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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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De Escila a Caribdis
Por
Karim Tabet
Publicado

Lo que se desarrolló ante nuestros ojos no fue una tragedia griega en tres actos, sino una experiencia vivida: cruda, inmediata, degradante e imperdonable. En menos de dos semanas vimos desfilar en nuestras pantallas, una tras otra, una comedia ridícula, una situación surrealista y una catástrofe humana. Tres episodios distintos, pero todos reveladores, denunciantes y condenatorios de los males cotidianos que siguen carcomiendo a un Líbano exhausto y debilitado. La feria de los necios “¿Qué podría tener este hombre en común con el pueblo, este burgués gordo y pretencioso, advenedizo, habitual de bares lujosos, y un hombre que realmente trabaja? ¿Y no es acaso la mayor miseria de nuestro tiempo que sea un hombre así quien hable por el pueblo, entre el pueblo, sobre el pueblo?” Estas palabras, escritas por Charles Péguy en su ensayo L’Argent y dirigidas a su antiguo mentor Jean Jaurès, se aplican perfectamente a la gran mayoría de los llamados representantes del pueblo, que aprovechan cualquier ocasión, bajo cualquier pretexto, para defender los “intereses” de su electorado. Sin embargo, decir la verdad, toda la verdad, nada más que la verdad, o incluso solo una parte de ella, por más incómoda, dolorosa o difícil de digerir que sea, no parece formar parte de su credo. Pero ¿realmente sorprende? ¿Deberíamos esperar algo mejor? Durante tres días asistimos a un espectáculo absolutamente ridículo, absurdo, grotesco, incluso vergonzoso, por momentos al borde de la pelea campal. No, no fue una comedia al estilo Feydeau: fueron los debates parlamentarios sobre el presupuesto de 2026. Personajes que lanzaban lugares comunes, mentiras, imprecisiones y medias verdades; otros que, para apaciguar la ira legítima de los manifestantes a las puertas del Parlamento o para ganar algunos votos en la próxima elección, propusieron sin ningún estudio previo aumentar los salarios de los retirados del Ejército. Y, por supuesto, estaban los moralistas que tomaron la palabra para declamar disparates, así como aquellos que, sin mayor resistencia, aceptaron un presupuesto mal diseñado, injusto y francamente absurdo, incluso cuando los propios representantes de su gobierno se oponían a él. Un comportamiento difícil de justificar. Todo ocurrió en un caos digno de un corral, con gallinas cacareando y peleando, mientras el gallo en su perchero parecía completamente desbordado, tanto que ordenó cortar de inmediato la transmisión televisiva, ya fuera para evitar una mayor humillación ante los ojos del mundo o para hacer pasar decisiones impopulares sin escrutinio público. En síntesis, una auténtica cacofonía: clamando por atención, fingiendo indignación, gesticulando, protestando con vehemencia, mientras el pueblo sufre, carga con las consecuencias y permanece, en su mayoría, en silencio. “Cuando la verdad es costosa, la falsedad se vuelve eficaz”, decía Platón sobre la democracia. Nuestro Parlamento de la vergüenza es una prueba contundente e innegable. Un espectáculo absurdo ¿Debimos creer en Santa Claus cuando el jefe del Ejército llegó a Washington? ¿O la misión que se le encomendó estaba condenada desde el inicio a naufragar en las orillas del Potomac? ¿Fue falta de preparación, un error de cálculo psicológico, ingenuidad, o simplemente una trampa en la que cayó Heykal? ¿Está el alto mando militar tan infiltrado por Hezbolá? ¿Existe realmente una voluntad de enfrentar de una vez por todas a la milicia? No cabe duda de que la respuesta del comandante en jefe a la pregunta del senador Graham será objeto de múltiples interpretaciones y generará abundantes comentarios. Pero, lamentablemente, también puede abrir la puerta a nuevos problemas y graves complicaciones que nuestro país no puede permitirse. Tenemos, por tanto, el derecho, si no el deber, de plantearnos estas preguntas, no solo a la luz de las necesidades urgentes del Ejército, la credibilidad y la autoridad del Estado, sino sobre todo del anhelo que todo libanés sincero depositó en el éxito de esta misión, que ojalá no termine en decepción. “Cuando alguien desea la salud, primero hay que preguntarse si está dispuesto a eliminar las causas de su enfermedad”, decía