

Al salir de un recital maronita en lengua siríaca, los espectadores se sorprenden de haber sentido las palabras y la espiritualidad en lo más profundo de su ser. Han experimentado emociones de una intensidad inusual, incluso más intensa que cuando se trata de una lengua que comprenden. Se preguntan entonces: ¿cómo puede una lengua que ya casi nadie entiende penetrarlos con mayor fuerza que un idioma aprendido en las aulas escolares?
La lengua del alma
El siríaco se encuentra en el origen de la espiritualidad maronita, como lo fue para las demás Iglesias antioquenas. Aunque marginada, esta lengua permanece inscrita en la quintaesencia de la identidad maronita. Habla al espíritu, alimenta la interioridad y sacia una sed espiritual. A través de su sonoridad, su ritmo y la riqueza de sus imágenes poéticas, el siríaco abre un espacio interior singular.
Incluso cuando los fieles ya no comprenden perfectamente la lengua, la perciben como una parte de sí mismos. Como señaló el liturgista jesuita Robert Taft, la participación litúrgica no se reduce a la comprensión intelectual del texto; también compromete una memoria simbólica, sensorial y afectiva que forma parte plena de la experiencia del rito.
Tras un enfoque histórico y luego lingüístico, esta serie de siete artículos pretende mostrar cómo la pérdida de una lengua, con el pretexto de abrirse al entorno y al mundo, conduce a la ilusión de una fe absoluta. La búsqueda de una religión puramente espiritual, desligada de toda herencia, desarraigada y liberada de las identidades, puede entonces transformarse en ideología.
Calcedonia
Desde el punto de vista histórico, no puede sino constatarse la íntima relación existencial entre la lengua siríaca y los maronitas como Iglesia y como pueblo. En este sentido, el concilio de Calcedonia, convocado en el año 451 por el emperador bizantino Marciano y su esposa Pulqueria, resulta determinante:
Este cuarto concilio ecuménico afirmó claramente el diofisismo, es decir, las dos naturalezas, humana y divina, de Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios. “Un solo Cristo reconocido en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación”, proclama la profesión de fe conocida como el “Símbolo de Calcedonia”.
Los siríacos, cuyo enfoque teológico era más antropológico que filosófico, tenían dificultades para captar estas sutilezas, tanto más cuanto que su vocabulario no siempre permitía distinguir tales matices. Más allá de la controversia teológica, estos cristianos temían el riesgo de asimilación política y cultural por parte del Imperio bizantino de lengua griega.
Ante la disyuntiva entre la unidad eclesiástica y la preservación de su identidad cultural, frente a la asimilación griega, los siríacos occidentales se dividieron en tres grupos:
1- Un primer sector optó por la unidad cristiana, adoptando el concilio con todas sus implicaciones litúrgicas, culturales e incluso identitarias. Plenamente integrada en la Iglesia imperial bizantina, esta comunidad es conocida hoy como grecortodoxa, melquita o rum (romanos de Oriente).
2- El segundo grupo, profundamente apegado a su identidad cultural, rechazó el concilio en su totalidad. Aunque miafisita (reconociendo las dos naturalezas humana y divina de Cristo, pero fusionadas en una sola), fue calificado de monofisita. Conocida en la Edad Media como jacobita, hoy se denomina Iglesia siríaca ortodoxa.
3- El tercer sector rechazó estas dos opciones radicales para elegir una vía de compromiso y síntesis: la unidad cristiana calcedónica, sin renunciar a su apego incondicional a la lengua siríaca. Este grupo se convirtió, en el siglo VII, en una Iglesia antioquena maronita autocéfala, con san Juan Marón como primer patriarca.
Sin este apego inquebrantable a la lengua, la cultura, la identidad y la espiritualidad siríaca, la Iglesia maronita probablemente nunca habría existido. Se habría disuelto, como el resto de los calcedonianos, en la cultura imperial bizantina.
San Juan Marón
La idea misma del Líbano tiene su origen en la obra de este primer patriarca, san Juan Marón, quien otorgó a su nueva Iglesia una dimensión nacional. A diferencia de las demás iglesias siríacas, melquitas y coptas, la de San Juan Marón no se limitó al ámbito espiritual; se dotó de los atributos propios de una nación. Este patriarca estableció así sus fundamentos territoriales (el Monte Líbano), religiosos (el cristianismo calcedoniano), militares (los mardaítas) y lingüísticos (el siríaco).
Los mardaítas, un pueblo guerrero probablemente originario del Cáucaso, tenían como misión defender el Levante. Tras el tratado de paz concluido en 667 entre el califa Muawiya y el emperador Constantino IV, este último ordenó la retirada de sus tropas mardaítas del Líbano. Una segunda retirada de doce mil mardaítas tuvo lugar bajo Justiniano II. Los mardaítas que permanecieron en el lugar constituyeron entonces la columna vertebral militar de los maronitas.
Si la organización militar representa una condición esencial para el surgimiento de una entidad política, la lengua sigue siendo la piedra angular de toda construcción nacional. San Juan Marón la situó en el centro de su proyecto espiritual, convirtiendo el siríaco en lengua litúrgica, sagrada y simbólica.