siria

La visita a Líbano de Asaad al-Shaibani, solo puede recibirse con satisfacción. Por primera vez, un ministro de Relaciones Exteriores de Siria visitó un Estado soberano e independiente, y no un simple escenario o un territorio sometido a tutela. Al menos por la manera en que transcurrió, la visita reflejó la voluntad del presidente Ahmed al-Sharaa, quien tiene la última palabra en Damasco, de construir una relación distinta entre Líbano y Siria, libre de las cargas del pasado, sobre todo de aquellas que marcaron a ambos países desde que Hafez al-Assad tomó el poder en Siria en noviembre de 1970. ¿Se trata de un cambio permanente en la política siria o únicamente de una etapa transitoria mientras el nuevo liderazgo consolida su autoridad mediante la construcción de un Estado fuerte y cohesionado, tal como lo hizo Hafez al-Assad incluso antes del golpe de Estado que encabezó en el otoño de 1970 bajo el lema del “Movimiento Correctivo”? La sencillez con la que se condujo Asaad al-Shaibani me hizo recordar de inmediato el comportamiento de los funcionarios sirios que solían visitar Líbano durante los gobiernos de Hafez al-Assad y, más tarde, de su hijo Bashar. El contraste difícilmente habría podido ser mayor. Bashar jamás ocultó su desconocimiento del Líbano. Durante una reunión con un ministro árabe de Relaciones Exteriores que le transmitía un mensaje del jefe de Estado de su país, llegó a describir a Líbano como “un país frágil”, sin advertir la fragilidad de la propia Siria, un país que ya llevaba en su interior las semillas de una explosión. Esa explosión llegó en 2011. La guerra interna se prolongó hasta finales de 2024, cuando el presidente del régimen sirio huyó a Moscú. Así cayó el telón sobre un régimen que sobrevivió durante más de medio siglo gracias al control alauita del ejército y de los aparatos de seguridad y, por esa vía, de prácticamente todos los resortes de la economía del país. Lo que volvió con más fuerza a mi memoria durante la visita de Asaad al-Shaibani a Líbano fueron las rondas de negociaciones celebradas en el verano de 1973 entre el ministro sirio de Relaciones Exteriores, Abdel Halim Khaddam, y su homólogo libanés, Fouad Naffah. Su objetivo era reabrir la frontera entre Líbano y Siria, que Hafez al Assad había ordenado cerrar en protesta por el intento del Ejército libanés de poner fin a la presencia armada palestina en el país, una presencia que Siria había alentado porque, a la larga, respondía a su propósito de llevar a Líbano hacia la explosión. Todavía puedo ver a Khaddam llegando al Hotel Park de Chtaura para reunirse con el ministro libanés. Aquel día, el jefe de la diplomacia siria insistió en ingresar al territorio libanés al frente de un convoy protegido por efectivos de la policía militar siria. Los soldados, con sus armas en la mano, le rendían honores al entrar al hotel, en una escenificación cuidadosamente preparada cuyo propósito era pisotear la soberanía libanesa. Hoy todo ha cambiado. Asaad al-Shaibani observó con meticuloso cuidado todas las normas de la cortesía diplomática. Tarde o temprano se sabrá si esa actitud responde a una política duradera del nuevo régimen sirio hacia Líbano, un país al que Hafez al-Assad solía referirse bajo los lemas de “un solo pueblo en dos países” y de la “unidad de los dos frentes”. También resulta evidente que cada uno de los pasos dados por el ministro sirio de Relaciones Exteriores fue cuidadosamente calculado, incluida su visita a Trípoli, mediante la cual Ahmed al-Sharaa buscó demostrar el alcance de su popularidad en las ciudades suníes del Líbano. Al enviar a Asaad al-Shaibani a Beirut, Ahmed al-Sharaa sabía que estaba bajo observación árabe e internacional y que debía mostrar la máxima consideración hacia los libaneses y sus sensibilidades respecto de Siria. Después de todo, no es ningún secreto que el antiguo régimen sirio, aliado de Hezbolá, desempeñó un papel en la persecución de todas las comunidades libanesas, especialmente de los suníes y los cristianos. En cuanto a los drusos, el régimen había dejado de concederles mayor importancia desde el asesinato de Kamal Jumblatt en 1977, un mensaje cuyo verdadero alcance Walid Jumblatt comprendió perfectamente. No hace falta enumerar a las figuras suníes cuya eliminación contó con la participación del régimen de los Assad, desde el gran muftí Hassan Khaled hasta Rafik Hariri. Tampoco es necesario recordar los asesinatos de dos presidentes de la República, Bashir Gemayel y René Moawad, ni las múltiples acciones emprendidas por Siria para impedir que Líbano firmara el Acuerdo del 17 de Mayo con Israel en 1983. Sin duda, la visita del ministro sirio de Relaciones Exteriores a Líbano puede valorarse positivamente. Marcó una clara ruptura con el pasado y puso de manifiesto un cambio profundo en Siria. Sin embargo, hay una realidad que no puede pasarse por alto: el mundo solo se convencerá de que el cambio en Siria es auténtico cuando ese cambio se manifieste dentro del propio país. El acercamiento hacia los cristianos del Líbano pierde gran parte de su sentido si no va acompañado de una verdadera apertura hacia los cristianos de Siria. Lo mismo ocurre con los drusos sirios, que siguen padeciendo las consecuencias de los recientes enfrentamientos con grupos armados locales que intentaron someterlos con el respaldo del nuevo régimen. Más importante aún, el gobierno de Ahmed al-Sharaa trabaja actualmente para transformar la propia naturaleza de la sociedad siria, a fin de adecuarla a los valores promovidos por Hay’at Tahrir al-Sham y las facciones que se aliaron con ese movimiento durante los años en que controlaron Idlib. Esa transformación avanza discretamente, sin estridencias. Entre otras medidas, se han aprobado leyes que prohíben la importación de instrumentos musicales, así como de bebidas alcohólicas. La nueva política siria hacia Líbano merece ser recibida con satisfacción. Aun así, resulta prematuro hablar de un cambio verdadero en Siria mientras el nuevo régimen no emprenda la construcción de una sociedad cohesionada, alejada de toda forma de intolerancia y dogmatismo. En última instancia, la verdadera prueba de Ahmed al-Sharaa y Asaad al-Shaibani se librará dentro de Siria, no en Líbano. Lo natural sería que Siria, ahora liberada del régimen alauita de la familia Assad, se convierta en un Estado reconciliado consigo mismo y con todos los componentes del pueblo sirio: suníes, cristianos, drusos, alauitas e ismaelíes. Cuando eso ocurra, siempre que ese proceso incluya también a los kurdos, los libaneses creerán que el cambio profundo en Siria es una realidad y que, por fin, podrán establecerse relaciones normales entre ambos países.