Hipócrates. Cuando se busca la ayuda de otros, no se puede ser selectivo ni intentar engañarlos. Es una verdad evidente. ¿Estaba Graham, en realidad, enviando un mensaje claro al Estado libanés a través de su representante? Habría sido fácil para el general responder con tacto y habilidad, existían varias respuestas aceptables, en lugar de reaccionar de forma automática a la pregunta-trampa del senador, cuya postura sobre Israel es bien conocida y que no se esfuerza en ocultar. Incluso Darin Lahoud, congresista de origen libanés y cercano al país, había sido muy claro en sus declaraciones sobre Hezbolá. Y, sin embargo… llegó el desastre. Es evidente que, una vez más, perdimos una oportunidad de oro para pasar página, afirmar una verdadera voluntad de tomar nuestro destino en nuestras manos y abrir así un nuevo capítulo más prometedor. Solo cabe esperar que este espectáculo surrealista no tenga repercusiones dañinas para todos nosotros. Lo que está en juego no es menos que el destino de un país donde reinan la corrupción y la desigualdad, y de una población empobrecida, exhausta, desesperanzada y al límite. El escepticismo, por tanto, sigue siendo la norma, hasta nuevo aviso. La tragedia de Trípoli ¿En qué clase de jungla vivimos? Es una pregunta que nos hacemos a diario, pero lo ocurrido recientemente en Trípoli no es solo una catástrofe humana: es, sobre todo, el resultado de una negligencia criminal y una corrupción rampante en todos los niveles. Una calamidad de esta magnitud habría costado muchas cabezas en un país que se respete. Algunos ministros y altos funcionarios deberían haber dimitido; otros deberían estar en prisión. Una escena dolorosa que refleja la profunda decadencia del país, su descomposición sistémica y una injusticia desbordada. Cioran observó, con su ironía habitual, que “lo lamentable de las desgracias públicas es que cualquiera se considere competente para comentarlas”. Los diputados de la ciudad no tardaron en buscar protagonismo, aparecer en los medios, inflar el pecho y acusar al Estado de negligencia. Pero ¿dónde estaban cuando la tragedia golpeó por primera vez a la capital del norte hace unas semanas? Lo mismo cabe decir del propio Estado. Los millonarios de Trípoli, que podrían haber contribuido a la rehabilitación de edificios en riesgo, también brillaron por su ausencia. Pese a las múltiples alertas y a la amenaza inminente de que decenas de casas colapsaran, no se tomó ninguna medida seria para afrontar el problema. Nadie movió un dedo. Y, una vez más, la ciudad fue golpeada por la tragedia el 8 de febrero. Hoy, el número de muertos y heridos sigue aumentando: todos son víctimas de la irresponsabilidad y la indiferencia de una administración esclerótica y corrompida. A riesgo de incomodar a los seguidores más férreos de Hezbolá, no basta con apaciguar a los habitantes del sur a costa del resto del país. Sin duda, esa región, devastada por la irresponsabilidad de la milicia armada, merece la atención del Estado, pero no a costa de otras zonas igualmente golpeadas por la tragedia, que también necesitan con urgencia recursos, ayuda seria, protección y atención gubernamental. Trípoli es solo un ejemplo. La urgencia está a la puerta y el riesgo de un estallido social, con consecuencias imprevisibles, podría tomar por sorpresa a las autoridades. La ira crece, y esta ciudad, abandonada durante décadas y deliberadamente dejada a su suerte, tiene voz. Ya no basta con parches ni soluciones provisionales. Se requiere con urgencia un estado de emergencia y un plan serio de rescate para evitar lo peor. Voltaire consideraba que “la política es el medio por el cual hombres y mujeres sin principios gobiernan a hombres y mujeres sin memoria”. Me adhiero con cautela a la primera parte de su afirmación, convencido de que aún existen personas íntegras y bien intencionadas entre nosotros. En cuanto al resto de su reflexión, tiendo a estar de acuerdo. Nuestra situación política actual es una ilustración perfecta: seguimos reciclando a los mismos actores y comenzando de nuevo. ¿Estamos realmente tan sometidos, o tan olvidadizos? ¿No ha mostrado ya sus límites el deseo constante de nuestros bufones locales de jugar con nosotros? ¿No es su desastrosa actuación motivo suficiente de reflexión? ¿Estamos, entonces, condenados a caer eternamente de Escila a Caribdis? Una pregunta abierta para la reflexión.

