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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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Ankara en el centro del enfoque meridional de la OTAN 3.0: ¿qué hay del Líbano?

La versión OTAN 3.0 que surgió de la cumbre de Ankara, celebrada los pasados 7 y 8 de julio, reforzó la capacidad de la Alianza para gestionar de manera simultánea una amenaza continental en el este, representada por Rusia, y una inestabilidad híbrida, que incluye terrorismo, crisis migratorias y conflictos militares, en su flanco mediterráneo y de Medio Oriente. Para este segundo frente, ahora cuenta con Ankara, que no solo se consolidó como un importante proveedor de armamento para los países miembros, sino también como mediador entre Occidente y el eje Moscú-Teherán. Turquía se niega a romper relaciones con Rusia e Irán, al tiempo que contiene a la primera en el mar Negro y el Cáucaso, y a la segunda en Siria y el Líbano. El Pacto de Riad Tras varios años de tensiones con Riad, especialmente después del caso Khashoggi, Turquía se unió a Arabia Saudita y Pakistán para establecer un Pacto Estratégico de Defensa Mutua, que algunos analistas ya califican como una “OTAN sunita”. Este bloque surge para contrarrestar tanto la influencia residual de Irán en Siria y el Líbano como el poder de Israel. El símbolo más representativo de este acercamiento es el proyecto del ferrocarril del Hiyaz. Esta línea ferroviaria, inaugurada originalmente en 1908 bajo el sultán Abdulhamid II, simbolizaba el poder del Imperio otomano y conectaba Estambul con Medina, hasta que fue destruida por las fuerzas de la Revuelta Árabe encabezadas por el jerife Hussein de La Meca, apoyadas y asesoradas por oficiales británicos. A partir de 1918, esos combatientes dinamitaron sistemáticamente las vías y los puentes para paralizar el abastecimiento de las tropas otomanas. El nuevo proyecto ferroviario, aprobado en junio pasado, conectará Estambul con la península arábiga a través de Siria y Jordania, con una extensión prevista hacia Omán, creando así una ruta comercial que unirá India y el sudeste asiático con Estambul. Se trata de una estrategia económica de gran alcance para eludir, por un lado, el estrecho de Ormuz y reducir el impacto de las presiones iraníes y, por otro, el puerto de Haifa, con el objetivo de disminuir el papel comercial de Israel en la región, en un momento en que las relaciones entre Ankara y Tel Aviv atraviesan su punto más bajo. La nueva Siria: el corazón de la influencia turca El factor más importante en este contexto es la consolidación de la influencia turca en Siria. Tras la caída del régimen de Assad, Ankara respalda activamente a la nueva administración encabezada por el presidente Ahmed al Charaa. Al convertirse en el principal patrocinador sunita de Siria, Turquía cortó los antiguos corredores terrestres proiraníes hacia el Líbano, Jordania y Cisjordania. En el plano militar, Ankara se niega a retirar sus tropas de las provincias del norte de Siria, bajo el argumento de la lucha antiterrorista. Su verdadero objetivo es la eliminación de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS/SDF), dominadas por los kurdos y acusadas de ser una extensión del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), considerado una organización terrorista por Ankara y Washington. Además, Siria participó por primera vez en las maniobras militares conjuntas turcas EFES 2026, la edición más reciente de uno de los mayores ejercicios militares multinacionales con fuego real, organizado cada dos años por las Fuerzas Armadas turcas. El ejercicio se llevó a cabo entre abril y mayo de 2026, principalmente en las regiones de Esmirna y Estambul, y reunió a más de 10.000 soldados de cincuenta países. Más allá de sus aliados tradicionales de la OTAN, como Estados Unidos y Francia, Ankara invitó por primera vez al ejército sirio, un hecho de gran relevancia geopolítica, ya que se trató de la primera participación oficial de Siria en un ejercicio militar en el extranjero desde la caída del régimen de Bashar al Assad. El Líbano y el despertar estratégico de la esfinge turca Turquía, que hoy volvió a consolidarse como el pivote meridional de la OTAN 3.0 y como un actor central en Medio Oriente, además de integrar el pacto de defensa Islamabad-Ankara-Riad, ejerce una gran influencia en Siria. En ese contexto, encuentra afinidades con algunos movimientos islamistas libaneses, como la Jama’a Islamiya. Si el Líbano quiere sobrevivir al caos regional, debe aprender a relacionarse de Estado a Estado con este “pivote turco”, no como un vasallo, sino como un socio estratégico consciente de que el centro de gravedad de Medio Oriente se ha desplazado hacia el norte. Entre 2025 y 2026, Turquía intensificó su retórica hostil contra Israel, llegando incluso a pedir su destrucción. En ese contexto, el presidente Recep Tayyip Erdoğan dejó entrever que el Líbano forma parte de su área de interés estratégico. “La seguridad de Turquía no comienza en sus fronteras, sino en Alepo, Damasco y Beirut”, afirmó después de dejar claro que pretende frenar el expansionismo israelí en el Líbano. Se trata de declaraciones de gran peso en el actual contexto geopolítico, aunque por ahora sean esencialmente discursivas. Sin embargo, tras la cumbre de la OTAN, el ministro turco de Asuntos Exteriores, Hakan Fidan, señaló que una guerra abierta con Israel no era deseable, lo que sugiere la influencia de una política de distensión impulsada por Estados Unidos. El Estado libanés ha comenzado a acercarse a Ankara mediante varias visitas de primeros ministros; la más reciente, la de Nawaf Salam, fue hace apenas unos días. También estaba previsto que el presidente Joseph Aoun viajara a Ankara para consolidar esta política de apertura. No obstante, los vínculos estratégicos entre ambos países siguen estando por debajo del nivel necesario y aún deben fortalecerse. La visita del general Rodolphe Haykal a la feria de defensa SAHA, en Estambul, celebrada del 5 al 7 de mayo de 2026, buscó explorar un posible apoyo logístico turco para el ejército libanés. Sin embargo, una cooperación concreta entre ambas fuerzas armadas dependerá de la aprobación de Estados Unidos y de la capacidad del ejército libanés para asegurar la frontera con Siria. Turquía puede contribuir a contener la inestabilidad procedente de Siria y un eventual resurgimiento de Daesh, un enemigo al que Ankara mantiene bajo estrecha vigilancia. Las relaciones libano-sirias bajo la sombra de Turquía En términos generales, Beirut tiene interés en fortalecer sus vínculos con Damasco, aprovechando el nuevo régimen sirio