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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
Portrait de l'auteur
Par Mona Fayad
Publié sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
Portrait de l'auteur
Par Youssef Mouawad - Publié sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
Lo esencial del día
Portrait de l'auteur
Par LevantTime . - Publié sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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Guerras iraníes: ¿quién pagará el precio?
Par
Rabih Dandachli
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El enfrentamiento que sacude hoy a Oriente Medio ya no constituye simplemente un nuevo capítulo del conflicto entre Irán y sus adversarios, ni puede reducirse a una confrontación entre Teherán, Estados Unidos e Israel. Los acontecimientos recientes revelan una realidad que trasciende la propia guerra. Plantean una pregunta más fundamental: cuál será la configuración del orden regional que surgirá de esta confrontación, qué lugar ocupará Irán en él y qué futuro le espera a la red de grupos armados mediante la cual Teherán ha construido una parte esencial de su influencia en el mundo árabe. Durante muchos años, la estrategia iraní se sustentó en una ecuación relativamente sencilla: proteger su propio territorio mientras extendía su influencia y su capacidad de disuasión más allá de sus fronteras mediante una red de aliados y grupos armados que se extiende desde Irak hasta Yemen, pasando por el Líbano. Ese modelo proporcionó a Teherán lo que consideraba una «profundidad estratégica», permitiéndole ejercer presión sobre sus adversarios desde múltiples escenarios sin convertir necesariamente al territorio iraní en el principal campo de batalla. Sin embargo, la guerra actual está poniendo de manifiesto los límites de esa ecuación y podría marcar el comienzo de su inversión contra quienes la concibieron. La cuestión ya no se limita a las acciones de los aliados de Irán. Los propios países vecinos de Irán se han convertido en parte integrante del teatro de operaciones, mientras varios Estados árabes han sido blanco directo de misiles y drones iraníes. El 28 de febrero, Kuwait, Catar, los Emiratos Árabes Unidos y Baréin anunciaron haber interceptado misiles iraníes, mientras que Jordania también interceptó otros tras ingresar en su espacio aéreo. En las semanas siguientes, los ataques y sus repercusiones se extendieron a otros países del Golfo. El 11 de marzo, el Consejo de Seguridad adoptó la Resolución 2817, condenando los ataques iraníes contra Estados de la región y exigiendo a Teherán que les pusiera fin. Aquí aparece la primera paradoja que merece ser analizada: ¿cómo puede Irán exigir que se respete su propia soberanía mientras considera la de sus vecinos como una variable que puede ignorarse siempre que así lo requieran sus cálculos militares? No cabe duda de que Irán también ha sido objeto de importantes ataques militares y ha justificado su respuesta invocando el derecho a la legítima defensa. Esa realidad no puede ignorarse en ningún análisis objetivo del conflicto. Sin embargo, el derecho de un Estado a defenderse no le otorga automáticamente el derecho de convertir a otros países en una prolongación geográfica del campo de batalla, especialmente cuando esos países intentan mantenerse al margen del conflicto o contener su escalada. De exportar influencia a exportar el costo de la guerra Una de las características centrales de la política regional de Irán es que, durante las últimas décadas, no se ha limitado a ampliar su influencia política. También ha vinculado una parte de su seguridad nacional a la construcción de capacidades militares más allá de sus propias fronteras. Desde la perspectiva iraní, la lógica era sencilla: enfrentar a sus adversarios lejos del territorio iraní para disponer de un mayor margen de maniobra y de una capacidad de disuasión más sólida. Pero esa estrategia tiene otra cara: trasladar el costo de los conflictos de Irán a otros Estados y a otras sociedades . Eso es precisamente lo que confiere a los acontecimientos actuales su verdadera dimensión. Los países del Golfo, por ejemplo, ya no son los mismos de hace veinte años. Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait, Omán y Baréin están invirtiendo hoy en modelos económicos cada vez más sustentados en la estabilidad, la atracción de inversiones, la aviación, el turismo, la tecnología, la logística y una integración más profunda con los mercados mundiales. Para esos países, la seguridad ya no consiste únicamente en proteger las fronteras. Se ha convertido en uno de los pilares de su modelo económico y de su capacidad para desarrollar sus proyectos de futuro. En consecuencia, cuando sus aeropuertos, infraestructuras estratégicas, espacio aéreo o rutas marítimas pasan a formar parte de una confrontación entre Irán y un tercer actor, el asunto deja de ser un incidente militar aislado. Lo que está directamente en juego es el propio concepto de soberanía que debería regir las relaciones entre los Estados de la región. Más aún, esta política no se expresa únicamente a través del Estado iraní. Aquí comienza la segunda dimensión del problema: la de los aliados y grupos armados vinculados a Irán . Los hutíes: cuando un grupo armado decide las relaciones entre dos Estados Los acontecimientos más recientes en Yemen ofrecen quizá el ejemplo más revelador del dilema al que hoy se enfrenta la región. Los hutíes anunciaron lo que calificaron como un «bloqueo marítimo» contra Arabia Saudita y amenazaron a embarcaciones vinculadas con los puertos sauditas, llevando así la confrontación mucho más allá del conflicto interno yemení. Estas amenazas ya han obligado a petroleros que transportaban crudo saudita a modificar sus rutas, demostrando que sus consecuencias van mucho más allá del discurso político y afectan al comercio, la energía y la navegación internacional. La pregunta no debería ser únicamente: ¿por qué actúan así los hutíes? La cuestión verdaderamente importante es otra: ¿quién otorgó a un grupo armado que opera en Yemen la facultad de tomar decisiones capaces de determinar las relaciones entre ese país y un Estado vecino tan importante como Arabia Saudita, exponiendo al mismo tiempo al propio Yemen a consecuencias militares y económicas potencialmente muy graves? No se trata solamente de un problema yemení. Se encuentra en el corazón mismo