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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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Trump y el Líbano: una oportunidad que no hay que perder

El Líbano se encuentra hoy en un punto de inflexión decisivo. Tiene ante sí una oportunidad excepcional, quizá única, para liberarse de una vez por todas de su enemigo más peligroso: Hezbolá, la organización militar respaldada por Irán que ha dominado la vida política interna del país durante más de cuarenta años. Bajo el pretexto de proteger la seguridad del Líbano y defenderlo frente a Israel, Hezbolá ha provocado, en realidad, caos, destrucción, colapso económico y sufrimiento. Su historial evidencia una incompetencia y una impotencia absolutas: no ha logrado defender ni un solo centímetro del territorio libanés ni infligir un daño estratégico serio a Israel. Aun así, pese a su derrota y descrédito evidentes, la organización sigue negándose a cumplir la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU. Hasta ahora, las ideas e iniciativas diplomáticas del presidente Trump orientadas a resolver este problema han sido recibidas con la negación y el rechazo categórico de Hezbolá a desmantelar por completo su arsenal militar al norte del río Litani. Sin embargo, este títere del régimen iraní de los mulás se encuentra hoy entre la espada y la pared. Incapaz de desligarse de su patrocinador, tampoco puede justificar ante la comunidad chiita, a la que dice representar de manera engañosa, que las cartas ya están echadas, que los vientos de cambio son irreversibles y que ha llegado el momento de la paz con Israel. Décadas de violencia innecesaria y de confrontación ideológica no han dejado al Líbano más que estancamiento y retroceso. Mientras tanto, los países del Golfo Árabe atraviesan un período de crecimiento económico sin precedentes, desarrollo social y mayores perspectivas para sus jóvenes generaciones. Las vacías quimeras del panarabismo han quedado atrás, reemplazadas por el realismo, el pragmatismo y el sentido común. Sin duda, la llegada del presidente Trump marca un punto de inflexión en el panorama político de Medio Oriente y representa una oportunidad única para que el Líbano logre finalmente zafarse del control asfixiante de los mulás iraníes y de sus aliados locales. Nunca un presidente estadounidense había ofrecido al Líbano, de forma tan clara, la posibilidad de pasar página e inaugurar un nuevo capítulo prometedor para todos sus ciudadanos. A diferencia de la complacencia y las dilaciones interminables de anteriores administraciones demócratas, el actual liderazgo estadounidense está decidido, incluso mediante el uso de la fuerza si fuera necesario, a imponer la paz y la estabilidad en la región. Con la excepción de algunos Estados y actores reacios como Irán, Hezbolá, Yemen y, en menor medida, Irak, el clima regional dominante se aleja de la arrogancia y se orienta hacia el pragmatismo. Corregir y desmantelar las desastrosas y deliberadamente erróneas políticas exteriores de la administración Obama, que fortalecieron al régimen iraní y alejaron a los países del Golfo, no es una tarea sencilla. Sin embargo, el presidente Trump avanza claramente en esa dirección. En paralelo a estos cambios, el propio Líbano tiene un papel fundamental que desempeñar si realmente desea aprovechar esta oportunidad histórica y no perder el tren puesto en marcha por el presidente Trump. Las autoridades libanesas, el presidente y el gobierno, deben imponer de inmediato el desarme de Hezbolá en todo el territorio nacional. Esto permitiría destrabar la implementación de otras reformas esenciales y largamente postergadas. La reiterada invocación del fantasma de una guerra civil no es más que un recurso intimidatorio, utilizado de forma cínica para encubrir la debilidad política y la inacción. Si no se actúa, la población deberá despertar, tomar la iniciativa y reaccionar. Es imprescindible ordenar la casa si el Líbano aspira a ser tomado en serio por la comunidad internacional. Con al menos el 75 por ciento de la población a favor del desarme de Hezbolá, debe lanzarse sin demora una campaña bien organizada y de amplia visibilidad. Los partidos políticos contrarios a Hezbolá deben ser presionados por sus propios votantes para que apoyen, y no obstaculicen, estos esfuerzos. Por una vez, la presión debe surgir desde la base hacia arriba, y no al revés. Esta campaña puede adoptar múltiples formas y no debe limitarse a una sola línea de acción: conferencias, editoriales y pódcasts; presencia en medios internacionales; reuniones con embajadas; marchas y protestas bajo la protección del Ejército libanés. El Líbano cuenta con un valioso capital humano independiente dispuesto a contribuir a este esfuerzo. No obstante, ello requerirá financiamiento, coordinación y un compromiso sostenido a largo plazo. Si todo lo anterior fracasa, la desobediencia civil deberá convertirse en el credo de la ciudadanía: negativa a pagar impuestos, boicots a la administración pública, paros laborales y presión constante sobre la clase política. La voluntad colectiva debe imponerse si el Líbano quiere volver a ver la luz. Por último, queda una pregunta fundamental sin respuesta: ¿renunciará Irán a sus ambiciones megalómanas y ordenará a Hezbolá apartarse de una vez por todas, o sufrirá, junto con su aliado, otra derrota histórica a manos de Israel y Estados Unidos? Las consecuencias de la última reunión entre Trump y Netanyahu arrojarán, sin duda, luz sobre el rumbo de los acontecimientos por venir.

