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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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La fiesta de San Marón: historia, sacrificios y promesa de futuro

« El Líbano no pertenece a los Maronitas; son los Maronitas quienes pertenecen al Líbano » Patriarca Nasrallah Sfeir San Marón, cuya fiesta se celebra este 9 de febrero, no es solo una figura religiosa; es, para los Maronitas y para el Líbano, un símbolo fundador de libertad, fidelidad y resiliencia. Enraizado en la ascesis y la oración en el siglo IV, este ermitaño sirio inspiró una tradición espiritual que se extendió a lo largo de los siglos y que se convertiría en la Iglesia maronita: un pilar esencial de la historia libanesa y una fuerza viva en la construcción de una identidad pluralista en el corazón de Oriente Medio. A lo largo de los siglos, los Maronitas han enfrentado pruebas y persecuciones, forjando su identidad en las montañas del Monte Líbano, a menudo al margen de las grandes potencias pero siempre en el centro de la vida religiosa, cultural y social del país. Su fidelidad a la fe y a sus valores ha ido de la mano con un profundo compromiso con la libertad humana y la coexistencia, un mensaje raro en una región marcada por incesantes convulsiones. Los Maronitas no solo han sobrevivido; han contribuido directamente al nacimiento de lo que hoy llamamos Líbano . Su presencia histórica ha influido en el desarrollo político y social del país, dando origen a una visión de coexistencia entre diferentes comunidades y una estructura institucional única. Han construido escuelas, hospitales, universidades e instituciones sociales que han apoyado a la sociedad libanesa, a menudo en ausencia de un Estado plenamente organizado. Cada piedra colocada, cada niño instruido, cada enfermo atendido refleja la idea de que el servicio al prójimo es una dimensión esencial de la identidad maronita. Disputas internas y divisiones Sin embargo, esta gloriosa historia no debe ocultar los desafíos internos. Las disputas internas dentro de la comunidad maronita –sean políticas, sociales o económicas– a veces han debilitado su cohesión. Las divisiones, amplificadas por el contexto nacional, han fragmentado corrientes de pensamiento y a veces han desviado la atención de cuestiones esenciales. En un Líbano ya debilitado por crisis estructurales, estas tensiones internas han dado la impresión de que el legado histórico de los maronitas estaba amenazado de erosión y que su papel central se diluiría frente a las rivalidades contemporáneas. Sin embargo, la historia enseña una verdad profunda: incluso cuando las dificultades parecen insuperables, las sociedades capaces de recurrir a su memoria colectiva y a sus valores fundacionales pueden renacer. El legado maronita está lejos de ser una reliquia polvorienta del pasado; constituye una poderosa reserva moral y espiritual. Los Maronitas han resistido la adversidad durante siglos –desde las persecuciones medievales hasta las convulsiones modernas– sin renunciar jamás a la esencia de su vocación. Hoy más que nunca, este coraje moral, esta fidelidad a la dignidad humana, pueden ponerse al servicio de un Líbano renovado . Reconectando con los valores de libertad, diálogo y respeto mutuo que guiaron a sus ancestros, los Maronitas pueden contribuir a superar las divisiones que afligen al país. No es un llamado a la uniformidad, sino a la reafirmación de un papel positivo y constructivo en una sociedad pluralista. Un vínculo para el diálogo Este papel no se limita a la protección de los intereses comunitarios. Abarca una responsabilidad más amplia: ser un vínculo, un puente de diálogo entre los diferentes componentes de la nación, una voz para la justicia social, un catalizador de armonía en un paisaje a menudo fracturado. Los Maronitas han encarnado, en el pasado, la idea de un Líbano que podría ser un espacio de coexistencia pacífica y de creatividad humana. Esta idea no ha muerto. Sigue viva, lista para ser intensificada por aquellos que quieren hacerla una realidad vibrante. El futuro de los maronitas no debe definirse por las rivalidades internas, sino por su capacidad de trascender estas divisiones y unirse en torno a lo que más importa: la permanencia del Líbano como tierra de acogida, pluralismo y dignidad humana. Los desafíos actuales –ya sean políticos, económicos o sociales– no son insuperables si la comunidad sabe recurrir a su herencia espiritual y moral. El mensaje atemporal de San Marón, que inspiró a generaciones a vivir con fe y coraje, sigue siendo relevante hoy. Este mensaje no está encerrado en los archivos del pasado: vive en las instituciones educativas, los monasterios, los centros sociales, en cada gesto de ayuda mutua y solidaridad. Mientras esta llama permanezca, existe una posibilidad real de que los maronitas —y con ellos todo el Líbano— se levanten, unidos en la diversidad, confiados en el futuro . En este día de San Marón, recordemos que nuestra herencia es tanto un recuerdo como una fuente de esperanza. Y que el futuro, a pesar de los obstáculos, puede escribirse con audacia y lucidez, apoyándose en las lecciones y sacrificios del pasado mientras se mira hacia un Líbano de concordia y prosperidad.