de la crisis provocada, en varios países árabes, por el modelo de grupos armados que actúan paralelamente al Estado. El problema ya no consiste únicamente en que Irán cuente con aliados armados en la región. Algunos de esos aliados son ahora capaces de redefinir las relaciones de su propio Estado con los países vecinos al margen de las instituciones estatales. Y esa es una diferencia fundamental. Un partido político es libre de adoptar la posición regional que considere conveniente, de apoyar a Irán o de oponerse a él, y de expresar su postura respecto de Estados Unidos, Israel o Arabia Saudita. Eso forma parte de la actividad política. Pero cuando un partido u organización dispone de una capacidad militar autónoma que le permite transformar su postura política en una guerra que termina involucrando a todo el Estado, estamos ante una realidad completamente distinta. De Yemen al Líbano e Irak Lo que hoy pone de manifiesto el caso de Yemen recuerda, en muchos aspectos, la experiencia que ha vivido el propio Líbano, aunque las circunstancias y los contextos sean diferentes. Durante los últimos años, los libaneses han experimentado lo que significa que la decisión de entrar en guerra escape a las instituciones del Estado y dependa de cálculos que las sobrepasan, convirtiendo a un país ya golpeado por una profunda crisis económica y política en uno de los escenarios de una confrontación regional mucho más amplia. Por ello, el debate no gira únicamente en torno a la postura de los libaneses frente a Israel, ni sobre la legitimidad de la resistencia a la ocupación en determinados momentos de la historia. Plantea una pregunta mucho más concreta: ¿quién tiene hoy la autoridad para llevar al Líbano a la guerra? ¿El Estado o una organización que opera dentro del Estado? Irak enfrenta un dilema similar, aunque bajo una forma distinta. Bagdad intenta preservar sus relaciones con Irán, por un lado, y con los países árabes, Estados Unidos y la comunidad internacional, por el otro, mientras las decisiones de determinadas facciones armadas pueden colocar al Estado iraquí ante las consecuencias de acciones que su propio gobierno nunca adoptó. La confrontación actual también ha demostrado que los cálculos de algunas facciones armadas iraquíes no coinciden necesariamente, en todos los casos, con los de Teherán. Según diversos informes, grupos con los que Irán ha mantenido estrechos vínculos durante años han expresado reservas sobre involucrarse en una guerra de gran escala en la que Irak sería el primero en pagar el precio. Se trata de una evolución que merece toda la atención. Porque la pregunta que empieza a surgir dentro de esos sectores ya no es necesariamente: ¿estamos con Irán o contra Irán? La verdadera pregunta es otra: ¿Coincide necesariamente el interés de Irán en esta guerra con el interés de Irak, del Líbano o de Yemen? Los grupos armados: de la «profundidad estratégica» a la carga estratégica Quizá sea aquí donde reside la mayor paradoja de la estrategia iraní. Durante décadas, Teherán invirtió en construir una red de relaciones con grupos armados en toda la región, considerando esa red como un componente esencial de su capacidad de disuasión y de su seguridad nacional. Sin embargo, lo que durante mucho tiempo fue percibido como una fuente de profundidad estratégica podría convertirse, en el nuevo contexto regional, en una carga estratégica . Cada vez que un grupo armado utiliza el territorio de un Estado árabe para amenazar a otro Estado, aumenta la presión no solo sobre ese grupo, sino también sobre el país desde el cual opera. Y a medida que los misiles, los drones y las rutas marítimas se convierten en instrumentos utilizados por actores ajenos a las instituciones oficiales del Estado, resulta cada vez más difícil considerar las armas de esos grupos como un asunto meramente interno del país en el que se encuentran. Irán y sus aliados podrían estar cometiendo aquí un grave error estratégico si parten de la idea de que el Oriente Medio que surja de la guerra actual seguirá aceptando las mismas reglas que prevalecían antes del conflicto. La región está cambiando, y también las reglas del juego En Oriente Medio se está produciendo una transformación mucho más profunda. Arabia Saudita y los Estados del Golfo están redefiniendo sus prioridades. Otros países árabes intentan reconstruir sus instituciones después de años de guerras y divisiones internas. Existe una tendencia creciente a considerar que la estabilidad económica, la seguridad regional y la soberanía nacional ya no son asuntos separados, sino intereses estrechamente vinculados. En ese contexto, resulta difícil imaginar un orden regional estable que acepte de manera permanente la existencia de organizaciones armadas capaces de tomar, de forma autónoma, decisiones militares contra otros Estados. Ningún Estado puede exigir que sus vecinos respeten su soberanía si no ejerce, dentro de sus propias fronteras, el monopolio del uso de la fuerza y de la decisión de ir a la guerra. Y ninguna organización armada puede pretender formar parte del sistema político cuando le conviene y comportarse como un Estado independiente cuando se trata de decidir sobre la guerra y la paz. Esa ecuación puede seguir siendo viable mientras el costo de las confrontaciones permanezca limitado. Pero se vuelve mucho más frágil cuando un solo dron o un solo misil es capaz de destruir una infraestructura estratégica, paralizar un aeropuerto, amenazar una ruta marítima o arrastrar a dos Estados hacia una confrontación más amplia. Por eso, lo que hoy está en juego podría ir mucho más allá de un simple reajuste del equilibrio de poder entre Irán y sus adversarios. Podría redefinir lo que, de ahora en adelante, será considerado aceptable o inaceptable dentro del propio sistema regional de seguridad. El mayor error de cálculo de Irán El mayor error de cálculo de Teherán hoy podría ser creer que ampliar el alcance de la confrontación fortalece automáticamente su capacidad de disuasión. Eso puede ser cierto desde un punto de vista estrictamente militar, al menos durante un tiempo. Pero una estrategia no se mide únicamente por el número de frentes que un actor es capaz de abrir. También debe juzgarse por el orden político y de seguridad que esos frentes dejarán una vez terminada la guerra. Si las acciones de Irán y las amenazas lanzadas por las fuerzas alineadas con él llevan a Arabia Saudita, a los