para construir una relación de confianza mutua, aunque persisten tensiones por la presencia en el Líbano de antiguos altos cargos del régimen de Assad, además de la disputa en torno a Hezbollah en territorio sirio. Asimismo, al Líbano le conviene contribuir a una arquitectura de seguridad compartida entre Ankara, Damasco y Beirut, que contemple garantías recíprocas y preserve la autonomía política libanesa. En este contexto, fuentes diplomáticas aseguran que el Líbano ocupó un lugar prioritario durante la reunión entre el presidente Donald Trump y Ahmad al Chareh, al margen de la cumbre de la OTAN en Ankara. Ambos mandatarios manifestaron su preocupación por las redes clandestinas de abastecimiento de Hezbollah que atraviesan Turquía y Siria con destino al Líbano, y coincidieron en la necesidad de reforzar la coordinación sobre este asunto a lo largo de la frontera entre el Líbano y Siria. La multiplicidad de los ejes regionales e internacionales La seguridad del Líbano se negocia hoy tanto en Ankara como en Washington, Tel Aviv, Riad, París, Damasco y Teherán. Por ello, el país deberá actuar con pragmatismo en este nuevo escenario. Esto exige una estrategia nacional coherente en materia de seguridad, defensa, economía y política exterior, algo que todavía no parece existir. ¿Se diseña esa estrategia en el Consejo de Ministros? ¿En el seno del Consejo Superior de Defensa? ¿En los pasillos del palacio presidencial? ¿Está en manos de expertos, de verdaderos expertos? ¿O simplemente no existe? Si llega a elaborarse, deberá cumplir cuatro objetivos: 1)preservar la soberanía nacional para evitar que el Líbano se convierta en un simple peón de la rivalidad entre Teherán y Tel Aviv, así como entre Ankara y Tel Aviv; 2) contar con un mínimo de credibilidad para no ser abandonado por Washington; 3) prever el creciente papel de Europa en Medio Oriente; y 4) evitar volver a caer bajo la órbita iraní.

De Roma a la Tercera República: ¿ha comenzado la refundación del Líbano?

La historia no solo recuerda las ciudades donde terminan las guerras, sino especialmente aquellas donde nacen nuevos regímenes. Por eso, Roma podría no ser recordada mañana simplemente como la ciudad que acogió una nueva ronda de negociaciones entre Líbano e Israel. Podría pasar a la historia como el lugar donde comenzó la refundación de la arquitectura política y de seguridad libanesa, tras una guerra que alteró profundamente el equilibrio regional. Las reuniones previstas en Roma no se limitan a examinar las modalidades de un alto el fuego, una retirada israelí o un intercambio de prisioneros, por cruciales que sean estas cuestiones. Forman parte de un proceso más amplio destinado a transformar las consecuencias de la guerra en una nueva realidad política, para evitar cualquier retorno al statu quo anterior. La experiencia internacional demuestra que las guerras solo producen sus efectos completos cuando cesan las hostilidades y un nuevo orden logra abordar las causas profundas del conflicto para prevenir su recurrencia. Este es precisamente el objetivo que Estados Unidos parece perseguir hoy en Líbano. Desde la visita del presidente Joseph Aoun a Washington hasta el acuerdo marco y, posteriormente, hasta las reuniones de Roma, se perfila una secuencia coherente. Todo parece indicar un cambio: de la gestión de la crisis libanesa a una reorganización de los cimientos mismos del Estado. El objetivo principal de este enfoque es establecer un principio sencillo: un solo Estado, un solo ejército y una sola autoridad de seguridad. La cuestión del control estatal sobre las armas ya no es solo una exigencia libanesa o internacional. Se ha convertido en la condición indispensable para la reconstrucción del Estado. Ningún país puede recuperar plenamente su papel cuando la decisión de declarar la guerra o firmar la paz escapa al ámbito de sus instituciones constitucionales. Sin embargo, reducir la crisis libanesa únicamente al tema de las armas sería un análisis incompleto. El problema reside no solo en la existencia de una fuerza militar que opera paralelamente al Estado, sino también en el debilitamiento gradual de las instituciones bajo la influencia de un sistema político que ha consagrado el sectarismo y transformado las agencias gubernamentales en espacios de influencia. Es en este contexto donde se hace evidente el papel de Nabih Berri, una de las figuras más influyentes en el corazón del poder libanés. Durante las últimas décadas, su influencia no se ha limitado a su presidencia de la Cámara de Diputados ni a su relación política con Hezbolá. También ha sido uno de los pilares fundamentales del sistema de gobierno establecido tras el Acuerdo de Taif. Así como Hezbolá contribuyó a crear una realidad de seguridad paralela al mantener sus armas fuera de las instituciones estatales, diversas fuerzas políticas, entre las que Nabih Berri fue una figura destacada, consolidaron un sistema de gobierno basado en cuotas y nombramientos sectarios, donde las consideraciones políticas a menudo prevalecían sobre la competencia. Esto derivó en un Estado lastrado por la disfunción administrativa, un sector público plagado de contrataciones excesivas, un desempleo encubierto generalizado y un debilitamiento constante de la capacidad de las instituciones para cumplir sus funciones. Por lo tanto, la reconstrucción del Líbano no puede limitarse a resolver el problema de las armas. También se requiere una reforma fundamental del propio Estado: una administración moderna, un poder judicial independiente, instituciones eficaces y nombramientos basados en el mérito, no en lealtades políticas. Es en este contexto que debemos comprender las crecientes presiones que se ejercen sobre Nabih Berri. Hasta el momento, Washington no lo ha atacado directamente, pero las señales políticas transmitidas a través de la presión ejercida sobre varias figuras y redes dentro de su círculo son explícitas. El mensaje parece claro: la siguiente etapa ya no permitirá la continuación de las antiguas reglas del juego. El objetivo podría no ser destituir a Nabih Berri, sino redefinir su papel. Su experiencia política y la amplitud de su red lo convierten en un actor que ninguna transición puede ignorar. La verdadera pregunta ahora es si optará por ser un socio en la construcción del nuevo Estado o un defensor del sistema que ha llevado al Líbano a este punto muerto. Hezbolá, por su parte, se enfrenta a una prueba de naturaleza completamente diferente. Ya no se trata simplemente de poner fin a la confrontación militar, sino de redefinir su lugar dentro del Estado libanés. Ahora parecen abrirse dos caminos: convertirse en un partido