El crimen ambiental, un arma de guerra desde la Antigüedad hasta nuestros días

El uso por parte de la aviación israelí, el 1 de febrero de 2026, de un potente herbicida, el Glifosato, sobre amplias superficies del territorio libanés, ha reavivado la cuestión de los daños infligidos deliberadamente a los recursos naturales en tiempos de guerra. 1 de febrero de 2026: la aviación israelí es observada pulverizando una sustancia aparentemente tóxica sobre vastas zonas del sur del Líbano, en la región de Bint Jbeil. Tres días después del incidente, el 4 de febrero, tras análisis realizados sobre muestras recogidas por el ejército libanés y la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano (FPNUL), los ministerios de Agricultura y Medio Ambiente anunciaron que la sustancia en cuestión era Glifosato, un potente herbicida. El comunicado ministerial señaló que el producto había sido rociado “a muy alta concentración”, denunciando una “violación flagrante de la soberanía libanesa” y un “crimen ecológico”. Por parte israelí, el canal I24 mencionó una “pulverización agrícola de manera experimental en las fronteras norte con el Líbano y Siria”, reconociendo que la dispersión de estas sustancias tiene como objetivo “matar la vegetación en las fronteras, por temor a que combatientes se oculten en ella”. La aviación israelí prácticamente no ha abandonado el espacio aéreo libanés desde octubre de 2023, fecha del inicio del conflicto con Hezbollah, y ello a pesar del alto el fuego de noviembre de 2024. Durante los meses de guerra abierta entre octubre de 2023 y noviembre de 2024, Israel ya había utilizado materiales tóxicos e incendiarios para quemar miles de hectáreas en el Líbano, en particular fósforo blanco. No obstante, la pulverización de un herbicida potente a alta concentración sobre espacios verdes constituyó un nuevo escalón en este tipo de violencia. Tras este episodio, el Líbano prepara una denuncia por “crimen ambiental” ante la ONU, y no es la primera vez. En 2006, durante el conflicto de julio-agosto, la aviación israelí atacó los depósitos de fuel de la central eléctrica de Jiyeh (al sur de Beirut), provocando un vertido de petróleo que contaminó toda la extensión del litoral libanés al norte de esa localidad y hasta Siria. No menos de 15.000 toneladas de petróleo se vertieron en el mar. Este vertido dio lugar a una denuncia del gobierno libanés ante la ONU, que condujo a una resolución no vinculante de la Asamblea General el 20 de diciembre de 2014, aprobada por 170 votos contra 6, exigiendo que Israel pagara más de 856 millones de dólares en compensación al Líbano, lo cual nunca ha ocurrido. La pulverización de Glifosato sobre el sur del Líbano, por escandalosa que sea, recuerda que los crímenes ambientales en plena guerra son, lamentablemente, una práctica recurrente en los conflictos, que se remonta a la Antigüedad y recorre la historia humana. A continuación se presentan algunos ejemplos extraídos de una lista que dista mucho de ser exhaustiva. En la Antigüedad y a lo largo de la historia Las guerras, desde la Antigüedad hasta la época moderna, pasando por la Edad Media, han sido escenario de numerosos casos de destrucción de tierras agrícolas, bosques y recursos de todo tipo, con el objetivo principal de privar al enemigo de medios de resistencia. Estos métodos incluían la destrucción de canales de irrigación, inundaciones artificiales y el drenaje de cursos o puntos de agua, la salinización deliberada de los suelos, políticas de tierra quemada, la quema de cosechas y la tala de árboles frutales, el envenenamiento del agua mediante cadáveres, sustancias o plantas tóxicas, así como la devastación de territorios agrícolas, dejando los suelos empobrecidos durante décadas. Entre los casos célebres figura la destrucción por Esparta del Ática durante la Guerra del Peloponeso (431-404 a. C.), caracterizada por el aniquilamiento de cosechas, olivares y granjas con el fin de provocar el hambre y forzar la capitulación. Como ejemplo de inundaciones deliberadas pueden citarse las utilizadas entre las ciudades-estado mesopotámicas (III-II milenio a. C.), cuando los ejércitos rompían diques y desviaban canales de irrigación para inundar campos o ciudades enemigas, debilitando así la economía agrícola y reduciendo la resistencia a la nada. Las inundaciones deliberadas también se emplearon con fines defensivos, aunque sus efectos ambientales fueron igualmente devastadores. Prueba de ello es la apertura voluntaria de diques por los rebeldes neerlandeses durante la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648) para