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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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Macron, en Damasco, consagra la rehabilitación de la Siria post-Assad

La visita que el presidente Emmanuel Macron inició el lunes por la noche en Damasco, acompañado por una importante delegación ministerial y por directivos de las principales empresas francesas, adquirió en el contexto actual una relevancia que va mucho más allá de la dimensión habitual de las visitas oficiales de rutina. Sin embargo, quedó marcada por un grave incidente de seguridad. En el plano político, las conversaciones entre Macron y el presidente sirio Ahmed al Sharaa consolidaron el regreso de Siria, después del régimen de Assad, a la comunidad internacional. Un regreso tanto político como económico. Los dos jefes de Estado anunciaron el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países, interrumpidas tras las masacres perpetradas por el régimen baasista contra la población durante la guerra civil que estalló en 2011. El alcance económico de esta visita tampoco puede pasarse por alto, especialmente porque refleja una evidente convergencia de intereses entre ambos países. Francia se posiciona, de hecho, como uno de los principales actores en el gigantesco proceso de reconstrucción y desarrollo que Siria necesita con urgencia tras décadas de un modelo estatista que resultó profundamente destructivo. El presidente Al Sharaa dejó claro que es plenamente consciente de ello, al defender una “asociación económica con Francia”, que considera un primer paso o un modelo para una futura asociación con la Unión Europea. En ese marco, ambos mandatarios subrayaron la necesidad de que Siria vuelva a convertirse en un “centro energético”, a la luz de las actuales circunstancias internacionales. En su cuenta personal de X, el presidente Macron resumió el objetivo de su visita con estas palabras: “Una nueva asociación entre Siria y Francia, para una nueva era”. Este regreso de Siria al concierto de las naciones, bajo el signo de un indispensable desarrollo socioeconómico y, sobre todo, de la construcción de un Estado central que represente la antítesis del dominio de milicias subordinadas a una potencia hegemónica regional, no parece agradar a quienes buscan mantener a toda la región del Levante en una situación de inestabilidad crónica y de guerra permanente, sin fin y sin horizonte. Esa voluntad de desestabilización se manifestó mediante un doble atentado con explosivos en las inmediaciones del lugar donde se alojaba el presidente Macron. El mandatario francés había abandonado la zona para dirigirse al palacio presidencial sirio, donde lo esperaba el presidente Al Sharaa, apenas quince minutos antes de que se produjeran las dos explosiones. Según el balance más reciente, el ataque dejó un muerto y una treintena de heridos, entre ellos cuatro oficiales de la gendarmería siria y el viceministro de Turismo. El atentado, condenado por el presidente Joseph Aoun, quien tiene previsto viajar a Washington el 21 de julio, y por Arabia Saudita, no alteró en absoluto el programa de la delegación francesa. Escalada en Ormuz ¿Pura coincidencia o una sincronización cuidadosamente planificada? El doble atentado en Damasco coincidió con la reanudación de los ataques lanzados por la Guardia Revolucionaria Islámica contra embarcaciones que atraviesan el estrecho de Ormuz sin someterse a las condiciones impuestas por los Pasdarán. En un lapso de 24 horas, fuerzas iraníes dispararon contra tres buques que navegaban por esa vía marítima, entre ellos un buque metanero de Catar y un petrolero saudita. Catar reaccionó con firmeza y condenó en duros términos lo que calificó como una “agresión iraní inaceptable”, al tiempo que instó a la República Islámica a poner fin de inmediato a sus acciones “agresivas que ponen en peligro la seguridad en el Golfo”. El Ministerio de Relaciones Exteriores catarí convocó al encargado de negocios iraní para protestar por el ataque contra el metanero, que, según algunas informaciones, corre el riesgo de explotar debido a los daños sufridos. Ya entrada la noche, el Ministerio de Relaciones Exteriores iraní calificó de “desconcertante” y “contraria al principio de buena vecindad” la reacción de Catar. Por su parte, un alto funcionario estadounidense afirmó que Irán violó los términos del memorando de entendimiento firmado entre Estados Unidos y la República Islámica, al señalar que la Guardia Revolucionaria atacó un tercer buque mercante el martes al final de la jornada. El funcionario añadió que, en ese contexto, las fuerzas estadounidenses derribaron varios drones iraníes sobre el estrecho de Ormuz. La cuestión ahora es si, en respuesta a la violación del memorando de entendimiento, Estados Unidos lanzará o no ataques aéreos contra posiciones e infraestructura militar iraní, y cuál sería el alcance de esas operaciones. Al cierre de la jornada, la agencia Reuters citó a un funcionario estadounidense que afirmó que “Estados Unidos no aceptará bajo ninguna circunstancia el comportamiento de Irán en el estrecho de Ormuz, y esto tendrá consecuencias”. Consecuencias que no tardaron en materializarse. El Departamento del Tesoro anunció el restablecimiento de las sanciones económicas contra el petróleo iraní y, cerca de la medianoche, hora del Levante, el Comando Central de Estados Unidos (Centcom) informó que había lanzado “potentes ataques” contra la República Islámica en respuesta a las agresiones contra buques en el estrecho de Ormuz. En este contexto de tensión creciente, conviene destacar otros dos acontecimientos que en los últimos días ilustran el clima de escalada en el que parecen querer embarcarse los Pasdarán y el ala más radical del régimen iraní: por un lado, la reactivación de la actitud beligerante de la milicia hutí, respaldada por Irán, contra Arabia Saudita; y por otro, la abierta hostilidad, acompañada de insultos, expresada públicamente por manifestantes durante los funerales de Ali Jamenei contra el presidente iraní y el ministro de Relaciones Exteriores, a quienes acusaron de adoptar posturas demasiado complacientes con Estados Unidos. La corriente denominada radical dentro del régimen exhibe cada vez con mayor claridad posiciones de confrontación en el pulso que mantiene con la Administración Trump. ¿Refleja este comportamiento la intención de sabotear un eventual acuerdo con Washington? Al mismo tiempo, ¿seguirá el ocupante de la Casa Blanca maniobrando y dando prioridad a la vía “diplomática”, pese a la escalada impulsada por los Pasdarán y a la actitud, con frecuencia arrogante y al borde de la insolencia, que estos mantienen hacia Estados Unidos y sus dirigentes?

