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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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Olvidar a Rifaat al-Assad ?
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

Si la mínima decencia impide alegrarse incluso por la muerte de un monstruo, no impide, sin embargo, sentir una súbita ligereza, incluso un alivio fugaz, al conocer la noticia. Rifaat al-Assad ha muerto. Ante la sensación retrospectiva y retroactiva de impotencia y desolación frente a las peores atrocidades de la historia, uno se consuela como puede. Assad se lleva consigo una parte de la memoria más oscura del Levante contemporáneo: ciudades aplastadas por haber gritado demasiado fuerte contra la barbarie, barrios arrasados para servir de ejemplo. Basta leer el testimonio de Michel Seurat, que le costó la vida, para comprender con espanto cómo Hama y Homs, en 1982, se convirtieron en laboratorios de una experimentación casi clínica de la muerte. El Líbano también, de Trípoli a sus márgenes humillados, pagó el precio de la inhumanidad de Rifaat a través de sus milicias, los llamados “Caballeros Rojos”. El hermano de Hafez fue el ejecutor designado del régimen, su carnicero mayor, su rostro más brutal y auténtico. Un papel retomado más tarde, con la misma pasión feroz por la crueldad, por su sobrino Maher. Todo ello antes de que Francia le ofreciera un exilio dorado y antes de que ciertos responsables lo honraran con banquetes fastuosos y vergonzosos. La caída de Rifaat en el basurero de la historia coincide de manera inquietante con una etapa en la que Siria vuelve a verse tentada por una reescritura autoritaria de su unidad, esta vez bajo el lema de una “reconquista” territorial liderada por el régimen de Ahmad al-Chareh. Después de los drusos, después de los alauíes, los kurdos aparecen ahora como el siguiente obstáculo en el camino hacia un Estado reconstruido por la fuerza y la coerción, como si la historia siria, maldita quizá, solo supiera producir unidad aplastando la alteridad. El término reconquista no es inocente. Arrastra una concepción vertical de la soberanía, en la que el territorio precede a las personas y donde la geografía y las fronteras ignoran la finalidad última del ser humano. En esta lógica, la diversidad deja de percibirse como una riqueza política para convertirse en una anomalía, un defecto fundamental que debe corregirse por cualquier medio. Los kurdos de Siria dejan de ser ciudadanos a convencer y pasan a ser un problema que resolver. Por la fuerza, si es necesario. Esto no implica acomodarse a las milicias ni a los grupos armados paraestatales. Existen claramente agendas paralelas destinadas a desestabilizar al nuevo régimen sirio, bajo la influencia de Israel, Irán o antiguos leales a Assad. Todas las milicias, además, cometen abusos. Pero nada de ello justifica las exacciones contra la población civil. Esa es la línea que, en principio, separa a una autoridad que busca restaurar el Estado del poder arbitrario de las milicias. En principio. Debe decirse sin rodeos: el aplastamiento de la mayoría suní bajo el Baaz alauí, con cierto respaldo de minorías en nombre de una alianza vacía, no será redimido por una venganza, siquiera tácita, contra esas minorías bajo la bandera del islamismo. Lo que se construye sobre la injusticia y la represión solo puede generar más injusticia y represión. No puede sentar las bases de un poder legítimo ni de una autoridad verdadera. Que esta orientación agrade a Ankara no sorprende. El presidente Recep Tayyip Erdoğan observa con satisfacción una Siria que retoma el control de sus periferias kurdas. La convergencia es casi mecánica: un Estado sirio recentralizado por la coerción tranquiliza a un poder turco obsesionado con cualquier forma de autonomía kurda, de Qamishli a Diyarbakir. El alineamiento no es solo