 Acuerdo Marco: cuando Irán desplaza la presión hacia el Líbano

Un investigador en biofísica escribió alguna vez: «No interpreto el poder únicamente desde la política; también lo interpreto desde la materia. En el laboratorio aprendemos una verdad que cualquier persona reconoce en la vida cotidiana: la presión no afecta a todos los cuerpos de la misma manera. Si se ejerce presión sobre el vidrio, puede romperse. Si se ejerce sobre el caucho, se deforma. Si se ejerce sobre un tejido vivo, puede absorberla, adaptarse a ella y repararse. La misma fuerza puede destruir una estructura o fortalecer otra. La diferencia no radica únicamente en la presión, sino en la estructura interna que la recibe». Es precisamente aquí donde la lectura que Israel y Estados Unidos hacen de Irán, y de Oriente Medio en general, revela sus límites. Israel, como toda potencia convencida de su superioridad tecnológica, parte de la idea de que la historia puede moldearse mediante la presión: golpear más, matar más, endurecer las sanciones, profundizar el aislamiento, y el adversario terminará por replegarse. Sin embargo, esa es una visión mecánica de las sociedades humanas. Imagina a las naciones como objetos inertes que, sometidos a suficiente presión, acabarán por quebrarse. Hay países, sin embargo, que no colapsan bajo la presión, aunque tampoco salen indemnes de ella. La absorben, se adaptan a ella y la redistribuyen, transformando una crisis externa en un frágil equilibrio interno, y una confrontación internacional en un costo social prolongado. Irán, pese a sus sucesivas crisis, no convirtió la presión en un colapso. La transformó en capacidad de adaptación: absorbió la presión, la convirtió en tiempo y, finalmente, hizo del tiempo una herramienta de negociación. Aquí comienzan las preguntas más delicadas. La cuestión ya no consiste en saber si la presión funciona o fracasa, sino hacia dónde se desplazan sus efectos y quién termina pagando su costo. En el caso iraní, resulta difícil negar que el Estado haya logrado, durante largos años, convivir con niveles extraordinariamente altos de presión externa: severas sanciones económicas, aislamiento político, tensiones regionales en materia de seguridad y presiones acumuladas en múltiples frentes. Esa capacidad para perdurar bajo presión suele presentarse como prueba de fortaleza. Pero esa conclusión, por sí sola, no basta para comprender el panorama completo. Junto a la capacidad del Estado para mantenerse, numerosos indicadores dentro de la sociedad iraní revelan un costo profundo: el deterioro de la clase media, la pérdida del poder adquisitivo, el aumento de los desequilibrios sociales y una brecha cada vez mayor entre el Estado y la sociedad. No se trata únicamente de indicadores económicos. Son señales de que la presión dejó de concentrarse en el sistema internacional para instalarse en el propio tejido social. En otras palabras, la presión no desapareció; simplemente cambió de lugar. Conviene recordar, además, que el pueblo iraní intentó levantarse contra las políticas de su régimen dictatorial y teocrático, solo para enfrentarse a una represión brutal que trató a la población como si fuera un ejército invasor y no sus propios ciudadanos. Ahí reside el núcleo del problema. Los regímenes dictatoriales que cuentan con poderosos mecanismos de control no eliminan la presión; la redistribuyen. Una parte es absorbida por las instituciones del Estado, otra se traslada a la sociedad a través de la economía y de las condiciones de vida cotidianas, sin consideración alguna por el costo que soporta la población, mientras una tercera se administra más allá de las fronteras mediante la influencia regional y los instrumentos de acción indirecta. Desde esta perspectiva, lo que suele llamarse «resiliencia» adquiere un significado mucho más complejo. No se trata de la resiliencia heroica que la propaganda pretende proyectar, porque implica tanto la capacidad de enfrentar presiones externas como la de administrar sus costos dentro y fuera del país. La verdadera pregunta, entonces, es quién paga ese precio y quién decide cómo se reparte. Por eficaz que este mecanismo pueda parecer a corto plazo, plantea un interrogante político y moral imposible de eludir: ¿la aparente estabilidad refleja la fortaleza del Estado o la capacidad del régimen para perpetuarse distribuyendo el peso de manera profundamente desigual dentro de la sociedad? Esa pregunta cobra aún mayor relevancia cuando dejamos el terreno de la reflexión abstracta para adentrarnos en la realidad geopolítica. Irán ha ido redirigiendo la presión que recibe hacia escenarios regionales vinculados con él, de manera directa o indirecta. Es dentro de ese contexto donde debe entenderse la posición del Líbano. El Líbano nunca ha sido un simple espectador de la evolución regional. Al mismo tiempo, jamás ha contado con los medios suficientes para mantenerse al margen. La fragilidad de su estructura interna, la complejidad de su sistema político y su vulnerabilidad económica lo han convertido en un país especialmente expuesto a presiones que no controla por completo. Irán aprovechó esa realidad para convertir al Líbano en una esfera de influencia utilizada para aliviar parte de sus