250 años del vínculo del mundo con la idea estadounidense

En apenas dos siglos y medio, Estados Unidos ha logrado lo que ninguna otra potencia ha conseguido en la historia moderna. De ser una colonia periférica en los confines del Imperio británico, pasó a convertirse en la primera potencia económica, militar y cultural del mundo. Desde las grandes llanuras del Medio Oeste y sus campos de trigo y maíz hasta la industria automotriz, la computadora personal, Internet, Hollywood, la televisión, el jazz, el rock, las artes contemporáneas, las redes sociales, la comida rápida e incluso los jeans, fue tomando forma de manera gradual un modelo civilizatorio que convirtió a la "idea estadounidense" en un referente al que el mundo se adhirió durante doscientos cincuenta años. Sin embargo, la historia enseña que la grandeza nunca responde a un destino inmutable. Los imperios ascienden antes de entrar en declive cuando ya no son capaces de renovar los fundamentos de su poder. Hoy, Estados Unidos enfrenta una pregunta existencial: ¿será capaz de sentar las bases para otros dos siglos y medio de influencia global o ha entrado en esa etapa de decadencia que, antes que él, atravesaron tantas grandes potencias? La historia ofrece, en este sentido, tres experiencias particularmente reveladoras. El Imperio bizantino disfrutó de una inmensa prosperidad, de un elevado nivel de desarrollo científico y de una población ampliamente instruida. Sin embargo, terminó debilitándose a sí mismo al multiplicar los privilegios otorgados a las élites y conceder importantes exenciones fiscales a los más ricos, hasta provocar su colapso financiero y la progresiva erosión de su capacidad de gobierno. España, por su parte, recibió enormes riquezas procedentes del Nuevo Mundo, pero dejó pasar la oportunidad de construir una economía verdaderamente productiva al profundizar las desigualdades sociales. Si esos recursos se hubieran invertido con mayor racionalidad, es posible que la Revolución Industrial hubiera comenzado en suelo español incluso antes que en Gran Bretaña. En cuanto al declive británico, nunca adoptó la forma de un colapso repentino, sino la de una lenta pérdida de la ventaja tecnológica alcanzada durante la época victoriana, con la máquina de vapor, las hiladoras y telares mecánicos, el ferrocarril y el telégrafo, mientras los principales centros de innovación científica e ingeniería se desplazaban hacia Estados Unidos y Alemania. Por ello, la célebre frase del filósofo George Santayana parece hoy más vigente que nunca: "Quienes no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo". La enseñanza común que dejan estas experiencias es clara. Cuando un Estado permite que sus instituciones se debiliten, que incrementen las desigualdades sociales y que sus universidades y centros de investigación pierdan dinamismo, comienza gradualmente a perder su lugar en la escena internacional. Estados Unidos dispone, por tanto, de fortalezas mucho más sólidas para seguir siendo una nación próspera cuando celebre su quingentésimo aniversario, siempre que logre afrontar estos desafíos. Aunque Estados Unidos mantiene su liderazgo en los ámbitos tecnológico y económico, la crisis que atraviesa actualmente parece ser más interna que externa. La confianza de los estadounidenses en sus instituciones políticas, judiciales y mediáticas se ha deteriorado, mientras se ha extendido la percepción de que el sistema ya no sirve de manera equitativa a todos los ciudadanos. Fue en ese contexto cuando surgió Donald Trump, presentándose como un dirigente ajeno al establishment político, dispuesto a "drenar el pantano", aprovechando el descontento popular y el auge de las corrientes populistas. Paralelamente, las fracturas sociales y culturales se profundizaron en la sociedad estadounidense sobre bases raciales, religiosas y económicas, hasta hacer cada vez más difícil alcanzar consensos sobre las grandes cuestiones nacionales. Los autores de la Constitución, en los Federalist Papers de 1787 y 1788, habían diseñado un sistema destinado a integrar la pluralidad y la diversidad de opiniones. Lo que entonces constituía una garantía de libertad se transformó paulatinamente en una polarización que hoy amenaza la capacidad del sistema para generar consensos y estabilidad. Como si una enorme trampa se hubiera cerrado sobre la sociedad. Por eso, Estados Unidos parece encontrarse hoy al borde de una deriva autoritaria y de una sociedad poscientífica. En el centro de esta crisis se encuentra un antiguo interrogante cultural y moral sobre la propia naturaleza de la idea estadounidense. Desde sus orígenes, Estados Unidos ha vivido en una tensión permanente entre los valores de la Ilustración y la razón, por un lado, y la fe religiosa y las tradiciones morales, por el otro. Dos grandes pensadores encarnaron este debate. John Dewey, representante del realismo político, sostenía que la democracia podía fundamentar su moral pública en la razón, la educación y la dignidad humana, y que las universidades debían formar ciudadanos responsables. En cambio, el teólogo Reinhold Niebuhr, figura del pragmatismo, era mucho más pesimista. A su juicio, la naturaleza humana nunca logra liberarse por completo del egoísmo ni del racismo, por lo que toda sociedad necesita una referencia moral capaz de contener los abusos del poder y de los intereses particulares. Pese a sus diferencias, ambos compartían la convicción de que un fundamento moral común era indispensable para proteger a la sociedad y ofrecer un terreno compartido desde el cual resolver los conflictos políticos. Sin embargo, ese fundamento fue erosionándose progresivamente debido al auge del populismo, al deterioro del valor otorgado al servicio público y a la reflexión ética en favor de la emoción mediática, así como a la expansión del relativismo moral descrito por Allan Bloom en su obra El cierre de la mente estadounidense . En consecuencia, el poder mostró una mayor disposición a atacar a la prensa, las universidades y las élites intelectuales que a fortalecer su papel como pilares del debate democrático. La fractura estadounidense ya no se limita al desacuerdo político. Hoy afecta incluso a la definición misma de la verdad. Cada sector construye su propio relato de la realidad en un contexto marcado por la pérdida de confianza en las instituciones, el debilitamiento de los partidos tradicionales, la creciente influencia del dinero en la política y el traslado del financiamiento de las campañas electorales de los partidos a grandes donantes y grupos de presión, reduciendo así la capacidad de las organizaciones políticas para estructurar la vida pública. No obstante, la propia historia estadounidense ofrece un ejemplo contrario a esta