político que opere dentro del marco de las instituciones, o continuar su confrontación con un proceso, tanto interno como internacional, destinado a restaurar y aniquilar la plena soberanía del Estado. En última instancia, Roma podría representar más que un simple paso en las negociaciones entre Líbano e Israel. Podría marcar el inicio de negociaciones mucho más amplias sobre el Líbano del futuro. Si bien los Acuerdos de Taif pusieron fin a la guerra civil y redistribuyeron el equilibrio de poder, el período que comienza ahora podría propiciar una redefinición de la función misma del Estado libanés: un Estado con el monopolio de las armas, con el poder de decidir sobre la guerra y la paz, que recupere su lugar en el mundo árabe y en el escenario internacional, al tiempo que reconstruye una economía capaz de volver a crecer. Sin embargo, nada garantiza el éxito de esta empresa. Estados Unidos puede respaldar los compromisos, los países árabes pueden contribuir a la reconstrucción y la comunidad internacional puede brindar su apoyo. Pero la construcción del Estado sigue siendo, en última instancia, responsabilidad de los propios libaneses. La verdadera pregunta, por lo tanto, no es tanto qué producirán las reuniones de Roma,sino si Roma allanará el camino hacia la Tercera República Libanesa. Una república que no solo pondría fin a la guerra, sino que abordaría finalmente las causas profundas que han impedido el surgimiento de un verdadero Estado durante décadas. Porque la próxima batalla del Líbano no será simplemente una lucha por las fronteras. Será una batalla por la identidad misma del Estado: ¿seguirá siendo un país dividido entre varios centros de poder, o se convertirá finalmente en un Estado unificado, con plena capacidad de decisión y soberanía? Aquí es donde se escribirá el próximo capítulo de la historia del Líbano.

Irán: a pesar de sus «divergencias», Trump y Netanyahu estrechan filas

El presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu celebraron el martes una reunión que ambas partes calificaron de «positiva», y en la que reafirmaron su determinación de impedir que Irán adquiera armas nucleares. Sin embargo, los dos líderes, que habían marchado hombro con hombro en su campaña contra la República Islámica, comenzaron a mostrar sus diferencias desde el pasado mes de abril. El inquilino de la Casa Blanca apuesta ahora por una solución diplomática para poner fin a una guerra más larga de lo previsto, que amenaza con pasarle factura política de cara a las elecciones de medio mandato («midterms»). Por su parte, el primer ministro israelí tiene la intención de llevar el enfrentamiento hasta las últimas consecuencias para eliminar lo que califica de amenaza «existencial» que representa Irán. En un vídeo difundido tras la reunión, Benjamin Netanyahu aseguró haber tenido «la mejor de las conversaciones» con Donald Trump, y explicó que sus intercambios giraron en torno a su «objetivo común: garantizar que Irán no adquiera armas nucleares». Sin embargo, esta reunión a puerta cerrada, que duró cerca de hora y media y tras la cual ninguno de los participantes compareció ante la prensa, no disipa del todo la impresión de que existen divergencias entre Washington y Jerusalén. Fue su primer encuentro desde el estallido de la guerra regional en Oriente Medio, y el octavo desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Washington afirma querer dar una nueva oportunidad a la diplomacia con Teherán, tras dos semanas de bombardeos de una intensidad sin precedentes que precedieron al alto el fuego de abril. La visita del señor Netanyahu se produce en un «momento crítico para Oriente Medio», mientras Irán continúa, según Israel, «dando prioridad al terrorismo por encima de las negociaciones» y mantiene bloqueado el estrecho de Ormuz, declaró el martes por la mañana Danny Danon, embajador de Israel ante las Naciones Unidas. «Un tipo muy difícil» Las relaciones entre Donald Trump y Benjamin Netanyahu se deterioraron gravemente en abril, durante las primeras negociaciones sobre un alto el fuego entre Washington y Teherán. El presidente estadounidense arremetió entonces duramente contra su aliado israelí, al que acusaba de obstaculizar los esfuerzos diplomáticos. Donald Trump llegó a calificar a Benjamin Netanyahu de «tipo muy difícil». El primer ministro israelí reconoció la existencia de «desacuerdos tácticos», aunque afirmó compartir con su homólogo estadounidense los mismos objetivos estratégicos. Preguntado el martes por la mañana sobre informaciones que daban cuenta del refuerzo de las instalaciones iraníes en el monte Kolang («pico» en persa), Donald Trump respondió: «No necesito que Bibi me diga eso. Me lo dice porque quiere que yo siga implicado». «Sé exactamente lo que ocurre en Kolang. No es un gran problema. Si no llegamos a un acuerdo, destruiremos esas instalaciones con mucha facilidad», declaró en Fox News antes del encuentro. «Lo que está en juego principalmente es demostrar al mundo entero, a Irán, pero también al Líbano y a otros países de la región, que no existe ninguna ruptura ni desacuerdo importante entre Estados Unidos e Israel», explicó a la AFP Yonatan Freeman, especialista en relaciones internacionales de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Según él, las eventuales divergencias se refieren más a los medios —calendario, intensidad de las operaciones militares u objetivos inmediatos— que a los fines últimos. Contactos iraníes sobre Ormuz con Riad y Mascate Paralelamente, Teherán sigue alternando operaciones militares e iniciativas diplomáticas con sus vecinos árabes del Golfo, difuminando así las líneas tradicionales del enfrentamiento. El ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, mantuvo conversaciones telefónicas por separado con sus homólogos omaní, Badr al-Busaidi, y saudí, Faisal bin Farhan, sobre el estrecho de Ormuz, según la televisión estatal iraní. «Insistieron en la necesidad de reforzar la cooperación y de impulsar los esfuerzos diplomáticos para restablecer la estabilidad en la región y poner fin a la inseguridad impuesta en el estrecho de Ormuz por las acciones agresivas de Estados Unidos», según la misma fuente. En la noche del martes, Riad anunció además haber interceptado cientos de drenes iraníes durante un ataque dirigido contra instalaciones petroleras de Aramco en el este del reino… Continuación de las conversaciones de Roma En el frente libanés, Estados Unidos confirmó la celebración de nuevas conversaciones entre Israel y el Líbano, en Roma, del 4 al 6 de agosto, en el marco de la ampliación del mecanismo de las «zonas piloto» bajo supervisión del ejército libanés. Estas