La barbarie llora a Rifaat al Assad
Por
Khairallah Khairallah
Publicado

Rifaat al Assad, fallecido el 20 de enero de 2026, encarnó uno de los rostros más reveladores de la transformación siria hacia lo que cabe llamar el “Estado de la barbarie”: un Estado cuya supuesta legitimidad descansaba en la represión, la asabiyya comunitaria impuesta y la búsqueda obstinada de una “alianza de minorías”. Esta transformación comenzó, en los hechos, con la unión sirio-egipcia de 1958, una experiencia efímera que no sobrevivió más de tres años y algunos meses. En el fondo, Rifaat al Assad no fue más que un engranaje dentro de ese Estado sirio de barbarie que defendió sin reservas, mucho antes de la masacre de Hama en febrero de 1982 y hasta la invasión del campo hacia las ciudades. Esta empresa buscaba imponer a los habitantes urbanos valores arcaicos, como represalia contra todo lo que Damasco, Alepo, Homs, Hama o Latakia representaban como valores civilizatorios. Esa invasión tuvo lugar en la propia Siria. Pero el Estado sirio de barbarie pronto desbordó sus fronteras y se extendió al Líbano. Durante años, Rifaat al Assad mantuvo allí una presencia militar efectiva, mediante el despliegue de fuerzas de las Saraya al Difaʿ ( Fuerzas de Defensa ) en el estadio del club al Nahda, en Ras Beirut, cerca de los Baños Militares ( Hammam al Askari ). Él y su grupo se hicieron responsables de prácticas ignominiosas, entre ellas el secuestro del encargado de negocios jordano Hisham Muhaysin, quien fue liberado posteriormente bajo presión. Rifaat también intentó movilizar a los alauíes de Trípoli, tratando de enrolarlos al servicio de su proyecto basado en una alianza de minorías contra la mayoría suní, allí donde existiera. La deriva hacia el Estado sirio de barbarie se consolidó profundamente con el golpe de Estado del 8 de marzo de 1963, llevado a cabo por oficiales baasistas y nasseristas decididos a aniquilar cualquier posibilidad de renacimiento sirio. Ese golpe destruyó las últimas esperanzas de que Siria volviera a ser un Estado normal tras el final, a la vez grotesco y trágico, de la unión disuelta el 28 de septiembre de 1961. Dicha unión no había producido más que una catástrofe económica, abriendo el camino a las nacionalizaciones y sentando las bases del Estado securitario, bajo la dirección del oficial Abdelhamid Sarraj. Rifaat al Assad, hermano menor de Hafez al Assad, encarnó plenamente la figura del alauí ávido de poder y dinero, incapaz de expresarse en otro lenguaje que no fuera el de la violencia y el chantaje. Fue un componente orgánico del Estado de barbarie instaurado por Hafez al Assad, quien sentó metódicamente sus cimientos. Hasta 1984, Rifaat siguió siendo uno de los instrumentos del “hermano mayor”, fundador del Estado alauí que se derrumbó el 8 de diciembre de 2024, el día en que Bashar al Assad huyó precipitadamente a Moscú. Rifaat al Assad no se limitó a cometer crímenes contra la población común. Incluso trató de imponerse como “doctor”, adoptando poses de intelectual pese a ser incapaz de articular una sola frase correctamente. Desempeñó todos los papeles que el sistema esperaba de él, en particular al fundar las Saraya al Difaʿ ( Fuerzas de Defensa ), unidades militares alauíes cuya misión exclusiva