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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (13)

Esta serie de artículos tiene como objetivo comprender mejor la situación actual en el escenario libanés a la luz del pasado, lejos de los discursos apasionados, ideológicos o románticos que pasan por alto la realidad, dejando al lector la tarea de sacar sus propias conclusiones. Las doce entregas anteriores abordaron una relectura de los acontecimientos relacionados con el ascenso de Hezbolá desde el Acuerdo de Taif hasta la aplicación, gravemente incompleta, de la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU en 2006. Dos años antes de la guerra de los 33 días de 2006, y más precisamente el 3 de septiembre de 2004, bajo la presión directa de Siria, gobernada por Bashar al Assad, el Parlamento libanés prorrogó por tres años el mandato del presidente Émile Lahoud. Esta enmienda constitucional fue impuesta en abierto desacato a la Resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU, adoptada el día anterior por iniciativa de Francia y Estados Unidos. Dicha resolución exigía el estricto respeto de las normas constitucionales libanesas y la celebración de una elección presidencial libre, justa y sin injerencias extranjeras. Además, la misma resolución exigía el desmantelamiento de las milicias ilegales, incluida la de Hezbolá, así como la retirada de las tropas sirias del Líbano. Para escenificar una aparente legitimidad popular frente a las condenas internacionales, Émile Lahoud convirtió el Palacio de Baabda en un espacio de exhibición de lealtad. Delegaciones pro sirias, funcionarios, militares, oficiales de todos los rangos, simpatizantes civiles y partidarios de Hezbolá desfilaron por el lugar para organizar efusivas felicitaciones, simulando así un amplio consenso nacional en torno a la prórroga impuesta de su mandato, cuando en realidad se encontraba aislado a nivel internacional, regional y dentro del propio país, con excepción de los sectores pro sirios, Hezbolá y el movimiento Amal. Opuesto a la extensión del mandato presidencial y bajo la amenaza directa de Bashar al Assad, el primer ministro Rafic Hariri renunció en octubre de 2004 antes de sumarse a la oposición antisiria. El asesinato de Rafic Hariri y la Revolución del Cedro Este giro político fue considerado por la ONU y, posteriormente, por el Tribunal Especial para el Líbano como el principal motivo de su asesinato, junto con el de sus acompañantes y su escolta, el 14 de febrero de 2005. Este crimen desencadenó directamente la Revolución del Cedro y, posteriormente, la retirada forzada de las tropas sirias del Líbano. El asesinato del 14 de febrero de 2005 fue seguido por una movilización masiva en las calles de Beirut durante tres semanas. Los manifestantes exigían con firmeza el fin de la ocupación siria del Líbano y portaban fotografías de los altos oficiales que dirigían los aparatos de seguridad libaneses, entre ellos los generales Jamil Sayed, Raymond Azar y Ali Hajj, a quienes acusaban de haber sido cómplices del asesinato de Hariri y señalaban como símbolos del aparato de seguridad libanés sirio. El fortalecimiento de los vínculos entre Lahoud y Nasrallah Para respaldar a Lahoud, cada vez más aislado y boicoteado, quien representaba un verdadero escudo legal para Hezbolá, Hassan Nasrallah respondió movilizando a sus seguidores el 8 de marzo de 2005, estableciendo un pacto de supervivencia política. Proteger al presidente fue presentado como una línea roja, y la respuesta a cualquier intento de destituirlo quedó expresada de forma explícita. La supervivencia política de Lahoud quedó asegurada cuando el patriarca maronita Nasrallah Sfeir se opuso a que fuera derrocado mediante la presión de la calle, para evitar crear un precedente en la historia contemporánea del Líbano. Su decisión fue aceptada con amargura por la coalición soberanista de la época, preocupada por preservar los equilibrios confesionales del país. Los soberanistas movilizaron a sus seguidores una semana después, en respuesta a la manifestación del 8 de marzo. Así, el 14 de marzo de 2005, Beirut fue escenario de una concentración histórica que reunió a cientos de miles de simpatizantes del Movimiento Futuro del fallecido Rafic Hariri, las Fuerzas Libanesas, las Kataeb, el Partido Nacional Liberal, los seguidores de Michel Aoun del Movimiento Patriótico Libre, que en ese momento seguía siendo antisirio, el Partido Socialista Progresista, liberales chiitas, sectores de izquierda y otros grupos que exigían la retirada de las tropas sirias, el desmantelamiento del aparato de seguridad libanés sirio y la aplicación de la Resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU. Tras esa movilización se creó la coalición de las Fuerzas del 14 de marzo de 2005, cuyos principales referentes fueron Samir Frangié, Gebrane Tueni, Samir Kassir, Nayla Moawad, el expresidente Amine Gemayel y otras figuras. Esto fortaleció aún más la alianza entre Lahoud, que ya no tenía otras opciones, y Nasrallah. La cultura favorable a las milicias, en contra del Estado de derecho Desde su etapa como comandante en jefe del Ejército libanés, Émile Lahoud fue instaurando gradualmente, a través de sus actitudes y directrices, una cultura de aceptación de la ocupación siria y una cultura de simpatía hacia Hezbolá, presentado como un movimiento de liberación nacional frente a Israel. Esta línea de conducta se reflejaba en sus discursos y en las órdenes de servicio, que ignoraban deliberadamente la ideología fundamentalista del partido proiraní, incompatible con la razón de ser del Líbano fundado en 1920. Más adelante, ya como presidente de la República, Lahoud continuó difundiendo esa imagen de Hezbolá en todo el país, no solo entre los sectores chiitas que lo respaldaban, sino también entre comunidades cristianas, drusas y sunitas. Esta propaganda fue facilitada y amplificada por dirigentes con ambiciones desmedidas, como el líder del Movimiento Patriótico Libre, Michel Aoun, apenas diez meses después de su regreso del exilio en Francia, así como por numerosos políticos de las distintas comunidades libanesas, entre ellos el líder del Partido Democrático, Talal Arslane, y algunos disidentes de los partidos soberanistas que habían sido captados por los servicios de seguridad de la época. La simpatía hacia las milicias también se abrió paso dentro de las instituciones del Estado. Funcionarios elogiaban la lógica de la “resistencia”, justificaban prácticas ilegales y, poco a poco, se fue instalando una pérdida de la cultura del Estado de derecho. Este reemplazo de la cultura soberanista, fundamento del Estado, por otra basada en la subordinación a una milicia con una ideología religiosa sectaria, se infiltró en nombre de la “resistencia” en los aparatos militares, de seguridad, administrativos y judiciales del Líbano. El país continúa sufriendo las