propias cargas o redistribuirlas. Lo que fuera del Líbano se administra como un enfrentamiento geopolítico o un equilibrio estratégico se traduce, dentro del país, en un enorme costo político, económico y social. En ese contexto, el debate sobre el Acuerdo Marco deja de ser un simple detalle diplomático o un entendimiento circunstancial. Se convierte en una prueba decisiva sobre el lugar que ocupará el propio Líbano: permanecer atrapado en la lógica de reproducir los equilibrios regionales o comenzar, aunque sea gradualmente, a recuperar la condición de un Estado que ejerce plenamente sus propias decisiones políticas. Durante décadas, Irán ha utilizado al Líbano como una esfera de influencia y como un punto de apoyo estratégico sobre el Mediterráneo. Cada vez que se ha sentido amenazado, el Líbano se ha convertido en el escenario predilecto para alejar ese peligro. Hezbollah siempre estuvo dispuesto a responder: desde la guerra del «Si lo hubiera sabido» de 2006, pasando por la defensa del régimen de Bashar al-Assad en 2012, la guerra de apoyo de 2023 y, sobre todo, la guerra de represalia librada en nombre de Ali Khamenei en 2026, que provocó una devastación sin precedentes en el Líbano. Hoy, Hezbollah, respaldado por Nabih Berri, rechaza el Acuerdo Marco para mantener al Líbano como escenario de confrontación y como una carta de negociación que Irán pueda utilizar para reforzar su posición en la mesa de negociaciones. El precio, sin embargo, lo paga el Líbano en su conjunto y, de manera particular, la comunidad chiita, con el fin de que Irán preserve su influencia sobre el país. Recuperar el verdadero sentido de la soberanía implica rechazar esta instrumentalización y reafirmar que las decisiones sobre la paz, la guerra y la gestión de los riesgos nacionales corresponden exclusivamente a las instituciones del Estado, y no a estructuras paralelas que imponen a la sociedad costos que ya no puede soportar. Desde esa perspectiva, el debate sobre el Acuerdo Marco deja de ser un simple asunto técnico para convertirse en una auténtica prueba. O bien se entiende como un paso, aunque todavía incompleto, hacia la restauración del Estado libanés como la única autoridad legítima para tomar las decisiones nacionales, o bien queda frustrado bajo el pretexto de consideraciones regionales, condenando al Líbano a seguir ocupando el papel de siempre: un país donde se administran los intereses ajenos en lugar de un Estado soberano que define su propio rumbo. Lo que ocurre hoy no puede presentarse como un intercambio legítimo de presiones entre actores de fuerza comparable. Se trata de una vulneración directa de la soberanía de un Estado y de los derechos de su sociedad. Utilizar al Líbano como escenario para ajustar cuentas o como instrumento de presión en conflictos regionales no constituye un acto soberano, ni una opción política legítima, ni un derecho inherente de ningún actor, ya sea interno o externo. Significa negar al pueblo libanés su derecho a decidir su propio destino y aceptar implícitamente que el Líbano siga siendo utilizado como un instrumento, y no como un Estado. Las consecuencias distan mucho de ser teóricas. Se manifiestan en un costo humano recurrente, un desgaste económico crónico, el debilitamiento de las instituciones del Estado y una pérdida constante de su capacidad para proteger a la población. Sus efectos van mucho más allá del presente: la infraestructura se deteriora, la educación retrocede y el futuro de generaciones enteras queda sacrificado en función de cálculos en cuya elaboración jamás participaron. Llegados a este punto, ya no basta con describir lo que ocurre como una simple «redistribución de la presión». Lo que realmente sucede es la imposición de un costo profundamente injusto sobre un país frágil, hasta convertirlo de un Estado llamado a defender sus propios intereses en un escenario donde se gestionan los intereses de otros. Todo discurso que presente esta situación como una forma de «resiliencia» elude una pregunta fundamental: ¿quién paga el precio y con qué legitimidad se le impone? Recuperar el verdadero sentido de la soberanía implica rechazar esta instrumentalización y reafirmar que las decisiones sobre la paz, la guerra y la gestión de los riesgos nacionales deben recaer exclusivamente a las instituciones del Estado, y no a estructuras paralelas que imponen a la sociedad costos que no puede soportar. En última instancia, el problema no radica en que algunos Estados resistan la presión mejor que otros. El verdadero problema es que esa capacidad de resistencia, en ocasiones, se construye trasladando el costo hacia los espacios más débiles y vulnerables. A partir de ese momento, cualquier pretensión de legitimidad moral o política pierde todo fundamento. La presión no es únicamente una prueba de fuerza. También es una prueba de justicia. Y, en el caso del Líbano, la injusticia resulta evidente. Un país paga el precio de conflictos que no decidió, mientras a toda una sociedad se le exige soportar cargas que exceden con mucho sus posibilidades y, además, se le niega incluso el derecho a rechazarlas. Ese es un fallo estructural letal que debe terminar.

¿Una nueva página en las relaciones entre Líbano y Siria?