Crisis libanesa: ¿dónde estamos?
Por
Khalil Helou
Publicado

Los pasos para la reconstrucción del Estado libanés parecen estar congelados, a pesar de algunos progresos en el plano tecnocrático. Al cabo de más de un año de «guerra de apoyo» llevada a cabo por Hezbolá y el debilitamiento de este partido en la escena regional, la elección del presidente de la República había suscitado una ola de euforia desmedida. La formación de un gobierno prometedor había inducido la esperanza de una restauración de la soberanía del Estado. Sin embargo, un año después, esta euforia se transformó en decepción, y la esperanza se disipó. La negativa de Hezbolá, a instancias de Irán, a someterse a la voluntad de la mayoría de los libaneses y a entregar sus armas al Estado, así como su violación de la resolución 1701, han servido y siguen sirviendo de pretexto para el acoso israelí que tiene como objetivo a sus cuadros y su infraestructura. Esta dinámica impide cualquier progreso en la recuperación del Estado libanés. A pesar del debilitamiento de Irán y el apoyo de Washington, los países árabes y la comunidad internacional, una gran parte de los actores a nivel de los poderes ejecutivo y legislativo en Beirut, así como algunos antiguos militares que engañan a los libaneses sobre la capacidad de nuestro ejército, siguen sometiéndose a un Hezbolá arrogante y amenazante. Este fenómeno no es sorprendente, ya que estos responsables, del más alto al más bajo escalón, se han acostumbrado, durante cuatro décadas, a ceder ante esta influencia. No debería sorprendernos ver a estos individuos cambiar de rumbo y alinearse con otro bando si el conflicto entre Teherán y Washington desemboca en una guerra relámpago o total en beneficio de Estados Unidos. Pero en caso de conflicto prolongado o de concesiones por parte de Washington, estos actores se felicitarán de su alineación oportunista. Por el momento, se colocan en situación de espera ( stand-by mode ) para determinar en qué bando se situarán. El problema es que son la fachada del Líbano. Y los grandes tomadores de decisiones de este mundo los desprecian en privado, les halagan y los insultan en público. Hezbolá y su correlato, el movimiento Amal, han utilizado la calle y el control del Parlamento, a través del jefe del poder legislativo para afirmarse. Además, Hezbolá recurrió a las armas, los asesinatos y las amenazas camufladas o públicas, con el mismo fin. Esto resultó eficaz con los polos del poder. Ambos partidos armados continúan maniobrando y evolucionando al mismo tiempo dentro del Estado y a través de su milicia, que orgánicamente depende del cuerpo de los Guardianes de la Revolución iraní. Además, han infiltrado el Estado profundo y las instituciones oficiales a todos los niveles. El saneamiento de estas instituciones es responsabilidad del ejecutivo y del presidente de la República. Ambos partidos no han propuesto nada y no proponen ningún proyecto creíble para edificar el Estado libanés, fuera de una dialéctica de resistencia que ha fracasado y de odios en todas direcciones. Solo la supervivencia de Hezbolá cuenta, y aunque debilitado, este partido persiste en el mismo camino que ha prevalecido durante cuatro décadas. Solo verdaderos hombres de Estado podrían hacer avanzar las cosas. Sin embargo, estos están en gran medida ausentes de las instituciones oficiales, a excepción de algunas raras figuras soberanistas, que se mantienen firmes en sus posiciones. Lo que los expone a los ataques más virulentos y a amenazas físicas por parte de un Hezbolá que se aferra desesperadamente a sus logros. Lo que podría costar muy caro a todo el país. Los indecisos, los corruptos, la gente del bazar, aquellos que padecen ceguera sociopolítica, así como los cobardes, no pueden ni gestionar, ni dirigir, ni tener la estatura de un líder. Líbano rebosa de recursos humanos y capacidades. Estas solo esperan la verdadera oportunidad para iniciar un renacimiento. En este contexto, cabe señalar que la vecina Siria ha batido todos los récords en términos de recuperación de sus instituciones estatales. Sin embargo, le quedan muchísimas lagunas por cubrir. Debe tranquilizar a las minorías, integrarlas. Tiene un sistema que construir… En resumen, todavía le queda un largo camino por recorrer para alcanzar la estabilidad. Por otro lado, lo que se ha logrado es muy prometedor, porque a la cabeza del Estado sirio se encuentra un hombre de Estado, Ahmad el-Chareh, que emerge, mostrando madurez y pragmatismo. Sabe que los ojos de los sirios y del mundo entero están puestos en él, y acepta el desafío. En Líbano, esperamos la emergencia de hombres de Estado.