frenar al ejército español creando zonas pantanosas infranqueables. Si bien lograron asegurar la supervivencia de las entonces Provincias Unidas, las consecuencias sobre la agricultura y el medio ambiente fueron duraderas. El “hombre del pozo”, siglos después Otra arma de guerra con consecuencias devastadoras para el medio ambiente es el envenenamiento del agua, táctica frecuente en la Edad Media, tanto biológica como psicológica. Para ello se utilizaban cadáveres de animales y sustancias tóxicas disponibles. Este método se empleaba a menudo durante los asedios para forzar la rendición de las localidades sitiadas. Entre los ejemplos documentados destaca el episodio del “Well-Man” en Sverresborg, Noruega, en 1197. Durante una incursión, partidarios rivales habrían arrojado un cadáver a un pozo de una fortaleza para quebrar la resistencia de sus defensores. La prueba del hecho apareció siglos más tarde, tras un hallazgo arqueológico en 1938, cuando se encontraron los restos de ese “hombre del pozo”. Otros casos de envenenamiento de agua fueron registrados a lo largo de los siglos, incluso en guerras modernas, como cuando las fuerzas alemanas envenenaron pozos en Francia durante la Primera Guerra Mundial. En la Edad Media también era común la destrucción de campos y zonas rurales, tanto en las guerras feudales en Europa como durante las Cruzadas. Uno de los ejemplos más notorios de contaminación deliberada en el siglo XX es el incendio de los pozos petroleros kuwaitíes por las fuerzas iraquíes durante la Primera Guerra del Golfo en 1991, lo que provocó grave contaminación del aire, del suelo y del agua, así como mareas negras masivas. Irak fue condenado por la ONU a pagar reparaciones a Kuwait. Hoy en día, Ucrania acusa a Rusia de numerosos crímenes de guerra desde el inicio de la invasión rusa hace cuatro años. El ejemplo más notorio es la destrucción de la presa de Kajovka en 2023, que provocó una inundación devastadora de más de 20 kilómetros cuadrados. Estatuto jurídico Entre los crímenes ecológicos históricos y los contemporáneos, especialmente los de los siglos XX y XXI, existen numerosas diferencias pese a algunas similitudes. Históricamente, los daños eran más localizados y regionales, mientras que hoy pueden adquirir una dimensión planetaria, afectando ecosistemas compartidos como los océanos o la biodiversidad mundial. La globalización, los efectos globales del cambio climático y los medios militares modernos disponibles para los beligerantes tienden a agravar las consecuencias de tales ataques, con riesgos globales como migraciones masivas o grandes crisis alimentarias. La escala y la posible duración de estos efectos devastadores no son las únicas diferencias entre las guerras históricas y las actuales. La conciencia jurídica ha evolucionado. Estos crímenes tienen ahora un nombre y un estatuto: ecocidio. El término hace referencia a la gravedad, durabilidad y extensión de los daños ambientales derivados de actividades humanas destructivas, ya sea la sobreexplotación de recursos, la contaminación industrial y química o, sobre todo, la guerra. El término fue empleado por primera vez en 1970 por el biólogo Arthur Galston, en referencia al uso por parte de Estados Unidos de potentes herbicidas, en particular el Agente Naranja, para destruir bosques y cultivos durante la guerra de Vietnam (1961-1971), con consecuencias sanitarias y ecológicas duraderas. Efectos sobre el cambio climático Aunque el término ecocidio ya figura en la legislación de algunos países, todavía no está reconocido como competencia específica de la Corte Penal Internacional. El debate persiste. No obstante, la ONU ya ha adoptado decisiones para obligar a beligerantes a pagar reparaciones a países víctimas de ataques devastadores para el medio ambiente, como en los casos mencionados: Israel por el vertido de 2006 en el Líbano e Irak por los incendios de los pozos kuwaitíes en 1991. Por último, la cuestión de los efectos de los conflictos sobre el cambio climático —en particular por las emisiones derivadas del uso masivo de municiones o por la destrucción de bosques, verdaderos sumideros de carbono— se plantea cada vez más en el marco de las cumbres climáticas anuales de la ONU. El ejemplo de los bombardeos israelíes masivos sobre Gaza desde el 7 de octubre de 2023 ha sido citado en este sentido. Sin embargo, el impacto de los conflictos sobre el cambio climático todavía no ha sido plenamente integrado en el proceso de negociaciones internacionales para combatirlo. Este expediente sigue siendo extremadamente sensible en más de un aspecto.