No se puede analizar esta visita fuera de su contexto. Se produce en un momento en que recientemente se han multiplicado las amenazas del presidente estadounidense Donald Trump sobre la posibilidad de recurrir a las fuerzas sirias para desarmar a Hezbolá, algo que las autoridades sirias, y en particular su presidente Ahmad al Chareh, han desmentido categóricamente en varias ocasiones. La presencia del ministro sirio parece buscar tranquilizar a los dirigentes libaneses al respecto. Tampoco hay que olvidar el acuerdo marco firmado el viernes pasado por libaneses e israelíes en Washington, un proceso en el que no participó ningún país árabe y que reflejó la voluntad del gobierno libanés de separar de manera categórica el expediente libanés de los demás asuntos regionales. Es muy probable que el nuevo gobierno sirio quiera tomar el pulso a la situación para comprender mejor sus alcances. Tanto en la forma como en el fondo, la visita del ministro sirio fue recibida positivamente en los círculos políticos libaneses. Chibani transmitió al presidente Aoun una invitación para realizar una visita oficial a Siria. Las declaraciones sobre el respeto a la seguridad y la soberanía de ambos países se multiplicaron. El ministro sirio reiteró en varias ocasiones que la voluntad de Siria es fortalecer la cooperación bilateral. En esa línea, Chibani y el primer ministro libanés Nawaf Salam firmaron un acuerdo para crear una comisión conjunta destinada a reforzar la cooperación en todos los niveles, “en el respeto de los intereses comunes”, como subrayó Salam. Reuniones con un amplio abanico de dirigentes Enumerar todas las personalidades que recibió un ministro sirio durante su visita oficial sería una tarea extensa. Sin embargo, cabe destacar la amplitud de los encuentros mantenidos por el canciller sirio, especialmente considerando que todos tuvieron lugar en un solo día. Entre ellos estuvieron el presidente Aoun, el primer ministro Salam, el presidente del Parlamento Nabih Berri, el patriarca maronita Bechara Rai, el muftí de la República Abdellatif Deriane, el exlíder del Partido Socialista Progresista Walid Joumblatt, el líder de las Fuerzas Libanesas Samir Geagea, el jefe del partido Kataeb Samy Gemayel, el viceprimer ministro Tarek Mitri y el ministro de Relaciones Exteriores Joe Raggi. Hezbolá fue el único actor excluido de la agenda. El ministro sirio solo mencionó a Hezbolá al término de su reunión con Berri, cuando aseguró que seguía “abierto” a un encuentro con el movimiento si “el interés de ambos países así lo exige”. Cabe recordar que Hezbolá desempeñó un papel clave en el apoyo al antiguo régimen de Damasco y participó desde 2011 en combates contra los grupos de los que surgió el nuevo poder sirio. Desde la caída del régimen de Assad en diciembre de 2024, se han registrado enfrentamientos en varias ocasiones en la frontera entre grupos cercanos al movimiento proiraní y las nuevas fuerzas sirias. Mientras Chibani continuaba su gira por Beirut, la capital siria fue sacudida este jueves, alrededor de las 15:00 horas, por un atentado con explosivos en un café en pleno centro de Damasco, que dejó al menos siete muertos y 22 heridos, según el Ministerio sirio de Salud. Las autoridades informaron en un primer momento que se trató de un artefacto explosivo de fabricación artesanal. La AFP precisó que se trata del atentado más mortífero desde el ataque contra una iglesia en junio de 2025, que dejó entonces 25 muertos. Aquel atentado fue reivindicado por el grupo terrorista Estado Islámico. ¿Coalición contra el acuerdo de Washington? En el Líbano, la firma del acuerdo marco entre libaneses e israelíes en Washington el viernes pasado sigue generando repercusiones. Las versiones sobre la posible formación de una coalición de cuatro bloques parlamentarios para rechazar el acuerdo, integrada por los bloques de Berri, Joumblatt, el Movimiento Patriótico Libre de Gebran Bassil y Hezbolá, comienzan a perder fuerza. Tras la visita de Bassil a Berri el miércoles, que alimentó las especulaciones, la sorpresa llegó el jueves de la mano de Joumblatt. En declaraciones al diario francófono L’Orient-Le Jour , afirmó que “no formará parte de una coalición para hacer caer el acuerdo marco”, aunque calificó el texto como “un paso en falso” del Estado y pidió que sea revisado. Joumblatt reiteró sus críticas durante la visita del ministro sirio a su residencia en Beirut, utilizando palabras algo enigmáticas al afirmar que “prefiere una relación equilibrada con Siria antes que un acuerdo que podría ser peor que el del 17 de mayo”, en alusión al acuerdo firmado entre el Líbano e Israel en 1983. Aquel pacto terminó siendo derogado bajo la influencia del antiguo régimen sirio de Hafez al Assad. Frente a esta postura, cuanto menos ambigua, de Joumblatt y a la abierta oposición de Hezbolá, cuyo diputado Hassan Fadlallah volvió a calificar el acuerdo como una “capitulación”, varios partidos soberanistas expresaron el jueves su respaldo al proceso de negociaciones directas con Israel y a los esfuerzos del presidente Aoun y del primer ministro Salam. En una entrevista, el líder de las Fuerzas Libanesas sostuvo que el acuerdo constituye la única vía posible para garantizar la retirada israelí del sur del Líbano, el desarme de Hezbolá y el restablecimiento de una auténtica soberanía libanesa. En este contexto, Samy Gemayel y Michel Mouawad, presidente del Movimiento de la Independencia, fueron recibidos por el presidente Aoun en el Palacio de Baabda al frente de importantes delegaciones, y ambos reiteraron su apoyo al jefe de Estado. También llamó la atención la postura expresada por Berri en una entrevista concedida el jueves a un diario local, en la que afirmó estar “dispuesto” a alcanzar un compromiso respecto del acuerdo marco si existe voluntad política para ello. ¿Será el inicio de un giro en el escenario político? Negociaciones después de los funerales En cuanto a las negociaciones entre Irán y Estados Unidos, todo indica que el proceso quedará postergado hasta después de los funerales del antiguo líder supremo iraní Ali Khamenei, muerto en un ataque israelí al comienzo mismo de la guerra, el 28 de febrero. Estos funerales, esperados desde hace tiempo, ya que inicialmente debían celebrarse en marzo, se prolongarán durante varios días y ofrecerán al régimen de Teherán una oportunidad para reforzar el sentimiento de pertenencia de sus partidarios a la República Islámica. Las tensiones entre Washington y Teherán siguen siendo evidentes. Mientras el régimen iraní continúa reivindicando su control sobre el estrecho de Ormuz, Estados Unidos adoptó el jueves una postura firme al afirmar que la situación en el estrecho debe volver al escenario previo a la guerra, es decir, permanecer abierto para todos, según declaraciones difundidas por la cadena Al Hadath. Por último, el jueves se celebró una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU sobre la guerra en Medio Oriente, convocada a petición de Baréin. Paralelamente, el embajador iraní ante las Naciones Unidas presentó una denuncia por las recientes declaraciones del ministro israelí de Defensa, quien calificó al líder supremo Mojtaba Khamenei como un “objetivo a eliminar”.

Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (3/7)

Este ensayo propone un recorrido por las figuras de la crisis y la catástrofe, desde las cosmologías antiguas hasta la experiencia vivida de un mundo sacudido. Al poner en diálogo las tradiciones griega, bíblica e india con el pensamiento de Jan Patočka, examina la manera en que las civilizaciones han concebido el desorden, el derrumbe, lo irreversible e incluso la posibilidad misma de actuar cuando el sentido comienza a vacilar. Publicado aquí en siete capítulos-ensayos, este texto sigue un hilo tan exigente como esencial: comprender si la catástrofe es una ruptura repentina, una lenta desintegración del mundo o la verdad más profunda de nuestro tiempo. A continuación se presenta la tercera parte. El Kali Yuga, o la catástrofe prolongada Desde esta perspectiva, lo político no constituye un ámbito autónomo de decisión soberana; representa, más bien, un momento transitorio dentro de un orden cíclico en el que destrucción y recomposición coinciden. Lejos de interrumpir el curso cósmico, el poder se inscribe en él como una modulación del desorden y de su superación. Sin embargo, las epopeyas, por fundamentales que sean, no bastan por sí solas para agotar la concepción india de la catástrofe. Es preciso complementarlas con el peso doctrinal y cosmológico de los Purāṇa, que prolongan la intuición épica al conferirle un alcance sistemático. Estos textos establecen una auténtica arquitectura del tiempo cíclico, en la que la cosmología se convierte, al mismo tiempo, en mito, teología y metafísica de la repetición. A partir del siglo XIX, el encuentro de la India con la modernidad colonial dio lugar a una profunda reevaluación del hinduismo. Varios reformadores, en particular los fundadores del Brahmo Samaj y del Ārya Samaj, emprendieron una campaña intelectual contra los Purāṇa, a los que responsabilizaban de la superstición, la idolatría y el atraso espiritual del país. [1] Rammohan Roy, fundador del Brahmo Samaj, propuso un retorno al monoteísmo racional de las Upaniṣad, al que oponía la proliferación ritual y el politeísmo de los Purāṇa. Swami Dayānanda Sarasvatī, fundador del Ārya Samaj, radicalizó esta postura al reclamar un retorno integral a los Vedas. A su juicio, únicamente la religión védica, anterior a toda mitopoyesis puránica, encarnaba la verdad originaria de la India. Así, «despuranizar» el hinduismo significaba racionalizarlo y depurarlo, para reinscribirlo en un horizonte compatible con la ciencia, la moral y la reforma moderna. Sin embargo, el puranismo quedó atrapado entre dos frentes: cuestionado por los reformistas en nombre de la razón y sofocado por los tradicionalistas en nombre del orden y la liturgia. Los sanatanistas, defensores del Sanātana Dharma, la Ley Eterna, afirmaban salvaguardar la tradición, pero en realidad su ortodoxia pretendía estabilizar la religión en torno a un canon rígido y ritualista, marginando la flexibilidad narrativa y simbólica del discurso puránico. [2] Sin rechazar explícitamente los Purāṇa, neutralizaban su potencia cosmológica, reduciéndolos a simples soportes cultuales antes que a matrices de sentido y de devenir. Su concepción de la fidelidad a la tradición tendía a inmovilizar un universo jerarquizado, en el que la repetición ritual prevalecía sobre la creatividad mitopoiética. Entre estos dos polos, el «pensamiento puránico», con su imaginario fluido de los ciclos ( yuga ), las disoluciones ( pralaya ) y los renacimientos ( sṛṣṭi ), fue reducido al silencio. Sin embargo, encerraba una sabiduría del tiempo y del devenir de una profundidad metafísica incomparable: una percepción de la catástrofe no como ruptura, sino como la inmanencia del Kali Yuga en la propia textura de la temporalidad. Fueron precisamente pensadores como Aurobindo Ghose, Ananda Coomaraswamy y Sarvepalli Radhakrishnan quienes intentaron rehabilitar esta intuición frente tanto a los samajistas como a los sanatanistas. Gracias a ellos, los Purāṇa volvieron a convertirse en una metafísica del tiempo, una gramática del devenir cósmico y una poética del orden y del caos. [3] Hacer justicia al legado puránico significa reconocer en él la imaginación como un auténtico modo de pensamiento, capaz de articular la condición humana con el ritmo cósmico del Sanātana Dharma; no como un arcaísmo destinado a ser superado, sino como una inteligencia simbólica del mundo, en la que lo catastrófico deja de ser un accidente para convertirse en la esencia inmanente del tiempo vivo. El Kali Yuga, anunciado al final del Mahābhārata con la muerte de Kṛṣṇa, pertenece plenamente a la visión puránica del tiempo. Esta era, inaugurada inmediatamente después de la desaparición del dios (tradicionalmente fechada hacia 3102 a. C.), corresponde a la Edad de Hierro, la era del desorden moral, la disolución espiritual y el repliegue del dharma. La justicia, la verdad y la virtud subsisten únicamente como vestigios, simples fracciones de su fuerza originaria, mientras que la codicia, la mentira y la violencia se convierten en los principios dominantes del mundo. El Sūrya Siddhānta , tratado clásico de astronomía hindú, sitúa el comienzo de esta era en el mismo instante de la muerte de Kṛṣṇa, mientras que la tradición puránica le atribuye una duración de 432 000 años humanos: una unidad de tiempo a escala del cosmos, dentro de la cual la historia humana se disuelve en el aliento de Brahmā .