Conferencia internacional de apoyo al ejército libanés: múltiples desafíos (1/3)

A medida que se acerca la fecha de la conferencia internacional de apoyo al ejército libanés, prevista para marzo de 2026 en París, el Líbano se encuentra en un momento crítico. Esta reunión, destinada a movilizar a la comunidad internacional en favor de las fuerzas regulares, se produce en un contexto político y regional extremadamente complejo. Cada decisión o falta de decisión del Estado libanés con respecto al monopolio de las armas, en particular, tendrá un impacto directo en la eficacia de la ayuda internacional a las tropas y, más ampliamente, en el futuro mismo del ejército y de la soberanía nacional. La fecha elegida, el 5 de marzo de 2026, sigue siendo condicional. Según el general Maroun Hitti, la conferencia podría aplazarse si el Líbano no da un paso crucial antes de esa fecha. Este paso consiste en una decisión política unánime dentro del gobierno libanés, incluyendo a los ministros de Hezbolá y Nabih Berri, para que el Estado retome el control del asunto de las armas y que Hezbolá se someta a su autoridad, o bien en un evento regional importante. Este podría ser un cataclismo o un conflicto armado que obligara a Irán a cumplir con las exigencias de la comunidad internacional, modificando así el equilibrio de poder en la región. La conferencia de París no se limita, por tanto, a una simple cita técnica o diplomática. Está íntimamente ligada a los equilibrios geopolíticos regionales y a la agenda estratégica de las potencias exteriores. El DDR como objetivo central Para el general Hitti, los objetivos estratégicos de la conferencia son claros: discutir un control de fronteras, que es un tema menos contencioso, y avanzar sobre todo en el DDR (Desarme, Desmovilización y Reintegración de Hezbolá). No se trata simplemente de una iniciativa militar sino de un desafío político y social importante: ¿Cómo reintegrar un partido ideológico como Hezbolá en la sociedad libanesa para que deje de estar alineado con intereses extranjeros y se convierta en un actor plenamente nacional? El general Hitti subraya que el objetivo no es ayudar al ejército a hacer la guerra a Israel ni transformar el Líbano en un teatro de confrontación, sino reedificar el Estado libanés, afirmar su soberanía e integrar a todos los actores en un marco nacional legítimo. Derrota previa Insiste en un punto fundamental: una reintegración solo puede realizarse después de una derrota tangible e incontestable. Como explica, al igual que sucedió con los nazis en Alemania después de 1945, ninguna organización ideológica armada puede ser reintegrada en una sociedad hasta que haya aceptado su derrota. El general Hitti también precisa que hay que distinguir entre el discurso oficial vanidoso de Hezbolá y la realidad sobre el terreno. Según él, Hezbolá está en apuros aunque esto no aparezca en su comunicación pública. Esta dimensión muestra también que la conferencia de París no es una cita destinada a la distribución de recursos o la planificación de la ayuda al ejército, sino una etapa estratégica destinada a crear las condiciones políticas y sociales necesarias para un realineamiento nacional. El factor humano: un soldado mal pagado El ejército libanés desempeña un papel fundamental en este contexto, de ahí la atención prestada a su desarrollo. En el centro de cualquier discusión sobre las fuerzas regulares, el general Hitti sitúa al hombre sobre el terreno. Los soldados libaneses, a menudo mal remunerados, constituyen sin embargo el verdadero pilar de cualquier operación prevista. Insiste en la frustración salarial de estos últimos y considera absurdo pedir a un hombre o una mujer mal pagados que realicen tareas que no les permiten permanecer activos y mantener a sus familias. Para el general Hitti, el factor humano debe preceder a cualquier reflexión sobre el material o las capacidades técnicas y militares, en la medida en que, según él, un soldado desmotivado o ausente debilita el conjunto de la institución. El desafío es, por tanto, doble. Se trata de garantizar un ingreso decente a los militares y un apoyo estructural a las tropas. Según el general Hitti, la primera pregunta candente que deberían hacerse los países donantes es si no es prioritario empezar por asegurar al soldado libanés un salario que le permita dejar a su familia, con la tranquilidad de haberles provisto los medios para vivir honorablemente. ¿O es posible que pase más tiempo en casa, en detrimento de su presencia en el trabajo y con el riesgo de una caída en el grado de preparación operativa, y que los jefes sobre el terreno sigan esforzándose por paliar una perpetua y cruel necesidad de hombres que les falta? Ayuda internacional: ¿estabilización o verdadero fortalecimiento? Desde hace años, el ejército se beneficia de diversas ayudas internacionales: formaciones, equipos, apoyo logístico, e incluso asistencia salarial indirecta, especialmente de Francia, Estados Unidos, el Reino Unido y otros socios, tras los planes de desarrollo de capacidades elaborados por la Tropa. Sin embargo, a pesar de estos apoyos, el equilibrio de fuerzas entre el ejército y Hezbolá sigue siendo incierto. El general Hitti explica que el ejército libanés es multiconfesional y refleja la diversidad de una sociedad liberal, mientras que Hezbolá es monoconfesional, ideológicamente