Argelia ante el giro del Sáhara
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Khairallah Khairallah
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La reunión celebrada recientemente en la sede de la Embajada de los Estados Unidos en Madrid, centrada en la aplicación de la Resolución 2797 adoptada el pasado 31 de octubre en relación con el Sáhara marroquí, no constituye en modo alguno un acontecimiento ordinario. La presencia de Argelia, representada por su ministro de Asuntos Exteriores, Ahmed Attaf, reviste especial importancia por cuanto sitúa el debate en su verdadera dimensión: el conflicto en torno al Sáhara es, en su esencia, un diferendo marroquí-argelino, mientras que el Frente Polisario no es sino un instrumento utilizado por el régimen argelino para justificar una guerra de desgaste emprendida contra Marruecos desde hace casi medio siglo, es decir, desde que el Reino recuperó sus provincias saharianas tras la retirada del colonizador español en noviembre de 1975. Marruecos estuvo representado en la reunión por su ministro de Asuntos Exteriores, Nasser Bourita, en un encuentro celebrado bajo los auspicios de Massad Boulos, enviado especial estadounidense para África. Asistieron asimismo el ministro mauritano de Asuntos Exteriores, Mohamed Salem Ould Merzoug, un representante del Polisario y el enviado personal del secretario general de las Naciones Unidas, Staffan de Mistura. No es la primera vez que Argelia participa en una reunión vinculada al futuro del Sáhara. Sin embargo, es la primera ocasión en que interviene en un debate cuyo fundamento explícito es la Resolución 2797, que consagra la iniciativa marroquí de autonomía como el único documento actualmente sobre la mesa de negociaciones. Según fuentes conocedoras de los trabajos, Argelia intentó reintroducir la cuestión del “derecho de autodeterminación”, pasando por alto que la resolución del Consejo de Seguridad subraya con claridad la autonomía “en el marco de la soberanía marroquí”. Más aún, el régimen argelino no habría estado dispuesto a participar en negociaciones relativas a la autonomía de no ser por las presiones estadounidenses. Esas mismas presiones llevaron a Marruecos a presentar un documento detallado de cuarenta páginas que desarrolla su visión de la autonomía. Conviene recordar que la iniciativa original, presentada por el rey Mohamed VI en 2007 desde El Aaiún, capital del Sáhara, constaba apenas de tres páginas y se articulaba en torno a dos principios: la afirmación de la soberanía marroquí y la instauración de una amplia descentralización. Lo esencial hoy radica en la dimensión política de la participación argelina en la reunión de Madrid. Argel no habría acudido al encuentro sin la convicción de que no existe margen para mejorar sus relaciones con Washington sin entablar negociaciones sobre el futuro del Sáhara basadas en la propuesta marroquí. Habría preferido mantener sus reservas respecto a la Resolución 2797 y seguir escudándose en el Polisario para sostener su posición. Sin embargo, la constatación de que tal estrategia comprometería cualquier intento de fortalecer sus vínculos con Estados Unidos — en un contexto de deterioro de las relaciones con Francia y de divergencias estratégicas con Rusia en torno a Malí — ha conducido a este giro. A ello se suma el reconocimiento estadounidense, en 2020, de la soberanía marroquí sobre el Sáhara, reconocimiento al que se sumaron posteriormente varios países europeos. Tal hecho pone de relieve la inexistencia de perspectivas para el proyecto destinado a convertir el territorio en un satélite dentro de la órbita argelina. La estabilidad del Sahel aparece cada vez más vinculada al control de Marruecos sobre sus provincias saharianas, antes que a la libertad de acción del Polisario en una región marcada por redes extremistas y circuitos de contrabando de toda índole. La adhesión de Argelia a la reunión de Madrid constituye, por tanto, un paso hacia la lógica y el realismo político — y quizá también hacia la superación de un complejo histórico respecto de Marruecos y de su condición de potencia predominante en el norte de África. No se trata en absoluto de un gesto menor. Se trata de determinar si Argelia desea finalmente liberarse del peso del pasado y del sueño de acceder al océano Atlántico sin el consentimiento explícito de Marruecos. El Sáhara marroquí dispone de una extensa fachada atlántica, y el puerto de aguas profundas de Dajla se ha convertido en pieza clave de las aspiraciones africanas de apertura marítima. Argelia cuenta con una oportunidad real de establecer un corredor terrestre hacia el océano a través del territorio marroquí. Ello exige cooperación con Rabat, en lugar de mantener la ruptura diplomática, el cierre de fronteras desde 1994 y la prohibición de sobrevuelo del espacio aéreo argelino por aeronaves con destino a Marruecos. En última instancia, el reconocimiento de la marroquinidad del Sáhara podría abrir la puerta a una reorientación estratégica en Argel, lejos de apuestas estériles y de escaladas retóricas que incluso la condujeron a respaldar al régimen sirio encabezado por Bashar Asad. En términos más claros, nada impediría permitir a los ciudadanos argelinos visitar Marruecos y observar los avances en materia de desarrollo e infraestructuras, pese a la ausencia de recursos energéticos comparables. Tal paso expresaría una voluntad de pertenecer al futuro en lugar de permanecer prisioneros de consignas revolucionarias que el tiempo ha dejado atrás. ¿Cuándo reconocerá Argelia la marroquinidad del Sáhara, en vez de ver a su ministro de Asuntos Exteriores abandonar discretamente una reunión en Madrid para evitar ser fotografiado junto a su homólogo marroquí?

