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Medio ambiente

El crimen ambiental, un arma de guerra desde la Antigüedad hasta nuestros días

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CARSTEN KOALL / DPA / dpa Picture-Alliance vía AFP
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Por Taline Becharraoui
Publicado feb 11, 2026 - 17:00

El uso por parte de la aviación israelí, el 1 de febrero de 2026, de un potente herbicida, el Glifosato, sobre amplias superficies del territorio libanés, ha reavivado la cuestión de los daños infligidos deliberadamente a los recursos naturales en tiempos de guerra.

1 de febrero de 2026: la aviación israelí es observada pulverizando una sustancia aparentemente tóxica sobre vastas zonas del sur del Líbano, en la región de Bint Jbeil. Tres días después del incidente, el 4 de febrero, tras análisis realizados sobre muestras recogidas por el ejército libanés y la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano (FPNUL), los ministerios de Agricultura y Medio Ambiente anunciaron que la sustancia en cuestión era Glifosato, un potente herbicida. El comunicado ministerial señaló que el producto había sido rociado “a muy alta concentración”, denunciando una “violación flagrante de la soberanía libanesa” y un “crimen ecológico”.

Por parte israelí, el canal I24 mencionó una “pulverización agrícola de manera experimental en las fronteras norte con el Líbano y Siria”, reconociendo que la dispersión de estas sustancias tiene como objetivo “matar la vegetación en las fronteras, por temor a que combatientes se oculten en ella”.

La aviación israelí prácticamente no ha abandonado el espacio aéreo libanés desde octubre de 2023, fecha del inicio del conflicto con Hezbollah, y ello a pesar del alto el fuego de noviembre de 2024. Durante los meses de guerra abierta entre octubre de 2023 y noviembre de 2024, Israel ya había utilizado materiales tóxicos e incendiarios para quemar miles de hectáreas en el Líbano, en particular fósforo blanco. No obstante, la pulverización de un herbicida potente a alta concentración sobre espacios verdes constituyó un nuevo escalón en este tipo de violencia.

Tras este episodio, el Líbano prepara una denuncia por “crimen ambiental” ante la ONU, y no es la primera vez. En 2006, durante el conflicto de julio-agosto, la aviación israelí atacó los depósitos de fuel de la central eléctrica de Jiyeh (al sur de Beirut), provocando un vertido de petróleo que contaminó toda la extensión del litoral libanés al norte de esa localidad y hasta Siria. No menos de 15.000 toneladas de petróleo se vertieron en el mar. Este vertido dio lugar a una denuncia del gobierno libanés ante la ONU, que condujo a una resolución no vinculante de la Asamblea General el 20 de diciembre de 2014, aprobada por 170 votos contra 6, exigiendo que Israel pagara más de 856 millones de dólares en compensación al Líbano, lo cual nunca ha ocurrido.

La pulverización de Glifosato sobre el sur del Líbano, por escandalosa que sea, recuerda que los crímenes ambientales en plena guerra son, lamentablemente, una práctica recurrente en los conflictos, que se remonta a la Antigüedad y recorre la historia humana. A continuación se presentan algunos ejemplos extraídos de una lista que dista mucho de ser exhaustiva.

En la Antigüedad y a lo largo de la historia

Las guerras, desde la Antigüedad hasta la época moderna, pasando por la Edad Media, han sido escenario de numerosos casos de destrucción de tierras agrícolas, bosques y recursos de todo tipo, con el objetivo principal de privar al enemigo de medios de resistencia. Estos métodos incluían la destrucción de canales de irrigación, inundaciones artificiales y el drenaje de cursos o puntos de agua, la salinización deliberada de los suelos, políticas de tierra quemada, la quema de cosechas y la tala de árboles frutales, el envenenamiento del agua mediante cadáveres, sustancias o plantas tóxicas, así como la devastación de territorios agrícolas, dejando los suelos empobrecidos durante décadas.

Entre los casos célebres figura la destrucción por Esparta del Ática durante la Guerra del Peloponeso (431-404 a. C.), caracterizada por el aniquilamiento de cosechas, olivares y granjas con el fin de provocar el hambre y forzar la capitulación.

Como ejemplo de inundaciones deliberadas pueden citarse las utilizadas entre las ciudades-estado mesopotámicas (III-II milenio a. C.), cuando los ejércitos rompían diques y desviaban canales de irrigación para inundar campos o ciudades enemigas, debilitando así la economía agrícola y reduciendo la resistencia a la nada.