reuniones, de carácter esencialmente técnico, abordarán la ampliación del dispositivo, la resolución de los asuntos fronterizos aún pendientes y la elaboración de un acuerdo global de paz y seguridad, según indicó un funcionario del Departamento de Estado estadounidense a la cadena Al-Hadath . «Afrontamos esta nueva ronda de conversaciones entre el Líbano e Israel con un impulso positivo tras el éxito de las zonas piloto», añadió dicho funcionario bajo condición de anonimato. El diplomático afirmó también que el «encuentro fructífero» entre los presidentes Donald Trump y Joseph Aoun había tenido un impacto positivo en las conversaciones libano-israelíes. A pesar de la relativa calma en los combates, el ejército israelí continúa llevando a cabo ataques puntuales en el sur del Líbano. El ministro israelí de Defensa, Yisrael Katz, llegó incluso a jactarse el martes de haber destruido 24 aldeas libanesas centenarias, añadiendo que el ejército israelí aplica en el Líbano la misma táctica que en Gaza, donde cerca del 70 % de la franja costera palestina habría sido destruida desde el inicio de las hostilidades en octubre de 2024… En Houla… más nitrato de amonio Sobre el terreno, la FINUL anunció el martes haber descubierto, a principios de julio, unas cuatro toneladas de explosivos en Houla, localidad del sur del Líbano situada en una zona bajo ocupación israelí. Los cascos azules «encontraron 385 contenedores abandonados en un edificio, que contenían aproximadamente 4.000 kilogramos de explosivos, principalmente compuestos a base de nitrato de amonio», señaló la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano. Especialistas de la FINUL procedieron después a «neutralizar el material para hacerlo inofensivo y eliminar cualquier riesgo», sin precisar a quién pertenecían los explosivos. Houla forma parte de una franja de unos diez kilómetros de profundidad en territorio libanés, a lo largo de la frontera con Israel, ocupada por el ejército israelí desde la última guerra desencadenada a principios de marzo contra Hezbolá. Hezbolá arrastró al Líbano al conflicto regional el 2 de marzo al atacar Israel en nombre de su apoyo a Irán, provocando una amplia respuesta israelí tanto terrestre como aérea. El hallazgo de estos explosivos reaviva inevitablemente el trauma de la explosión del puerto de Beirut del 4 de agosto de 2020. Aquel día, cerca de 2.750 toneladas de nitrato de amonio almacenadas sin precaución durante varios años estallaron, causando más de 220 muertos, más de 6.500 heridos y devastando una gran parte de la capital. Seis años después, las investigaciones judiciales y los peritajes científicos destinados a determinar las causas de la catástrofe y las responsabilidades siguen sin avanzar, ya que los magistrados y los expertos son objeto de fuertes presiones políticas. Numerosos observadores consideran que Hezbolá tiene una gran responsabilidad en el almacenamiento de este material explosivo, ya que la formación proiraní ejercía entonces una influencia preponderante sobre el puerto de Beirut, principal punto de entrada de armas iraníes y diversas mercancías de contrabando destinadas a su financiación.

El impacto de una victoria de Ucrania o de Rusia (4/5)
Por
Jean-Patrick Dayras
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La guerra en Ucrania sigue siendo el centro de un amplio debate alimentado, entre otros factores, por bombardeos casi diarios que tienen como objetivo, en ambos bandos, centros neurálgicos y, de manera más específica, las capitales de Rusia y Ucrania. Para comprender mejor las diferentes dimensiones de este antiguo conflicto, es necesario remontarse a sus antecedentes y a la génesis de lo que desembocó en esta guerra, ¿fratricida?, exponiendo las motivaciones y aspiraciones de las distintas partes involucradas, en particular de Occidente (Estados Unidos y Europa, ampliada a todos los países de la OTAN, con excepción de Turquía), y recordando también el inicio de la ofensiva rusa y el fracaso de los intentos por alcanzar la paz o, al menos, negociaciones, teniendo en cuenta que las responsabilidades en este contexto son múltiples. Para comprender plenamente los distintos aspectos de la guerra en Ucrania, conviene plantear desde el inicio algunas preguntas fundamentales. ¿Qué representan Rusia y Ucrania para Occidente? ¿Cuáles podrían ser las consecuencias concretas de una eventual victoria clara de cualquiera de los dos protagonistas? Y, al mismo tiempo, ¿cuáles serían las repercusiones para Occidente y para Oriente Próximo? En una serie de cinco artículos, Jean-Patrick Dayras , contraalmirante de la Marina francesa, expone su visión y análisis sobre esta cuestión. Reflexión prospectiva: ¿qué pasaría si…? A - Si Ucrania gana , es decir, recupera casi la totalidad de su territorio… Para Ucrania, las consecuencias podrían incluir: – Un fortalecimiento considerable de la posición internacional de Ucrania. – Una aceleración de su integración a la Unión Europea, aunque la adhesión seguiría siendo un proceso largo. – Una cooperación militar aún más estrecha con la Organización del Tratado del Atlántico Norte, exista o no una adhesión formal. – Un debilitamiento de la influencia rusa en parte de Europa del Este. Para Rusia, las consecuencias dependerían de la magnitud de la derrota. Pero es seguro que: – Perdería una parte importante de su prestigio internacional. – La derrota tendría un costo económico duradero debido a las sanciones, la reconstrucción y el restablecimiento de sus capacidades militares. – Se pondría en tela de juicio la política del Kremlin, cuyo futuro dependería de la evolución de la situación interna. – Toda la política rusa desarrollada durante años en África, así como en distintos Estados miembros o asociados de los BRICS+, se vería afectada. Nota: Chad ha adoptado recientemente una actitud de acercamiento hacia Francia, lo que podría ser el preludio de un cambio en la geopolítica africana. Este aspecto debería examinarse cuidadosamente antes de llegar a conclusiones. En cambio, es difícil predecir que una eventual derrota rusa provocaría automáticamente un cambio de régimen. La historia demuestra que este tipo de evolución depende de numerosos factores internos. Para Europa Una victoria ucraniana podría: – Mejorar la percepción de seguridad en los países del norte, centro y este de Europa. – Mantener un elevado nivel de gasto militar. – Acelerar los esfuerzos de diversificación energética iniciados desde 2022. Para Estados Unidos Un desenlace de este tipo podría presentarse como un éxito de la política estadounidense de apoyo a Ucrania y de sus alianzas. Sin embargo, no pondría fin a otros