adoctrinado y beneficia de una fuerte cohesión interna y de una doctrina extralibanesa. Sin embargo, lo que puede considerarse una aparente debilidad del ejército puede transformarse en una fuerza potencialmente considerable a condición de que el Estado afirme su autoridad y tome por unanimidad sus decisiones, que se beneficiarán del apoyo del Parlamento. Según el general Hitti, la ayuda internacional seguirá siendo estéril estratégicamente en este contexto mientras no se resuelva la cuestión del monopolio de la fuerza y la autoridad del Estado. Los medios proporcionados siguen siendo útiles y sirven a las misiones operacionales, pero solo serán eficaces si el Estado asume sus responsabilidades otorgando un mandato claro al ejército. ¿Simbolismo o acciones concretas? El general Hitti subraya que las conferencias internacionales anteriores en favor del ejército, iniciadas por París y Roma y aprobadas por Washington, fueron realmente eficaces táctica y operacionalmente, a la espera de que el Estado libanés retome las decisiones estratégicas y políticas. La conferencia de marzo de 2026 podría reproducir este mismo esquema si no influye en los bloqueos políticos internos. Los donantes aportan medios y recursos, el Estado libanés sigue dudando y siendo ambiguo en sus directrices, y los ciudadanos y soldados, escépticos, seguirán dudando de la eficacia real de cualquier conferencia. El general Hitti añade que ninguna ayuda internacional, por generosa que sea, puede reemplazar el coraje político. Sin un mandato claro, dice, y sin una visión nacional (una política nacional de seguridad y defensa), las fuerzas regulares permanecen expuestas y la soberanía del Estado libanés seguirá siendo un eslogan vacío de sustancia. El general Hitti también insiste en la necesidad de una apropiación política clara de las misiones del ejército. El Estado, señala, debe asumir sus decisiones, incluso frente a las presiones internas y los riesgos que plantea Hezbolá. Esta condición es indispensable para transformar los anuncios de apoyo en resultados concretos y medibles y evitar que la conferencia de marzo de 2026 se convierta en otro ritual diplomático. Un punto de inflexión La conferencia de París aparece más que nunca como un verdadero punto de inflexión potencial para un Líbano que se enfrenta a desafíos políticos, sociales y estratégicos. Su éxito dependerá menos de los medios materiales prometidos por la comunidad internacional que de la capacidad del Estado libanés para afirmar su autoridad, para exigir una rendición de los actores armados sometidos ideológicamente a una potencia externa, para unir sus instancias políticas en torno a un mismo objetivo y para clarificar el papel del ejército en el territorio nacional, dotándolo de los medios para asumirlo. Sin reformas estructurales y sin reconocimiento del valor de quienes sirven en el terreno, incluso la conferencia mejor organizada corre el riesgo de seguir siendo simbólica. En definitiva, la conferencia de París será una prueba de madurez política e institucional para el Estado libanés. Medirá la capacidad del gobierno para traducir sus compromisos internacionales en acciones concretas sobre el terreno, para estabilizar sus fuerzas armadas y para consolidar su soberanía.

Guerra de Sudán: escenarios, falsos acuerdos e impases estratégicos (4/4)

Análisis analítico sobre la guerra de Sudán que, desde 2023, ya se ha traducido en decenas de miles de muertos y millones de desplazados, con un coste humano particularmente devastador en Darfur, donde la violencia masiva, los asedios y los desplazamientos forzados han adquirido una dimensión que muchos actores internacionales califican ahora de genocida. La guerra sudanesa da lugar regularmente a anuncios de mediación, de alto el fuego inminente, de «ventanas diplomáticas». A intervalos casi regulares, un actor internacional «redescubre» así el conflicto, promete una iniciativa o convoca negociaciones. Estas secuencias producen esencialmente ruido político, y a veces una suspensión temporal de los combates en un eje preciso, pero nunca modifican la estructura del conflicto. Pero la repetición del mismo esquema no constituye un fracaso accidental de la diplomacia; es el producto de un malentendido más profundo sobre la naturaleza misma de la guerra en curso. El primer punto muerto se debe a una lectura errónea del conflicto como un enfrentamiento clásico entre dos polos susceptibles de llegar a un compromiso. Sin embargo, ni las Fuerzas Armadas Sudanesas ni las RSF están comprometidas en una lógica de negociación política. Lo que buscan preservar no son cuotas de poder en un futuro Estado, sino capacidades autónomas de daño, redes y territorios explotables. En este marco, cualquier mediación que busque un reparto del poder o una transición institucional parece fuera de lugar. Los ceses del fuego propuestos se basan en la misma ilusión. Suponen que la guerra se ha vuelto demasiado costosa para los actores implicados. Sin embargo, paradójicamente, la prolongación del conflicto sigue siendo racional para ambos bandos. Para el ejército, permite mantener un estatus de representante oficial del Estado, obtener un apoyo internacional mínimo y contener el colapso total del aparato militar. Para las RSF, garantiza la continuación de los flujos económicos, la consolidación de su control territorial en el oeste y la