evolución. Durante el verano de 1754, el joven George Washington cometió graves errores militares en la batalla de Jumonville Glen, y su imprudencia contribuyó al estallido de la Guerra Franco-Indígena. Sin embargo, aquella derrota representó un punto de inflexión decisivo en su formación. Allí aprendió disciplina, prudencia, flexibilidad y autocontrol, cualidades que más tarde le permitieron conducir a la joven nación. La experiencia demostró así que el fracaso no se opone al liderazgo, sino que constituye una de las condiciones para alcanzar su madurez. Hoy, numerosos observadores consideran que Estados Unidos sigue una trayectoria opuesta, caracterizada por el retroceso de la independencia institucional, el debilitamiento de los mecanismos de control y equilibrio entre los poderes, y una intervención cada vez mayor del Ejecutivo en la economía y la administración. Esta evolución refleja una orientación nacional conservadora que redefine el neoliberalismo al servicio de un poder cada vez más centralizado. Al mismo tiempo, acompaña profundas transformaciones internacionales marcadas por la reconfiguración de las cadenas de suministro, la competencia por atraer capitales y talento, así como por la rivalidad en torno a la tecnología y la energía en un mundo que avanza hacia una pluralidad de centros de poder. Estados Unidos ya no es el único gran protagonista del escenario internacional. China ha consolidado su posición como potencia económica y tecnológica; la Unión Europea intenta preservar su peso estratégico; Rusia busca restablecer sus zonas de influencia, mientras India continúa su ascenso como una gran potencia emergente. En esta transición hacia un orden mundial más fragmentado y competitivo, la influencia estadounidense ya no resulta tan evidente como lo fue al término de la Segunda Guerra Mundial. Doscientos cincuenta años después de su independencia, Estados Unidos conserva todavía los recursos que le permitirían renovar su papel a escala mundial. Sin embargo, esa ambición no podrá concretarse únicamente mediante el poder militar. Requiere una reforma de las instituciones, una reducción de las desigualdades, el restablecimiento de la confianza en la democracia y una renovación de la idea estadounidense como un proyecto basado en el bien común, la fe y el Estado de derecho. Porque el destino de las naciones depende menos de sus riquezas o de sus ejércitos que de su capacidad permanente para cuestionarse a sí mismas antes de que la historia se encargue de escribir su decadencia. Si el mundo se sintió atraído por Estados Unidos, no fue solamente porque representara la primera potencia militar. Ante todo, se identificó con una idea. Desde la Declaración de Independencia, el proyecto estadounidense no consistía únicamente en construir un nuevo Estado, sino en proponer un modelo político, cultural y económico que terminaría redefiniendo la propia modernidad. De esa idea nació una sucesión de transformaciones que cambiaron el rostro del mundo, hasta el punto de que la influencia estadounidense llegó a ser, en muchos casos, más amplia que las propias fronteras de Estados Unidos. La verdadera pregunta hoy ya no es si Estados Unidos sigue siendo la primera potencia mundial, sino si aún conserva los fundamentos morales e institucionales que llevaron al mundo a creer en el poder de atracción de la idea estadounidense. Quizás la mayor dificultad radique precisamente en la rápida erosión de esos fundamentos. La política se ha convertido más en una política de las emociones que en un ejercicio de la razón. El debate público ha quedado cautivo del populismo, mientras que las universidades, los medios de comunicación y las instituciones encargadas de formar a las élites políticas, especialmente unos partidos cada vez más vaciados de contenido, han perdido su función como espacios donde se construye una verdad compartida. El desacuerdo entre los estadounidenses ya no gira únicamente en torno a las políticas que deben aplicarse, sino sobre la propia definición de la realidad, probablemente la forma de fractura más profunda que puede enfrentar una democracia.

Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (5/7)

Este ensayo propone un recorrido por las figuras de la crisis y la catástrofe, desde las cosmologías antiguas hasta la experiencia vivida de la conmoción del mundo. Al entrelazar los legados griegos, bíblicos e indios con el pensamiento de Jan Patočka, examina cómo las civilizaciones han concebido el desorden, el derrumbe, lo irreversible e incluso la posibilidad misma de la acción cuando el sentido comienza a vacilar. Publicado aquí en siete capítulos-ensayos, este texto sigue un hilo tan exigente como esencial: comprender si la catástrofe constituye una ruptura repentina, una lenta desintegración del mundo o la verdad más profunda de nuestro tiempo. He aquí la quinta parte. Del Tohu va-Bohu a Sodoma: crítica de la “Ciencia Política” Los once primeros capítulos del Génesis vuelven a representar, como en una cascada, el combate entre la estructura y la disolución, entre la creación y la ruptura. Abandona el jardín: crisis del vínculo. Caín mata a Abel: crisis de la fraternidad. El Diluvio: catástrofe cósmica. Babel: crisis del lenguaje y de la comunidad. En cada etapa, el Tohu va-Bohu es aquello que la creación reprime sin llegar nunca a desaparecerlo. Cuando aparece Abraham, entra en esta historia de crisis. No es su superviviente; se convierte en su testigo, e incluso en quien responde por ella. Ante él vuelven a desplegarse fracturas familiares y políticas, el hambre, la esterilidad, la guerra y el sacrificio. Pero solo una vez se alza el rostro completo de la catástrofe: el castigo divino sobre Sodoma y Gomorra, como si todo el Tohu va-Bohu de los orígenes, contenido desde el Bereshit , encontrara allí su último incendio antes de concentrarse en un solo hombre, Abraham, y en una sola promesa. El mundo nació de un desastre interior en la propia obra de Dios. El Tohu va-Bohu es su cicatriz: la huella visible de un desorden primordial que la Palabra contuvo sin abolir jamás. Antes de que el mundo fuera pronunciado, vacilaba. La tierra no era la nada: era informe, estremecida, todavía destinada a la palabra que la llamaría a existir. El Eterno no creó el mundo a partir del vacío, sino a partir de un temblor. Porque la creación no borra el abismo: lo domestica. Ese Tohu va-Bohu no es el mal; es el ámbito donde Dios se prueba a sí mismo como Creador, un caos potencialmente habitado. Así, entre la Nada y el Ser se extiende la zona del comienzo: allí la Palabra divina traza su frontera y hace surgir la forma a partir de aquello que se resiste. La realidad opone su peso a la Creación; Dios no la niega, sino que la ordena. Y desde