desafíos estratégicos, como la rivalidad con China y las difíciles negociaciones con Irán. Para China Pekín observaría atentamente las lecciones del conflicto, especialmente en lo que respecta a una eventual invasión por la fuerza de Taiwán. Una derrota rusa podría llevar a China a: – Profundizar algunos vínculos con Moscú para preservar a un socio estratégico, aunque desde una posición dominante. – Reevaluar ciertos aspectos de su política exterior, especialmente en relación con Irán, Taiwán y la naciente asociación entre Australia, Japón, Corea del Sur y Filipinas. Para las organizaciones internacionales Una victoria ucraniana sería interpretada como un fortalecimiento del principio de que las fronteras no deben modificarse mediante el uso de la fuerza. Esto podría reforzar la credibilidad de ciertas normas del derecho internacional, aunque su aplicación seguiría dependiendo del equilibrio de poder entre los Estados. Los límites de este escenario Incluso en caso de éxito militar ucraniano, persistirían varias dificultades: – La reconstrucción del país, estimada en varios cientos de miles de millones de euros, que deberían ser pagados por Rusia. – El regreso de los refugiados (aunque esto solo compromete a quienes creen que ocurrirá). – El desminado de extensos territorios. – Los procesos judiciales relacionados con los presuntos crímenes de guerra, aunque queda por ver si también podrían implicarse ciudadanos ucranianos en delitos similares. – Las futuras relaciones entre Rusia, Ucrania y los países europeos. Esta victoria no eliminaría las tensiones geopolíticas. Incluso si Ucrania alcanzara sus principales objetivos militares, las relaciones entre Rusia y Occidente probablemente seguirían marcadas por una desconfianza duradera, una mayor militarización de determinadas regiones y una reconfiguración del equilibrio de seguridad en Europa. Los efectos también dependerían de las condiciones del fin del conflicto: un acuerdo negociado, un alto el fuego duradero o una derrota militar contundente no tendrían las mismas consecuencias. B - Rusia gana, Ucrania pierde Todo depende de lo que signifique que “Rusia gane”. Las consecuencias serían muy diferentes según se trate de una ganancia territorial limitada, del control duradero de una parte de Ucrania o de un cambio de gobierno en Kiev. Una derrota ucraniana podría provocar: –La pérdida permanente de la totalidad o de parte de los territorios ocupados. – Costos humanos, económicos y demográficos considerables. – Una desaceleración de la reconstrucción y de las inversiones. – El mantenimiento de un importante flujo de refugiados hacia otros países europeos. El futuro político de Ucrania dependería de las condiciones del fin del conflicto: un alto el fuego, un tratado de paz o un acuerdo impuesto no tendrían los mismos efectos. Si Moscú alcanzara sus principales objetivos, ello podría traducirse en: – Un fortalecimiento de la posición interna del Kremlin. – La presentación del desenlace como una victoria estratégica. – El mantenimiento de su influencia sobre una parte de Ucrania y de su entorno, especialmente Moldavia. Sin embargo, incluso en caso de éxito militar, Rusia podría seguir enfrentándose a: – Sanciones económicas occidentales. – Una mayor dependencia de socios como China, India u otros Estados no occidentales. – Elevados costos relacionados con la reconstrucción de los territorios bajo su control y con el mantenimiento de importantes fuerzas militares. Para Europa Una victoria rusa probablemente conduciría a: – Un aumento duradero del gasto militar de los estados europeos. – Un fortalecimiento de la presencia de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en su flanco oriental, aunque queda por ver si con o sin Estados Unidos. – Una aceleración de las políticas destinadas a reducir la dependencia energética de Rusia. Algunos también temen que los países vecinos de Rusia, especialmente los Estados bálticos, soliciten garantías de seguridad aún más sólidas. Para Estados Unidos Estados Unidos podría ver cuestionada su estrategia en Ucrania, lo que alimentaría un debate interno sobre su política exterior y sobre el nivel de apoyo a sus aliados, incluidos los del Golfo Pérsico y la península arábiga. Para China Una victoria rusa podría interpretarse de distintas maneras: – Algunos la considerarían una prueba de que una gran potencia puede alcanzar ciertos objetivos a pesar de las sanciones. – Otros destacarían el elevadísimo costo económico, humano y diplomático del conflicto, que también podría servir como advertencia. En cualquier caso, China aparecería como el país que permitió la victoria de Rusia gracias al apoyo brindado. Sería la gran ganadora. Rusia dejaría de ser un gigante frente a ella. Para el derecho internacional Muchos juristas consideran que una adquisición permanente de territorios obtenida por la fuerza supondría un importante desafío al principio de integridad territorial de los Estados, consagrado especialmente por la ONU. Otros recuerdan que los precedentes históricos son diversos y que las reacciones internacionales suelen depender de las relaciones de poder. El Consejo de Seguridad de la ONU vería debilitado su prestigio e incluso podría ser cuestionado. Los límites de este escenario Incluso en caso de victoria rusa, varios factores podrían limitar sus beneficios: – El costo económico a largo plazo. – La administración de territorios potencialmente inestables. – El mantenimiento del aislamiento respecto de una parte de los países occidentales. – El riesgo de una insurgencia o de una inestabilidad persistente, según las zonas afectadas. – El éxito estaría empañado por el descrédito debido al tiempo que tomó alcanzar un objetivo que inicialmente se esperaba fuera rápido e incluso fácil, en una guerra que ya supera en duración a la Primera Guerra Mundial. – Es probable que, en África, su influencia también se vea afectada. En resumen Las consecuencias de una victoria rusa dependerían de su magnitud y de las condiciones en las que termine la guerra. La seguridad europea seguiría profundamente transformada, las relaciones entre Rusia y los países occidentales continuarían siendo extremadamente tensas durante mucho tiempo y el orden de seguridad en Europa seguiría redefiniéndose durante muchos años. En cambio, los efectos concretos sobre la política interna rusa, el equilibrio mundial o las futuras alianzas siguen siendo ampliamente inciertos y continúan siendo objeto de debate entre especialistas. La última palabra: las consecuencias mencionadas permiten subrayar que este conflicto marcará el fin del concepto de victoria según el orden y el modelo westfaliano. Próximo artículo Victoria ucraniana o rusa: consecuencias para Oriente Medio (5/5) Lea también sobre el mismo tema Cómo Occidente eligió a Ucrania (1/5) Guerra en Ucrania: el fracaso de los primeros esfuerzos de paz (2/5) Guerra en Ucrania: errores estratégicos rusos y torpeza occidental (3/5)