imposibilidad de que un orden centralizado se reconstituya contra ellas. Los acontecimientos difundidos a finales de enero destacan una serie de avances militares atribuidos a las Fuerzas Armadas Sudanesas, especialmente en Kordofán del Sur. El levantamiento de antiguos asedios, la recuperación de localidades secundarias y la reapertura de ejes viarios se presentan como signos de una nueva dinámica, incluso de un cambio progresivo en el equilibrio de poder. Pero esta lectura merece ser contextualizada, ya que corresponde menos a una transformación estructural del conflicto que a una secuencia de comunicación estratégica destinada a varias audiencias distintas: apoyo interno al ejército, movilización de los patrocinadores regionales y restauración de una credibilidad militar dañada por dos años de guerra de desgaste. Sobre el terreno, estos avances siguen siendo costosos, localizados y frágiles. No afectan ni al control de las RSF sobre Darfur, ni a su capacidad de causar daño a distancia, ni a la fragmentación general del país. Sobre todo, confirman un rasgo central de la guerra sudanesa: la creciente disociación entre los acontecimientos militares visibles y las dinámicas estratégicas profundas. En este sentido, la narrativa de la reconquista también forma parte de la guerra. No anuncia necesariamente su fin, sino que se convierte en un instrumento adicional. A esto se añade un segundo punto muerto, aún más estructural: la marginación sistemática de los actores civiles sudaneses. Desde 2019, estos han sido invocados, celebrados y luego progresivamente apartados de todos los procesos reales de decisión. Las iniciativas diplomáticas siguen abogando por un «retorno a la transición civil», pero sin crear nunca las condiciones materiales, de seguridad y políticas para su aparición. Los civiles sirven de justificación moral para procesos concebidos en otros lugares, entre patrocinadores regionales y actores armados… Esta marginación no es solo una injusticia política. Constituye un factor activo de prolongación del conflicto. En ausencia de un polo civil estructurado y protegido, la guerra sigue siendo el único lenguaje audible, y cualquier intento de recomposición política interna es, por tanto, aplastado entre la violencia de los actores armados y la indiferencia estratégica de sus apoyos externos. Los escenarios de salida de la guerra mencionados en los círculos diplomáticos oscilan entonces entre dos extremos igualmente problemáticos. El primero es el de una victoria militar decisiva de uno de los bandos. Sin embargo, este escenario es poco creíble, en la medida en que ningún actor dispone de las capacidades necesarias para imponer una dominación total sobre todo el territorio sin desencadenar una nueva fase de fragmentación o de guerrillas locales. Una victoria del ejército correría el riesgo de reactivar focos de rebelión periféricos; un triunfo de las RSF institucionalizaría una violencia masiva sin Estado, difícilmente estabilizable. El segundo escenario es el de una partición formal del país. Y, de nuevo, los obstáculos son considerables. Una partición oficial supondría un reconocimiento internacional, fronteras estabilizadas, acuerdos económicos y de seguridad duraderos. Sin embargo, la fragmentación actual es funcional precisamente porque sigue siendo informal. Permite a los actores beneficiarse de los ingresos de la guerra sin asumir los costes políticos de un nuevo orden. Entre estos dos extremos se establece, por tanto, un tercer escenario, no formulado pero de facto dominante: el de un conflicto prolongado de intensidad variable y baja, salpicado de picos de violencia extrema, y gestionado por actores regionales que controlan sus parámetros sin buscar resolverlo. Este escenario no es una deriva incontrolada. Es el triste producto de una alineación de intereses. Las potencias regionales encuentran en él un terreno de influencia, las grandes potencias internacionales lo ven como un conflicto periférico manejable, y los actores armados locales encuentran rentas y autonomía estratégica. En cuanto a las poblaciones civiles, pagan el precio. Como siempre. Entonces hay que plantear la pregunta que pocas análisis se atreven a formular explícitamente: ¿cuáles serían las condiciones para un cambio real? Hoy son poco probables, pero no teóricamente imposibles. Implicarían, primero, una convergencia mínima entre los patrocinadores regionales sobre la necesidad de estabilizar la orilla africana del Mar Rojo como espacio de seguridad colectiva, renunciando a la lógica de las zonas de influencia. Pero esto va en contra de la lógica global generada de facto por Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping. Supondrían, luego, una reactivación creíble del marco internacional, capaz de producir costes tangibles para los actores armados, más allá de las declaraciones y las sanciones simbólicas. Exigirían, finalmente, una inversión masiva y protegida en la reconstrucción de un polo civil sudanés como actor real y no como un simple telón de fondo de negociación. Sin embargo, ninguno de estos elementos se da hoy en día. La rivalidad saudí-emiratí persiste; el orden internacional está más fragmentado que nunca y los actores civiles sudaneses están aislados, agotados y dispersos. En este contexto, la guerra continúa por coherencia estratégica. Es triste constatar que Sudán se ha