[4] Desde esta perspectiva, el Kali Yuga no designa una destrucción puntual del mundo, sino una catástrofe prolongada, un estado permanente de crisis del orden cósmico. El vínculo entre lo humano y lo divino se deshace poco a poco; la catástrofe se convierte así en una condición ontológica, expresión de la lenta desintegración del dharma sin posibilidad inmediata de restauración. [5] La muerte de Kṛṣṇa no pone fin al mundo; inaugura, por el contrario, el tiempo de la desorientación fundamental, una era sin redención inmediata, marcada por la confusión de los valores, el eclipse de la trascendencia y el retiro del sentido. El Kali Yuga es el tiempo de la catástrofe, no por un cataclismo repentino, sino por la duración misma del desorden, por esa corrosión lenta y continua que disuelve los fundamentos del dharma , prefigurando el gran pralaya , la disolución última, y preparando, a través de su propio derrumbe, la génesis de un nuevo ciclo cósmico. El Kali Yuga es también un tiempo de tristeza esencial. Haga lo que haga el ser humano, permanece siempre una melancolía de fondo, un velo ontológico tendido sobre el corazón del mundo. Esta tristeza no es afectiva ni moral; es más originaria que la beatitud de Spinoza y más antigua que la angustia de Heidegger. Constituye la tonalidad fundamental de la edad oscura. Primero la tristeza, luego sus metamorfosis: el disfraz, la represión, la negación. Sobrevive en todas las cosas, se oculta bajo el frenesí del mundo, se disfraza en el flujo de los deseos, pero nunca desaparece. Porque el Kali Yuga es también el tiempo de la duplicidad. Su tristeza es auténtica, pero está siempre ya traicionada por sus propios desvíos; la sinceridad se vuelve imposible porque, apenas experimentada, queda inmediatamente reintegrada al juego de sus simulacros. El mundo vive entonces en el olvido de su propio dolor: un olvido constantemente renovado, constantemente frustrado y, sin embargo, constantemente necesario. Es, finalmente, el tiempo del vaivén entre dos formas de salvación: la salvación individual e interior, buscada mediante la bhakti y el conocimiento de sí ( ātma-jñāna ), y la salvación cósmica, esperada en el descenso del último avatar, Kalki, quien clausura el ciclo y restaura el dharma . En el corazón mismo del desorden se despliega así una doble espera: la del despertar interior y la de la regeneración cósmica. El Kali Yuga, con su melancolía y su duplicidad, se convierte así en el escenario de la conciencia caída, pero también en la matriz de la esperanza: ese intervalo en el que lo divino se ha retirado solo para volver. En el Kali Yuga, el dharma , principio de equilibrio, justicia y orden cósmico, apenas subsiste de manera residual. El mundo no se derrumba bajo el efecto de un único cataclismo; se desintegra lentamente, mediante una erosión continua de la armonía. A medida que se aproxima la disolución final, esta parece cumplirse y aplazarse al mismo tiempo. La catástrofe se anuncia sin cesar, pero nunca llega a consumarse plenamente. No hay apocalipsis, sino únicamente la persistencia de un final inacabado. Esta visión encuentra un eco notable en la teoría de las cinco edades de la humanidad expuesta por Hesíodo en Los trabajos y los días . Tras la Edad de Oro, reinado de la justicia y de la cercanía con los dioses, cada época sucesiva, Plata, Bronce, Héroes y finalmente Hierro, marca un deterioro gradual de la condición humana: fractura del orden cósmico, corrupción moral y olvido de la virtud. [6] La Edad de Hierro, la última y la más miserable, corresponde directamente al Kali Yuga: el tiempo en el que los vínculos sociales se disuelven, la astucia, la violencia y la codicia prevalecen, y el ser humano vive, según Hesíodo, «sin vergüenza ni justicia». [7] En ambas visiones, la catástrofe no constituye una ruptura súbita, sino un proceso irreversible de declive. El mundo se aleja de lo divino no mediante una destrucción violenta, sino a través del desgaste de la medida, el debilitamiento de la verdad y la alteración del vínculo cósmico. Allí donde Hesíodo habla de la pérdida de Dikē, la Justicia divina, la tradición hindú habla del repliegue del dharma . Sin embargo, una diferencia esencial las separa. En Hesíodo, el tiempo es lineal y trágico: la caída parece definitiva, sin salvación ni retorno. En el pensamiento indio, por el contrario, el Kali Yuga no es más que una fase del ciclo, destinada a ser seguida por el regreso del Satya Yuga, la Edad de Oro. La oscuridad