Nassib Lahoud… el presidente soñado sigue vigente

En el aniversario de la muerte de Nassib Lahoud, en un país acostumbrado a consumir a sus presidentes antes de ponerlos a prueba y a bajar los estándares antes de elevarlos, su nombre permanece fuera de ese juego de desgaste. No porque haya desaparecido de la política, sino porque estuvo presente de otra manera: como la presencia de una idea, no de un pacto; la presencia de un proyecto, no de un reparto de poder. Por eso, cada vez que el Líbano entra en una nueva crisis presidencial, el nombre de Nassib Lahoud reaparece como “el presidente soñado”. No como una añoranza romántica, sino como un referente moral y político de lo que pudo haber sido. Nassib Lahoud no fue producto de un momento pasajero ni un candidato de circunstancia. Fue el resultado de una escuela política clara: la escuela del Estado. Un Estado de Constitución e instituciones, no un Estado de acuerdos por debajo y por encima de la mesa. Desde que ingresó a la vida pública, se presentó como un hombre de visión, no de posición. No buscó la presidencia como un fin en sí mismo, sino como una herramienta para reconstruir el Estado. En un país donde la presidencia se había convertido en un premio de consolación o en un instrumento de bloqueo, Lahoud la concibió como una magistratura soberana, con garantías constitucionales claras. Nassib Lahoud se distinguió por tres cualidades poco comunes en la política libanesa. La primera fue la claridad. No andaba con rodeos ni se refugiaba en frases vagas. En materia de soberanía, fue categórico: no hay Estado con armas fuera de su control, ni verdadera asociación con un aparato de seguridad usurpado. En cuanto a las reformas, fue directo: no hay economía sin un poder judicial independiente, no hay justicia social sin un sistema fiscal justo, ni administración pública sin rendición de cuentas. Esta claridad lo volvió “difícil de vender” en un mercado político que prefiere la ambigüedad porque amplía los márgenes de maniobra. La segunda cualidad fue la independencia. Nassib Lahoud no estuvo alineado con ningún eje, ni fue rehén de ningún liderazgo, ni subordinado a ningún poder extranjero. Su independencia no era un eslogan, sino una práctica cotidiana: en sus posturas, su discurso y sus alianzas. Por eso, su nombre no se construyó en negociaciones a puerta cerrada ni fue impulsado por una decisión regional. Esa fue, al mismo tiempo, su mayor fortaleza y debilidad: fortaleza frente a la ciudadanía, debilidad frente a un sistema que detesta a quienes no puede controlar. La tercera característica fue la ética política. En un país donde la política se rige por la lógica de la dominación o el chantaje, Lahoud propuso otro modelo: respeto al adversario, apego a la Constitución y primacía del interés público sobre los beneficios personales. No se le conocieron casos de corrupción, acuerdos opacos ni el uso de discursos incendiarios. Por eso, para muchos, parecía demasiado “idealista”. Pero la verdadera pregunta es: ¿el problema era su idealismo o el deterioro de la política? Cuando su nombre fue considerado seriamente para la presidencia en momentos críticos, el sistema libanés pareció rechazarlo de forma automática. No por falta de capacidad, sino porque era más competente de lo que un sistema basado en el bloqueo mutuo podía tolerar. Un presidente como Nassib Lahoud habría significado el inicio de una verdadera rendición de cuentas, una redefinición de la relación entre el Estado y las armas, entre el gobierno y el poder judicial, y entre la política interna y la política exterior. También habría implicado el fin de la “zona gris” de la que se alimenta todo un sistema. Hoy, tras el colapso financiero, la desintegración institucional y la erosión de la confianza interna e internacional, Nassib Lahoud resulta más vigente que nunca. Sus ideas sobre el Estado, la soberanía y la reforma se han vuelto evidentes para amplios sectores de la sociedad libanesa, que han pagado el precio de haberlas ignorado. La ironía dolorosa es que el Líbano necesitó este colapso para comprender que el “presidente soñado” no era un lujo intelectual, sino una necesidad existencial. Nassib Lahoud no fue un santo ni un hombre infalible. Pero fue un hombre de principios. Y en política, los principios importan más que las tácticas. Por eso, cuando se dice que Nassib Lahoud sigue siendo el presidente soñado, no se alude tanto a su figura personal como al modelo que representó: un presidente que no negocia el Estado, no lo reduce a una herramienta ni lo explota. Un presidente que devuelve sentido a la presidencia, prestigio al Estado y dignidad al ciudadano. Hasta que el sistema madure lo suficiente como para elegir a alguien como Nassib Lahoud, su nombre seguirá siendo un espejo incómodo: todo presidente es medido frente a él, y todo compromiso queda expuesto al compararse con su legado. Tal vez en esa presencia simbólica y persistente resida su significado más profundo.