consecuencias hasta hoy, debido a la profundidad de esa transformación cultural. Durante todos esos años, numerosos políticos libaneses se sintieron cómodos bajo la ocupación siria y siguen sintiéndose cómodos bajo la hegemonía de Hezbolá. Estos dirigentes nunca hicieron esfuerzos por defender la dignidad nacional y durante décadas prefirieron concentrarse en sus intereses particulares, mezclando negocios, asuntos de Estado y populismo. Despliegue del Ejército en el sur e incidentes con Hezbolá A pesar del compromiso alcanzado entre la legalidad del Estado y el arsenal de Hezbolá, desde septiembre de 2006 comenzaron a registrarse incidentes durante el despliegue del Ejército libanés en el sur del país, tras la retirada israelí iniciada el 17 de agosto. Estos incidentes se manifestaron, por ejemplo, cuando el Ejército interceptó camiones cargados con municiones procedentes de Siria con destino al valle de la Becá y desde la Becá hacia el sur del Líbano. Los militares responsables de esas incautaciones, comprometidos con su misión y con un fuerte sentido del deber, se veían frustrados por decisiones políticas que los obligaban a devolver las municiones confiscadas o a liberar de inmediato los vehículos detenidos y a los milicianos que los acompañaban. Otro ejemplo de los obstáculos para restaurar la soberanía del Estado fue la delimitación de zonas, a menudo boscosas y fortificadas, cuyo acceso estaba prohibido a las fuerzas legales libanesas, tanto el Ejército como las Fuerzas de Seguridad Interna, por instrucciones del presidente de la República, Émile Lahoud. Estas áreas eran controladas exclusivamente por combatientes de Hezbolá. Cuando los ciudadanos intentaban acercarse, los milicianos se lo impedían, alegando en algunos casos que se trataba de “reservas naturales” o afirmando abiertamente que eran zonas bajo control de la milicia, convertidas de hecho en enclaves excluidos de la autoridad del Estado dentro del área donde estaba desplegado el Ejército en el sur del Líbano. Lea también sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (12) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (11) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? 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¡Para Hezbolá, el conflicto actual es la prolongación de la batalla de Kerbala!

La semana pasada concluyó el domingo con dos acontecimientos de innegable importancia. El primero fue la visita del primer ministro Nawaf Salam a Bagdad, donde mantuvo conversaciones con los dirigentes iraquíes de carácter principalmente económico. Acompañado por el ministro de Energía Joe Saddi, el jefe de gobierno discutió con su homólogo iraquí la posibilidad de incluir la refinería de Trípoli en la reactivación del oleoducto que une Irak con Siria, con miras a la exportación del petróleo iraquí. Un acuerdo en ese sentido fue firmado hace unos días entre Siria e Irak, y el gobierno libanés busca relanzar el papel de la refinería de Trípoli en ese contexto. El segundo acontecimiento tiene un carácter macropolítico y supranacional: un intercambio de mensajes entre Hezbolá y el escurridizo y misterioso Guía Supremo iraní Moujtaba Jamenei. De dicho documento se desprende que Hezbolá reafirma su lealtad al Guía iraní, subrayando en ese acuerdo que el conflicto actual en la región es «la prolongación de la batalla de Karbala». Reafirmando su determinación de continuar con «la resistencia armada», Hezbolá hace hincapié en su «plena solidaridad con Irán y los Guardianes de la Revolución Islámica», añadiendo que el partido «permanece bajo la conducción del jeque Naïm Kassem» y sigue siendo «fiel al liderazgo de Moujtaba Jamenei». En continuidad con la reafirmación del acto de lealtad expresado por Hezbolá, un mensaje atribuido a Moujtaba Jamenei y dirigido al partido proiraní subraya que «la perseverancia en el camino de la resistencia traerá la victoria divina prometida a los muyahidines que transitan por el sendero de la verdad». Tregua en el frente estadounidense-iraní En el plano de las operaciones militares, el frente estadounidense-iraní atraviesa desde el viernes por la noche una precaria calma. Tras 13 días consecutivos de bombardeos estadounidenses en territorio iraní y de represalias iraníes contra los países vecinos del Golfo, las noches del viernes y del sábado transcurrieron en calma, mientras el frente yemení se inflama y el sur del Líbano se mantiene, por ahora, lejos de la escalada. La guerra estadounidense contra Irán acaba de tomar un nuevo rumbo hacia un futuro que sigue siendo incierto. Cuando la escalada era palpable desde hacía unos 13 días, y la semana estuvo marcada por masivos bombardeos estadounidenses en territorio iraní y continuas represalias iraníes contra los países vecinos del Golfo y Jordania, la tensión militar cayó bruscamente el viernes. Los iraníes acaban de vivir su segunda noche de calma, según se puede constatar este domingo por la mañana. De acuerdo con medios estadounidenses, esta tregua proviene de una orden dada por el presidente Donald Trump el viernes. Los iraníes también suspendieron sus ataques contra los países vecinos. Varios interrogantes acechan a los medios tras este desarrollo. ¿Es esta tregua temporal o está llamada a perdurar? ¿A qué debería dar lugar: a nuevas negociaciones o a un agravamiento del conflicto con, por ejemplo, combates terrestres? ¿Qué motivó realmente la decisión de Trump? Este último interrogante es crucial. Porque para numerosos medios estadounidenses, como el New York Times o CNN , el gobierno estadounidense temería el agotamiento del arsenal de misiles de interceptación destinados a proteger a los países del Golfo. También teme una ampliación del conflicto en Oriente Medio. Trump, por su parte, sigue enviando señales contradictorias. Al tiempo que asegura contemplar ataques aún más contundentes contra Irán, afirmó sin embargo estar «hablando (con los dirigentes iraníes) en este momento», considerando que se están volviendo «cada vez más serios» por «una razón obvia», aludiendo a los devastadores bombardeos llevados a cabo por la aviación estadounidense. Esta repentina calma contrasta con el comportamiento israelí de los últimos días. Marginados de los últimos ataques contra Irán, pese a haber sido el socio privilegiado —cuando no el instigador— del inicio de esta guerra contra Irán a finales de febrero, los israelíes han adoptado medidas de precaución extremas durante esta semana, pidiendo a su población que esté lista para refugiarse en los búnkeres en cualquier momento. Varias aerolíneas han suspendido sus vuelos a Tel Aviv en los últimos días. Según algunas informaciones, los israelíes habrían manifestado su disposición a llevar a cabo ataques precisos en territorio iraní, pero habrían sido frenados por el presidente Trump. Sin embargo, el domingo por la mañana, el gobierno israelí aprobó la prórroga del estado de emergencia