Arabia Saudita ataca milicias proiraníes en Irak
Por
Taline Becharraoui
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Mientras la tensión ha disminuido en gran medida en Oriente Medio en lo que respecta al conflicto iraní, es el frente yemení el que parece más activo este lunes 27 de julio, con nuevos ataques de los rebeldes hutíes contra instalaciones petroleras en Arabia Saudita. En este contexto, el reino saudí es blanco, en la situación actual, de otros grupos pro-iraníes asentados en Irak. Los saudíes interceptaron drones procedentes del territorio iraquí y, al mismo tiempo, solicitaron a las autoridades iraquíes que impidan estos ataques perpetrados por dichos grupos «terroristas», sobre todo teniendo en cuenta que el nuevo gobierno muestra su voluntad de gestionar mejor su situación interna. Una vez más, Irán demuestra que utiliza a sus aliados según un plan bien engrasado, aprovechándose sin duda de las vacilaciones estadounidenses. Pero ¿por qué atacar específicamente a Arabia Saudita en un momento de calma relativa? Otros incidentes también han sido registrados desde que cesaron los bombardeos estadounidenses contra Irán el viernes pasado. La marina de los Guardianes de la Revolución iraní indicó así, el lunes, haber impedido el paso de seis embarcaciones que querían atravesar el estrecho de Ormuz mientras intentaban «transitar por rutas no autorizadas por las autoridades iraníes». Más temprano en el día, la televisión estatal había informado de un «incidente» que involucraba a un buque, sin ofrecer más detalles, según indica la AFP. Por otra parte, el ejército israelí anunció haber interceptado dos drones cerca de la frontera con Jordania, sin que estos hubieran penetrado en territorio israelí. En el sur del Líbano, el ejército israelí acusó a Hezbolá de lanzar al menos un dron en la muy disputada zona de Ali el-Taher, con el intento de recopilar información sobre sus soldados. El lunes se registraron varios incidentes de seguridad en esa zona. El partido chiita no había llevado a cabo operaciones desde el alto el fuego decretado en Islamabad. Netanyahu en Washington Mientras tanto, Cisjordania sigue ardiendo con enfrentamientos entre colonos y habitantes locales, y las tensiones han alcanzado su punto máximo. Otro incidente preocupante de las últimas horas: el ataque ucraniano contra un buque iraní en el mar Caspio, que dejó víctimas, sigue generando polémica en Irán. El ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, no solo criticó duramente a Kiev en un mensaje publicado en X, sino que acusó a Israel de haber instigado el ataque con el objetivo de arrastrar a Europa al conflicto iraní. Es en este contexto particularmente tenso que el primer ministro israelí debía viajar el lunes a Washington, donde está previsto que el martes sea recibido por el presidente Donald Trump. En vísperas de este encuentro, el periódico israelí Israel Hayom publicó informaciones según las cuales el señor Netanyahu se resistiría firmemente a cualquier presión estadounidense orientada a lograr una retirada de Gaza, Siria o el sur del Líbano. Según el diario israelí, el primer ministro afirmaría con claridad que las necesidades de seguridad de Israel deben estar por encima de cualquier otra consideración, mientras la región sigue siendo sacudida por conflictos superpuestos e iniciativas diplomáticas frágiles. Esta postura podría acentuar las diferencias entre ambos líderes, ya que el presidente Trump ha pedido públicamente al señor Netanyahu que retire sus tropas del Líbano y de Siria. También debilitaría las negociaciones en curso con el Líbano, que deberían desembocar en una retirada progresiva del ejército israelí del sur del país, en paralelo al despliegue del ejército libanés, bajo la condición de una desmilitarización de Hezbolá en las zonas denominadas «piloto». El ejército libanés ya se desplegó el martes pasado en una localidad del sur, Zawtar el-Gharbiya, en la región de Nabatiyeh. Para el Líbano oficial, representado por el presidente de la República Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam, quienes perseveran en la senda de las negociaciones directas con Israel (la próxima ronda está prevista para el 4 de agosto en Roma), ciertas declaraciones israelíes maximalistas resultan perjudiciales, aunque se enmarquen en la lógica de la escalada retórica ligada a cálculos internos (plazos electorales) e internacionales. Estas posturas israelíes extremistas son tanto más lamentables cuanto que el acuerdo marco firmado entre las partes libanesa e israelí el 26 de junio sigue siendo blanco, en el escenario libanés, de campañas impulsadas por el eje iraní. Más allá de las críticas habituales de Hezbolá, el presidente del Parlamento y líder de Amal, Nabih Berry, realizó el lunes una declaración en la que renovó su rechazo a cualquier negociación directa con Israel, manifestándose pesimista respecto al acuerdo marco y señalando que el primer despliegue del ejército libanés en Zawtar el-Gharbiya no hace sino acrecentar ese pesimismo. Abogó por un apadrinamiento estadounidense, saudí e iraní de la situación en el Líbano. Las negociaciones entre Estados Unidos e Irán La jornada del lunes estuvo marcada también por la visita a Beirut del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, durante la cual declaró que su oficina «ha documentado violaciones generalizadas del derecho internacional, algunas de las cuales podrían constituir crímenes de guerra». Al recibir al señor Türk en Baabda, el presidente libanés Joseph Aoun afirmó que «las continuas destrucciones perpetradas por los israelíes en el sur del Líbano amenazan con comprometer la aplicación del acuerdo marco» líbano-israelí. En cuanto a las negociaciones entre Estados Unidos e Irán, cabe señalar que Irán, por boca de su portavoz de Asuntos Exteriores Esmaïl Baghaï, negó que existan negociaciones directas en curso con Washington, reconociendo únicamente el intercambio de mensajes a través de mediadores. El responsable iraní aprovechó la ocasión para criticar las numerosas declaraciones estadounidenses según las cuales Irán buscaría desesperadamente volver a la mesa de negociaciones. Volviendo además a su incalificable arrogancia frente a Estados Unidos, el Ministerio iraní de Asuntos Exteriores subrayó que «Irán jamás permitirá que Estados Unidos decida el momento de la guerra o de la paz».