era proteger al régimen y servirle de escudo. Estas fuerzas fueron luego disueltas y reemplazadas por la Guardia Republicana, también dirigida por oficiales alauíes. Rifaat ocupó durante un tiempo el cargo de vicepresidente de la República, antes de ser marginado cuando intentó tomar el poder aprovechando la grave crisis de salud de su hermano en 1984. Creyó entonces que se daban todas las condiciones para apropiarse del poder absoluto. Pero Hafez al Assad, salvado por sus médicos, movilizó a otros altos mandos alauíes para cerrar el paso a cualquier pretensión sucesoria. El ministro de Defensa de la época, el suní Mustafa Tlass, asumió el papel de la invectiva pública, levantando el último velo de protección que disfrutaba Rifaat. Tlass supo siempre cómo satisfacer a Hafez al Assad y dominó a la perfección el rol que le fue asignado, mientras su “maestro” preparaba a su hijo mayor, Bassel, para la sucesión. Eso debía ocurrir en 2000. Pero Bassel murió en 1994, y el heredero del trono fue Bashar. Durante los largos años que pasó fuera de Siria, Rifaat al Assad se benefició de importantes recursos financieros provenientes de diversas fuentes árabes. Adquirió propiedades suntuosas y hoteles en Francia, Gran Bretaña, España y otros países. También intentó reconvertirse en el ámbito mediático. Su comportamiento, marcado por una cultura tipo shabbiha ( milicias paramilitares al servicio del régimen ), cambió poco. Lo que sí cambió fue su discurso: empezó a presentarse como defensor de los Estados del Golfo, afirmando estar muy lejos de cualquier intento de chantaje mediante el acercamiento a Irán, práctica que su hermano Hafez y luego Bashar habían convertido en un instrumento de poder. Hafez al Assad poseía una mente política formidable, movida por el deseo de ocultar su sectarismo y su odio hacia los suníes urbanos, así como hacia todos los que aún creían en la libertad en Siria. Tomó el poder en otoño de 1970 y accedió a la presidencia en 1971, convirtiéndose en el primer alauí en ocupar ese cargo. Omnipotente, hasta que el destino lo golpeó brutalmente en 1994, cuando su hijo mayor, Bassel, murió en un accidente de tráfico camino al aeropuerto de Damasco. Fue el golpe más violento de su vida. Rifaat, por su parte, permaneció convencido hasta el final de que las circunstancias le permitirían regresar a Damasco para desempeñar un papel político, mucho antes de la muerte de Bassel. De hecho, regresó en 1993 con motivo del fallecimiento de la matriarca, Naissa. Pero el presidente sirio lo trató con extrema cautela, sobre todo después de decidir preparar a Bashar como sucesor. Hafez al Assad, que calificaba a Rifaat de “estúpido” según un embajador estadounidense que sirvió en Damasco, permitió a su hermano menor ocupar algunos roles secundarios, manteniéndolo bajo estrecha vigilancia. Rifaat abandonó pronto Siria al comprender que toda actividad política le estaba definitivamente vedada. Alea jacta est. Lo máximo que Bashar al Assad hizo por su tío fue permitirle huir de París a Damasco para evitar la prisión francesa. Rifaat al Assad escapó así al encarcelamiento. Permaneció hasta el último día de su vida como prófugo de la justicia, una justicia que, tarde o temprano, alcanzará a Bashar al Assad y a muchos otros.