Masacres en Irán: en París, la movilización continúa sin pausa

París, por Arthur Bassil Desde comienzos de enero, la diáspora iraní en Europa se ha movilizado para condenar a la República Islámica y las masacres perpetradas contra el pueblo iraní. En París, esta concentración se realiza cada domingo. Cerca de las 3 de la tarde, en la Plaza de la Bastilla, este domingo 8 de febrero, bajo un sol radiante en París, alrededor de cinco mil manifestantes se reunieron en torno a la bandera iraní, adornada con el león y el sol, para condenar las masacres cometidas por la República Islámica. Además de este poderoso símbolo, los manifestantes alzaban imágenes de las víctimas. El 8 y 9 de enero de 2026, hace exactamente un mes, el régimen de Jameneí cometió lo impensable: miles de iraníes fueron asesinados a sangre fría. ¿Su crimen? Atreverse a manifestarse contra la crisis socioeconómica y, sobre todo, contra la opresión que ha marcado a Irán durante décadas. Este domingo, los iraníes en Francia no fueron los únicos que salieron a las calles coreando consignas como “Cierren la embajada terrorista de los mulás” o “No queremos la República Islámica, no la queremos”. En la marcha se podían ver con claridad banderas francesas, estadounidenses, cabileñas e incluso israelíes, “el único país del mundo que realmente está presionando al régimen de los mulás”, subrayó Mona Jafarian, cofundadora del colectivo Femme Azadi, que convocó a la participación en esta manifestación. La activista franco-iraní, bajo protección policial, dijo sentirse decepcionada por la disposición de Donald Trump a negociar con la República Islámica, pero considera que las condiciones planteadas por Estados Unidos “no pueden ser cumplidas por Jameneí”. El fin del programa nuclear, de los misiles balísticos y del apoyo a grupos armados aliados en la región serían factores que conducirían al colapso del régimen iraní. Mona Jafarian sostiene que, en cualquier caso, estas negociaciones llegarán a un callejón sin salida y que la única solución pasa por brindar apoyo concreto al pueblo iraní para que pueda liberarse del líder supremo, Alí Jameneí. Elegir entre el pueblo iraní y los mulás Entre los manifestantes también estuvo Saeed Amini, fundador de la asociación Homa, quien tiene prohibido ingresar a Irán desde 2017 debido a sus actividades políticas. Amini no comprende la inacción de los dirigentes de la Unión Europea, que persisten en no adoptar medidas drásticas contra la República Islámica. No obstante, celebra la movilización de los pueblos de Europa y del mundo contra los mulás. “Esperamos decisiones firmes de los Estados europeos, que deben elegir entre el pueblo iraní y el régimen de los mulás”, declaró, antes de exhortarlos a “ponerse del lado correcto de la historia”. Numerosos carteles exhibían el retrato de Reza Pahlavi, quien goza de un amplio respaldo entre los manifestantes. Hijo del sha, exiliado desde 1979, se presenta como el sucesor del régimen. Para Yaël, ciudadana francesa de fe judía presente en la manifestación y fundadora del Colectivo Atlas, un grupo de judíos y cabileños contra el islamismo, “la democracia le debe todo a Medio Oriente, donde existen pueblos ilustrados, como los cabileños, israelíes, libaneses e iraníes”. Considera que Reza Pahlavi cuenta con el apoyo del pueblo iraní y que su programa político es “hiperdemocrático”, por lo que lo respalda plenamente. La manifestación concluyó alrededor de las 7 de la noche en la Plaza de las Pirámides, al pie de la estatua de Juana de Arco. Samuel Davoud, activista que encabezaba la marcha, convocó a los asistentes a sumarse a una gran movilización en apoyo al pueblo iraní prevista para el sábado 14 de febrero, al margen de la Conferencia de Seguridad de Múnich.