convertido en nada menos que un brutal laboratorio de las formas contemporáneas de conflictividad: guerras largas, poco visibles, insertadas en rivalidades regionales, posibilitadas por un entorno internacional permisivo. Y mientras el Mar Rojo siga siendo un espacio de competición en lugar de cooperación, mientras la estabilización sea percibida como más costosa que la inestabilidad, mientras la violencia pueda ser externalizada sin consecuencias mayores, la guerra continuará. Inevitablemente, y por mucho tiempo más. Porque, una vez más, no se trata de un caos espontáneo, sino de un orden profundamente inhumano, pero profundamente cínico para quienes se benefician de él. Lea también sobre el mismo tema: El colapso de Sudán: La guerra por la guerra (1/4) Mar Rojo, Golfo y Cuerno de África: La regionalización del conflicto sudanés (2/4) Irán y su guerra indirecta en Sudán (3/4)

¿Ha comenzado ya el declive secular de los Estados Unidos? (2/2)

Con la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos emergió como una superpotencia que gobernaba el destino del mundo occidental. La enorme maquinaria industrial estadounidense contribuyó significativamente a la victoria militar sobre el fascismo. En la primera parte, vimos cómo Estados Unidos impuso su modelo, no solo mediante su poderío militar, sino también mediante un nuevo orden económico, financiero e institucional global. En esta segunda parte, detallaremos los riesgos que enfrenta actualmente Estados Unidos. La doctrina "Make America Great Again" marca una ruptura en la geopolítica contemporánea. La principal víctima de esta ruptura bien podrían ser los propios Estados Unidos, no porque carezcan de poder, sino porque se han vuelto estructuralmente frágiles. Estados Unidos puede permitirse el lujo de alterar las reglas en el exterior únicamente porque el mundo continúa financiándolos internamente: gracias al estatus de reserva del dólar, al flujo continuo de capitales y a la arraigada convicción de que los activos estadounidenses —acciones y bonos— constituyen el lugar más seguro del mundo para preservar la riqueza. Pero la credibilidad es la garantía invisible de este privilegio. Cuando se resquebraja, las consecuencias económicas siguen. La economía estadounidense está peligrosamente expuesta, ya que depende de forma inusual de sus mercados financieros. Estamos en un momento crítico. A escala macroeconómica, el crecimiento reciente se basa en dos motores: déficits presupuestarios cada vez mayores; el continuo aumento de los mercados de activos, principalmente de acciones. Dos economías, un mismo país La economía estadounidense aborda 2026 en un estado que los marcos de análisis tradicionales tienen dificultades para interpretar. El modelo GDPNow de la Reserva Federal de Atlanta —cuya precisión ha demostrado ser notable durante la última década— anticipa un crecimiento anualizado del 4,2 % en el cuarto trimestre de 2025. El consumo sigue siendo robusto. Los beneficios empresariales están cerca de récords históricos. La tasa de desempleo se sitúa en el 4,4 %, por debajo del umbral generalmente considerado como pleno empleo. La fábrica de Tesla en Fremont, San Rafael, California, cesará la producción de sus vehículos eléctricos y reconvertirá la planta para fabricar el robot Optimus. (Justin Sullivan/Getty Images/AFP) Y sin embargo… El índice PMI manufacturero del Institute for Supply Management se situó en 47,9 en diciembre, marcando un décimo mes consecutivo de contracción. Una parte creciente del PIB manufacturero retrocede mes tras mes. Los nuevos pedidos han disminuido durante cuatro meses consecutivos. El índice de confianza del consumidor del Conference Board ha bajado durante cinco meses seguidos, la serie más larga desde 2008. Los indicadores adelantados se han deteriorado ocho veces en los últimos nueve meses. Paralelamente, las tensiones crediticias ya no son teóricas. Las tasas de impago de tarjetas de crédito alcanzaron el 3,0 %, un nivel alto en comparación con el período prepandémico, mientras que la deuda pendiente de tarjetas de crédito alcanzó un récord de 1.233 billones de dólares, con una tasa de interés promedio del 22,3 %. La lectura correcta es la siguiente: Estados Unidos funciona simultáneamente con dos economías distintas, con dinámicas radicalmente diferentes. La primera economía: IA, tecnología y capital ilimitado. Siete empresas dominan el crecimiento, la inversión y los índices bursátiles. Su rendimiento bursátil alimenta el consumo a través del efecto riqueza. El 10 % de los hogares más ricos posee aproximadamente el 90 % de las acciones directas y representa casi la mitad del consumo total. Cuando las acciones de los «Siete Magníficos» suben, la riqueza aumenta. Los gastos aumentan. El PIB aumenta. Los beneficios empresariales aumentan. Y las acciones vuelven a subir. Un indigente en el metro de Nueva York: la primera economía mundial sufre de fuertes desigualdades sociales. (Spencer Platt/Getty Images/AFP) Los hogares más ricos consumen porque sus carteras se aprecian. Todos los demás se retraen, ya que el crédito se endurece y los salarios no siguen el ritmo del coste de la vida. Este bucle se auto-refuerza. Explica por qué el PIB puede parecer sólido mientras la industria se contrae y la confianza del consumidor se erosiona. Pero este bucle reflexivo funciona en ambos sentidos. La segunda