ideológico; también es securitario. Y eso es precisamente lo que lo vuelve peligroso. La historia reciente de Siria ya ha mostrado adónde conducen estos atajos. El régimen Assad, padre e hijo, sin olvidar al “tío gatillo fácil”, proclamó sin cesar la unidad nacional mientras gobernaba mediante la fragmentación, el miedo y el castigo colectivo. La “estabilidad” que reivindicaba era la de un silencio impuesto por los shabbiha, los tanques, la tortura y los campos. Prisiones, desapariciones y masacres eran su única fuente de legitimidad. Aquí el espectro de Rifaat al-Assad reaparece como advertencia. Encarna el momento en que un poder se convence de que la violencia no solo es eficaz, sino fundacional; cuando el Estado se reduce a su aparato represivo y la soberanía a la simple capacidad de aplastar. Siria pagó el precio durante décadas. Es hora de que esto termine, sin que la llamada comunidad internacional vuelva a mirar hacia otro lado. Debe dirigirse, por tanto, una advertencia a Ahmad al-Chareh, casi como un recordatorio filosófico. Friedrich Nietzsche escribió que quien lucha contra monstruos debe cuidarse de no convertirse en uno, y que quien mira largo tiempo al abismo acaba viendo cómo el abismo lo mira a él. Gobernar un país roto como Siria expone precisamente a ese vértigo: creer que el fin justifica los medios. Pero el orden no puede sustituir a la justicia, ni la unidad puede imponerse a punta de fusil. Convertir Siria en un nuevo gulag, ya sea islamista, nacionalista árabe o reciclado de reflejos baazistas, sería una traición más, añadida a las muchas que han marcado su historia moderna. La fusión forzada (insihâr) nunca ha producido naciones duraderas. Solo produce Estados ansiosos, perseguidos por sus márgenes y obsesionados con sus minorías. Basta contemplar las ruinas del mundo árabe actual para constatarlo. Hay en este espectáculo desolador una dimensión moral que no puede eludirse. Desde 2011, cientos de miles de sirios han sido asesinados, torturados o exiliados por reclamar algo de una simplicidad desarmante: la dignidad. Estos revolucionarios civiles, aplastados entre la brutalidad del régimen y las radicalizaciones posteriores, no pedían ni partición ni venganza. Reclamaban un Estado moderno, de derecho, que los reconociera como sujetos políticos plenos. Sus muertes no son un ruido de fondo que pueda ahogarse con nuevos discursos de orden y soberanía. Hoy sus fantasmas escuchan y observan. Vigilan cada decisión tomada en su nombre, cada compromiso sellado sin ellos, cada “reconquista” que olvida por qué el país se levantó. Siria no implosionó por un exceso de pluralismo y libertad, sino por su negación en nombre del terror tiránico de un régimen, un partido, una minoría, un clan. Unificar Siria puede ser una necesidad histórica. Pero hay dos maneras de hacerlo. La primera repite los mecanismos antiguos bajo nuevas banderas: centralización brutal, negación de las diferencias, alianzas tácticas con potencias regionales a costa de los derechos internos. La segunda es más lenta, más frágil, menos espectacular. Pasa por el diálogo con kurdos, drusos, alauíes, suníes y cristianos; por el reconocimiento de sus miedos y derechos; por la construcción de un Estado que proteja antes de coaccionar, y quizá por nuevas fórmulas administrativas internas, garantizadas internacionalmente frente a la injerencia de los regímenes vecinos en nombre de “necesidades estratégicas” o “espacios vitales”. En su muerte, Rifaat al-Assad puede servir por fin para algo distinto de derramar la sangre de los demás. Ojalá su desaparición recuerde que la nueva Siria no necesita nuevos verdugos convencidos de actuar por su bien, sino dirigentes capaces de resistir la tentación del abismo. Que los monstruos pertenezcan al pasado. Y que la historia siria pueda escribirse, por fin, con algo distinto a letras de sangre.