hasta el 11 de agosto. En cualquier caso, una cita que hay que seguir de cerca la próxima semana es el encuentro previsto entre el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y el presidente estadounidense, en Washington, el martes. Netanyahu tardó en conseguir esta reunión, señal de que las tensiones persisten entre ambos hombres en torno a la guerra en Irán. ¿Logrará el primer ministro israelí influir en las decisiones de su socio estadounidense, teniendo en cuenta que ambos deben hacer frente a cruciales plazos electorales internos en los próximos meses? Para el presidente Trump, las elecciones de mitad de mandato podrían resultar complicadas, ya que el alza de los precios del petróleo y la inflación, vinculadas a la guerra en Irán, han mermado seriamente su popularidad. En cuanto a Netanyahu, una vez más se juega su futuro político. Sin embargo, estas diferencias y estos cálculos no cambian demasiado la relación estratégica entre ambos países. Un hecho vino a reforzar esta tesis esta semana: el jueves, el secretario de Energía estadounidense anunció un próximo acuerdo con Arabia Saudita para el desarrollo de un programa nuclear civil, lo que generó inquietud entre legisladores demócratas y sectores israelíes, que afirman temer una nueva carrera armamentística nuclear en Oriente Medio. Ese mismo día, el presidente Trump publicó un mensaje en su red social Truth Social , de contenido sorprendente: asegura que ese acuerdo con los saudíes solo puede materializarse si su país reconoce a Israel y firma los Acuerdos de Abraham, ya ratificados por varios países del Golfo. Satisfacción del lado israelí, donde Netanyahu considera que sería «un avance histórico». Del lado saudí, silencio. Un primer despliegue turbulento del ejército en el sur del Líbano Sobre el terreno, es inevitable constatar que, si bien Irán respetó esta tregua implícita con Estados Unidos conteniendo sus misiles y sus drones durante dos días, el frente yemení, del lado de los rebeldes hutíes pro-iraníes, sigue escalando. Los rebeldes hutíes se mostraron amenazantes durante toda la semana, dirigiendo sus misiles hacia Arabia Saudita —por primera vez desde 2022— y complicando el tránsito de barcos por el mar Rojo. Atacaron así dos petroleros saudíes durante esta semana (solo uno, según las autoridades saudíes). En respuesta, el gobierno yemení legítimo pro-saudí lanzó ataques contra las regiones controladas por los rebeldes. Este frente yemení activado por los iraníes parece, por ahora, eclipsar el frente del sur del Líbano. Hezbolá sigue sin responder a las continuas operaciones israelíes en las zonas ocupadas e incluso más allá. Si bien declaran respetar el alto el fuego —en particular el negociado por los iraníes en el marco del proceso de Islamabad, y no el obtenido por las autoridades libanesas en el acuerdo marco firmado directamente con los israelíes en Washington—, los dirigentes de la milicia pro-iraní tienen en cuenta el agotamiento de sus tropas, pero también, y sobre todo, el de su base social, gran parte de la cual sigue desplazada. También en el sur del Líbano, el martes se produjo un acontecimiento decisivo en el marco del acuerdo marco libano-israelí: el despliegue del ejército libanés en un pueblo situado en los límites de la zona ocupada, Zawtar el-Gharbiya. La entrada del ejército libanés en esta localidad no estuvo exenta de incidentes: las fuerzas israelíes dispararon en dirección a los soldados libaneses, sin causar víctimas, alegando que los vehículos libaneses habían penetrado fuera de la zona acordada. El ejército libanés desmintió categóricamente estas afirmaciones. Aoun en Washington Con todo, las autoridades libanesas, blanco habitual de las críticas del eje iraní, persisten en su búsqueda de una paz duradera. Así lo demuestra el desplazamiento del primer ministro libanés Nawaf Salam el miércoles a Zawtar el-Gharbiya, donde plantó una bandera libanesa y transmitió un mensaje tranquilizador a la población del sur sobre el compromiso del Estado con ella. La visita del comandante en jefe del ejército, Rodolphe Haykal, al día siguiente vino a reforzar esa impresión. Este mensaje es más crucial que nunca para las poblaciones de las zonas devastadas. Las primeras reacciones de los habitantes de Zawtar al contemplar los destrozos, tras haber recibido autorización para regresar a inspeccionar sus bienes después del despliegue del ejército, son desgarradoras. Sin embargo, el acontecimiento clave de esta semana en el proceso de restauración del prestigio del Estado tuvo lugar en Washington. Presente en Estados Unidos desde el sábado, con una apretada agenda de reuniones con funcionarios estadounidenses —entre ellos el secretario de Estado Marco Rubio el domingo—, el presidente libanés Joseph Aoun fue recibido el martes por el presidente estadounidense Donald Trump en la Casa Blanca. En cuanto a las formas, la rueda de prensa conjunta de ambos presidentes mostró una auténtica sintonía entre los dos jefes de Estado, y el mensaje transmitido fue el de un avance positivo en las relaciones entre ambos países. En cuanto al fondo, todos los indicios también fueron favorables. Esa misma noche, el presidente estadounidense anunció una medida simbólica pero significativa: la reanudación de los vuelos directos entre Estados Unidos y Beirut, interrumpidos desde hace más de 40 años. El presidente libanés, por su parte, expresó en repetidas ocasiones tras este encuentro su confianza en que el país se encuentra en el buen camino. Ciertamente, las dudas persisten y los desafíos siguen siendo enormes, pero esta cita en Washington no habrá sido en vano. Como era de esperar, la visita del presidente a la capital estadounidense y su actuación le valieron un amplio respaldo dentro de la clase política libanesa. Incluso Nabih Berry, presidente del Parlamento y líder de Amal —aliado de Hezbolá—, que se había distanciado de las decisiones del presidente en las últimas semanas, lo llamó a su regreso. Hezbolá, en cambio, continúa disparando con dureza contra Aoun: en un comunicado mordaz difundido el jueves, el partido acusó al presidente de haber «fracasado en obtener la menor reivindicación nacional soberanista», señalando que «no logró ningún compromiso estadounidense respecto a una retirada israelí». En este aspecto también, la milicia chií parece estar cada vez más aislada. El presidente recibió el sábado un nuevo impulso de confianza durante la misa de beatificación del «padre del Gran Líbano», el patriarca Elias Howayek, celebrada en la sede de verano del patriarcado en Dimane (Becharre, norte del Líbano), a través de las palabras del patriarca maronita Bechara Rai. En este acto religioso y político, que reunió a personalidades de todas las comunidades —con la sorprendente ausencia de Nabih Berry—, el prelado saludó «las señales positivas» emanadas del encuentro de Washington y reiteró su apoyo al presidente.

