

En apenas dos siglos y medio, Estados Unidos ha logrado lo que ninguna otra potencia ha conseguido en la historia moderna. De ser una colonia periférica en los confines del Imperio británico, pasó a convertirse en la primera potencia económica, militar y cultural del mundo. Desde las grandes llanuras del Medio Oeste y sus campos de trigo y maíz hasta la industria automotriz, la computadora personal, Internet, Hollywood, la televisión, el jazz, el rock, las artes contemporáneas, las redes sociales, la comida rápida e incluso los jeans, fue tomando forma de manera gradual un modelo civilizatorio que convirtió a la "idea estadounidense" en un referente al que el mundo se adhirió durante doscientos cincuenta años.
Sin embargo, la historia enseña que la grandeza nunca responde a un destino inmutable. Los imperios ascienden antes de entrar en declive cuando ya no son capaces de renovar los fundamentos de su poder. Hoy, Estados Unidos enfrenta una pregunta existencial: ¿será capaz de sentar las bases para otros dos siglos y medio de influencia global o ha entrado en esa etapa de decadencia que, antes que él, atravesaron tantas grandes potencias?
La historia ofrece, en este sentido, tres experiencias particularmente reveladoras. El Imperio bizantino disfrutó de una inmensa prosperidad, de un elevado nivel de desarrollo científico y de una población ampliamente instruida. Sin embargo, terminó debilitándose a sí mismo al multiplicar los privilegios otorgados a las élites y conceder importantes exenciones fiscales a los más ricos, hasta provocar su colapso financiero y la progresiva erosión de su capacidad de gobierno. España, por su parte, recibió enormes riquezas procedentes del Nuevo Mundo, pero dejó pasar la oportunidad de construir una economía verdaderamente productiva al profundizar las desigualdades sociales. Si esos recursos se hubieran invertido con mayor racionalidad, es posible que la Revolución Industrial hubiera comenzado en suelo español incluso antes que en Gran Bretaña. En cuanto al declive británico, nunca adoptó la forma de un colapso repentino, sino la de una lenta pérdida de la ventaja tecnológica alcanzada durante la época victoriana, con la máquina de vapor, las hiladoras y telares mecánicos, el ferrocarril y el telégrafo, mientras los principales centros de innovación científica e ingeniería se desplazaban hacia Estados Unidos y Alemania.
Por ello, la célebre frase del filósofo George Santayana parece hoy más vigente que nunca: "Quienes no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo".
La enseñanza común que dejan estas experiencias es clara. Cuando un Estado permite que sus instituciones se debiliten, que incrementen las desigualdades sociales y que sus universidades y centros de investigación pierdan dinamismo, comienza gradualmente a perder su lugar en la escena internacional. Estados Unidos dispone, por tanto, de fortalezas mucho más sólidas para seguir siendo una nación próspera cuando celebre su quingentésimo aniversario, siempre que logre afrontar estos desafíos.
Aunque Estados Unidos mantiene su liderazgo en los ámbitos tecnológico y económico, la crisis que atraviesa actualmente parece ser más interna que externa. La confianza de los estadounidenses en sus instituciones políticas, judiciales y mediáticas se ha deteriorado, mientras se ha extendido la percepción de que el sistema ya no sirve de manera equitativa a todos los ciudadanos. Fue en ese contexto cuando surgió Donald Trump, presentándose como un dirigente ajeno al establishment político, dispuesto a "drenar el pantano", aprovechando el descontento popular y el auge de las corrientes populistas.
Paralelamente, las fracturas sociales y culturales se profundizaron en la sociedad estadounidense sobre bases raciales, religiosas y económicas, hasta hacer cada vez más difícil alcanzar consensos sobre las grandes cuestiones nacionales. Los autores de la Constitución, en los Federalist Papers de 1787 y 1788, habían diseñado un sistema destinado a integrar la pluralidad y la diversidad de opiniones. Lo que entonces constituía una garantía de libertad se transformó paulatinamente en una polarización que hoy amenaza la capacidad del sistema para generar consensos y estabilidad. Como si una enorme trampa se hubiera cerrado sobre la sociedad. Por eso, Estados Unidos parece encontrarse hoy al borde de una deriva autoritaria y de una sociedad poscientífica.
En el centro de esta crisis se encuentra un antiguo interrogante cultural y moral sobre la propia naturaleza de la idea estadounidense. Desde sus orígenes, Estados Unidos ha vivido en una tensión permanente entre los valores de la Ilustración y la razón, por un lado, y la fe religiosa y las tradiciones morales, por el otro. Dos grandes pensadores encarnaron este debate. John Dewey, representante del realismo político, sostenía que la democracia podía fundamentar su moral pública en la razón, la educación y la dignidad humana, y que las universidades debían formar ciudadanos responsables. En cambio, el teólogo Reinhold Niebuhr, figura del pragmatismo, era mucho más pesimista. A su juicio, la naturaleza humana nunca logra liberarse por completo del egoísmo ni del racismo, por lo que toda sociedad necesita una referencia moral capaz de contener los abusos del poder y de los intereses particulares.