entonces el mundo permanece frágil: en cualquier instante puede deshacerse y volver a caer en su caos originario. Así se revela el misterio del Tohu va-Bohu : la Creación nunca queda concluida; recomienza con cada aliento. El mundo no se sostiene por su propia fuerza, sino por la fidelidad del Verbo que lo mantiene en el ser. Así comienza la Escritura: “La tierra era Tohu va-Bohu, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo” (Gn 1:2). A medida que el relato avanza hacia el castigo anunciado contra Sodoma y Gomorra, el texto no menciona el Tohu va-Bohu , pero deja entrever su sombra: fuego y azufre, inversión y esterilidad. No es el caos el que irrumpe, sino su memoria; no es la creación la que se deshace, sino el mundo que recuerda lo que fue antes de ser ordenado. Aniquilar Sodoma significa provocar una regresión hacia la pre-Génesis, hacia ese “comienzo precreacional” donde la luz aún no había separado las tinieblas. La llanura del Jordán, antaño exaltada como el “Jardín del Señor”, experimenta una metamorfosis ontológica: se convierte en un desierto de betún, en una tierra de esterilidad absoluta. Asistimos aquí a un caos pleno. Es el retiro de la presencia divina, que deja paso a un mundo deshecho. Sodoma vuelve a representar, como en un espejo invertido, la paradoja del Génesis: allí donde la bendición ordenaba la vida, el Juicio instaura el vacío. El empleo del verbo hebreo hafakh (“voltear”, “trastornar”, “subvertir”) para describir la caída de la ciudad no designa una simple ruina arqueológica, sino una subversión del orden cósmico. Aquello que el Verbo había estructurado, el paso del caos al orden, la ira lo devuelve a lo informe. Abraham permanece sobre la brecha, entre el cosmos que aún subsiste y el caos que regresa. Su pregunta, “¿Acaso el Juez de toda la tierra no hará justicia?”, constituye un grito metafísico: ¿puede el Demiurgo consentir que Su obra vuelva a convertirse en Tohu va-Bohu ? La destrucción de las ciudades de la llanura representa una reactivación del vacío primordial, una “descreación jubilosa” que solo la oración del Patriarca consigue distinguir de un retorno definitivo a la nada absoluta. Sodoma no solo es destruida: queda ontológicamente disuelta, devuelta al borrador cósmico, al caos primordial, allí donde la luz todavía vacila antes de existir. Abraham salva a la humanidad de un aniquilamiento total, no por la fuerza de su oración, sino porque recuerda a Dios que un mundo exige un mínimo de coherencia. “Miro la tierra, y he aquí que era Tohu va-Bohu; miro los cielos, y su luz ha desaparecido.” (Jeremías 4:23) La visión del profeta Jeremías converge con el apocalipsis de Sodoma. Aquí, el lenguaje del caos primordial ya no constituye únicamente una cosmogonía, sino la gramática misma del Juicio: cuando el ser humano corrompe la Alianza, la tierra pierde su fundamento y vuelve a hundirse en la indistinción del primer día. Pensar la catástrofe, pensar el desastre: ahí es donde la pasión humana, a través de la filosofía, la mitología y la religión, nunca ha dejado de ponerse a prueba. Dos visiones se enfrentan mientras se responden mutuamente: una, cíclica, en la que la crisis y la catástrofe son las pulsaciones de una respiración cósmica; la otra, lineal, en la que el tiempo se orienta hacia un telos y la escatología se convierte en el paso obligado entre la crisis y el cumplimiento. En este segundo régimen, la historia sustituye al cosmos: el fin deja de ser un nuevo comienzo para convertirse en una revelación. Desde ese momento, la escatología se vuelve inmediatamente política, y la ciencia política, en su fundamento, no es otra cosa que una escatología aplicada. Para existir, todo proyecto político debe convocar su propia idea de la catástrofe: un fin que conjurar, un desastre que nombrar. Ya se trate del colapso del capitalismo, del derrumbe ecológico o de la disolución de la identidad colectiva, lo político suele fundarse en esa anticipación de lo peor, no para aceptarlo, sino para darse a sí mismo la necesidad de actuar. El drama de la Ciencia Política moderna reside en su esfuerzo constante por reprimir, o al menos ocultar, su trasfondo escatológico. Al constituirse como una disciplina empírica y racional, dedicada al análisis de los hechos y a la neutralidad metodológica, quiso purificarse de toda teleología. Sin embargo, como mostró Eric Voegelin, la modernidad no destruyó las estructuras religiosas del pensamiento, sino que las “inmanentizó”. [1] Lo que antes pertenecía a la salvación trascendente se convirtió en un proceso histórico: la política pasó a ser un sustituto de la soteriología. Lejos de desaparecer, la escatología se tradujo en promesa de progreso, en utopía de reconciliación o en horizonte de autonomía plena. Hans Blumenberg, en respuesta a esta interpretación, vio en esa inmanentización no una corrupción de la teología, sino una reapropiación legítima: la modernidad se dotaría así de una autonomía narrativa propia, trasladando el mito del fin al plano del proyecto humano. Pero esa “autoafirmación” ( Selbstbehauptung ) de la razón, al negar lo sagrado del que procede, ha tenido como efecto volver invisibles los fundamentos simbólicos de la acción política. [2] La Ciencia Política moderna ha permanecido deudora de la aspiración a transferir al ser humano las prerrogativas de la creación ex nihilo , antaño reservadas a Dios. El mérito de una reflexión sobre la catástrofe primordial, la del Tohu va-Bohu y sus recurrencias, ya aparezcan implícitamente en el relato de Sodoma o explícitamente en la profecía de Jeremías, consiste en revelar que el Dios del Antiguo Testamento no crea ex nihilo , sino ex confusione . La creación no es una irrupción desde la nada, sino un acto de diferenciación, de ordenación de una materia preexistente. El caos, por tanto, no queda abolido; permanece como la matriz latente del ser, siempre susceptible de reaparecer bajo diversas formas: catástrofe, juicio o pérdida del sentido. Este Tohu va-Bohu bíblico corresponde, bajo un régimen temporal diferente, a la fase del retorno a lo informe en la temporalidad cíclica india: el momento en que el nombre y la forma ( nāma-rūpa ) se disuelven en el principio indeterminado ( avyakta , “lo no manifestado”). El Tohu va-Bohu evoca el caos anterior a la creación; el pralaya , en cambio, designa el caos posterior a la creación, aquel en el que el mundo se repliega al final de cada ciclo cósmico ( kalpa ). En ambos casos, no se trata de la nada, sino de un estado liminar: la forma desaparece, pero permanece en potencia. En el pensamiento bíblico, el Tohu va-Bohu representa un desorden metafísicamente negativo: se opone a la luz y a la Palabra creadora; es aquello que Dios contiene, ordena y mantiene