La centralidad de la lengua siríaca en la tradición maronita 1/7

Al salir de un recital maronita en lengua siríaca, los espectadores se sorprenden de haber sentido las palabras y la espiritualidad en lo más profundo de su ser. Han experimentado emociones de una intensidad inusual, incluso más intensa que cuando se trata de una lengua que comprenden. Se preguntan entonces: ¿cómo puede una lengua que ya casi nadie entiende penetrarlos con mayor fuerza que un idioma aprendido en las aulas escolares? La lengua del alma El siríaco se encuentra en el origen de la espiritualidad maronita, como lo fue para las demás Iglesias antioquenas. Aunque marginada, esta lengua permanece inscrita en la quintaesencia de la identidad maronita. Habla al espíritu, alimenta la interioridad y sacia una sed espiritual. A través de su sonoridad, su ritmo y la riqueza de sus imágenes poéticas, el siríaco abre un espacio interior singular. Incluso cuando los fieles ya no comprenden perfectamente la lengua, la perciben como una parte de sí mismos. Como señaló el liturgista jesuita Robert Taft, la participación litúrgica no se reduce a la comprensión intelectual del texto; también compromete una memoria simbólica, sensorial y afectiva que forma parte plena de la experiencia del rito. Tras un enfoque histórico y luego lingüístico, esta serie de siete artículos pretende mostrar cómo la pérdida de una lengua, con el pretexto de abrirse al entorno y al mundo, conduce a la ilusión de una fe absoluta. La búsqueda de una religión puramente espiritual, desligada de toda herencia, desarraigada y liberada de las identidades, puede entonces transformarse en ideología. Calcedonia Desde el punto de vista histórico, no puede sino constatarse la íntima relación existencial entre la lengua siríaca y los maronitas como Iglesia y como pueblo. En este sentido, el concilio de Calcedonia, convocado en el año 451 por el emperador bizantino Marciano y su esposa Pulqueria, resulta determinante: Este cuarto concilio ecuménico afirmó claramente el diofisismo, es decir, las dos naturalezas, humana y divina, de Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios. “Un solo Cristo reconocido en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación”, proclama la profesión de fe conocida como el “Símbolo de Calcedonia”. Los siríacos, cuyo enfoque teológico era más antropológico que filosófico, tenían dificultades para captar estas sutilezas, tanto más cuanto que su vocabulario no siempre permitía distinguir tales matices. Más allá de la controversia teológica, estos cristianos temían el riesgo de asimilación política y cultural por parte del Imperio bizantino de lengua griega. Ante la disyuntiva entre la unidad eclesiástica y la preservación de su identidad cultural, frente a la asimilación griega, los siríacos occidentales se dividieron en tres grupos: 1- Un primer sector optó por la unidad cristiana, adoptando el concilio con todas sus implicaciones litúrgicas, culturales e incluso identitarias. Plenamente integrada en la Iglesia imperial bizantina, esta comunidad es conocida hoy como grecortodoxa, melquita o rum (romanos de Oriente). 2- El segundo grupo, profundamente apegado a su identidad cultural, rechazó el concilio en su totalidad. Aunque miafisita (reconociendo las dos naturalezas humana y divina de Cristo, pero fusionadas en una sola), fue calificado de monofisita. Conocida en la Edad Media como jacobita, hoy se denomina Iglesia siríaca ortodoxa. 3- El tercer sector rechazó estas dos opciones radicales para elegir una vía de compromiso y síntesis: la unidad cristiana calcedónica, sin renunciar a su apego incondicional a la lengua siríaca. Este grupo se convirtió, en el siglo VII, en una Iglesia antioquena maronita autocéfala, con san Juan Marón como primer patriarca. Sin este apego inquebrantable a la lengua, la cultura, la identidad y la espiritualidad siríaca, la Iglesia maronita probablemente nunca habría existido. Se habría disuelto, como el resto de los calcedonianos, en la cultura imperial bizantina. San Juan Marón La idea misma del Líbano tiene su origen en la obra de este primer patriarca, san Juan Marón, quien otorgó a su nueva Iglesia una dimensión nacional. A diferencia de las demás iglesias siríacas, melquitas y coptas, la de San Juan Marón no se limitó al ámbito espiritual; se dotó de los atributos propios de una nación. Este patriarca estableció así sus fundamentos territoriales (el Monte Líbano), religiosos (el cristianismo calcedoniano), militares (los mardaítas) y lingüísticos (el siríaco). Los mardaítas, un pueblo guerrero probablemente originario del Cáucaso, tenían como misión defender el Levante. Tras el tratado de paz concluido en 667 entre el califa Muawiya y el emperador Constantino IV, este último ordenó la retirada de sus tropas mardaítas del Líbano. Una segunda retirada de doce mil mardaítas tuvo lugar bajo Justiniano II. Los mardaítas que permanecieron en el lugar constituyeron entonces la columna vertebral militar de los maronitas. Si la organización militar representa una condición esencial para el surgimiento de una entidad política, la lengua sigue siendo la piedra angular de toda construcción nacional. San Juan Marón la situó en el centro de su proyecto espiritual, convirtiendo el siríaco en lengua litúrgica, sagrada y simbólica.