Unión por el Mediterráneo: un relanzamiento inacabado del sueño de Barcelona (4/5)

Tras repasar el nacimiento del Proceso de Barcelona y su evolución hacia la Unión por el Mediterráneo, marcando su ampliación, es conveniente preguntarse por el estado actual de esta Unión. ¿Cuáles son sus logros y dificultades? Este artículo ofrece un estado de la situación y un balance, así como perspectivas para 2026. Entre las tres palabras que designan el Proceso de Barcelona, se encuentran, por supuesto, «proceso», pero también «asociación» y «Med» de Euromed. Son la prueba de que esta iniciativa ha creado una dinámica de cooperación, de diálogo –palabra también empleada– y de encuentro entre los países que forman una comunidad en torno al Mediterráneo, así como aquellos que están estrechamente ligados geográficamente. Se han añadido los países de la vecindad inmediata, sin olvidar las organizaciones que federan y representan subconjuntos, como la UE y la UMA (Unión del Magreb Árabe). Treinta años después, esta iniciativa no ha muerto. Sin embargo, puesta a prueba por el tiempo y los acontecimientos, debía evolucionar e inscribirse en un marco nuevo, menos ambicioso, pero más realista y pragmático. A Euromed correspondía una estrategia a largo plazo, ciertamente ambiciosa, pero determinada por un diálogo político e implicando una cooperación global en torno a tres pilares. La institucionalización fue un éxito, pero los objetivos, especialmente los económicos, quedaron por debajo de las expectativas. Entonces pareció pertinente reorientar los proyectos hacia acciones regionales y, para ello, adoptar una estructura institucional más reactiva y operativa. Si la ambición parecía, aparentemente, perder intensidad, la eficacia aparecía más prometedora, más fácil de implementar y –lo que faltaba hasta entonces– más visible para las poblaciones. La cumbre de Barcelona de 2005 marcó un punto de inflexión político: diez años después del lanzamiento de la asociación, se fijó el objetivo de relanzarla, de reforzar su visibilidad y eficacia, y de definir un programa para los próximos cinco años. El Proceso de Barcelona respondía a la necesidad de asociar a los países del Sur del Mediterráneo a la construcción europea. Sin embargo, el escenario ideal de la asociación, que consistía en iniciar una dinámica virtuosa comparable a la observada en Europa Central y Oriental, donde la apertura comercial exigía reformas institucionales de acompañamiento beneficiosas para el desarrollo global, no se verificó. El diagnóstico fue implacable: el proceso está estancado. A la falta de resultados concretos y visibles se añadían, a mediados de los años 2000, la dificultad de cooperación política para los países que rodean el Mediterráneo, debido al conflicto israelí-palestino y a la aparición de signos de fatiga institucional en el seno de la UE. En 2007, Nicolas Sarkozy, entonces candidato a la presidencia francesa, propuso la creación de una Unión Mediterránea limitada a los países ribereños. Bajo un fuerte impulso alemán, apoyado por la Comisión Europea, el proyecto se amplió para evitar una ruptura con los países no mediterráneos. El proyecto tomó el nombre de Unión por el Mediterráneo (UpM) y fue adoptado en la cumbre de París del 13 de julio de 2008. Su objetivo era relanzar la dinámica iniciada en 1995, que estaba estancada, y reactivar Euromed . Se trató de una transición institucional que prolongaba y reanimaba el Proceso de Barcelona bajo una forma más pragmática y operativa, basada en una gobernanza compartida. Los proyectos, ahora regionales y concretos, conciernen a los sectores del transporte, la energía, el medio ambiente, la educación y la juventud, la igualdad de género. Desde 2010, la UpM, que cuenta con 43 miembros, dispone de una secretaría permanente en Barcelona. Diagnóstico de 2025 Se han logrado avances técnicos y proyectos concretos, como la cartera de inversiones, iniciativas sectoriales y una cooperación universitaria/juventud. Sin embargo, las dificultades de integración económica regional, las recurrentes crisis geopolíticas (conflictos regionales, repercusiones de la guerra en Ucrania, inestabilidad en el Sahel y en Oriente Medio) y las múltiples tensiones constituyen límites políticos (prioridades de seguridad) y estructurales persistentes. En curso, una reactivación política con apoyo financiero: Nuevo Pacto para el Mediterráneo. Este Pacto busca tres ejes: educación, movilidad y empleo; economías más integradas y sostenibles; así como seguridad e inmigración. La OCDE y la UpM informan de los avances realizados, pero subrayan la necesidad de un enfoque más específico y de un proceso de integración reforzado. Algunas voces critican la prioridad otorgada a los intereses europeos