Estados del Golfo, a Jordania y a otros países a profundizar su cooperación en materia de defensa, a incrementar la presión internacional sobre los grupos armados que operan al margen del Estado y a reforzar en el Líbano, Irak y Yemen las demandas internas en favor del monopolio de las instituciones legítimas sobre las decisiones de guerra y paz, entonces Irán podría descubrir que la misma guerra mediante la cual pretendía demostrar el alcance de su influencia habrá contribuido, en realidad, a socavar el entorno que hizo posible esa influencia. Esa posibilidad no debe subestimarse. Porque el poder regional de Irán nunca ha descansado únicamente en sus misiles, su programa nuclear o sus capacidades militares convencionales. Una parte esencial de ese poder ha dependido de la capacidad de Teherán para actuar en las zonas grises del Estado árabe: un Estado que existe sin ejercer el monopolio de la fuerza; un gobierno que gobierna sin tener el monopolio de las decisiones militares; fronteras internacionalmente reconocidas que, sin embargo, no impiden el paso de armas ni la expansión del conflicto. Si esas zonas grises comienzan a desaparecer, uno de los principales pilares de la influencia regional de Irán se enfrentará a un desafío de enorme magnitud. Las guerras de Irán y las de sus aliados: ¿quién pagará el precio? El desenlace de la confrontación actual sigue abierto a múltiples escenarios. Todavía es imposible determinar con certeza qué forma adoptará el orden regional que surgirá de ella. Sin embargo, una realidad ya empieza a imponerse: una región sometida a un grado tan elevado de amenaza e inestabilidad no volverá simplemente a la situación que existía antes de la guerra. Los Estados revisarán sus alianzas, sus dispositivos de defensa, sus fronteras y sus relaciones con Irán. También replantearán su manera de entender a los grupos armados capaces de amenazarlos desde el territorio de otros Estados. Los propios aliados de Irán tendrán entonces que hacerse una pregunta quizá aún más importante que la de la victoria o la derrota en el conflicto actual: ¿Qué quedará de ellos y de sus propios Estados cuando la guerra termine? Los hutíes pueden amenazar a Arabia Saudita, pero será Yemen quien pague primero las consecuencias de una nueva guerra. Las facciones armadas iraquíes pueden decidir involucrarse en una confrontación regional de mayor alcance, pero será Irak quien cargue con sus costos económicos, políticos y de seguridad. En el Líbano, una organización armada puede considerarse parte de una ecuación regional más amplia. Pero cuando cesen los combates, serán los libaneses quienes permanezcan solos frente a la tarea de reconstruir su economía, su Estado y sus instituciones. En cuanto a Irán, puede ampliar los escenarios de confrontación y demostrar su capacidad para golpear a sus adversarios más allá de sus fronteras. Pero al hacerlo, también corre el riesgo de transformar el temor que inspira su influencia en el fundamento mismo de un nuevo orden regional concebido precisamente para contenerla. Ahí reside la gran paradoja. Lo que Irán construyó durante décadas como una fuente de profundidad estratégica podría, por un uso excesivo de ese mismo instrumento, convertirse en la principal razón por la que la región busque establecer una nueva arquitectura de seguridad destinada a impedir que cualquier Estado o grupo armado tenga el poder de decidir el destino de otros Estados. La verdadera pregunta, por tanto, ya no es si Irán y sus aliados son capaces de abrir nuevos frentes. Eso ya lo han demostrado. La cuestión más difícil es saber si son plenamente conscientes de que cada nuevo frente puede acelerar el surgimiento de un Oriente Medio que ya no estará dispuesto a aceptar las reglas que permitieron el nacimiento y la permanencia de esos aliados. Las guerras de Irán pueden tener su origen en los cálculos estratégicos de Teherán. Pero serán, con frecuencia, los Estados y los pueblos convertidos en campos de batalla quienes paguen el precio más alto. Y en el Oriente Medio que está tomando forma, el monopolio del Estado sobre la decisión de ir a la guerra y hacer la paz podría dejar de ser únicamente una exigencia de soberanía interna para convertirse en una de las condiciones fundamentales de cualquier orden regional viable.

¡En Ormuz, diplomacia coercitiva y "teoría del hombre loco"!

¡Agárrense fuerte! Al bombardear Irán por enésima noche consecutiva, Estados Unidos supuestamente no habría buscado más que comunicarse con Teherán. Cada ataque contra un objetivo militar o civil, cada destrucción de un radar, una rampa de lanzamiento o una refinería de hidrocarburos, no contaría sino como un mensaje al adversario. ¡No sería más que un guiño para reanudar o continuar las conversaciones bajo ciertas condiciones! Eso es lo que habría sostenido Thomas Schelling, premio Nobel de Economía en 2005. En su opinión, es precisamente cuando los cañones truenan o el fuego cae del cielo cuando los beligerantes intercambian mensajes y se comunican entre sí, siendo la guerra tan solo una forma de negociación llevada a cabo por otros medios. El viraje estadounidense En su obra The strategy of conflict , el ensayista americano parte de una distinción entre la estrategia de disuasión (deterrence) y la de coacción (compellence) y la lleva hasta sus límites más extremos. Así, se habría estado en el ámbito de la disuasión mientras los portaaviones estadounidenses desfilaban por mares cálidos sin atreverse a apretar el gatillo. Luego vino una escalada seguida de un alto el fuego. Los buenos oficios de Islamabad definirían el pasado 17 de junio los contornos del famoso MOU (Memorandum of Understanding) . En opinión generalizada, la habilidad y la resiliencia de la diplomacia iraní habían enturbiado las aguas, por lo que Trump tuvo que rebajar sus expectativas: ya no exigiría el cambio de régimen de los mulás, sino que se conformaría con el libre acceso al estrecho de Ormuz. A ojos del mundo, los estadounidenses habían mostrado poca credibilidad y firmeza al pasar de la disuasión a la coacción y luego a la negociación. Sin embargo, Trump no había dicho su última palabra. Indignado por las maniobras de los plenipotenciarios persas y por la interpretación sesgada que estos hacían del artículo 5 del citado MOU, aprovechó el pretexto de una agresión menor para volver a poner la guerra sobre la mesa. Y ahí está de nuevo el golfo Pérsico bajo el