¡Integración, no confrontación!
Por
Rami Rayess
Publicado

Es cierto que traducir la visita del presidente de la República Libanesa, Joseph Aoun, a la Casa Blanca en resultados políticos concretos requerirá tiempo y un esfuerzo sostenido, por múltiples razones. Pero también es cierto que las formas importan en las relaciones entre los Estados, especialmente cuando se trata de un presidente tan impredecible como Donald Trump, conocido por conceder, en ocasiones, mayor peso a la relación personal que a las consideraciones institucionales en su trato con jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo. La escena ocurrida en la Oficina Oval, donde el presidente ucraniano Volodímir Zelenski fue reprendido públicamente ante las cámaras de todo el mundo, permanece viva en la memoria colectiva. Por ello, no puede subestimarse la dimensión simbólica de las cumbres presidenciales, especialmente para un país pequeño como el Líbano, cuyo mayor activo sigue siendo la reputación de sus ciudadanos, capaces de integrarse en las sociedades que los reciben y de alcanzar en ellas las más altas responsabilidades políticas, económicas y sociales. Todo indica que el viejo lema según el cual “la fuerza del Líbano reside en su debilidad” ha vuelto a abrirse paso en el escenario político libanés, sobre todo después del derrumbe de todos los eslóganes relacionados con el llamado “equilibrio de la disuasión” y otros conceptos que perdieron todo significado tras las guerras de 2024 y 2026. En cualquier caso, siempre ha sido una idea profundamente equivocada, y volver a ella sería un grave error. Si bien es cierto que el Líbano no puede aspirar a construir un arsenal militar comparable al de otros Estados para defender su territorio y sus fronteras, confiar exclusivamente en los “amigos del Líbano”, como ha sugerido un dirigente político, tampoco constituye una solución. La diplomacia y la política exterior de un Estado no pueden edificarse únicamente sobre amistades. En política no existen amistades permanentes. Lo que hoy coincide con los intereses de un país puede dejar de hacerlo mañana, sin explicación ni justificación. No menos importantes que la cumbre entre el Líbano y Estados Unidos fueron las declaraciones políticas pronunciadas por el presidente Aoun durante la recepción organizada por la Embajada del Líbano en Washington. Sus palabras reflejaron una comprensión profunda de los dilemas que enfrenta hoy el país y de la manera de superarlos, conciliando el interés nacional supremo, la soberanía y el monopolio de las armas en manos del Estado con la necesidad igualmente esencial de evitar que estalle un conflicto interno o que las confrontaciones regionales se trasladen al escenario libanés, poniendo en riesgo la estabilidad y la paz civil. La afirmación del presidente de que Hezbolá no es una fuerza mercenaria reviste, en ese sentido, una importancia particular. Sus integrantes son los hijos del sur del Líbano, por profundas que sean las discrepancias que muchos libaneses mantienen con ellos, y por más que su doctrina religiosa haya pasado a formar parte de un proyecto político cuyos fundamentos rebasan las fronteras y las capacidades del Líbano. La respuesta no reside en la confrontación, sino en la integración, y esta solo podrá alcanzarse mediante una visión nacional integral capaz de reconstruir la confianza entre el Estado y los distintos componentes de la sociedad libanesa. La brecha entre esos distintos componentes de la sociedad libanesa y el Estado no deja de ampliarse por múltiples razones. Algunas están arraigadas en convicciones profundamente interiorizadas por determinados sectores de la población, convicciones que no resulta fácil abandonar ni cuestionar mediante planteamientos políticos, sociales o, con mayor razón, religiosos. Otras responden a un largo legado histórico marcado por la incapacidad del Estado, y en ocasiones por su falta de interés, para proteger al sur del Líbano y a sus habitantes, dejándolos expuestos a las agresiones israelíes incluso antes del surgimiento de Hezbolá. A ello se suman la debilidad estructural del Estado, la concentración de la actividad económica en la capital y las grandes ciudades, así como el abandono, deliberado o no, de las zonas rurales, la agricultura, la artesanía y las pequeñas industrias locales, elementos indispensables para que sus habitantes puedan permanecer en su tierra. En ese contexto, resulta indispensable que las medidas de la próxima etapa avancen de manera simultánea, con el fin de ir cerrando gradualmente esa profunda brecha. El Estado debe ocupar de inmediato el vacío en los ámbitos político, de seguridad y económico, reafirmando su presencia allí donde ha estado ausente durante demasiado tiempo. El gesto simbólico del primer ministro Nawaf Salam, al plantar la bandera libanesa en Zawtar al-Gharbiya tras la retirada israelí, se inscribe plenamente en esa lógica. Ahora debe ir acompañado de iniciativas similares en todos los niveles. Si ese es uno de los imperativos en el plano interno, la prioridad en el ámbito externo consiste en fortalecer a las Fuerzas Armadas Libanesas como principal garante de la paz civil, dotándolas de los medios necesarios para cumplir plenamente sus responsabilidades, tanto en la preservación de la estabilidad interna como en la consolidación del monopolio de las armas en manos del Estado. Ese objetivo debe perseguirse, ante todo, en cumplimiento del Acuerdo de Taif, antes incluso de responder a cualquier exigencia externa, y como una forma de evitar nuevas guerras fuera de todo control, que una y otra vez han sumido al Líbano en la destrucción y el colapso. Fortalecer a las Fuerzas Armadas Libanesas, desarrollar sus capacidades y seguir consolidándolas constituye la piedra angular de la próxima etapa, sin menoscabar su doctrina militar, al menos mientras no se esclarezca plenamente la situación en el sur del Líbano, Israel no complete su retirada y los territorios ocupados no hayan sido plenamente recuperados. Solo el Estado sigue siendo el garante fundamental de todos los libaneses, aunque en las actuales circunstancias políticas todavía no disponga de los medios necesarios para ofrecer una protección plena. Parte de esa capacidad depende también de su aptitud para reunir a los libaneses en torno a su proyecto nacional, porque todos los proyectos paralelos han terminado demostrando un fracaso rotundo.