a raya. En el pensamiento indio, por el contrario, el pralaya y el avyakta designan estados de pura potencialidad: el desorden no se opone al orden, sino que constituye su reverso necesario. Así, en ambas tradiciones, el desorden nunca es exterior al orden, sino su condición misma. Pensar conjuntamente el Tohu va-Bohu y el pralaya es reencontrar ese punto de equilibrio donde toda cosmología, ya sea teológica o filosófica, revela ser inseparable de lo político: gobernar el mundo consiste siempre en esforzarse por mantener un orden frágil en el límite del caos primordial. Pensar conjuntamente el Tohu va-Bohu y el pralaya es presentir que el desorden no constituye un accidente del mundo, sino su profundidad misma, el ámbito donde la posibilidad del sentido vuelve a ponerse en juego sin cesar. Si toda cosmología permanece inseparable de lo político, es porque siempre implica una determinada manera de situarse frente a esa profundidad: mantener un orden supone ya negociar con un fondo que siempre lo desborda. Sin embargo, la modernidad quiso romper ese pacto originario. Al separar lo político de lo escatológico y de lo cosmológico, al disolver lo primero en la gestión y matematizar lo segundo en la ley de los números, desplazó el pensamiento del origen hacia el de la dominación. La gobernanza quiso convertirse en una ciencia del cálculo, olvidando que había nacido, en otro tiempo, de una relación con el abismo y no con la certeza. Pero cuando el orden comienza a deshacerse, cuando la crisis se convierte en la textura ordinaria del mundo, ese trasfondo cósmico reprimido vuelve a emerger: lo político redescubre que no procede de la voluntad soberana, sino de la grieta misma, del vértigo del fondo sin fondo. ¿Y si la modernidad política se hubiera equivocado de drama? ¿Y si hubiera querido ignorar la profundidad de lo indeterminado, de lo indecidible, ese lugar donde la propia decisión pierde su orientación? ¿Acaso afirmar que la crisis debe resolverse no supone ya desconocer que ha dejado de terminar? ¿Qué se extiende como condición del mundo, como atmósfera de todo presente? Tal vez ese sea, precisamente, el signo de toda modernidad: su esencia no es la novedad, sino la prolongación; dura desde hace milenios como una lenta travesía del Kali Yuga, una Edad de Hierro extendida a la escala de la conciencia. [1] En The New Science of Politics ( La nueva ciencia de la política , trad. Sylvie Courtine-Denamy, París: Seuil, 2000), Eric Voegelin desarrolla su tesis central de la “inmanentización del eschaton” ( immanentization of the eschaton ): las ideologías modernas, aunque se presentan como racionales e históricas, reproducen estructuras de salvación de origen religioso al trasladarlas a la historia humana misma. La promesa de una redención trascendente se convierte así en un proyecto político de reconciliación total, de progreso histórico o de emancipación definitiva. Sin embargo, esta lectura difiere de las de Carl Schmitt y Karl Löwith. En Schmitt, la modernidad política sigue estructurada por categorías teológicas secularizadas, como la soberanía, la decisión y la excepción; pero el acento recae, ante todo, en la continuidad formal entre los conceptos teológicos y los conceptos políticos. En Löwith, la filosofía moderna del progreso aparece como una transposición secular de la escatología cristiana a la filosofía de la historia. Voegelin radicaliza este diagnóstico: no ve en la modernidad únicamente la supervivencia de estructuras teológicas, sino una reactivación “gnóstica” de la promesa de salvación, por la cual el ser humano pretende realizar en la historia aquello que antes pertenecía a la trascendencia. En consecuencia, el problema ya no reside únicamente en la secularización de los conceptos religiosos, sino en la transformación de la política misma en un instrumento soteriológico. No obstante, Voegelin tiende a proponer una lectura marcadamente patologizante de la gnosis, entendida como una perturbación del espíritu y una voluntad de autodivinización que conduce, según él, a las formas modernas del totalitarismo. La “inmanentización del eschaton” aparece así como el intento catastrófico de realizar, dentro de la historia humana, una redención que antes pertenecía a la trascendencia, al precio de falsificar la realidad y clausurar la experiencia frente al orden del ser. Por el contrario, Jacob Taubes, aunque comparte con Voegelin el diagnóstico de la persistencia de los esquemas escatológicos en la modernidad, se niega a ver en ello un simple error espiritual o una patología política. En Occidental Eschatology ( Escatología occidental , trad. Gilles Quinsat, París: Éditions de l’Éclat, 2009 [1947]), la escatología no se entiende como una ilusión, sino como uno de los motores más profundos de la historia de Occidente. Lo apocalíptico se convierte así en la rebelión del espíritu contra la tiranía del “mundo tal como es”, contra toda pretensión de la política de constituirse en un orden definitivo. Taubes rehabilita así la figura del revolucionario, desde Pablo el Apóstol hasta Karl Marx, pasando por Thomas Müntzer, como portadores de una fuerza escatológica de separación y juicio que mantiene viva la llama del krinein frente al cierre del mundo establecido. Definiéndose a sí mismo como un “arqueólogo de lo apocalíptico”, Taubes se interesa menos por restaurar un orden trascendente que por la fuerza negativa del mesianismo: una potencia permanente de desestabilización que impide que la política se cierre sobre su propia autosuficiencia idolátrica. Allí donde Voegelin busca restaurar una trascendencia separada para reordenar la ciudad, Taubes ve en el impulso revolucionario la persistencia legítima de una esperanza irreductible a la finitud de la política. Una política privada de todo horizonte escatológico correría entonces el riesgo de convertirse en una mera administración de la nada. Véase Jacob Taubes, Occidental Eschatology, especialmente la segunda parte. [2] Hans Blumenberg sostiene que la modernidad heredó preguntas medievales y escatológicas, como el sentido o el fin de la historia, a las que se vio obligada a responder mediante recursos heterogéneos, en particular la idea de progreso. Este desplazamiento estructural genera la ilusión óptica de una continuidad sustancial con la religión. Blumenberg denomina “reocupación” ( Umbesetzung ) a este mecanismo funcional: los nuevos esquemas de pensamiento ocupan posiciones sistémicas que han quedado vacantes tras el derrumbe del marco teológico, sin que por ello sean sus derivados. Véase: Hans Blumenberg, La legitimidad de la Edad Moderna, trad. Marc Sagnol, Jean-Louis Schlegel y Denis Trierweiler, París: Gallimard, colección «Bibliothèque de philosophie», 1999, pp. 71-77.