y la falta de medios políticos y financieros (falta de inversiones privadas) para concretar la transformación esperada, en particular para los grandes proyectos regionales transfronterizos. El desarrollo de una apropiación local de los proyectos, la participación de la sociedad civil y la garantía de los derechos son indispensables para concretar estos proyectos. Perspectivas y recomendaciones para 2026 Desarrollar grandes programas regionales (energías renovables, corredores logísticos, formación técnica); apoyar la inversión en reformas prácticas (facilitación del comercio, gobernanza portuaria, reconocimiento de cualificaciones); reforzar la participación de la sociedad civil y del sector privado local para legitimar los proyectos y garantizar su impacto social (empleo, derechos); implementar medidas de resiliencia cooperativas en previsión de riesgos climáticos, alimentarios y migratorios. El balance El Proceso de Barcelona ha permitido la creación de un espacio de diálogo entre las dos orillas del Mediterráneo y la elaboración de programas de cooperación. Los proyectos de dimensión social y cultural y la decisión de implicar a la sociedad civil son activos que permitirán afrontar los desafíos. Sin embargo, la zona de libre comercio no se ha realizado plenamente. La financiación sigue siendo un obstáculo, al igual que los conflictos regionales y el contexto general del Mediterráneo, marcado por las migraciones y la inestabilidad. En conclusión, el Proceso de Barcelona sigue existiendo bajo una forma más moderna, que combina pragmatismo, realismo y diálogo regional para la realización de proyectos concretos. La UpM, reencarnación del proceso, agrupa a un mayor número de Estados (43), lo que constituye en sí mismo un éxito. Los esfuerzos a continuar siguen siendo de orden político y financiero, con una atención particular a la selección de las iniciativas sectoriales y a la implementación de una integración regional tangible y real. Próximo y último artículo: el balance para el Líbano desde 1995 y el papel específico que el país podría desempeñar en la Unión: ser un iniciador-federador que asociaría a todas las comunidades libanesas en este proceso. Artículos anteriores 1/5 La Unión Mediterránea… el proyecto efímero de un arco mediterráneo 2/5 De la Unión Mediterránea a la Unión por el Mediterráneo 3/5 Tres nombres para una cooperación rica en promesas: el Proceso de Barcelona

ZEE Líbano-Chipre: la inversión petrolera y los desafíos geopolíticos (2)

La apuesta energética frente al colapso económico Con la firma del acuerdo de delimitación de fronteras marítimas con Chipre en 2025, la explotación de los recursos offshore se presenta como una palanca potencialmente decisiva para la reactivación de la economía libanesa, en profunda crisis. Aunque este acuerdo ha proporcionado un marco jurídico formal para las fronteras marítimas, no ha disipado todos los desafíos económicos y geopolíticos. Los plazos de explotación, las persistentes disputas regionales y los bloqueos políticos sitúan al Líbano ante una ecuación compleja: aprovechar las oportunidades energéticas sin comprometer sus intereses nacionales. El petróleo primero: del riesgo jurídico a la elección del acuerdo Según el general Khalil Gemayel, experto en delimitación de fronteras marítimas, el Líbano estaba convencido de que recurrir a las jurisdicciones marítimas internacionales para resolver la disputa con Chipre habría transformado los bloques petroleros libaneses adyacentes a ese país —los bloques 1, 3, 5 y 8— en zonas disputadas hasta la emisión de una decisión definitiva. Una situación así habría, de facto, provocado un retraso considerable en las operaciones de exploración, ya que las grandes compañías petroleras internacionales evitan sistemáticamente las zonas litigiosas. Bajo esta lógica, la firma del acuerdo fue percibida como un medio para sacar a estas zonas de la incertidumbre jurídica y hacerlas inmediatamente explotables, sin obstáculos legales. Clarificación jurídica, explotación aplazada Sin embargo, Gemayel matiza fuertemente esta interpretación. Recuerda que la reciente adjudicación del bloque libanés n.