
La versión OTAN 3.0 que surgió de la cumbre de Ankara, celebrada los pasados 7 y 8 de julio, reforzó la capacidad de la Alianza para gestionar de manera simultánea una amenaza continental en el este, representada por Rusia, y una inestabilidad híbrida, que incluye terrorismo, crisis migratorias y conflictos militares, en su flanco mediterráneo y de Medio Oriente. Para este segundo frente, ahora cuenta con Ankara, que no solo se consolidó como un importante proveedor de armamento para los países miembros, sino también como mediador entre Occidente y el eje Moscú-Teherán. Turquía se niega a romper relaciones con Rusia e Irán, al tiempo que contiene a la primera en el mar Negro y el Cáucaso, y a la segunda en Siria y el Líbano. El Pacto de Riad Tras varios años de tensiones con Riad, especialmente después del caso Khashoggi, Turquía se unió a Arabia Saudita y Pakistán para establecer un Pacto Estratégico de Defensa Mutua, que algunos analistas ya califican como una “OTAN sunita”. Este bloque surge para contrarrestar tanto la influencia residual de Irán en Siria y el Líbano como el poder de Israel. El símbolo más representativo de este acercamiento es el proyecto del ferrocarril del Hiyaz. Esta línea ferroviaria, inaugurada originalmente en 1908 bajo el sultán Abdulhamid II, simbolizaba el poder del Imperio otomano y conectaba Estambul con Medina, hasta que fue destruida por las fuerzas de la Revuelta Árabe encabezadas por el jerife Hussein de La Meca, apoyadas y asesoradas por oficiales británicos. A partir de 1918, esos combatientes dinamitaron sistemáticamente las vías y los puentes para paralizar el abastecimiento de las tropas otomanas. El nuevo proyecto ferroviario, aprobado en junio pasado, conectará Estambul con la península arábiga a través de Siria y Jordania, con una extensión prevista hacia Omán, creando así una ruta comercial que unirá India y el sudeste asiático con Estambul. Se trata de una estrategia económica de gran alcance para eludir, por un lado, el estrecho de Ormuz y reducir el impacto de las presiones iraníes y, por otro, el puerto de Haifa, con el objetivo de disminuir el papel comercial de Israel en la región, en un momento en que las relaciones entre Ankara y Tel Aviv atraviesan su punto más bajo. La nueva Siria: el corazón de la influencia turca El factor más importante en este contexto es la consolidación de la influencia turca en Siria. Tras la caída del régimen de Assad, Ankara respalda activamente a la nueva administración encabezada por el presidente Ahmed al Charaa. Al convertirse en el principal patrocinador sunita de Siria, Turquía cortó los antiguos corredores terrestres proiraníes hacia el Líbano, Jordania y Cisjordania. En el plano militar, Ankara se niega a retirar sus tropas de las provincias del norte de Siria, bajo el argumento de la lucha antiterrorista. Su verdadero objetivo es la eliminación de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS/SDF), dominadas por los kurdos y acusadas de ser una extensión del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), considerado una organización terrorista por Ankara y Washington. Además, Siria participó por primera vez en las maniobras militares conjuntas turcas EFES 2026, la edición más reciente de uno de los mayores ejercicios militares multinacionales con fuego real, organizado cada dos años por las Fuerzas Armadas turcas. El ejercicio se llevó a cabo entre abril y mayo de 2026, principalmente en las regiones de Esmirna y Estambul, y reunió a más de 10.000 soldados de cincuenta países. Más allá de sus aliados tradicionales de la OTAN, como Estados Unidos y Francia, Ankara invitó por primera vez al ejército sirio, un hecho de gran relevancia geopolítica, ya que se trató de la primera participación oficial de Siria en un ejercicio militar en el extranjero desde la caída del régimen de Bashar al Assad. El Líbano y el despertar estratégico de la esfinge turca Turquía, que hoy volvió a consolidarse como el pivote meridional de la OTAN 3.0 y como un actor central en Medio Oriente, además de integrar el pacto de defensa Islamabad-Ankara-Riad, ejerce una gran influencia en Siria. En ese contexto, encuentra afinidades