Las sanciones de EE. UU. dejan al descubierto las fallas del régimen iraní

« Los regímenes totalitarios no se contentan con dominar los cuerpos; buscan esclavizar las mentes. » – George Orwell Desde la revolución iraní de 1979, Estados Unidos ha impuesto a Teherán un régimen de sanciones económicas a gran escala, que con el paso de las décadas se ha convertido en uno de los dispositivos de presión más multidimensionales de la diplomacia estadounidense. Las primeras medidas, implementadas tras la toma de rehenes en la embajada estadounidense en Teherán en noviembre de 1979, congelaron los activos iraníes en Estados Unidos a través de la Orden Ejecutiva 12170, inmovilizando miles de millones de dólares y bloqueando numerosas operaciones financieras. A mediados de la década de 1990, Washington reforzó su arsenal: en marzo de 1995, se prohibió toda inversión estadounidense en el sector energético iraní; una medida seguida en mayo por un embargo comercial total que cubría casi la totalidad de los intercambios y transferencias tecnológicas. La «Iran and Libya Sanctions Act» de agosto de 1996 introdujo sanciones extraterritoriales, amenazando a las empresas extranjeras que invertían en los hidrocarburos iraníes. Aumento de las sanciones financieras Con las tensiones relacionadas con el programa nuclear iraní, las sanciones adquieren una dimensión financiera creciente. En julio de 2010, el Congreso adoptó la Ley Integral de Sanciones, Responsabilidad y Desinversión de Irán (CISADA), destinada a aislar a Irán del sistema financiero mundial restringiendo el acceso al dólar y al transporte marítimo para los actores económicos de Teherán. Entre 2011 y 2012, nuevas medidas afectaron al banco central de Irán y a los compradores de petróleo, provocando una caída significativa de los ingresos, pilar de la economía nacional. Paralelamente, las sanciones apuntaron a los funcionarios y redes financieras del régimen, con la congelación de activos y la prohibición de operaciones para limitar su acceso a los mercados internacionales. La máxima presión y la estrategia iraní Después de un alivio temporal vinculado al JCPOA de 2015 (el acuerdo nuclear iraní), algunas sanciones fueron suspendidas en enero de 2016, permitiendo una reanudación parcial de las exportaciones de petróleo. Este período terminó el 8 de mayo de 2018, con la retirada del acuerdo en cuestión por parte de Estados Unidos, que restableció progresivamente las sanciones hasta el 5 de noviembre de 2018 en el marco de la política de máxima presión. Según Phillip Smythe, experto en Oriente Medio que trabajó en el Washington Institute y el Atlantic Council, «las sanciones económicas han puesto al régimen de Jamenei en caída libre». «Esto, sin embargo, no ha impedido que el gobierno iraní continúe con sus acciones aventureras y la adquisición de armas, señala. Por el contrario, las medidas de EE. UU. complican la financiación de estos esfuerzos y de los proxies en el extranjero. La máxima presión ha limitado el acceso a tecnologías de doble uso, ha restringido el movimiento de la flota fantasma que transporta petróleo y ha frenado el acceso a las redes bancarias internacionales.» Smythe precisa que, a pesar de la presión, el régimen ha seguido financiando a algunas milicias e intentó continuar con sus programas de armamento, especialmente los misiles de largo alcance. Su flota fantasma siguió exportando petróleo y, en este sentido, China siguió siendo un socio clave, lo que permitió al régimen mantener sus recursos y su poder. Nuevas medidas y objetivos sin precedentes En enero de 2026, ante la represión de las manifestaciones masivas, el Tesoro estadounidense sancionó a Ali Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, por su papel en la represión. La congelación de activos y la prohibición de cualquier operación con entidades estadounidenses también se aplican a otros altos funcionarios y redes financieras del régimen. El 12 de enero de 2026, una medida histórica impuso un arancel del 25% a cualquier país que continuara comerciando con Irán, ilustrando así la dependencia del régimen de sus socios extranjeros y las debilidades estructurales de su economía. Las futuras palancas contra el régimen Según Phillip Smythe, «Estados Unidos dispone de numerosas herramientas» para aumentar la presión sobre la República Islámica. «Podrían atacar los aparatos bancarios más secretos explotados por la República Islámica, indica. Estas medidas podrían incluir sanciones que apunten directamente a los líderes y a los fundamentos de su poder» (teniendo en cuenta que la economía del régimen se basa en gran medida en el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, el IRGC, y las