economía: contracción del crédito y depresión silenciosa La segunda economía es la economía real. Abarca la industria manufacturera, la construcción, el sector inmobiliario comercial, los bancos regionales y las pequeñas y medianas empresas que dependen de estos sectores. Esta economía experimenta una contracción del crédito que cada vez se parece más a una depresión silenciosa. Los bancos regionales cuya exposición al sector inmobiliario comercial supera varias veces sus fondos propios han, de hecho, dejado de prestar. Edificios de oficinas valorados en cien millones de dólares en 2019 son hoy devueltos a los acreedores por el monto de la deuda restante. Y los 936 mil millones de dólares en préstamos inmobiliarios comerciales que vencen en 2026 no pueden, de manera realista, ser refinanciados a las tasas actuales. Concentración: un riesgo sistémico La concentración sin precedentes de la capitalización bursátil en manos de un número muy limitado de empresas ha creado un bucle reflexivo, conectando directamente el crecimiento económico estadounidense con el rendimiento bursátil de estas sociedades. Los «Siete Magníficos» representan ahora el 34,4 % de la capitalización del S&P 500, mientras que las diez empresas más grandes concentran alrededor del 40 %, es decir, más del 50 % por encima de cualquier precedente histórico moderno. La concentración crea un mecanismo de transmisión que los modelos tradicionales tienen dificultades para comprender. Una caída del 20 % en las acciones de los «Siete Magníficos» destruiría aproximadamente 4,2 billones de dólares de riqueza y provocaría una recesión alimentada por el efecto riqueza negativo. Y la concentración amplificaría su impacto. Debido a que la economía estadounidense depende ahora profundamente de los precios de los activos para sostener el consumo, el crecimiento y la estabilidad política, Estados Unidos se ha colocado en una posición extremadamente precaria: ha convertido el mercado bursátil en el pilar central de su modelo económico, y el mercado bursátil se basa en la confianza. ¿Estamos cerca del punto de inflexión? Mercados de acciones: las señales están en rojo Las señales técnicas se vuelven inequívocamente bajistas. Ya sea que observemos el Nasdaq 100 o el S&P 500 —dos índices ahora extremadamente dependientes de un número muy restringido de valores— la mayoría de estas acciones ya han alcanzado un máximo. Durante cuatro meses, el Nasdaq y el S&P 500 han evolucionado lateralmente, incapaces de establecer nuevos récords históricos a pesar de resultados espectaculares. En términos de ondas de Elliott, nos acercamos a la configuración final de agotamiento del superciclo iniciado en 1932: la quinta onda de la quinta onda de la tercera onda del superciclo estadounidense. Esto significa que estamos muy cerca de entrar en la cuarta onda del superciclo estadounidense, un mercado bajista susceptible de durar una década o más y de ver a muchas empresas perder entre el 60 % y el 80 % de su valor. Dados los niveles extremos de sobrevaloración, concentración, indexación, apalancamiento y especulación, el desarrollo de este mercado bajista tendría consecuencias dramáticas para la economía estadounidense. Deuda y fragilidad presupuestaria: un sistema incapaz de absorber un choque En los mercados de bonos, una decisión de la Corte Suprema podría en cualquier momento invalidar la base legal de los aranceles de importación de la administración, eliminando potencialmente cientos de miles de millones de dólares en ingresos esperados. Tal escenario no solo eliminaría un pilar presupuestario esencial. También podría obligar al Estado a reembolsar masivamente a miles de empresas afectadas por estos aranceles, al tiempo que desencadenaría una crisis política y administrativa, y, sobre todo, aumentaría el déficit de la primera economía mundial en el peor momento. Con una deuda pública estadounidense que alcanza los 38 billones de dólares, de los cuales el 33 % está en manos de inversores extranjeros, un empeoramiento brusco del déficit presupuestario —ya cercano al 6 % del PIB— provocaría sacudidas en todos los mercados de bonos mundiales. Los rendimientos de los bonos estadounidenses ya se mueven a niveles críticos, cercanos al 5 %. Un shock repentino, ya sea de una decisión judicial o de un shock petrolero, dispararía las tasas a largo plazo a niveles mucho más altos, acentuando la presión sobre una economía fuertemente endeudada, desde los hogares hasta los bancos, desde las empresas hasta la propia Reserva Federal. Conclusión: Un imperio no puede romper las reglas sin romperse a sí mismo El siglo estadounidense no se construyó únicamente sobre la fuerza, sino sobre la credibilidad. El orden internacional fue un instrumento de poder —y un mecanismo de ventaja económica. El dólar, los mercados de capitales y la confianza mundial fueron sus dividendos. Cuando Estados Unidos pasa del papel de constructor de reglas al de transgresor, el sistema se desestabiliza. Y debido a que la economía estadounidense ahora depende estructuralmente de la confianza financiera, también es la más expuesta. América construyó el sistema. América fue la que más se benefició. Y América será la que más sufra si este sistema se rompe. Romper el orden internacional no castigará primero a los rivales de América. Muy probablemente, castigará a la economía estadounidense.