º 8 concedió al consorcio liderado por TotalEnergies un plazo de tres años para decidir, a la luz de los resultados de los estudios sísmicos, si procederá o no a la perforación de un pozo. Según él, este período «abierto» podría, en la práctica, resultar mucho más largo que el tiempo que habría requerido una decisión dictada por una jurisdicción internacional competente, decisión que habría garantizado los derechos del Líbano y fijado sus fronteras marítimas con Chipre de manera definitiva, clara y sin ambigüedades, sin dejar lugar a interpretaciones. Logros jurídicos limitados en un entorno diplomático complejo Gemayel no espera que el acuerdo contribuya de manera significativa al fortalecimiento de la estabilidad jurídica o diplomática del Líbano. Estima que el acuerdo se concluyó sin la implicación de un actor clave en la delimitación de las fronteras, a saber, Siria. También subraya que Turquía rechaza cualquier menoscabo a los derechos de los chipriotas turcos en la República Turca del Norte de Chipre. Turquía y Siria: actores ausentes pero determinantes Advierte que Turquía impide concretamente, mediante la presencia de sus buques militares, que cualquier compañía petrolera realice actividades de prospección en las zonas que considera que pertenecen a los derechos de los chipriotas turcos. Esta realidad, combinada con la disputa marítima no resuelta con Siria, podría constituir un riesgo tanto práctico como político para la implementación efectiva del acuerdo. El punto tripartito en suspenso: una bomba fronteriza de relojería Gemayel subraya que el acuerdo dejó en suspenso la cuestión del punto tripartito n.º 7 (Siria – Chipre – Líbano), a la espera de la finalización de la delimitación con Siria. Sin embargo, según él, el problema es mucho más profundo. Damasco considera que la zona marítima en disputa con el Líbano se extiende desde el punto libanés n.º 5 al sur hasta el punto n.º 7 al norte, cubriendo una superficie controvertida estimada en unos mil kilómetros cuadrados. Gemayel advierte que esta situación podría transformarse, a la larga, en un verdadero problema estratégico para el Líbano. La hoja de ruta necesaria: acelerar la delimitación y compensar las pérdidas A la luz de estos elementos, Gemayel estima que el Líbano debe, con prioridad, acelerar la resolución de la disputa marítima con Siria para fijar definitivamente sus fronteras septentrionales. También insta a agilizar la adjudicación y explotación de los bloques petroleros libaneses adyacentes a Chipre, con el fin de compensar una parte de las pérdidas inducidas por un acuerdo que considera, en su esencia, desequilibrado. Lectura estratégica del acuerdo: tres enseñanzas clave Si bien las declaraciones de Gemayel ponen de manifiesto claramente los riesgos jurídicos y geopolíticos, una lectura estratégica destaca tres observaciones principales: Inversiones rápidas, incertidumbre temporal 1. La prioridad económica a corto plazo: el Líbano ha optado por eliminar los obstáculos jurídicos para tranquilizar a los inversores y atraer rápidamente a las compañías petroleras. Sin embargo, este enfoque no ha permitido una explotación inmediata de los recursos, especialmente debido al largo plazo concedido para el bloque 8. Los conflictos regionales resurgen en el mar 2. La persistencia de las amenazas regionales: las disputas con Siria y la negativa de Turquía a reconocer los derechos de los chipriotas turcos exponen al Líbano a riesgos recurrentes susceptibles de obstaculizar la exploración y la producción. El acuerdo proporciona un marco jurídico, pero no ofrece una protección real contra las tensiones políticas o militares. Fronteras definidas, soberanía frágil 3. Un equilibrio interno frágil: el acuerdo refleja una decisión política rápida, pero deja al Líbano con fronteras jurídicamente definidas, aunque vulnerables a futuras impugnaciones. Esta situación reduce el margen de maniobra del país en futuras negociaciones y afecta a las repercusiones económicas esperadas. Conclusión: un acuerdo jurídico sin garantías estratégicas En definitiva, el acuerdo con Chipre ofrece al Líbano una estabilidad formal y un marco jurídico de referencia, pero lo expone a desafíos estratégicos importantes. El éxito de este acuerdo como herramienta de soberanía económica y seguridad energética dependerá de la capacidad del Líbano para resolver rápidamente la disputa con Siria, acelerar las operaciones de exploración y gestionar con prudencia sus relaciones regionales, con el fin de transformar un simple texto jurídico en una verdadera oportunidad para la economía nacional y el sector energético. Artículo anterior: ZEE Líbano-Chipre: entre logros jurídicos y pérdidas marítimas

"La insurrección de las particularidades": una Europa desarmada frente a la historia