fuego continuo estadounidense (1). El precedente vietnamita Se ha repetido hasta la saciedad que la actitud del presidente estadounidense era errática, que su estrategia era cambiante y que su conducción de las operaciones era incoherente, ¡dado que sus objetivos no estaban claramente definidos! ¿Pero acaso no se estaba precipitando en las conclusiones para cargar las tintas sobre un presidente atípico? Desde luego, y a menos que se vea acorralado, al inquilino de la Casa Blanca no le gusta recurrir a la violencia armada; no es un belicista como Netanyahu, ni un intransigente sin concesiones como los Guardianes de la Revolución. En cambio, se adapta al terreno y puede, como otros actores políticos, sacar el mayor partido de un enfrentamiento, siendo la guerra por esencia proteiforme. Y si a veces esboza una retirada, es para volver a la carga poco después, cuando menos se le espera. Por otra parte, la historia americana nos ha dado al menos un ejemplo de negociaciones llevadas a cabo bajo alta presión. Con Lyndon B. Johnson, Estados Unidos se había empantanado en la antigua Indochina francesa. En aplicación de la teoría del «containment» del peligro comunista, el apoyo militar estadounidense pasó de la contrainsurgencia a la guerra de desgaste. Elegido presidente, Richard Nixon tenía una sola preocupación: traer a los chicos de vuelta a casa sin perder demasiado prestigio. El secretario de Estado Henry Kissinger se encargó de liquidar ese sangriento legado. En París se iniciaron las negociaciones entre las partes implicadas, entre ellas los estadounidenses y los norvietnamitas. Pero como estos últimos no parecían ceder ante sus argumentos, el «dear Henry» combinó, con una habilidad consumada, negociaciones intensivas y una violenta escalada militar, «según el principio de la diplomacia coercitiva (coercive diplomacy) y de la teoría del loco (madman theory) ya esbozada por Richard Nixon» (2). Y los Acuerdos de París fueron firmados en enero de 1973. Ormuz y el Jabal Amel Un patrón idéntico se repite ahora en torno al estrecho de Ormuz, ahora que Trump ha comprendido que la disuasión por sí sola no basta para resolver la cuestión y que no puede permitirse una guerra de desgaste, dado que el adversario iraní ha demostrado ser más duro de roer de lo que esperaba. Los observadores avezados pueden tranquilizarse; a partir de ahora será la lógica de la «compellence» la que marque el ritmo. La fuerza bruta que los estadounidenses han desplegado durante más de doce noches consecutivas no pretende destruir las fuerzas armadas iraníes, sino obligar a Teherán a cambiar de actitud. Es encareciendo «el coste político, militar y económico de la guerra» como Estados Unidos presionará al país de los mulás para que adopte una postura razonable en la mesa de negociaciones, negociaciones que, pese a las declaraciones y bravatas, no han sido realmente interrumpidas. En definitiva, los ataques aéreos actuarían como palanca diplomática. La moraleja de la fábula A la luz de esta categorización, consideremos lo que nos espera en el sur del Líbano: Israel continuará su guerra de coerción mientras el Partido de Dios no haya capitulado. La política de tierra quemada y destrucción sistemática, palanca diplomática sin igual, seguirá desarrollándose ante nuestros ojos. Ante lo inevitable, Arafat se retiró de Beirut con armas y bagajes: fue en 1982. A petición de las notabilidades sunitas, renunció a convertir nuestra capital en otro Stalingrado. ¡Que se le agradezca por ello! Dicho esto, ¿podemos esperar la misma comprensión por parte de Teherán? Esta capital recalcitrante, este laboratorio de la subversión jomeinista, tiene otros planes en mente: pretende combatir hasta el último chiita. ¡Libaneses, así es el mundo! ¡Y la historia dirá que el iraní no mostró la misma empatía que el palestino! 1- Como prueba de la pertinencia de la teoría de los intercambios, el hecho de que las aeronaves estadounidenses estén destruyendo instalaciones iraníes desde el pasado 7 de julio, mientras Teherán solo responde golpeando Kuwait, Qatar, Baréin, Omán y Jordania, bajo el pretexto de que estos países albergan bases estadounidenses. ¡Resulta sorprendente ver cómo objetivos exclusivamente americanos, como los portaaviones, han sido hasta ahora respetados! 2- La teoría o estrategia del loco (madman theory) designa un enfoque de política exterior concebido por el presidente Richard Nixon. Consistía en hacer creer a sus adversarios que tenían frente a ellos a un dirigente de comportamiento imprevisible y con una enorme capacidad de destrucción.

Guerra en Ucrania: errores estratégicos rusos y torpeza occidental (3/5)

La guerra de Ucrania sigue siendo el centro de un amplio debate alimentado, entre otras razones, por bombardeos casi cotidianos que apuntan, en ambos bandos, a centros neurálgicos y, más concretamente, a las capitales rusa y ucraniana. Para comprender mejor las distintas dimensiones de este viejo conflicto, es necesario remontarse a los prolegómenos y la génesis de lo que desembocó en esta guerra (¿fratricida?), exponiendo las motivaciones y aspiraciones de las distintas partes implicadas —entre ellas, Occidente (Estados Unidos y Europa, extendida a todos los países de la OTAN, con excepción de Turquía)— y recordando también los inicios de la ofensiva rusa y el fracaso de los intentos de alcanzar una paz, o al menos unas negociaciones, teniendo en cuenta que las responsabilidades en este contexto son múltiples. Para entender bien los entresijos y las implicaciones de los distintos aspectos de la guerra en Ucrania, deberían plantearse desde el principio algunas preguntas fundamentales. ¿Qué representan Rusia y Ucrania para Occidente? ¿Cuáles podrían ser las consecuencias concretas de una eventual victoria clara de uno de los dos protagonistas? Y, en consecuencia, ¿cuáles serían las repercusiones para Occidente y Oriente Próximo? En una serie de cinco artículos, Jean-Patrick Dayras , contraalmirante de la marina francesa, expone su visión y su análisis de la cuestión. Ucrania podría haber sido un Estado asociado a Europa sin ser miembro, ni candidato, y mucho menos pertenecer a la OTAN. En este sentido, cabe señalar la responsabilidad de Estados Unidos y Europa, sin olvidar a Gran Bretaña. A nivel ucraniano, se cometieron lamentables errores en perjuicio de la población russófona y de las regiones del este. Una postura más firme que mostrara una actitud