¡El big stick y el efecto disuasorio!
Por
Youssef Mouawad
Publicado

¿Y si Irán cediera ante el despliegue masivo de la fuerza estadounidense? ¿Y si no aceptara el desafío de la flota de EE. UU. que viene a anclar en sus propias aguas, las del Golfo Pérsico? Pues bien, perdería la cara, él que, hace tan poco, se jactaba y proclamaba solemnemente ocupar cuatro capitales árabes! No nos equivoquemos, Teherán tendrá que elegir entre la guerra y el compromiso, es decir, un retroceso que pondría de nuevo de actualidad la diplomacia de las cañoneras, tan criticada en los círculos académicos. Esta supuesta diplomacia, de antes de la Primera Guerra Mundial, consistía en disparar desde el mar contra las costas de un país que tenía cosas de las que arrepentirse, generalmente deudas financieras. Para hacer entrar en razón a un adversario, ¿no es preferible recurrir al farol o a los disparos de advertencia, es decir, a una amenaza no seguida de ejecución, en lugar de a un compromiso militar que se contabilizaría en número de víctimas y en destrucciones de gran escala. Este es el dilema que enfrentan en este momento los ayatolás: enmendarse, someterse, intentar salvar su reputación o, de lo contrario, ser borrados del mapa. Precedentes históricos Nadie esperó a los estadounidenses para hacer uso del «gran garrote». En 1793, durante el segundo reparto de Polonia, Catalina II de Rusia había rodeado la sede de la Dieta polaca: habiendo apuntado sus cañones hacia dicha asamblea, impuso su punto de vista bajo amenaza. «El voto fue arrancado en un silencio de terror, ya que la ocupación hacía imposible toda oposición», se nos informa. Esta práctica coercitiva probablemente no había pasado desapercibida para los defensores de la Doctrina Monroe en Estados Unidos, y el presidente Theodore Roosevelt pudo declarar en dos ocasiones en 1904 y 1905: Aunque a regañadientes, en casos flagrantes de injusticia o impotencia, Estados Unidos tiene derecho a ejercer un «poder de policía internacional». El New Jersey y la doctrina Weinberger Ciertamente, Donald Trump no va a comprometer a sus tropas para apoyar a los manifestantes iraníes que reclaman pan y libertad. Eso es lo de menos para él. En realidad, solo busca resolver las cuestiones nucleares, de misiles y el apoyo a los proxies como Hezbolá y los Hutíes, y a controlar, subrepticiamente, el suministro de hidrocarburos a China. Sin embargo, esta vez no asistiremos, como en 1984 frente a Beirut, a un remake de la patética huida del New Jersey. En este caso, se aplicará la doctrina Weinberger. Y esta última es formal: si las tropas estadounidenses solo deben ser empleadas como último recurso, entonces «deben serlo sin reservas y con la clara intención de vencer ( with the clear intention of winning ) o de lo contrario no ser empleadas en absoluto». Por otra parte, se entiende que el régimen iraní, a pesar de su capacidad de causar daño, no está en condiciones de contrarrestar el asalto de las fuerzas combinadas americano-israelíes. Tendrá que ceder si no es suicida. Al final de la prueba, si cede en el tema nuclear o en otro punto, perderá su altivez. E incluso tendría que tragarse sus palabras para mantenerse en el poder. Y es ahí donde el excéntrico Donald Trump puede intervenir y conformarse con un éxito de pura forma, es decir, un triunfo de pacotilla que podrá pregonar a su antojo. De ahí el temor del ministro de Defensa saudita, Khaled bin Salman, de ver el régimen de los ayatolás reforzado en caso de que Estados Unidos no pasara a la ofensiva. Porque no hay razón para cantar victoria si no hay un cambio de régimen en Teherán. ¿De qué sirve tomar a los mismos y empezar de nuevo? En resumen, sin intervención militar, ¡Irán habrá ganado otra vez la partida!