En una primera parte de este análisis, comenzamos a oponer las dos visiones de Europa tal como las veían sus fundadores, al salir de la Segunda Guerra Mundial, en particular Robert Schuman, y tal como existe hoy, privada de su impulso fundador y ocultando sus raíces cristianas y grecorromanas. He aquí la segunda parte, que se basa en un análisis de la filósofa Chantal Delsol, quien acaba de publicar una obra sobre el «Viejo continente». En La insurrección de las particularidades, Chantal Delsol constata severamente un alejamiento progresivo de este espíritu fundador. Según ella, la Europa contemporánea ha sustituido el legado por una ideología de la neutralidad, la cultura por una administración, y la antropología cristiana por un individualismo abstracto. Al pretender fundarse exclusivamente en normas universales desvinculadas de toda tradición, ha deslegitimado progresivamente las pertenencias concretas –naciones, culturas, religiones, modos de vida– que, sin embargo, estructuraban el espacio europeo. De esta evolución nace lo que Delsol llama una «insurrección de las particularidades». Los pueblos y las identidades se rebelan contra una Europa percibida como lejana, normativa e indiferente a las particularidades. Donde Schuman veía en las naciones mediaciones necesarias para la paz, la Europa contemporánea tiende a considerarlas como supervivencias a superar. Este rechazo produce una paradoja: al querer abolir las diferencias en nombre de lo universal, provoca su regreso en forma de tensiones, repliegues identitarios y fracturas. Esta crisis cultural se suma hoy a una importante crisis geopolítica, revelada brutalmente por la guerra en Ucrania. El regreso de un conflicto de alta intensidad al suelo europeo actúa como un revelador: la Europa que se había construido en el rechazo de la guerra descubre que también ha desaprendido a pensar la potencia, la defensa y la conflictividad. La ilusión de un continente definitivamente pacificado, regido únicamente por el derecho y el comercio, se derrumba frente a la realidad de la historia. El conflicto ucraniano pone de manifiesto los límites de las capacidades militares europeas, largamente descuidadas en nombre de un pacifismo que se ha vuelto estructural. Dependiente de la OTAN y, en última instancia, de Estados Unidos para su seguridad, Europa lucha por concebirse como un actor estratégico autónomo. Esta debilidad militar no es solo técnica: es el síntoma de un desarme más profundo, cultural y político. Un continente que ya no sabe lo que es, ni lo que quiere defender, lógicamente le cuesta aceptar la idea de la fuerza. Esta fragilidad también se manifiesta en otros asuntos geopolíticos, como los debates suscitados por las veleidades americanas respecto a Groenlandia. El «Viejo Continente», antaño centro de gravedad del mundo, a veces parece volver a ser un objeto de codicia más que un sujeto soberano de la historia. Una vez más, el debilitamiento estratégico refleja la erosión de la conciencia civilizacional. Para Chantal Delsol, Europa ha olvidado lo que la hacía singular: la capacidad de articular lo universal y lo particular. Al romper con el cristianismo como base cultural —no como religión de Estado, sino como visión del hombre y del mundo—, ha perdido su principio de unidad interna. La insurrección de las particularidades no es, por tanto, una deriva accidental, sino la consecuencia lógica de esta amnesia. La confrontación entre Schuman y Delsol revela así una alternativa decisiva. Donde la democracia cristiana de la posguerra hacía de la memoria —del «Nunca más»— un motor de construcción, la Europa contemporánea parece querer fundarse en el olvido. Pero un continente que ya no sabe de dónde viene, ni lo que quería evitar, se encuentra vulnerable, tanto a nivel interno como frente a las relaciones de poder externas. Quizás la guerra en Ucrania invita, trágicamente, a redescubrir la intuición fundacional de Schuman: una Europa consciente de sus límites, fiel a sus herencias, capaz de unir sin borrar, de defenderse sin renegar del alma que la hizo nacer y de la historia que la moldeó. Artículo anterior: El "Viejo continente" entre memoria fundacional y desarme civilizatorio

Una cooperación rica en promesas, el Proceso de Barcelona (3/5)

Tercer artículo de nuestra serie de artículos sobre la asociación euromediterránea: el Proceso de Barcelona, sus evoluciones, su financiación y su posterior sustitución a partir de 2008 por la Unión Mediterránea, que se convirtió en la Unión por el Mediterráneo. El Mediterráneo, rico en culturas, espacio de interconexión, encrucijada de civilizaciones, es un conjunto de países que comparten un patrimonio en el que sus diferentes culturas se han enriquecido mutuamente. Las relaciones se han extendido a intercambios económicos y científicos. Esta identidad única ha favorecido la creación de redes que perduran sobre un sentimiento de unidad regional. La Unión Europea propuso un marco de cooperación multilateral con todos los países de la cuenca mediterránea, iniciando una nueva fase en sus relaciones, abordando por primera vez los aspectos económicos, sociales, humanos, culturales y las cuestiones de seguridad común. Esta asociación se concretó con la adopción de una declaración en la Conferencia de Barcelona (27 y 28 de