Conflicto iraní: la opción militar no está descartada

Es una semana que arranca con calma. Los principales expedientes regionales permanecen provisionalmente en suspenso, ya sea la reanudación de las negociaciones entre Washington y Teherán o la retirada israelí de dos “zonas piloto” en el sur del Líbano. Una pausa que se explica, entre otras cosas, por los funerales oficiales del ex Guía Supremo iraní, Ali Jameneí, que concluirán el jueves, pero también por la cumbre de la OTAN, prevista para los martes 7 y miércoles 8 de julio en Ankara. Una cumbre tanto más importante cuanto que el presidente estadounidense, Donald Trump, tiene previsto participar en ella, tras varios meses de tensión con los aliados europeos. Antes de partir hacia Turquía, Donald Trump dejó claro que no afloja en su postura frente a Irán. Durante una rueda de prensa en la Casa Blanca, redefinió sus prioridades y reiteró sus amenazas contra Teherán. “O llegamos a un acuerdo, o terminamos el trabajo. Y terminar el trabajo no será difícil, pero prefiero cerrar un trato, porque no quiero hacerles daño a 91 millones de personas”, afirmó, asegurando que el ejército estadounidense puede “destruir los puentes (iraníes) en una hora”. Y prosiguió con el mismo tono amenazante: “Podemos aniquilar su red energética, todas las grandes centrales que han construido, en una pequeña fracción de una tarde. Lo saben. Hoy no tienen dinero. No les hemos dado ni un centavo”. Reafirmó que su objetivo no es “lograr un cambio de régimen en Irán, aunque, en realidad, eso es lo que es. El primer régimen desapareció. El segundo régimen desapareció. Y creo que el tercero es más razonable. Pero ya veremos”. Donald Trump también recordó que Washington tiene intención de recuperar el “polvo” nuclear iraní, “es decir, el material enriquecido” (el uranio enriquecido), insistiendo de nuevo en que Irán “no puede poseer armas nucleares”. Preguntado sobre el asunto del estrecho de Ormuz, que Teherán quiere mantener bajo su control, el presidente estadounidense se limitó a señalar, como única respuesta, que “es una magnífica máquina de generar dinero”. Estados Unidos, como es sabido, junto con los países árabes y Europa, rechaza que esta vía marítima estratégica esté controlada por el régimen de los mulás. El inquilino de la Casa Blanca también expresó su voluntad de ayudar a los presidentes ruso, Vladímir Putin, y ucraniano, Volodímir Zelenski, a poner fin a la guerra que los enfrenta desde hace más de cuatro años. “Creo que estamos mucho más cerca de un acuerdo de lo que la gente piensa. El presidente Putin quiere que esta guerra termine. El presidente Zelenski también quiere ahora que se acabe. Vamos a ir a la cumbre de la OTAN, en Ankara, donde hablaremos de ello. Y creo que vamos a lograr poner fin a esta guerra”. Macron en Damasco La Casa Blanca confirmó que Donald Trump se reunirá al margen de la cumbre de la OTAN con Volodímir Zelenski, así como con el presidente sirio, Ahmad al-Sharaa, quien debía recibir el lunes por la noche a su homólogo francés, Emmanuel Macron. Este último viaja acompañado de un grupo de empresarios franceses. Es la primera visita de un presidente francés a Damasco en casi 17 años. Las relaciones entre Francia y la Siria de Bachar al-Ásad comenzaron a deteriorarse con el asesinato del ex primer ministro libanés, Rafik Hariri, atribuido a Damasco. París rompió posteriormente sus relaciones diplomáticas con el régimen sirio en el contexto de la guerra de 2011, tras un ataque contra su embajada. En el centro de los debates franco-sirios se encuentra, como era de esperar, la situación en la región, que también será objeto de una reunión en Washington entre el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y el presidente Trump. Aunque, según el propio dirigente israelí, este encuentro aún no tiene fecha fijada, reviste una importancia particular en un momento en que las negociaciones entre Washington y Teherán avanzan con dificultad. Más aún, teniendo en cuenta que Donald Trump había dejado entrever, en algún momento, cierta reticencia ante la idea de recibir al señor Netanyahu en la Casa Blanca. Una tregua relativa en el Líbano La pausa diplomática se ha extendido al Líbano, donde, según la cadena árabe Al-Hadath, el comandante del Centcom, el almirante Brad Cooper, regresaría en los próximos días para presentar a las autoridades libanesas una propuesta de mecanismo para una retirada israelí gradual, conforme a las disposiciones de seguridad del acuerdo marco líbano-israelí de Washington. El presidente Joseph Aoun reafirmó en este contexto la importancia del redespliegue del ejército libanés a lo largo de toda la frontera sur, al tiempo que subrayó la necesidad de aumentar la presión sobre Israel para que se retire de los territorios que aún ocupa en el sur del país. “El mantenimiento de la ocupación socava la legitimidad del Estado, impide el despliegue del ejército y compromete los fundamentos de una paz justa y duradera”, advirtió durante una videoconferencia con representantes del American Task Force for Lebanon. También insistió en que “no puede haber guerra civil en el Líbano”, a pesar de “los intentos de algunos de reavivar las tensiones confesionales”, en alusión a Hezbolá. Sobre el terreno, en el Líbano, la situación sigue siendo volátil. El ejército israelí continúa con sus operaciones de demolición en varias localidades de Bint Jbeil, Marjeyoun y Nabatyeh, así como con sus incursiones puntuales. Un ataque sobre Nabatiyé el-Faouqa causó tres muertos el lunes: una directora de escuela, su madre y su empleada del hogar. El ejército israelí también afirmó haber descubierto importantes arsenales de armas en el pueblo de Haddatha, donde lleva a cabo importantes operaciones de demolición y al que presenta como una base operativa de Hezbolá. Así, anunció la destrucción de “decenas de infraestructuras militares” en esa localidad y la incautación de más de 150 armas. Asimismo, lanzó una advertencia a los habitantes de los pueblos fronterizos del sur, recordándoles que deben abstenerse de acoger a desplazados procedentes de localidades consideradas bastiones de Hezbolá. En otro orden de cosas, unas declaraciones del primer ministro israelí según las cuales ciertos pueblos cristianos fronterizos habrían solicitado ser “anexionados” a Israel para protegerse de Hezbolá generaron una gran conmoción en el país. Fueron rechazadas de inmediato por los municipios, mujtares y personalidades locales de una quincena de pueblos afectados, quienes denunciaron que se trata de informaciones “totalmente infundadas” y reafirmaron su apego a la soberanía del Estado libanés. Disolución del gobierno en Gaza Cabe señalar otro acontecimiento importante a nivel regional: Hamás anunció la disolución de su gobierno en Gaza, casi veinte años después de su toma del poder en 2007, con el fin de facilitar el traspaso de responsabilidades al Comité Nacional para la Administración del enclave (NCAG), una estructura compuesta por tecnócratas creada en el marco de los debates previos al alto el fuego de octubre de 2025. Este acontecimiento, que algunos analistas han acogido con cierto escepticismo, merece seguimiento, ya que podría modificar el panorama político palestino. Hamás presenta esta decisión como una forma de “privar a la ocupación de cualquier pretexto” para continuar la guerra, al tiempo que afirma su disposición a ceder las prerrogativas gubernamentales al nuevo comité. El presidente del NCAG, Ali Chaath, aseguró que este organismo estaba listo para asumir sus responsabilidades en cuanto se reunieran los medios necesarios. Tel Aviv, sin embargo, no parece creerlo e insiste en el desarme de la milicia proiraní, tal como lo contempla el plan de paz negociado por Estados Unidos. El ministro israelí de Asuntos Exteriores, Gideon Sar, calificó la medida de “maniobra” destinada a evitar el desarme: “Mientras Hamás conserve sus armas, cualquier gobierno civil funcionará, por supuesto, bajo las directrices de ese grupo. Israel insiste en la aplicación íntegra del plan Trump, cuyos principios fundamentales son el desarme de Hamás y de todas las demás organizaciones terroristas, así como la desmilitarización completa de la Franja de Gaza”, escribió en X.