Mundial: el juego, el poder y la memoria
Por
Yakzan Takki
Publicado

La Copa Mundial de la FIFA 2026 concluyó con un éxito del que pueden presumir tanto la FIFA como Estados Unidos y la afición. Se prevé que los ingresos del torneo alcancen los 13 mil millones de dólares, lo que lo convierte en el evento deportivo más rentable de la historia. Un resultado que fortalece aún más la posición de Gianni Infantino de cara a su reelección como presidente de la FIFA el próximo año. Esta Copa del Mundo también figuró entre los eventos deportivos más costosos jamás organizados en Estados Unidos. En el mercado secundario, el precio de los boletos alcanzó niveles récord, con un promedio de compra de 10,800 dólares y boletos individuales que llegaron a venderse por 32,000 dólares. Que eso sea una buena o una mala noticia depende, al final, de si uno compra… o vende. Aunque las condiciones meteorológicas obligaron a interrumpir algunos partidos, estuvieron muy lejos de provocar las decenas de aplazamientos que muchos temían. Del mismo modo, las pesadillas logísticas que se pronosticaban para el primer Mundial organizado conjuntamente por tres países, Estados Unidos, México y Canadá, nunca llegaron a materializarse. Con 48 selecciones y 104 partidos, el torneo ofreció esas sorpresas que representan la magia y la imprevisibilidad que distinguen a una Copa del Mundo. Cabo Verde, el segundo país más pequeño en clasificarse para un Mundial, se convirtió en una de las revelaciones del torneo al empatar con España en su partido inaugural. Noruega, de regreso a la Copa del Mundo tras una larga ausencia, alcanzó los cuartos de final gracias a su imponente delantero Erling Haaland, quien rápidamente se ganó el cariño de la afición, mientras los seguidores noruegos popularizaban su ya célebre “aplauso vikingo”. Canadá y Egipto también escribieron un nuevo capítulo en su historia mundialista. Egipto avanzó hasta los octavos de final, convirtiéndose en una de las nueve selecciones africanas que alcanzaron la fase de eliminación directa. Entre las seis confederaciones de la FIFA, África incluso superó a Europa, al colocar a trece equipos más allá de la fase de grupos. Lionel Messi disipó cualquier duda que pudiera quedar sobre su lugar entre los más grandes jugadores en la historia de la Copa del Mundo, si no del fútbol mismo. Al conducir a su selección hasta la final, abandonó la cancha del MetLife Stadium convertido en apenas el segundo futbolista en disputar tres finales mundialistas. Sin embargo, esos logros no deben ocultar las zonas más oscuras del torneo. Esta edición pasará a la historia como la Copa del Mundo más politizada de todos los tiempos y la primera organizada mientras el país anfitrión, Estados Unidos, estaba en guerra con Irán. Las consecuencias fueron inmediatas, empezando por la negativa a conceder visas a más de una docena de integrantes de la delegación oficial iraní. El Departamento de Estado estadounidense también negó la entrada al árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, alegando “preocupaciones de seguridad que requerían una revisión más exhaustiva.” Al mismo tiempo, aunque el sistema de Asistencia Arbitral por Video (VAR) fue concebido originalmente para alertar al árbitro central sobre errores claros y manifiestos o incidentes graves que hubieran pasado inadvertidos, terminó por convertirse en un actor cada vez más intervencionista a lo largo del torneo. Anuló un gol de Croacia y privó a Egipto de lo que pudo haber sido el tanto de la victoria. Sus críticos sostienen que el VAR ha ido despojando al arbitraje de su margen de criterio humano, arrebatándole al fútbol buena parte de su dramatismo. El fútbol es, ante todo, un arte. Es precisamente ese margen de incertidumbre lo que hace que millones de personas se enamoren de este deporte. A ello se sumó un episodio tan insólito como polémico: la intervención del presidente Donald Trump, quien se atribuyó el mérito de decisiones arbitrales relacionadas con el delantero Folarin Balogun, llegando incluso a afirmar que había intervenido personalmente para lograr la suspensión de una tarjeta roja. Pero, como siempre en la FIFA, el dinero manda. A pesar de las controversias que han rodeado a Gianni Infantino durante el último año, parece haber perdido muy pocos apoyos. España, por lo tanto, no fue la única ganadora de este Mundial. La competición terminó convirtiéndose también en una prolongación de las relaciones internacionales y en una de las expresiones más visibles del soft power. La Copa del Mundo es, quizá, el último lenguaje verdaderamente universal que aún habla la humanidad. Crea memoria al mismo tiempo que forja un sentido de pertenencia. En ese universo, la FIFA, Donald Trump, Gianni Infantino, el dinero, los patrocinadores y el VAR no son fenómenos aislados. Todos ellos reflejan una misma realidad: la política ya no observa el partido desde las tribunas; ahora también juega el partido. Y, sin embargo, pese a todos los intentos de politizar el fútbol, la gente sigue llorando por un gol, celebrando una sorpresa y creyendo que una selección pequeña todavía puede derrotar a una potencia futbolística. Esa es una forma de justicia simbólica que la política nunca podrá comprar por completo. Desde el primer Mundial celebrado en Uruguay en 1930, seguido por los de Italia en 1934, Inglaterra en 1966 y el de 2002, la máxima competición del fútbol mundial jamás ha estado libre de controversias y escándalos. El fútbol puede convertirse en un sustituto pacífico de la guerra. También puede ayudar a la afición de todo el mundo a reconocer aquello que la une, más que aquello que la divide, por encima de los conflictos políticos, las acusaciones de corrupción o el llamado sportswashing. Pero esa no es toda la historia. La Copa del Mundo puede ser un lujo. Sin embargo, es un lujo al que prácticamente nadie está dispuesto a renunciar. Cada cuatro años, millones de aficionados se escapan discretamente del trabajo para ver los partidos, permiten que sus hijos permanezcan despiertos hasta altas horas de la noche y ponen en pausa la vida cotidiana, aunque sea durante noventa minutos. Nadie puede arrebatarles ese placer. La Copa del Mundo es una extraordinaria máquina de fabricar recuerdos. Los aficionados veteranos recuerdan exactamente dónde estaban durante las mayores victorias de su selección y sus derrotas más dolorosas, y con quién compartieron esos momentos: un padre que ya no está, un amigo, un hijo que hoy ya es adulto. El fútbol mantiene viva la esperanza de que un futuro