bases controladas por los mulás). «Entre otras herramientas potencialmente viables también se incluye el objetivo de la forma en que el régimen utiliza las criptomonedas para seguir financiándose, añade Phillip Smythe. Atacar otras economías “fantasma”, como la banca, el transporte marítimo y la transferencia de dinero, también podría constituir otros medios útiles para limitar la acción agresiva de la República Islámica.» Un régimen volcado en el armamento El Sr. Smythe subraya además que para el poder en Teherán, «el pueblo a menudo es lo último». La prioridad del régimen siguen siendo los programas militares y las ambiciones regionales, en detrimento de la población. A pesar de las sanciones y la presión internacional, el gobierno iraní prosigue sus aventuras militares y el apoyo a sus milicias, lo que pone de manifiesto la persistencia de un sistema totalitario decidido a imponer sus objetivos estratégicos. De 1979 a 2026, las sanciones estadounidenses –sectoriales, extraterritoriales o dirigidas a individuos– han evolucionado de una simple congelación de activos a un sistema global y multidimensional, que combina embargo, restricciones financieras, sanciones contra las élites y medidas arancelarias que afectan a los socios comerciales y revelan las fallas y contradicciones del régimen iraní. Un tigre de papel A pesar de la imagen de potencia que busca proyectar a nivel internacional, el régimen iraní ha demostrado ser un verdadero gigante de papel. Sus estructuras militares y políticas, presentadas como sólidas y omnipotentes, se basan en redes frágiles y una economía dependiente de socios extranjeros. Las sucesivas sanciones han puesto de manifiesto las vulnerabilidades financieras del poder y su dificultad para financiar sus ambiciones regionales y militares. Su aparente resistencia esconde una realidad mucho más precaria: programas costosos, proxies ultrafinanciados en detrimento de una población cada vez más afectada. Esta mezcla de fachada y fragilidad estructural muestra que, detrás de la retórica de fuerza, Irán lucha por mantener su influencia sin el apoyo o la tolerancia de otras potencias, confirmando el hecho de que en realidad es un tigre de papel.

Unión para el Mediterráneo: ¿qué balance para el Líbano?

El último artículo de nuestro análisis sobre la evolución de la asociación euromediterránea de Barcelona (Euromed), y luego de la Unión para el Mediterráneo (UpM), hace un balance sin rodeos de los logros y las deficiencias que han marcado, para el Líbano, las dos fases 1995-2008 y 2008-2025 de esta doble iniciativa estratégica europea. El proceso euromediterráneo de Barcelona (Euromed), y luego la Unión para el Mediterráneo (UpM), han aportado al Líbano logros políticos, económicos e institucionales. Sin embargo, estos siguen siendo limitados debido a la inestabilidad crónica que azota al país desde 1995, y más particularmente desde 2008. Los beneficios del proceso de Barcelona para el Líbano en los diferentes ámbitos pueden establecerse de la siguiente manera: – En el plano político, el reconocimiento de la legitimidad del poder central tras un largo período de vacío constitucional, un apoyo a la soberanía y estabilidad del Estado, el establecimiento de un diálogo regular con la Unión Europea sobre cuestiones de gobernanza, derechos humanos y estabilidad regional. – En el plano económico, la firma, en 2002, del acuerdo de asociación Líbano-UE, que entró en vigor en 2006, la concesión de acceso preferencial para ciertos productos al mercado europeo, ayudas financieras y técnicas para la modernización de la economía, apoyo a las PYMES, así como el desarrollo de infraestructuras. – En el plano institucional y social, apoyo a las reformas institucionales y administrativas, a la educación, la formación y la cooperación cultural, el fortalecimiento de las capacidades del Estado en materia de servicios públicos y protección del medio ambiente. Sin embargo, la inestabilidad política, los conflictos regionales y las crisis internas libanesas han tenido un efecto inhibidor, impidiendo que el Líbano se beneficie de los intercambios comerciales deseados. Las reformas estructurales han avanzado lentamente. Los beneficios de la UpM Desde 2008, la Unión para el Mediterráneo (UpM) ha aportado al Líbano contribuciones principalmente sectoriales, técnicas y diplomáticas, a través de la implementación de diversos proyectos concretos: – En el plano político, el Líbano sigue integrado en los diálogos regionales en un marco multilateral euromediterráneo. Accede a una plataforma de diálogos Norte-Sur y Sur-Sur, lo que le permite defender sus intereses a pesar de su precaria situación política y de seguridad, manteniendo