Las inundaciones deliberadas también se emplearon con fines defensivos, aunque sus efectos ambientales fueron igualmente devastadores. Prueba de ello es la apertura voluntaria de diques por los rebeldes neerlandeses durante la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648) para frenar al ejército español creando zonas pantanosas infranqueables. Si bien lograron asegurar la supervivencia de las entonces Provincias Unidas, las consecuencias sobre la agricultura y el medio ambiente fueron duraderas.

El “hombre del pozo”, siglos después

Otra arma de guerra con consecuencias devastadoras para el medio ambiente es el envenenamiento del agua, táctica frecuente en la Edad Media, tanto biológica como psicológica. Para ello se utilizaban cadáveres de animales y sustancias tóxicas disponibles. Este método se empleaba a menudo durante los asedios para forzar la rendición de las localidades sitiadas.

Entre los ejemplos documentados destaca el episodio del “Well-Man” en Sverresborg, Noruega, en 1197. Durante una incursión, partidarios rivales habrían arrojado un cadáver a un pozo de una fortaleza para quebrar la resistencia de sus defensores. La prueba del hecho apareció siglos más tarde, tras un hallazgo arqueológico en 1938, cuando se encontraron los restos de ese “hombre del pozo”.

Otros casos de envenenamiento de agua fueron registrados a lo largo de los siglos, incluso en guerras modernas, como cuando las fuerzas alemanas envenenaron pozos en Francia durante la Primera Guerra Mundial.

En la Edad Media también era común la destrucción de campos y zonas rurales, tanto en las guerras feudales en Europa como durante las Cruzadas.

Uno de los ejemplos más notorios de contaminación deliberada en el siglo XX es el incendio de los pozos petroleros kuwaitíes por las fuerzas iraquíes durante la Primera Guerra del Golfo en 1991, lo que provocó grave contaminación del aire, del suelo y del agua, así como mareas negras masivas. Irak fue condenado por la ONU a pagar reparaciones a Kuwait.

Hoy en día, Ucrania acusa a Rusia de numerosos crímenes de guerra desde el inicio de la invasión rusa hace cuatro años. El ejemplo más notorio es la destrucción de la presa de Kajovka en 2023, que provocó una inundación devastadora de más de 20 kilómetros cuadrados.

Estatuto jurídico

Entre los crímenes ecológicos históricos y los contemporáneos, especialmente los de los siglos XX y XXI, existen numerosas diferencias pese a algunas similitudes. Históricamente, los daños eran más localizados y regionales, mientras que hoy pueden adquirir una dimensión planetaria, afectando ecosistemas compartidos como los océanos o la biodiversidad mundial.

La globalización, los efectos globales del cambio climático y los medios militares modernos disponibles para los beligerantes tienden a agravar las consecuencias de tales ataques, con riesgos globales como migraciones masivas o grandes crisis alimentarias.

La escala y la posible duración de estos efectos devastadores no son las únicas diferencias entre las guerras históricas y las actuales. La conciencia jurídica ha evolucionado. Estos crímenes tienen ahora un nombre y un estatuto: ecocidio. El término hace referencia a la gravedad, durabilidad y extensión de los daños ambientales derivados de actividades humanas destructivas, ya sea la sobreexplotación de recursos, la contaminación industrial y química o, sobre todo, la guerra.

El término fue empleado por primera vez en 1970 por el biólogo Arthur Galston, en referencia al uso por parte de Estados Unidos de potentes herbicidas, en particular el Agente Naranja, para destruir bosques y cultivos durante la guerra de Vietnam (1961-1971), con consecuencias sanitarias y ecológicas duraderas.

Efectos sobre el cambio climático

Aunque el término ecocidio ya figura en la legislación de algunos países, todavía no está reconocido como competencia específica de la Corte Penal Internacional. El debate persiste.

No obstante, la ONU ya ha adoptado decisiones para obligar a beligerantes a pagar reparaciones a países víctimas de ataques devastadores para el medio ambiente, como en los casos mencionados: Israel por el vertido de 2006 en el Líbano e Irak por los incendios de los pozos kuwaitíes en 1991.

Por último, la cuestión de los efectos de los conflictos sobre el cambio climático —en particular por las emisiones derivadas del uso masivo de municiones o por la destrucción de bosques, verdaderos sumideros de carbono— se plantea cada vez más en el marco de las cumbres climáticas anuales de la ONU. El ejemplo de los bombardeos israelíes masivos sobre Gaza desde el 7 de octubre de 2023 ha sido citado en este sentido.

Sin embargo, el impacto de los conflictos sobre el cambio climático todavía no ha sido plenamente integrado en el proceso de negociaciones internacionales para combatirlo. Este expediente sigue siendo extremadamente sensible en más de un aspecto.

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