constructiva hacia Rusia y el deseo de mantener una relación estrecha con ese país, donde viven numerosos ucranianos, podría haber suavizado las tensiones y dado lugar a una asociación entre Europa y Rusia. No es algo seguro, pero debería haberse intentado. Los europeos, Estados Unidos, Rusia y Ucrania comparten parte de la responsabilidad y todos han salido perdiendo. ¿Por qué un acuerdo de ese tipo no habría podido prosperar? En cuanto a Occidente, su actitud ha fortalecido a los BRICS+ y a todos los países que se inclinan hacia esa asociación de Estados en lugar de hacia las democracias que pretenden imponer por la fuerza su manera de gobernar y de gestionar el mundo. Con el paso del tiempo, tres puntos merecen destacarse en la lista de faltas (no errores, sino faltas, y por tanto culpabilidad): Los acuerdos de Minsk 1 y 2, que no fueron implementados Angela Merkel y François Hollande asumen una buena parte de responsabilidad en este aspecto. Tras la invasión rusa, Angela Merkel y François Hollande declararon, en sendas entrevistas, que los acuerdos de Minsk no tenían, a su entender, vocación de ser aplicados, sino que habían servido para ganar tiempo y permitir a Ucrania reforzar su ejército . Estas declaraciones generaron una viva controversia. Para Rusia, fueron presentadas como prueba de que los acuerdos nunca se habían negociado de buena fe. Merkel y Hollande respondieron que su objetivo era evitar una guerra de mayor alcance en 2014-2015, y que el fortalecimiento de las capacidades ucranianas había sido una consecuencia de la ausencia de un acuerdo duradero, no el único propósito de los acuerdos. Es difícil atribuir el incumplimiento de Minsk únicamente a Hollande o a Merkel. Su responsabilidad se analiza generalmente como la de mediadores que no lograron hacer cumplir los acuerdos, más que como la de los principales responsables de las decisiones. Las responsabilidades que se señalan con mayor frecuencia recaen sobre las partes directamente involucradas en el conflicto —Ucrania, Rusia y las autoridades separatistas—, que tenían interpretaciones incompatibles sobre el orden en que debían cumplirse los compromisos. Los historiadores y especialistas no coinciden en la interpretación de estas declaraciones. Sin embargo, sí suelen coincidir en que los Acuerdos de Minsk eran sumamente difíciles de poner en marcha , ya que ambas partes discrepaban sobre el orden de aplicación: Ucrania quería primero seguridad y control de la frontera, mientras que Rusia insistía en que primero debían abordarse las reformas políticas y el estatus del Donbás. La actitud de Boris Johnson no fue honorable Tranquilizar a los ucranianos garantizándoles un apoyo total, así como el suministro de armas y municiones que les aseguraran una victoria rápida, es un acto culpable, e incluso criminal. La negociación es mucho mejor que la guerra: cuesta menos vidas humanas, menos vidas destrozadas, menos destrucción, menos recursos y menos odio encarnizado entre dos pueblos íntimamente ligados. Esto era previsible, ya que estas consecuencias ya habían sido claramente visibles en los Balcanes. Los errores estratégicos rusos . Rusia incurrió visiblemente en lo que en las escuelas de geoestrategia o de guerra se denomina suposiciones sobre el enemigo. Suposiciones erróneas, en este caso. La entrada en Ucrania, sin declaración de guerra, actuó como elemento aglutinador para todo el pueblo ucraniano, cuya actitud merece ser puesta como ejemplo. Sin duda, el señor Putin pensaba que el gobierno sería derrocado o caería por sí solo, lo que le permitiría convertir Ucrania en otra Bielorrusia supeditada a Moscú. El señor Putin se equivocó de guerra. Esta guerra no respondía a ninguna estrategia militar. Se trataba de una estrategia política, y errónea, pues se basaba en hipótesis falsas: derribar un poder considerado débil, encabezado por un hombre de comunicación sin gran envergadura. Lo ocurrido después demuestra que, efectivamente, el señor Zelenski estaba en manos de los estadounidenses. En el plano táctico, el balance tampoco es brillante. La llegada masiva de tanques exigía aprovisionamiento de combustible y municiones. Evidentemente, esas necesidades no estaban cubiertas. Es el clásico «la logística ya vendrá». No: la logística debe al menos acompañar al avance, y si es posible, precederlo. Estados Unidos lo entendió bien y lo demostró, en particular, durante la guerra de liberación de Kuwait. La amenaza de los drones fue subestimada, cuando no ignorada por completo. Los rusos combatían contra un país invadido, pero muy industrializado, con una población formada e ingeniosa, como quedó demostrado. Ya no se trataba de la gran guerra patriótica que había sido ampliamente difundida durante décadas e inculcada a los jóvenes rusos desde temprana edad. Era una guerra distinta que no tenía nada de patriótica. Para los ucranianos, sí era exactamente eso: una guerra patriótica. Su país estaba invadido, su territorio y sus campos ocupados, sus casas y sus ciudades destruidas, sus mujeres violadas, heridas o asesinadas, al igual que sus hijos. Combatían en su propia tierra, por su patria, su país y los suyos. El gobierno no cayó; sigue en pie, aunque no es el mejor posicionado para iniciar negociaciones de paz. Sería hora de pensar en que Ucrania cuente con un hombre nuevo y un equipo nuevo, con una visión diferente de su futuro, pero al mismo tiempo firmemente decididos a negociar palmo a palmo frente al señor Putin. Las condiciones previas para iniciar una negociación son, con mucha frecuencia, obstáculos garantizados que conducen al fracaso. Y así está siendo. Otras responsabilidades que prolongan la guerra : Las maniobras políticas muy (demasiado) activas de los países bálticos y de Polonia principalmente —aunque este último ha revisado recientemente su posición— dirigidas a los países europeos y a la Comisión Europea bajo las «órdenes» de una mujer que no está a la altura esperada para ese cargo: la señora Von der Leyen. La financiación de Ucrania por parte de Estados Unidos y Europa —de la cual una parte podría estar desviándose de su destino previsto— y cada vez más por parte de esta última ante el desinterés estadounidense por resolver el conflicto, alimenta la continuación de la guerra y la resistencia de los ucranianos, y por ende sus exigencias. El señor Zelensky tira de la manga a los jefes de Estado y de gobierno europeos, a veces con un