al mismo tiempo su cooperación con la Unión Europea. – En el plano económico y de desarrollo, los logros se han centrado en la participación en proyectos regionales en los ámbitos del desarrollo urbano sostenible, el transporte, la energía y el medio ambiente, así como en el apoyo al crecimiento inclusivo, la creación de empleo para jóvenes y mujeres, el emprendimiento y las PYMES. – En el plano de la educación y la formación, el Líbano se ha beneficiado de programas de la UpM en los ámbitos de la educación superior, la formación profesional, la movilidad académica y el empleo juvenil. – En el plano social, se ha brindado apoyo a iniciativas en favor de la igualdad de género y la inclusión social. – En el plano medioambiental y de desarrollo sostenible, se ha concedido apoyo a proyectos relacionados con la gestión del agua, el tratamiento de residuos, la lucha contra el cambio climático y el desarrollo de energías renovables. Todos ellos, ámbitos importantes, teniendo en cuenta la demografía y las crisis sucesivas. Sin embargo, la inestabilidad política en el Líbano desde 2008, la crisis económica de 2019, las tensiones regionales, así como la escasez de los recursos financieros de la Unión y el papel limitado de las ayudas de la UE (así como de las instituciones internacionales) han restringido los resultados esperados. Balance mixto No obstante, el proceso de Barcelona ha acercado al Líbano a la Unión Europea y lo ha integrado en una cooperación euromediterránea, al tiempo que ha proporcionado ayudas en los sectores económico e institucional. Sin embargo, el impacto económico de estas medidas sigue siendo limitado. En cuanto a la Unión para el Mediterráneo, el Líbano se ha beneficiado de apoyo a la educación, el medio ambiente y la sociedad civil, lo que se ha traducido en proyectos concretos en un marco de cooperación regional. Estos logros le han permitido mantener su lugar en la asociación euromediterránea, pero no han sido suficientes para superar las sucesivas crisis a las que el país se ha enfrentado. Artículos anteriores Unión Mediterránea: ¿qué fue del proceso de Barcelona? (1/5) La idea mediterránea a prueba de los equilibrios europeos (2/5) Una cooperación rica en promesas, el Proceso de Barcelona (3/5) Unión por el Mediterráneo: un relanzamiento inacabado del sueño de Barcelona (4/5)

Siria: del riesgo de partición a la prueba del nuevo Estado

En Siria, la pregunta ya no es si el régimen de Bashar al Assad podía sostenerse. Ese capítulo está cerrado. El verdadero interrogante está en otro lugar: ¿puede Siria, tras el colapso del viejo régimen, reconstruir un Estado unificado y viable, o persiste el riesgo de desintegración y partición, aunque adopte nuevas formas? La caída del régimen de Assad a fines de 2024, seguida por el ascenso de Ahmad al Chareh durante el período de transición, marcó un punto de inflexión en el escenario sirio. Aunque esta sacudida no puso fin por sí misma a la crisis, sí redefinió de manera profunda sus contornos políticos. El debate dejó de centrarse en el destino de un régimen para enfocarse en el futuro mismo del Estado. Primero: ¿qué cambió realmente tras Assad? El colapso del viejo régimen no implicó solo un relevo en el liderazgo, sino la caída de todo un sistema construido sobre: un partido único, aparatos de seguridad omnipresentes, una centralización extrema, y sólidas alianzas externas, en particular con Irán y Rusia. La etapa de transición, encabezada por Ahmad al Chareh, ha estado marcada por un mensaje radicalmente distinto: el objetivo ya no es restaurar un régimen, sino reconstruir el Estado. En consecuencia, se derogó la antigua Constitución, se disolvió el partido Baaz, se desmantelaron los antiguos aparatos de seguridad y se puso en marcha la reconstrucción de las instituciones estatales sobre nuevas bases, todavía frágiles. Más significativo aún es que el nuevo liderazgo dejó claro desde el inicio que la unidad de Siria no es negociable. Incluso rechazó cualquier debate sobre la partición o la creación de una federación basada en comunidades. No se trató de un eslogan, sino de una decisión política concreta. Segundo: ¿se eliminó el riesgo de partición? La respuesta precisa es que el peligro se redujo, pero no desapareció. En el punto más alto de la guerra, especialmente entre 2012 y 2016, la partición era una posibilidad muy real. La idea de una “Siria útil”, los mapas de miniestados y las divisiones tajantes entre zonas de influencia convirtieron el desmembramiento del país en un proyecto seriamente considerado a nivel internacional. Hoy el panorama es distinto por varias razones: La existencia de una nueva autoridad central con legitimidad transitoria. Ahmad