Hamás: la era de al-Hayya
Por
Hisham Dibsi
Publicado

A lo largo de tres décadas, Hamás pasó de ser la organización palestina de los Hermanos Musulmanes a convertirse en un movimiento de resistencia armada a finales de 1987, para después transformarse en la autoridad que gobierna la Franja de Gaza tras hacerse con el poder en 2007. A partir de ese momento, Hamás dejó de ser simplemente una facción palestina. Es cierto que había llegado al poder mediante elecciones democráticas y pacíficas, y que Ismail Haniyeh ocupaba entonces el cargo de primer ministro de la Autoridad Nacional Palestina. Sin embargo, la toma del poder por la fuerza, que dejó más de 120 muertos entre miembros de las fuerzas de seguridad y de Fatah, además de 39 víctimas civiles durante cinco días de ataques contra las instituciones de la Autoridad Palestina y del arresto de decenas de sus integrantes, según informes del Comité Internacional de la Cruz Roja, modificó profundamente el panorama político. Varios dirigentes, entre ellos Mohammed Dahlan, huyeron por mar hacia Egipto. Alrededor de 50 mil empleados públicos dejaron de presentarse a trabajar, mientras que la jurisdicción efectiva de la Autoridad Nacional Palestina quedó reducida a Cisjordania. Tras derrocar la legitimidad de la Autoridad Palestina, Hamás dejó de ser una simple facción política o un socio democrático en el gobierno. Optó por separar la Franja de Gaza de Cisjordania para ejercer allí un poder exclusivo, al tiempo que hacía de la caída del gobierno de Ramala y del rechazo a los Acuerdos de Oslo dos de los ejes centrales de su discurso político. Hamás bajo Ismail Haniyeh Durante la primera década del liderazgo de Ismail Haniyeh, hasta 2017, el movimiento experimentó profundas transformaciones en su relación con la sociedad palestina, sus dirigentes y las distintas facciones del movimiento nacional. También evolucionaron de manera significativa sus vínculos con el mundo árabe, el mundo islámico y la comunidad internacional. Al mismo tiempo, su brazo militar, las Brigadas Izz al-Din al-Qassam, experimentó un salto cualitativo tanto en sus capacidades militares como en su arsenal, alcanzando su punto culminante bajo el mando de Yahya Sinwar. Estos cambios redefinieron el equilibrio interno del movimiento. Con su centro de gravedad firmemente asentado en la Franja de Gaza y una creciente influencia popular en Cisjordania, Hamás también se benefició de una amplia ola de respaldo en el mundo árabe e islámico, impulsada por la dirigencia internacional de los Hermanos Musulmanes, que, según el autor, supo aprovechar su relación privilegiada con la administración estadounidense durante la presidencia de Barack Obama. Estas recomposiciones internas terminaron por desplazar a Khaled Meshaal, quien había encabezado la Oficina Política durante trece años. Tras trasladar su sede permanente de Amán a Estambul y posteriormente a Doha, Ismail Haniyeh concentró en sus manos tanto la jefatura del gobierno de Gaza como la presidencia de la Oficina Política de Hamás. Sin embargo, pese a la manera en que administró los equilibrios internos y externos del movimiento, Ismail Haniyeh difícilmente imaginó que llegaría el día en que se vería obligado a abandonar la Franja de Gaza para vivir en el exilio, como consecuencia del ascenso de Yahya Sinwar, el nuevo comandante de las Brigadas al-Qassam. Con el tiempo, Sinwar terminó imponiendo su autoridad no solo sobre el aparato militar de Hamás, sino también sobre las estructuras políticas y gubernamentales del movimiento. Así, el presidente de la Oficina Política se reunió con su predecesor, Khaled Meshaal, en el exilio, aunque conservó formalmente tanto su título como su cargo al frente del gobierno de Hamás. Las circunstancias que rodearon la salida de Haniyeh y de numerosos dirigentes y cuadros históricos del movimiento siguen siendo poco claras y probablemente no podrán conocerse plenamente mientras la propia dirigencia de Hamás no haga pública su versión de los hechos. Las disputas internas, además, no se limitaban a la división geográfica entre Gaza, Cisjordania y la diáspora. También reflejaban distintas corrientes políticas e ideológicas: los leales a la dirigencia internacional de los Hermanos Musulmanes; los dirigentes políticos, cuyas relaciones giraban en torno a Türkiye, Qatar e Irán; y los mandos militares, de perfil más pragmático, aunque con distintos grados de radicalización. Mientras unos buscaban obtener el máximo provecho de su alianza con Irán, otros preferían ampliar su red de relaciones regionales para ganar margen de maniobra y consolidar su influencia, sin descartar contactos con Estados Unidos o incluso con Israel cuando las circunstancias así lo exigieran. Fue en ese contexto donde emergió Khalil al-Hayya como la principal figura de Hamás en la Franja de Gaza y como uno de los colaboradores más cercanos de Yahya Sinwar. Según numerosas personas familiarizadas con la trayectoria militar de este último, Sinwar era conocido por depositar su confianza únicamente en un círculo muy reducido. Esas mismas fuentes sostienen que el papel central desempeñado por Khalil al-Hayya en las negociaciones se explicaría precisamente por la confianza que Sinwar depositaba en él. Cuando Sinwar asumió la presidencia de la Oficina Política de Hamás, una semana después de la muerte de Ismail Haniyeh, a finales de julio de 2024, nombró a al-Hayya como su adjunto. El asesinato de Sinwar, apenas dos meses después de asumir la dirección de la Oficina Política, reabrió de inmediato la lucha por la sucesión. Respaldado por la dirigencia del movimiento en Gaza, Khalil al-Hayya terminó imponiéndose a Khaled Meshaal y se convirtió en el quinto presidente de la Oficina Política de Hamás, concentrando