tono intimidatorio, para obtener prebendas cada vez más costosas para Europa y para Francia. Lo que no se menciona: Los políticos, tanto en Europa como en otros lugares, no aprecian en absoluto que se denuncien sus debilidades o sus abusos de poder e influencia sobre la conciencia de sus conciudadanos. Desde Maidán, había que estar del lado de Ucrania, de esos pobres ucranianos que sufrían bajo el yugo ruso, especialmente los jóvenes. Qué buen argumento de venta resulta decir que los jóvenes están oprimidos por un poder, como si el hecho de ser joven otorgara un sello de inteligencia y comprensión del mundo. En Francia, podríamos recordar el triste y desolador episodio de mayo de 1968, tan cargado de consecuencias hasta el día de hoy: el inicio de la descomposición del Estado, de la autoridad —especialmente la paterna—, de la familia; y, por supuesto, de la escuela y del trabajo. Lamentablemente, los políticos occidentales, sobre todo en Europa Occidental, adulan los sentimientos y el sentimentalismo. Todo lo que ocurre debe interpretarse, verse y valorarse a través del prisma de las emociones. En 2014, aún más en 2022 y hoy más que nunca, el mantra obligado es: «Amo a Ucrania; amo a los ucranianos. Los rusos son salvajes, violadores, asesinos». Como si todas las guerras y todos los ejércitos no compartieran rasgos similares, en mayor o menor medida, claro está. ¿Deben los franceses amar a Zelensky? Al parecer, así es. Los políticos, los estrategas de los platós televisivos y los medios de comunicación «mainstream» lo afirman y lo repiten. ¿Qué tiene de entrañable el señor Zelensky? ¿Más que Putin? No, no hay que amar ni al señor Putin —por supuesto— ni a los rusos (¿por qué están proscritos?). Todos son corruptos. Cabe recordar que en 2014 Ucrania era considerada uno de los países más corruptos del mundo y que ese mal dista mucho de haber sido erradicado. Entonces, ¿hay que querer a quienes Occidente sostiene económicamente pero que desvían una parte de las donaciones? Otros han emigrado a Europa y esperan el fin de las hostilidades para regresar a Ucrania una vez asegurada la paz. Occidente hace geopolítica con sentimientos, o al menos con los de su población. Pero ese no es un modo de razonamiento, reflexión ni análisis pertinente. No es así como deben construirse las relaciones entre países. Los países no tienen amigos, solo intereses. Es con esa vara con la que nuestros gobernantes deben medir sus decisiones y sus relaciones con sus homólogos. Occidente hace geopolítica con sentimientos. Es evidente que Putin no los exhibe, ni tampoco Zelensky. Este último se ha comportado con frecuencia de manera autoritaria y exigente frente a Europa y los países europeos, que deben satisfacer sus demandas. Próximo artículo El impacto de una victoria de Ucrania o de Rusia (4/5) Lea también sobre el mismo tema Cómo Occidente eligió a Ucrania (1/5) Guerra en Ucrania: el fracaso de los primeros esfuerzos de paz (2/5)

La cumbre de Washington: entre esperanzas e ilusiones

La escena estaba impecablemente coreografiada en el Despacho Oval este martes 21 de julio de 2026. Por un lado, Donald Trump prometió ayuda militar y ofreció una apertura económica de gran calado al levantar un embargo aéreo de cuarenta años. Por el otro, el presidente libanés Joseph Aoun, enarbolando un documento oficial presentado como la hoja de ruta definitiva para desarmar a Hezbolá. Para los observadores occidentales, el intercambio tiene todas las apariencias de ser perfecto: la extensión de la soberanía del Estado libanés a cambio del respaldo estadounidense para expulsar definitivamente la influencia iraní del Levante. Sin embargo, detrás de las sonrisas de rigor, los apretones de manos, los abrazos y los chistes, esta cumbre, aunque muy prometedora, corre el riesgo de convertirse en una nueva ilusión diplomática. El entusiasmo exhibido en Washington omite deliberadamente tres puntos ciegos estructurales que enfrían ese optimismo: los límites de la presión estadounidense sobre Israel; la falta de credibilidad del Estado libanés a la hora de tocar las armas de la milicia proiraní; y el propio factor iraní. La ecuación presentada por Joseph Aoun se basa en un principio de condicionalidad estricta: el desarme de Hezbolá está supeditado a una retirada total y definitiva de las fuerzas israelíes del sur del Líbano. Es una postura clásica, anunciada ya en varias ocasiones por Aoun, y este anuncio en la Casa Blanca apacigua la tormenta política en Beirut que precedió a la cumbre, pero Washington dispone de un margen de maniobra limitado cuando se trata de la seguridad de Israel vista desde la perspectiva del Estado hebreo. Donald Trump afirmó que Israel "está retirándose", mostrando una actitud flexible hacia Tel Aviv y Beirut, aunque no se anunció ningún calendario vinculante. El ejército israelí solo obedece a su propia doctrina de seguridad nacional, que exige el derecho a supervisar e intervenir militarmente de forma inmediata ante cualquier amenaza percibida. Esta exigencia de una soberanía compartida o vulnerada es intrínsecamente incompatible con el plan defendido por la presidencia libanesa. Los disparos de advertencia israelíes contra nuestro ejército en Zawtar al-Gharbiya, apenas unas horas antes de la cumbre, vinieron a recordar que en la Línea Azul es el ejército israelí quien marca el ritmo, y no los comunicados del Departamento de Estado. Donald Trump, cuyo apoyo a Israel sigue siendo el pilar de su política en Oriente Medio, nunca arriesgará una ruptura frontal con su aliado. Sin una garantía absoluta de eliminación de las armas de Hezbolá, la presión estadounidense seguirá siendo superficial y la retirada israelí quedará paralizada. En ese mismo ámbito, persisten las dudas sobre la credibilidad del poder ejecutivo libanés. La comunidad internacional otorga escasa credibilidad a un plan de desarme que no es más que la repetición del mismo plan elaborado en agosto de 2025, cuando Israel se retiró del territorio libanés, salvo cinco puntos adyacentes a la frontera. Además, a la vista de los últimos veinte años, la memoria política universal impone el escepticismo. Desde las promesas vacías del diálogo nacional de 2006 hasta los acuerdos de Doha en 2008, pasando por la declaración de Baabda en 2012 y las retiradas israelíes de 2006 y 2025 conforme a la resolución 1701, cada texto que pretendía poner las armas bajo el control exclusivo del Estado