al Chareh no hereda el viejo régimen. Busca construir una nueva legitimidad, respaldada por un acercamiento cauteloso de Estados Unidos y de países árabes, así como por un reconocimiento internacional condicionado. La ausencia de un consenso internacional a favor de la partición. Actualmente, ni Estados Unidos, ni Rusia, ni las potencias regionales ven ventajas en dividir Siria. Los costos serían elevados y los riesgos superan con creces cualquier beneficio potencial. El fracaso de la idea de miniestados comunitarios. Ante la negativa de Turquía y el repliegue estadounidense, resulta inviable establecer un miniestado alauita, una entidad sunita unificada, un proyecto druso secesionista o incluso un Estado kurdo. Como resultado, la partición de Siria ya no se percibe como una solución viable, sino como un escenario de colapso en caso de que fracase el nuevo Estado. Tercero: el giro estadounidense y el abandono de los kurdos Uno de los cambios más significativos en la Siria posterior a Assad ha sido el claro viraje de la política estadounidense. Washington, que durante años apoyó a los kurdos como fuerza de facto en el noreste del país, redefinió ahora sus prioridades. El mensaje estadounidense fue explícito: no habrá apoyo a un proyecto kurdo separatista; no se ofrecerá protección permanente a una administración autónoma independiente; la prioridad es la estabilidad de un Estado sirio unificado. Este cambio empujó al liderazgo kurdo hacia una opción antes poco considerada: negociar con el nuevo poder central. Se alcanzaron acuerdos para integrar gradualmente a las Fuerzas Democráticas Sirias en las instituciones del Estado y para administrar recursos y pasos fronterizos, a cambio de garantías sobre derechos culturales y de ciudadanía. Esto no significa que la cuestión kurda esté resuelta, pero sí que pasó de una lógica de separación a otra de integración frágil e incierta. Cuarto: del desmembramiento al retorno de la centralización, ¿a qué costo? Siria transita ahora de una etapa de desintegración efectiva a un intento de restaurar un Estado central. Esta nueva centralización es distinta, o debería serlo, de la que imperó bajo el antiguo régimen. El principal desafío de Ahmad al Chareh no es solo militar, sino político y social: ¿cómo construir un Estado fuerte sin recaer en el despotismo? ¿cómo gestionar la diversidad sin que el centro implosione? ¿cómo afirmar la autoridad estatal sin reproducir la represión? Por ahora, las señales son mixtas: hubo avances en la recuperación del control territorial, pero la economía sigue siendo frágil, las minorías están inquietas, y fuerzas que antes gozaban de amplia autonomía se mantienen recelosas. En otras palabras, el peligro ya no es la fragmentación de Siria en miniestados, sino el fracaso del nuevo Estado central para administrar su diversidad. Quinto: ¿Siria está realmente fuera de peligro? Siria evitó un escenario de partición rápida y caótica, pero aún no ingresó en una fase de estabilidad duradera. La situación puede resumirse así: el país escapó al colapso total; evitó los planes de partición comunitaria; y logró que el desmembramiento no se convierta en una realidad permanente. Sin embargo, todavía no superó: el colapso económico; la fragilidad de la paz civil; el riesgo de un retorno de la violencia bajo nuevas formas; y la prueba de la legitimidad popular del nuevo gobierno. El Estado sirio existe hoy, pero sigue a prueba. Sexto: el escenario más probable En el corto y mediano plazo, el escenario más verosímil es el de: un Estado unificado; una clara centralización política y de seguridad; una descentralización administrativa limitada; la integración gradual de fuerzas locales; y un respaldo internacional condicionado a reformas y estabilidad. Este modelo no se parece a la Siria previa a 2011 ni a los escenarios de partición. Se asemeja más a un Estado que emerge de una guerra prolongada y busca redefinirse. El éxito de este escenario depende de un factor crucial: si la nueva autoridad de transición se convertirá en un Estado integrador o en otra forma de poder fuerte, carente de un verdadero contrato social. La caída del régimen de Assad cerró un capítulo, pero abrió otro aún más complejo. Siria enfrenta hoy una oportunidad histórica poco frecuente: superar la lógica del viejo régimen sin caer en la trampa del desmembramiento. El peligro de la partición ya no es inminente, pero tampoco ha sido eliminado por completo. Reside en el fracaso político, no en la geografía. En definitiva, la pregunta ya no es si Siria se dividirá, sino si logrará convertirse en un Estado unificado tras la caída del régimen que durante años afirmó gobernarla en nombre de la unidad.