Tierra a cambio de paz
Por
Fady Noun
Publicado

“La tierra a cambio de la paz”. Así puede resumirse, en una fórmula antigua pero plenamente vigente, el acuerdo israelo-libanés de Washington (23-26 de junio), siempre que se coloque el interés de la población de las aldeas destruidas por encima de cualquier otra consideración. Lo demás son detalles. Sí, la tierra a cambio de la paz, pero no de cualquier paz. Una paz basada en la concentración de las armas en manos del Estado libanés, tal como hoy existe: una democracia parlamentaria, tierra de libertad y pluralismo. También podría expresarse de otro modo: la tierra a cambio de las armas de Hezbolá. Porque, a pesar de lo que muchos creen, el acuerdo de Washington es un acuerdo de paz, no de guerra. Podría aplicarse sin disparar una sola bala. Hezbolá ha hablado de una “guerra civil”. Pero ¿quién quiere una guerra civil? El acuerdo de Washington permitiría reemplazar a las fuerzas de Hezbolá, profundamente debilitadas, por fuerzas estatales legales e integradas por miembros de todas las comunidades, cuya única función sería defensiva y no ofensiva. En efecto, el Líbano no tiene ninguna ambición territorial sobre Israel. Todo lo que quiere y exige es el respeto de sus fronteras, algo que figura claramente en el acuerdo de Washington. Nada más. Porque Irán pudo obtener un alto el fuego, aunque relativo, en Líbano, lanzando una serie de cohetes balísticos sobre Israel. Pero, dadas las fuerzas en juego, es irreal pensar que Irán también podrá obtener, mediante amenazas, una retirada total de Israel del territorio libanés. Lo único que esa dinámica podría producir sería un aumento de las muertes y la destrucción, acompañado del riesgo de una anexión. En otras palabras, una guerra de mil años. ¿Un acuerdo de capitulación? Sí, en el sentido más limitado del término. Porque el acuerdo de paz que impone responde, en esencia, tanto a una demanda libanesa como a una israelí, ya que el episodio bélico al que pone fin ocurrió en contra de la voluntad del Estado libanés, como consecuencia de una decisión iraní a la que Beirut se oponía profundamente. Además, ¿qué restricciones innecesarias impondría realmente al Líbano? ¿La de no tener capacidad nuclear? ¿O la de no contar con una fuerza aérea militar? Porque quienes diseñaron el acuerdo de Washington no solo no querían la guerra, sino que eran profundamente contrarios a la ideología belicista que inspira a Hezbolá. Esa ideología llevó a esa organización a la ilusión de librar una heroica yihad al servicio de Dios. Pero ya se vio cómo esa lucha desembocó en una masacre y en destrucciones que quizá sean irreversibles. Por lo demás, ¿cómo pudo Hezbolá pensar, siquiera por un instante, que su ideología político-religiosa podría obtener el respaldo de los cristianos, por no hablar de las demás comunidades que conforman el Líbano? El Líbano forma parte de la comunidad árabe, no de la comunidad islámica. Si bien la ideología iraní le es ajena, la paz con Israel no lo es para el mundo árabe. Una parte de este ya ha firmado la paz, mientras que otra, encabezada por Arabia Saudita, la condiciona a la creación de un Estado palestino. La comunidad cristiana se siente aún más distante de ese horizonte de pensamiento, ya que ella misma pagó el precio de ese tipo de aventurerismo durante las Cruzadas. Ciertamente, puede afirmarse sin vacilaciones que el derecho a la legítima defensa seguirá siendo sagrado, pero la Iglesia católica ha replanteado la noción de “guerra justa”, que en otros tiempos pudo respaldar, debido a que hoy resulta imposible reunir las condiciones para justificarla en la era de los algoritmos, las máquinas autónomas y la disuasión nuclear. Hoy ya no existen armas “convencionales”. Todos conocemos la célebre frase atribuida a Einstein sobre la guerra atómica. Defensor del desarme nuclear, habría dicho que, si estallara una tercera guerra mundial, “la cuarta se libraría con palos y piedras”. Por el contrario, las comunidades cristianas de Oriente, que han pagado un precio muy alto por el episodio del despojo de Palestina, aspiran hoy a ejercer plenamente su derecho a acceder a sus lugares santos: Jerusalén, Nazaret y Belén, esos lugares donde vivió su Salvador y donde resucitó, vencedor de la muerte y de la violencia. En ese sentido, pueden seguir aferrándose a las palabras que les dejó su Salvador: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra”. La tierra no pertenece a los violentos, dice el Señor. Pertenece a hombres que, como Joseph Aoun, aprendieron de la guerra a “odiar la guerra”. Lo escuchamos expresarse en esos términos durante su entrevista con Christiane Amanpour en CNN. El jefe de Estado haría bien en reservar un espacio en televisión para explicar a la población libanesa el acuerdo de Washington.

Bajo el paraguas…?