prepara la luz; la decadencia prepara el renacimiento. Así, Hesíodo presenta una catástrofe moral sin regeneración, mientras que el hinduismo puránico concibe una catástrofe cósmica regeneradora: el final y el comienzo se confunden en el propio aliento del tiempo. El mundo se acerca a la disolución; pero, en el instante mismo en que la catástrofe parece estar a punto de consumarse, vuelve a disiparse. Su verdad es la de un crepúsculo permanente, en el que la destrucción permanece a la vez inevitable e incesantemente aplazada. Pero esos aplazamientos son también velos que caen, pliegues del tiempo sobre sí mismo. El tiempo se retrae y se contrae hasta que aparece Kalki, no como una transición gradual ni como un resurgimiento posapocalíptico, sino como un salto, una irrupción de lo divino en una materia agotada, semejante a un relámpago que atraviesa la noche de un mundo agonizante. Kalki no destruye: transforma la disolución en un nuevo comienzo. Después de todo, es el avatar de Viṣṇu, y no de Śiva: el principio de preservación y continuidad del cosmos, que llega no para aniquilar el mundo, sino para devolverlo al ritmo vivo del dharma . ⸻ [1] Sobre la reinterpretación del hinduismo en el contexto de la modernidad colonial y la crítica de las tradiciones puránicas, véanse Brian A. Hatcher, Hinduism in the Modern World (Londres: Routledge, 2015), así como David N. Lorenzen, Who Invented Hinduism? Essays on Religion in History (Nueva Delhi: Yoda Press, 2006), quienes analizan la construcción moderna del «hinduismo» como una categoría reformada y racionalizada durante el siglo XIX. [2] Sobre la formación de la corriente sanatanista y la defensa del Sanātana Dharma como un intento de estabilizar normativamente la tradición hindú frente a las reformas modernizadoras, véase Kenneth W. Jones, Socio-Religious Reform Movements in British India (Cambridge: Cambridge University Press, 1989). [3] Sobre la reinterpretación modernista y neometafísica de las tradiciones puránicas y épicas frente a las reformas religiosas de los siglos XIX y XX, en particular los debates entre movimientos reformistas como el Ārya Samaj y los defensores de la llamada ortodoxia sanātana, véanse, en orden cronológico: Aurobindo Ghose, The Life Divine (1914-1919) y Essays on the Gita (1922), donde comienza a perfilarse una lectura evolutiva y cosmológica del tiempo hindú; Ananda K. Coomaraswamy, The Dance of Śiva (1918-1924), que reinterpreta los Purāṇa como expresiones simbólicas del ritmo cósmico de la creación y la destrucción; y Sarvepalli Radhakrishnan, Indian Philosophy (1923-1927), junto con The Hindu View of Life (1926), donde las tradiciones puránicas son releídas como expresiones filosóficas de una metafísica del devenir. Aunque trabajan desde perspectivas intelectuales distintas, estos autores contribuyeron conjuntamente a desplazar los Purāṇa de su condición de textos mítico-religiosos hacia una lectura especulativa del tiempo, el orden y el caos cósmico. [4] Véanse Alain Daniélou, Les Mythes et les dieux de l’Inde (París: Flammarion, 1992 [edición original en inglés, 1991]), y Shiva et Dionysos (París: Fayard, 1979). [5] Desde esta perspectiva, el Kali Yuga no debe entenderse como un acontecimiento escatológico puntual, sino como una intensificación duradera de la distancia entre el orden cósmico ( dharma ) y la condición humana, en consonancia con ciertas intuiciones de Schelling acerca de la catástrofe como algo inmanente al propio tiempo. El vínculo entre lo humano y lo divino se deshace progresivamente, no mediante una ruptura súbita, sino a través de una lenta erosión de las condiciones mismas del orden. La catástrofe deja entonces de ser un acontecimiento identificable para convertirse en la estructura misma del devenir, una modalidad prolongada de la historia, en la que la desintegración del dharma no conoce ningún umbral decisivo de restauración inmediata. Sobre este diálogo entre las temporalidades cíclicas de la India y la filosofía especulativa alemana, véase Friedrich Wilhelm Joseph Schelling, Die Weltalter (Las edades del mundo) , traducción francesa de Jean-François Courtine y Emmanuel Martineau (París: Aubier, colección «Bibliothèque philosophique», 1992), especialmente los fragmentos dedicados a la escisión interior del Absoluto y a la temporalización del fundamento originario. [6] Sobre la degradación progresiva de las edades de los metales y la ruptura del orden cósmico, véase Georges Dumézil, Heur et malheur du guerrier (París: PUF, 1969). Dumézil subraya que la Edad de los Héroes constituye una excepción propiamente griega dentro de una estructura de decadencia que, por lo demás, guarda una estrecha afinidad con las doctrinas indoiranias. [7] Hesíodo, Los trabajos y los días , traducción francesa de Paul Mazon (París: Les Belles Lettres, colección «CUF»), versos 106-201; edición digitalizada de la Bibliothèque nationale de France (Gallica), consultada el 14 de mayo de 2026.