terminó en el baúl de los olvidos. El plan presentado por Aoun a Trump corre un serio riesgo de no escapar a esa regla: al parecer fue redactado sin el consentimiento de los partidos armados chiítas, Hezbolá y Amal, que controlan una parte nada desdeñable de la toma de decisiones políticas en Beirut. Además, el presidente Aoun dio a entender en la Casa Blanca que Berri está a favor de poner fin a la guerra, lo que alimenta la ambigüedad diplomática. En cualquier caso, esta cumbre era más que necesaria, sobre todo porque mantiene vivo un proceso en marcha, el único capaz de garantizar un mínimo de calma en el sur. El ejército libanés, al que Washington percibe como una posible fuerza de sustitución, es una institución respetada, pero no se embarcará en un enfrentamiento directo para incautarse de los misiles de Hezbolá al norte del Litani. Esta es claramente la voluntad del presidente Joseph Aoun, ya que según los cálculos de su equipo, semejante decisión corre el riesgo de desencadenar una inestabilidad sociopolítica, aunque los habitantes del sur se muestren a priori entusiastas ante la perspectiva de ver a las tropas desplegarse en sus pueblos, y aunque Hezbolá muestre señales evidentes de debilitamiento. En este contexto, el plan de desarme de Hezbolá filtrado en Washington se parece más a una estrategia de comunicación que a un plan sólido o a una estrategia que contribuya al mantenimiento de la estabilidad. Hezbolá, por su parte, dispone de una capacidad de daño que no dudará en emplear, a pesar de su debilitamiento. La milicia proiraní, junto a su aliado Nabih Berri, puede paralizar el Estado desde dentro o provocar incidentes armados calculados en las conocidas “zonas piloto” del sur o fuera de ellas, con el fin de empujar a Israel a represalias y demostrar así al mundo la impotencia del ejército libanés. Más allá del optimismo generado por esta cumbre centrada en el apoyo de Washington al ejército y en las presiones para restablecer la estabilidad, y a pesar de los importantes obstáculos que enfrenta el plan de Joseph Aoun, la verdadera sorpresa radica en la reapertura de las rutas aéreas directas con Estados Unidos. Si bien la medida aporta un alivio económico y psicológico innegable para la diáspora y el turismo, también debe leerse como un gesto político que señala que el aeropuerto de Beirut está ahora bajo una estrecha vigilancia del ejército libanés, lo cual es sumamente positivo. En cuanto al resto, a medio plazo, el horizonte libanés hasta finales de 2026 dista mucho de ser el de una normalización pacífica o un desarme ordenado; se perfila más bien como un statu quo armado bajo vigilancia internacional, con grandes esperanzas depositadas en las zonas piloto para que sirvan de trampolín hacia medidas más amplias. El Líbano seguirá así navegando a la vista, en un entorno geopolítico en plena transformación.

Severa advertencia de Trump contra Irán y los hutíes

La escalada continúa y se intensifica en el frente iraní, especialmente porque el ejército estadounidense lleva doce días bombardeando de manera ininterrumpida posiciones e infraestructuras de la Guardia Revolucionaria en varias regiones de Irán. También se confirma la entrada en escena de los hutíes en Yemen. A primera hora del jueves, la milicia hutí respaldada por Irán anunció que alcanzó dos petroleros saudíes en el mar Rojo, como parte del bloqueo marítimo que asegura imponer a Arabia Saudita. La activación del frente yemení no quedó sin respuesta por parte de Estados Unidos. El presidente Donald Trump lanzó una severa advertencia contra el régimen iraní y los hutíes. Al condenar el ataque contra los dos petroleros saudíes, el mandatario estadounidense dejó claro que, si una agresión de este tipo vuelve a ocurrir, responsabilizará a la República Islámica, “ya que es ella quien manipula a la milicia hutí”. Trump subrayó que, si se repite un ataque de este tipo, impondrá “un severo castigo a Irán, así como también a los hutíes”. Por su parte, el secretario de Estado Marco Rubio declaró el jueves que los hutíes cometieron un grave error al dejarse arrastrar al conflicto en curso. Con cierta ironía, afirmó que “cayeron en la trampa” al decidir entrar en guerra junto a Irán. El jefe de la diplomacia estadounidense añadió que el régimen iraní seguirá pagando un alto precio, “que será cada noche más elevado”, hasta que “recupere la cordura”. Cabe señalar, en este contexto, que el ministro iraní de Relaciones Exteriores, Abbas Araghchi, consultado durante una entrevista sobre el líder supremo Mojtaba Khamenei, aseguró que no se ha reunido recientemente con él e indicó que muy pocas personas tienen acceso a su círculo. Otros signos preocupantes de la escalada son el cierre de las embajadas del Reino Unido y Francia en Teherán. Las autoridades iraníes acusan a los británicos de haber permitido que bombarderos estadounidenses B-1 despegaran desde sus bases para atacar Irán. Por otra parte, los legisladores estadounidenses aprobaron por un estrecho margen un plan de 95,000 millones de dólares para financiar la guerra en Irán, aunque el texto aún deberá ser sometido a votación en el Senado. La aprobación se produce cuando el precio del barril de petróleo acaba de superar nuevamente los 100 dólares. También destaca la visita realizada este jueves por el primer ministro iraquí Ali al Zaidi a Teherán, donde fue recibido por el presidente iraní Massoud Pezechkian. Según la agencia iraní IRNA, “se firmaron varios acuerdos bilaterales”. El joven dirigente iraquí, que apenas unos días antes había sido recibido con todos los honores en Washington por Donald Trump y había suscrito varios acuerdos con Estados Unidos, parecería buscar ahora mantener un equilibrio con su poderoso, aunque debilitado, vecino iraní. El acuerdo nuclear con Arabia Saudita El acontecimiento más destacado del jueves fue, sin duda, el anuncio realizado por el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, sobre un futuro acuerdo para el desarrollo de la energía nuclear civil en Arabia Saudita. Según AFP, el funcionario habló de la posibilidad de exportar tecnología estadounidense y generar empleos mediante la construcción de centrales nucleares que sustituyan las plantas alimentadas por petróleo y gas. En este contexto, el presidente Trump destacó el jueves que el acuerdo nuclear en negociación con Arabia Saudita “está vinculado al reconocimiento de Israel y a la ratificación