El impacto económico y cultural del Gran Museo Egipcio

En nuestros artículos anteriores, hemos repasado la construcción del Gran Museo Egipcio y hemos destacado su importante papel como centro de investigación. También hemos revisado algunos de los fabulosos tesoros que se conservan en él. Pero, ¿cuál es su importancia económica, cultural y nacional para Egipto? Uno de los principales retos del Gran Museo Egipcio (GEM) es, sin duda, de carácter económico. Su objetivo es atraer a turistas de todo el mundo, desempeñando así un papel central en el dinamismo económico del país. Situado cerca de las pirámides de Giza, el GEM es uno de los pilares de la nueva estrategia turística de Egipto, con el objetivo de atraer hasta 30 millones de visitantes al año para 2030. Esto lo situaría entre las instituciones culturales más visitadas del mundo. Esta afluencia debería revitalizar sectores anexos, como la hostelería, la restauración, el transporte e incluso las pequeñas empresas locales, y crear, por consiguiente, miles de empleos, directos e indirectos. Las repercusiones económicas de un proyecto de este tipo serían (y ya lo son) considerables, pudiendo representar, según las primeras estimaciones, hasta el 12% del PIB de Egipto. Según los expertos, entre 2025 y 2030, el GEM contribuiría con un 20 a 25% al crecimiento del turismo en Egipto. Un símbolo de soberanía cultural «Un pueblo que no enseña su historia es un pueblo sin identidad», decía François Mitterrand. Con el GEM, esta afirmación cobra todo su sentido: por primera vez, Egipto se reapropia de su historia y su identidad. Son los propios egipcios quienes cuentan su propia historia y toman las riendas de su destino. Y están orgullosos de ello. Basta con escuchar los testimonios de los especialistas del Museo o de los simples visitantes para medir el orgullo nacional que suscita el GEM. Treinta y tres años después de su lanzamiento, el Gran Museo Egipcio encarna un éxito monumental para el país, trascendiendo la arquitectura y la museología. Es testimonio de la capacidad de una nación para honrar su herencia milenaria al tiempo que se proyecta resueltamente en el mundo moderno. Al ofrecer al mundo un acceso sin precedentes a las maravillas del antiguo Egipto, el GEM sirve de puente entre las épocas, transformando el pasado faraónico en un patrimonio vivo, fuente de inspiración y orgullo para todo Egipto. Restituir sus tesoros dispersos Los efectos positivos de la construcción de un monumento de tal envergadura se hicieron sentir rápidamente. La inauguración reavivó los llamamientos a la restitución de importantes artefactos egipcios conservados en museos occidentales, como la Piedra de Rosetta en el Museo Británico, el busto de Nefertiti en el Neues Museum de Berlín y el Zodíaco de Dendera en el Louvre. Zahi Hawass, egiptólogo y ex ministro de Antigüedades, señaló con acierto que Egipto cuenta ahora con más de 22 museos que cumplen las normas internacionales más exigentes. De este modo, quiso rebatir el argumento habitual de que el país no dispondría de las infraestructuras necesarias para la preservación de su patrimonio. Los Países Bajos anunciaron recientemente la restitución de una cabeza de piedra de 3.500 años de antigüedad, que data de la dinastía de Tutmosis III, incautada durante una feria de arte en Maastricht en 2022. En conclusión, la construcción del GEM se celebra en Egipto como un símbolo de unidad nacional y renacimiento, reflejando la capacidad del país para superar los desafíos y valorar su herencia. Encarna la memoria y la continuidad de la civilización egipcia, al tiempo que sirve de plataforma para la investigación y la cooperación internacional en la preservación del patrimonio. Permite posicionar a Egipto como una nación faro y uno de los principales centros de referencia del patrimonio en Oriente Medio.