Formación, desarrollo digital e IA: la Francofonía en acción en Oriente Medio

La Organización Internacional de la Francofonía (OIF), que reúne a 93 Estados y gobiernos, desarrolla su labor en el Líbano y en la región mediante programas estructurados en torno a la promoción de la lengua francesa, la educación, la igualdad de género y el desarrollo. En Beirut, esta labor es coordinada por Lévon Amirjanyan, representante de la OIF para Oriente Medio, quien dirige la oficina regional inaugurada a finales de 2022. Esta oficina abarca cuatro países: el Líbano y Egipto, miembros plenos, así como Qatar y los Emiratos Árabes Unidos, miembros asociados, con el Líbano como centro operativo de las acciones regionales. El Líbano sigue siendo un país clave para la Francofonía. Miembro de la OIF desde 1973, celebró en 2023 el quincuagésimo aniversario de su adhesión, confirmando un profundo arraigo histórico. En continuidad con este papel, el país también ha contribuido a la Francofonía institucional al albergar los Juegos de la Francofonía en 2009, mientras que la oficina regional de la Agencia Universitaria de la Francofonía está establecida allí desde hace más de treinta años. Desde 2022, se han movilizado más de cuatro millones de euros para el Líbano en el marco de programas de cooperación y apoyo. Sin embargo, esta presencia histórica no se limita al plano simbólico, sino que se traduce en programas concretos sobre el terreno. Según Amirjanyan, “la acción de la OIF en el Líbano se basa en un plan firmado en 2021, estructurado en torno a la lengua francesa, la educación y la formación, así como al empoderamiento de las mujeres”. Frente a las sucesivas crisis, en 2024 también se puso en marcha un plan de emergencia dotado con un millón de euros. En el ámbito educativo, la organización apoya al Ministerio de Educación mediante la producción de recursos pedagógicos digitales, el desarrollo de la enseñanza a distancia y la capacitación de docentes. En cuanto al empoderamiento de las mujeres, el fondo “La Francofonía con Ellas”, creado en 2020, ha permitido movilizar cerca de 1,5 millones de euros en el Líbano para financiar 24 proyectos, una cifra superior al promedio regional. La OIF también respalda a la juventud y las iniciativas locales. Más allá de sus acciones en educación y empoderamiento femenino, la OIF también interviene en el ámbito de la información. Amirjanyan destaca que “la organización lleva adelante, en asociación con el Ministerio de Información y la Unesco, acciones para combatir la desinformación, brindar apoyo técnico y material al ministerio y desarrollar una campaña nacional de sensibilización acompañada de contenidos audiovisuales”. Paralelamente, la organización busca fortalecer las oportunidades económicas dentro del espacio francófono. Según Amirjanyan, “la OIF apoya al sector privado mediante misiones económicas: la realizada en 2023 reunió entre 60 y 70 empresas de 25 países francófonos, mientras que una misión de seguimiento organizada en 2025 culminó con la firma de 18 memorandos de entendimiento”. Medios, cultura y proyección de la Francofonía Como complemento de estas acciones institucionales y económicas, la OIF también invierte esfuerzos en el ámbito de los medios de comunicación. “La OIF apoya a los medios francófonos en el Líbano, especialmente mediante su respaldo al relanzamiento en 2025 del noticiero en francés de Télé-Liban, transmitido diariamente y considerado una herramienta esencial para preservar la lengua francesa en el sistema audiovisual público”, explica Amirjanyan. Esta labor también se refleja en el apoyo a estructuras culturales de proximidad. La acción cultural de la organización se sustenta en los doce Centros de Lectura y Animación Cultural (CLAC) presentes en el Líbano, que Amirjanyan califica como una “verdadera joya” de la Francofonía por su papel en el acceso a la cultura, el conocimiento y la información, incluso en regiones alejadas de las infraestructuras culturales. Más que simples bibliotecas, estos centros constituyen espacios de vida cultural y comunitaria que favorecen la cohesión social, el diálogo y la convivencia. Integrados en una red de más de 300 centros distribuidos en el espacio francófono y presentes en el Líbano desde 2001, los CLAC atraviesan actualmente un proceso de modernización. Amirjanyan señala que “una reciente misión de evaluación permitió consultar a usuarios y responsables locales para identificar las adaptaciones necesarias frente a la evolución digital y las nuevas expectativas culturales, preservando al mismo tiempo su papel de proximidad”. Una dinámica regional en expansión Si bien el Líbano constituye el principal punto de apoyo de la organización en la región, su acción se extiende mucho más allá de sus fronteras. A escala regional, Amirjanyan destaca una labor que abarca Egipto, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos, con programas adaptados a los contextos nacionales. En Egipto, la cooperación incluye proyectos con importantes instituciones de la Francofonía, entre ellas la Universidad Senghor de Alejandría. Esta institución desempeña un papel central en la formación de profesionales del desarrollo en África y recibe estudiantes y especialistas procedentes de numerosos países francófonos. En este país, la OIF también implementa programas de formación para diplomáticos y docentes, especialmente en los ámbitos del desarrollo digital y la inteligencia artificial, con un énfasis particular en el fortalecimiento de las capacidades de las administraciones públicas. En otro ámbito, la OIF también desarrolla alianzas específicas en los países del Golfo. En Qatar y los Emiratos Árabes Unidos, la acción de la OIF se concentra en fortalecer la enseñanza del francés y su integración en los sistemas educativos, en coordinación con las autoridades locales. Esta dinámica va acompañada de un creciente interés por la lengua francesa y de un entusiasmo cada vez más visible por la Francofonía en estos países, impulsado especialmente por los sistemas educativos y la cooperación cultural. Según Amirjanyan, este enfoque permite “adaptar los programas a las prioridades de cada país, manteniendo al mismo tiempo una coherencia regional, en un espacio donde la Francofonía experimenta una dinámica de crecimiento y un interés cada vez mayor”. Una Francofonía orientada hacia el futuro Más allá de los proyectos ya emprendidos, la organización prepara ahora las próximas etapas de su acción regional. Amirjanyan insiste en que las prioridades futuras de la OIF son la juventud, la igualdad de género, el desarrollo digital y la inteligencia artificial. Ya están en marcha programas de formación en francés profesional para funcionarios y diplomáticos libaneses, que continuarán con el objetivo de fortalecer las competencias y modernizar la administración pública. En definitiva, ya sea en educación, cultura, medios de comunicación, igualdad o cooperación económica, la ambición sigue siendo la misma: hacer de la Francofonía un espacio de intercambio y oportunidades adaptado a los desafíos contemporáneos. Tanto en el Líbano como en el resto de la región, la Francofonía mantiene un notable dinamismo, impulsado por el interés constante por la lengua francesa y por sistemas educativos plurilingües. Para concluir, Amirjanyan considera que esta realidad confirma que la Francofonía va más allá de la dimensión lingüística: constituye un espacio de cooperación, formación y oportunidades económicas y sociales orientado hacia el futuro.