con algunos movimientos islamistas libaneses, como la Jama’a Islamiya. Si el Líbano quiere sobrevivir al caos regional, debe aprender a relacionarse de Estado a Estado con este “pivote turco”, no como un vasallo, sino como un socio estratégico consciente de que el centro de gravedad de Medio Oriente se ha desplazado hacia el norte. Entre 2025 y 2026, Turquía intensificó su retórica hostil contra Israel, llegando incluso a pedir su destrucción. En ese contexto, el presidente Recep Tayyip Erdoğan dejó entrever que el Líbano forma parte de su área de interés estratégico. “La seguridad de Turquía no comienza en sus fronteras, sino en Alepo, Damasco y Beirut”, afirmó después de dejar claro que pretende frenar el expansionismo israelí en el Líbano. Se trata de declaraciones de gran peso en el actual contexto geopolítico, aunque por ahora sean esencialmente discursivas. Sin embargo, tras la cumbre de la OTAN, el ministro turco de Asuntos Exteriores, Hakan Fidan, señaló que una guerra abierta con Israel no era deseable, lo que sugiere la influencia de una política de distensión impulsada por Estados Unidos. El Estado libanés ha comenzado a acercarse a Ankara mediante varias visitas de primeros ministros; la más reciente, la de Nawaf Salam, fue hace apenas unos días. También estaba previsto que el presidente Joseph Aoun viajara a Ankara para consolidar esta política de apertura. No obstante, los vínculos estratégicos entre ambos países siguen estando por debajo del nivel necesario y aún deben fortalecerse. La visita del general Rodolphe Haykal a la feria de defensa SAHA, en Estambul, celebrada del 5 al 7 de mayo de 2026, buscó explorar un posible apoyo logístico turco para el ejército libanés. Sin embargo, una cooperación concreta entre ambas fuerzas armadas dependerá de la aprobación de Estados Unidos y de la capacidad del ejército libanés para asegurar la frontera con Siria. Turquía puede contribuir a contener la inestabilidad procedente de Siria y un eventual resurgimiento de Daesh, un enemigo al que Ankara mantiene bajo estrecha vigilancia. Las relaciones libano-sirias bajo la sombra de Turquía En términos generales, Beirut tiene interés en fortalecer sus vínculos con Damasco, aprovechando el nuevo régimen sirio para construir una relación de confianza mutua, aunque persisten tensiones por la presencia en el Líbano de antiguos altos cargos del régimen de Assad, además de la disputa en torno a Hezbollah en territorio sirio. Asimismo, al Líbano le conviene contribuir a una arquitectura de seguridad compartida entre Ankara, Damasco y Beirut, que contemple garantías recíprocas y preserve la autonomía política libanesa. En este contexto, fuentes diplomáticas aseguran que el Líbano ocupó un lugar prioritario durante la reunión entre el presidente Donald Trump y Ahmad al Chareh, al margen de la cumbre de la OTAN en Ankara. Ambos mandatarios manifestaron su preocupación por las redes clandestinas de abastecimiento de Hezbollah que atraviesan Turquía y Siria con destino al Líbano, y coincidieron en la necesidad de reforzar la coordinación sobre este asunto a lo largo de la frontera entre el Líbano y Siria. La multiplicidad de los ejes regionales e internacionales La seguridad del Líbano se negocia hoy tanto en Ankara como en Washington, Tel Aviv, Riad, París, Damasco y Teherán. Por ello, el país deberá actuar con pragmatismo en este nuevo escenario. Esto exige una estrategia nacional coherente en materia de seguridad, defensa, economía y política exterior, algo que todavía no parece existir. ¿Se diseña esa estrategia en el Consejo de Ministros? ¿En el seno del Consejo Superior de Defensa? ¿En los pasillos del palacio presidencial? ¿Está en manos de expertos, de verdaderos expertos? ¿O simplemente no existe? Si llega a elaborarse, deberá cumplir cuatro objetivos: 1)preservar la soberanía nacional para evitar que el Líbano se convierta en un simple peón de la rivalidad entre Teherán y Tel Aviv, así como entre Ankara y Tel Aviv; 2) contar con un mínimo de credibilidad para no ser abandonado por Washington; 3) prever el creciente papel de Europa en Medio Oriente; y 4) evitar volver a caer bajo la órbita iraní.