Gran Mezquita Sheikh Zayed: una joya arquitectónica y símbolo de tolerancia

La Gran Mezquita Sheikh Zayed, en Abu Dabi, es uno de los monumentos más emblemáticos de los Emiratos Árabes Unidos. Verdadera obra maestra de la arquitectura recibe cerca de 7 millones de visitantes al año, de los cuales el 82% son turistas internacionales. Más allá de su grandeza, la mezquita funciona como una plataforma para el diálogo interreligioso y la promoción de valores humanos universales. La historia del templo comienza en la década de 1980, cuando el jeque Zayed bin Sultan Al Nahyan, padre fundador de los Emiratos Árabes Unidos, concibió un lugar de culto que simbolizara la moderación del islam. Su visión era clara: crear un edificio que promoviera la tolerancia y el intercambio cultural, integrando la diversidad del mundo islámico con valores arquitectónicos y artísticos tanto históricos como contemporáneos. La construcción se prolongó durante once años y concluyó en diciembre de 2007. El jeque Zayed, fallecido en 2004, está enterrado en el patio de la mezquita que él mismo impulsó. La Gran Mezquita Sheikh Zayed impresiona tanto por su belleza como por su escala. Con una extensión de más de 12 hectáreas (120 mil metros cuadrados), puede albergar a casi 55 mil fieles, lo que la convierte en una de las mezquitas más grandes del mundo. Un proyecto de construcción colectivo La creación del templo fue un esfuerzo global que involucró a cerca de 3 mil trabajadores y a 38 empresas locales e internacionales. Profesionales, artistas y artesanos de países como Siria, India, Italia, Alemania, Turquía, Pakistán, Malasia, Irán, China, Reino Unido, Nueva Zelanda y Macedonia del Norte contribuyeron al proyecto. (Foto Mohamed Zarandah / Anadolu vía AFP) El resultado es una fusión armónica de distintos estilos arquitectónicos islámicos. La mezquita cuenta con 82 cúpulas de diversos tamaños, algunas de hasta 85 metros de altura. Cuatro minaretes, cada uno de más de 100 metros, se elevan en las esquinas del patio, mientras que más de mil columnas sostienen la estructura. Delicados mosaicos florales decoran el patio, y los capiteles de las columnas están ornamentados con flores de palma doradas. La estructura de acero y concreto está completamente revestida de mármol de Carrara, reconocido como el mármol blanco más puro del mundo. El patio central, de 17,080 metros cuadrados, también está pavimentado con este material, lo que otorga al conjunto un brillo excepcional. Refinamiento interior La fachada cuenta con un innovador sistema de iluminación nocturna que sigue el ciclo lunar: la luz cambia gradualmente de un blanco frío en luna llena a un azul profundo hacia la decimocuarta noche. La decoración interior se apega estrictamente a los principios del islam: no hay representaciones humanas ni animales, pero abundan los motivos florales, geométricos y arabescos. Arcos apuntados embellecen la estructura, y más de 12,100 paneles moldeados de yeso y fibra de vidrio recubren el interior. Las 1,048 columnas ornamentales, esculpidas por artesanos locales, están incrustadas con piedras semipreciosas. El techo de la gran sala de oración está sostenido por 24 columnas revestidas de mármol blanco e incrustadas con nácar. Los 99 nombres de Dios (Alá) están inscritos en el muro de la qibla, sutilmente iluminado. Imponentes candelabros decorados con cristales Swarovski y 40 kilogramos de oro de 24 quilates dominan el espacio, siendo el principal el más grande del mundo. La alfombra persa de la sala principal de oración es una obra maestra. Con una superficie de 5,627 metros cuadrados, es la alfombra tejida a mano más grande del mundo y tiene un valor estimado de 8.5 millones de dólares. Diálogo intercultural Desde su inauguración, la mezquita se ha consolidado como un destino clave del turismo cultural, posicionándose entre las atracciones más visitadas del mundo y como el principal sitio cultural y religioso de Medio Oriente. Más allá de su función religiosa y su esplendor arquitectónico, la mezquita mantiene su misión de diálogo intercultural. El programa Jusoor (“raíces” en árabe), lanzado en 2019, es un ejemplo de ello. A través de esta iniciativa, personas e instituciones de diversos orígenes son invitadas a vivir una experiencia religiosa y cultural única, que fomenta la comprensión mutua y la promoción de valores humanos universales. El recinto alberga también el Centro de la Gran Mezquita Sheikh Zayed, un espacio de aprendizaje con una biblioteca que resguarda obras clásicas y publicaciones en varios idiomas, entre ellos árabe, inglés, francés e italiano. Más que un hito cultural, la Gran Mezquita encarna los valores de tolerancia, apertura y convivencia pacífica que el jeque Zayed buscó transmitir a las futuras generaciones. Sigue siendo un símbolo vivo de su legado perdurable.