Pese a sus diferencias, ambos compartían la convicción de que un fundamento moral común era indispensable para proteger a la sociedad y ofrecer un terreno compartido desde el cual resolver los conflictos políticos. Sin embargo, ese fundamento fue erosionándose progresivamente debido al auge del populismo, al deterioro del valor otorgado al servicio público y a la reflexión ética en favor de la emoción mediática, así como a la expansión del relativismo moral descrito por Allan Bloom en su obra El cierre de la mente estadounidense. En consecuencia, el poder mostró una mayor disposición a atacar a la prensa, las universidades y las élites intelectuales que a fortalecer su papel como pilares del debate democrático.
La fractura estadounidense ya no se limita al desacuerdo político. Hoy afecta incluso a la definición misma de la verdad. Cada sector construye su propio relato de la realidad en un contexto marcado por la pérdida de confianza en las instituciones, el debilitamiento de los partidos tradicionales, la creciente influencia del dinero en la política y el traslado del financiamiento de las campañas electorales de los partidos a grandes donantes y grupos de presión, reduciendo así la capacidad de las organizaciones políticas para estructurar la vida pública.
No obstante, la propia historia estadounidense ofrece un ejemplo contrario a esta evolución. Durante el verano de 1754, el joven George Washington cometió graves errores militares en la batalla de Jumonville Glen, y su imprudencia contribuyó al estallido de la Guerra Franco-Indígena. Sin embargo, aquella derrota representó un punto de inflexión decisivo en su formación. Allí aprendió disciplina, prudencia, flexibilidad y autocontrol, cualidades que más tarde le permitieron conducir a la joven nación. La experiencia demostró así que el fracaso no se opone al liderazgo, sino que constituye una de las condiciones para alcanzar su madurez.
Hoy, numerosos observadores consideran que Estados Unidos sigue una trayectoria opuesta, caracterizada por el retroceso de la independencia institucional, el debilitamiento de los mecanismos de control y equilibrio entre los poderes, y una intervención cada vez mayor del Ejecutivo en la economía y la administración. Esta evolución refleja una orientación nacional conservadora que redefine el neoliberalismo al servicio de un poder cada vez más centralizado. Al mismo tiempo, acompaña profundas transformaciones internacionales marcadas por la reconfiguración de las cadenas de suministro, la competencia por atraer capitales y talento, así como por la rivalidad en torno a la tecnología y la energía en un mundo que avanza hacia una pluralidad de centros de poder.
Estados Unidos ya no es el único gran protagonista del escenario internacional. China ha consolidado su posición como potencia económica y tecnológica; la Unión Europea intenta preservar su peso estratégico; Rusia busca restablecer sus zonas de influencia, mientras India continúa su ascenso como una gran potencia emergente. En esta transición hacia un orden mundial más fragmentado y competitivo, la influencia estadounidense ya no resulta tan evidente como lo fue al término de la Segunda Guerra Mundial.
Doscientos cincuenta años después de su independencia, Estados Unidos conserva todavía los recursos que le permitirían renovar su papel a escala mundial. Sin embargo, esa ambición no podrá concretarse únicamente mediante el poder militar. Requiere una reforma de las instituciones, una reducción de las desigualdades, el restablecimiento de la confianza en la democracia y una renovación de la idea estadounidense como un proyecto basado en el bien común, la fe y el Estado de derecho. Porque el destino de las naciones depende menos de sus riquezas o de sus ejércitos que de su capacidad permanente para cuestionarse a sí mismas antes de que la historia se encargue de escribir su decadencia.
Si el mundo se sintió atraído por Estados Unidos, no fue solamente porque representara la primera potencia militar. Ante todo, se identificó con una idea. Desde la Declaración de Independencia, el proyecto estadounidense no consistía únicamente en construir un nuevo Estado, sino en proponer un modelo político, cultural y económico que terminaría redefiniendo la propia modernidad. De esa idea nació una sucesión de transformaciones que cambiaron el rostro del mundo, hasta el punto de que la influencia estadounidense llegó a ser, en muchos casos, más amplia que las propias fronteras de Estados Unidos. La verdadera pregunta hoy ya no es si Estados Unidos sigue siendo la primera potencia mundial, sino si aún conserva los fundamentos morales e institucionales que llevaron al mundo a creer en el poder de atracción de la idea estadounidense.
Quizás la mayor dificultad radique precisamente en la rápida erosión de esos fundamentos. La política se ha convertido más en una política de las emociones que en un ejercicio de la razón. El debate público ha quedado cautivo del populismo, mientras que las universidades, los medios de comunicación y las instituciones encargadas de formar a las élites políticas, especialmente unos partidos cada vez más vaciados de contenido, han perdido su función como espacios donde se construye una verdad compartida. El desacuerdo entre los estadounidenses ya no gira únicamente en torno a las políticas que deben aplicarse, sino sobre la propia definición de la realidad, probablemente la forma de fractura más profunda que puede enfrentar una democracia.