diferente siga siendo posible, uno en el que los más modestos puedan romper la jerarquía establecida y alcanzar la cima, aunque solo sea durante un torneo. Es un drama que nunca desaparece del todo, reflejado incluso en los himnos nacionales, impregnados ellos mismos por la memoria de la guerra, de los soldados y del sacrificio. La proliferación de las teorías de la conspiración es, por sí sola, una muestra de la extraordinaria pasión que la Copa del Mundo despierta en todos los rincones del planeta. Según la FIFA, cerca de tres mil millones de personas siguieron por televisión la final de 2026. Una audiencia de esa magnitud genera enormes ingresos provenientes de los derechos de transmisión, los contratos de patrocinio, la venta de boletos y los paquetes de hospitalidad. Al igual que sus longevos predecesores, Sepp Blatter y João Havelange, Gianni Infantino ha demostrado una notable habilidad para codearse con los hombres más poderosos del mundo. Recibió de manos de Vladimir Putin la Orden de la Amistad y creó el Premio de la Paz de la FIFA, que posteriormente entregó a Donald Trump. Al ampliar el torneo a 48 selecciones, la FIFA también amplió la red de intereses, rivalidades y cálculos geopolíticos en un contexto internacional cada vez más inestable. El conocido llamado a “mantener la política fuera del deporte” no deja de ser una cómoda ilusión. Nadie debería esperar que el deporte fuera un santuario inmune a toda influencia política. Lo que sí puede y debe exigirse es una mayor coherencia, transparencia y rendición de cuentas. La tecnología puede contribuir a alcanzar esos objetivos, pero también puede complicarlos cuando las decisiones quedan ocultas tras el telón digital del VAR (Video Assistant Referee). Sobre los gustos no hay discusión, aunque una pequeña minoría, por sensibilidad estética, vea en las camisetas de fútbol el símbolo de un deporte inherentemente violento. La realidad es que el fútbol cautiva a casi todo el mundo porque despierta algo profundamente arcaico: la necesidad del ritual colectivo. Como observó el sociólogo Émile Durkheim, las cosas sagradas “están separadas y rodeadas de prohibiciones”. Para muchos, el fútbol se ha convertido en un auténtico día de culto, un rito que alimenta el orgullo comunitario y reúne pacíficamente a las personas en torno a identidades compartidas. Satisface el deseo de pertenecer a algo más grande que uno mismo mediante lo que Durkheim denominó “efervescencia colectiva” (collective effervescence), creando vínculos entre personas que, de otro modo, tendrían muy poco en común, unidas por la celebración de una victoria inesperada. Esta dinámica también abre la puerta a posibilidades inesperadas. La lealtad a la nación, expresada a través de la identidad nacional de un futbolista, puede resultar mucho más compleja de lo que parece a primera vista. El delantero estadounidense Folarin Balogun, nacido en Estados Unidos de padres nigerianos y también elegible para representar a Inglaterra, es un buen ejemplo de ello. Apoyar a una selección nacional también significa abrazar el pluralismo y la capacidad de las sociedades para crear nuevas síntesis identitarias, en las que el “yo” se transforma en un “nosotros”. Fue precisamente esa dinámica la que logró reunir a los habitantes de Nueva York en torno a una misma emoción. El teólogo católico Michael Novak sostenía que “el deporte brota de un profundo impulso natural hacia la excelencia”. La política también apela a los instintos tribales. El fútbol, sin embargo, ofrece a esos impulsos un escenario infinitamente menos cruel que el campo de batalla e incluso menos divisivo que las urnas. Quizá esa sea, al final, la misericordia más discreta del fútbol.

El conflicto iraní enciende nuevos frentes
Por
LevantTime .
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Los rebeldes hutíes de Yemen, aliados de Teherán, atacaron el sábado instalaciones petroleras en Arabia Saudí en represalia por bombardeos de Riad, marcando una nueva escalada en un frente adicional de la guerra que sacude Oriente Medio. Aunque las autoridades saudíes no se han pronunciado al respecto, las fuerzas aéreas griegas, encargadas de operar un sistema de defensa aérea en Arabia Saudí, anunciaron haber interceptado dos misiles y un dron lanzados desde Yemen con destino a Yanbu. Tras intensificar en los últimos meses sus ataques contra los países del Golfo en represalia por los bombardeos estadounidenses, Teherán parece abrir ahora un nuevo frente a través de sus aliados hutíes contra la coalición liderada por Riad. Estos nuevos enfrentamientos en la estratégica zona del mar Rojo, mientras el estrecho de Ormuz permanece bloqueado en el otro extremo de la península Arábiga, alimentan la preocupación por el transporte mundial de hidrocarburos. Ante esta nueva escalada, Donald Trump amenazó esta semana a los hutíes y a Irán con un «castigo militar mayor». El presidente estadounidense aseguró mantener abierta la vía diplomática y continuar el diálogo con los dirigentes iraníes, al tiempo que advirtió de que podría infligir a la República Islámica «un nivel de ataques mucho peor». El viernes, varios medios estadounidenses informaban de conversaciones en torno a una posible operación militar a gran escala. Baréin y Kuwait: una inusual respuesta del Golfo Desde hace varias semanas, Irán concentra sus ataques de represalia en Baréin y Kuwait, dos países que albergan bases militares estadounidenses. Con fuerzas aéreas relativamente modestas, equipadas con aviones americanos y europeos, ambos Estados del Golfo ya no están dispuestos a permitir que Teherán los golpee impunemente. Según el Wall Street Journal del viernes, Baréin y Kuwait enviaron en secreto cazas para atacar instalaciones militares en Irán, protagonizando su primera represalia directa contra la República Islámica. Llevadas a cabo a principios de mes, estas operaciones reflejan la toma de conciencia de los Estados árabes ante un conflicto que amenaza con arrastrarlos cada vez más. Los ataques habrían tenido como objetivo depósitos de drones, arsenales de misiles y otras infraestructuras militares. Los Emiratos Árabes Unidos, que ya habían participado en varias operaciones contra Irán al inicio del conflicto, habrían aportado inteligencia sobre los objetivos y cobertura aérea defensiva, señal de una cooperación militar árabe cada vez más estrecha frente a Teherán, según las mismas fuentes. En Irán, la represión continúa A pesar del alto el fuego alcanzado en abril, las ejecuciones de manifestantes, miembros de grupos prohibidos