Por
Hisham Dibsi
Publicado

La más reciente delegación de Hamás llegó a El Cairo a principios de este mes, llevando las respuestas del movimiento a las preguntas del Alto Comisionado del Consejo de Paz, Nikolay Miladinov, así como a sus propuestas, constantemente modificadas. En esta ocasión, la delegación no estuvo encabezada por Khalil al Hayya, aunque este hizo llegar una postura firme e inquebrantable respecto a la exclusividad de las armas, subrayando que cualquier paso en ese sentido solo podría darse de manera gradual, conforme a un calendario vinculado a un proceso político claro que garantice al pueblo palestino su derecho a la autodeterminación y al ejercicio de su soberanía . Al mismo tiempo, el movimiento exigió el pago de todas las cantidades adeudadas a los funcionarios que habían servido en su gobierno a través del «Comité de Administración de Gaza» , al tiempo que buscaba mantener su papel durante el período de transición. Por su parte, las posiciones israelíes continúan rechazando cualquier fórmula que permita a Hamás conservar un brazo militar una vez concluido el período de transición. Un reparto funcional del poder La fragmentación de la Franja de Gaza en dos zonas distintas sigue consolidándose. En el este se extiende el escenario de las operaciones militares israelíes. En el oeste vive la inmensa mayoría de la población, bajo la autoridad de los servicios de seguridad y de la policía de Hamás, viviendo entre los restos de las tiendas de campaña, las ruinas de las viviendas destruidas y los escasos vestigios de alimentos, agua y medicinas. En esa parte del territorio, Hamás ejerce su autoridad, recauda impuestos y administra la actividad comercial junto con un puñado de comerciantes cuyas prácticas no son menos despiadadas que las del aparato de seguridad del movimiento en su trato con la población. Cada vez que surge la cuestión de las armas y de su control exclusivo en la Franja de Gaza, conviene recordar que la administración Trump, junto con los mediadores turco y catarí, llegó a la conclusión de que Hamás debía conservar su arsenal hasta la conclusión del período de transición. La ecuación, por lo tanto, es simple. Israel rechaza las armas de Hamás, mientras que el movimiento endurece sus exigencias sobre el control exclusivo del armamento hasta el punto de reclamar garantías tanto colectivas como individuales para el futuro. Mientras tanto, Nikolay Miladinov realiza una intensa labor de mediación para tejer un acuerdo capaz de satisfacer al mismo tiempo a Israel y a Hamás. De acuerdo con esta ecuación insoluble, y siguiendo las instrucciones de la administración estadounidense, con la aprobación de Israel, el Comité de Administración de Gaza debe comenzar sus trabajos en la parte oriental de la Franja, bajo el control directo de las fuerzas de ocupación israelíes, aunque hasta ahora no se ha fijado ningún calendario para su puesta en marcha. Hamás seguiría ejerciendo su autoridad en la parte occidental de la Franja, en una dualidad de poderes que solo puede entenderse como la expresión de un reparto funcional del poder entre ambas partes. Este reparto no hace sino agravar el sufrimiento de la población, atrapada en el estancamiento y el callejón sin salida, mientras la seguridad alimentaria, el abastecimiento de agua y los servicios de salud continúan deteriorándose a un ritmo acelerado, dejando que la enfermedad, el hambre y la sed devasten al pueblo de Gaza. La población queda así sometida, al mismo tiempo, a la tutela del Consejo de Paz, a la ocupación del ejército israelí y al gobierno de Hamás. Al aprobar, el 17 de noviembre de 2025, la resolución que creó el «Consejo de Paz», el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no pretendía colocar al pueblo palestino bajo la tutela del presidente Donald Trump. Su propósito era poner fin a una guerra de exterminio que había terminado por perjudicar los intereses y la imagen internacional de Israel, al tiempo que autorizaba el despliegue de una fuerza internacional destinada a ayudar a la población de Gaza a hacer frente al genocidio del que es víctima. Han transcurrido ocho meses desde la creación del Consejo de Paz y las negociaciones siguen estancadas en la aplicación del primero de los veinte puntos previstos por la Iniciativa Trump. Líneas rojas La quinta ronda de negociaciones concluyó sin el menor avance significativo. Las líneas rojas de ambas partes siguen siendo irreconciliables, en un bloqueo de fondo entre Israel y Hamás en torno al control exclusivo de las armas y al futuro del poder en la Franja de Gaza, mientras esperan el cambio en la dirección de la Autoridad Palestina tras las elecciones legislativas y presidenciales previstas para finales de este año. Tras cada revés en las negociaciones, la diplomacia egipcia vuelve a presentar nuevas propuestas con el propósito de mantener vivo el diálogo. Su objetivo es impedir que Israel eluda sus compromisos internacionales y evitar que imponga una nueva realidad en la Franja de Gaza, transformando la frontera palestino-egipcia en una frontera israelo-egipcia, con todas las implicaciones estratégicas que ello tendría para la seguridad nacional de Egipto y para el Tratado de Paz entre Egipto e Israel. Desde esta perspectiva geopolítica, la diplomacia egipcia trabaja para fortalecer el papel de la Autoridad Nacional Palestina y asegurar su presencia política e institucional. Ha logrado reactivar el Acuerdo sobre los Cruces Fronterizos, restablecer la presencia oficial palestina con participación europea, así como alcanzar un acuerdo para el despliegue de quince mil policías, en tres etapas sucesivas, con el fin de contribuir a salvaguardar la vida de la población en la Franja de Gaza. A ello se suma la participación simbólica de la ciudad de Deir al Balah en las elecciones municipales celebradas hace apenas unos meses. El Cairo permanece más decidido que nunca a impedir el fracaso de las negociaciones, a pesar de los deseos de Benjamin Netanyahu y sus generales. Para alcanzar ese objetivo, la diplomacia egipcia combina flexibilidad y firmeza en su trato con todas las partes, incluida la parte israelí. En coordinación con los tres Estados mediadores, Pakistán, Arabia Saudita y Türkiye, El Cairo sigue de cerca la evolución del conflicto entre Washington, Teherán y Tel Aviv, así como la posibilidad, que sigue abierta, de un retorno a niveles de violencia susceptibles de estallar nuevamente, por muy controlada que parezca la situación. Los próximos procesos políticos y electorales en Estados Unidos e Israel todavía podrían dar lugar a resultados poco favorables para el éxito de un amplio proceso de paz, tanto internacional como regional. Al mismo tiempo, las políticas de Turquía y Qatar siguen una dinámica distinta. Buscan construir una nueva relación entre Hamás y la administración de la Casa Blanca, apoyándose en su larga experiencia con los movimientos del islam político radical, en particular con el movimiento talibán afgano. Esa experiencia, considerada durante mucho tiempo por Khaled Meshaal, miembro del Buró Político de Hamás, como un modelo de referencia, podría contribuir a recomponer el movimiento y reintegrarlo en el sistema político palestino. Sin la flexibilidad demostrada tanto por la anterior como por la actual administración estadounidense, la dirigencia de Hamás difícilmente habría llevado tan lejos sus exigencias en las negociaciones. Su apuesta radica en que Ankara y Doha logren rehabilitar su papel en la causa palestina. Ello permitiría a la Casa Blanca imponer sus propias condiciones tanto a Hamás como a la Autoridad Palestina, rebajando el techo de las aspiraciones nacionales que el pueblo palestino estaría dispuesto a aceptar. Este juego continúa desde que el gobierno de Sharon facilitó la llegada de Hamás al poder mediante su golpe contra la legitimidad palestina en 2007. Si este juego sigue garantizando los mismos resultados, ¿por qué no habría de repetirse? Una gota de agua Mientras Israel continúa bloqueando la entrada de ayuda humanitaria, la crisis del agua potable no deja de agravarse. La Franja de Gaza necesita cada día 140 000 metros cúbicos de agua para cubrir las necesidades de la población, de los hospitales y de la alimentación. Las Naciones Unidas continúan alertando sobre el colapso de la seguridad hídrica, mientras que Hamás, por su parte, no deja entrever, ni en su discurso ni en su comportamiento, la menor preocupación por la población. Para Hamás, las armas valen más que una gota de agua.