noviembre de 1995) por los Estados miembros de la UE y los doce terceros países mediterráneos (TPM): Argelia, Chipre, Egipto, Israel, Jordania, Líbano, Malta, Marruecos, Siria (suspendida desde mayo de 2011), Túnez, Turquía, la Autoridad Palestina y, en calidad de observador, Mauritania. La Liga de Estados Árabes y la Unión del Magreb Árabe (UMA) fueron invitados. La declaración final de la Conferencia Euromediterránea fue el inicio de lo que se denominó el «Proceso de Barcelona» o «Asociación Euromediterránea» (PEM), también conocida como «Euromed». Sus objetivos y modalidades se articulan en torno a tres pilares estructurantes: cooperación política y de seguridad con el fin de definir un espacio común de paz y estabilidad, cooperación económica y financiera para la construcción de una zona de prosperidad compartida, cooperación cultural y social para fomentar la comprensión entre las culturas y los intercambios entre las sociedades civiles. El objetivo final era, por tanto, crear una zona de prosperidad compartida en una Zona de Libre Comercio Euromediterránea (ZLEC), lo que se inició en el marco de la UpM en 2010. El instrumento financiero de esta política euromediterránea fue el programa MEDA (Medidas de Acompañamiento Financiero y Técnico) de la UE para la implementación de la asociación euromediterránea y sus actividades. A partir del 1 de enero de 2007, el Instrumento Europeo de Vecindad y Asociación (IEVA) tomará el relevo. Diez países socios de la UE se benefician, a través del programa MEDA, de fondos del Banco Europeo de Inversiones. Esta conferencia y la declaración adoptada sentaron las bases de un proceso destinado a lograr un marco multilateral de diálogo y cooperación entre la UE y los terceros países mediterráneos, permitiendo además definir un programa de trabajo: En el marco de la asociación política y de seguridad, los miembros se comprometen a apoyar una solución justa, global y duradera de los conflictos en Oriente Medio, basándose en particular en las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. En el marco de la asociación económica y financiera, la creación de la ZLEC euromediterránea se enmarca en los acuerdos de asociación euromediterráneos y los acuerdos de libre comercio entre los TPM. Estos acuerdos se celebran respetando las normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Los socios definen prioridades para facilitar la creación de la ZLEC y también deben establecer prioridades de cooperación en materia de infraestructuras de transporte, desarrollo de las tecnologías de la información y modernización de las telecomunicaciones. En cuanto a la asociación social, cultural y humana, los miembros cooperan con el fin de desarrollar los recursos humanos y fomentar la comprensión entre las culturas y los intercambios entre las sociedades civiles. En 2005, con el objetivo de reforzar y estrechar los lazos de la asociación, reafirmando y desarrollando sus objetivos que así cobran mayor profundidad, se afirmó el objetivo de establecer una zona de libre comercio entre todos los países de Euromed. Esta asociación, fundada en las relaciones de paz entre todos los Estados miembros que tienen intereses comunes y un largo pasado de intercambios mutuos, se extiende a la inmigración y la lucha contra el terrorismo, que se convierten en ámbitos prioritarios. El Proceso de Barcelona, lanzado en 1995, es una iniciativa única y ambiciosa que sentó las bases de una nueva asociación regional en el marco de la cooperación euromediterránea. La asociación se implementó en 2008 con la creación de la Unión por el Mediterráneo. Noviembre de 2025 fue el 30 aniversario del proceso de Barcelona, iniciativa histórica de cooperación euromediterránea lanzada en 1995 con la esperanza de una paz compartida en Oriente Medio. Esta iniciativa reunió a países de ambas orillas del Mediterráneo para reforzar sus lazos y abordar desafíos comunes en los ámbitos político, económico, cultural, social y ambiental. El proceso de Barcelona allanó el camino para la creación de la Unión por el Mediterráneo (UpM) en 2008, consolidando un espíritu de cooperación regional que perdura hasta hoy. El conflicto en Oriente Medio ha demostrado que la estabilidad de la región es crucial para la seguridad mundial, y cualquier crisis en su seno o alrededor de ella se repercute inevitablemente en todo el mundo. Además, la región se enfrenta a crecientes disparidades económicas, a una emergencia climática cada vez mayor, a una fragilidad social y presenta una vulnerabilidad acuciante. En un contexto tan crítico, es importante preguntarse si se han realizado suficientes esfuerzos en los últimos treinta años para reforzar los marcos de cooperación regional y multilateral con el fin de abordar los desafíos comunes. Próximo artículo: la Unión por el Mediterráneo, balance general desde 1995 y, sin ocultar los frenos, ofrecerá perspectivas para 2026 Artículos anteriores: 1/5 Unión Mediterránea: ¿qué fue del proceso de Barcelona? 2/5 La idea mediterránea a prueba de los equilibrios europeos

