


Tras repasar el nacimiento del Proceso de Barcelona y su evolución hacia la Unión por el Mediterráneo, marcando su ampliación, es conveniente preguntarse por el estado actual de esta Unión. ¿Cuáles son sus logros y dificultades? Este artículo ofrece un estado de la situación y un balance, así como perspectivas para 2026.
Entre las tres palabras que designan el Proceso de Barcelona, se encuentran, por supuesto, «proceso», pero también «asociación» y «Med» de Euromed. Son la prueba de que esta iniciativa ha creado una dinámica de cooperación, de diálogo –palabra también empleada– y de encuentro entre los países que forman una comunidad en torno al Mediterráneo, así como aquellos que están estrechamente ligados geográficamente. Se han añadido los países de la vecindad inmediata, sin olvidar las organizaciones que federan y representan subconjuntos, como la UE y la UMA (Unión del Magreb Árabe). Treinta años después, esta iniciativa no ha muerto. Sin embargo, puesta a prueba por el tiempo y los acontecimientos, debía evolucionar e inscribirse en un marco nuevo, menos ambicioso, pero más realista y pragmático.
A Euromed correspondía una estrategia a largo plazo, ciertamente ambiciosa, pero determinada por un diálogo político e implicando una cooperación global en torno a tres pilares. La institucionalización fue un éxito, pero los objetivos, especialmente los económicos, quedaron por debajo de las expectativas. Entonces pareció pertinente reorientar los proyectos hacia acciones regionales y, para ello, adoptar una estructura institucional más reactiva y operativa. Si la ambición parecía, aparentemente, perder intensidad, la eficacia aparecía más prometedora, más fácil de implementar y –lo que faltaba hasta entonces– más visible para las poblaciones. La cumbre de Barcelona de 2005 marcó un punto de inflexión político: diez años después del lanzamiento de la asociación, se fijó el objetivo de relanzarla, de reforzar su visibilidad y eficacia, y de definir un programa para los próximos cinco años.
El Proceso de Barcelona respondía a la necesidad de asociar a los países del Sur del Mediterráneo a la construcción europea. Sin embargo, el escenario ideal de la asociación, que consistía en iniciar una dinámica virtuosa comparable a la observada en Europa Central y Oriental, donde la apertura comercial exigía reformas institucionales de acompañamiento beneficiosas para el desarrollo global, no se verificó. El diagnóstico fue implacable: el proceso está estancado. A la falta de resultados concretos y visibles se añadían, a mediados de los años 2000, la dificultad de cooperación política para los países que rodean el Mediterráneo, debido al conflicto israelí-palestino y a la aparición de signos de fatiga institucional en el seno de la UE.
En 2007, Nicolas Sarkozy, entonces candidato a la presidencia francesa, propuso la creación de una Unión Mediterránea limitada a los países ribereños. Bajo un fuerte impulso alemán, apoyado por la Comisión Europea, el proyecto se amplió para evitar una ruptura con los países no mediterráneos. El proyecto tomó el nombre de Unión por el Mediterráneo (UpM) y fue adoptado en la cumbre de París del 13 de julio de 2008. Su objetivo era relanzar la dinámica iniciada en 1995, que estaba estancada, y reactivar Euromed. Se trató de una transición institucional que prolongaba y reanimaba el Proceso de Barcelona bajo una forma más pragmática y operativa, basada en una gobernanza compartida. Los proyectos, ahora regionales y concretos, conciernen a los sectores del transporte, la energía, el medio ambiente, la educación y la juventud, la igualdad de género. Desde 2010, la UpM, que cuenta con 43 miembros, dispone de una secretaría permanente en Barcelona.
Diagnóstico de 2025
Se han logrado avances técnicos y proyectos concretos, como la cartera de inversiones, iniciativas sectoriales y una cooperación universitaria/juventud. Sin embargo, las dificultades de integración económica regional, las recurrentes crisis geopolíticas (conflictos regionales, repercusiones de la guerra en Ucrania, inestabilidad en el Sahel y en Oriente Medio) y las múltiples tensiones constituyen límites políticos (prioridades de seguridad) y estructurales persistentes. En curso, una reactivación política con apoyo financiero: Nuevo Pacto para el Mediterráneo. Este Pacto busca tres ejes: educación, movilidad y empleo; economías más integradas y sostenibles; así como seguridad e inmigración.
La OCDE y la UpM informan de los avances realizados, pero subrayan la necesidad de un enfoque más específico y de un proceso de integración reforzado. Algunas voces critican la prioridad otorgada a los intereses europeos y la falta de medios políticos y financieros (falta de inversiones privadas) para concretar la transformación esperada, en particular para los grandes proyectos regionales transfronterizos. El desarrollo de una apropiación local de los proyectos, la participación de la sociedad civil y la garantía de los derechos son indispensables para concretar estos proyectos.
Perspectivas y recomendaciones para 2026
Desarrollar grandes programas regionales (energías renovables, corredores logísticos, formación técnica); apoyar la inversión en reformas prácticas (facilitación del comercio, gobernanza portuaria, reconocimiento de cualificaciones); reforzar la participación de la sociedad civil y del sector privado local para legitimar los proyectos y garantizar su impacto social (empleo, derechos); implementar medidas de resiliencia cooperativas en previsión de riesgos climáticos, alimentarios y migratorios.
El balance
El Proceso de Barcelona ha permitido la creación de un espacio de diálogo entre las dos orillas del Mediterráneo y la elaboración de programas de cooperación. Los proyectos de dimensión social y cultural y la decisión de implicar a la sociedad civil son activos que permitirán afrontar los desafíos. Sin embargo, la zona de libre comercio no se ha realizado plenamente. La financiación sigue siendo un obstáculo, al igual que los conflictos regionales y el contexto general del Mediterráneo, marcado por las migraciones y la inestabilidad.
En conclusión, el Proceso de Barcelona sigue existiendo bajo una forma más moderna, que combina pragmatismo, realismo y diálogo regional para la realización de proyectos concretos. La UpM, reencarnación del proceso, agrupa a un mayor número de Estados (43), lo que constituye en sí mismo un éxito. Los esfuerzos a continuar siguen siendo de orden político y financiero, con una atención particular a la selección de las iniciativas sectoriales y a la implementación de una integración regional tangible y real.
Próximo y último artículo: el balance para el Líbano desde 1995 y el papel específico que el país podría desempeñar en la Unión: ser un iniciador-federador que asociaría a todas las comunidades libanesas en este proceso.
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