desde entonces los principales principales palancas del poder de la organización. Sin embargo, su ascenso a la cima del movimiento no puede explicarse únicamente por esa sucesión. Fuentes políticas y mediáticas, entre ellas varios analistas egipcios que intervinieron en distintas cadenas de televisión de la región, han afirmado que las negociaciones celebradas en Doha tras el ampliamente difundido ataque israelí en Qatar contra dirigentes de Hamás contaron con la participación de altos responsables de seguridad de Israel, Estados Unidos y Türkiye. De acuerdo con esas versiones, los encuentros habrían dado lugar a compromisos por parte de Israel para suspender las operaciones dirigidas contra los líderes de Hamás y poner fin a su persecución. Quienes sostienen esta interpretación consideran que la evolución de los acontecimientos posteriores parecería reforzar esa lectura. Desde esa perspectiva, el Hamás de Khalil al-Hayya ya no sería el de Sheikh Ahmed Yassin ni el de Yahya Sinwar. Su nueva dirigencia estaría orientada a ejecutar entendimientos de carácter político y de seguridad bajo el patrocinio, principalmente, de Qatar y Türkiye. Según este análisis, el papel que el movimiento desempeñaría en el futuro diferiría profundamente del que había asumido hasta ahora. La preservación del poder, cualquiera que fuera el costo político, humano o material, pasaría a ser su prioridad absoluta. La supervivencia de su autoridad prevalecería sobre el bienestar de la población. El programa de al-Hayya A comienzos de esta semana, el nuevo líder del movimiento pronunció su primer discurso, en el que expuso los objetivos que, según dijo, orientarán su gestión: Primero, poner fin a las operaciones militares israelíes y lograr la retirada total de Israel de la Franja de Gaza. Segundo, restablecer las condiciones básicas de vida, impedir el desplazamiento forzado de la población, impulsar la reconstrucción y concretar un acuerdo de intercambio de prisioneros palestinos. Tercero, abrir un diálogo nacional destinado a reconstruir la Organización para la Liberación de Palestina sobre bases democráticas. Cuarto, fortalecer las relaciones de Hamás con su entorno árabe e islámico. Quinto, coordinar los esfuerzos internacionales para poner fin a la campaña militar israelí. Sexto, solicitar a las Naciones Unidas que brinden protección al pueblo palestino y que los dirigentes israelíes responsables de la guerra rindan cuentas ante los tribunales internacionales. Con un programa cuya aplicación requeriría el respaldo de las principales potencias del mundo y de una amplia coalición internacional, Khalil al-Hayya habla con seguridad y desde lo que presenta como una posición de fortaleza. Sin embargo, lo hace desde la comodidad de una habitación de hotel. Mientras tanto, sobre el terreno, la confrontación militar entre Hamás e Israel se entrelaza con las zonas donde se refugian los desplazados, en medio de una población hacinada en campamentos improvisados. Así, los habitantes terminan pagando un doble precio: por un lado, el impuesto por el propio aparato de seguridad de Hamás, encargado de controlar a cerca de dos millones de palestinos desplazados dentro de su propia tierra; por el otro, el derivado de la persecución israelí contra los cuadros del movimiento, con la secuela de bombardeos, destrucción, expansión territorial y restricciones que, según el autor, luego sirven para justificar las limitaciones al suministro de agua, alimentos y medicinas. Entre esa realidad cotidiana y el programa político proclamado por el movimiento se acumulan la miseria, la desesperanza y la frustración. Las redes sociales de la Franja de Gaza resuenan con los gritos de auxilio de una población que la dirigencia de Hamás parece ya no querer escuchar, concentrada, en cambio, en preservar su poder y proteger sus propios intereses. Tres opciones El ministro israelí Bezalel Smotrich ha sostenido en repetidas ocasiones que los palestinos solo tienen tres opciones: emigrar, morir o someterse. Según el autor, esa visión es compartida por un gobierno decidido a ampliar la colonización en la totalidad de los territorios palestinos. Las incursiones reiteradas en el recinto de la mezquita de Al-Aqsa, así como la ola de violencia protagonizada por colonos bajo la protección del ejército israelí, no responderían, por tanto, a una amenaza existencial. Formarían parte, más bien, de la aplicación de lo que varios ministros de la coalición gobernante han denominado el “Plan Decisivo”, cuyo objetivo sería expandir los asentamientos israelíes y anexar todas las zonas de los territorios palestinos que puedan quedar bajo el control de los colonos y de las fuerzas armadas israelíes. Con las elecciones legislativas previstas para octubre de este año cada vez más cerca, varios miembros del gobierno también han expresado abiertamente su deseo de provocar el colapso de la Autoridad Nacional Palestina en Ramala y eliminar lo que consideran el último marco institucional palestino comprometido con una solución política basada en la coexistencia de dos Estados. Los principales representantes del sector más radical del nacionalismo religioso israelí sostienen, de hecho, que esa solución constituye, desde su perspectiva, la verdadera amenaza existencial para el Estado de Israel. La actual ola de violencia que sacude Cisjordania y golpea a la población palestina, pueblo originario de esa tierra, corre el riesgo de extinguir las últimas posibilidades de una paz fundada en el derecho internacional. Mientras la comunidad internacional siga limitándose a hablar de paz sin generar las condiciones necesarias para hacerla posible en Palestina, el resultado, según el autor, no podrá ser otro que la prolongación indefinida de un conflicto abierto.