Bienvenido a Ramsés II
Por
Micha Moussallem
Publicado

En nuestro primer artículo seguimos paso a paso la construcción del museo y revisamos sus capacidades técnicas. Ahora es momento de descubrir algunos de los tesoros que alberga. Apenas se cruzan las puertas del Gran Museo Egipcio (GEM, por sus siglas en inglés), los visitantes ingresan al Atrio, un majestuoso salón de 10.000 metros cuadrados, cubierto por un techo de vidrio y dominado por una gran escalinata de 108 escalones que se extiende a lo largo de seis niveles y ocupa 6.000 metros cuadrados. El museo cuenta con 12 galerías y está organizado en torno a tres grandes ejes temáticos: la realeza, la sociedad y las creencias. De este modo, recorre períodos que van desde la era predinástica hasta la época grecorromana. Un viaje fascinante a través de 7.000 años de historia Desde el momento en que se ingresa al inmenso vestíbulo, comienza un viaje extraordinario en el tiempo. El Gran Salón está dominado por la colosal estatua de Ramsés II, descubierta cerca de la antigua Menfis en 1820. Con tres mil años de antigüedad, 11 metros de altura y más de 80 toneladas de granito rojo, la imponente figura parece avanzar para dar la bienvenida. Antes de ser trasladada al GEM, se encontraba en la entrada de la estación de El Cairo, en la plaza que llevaba el nombre del faraón. Fue necesario ubicarla dentro del museo incluso antes de que el salón estuviera terminado, ya que sus dimensiones excepcionales impedían ingresarla por las puertas. La gran escalinata es en sí misma una obra de arte y ofrece una vista espectacular de las pirámides. Está decorada con estatuas colosales de faraones, sarcófagos y objetos de valor incalculable, organizados en una puesta en escena impactante según cuatro temas precisos: estatuas de reyes y reinas, espacios de oración, la relación del rey con los dioses y, finalmente, los sarcófagos reales. En lo alto de los escalones y a lo largo de todo el recorrido, el gran protagonista es, sin duda, la impresionante vista de las pirámides. Algunas maravillas El museo reúne los tesoros más bellos del antiguo Egipto y conserva miles de piezas, todas restauradas cuidadosamente in situ en los laboratorios del propio museo. Miles de objetos adicionales esperan aún su proceso de restauración. Entre estas maravillas, un piso completo está dedicado a Tutankamón. El joven faraón, fallecido a los 19 años, sigue fascinando tanto a turistas de todo el mundo como a egiptólogos e investigadores. Este interés se debe principalmente al extraordinario tesoro hallado intacto en su tumba por el arquitecto Howard Carter, un descubrimiento que marcó un antes y un después en la historia de la egiptología. El tesoro de Tutankamón reúne más de 5000 objetos, exhibidos en dos galerías que abarcan 7000 metros cuadrados. Entre las piezas más emblemáticas destaca su famosa máscara funeraria, una obra maestra de la artesanía y la orfebrería del antiguo Egipto. Realizada en oro macizo e incrustada con turquesas, lapislázuli, cuarzo y otras piedras preciosas, pesa cerca de 10 kilogramos. Fue colocada en la tumba para permitir que el alma del faraón reconociera su cuerpo en el más allá. Los visitantes también pueden admirar su trono dorado, seis carros de guerra, tres camas funerarias, una de ellas de oro macizo, y cientos de objetos como joyas, amuletos y vestimentas destinados a acompañarlo en la vida después de la muerte. La barca de Keops Otro de los grandes atractivos del museo es la Sala de las Barcas de Keops, donde se exhibe la barca solar de Keops, el faraón que mandó construir la Gran Pirámide. Mide 43.5 metros de largo y 5.9 metros de ancho, y tiene más de 4600 años de antigüedad. Objeto simbólico de la mitología egipcia, vinculado al ciclo de Ra, el dios solar, es considerada la embarcación intacta más antigua del mundo. Esta obra maestra, elaborada en madera de cedro del Líbano, muy apreciada en la Antigüedad, estaba destinada a transportar al rey difunto hacia el más allá. Fue hallada intacta en una fosa, pero desmontada como un rompecabezas de 1224 piezas. A los expertos les tomó diez años reconstruirla, ya que su estructura no contenía ni clavos ni tornillos. Esto es solo una pequeña muestra de los innumerables tesoros del museo. Harían falta varios artículos para recorrerlos todos. En nuestra próxima entrega analizaremos el impacto del museo en la proyección cultural de Egipto, así como en la economía y el orgullo nacional.