de los Acuerdos de Abraham”, ya firmados por varios Estados del Golfo, entre ellos Emiratos Árabes Unidos. Hasta ahora, Riad se había negado a considerar el reconocimiento del Estado de Israel sin la creación previa de un Estado palestino. Mientras se espera la reacción saudita, la del primer ministro Benjamin Netanyahu no tardó en llegar tras el anuncio de Trump. La oficina de Netanyahu calificó una eventual adhesión de Arabia Saudita a los Acuerdos de Abraham como “un avance histórico”. Sobre el terreno, la situación sigue deteriorándose entre israelíes y palestinos. El ministro de extrema derecha Itamar Ben Gvir realizó una muy controvertida visita a la Explanada de las Mezquitas, donde saludó a judíos que estaban rezando en el lugar. La visita fue ampliamente condenada, especialmente por Jordania, que administra este importante sitio del islam, ya que el acuerdo vigente permite a los judíos visitar el lugar, pero no rezar allí. Mientras tanto, continúan los incidentes entre colonos israelíes y palestinos en Cisjordania. El jueves, dos palestinos murieron apuñalados durante un altercado con un colono, quien resultó herido. En Líbano, Hezbolá estalla de indignación En Líbano continúan multiplicándose los comentarios sobre el balance de la visita del presidente Joseph Aoun a Washington y su reunión del martes con el presidente Trump. Mientras una gran parte de la clase política celebró el éxito de la visita a Washington, Hezbolá desplegó una serie de esfuerzos para desacreditar tanto al presidente como al primer ministro Nawaf Salam. En un comunicado, el bloque parlamentario de Hezbolá afirmó que la visita presidencial “no logró obtener la satisfacción de ninguna reivindicación nacional soberana y no consiguió ningún compromiso estadounidense respecto a una retirada israelí”. El texto del movimiento respaldado por Irán sostiene que los dirigentes libaneses están llevando al país “hacia una nueva tutela extranjera”. Cabe destacar que el presidente del Parlamento y líder del movimiento Amal, Nabih Berri, principal aliado de Hezbolá, llamó al presidente a su regreso al Palacio de Baabda, pese a que las relaciones entre ambos habían sido más bien distantes durante las últimas semanas.

El sobreseimiento de Riad Salamé: la primacía del derecho frente a los rumores

Por Antoine Menassa * La Cámara de Acusación de Beirut dictó hace unos días un sobreseimiento a favor del ex gobernador del Banco del Líbano, Riad Salamé, en el expediente abierto tras la denuncia interpuesta en junio de 2021 por el empresario Talal Abou-Ghazaleh. Este lo acusaba de haber emitido circulares que alteraban el sistema económico liberal, de haber ocultado la verdadera situación de los bancos y de haber participado, en connivencia con estos, en la apropiación de los fondos de los depositantes. Mediante su resolución del 14 de julio de 2026, la Cámara de Acusación consideró que no concurrían los elementos constitutivos del delito imputado. Aplicando los principios del derecho penal con imparcialidad e independencia, encuadró el expediente en su estricto marco jurídico y puso fin a las diligencias iniciadas contra el ex gobernador. Esta decisión es recibida como una muestra del papel que desempeña la Justicia, que no puede dejarse guiar por las percepciones ni por la presión de la opinión pública, sino únicamente por la ley y las pruebas. También da testimonio de la capacidad de la Justicia libanesa para hacer prevalecer el Estado de derecho y los principios fundamentales de la justicia, pese a las crisis que atraviesa el país. Más allá del caso en cuestión, la decisión elimina el riesgo de crear un precedente jurídico que habría podido llevar a equiparar delitos contra la propiedad, como el robo, el abuso de confianza, la malversación de fondos o la estafa, con atentados contra la Constitución, sin fundamento legal y en contradicción con los principios esenciales del derecho penal. En términos jurídicos, un sobreseimiento no constituye ni una rehabilitación emocional ni un posicionamiento político. Se trata de una resolución judicial que pone fin a las actuaciones cuando las pruebas son insuficientes o cuando no quedan acreditados los elementos legales del delito. Representa una de las garantías fundamentales de una justicia moderna. El tratamiento mediático de este asunto suscita, no obstante, ciertos interrogantes. En 2021, cuando las acusaciones se hicieron públicas, recibieron una cobertura mediática masiva. Televisiones, periódicos y medios digitales difundieron ampliamente el caso, multiplicando los titulares y alimentando un debate que con frecuencia derivó en una condena prematura de Riad Salamé. Muchos olvidaron entonces que la presunción de inocencia es un principio fundamental, que solo puede quedar desvirtuado mediante una resolución judicial firme. Hoy, cuando la justicia ha concluido con un sobreseimiento por ausencia de los elementos constitutivos del delito, el eco mediático parece considerablemente más limitado. Como si las decisiones que restablecen los hechos despertaran menos interés que las propias acusaciones. Este contraste interpela sobre el papel de los medios de comunicación. Algunos difundieron ampliamente las acusaciones, pero otorgaron una visibilidad mucho menor a la resolución judicial que las desestimó. Como si una información solo adquiriera valor a través del escándalo, mientras que las decisiones judiciales que restablecen derechos quedaban relegadas a un segundo plano. La justicia, sin embargo, no se mide por la intensidad de las acusaciones, sino por la solidez de las pruebas y el respeto a las normas jurídicas. La decisión de la Cámara de Acusación de Beirut recuerda que la primacía del derecho debe imponerse siempre sobre los rumores, y que la dignidad de una persona no puede ser sacrificada por condenas mediáticas dictadas antes que las de los tribunales. Por último, queda una pregunta en el aire: ¿en qué medida puede una persona recuperar su reputación tras ser declarada inocente, cuando la condena mediática ya ha marcado de forma duradera a la opinión pública? La justicia solo cobra pleno sentido si las resoluciones de sobreseimiento o absolución gozan de una visibilidad comparable a la otorgada a las acusaciones. Porque la verdad merece tanto eco como las sospechas, y la equidad tanta atención como el escándalo. * Presidente fundador de la Asociación de Hombres de Negocios Libaneses de Francia (HALFA)