y presuntos espías continúan en Irán. Según las organizaciones de defensa de los derechos humanos, se trata de un intento de las autoridades por sofocar cualquier nuevo movimiento de protesta similar al de enero pasado. La reciente reanudación de las hostilidades preocupa aún más a estas organizaciones, que temen un endurecimiento adicional de la represión para acallar toda disidencia. Las autoridades iraníes acusan a los ejecutados de haber participado en ataques letales contra las fuerzas de seguridad o de haber atacado edificios públicos. Sin embargo, las ONG denuncian juicios arbitrarios y sumarios, así como actos de tortura. Estos casos no serían más que la punta del iceberg. Según Iran Human Rights (IHR), cerca de 400 personas han sido ejecutadas desde principios de año, principalmente en casos de asesinato o narcotráfico. Con 2.150 ejecuciones registradas el año pasado, Irán ocupó una vez más el segundo lugar a nivel mundial, por detrás de China, según Amnistía Internacional. Las tensiones se extienden a nuevos frentes Los focos de crisis siguen desplazándose por Oriente Medio, donde persiste el temor a que en cualquier momento pueda reanudarse la guerra entre Washington y Teherán. Ambas partes afirman estar preparadas para un nuevo ciclo de enfrentamientos, mientras que las perspectivas de retomar el diálogo parecen cada vez más remotas ante el endurecimiento de sus posiciones respectivas. Israel, por su parte, afirma estar dispuesto a reanudar sus ataques contra la República Islámica en caso de un ataque iraní contra su territorio o si Washington diera luz verde a una operación militar de gran envergadura. En este contexto, la visita del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu a Washington, a principios de la próxima semana, cobra una importancia especial. La oficina del jefe de gobierno israelí anunció el viernes que Netanyahu sería recibido el martes en la Casa Blanca por Donald Trump, poniendo así fin a las especulaciones alimentadas durante varias semanas sobre un deterioro de las relaciones entre ambos líderes. Este encuentro debería permitirles examinar las distintas opciones susceptibles de poner fin a un conflicto que se estanca, al tiempo que se impide a Teherán reconstituir sus capacidades militares o retomar la iniciativa diplomática desde una posición de fuerza. Otra señal de la posibilidad de una reanudación de las hostilidades: la embajada de Estados Unidos en Israel llamó a los ciudadanos estadounidenses presentes en el país a «seguir de cerca la evolución de la situación y prepararse ante una posible perturbación del tráfico aéreo». Violentos enfrentamientos con víctimas mortales en Cisjordania En Cisjordania, los habitantes de la localidad palestina de Tell dieron sepultura el sábado a cuatro hombres muertos el día anterior durante enfrentamientos con colonos israelíes. Los disturbios estallaron el viernes tras la entrada en el pueblo de una veintena de colonos procedentes del asentamiento vecino de Havat Gilad. Según el ejército israelí, un palestino se apoderó del arma de un colono antes de matar a uno de ellos. Posteriormente se produjeron intercambios de disparos que dejaron cuatro palestinos muertos y un segundo israelí fallecido. Israel lanzó de inmediato una amplia operación de seguridad, cercando la zona y cerrando los controles en toda Cisjordania, territorio palestino ocupado desde 1967. La violencia se ha intensificado notablemente en Cisjordania desde el ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023. Los ataques de colonos y las incursiones del ejército israelí contra localidades palestinas se han vuelto casi cotidianos. Estos actos son documentados habitualmente mediante vídeos difundidos en redes sociales, en ocasiones por sus propios autores. Tras lo que calificó de «atentado mortífero» que costó la vida a dos israelíes, Benjamin Netanyahu prometió actuar «con firmeza» y anunció «la aceleración de la legalización de puestos de avanzada» de colonias. Estos puestos de avanzada, formados la mayoría de las veces por unas pocas caravanas o edificios prefabricados construidos sin autorización oficial, buscan crear hechos consumados sobre el terreno. Dos sitios inscritos de urgencia en la lista del patrimonio en peligro Cabe señalar, en otro ámbito, que las fortalezas de Jabal Amel, en el sur del Líbano, así como el yacimiento arqueológico de Sebastia, en Cisjordania, fueron inscritos el viernes de urgencia tanto en la Lista del Patrimonio Mundial como en la del Patrimonio Mundial en Peligro de la Unesco. Las cinco fortalezas de Jabal Amel se encuentran en una región del sur del Líbano bombardeada con regularidad por Israel desde el inicio del conflicto. Los «elementos constitutivos» de estas construcciones fortificadas, que datan del siglo XII y fueron erigidas sobre colinas que dominan los alrededores, han sufrido daños y siguen expuestos a amenazas derivadas del conflicto armado en curso, «suficientemente graves como para justificar el recurso a un procedimiento de urgencia», subraya la Unesco. Regreso progresivo a Zawtar el-Gharbiyé En el Líbano, por fin ha aparecido un tímido signo de calma en el Sur. Los habitantes de Zawtar el-Gharbiyé han comenzado a regresar gradualmente a su pueblo, bajo la supervisión del ejército libanés, que se ha desplegado allí conforme al acuerdo marco alcanzado el 26 de junio entre Beirut e Israel. Este regreso hace pensar que la aplicación de dicho acuerdo avanza, a pesar de que el ejército israelí continúa llevando a cabo operaciones de demolición en otros sectores del Líbano Sur. Sin embargo, la retirada progresiva de las fuerzas israelíes sigue estando condicionada al despliegue completo del ejército libanés y al desmantelamiento de las infraestructuras paramilitares de Hezbolá. En Siria, Guterres pide apoyo internacional Cabe destacar, en el plano diplomático, que durante su primera visita a Siria, el secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, llamó el sábado a la comunidad internacional a apoyar a este país, inmerso en una fase de transición tras más de una década de guerra civil y la llegada de nuevas autoridades al poder. Junto al presidente Ahmad al-Chareh, también abogó por el respeto a la soberanía siria, en referencia a las incursiones israelíes en el sur del país. Esta visita es la primera de un secretario general de la ONU a Siria desde la de Ban Ki-moon en 2009. Se produce más de año y medio después de la caída, a finales de 2024, del presidente Bachar al-Ásad, derrocado por una coalición de grupos rebeldes.