Logotipo de Levant Time

Artículos

Imagen destacada de la noticia
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
Retrato del autor
Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
Retrato del autor
Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
Imagen destacada de la noticia
En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
Lo esencial del día
Retrato del autor
Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
Imagen destacada de la noticia
El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
Más artículos
Ordenar por: Más recienteMás antiguo
Política de la cuerda floja y de los olvidados
Por
Youssef Mouawad
Publicado

¿De qué serviría un ataque ordenado por Trump? ¿Creeríamos que pondría fin a la represión que sufren los manifestantes iraníes? De hecho, nadie puede detener las represalias que los Guardianes de la Revolución infligen a sus conciudadanos. E incluso si se llegara a un acuerdo en Omán para esquivar una operación militar estadounidense, nada indica que la paz civil se instauraría de inmediato. En un caso como en el otro, ya sea que los mulás lleguen a un acuerdo a la baja con Estados Unidos o no, el movimiento de protesta iraní será entregado a la ferocidad de una «pacificación» que dispara con balas reales y a quemarropa contra los manifestantes y otros opositores. «Brinkmanship» y «misreading» En Omán, y a partir del viernes 6 de febrero, se reunieron los representantes de Donald Trump y los de Massoud Pezechkian, dos maestros de la fanfarronería y la impostura: el primero, que alardea y duda en ejecutar sus amenazas, y el segundo, que, adoptando posiciones maximalistas, exigió trasladar el lugar de la conferencia de Turquía a Omán, la cual decidirá el destino del Golfo Pérsico. Si el presidente de Estados Unidos ya no sorprende a nadie con su conducta errática, ¿qué decir del régimen de los mulás que, reducido a la última extremidad, sin embargo, sigue pavoneándose? Su programa nuclear ha sido «eviscerado», como dice Patrick Wintour en el Guardian , y treinta de sus comandantes de alto rango han sido liquidados después de 160 ataques masivos, y con eso, ¿los iraníes creen que pueden imponer a los emisarios estadounidenses los parámetros de los intercambios y el orden del día de la negociación? Este brinkmanship que practican a la perfección es una estrategia al borde del abismo que consiste en seguir una acción peligrosa para hacer retroceder al adversario y obtener ventajas. Si recurren a ella, es porque están diabólicamente convencidos de que Trump nunca pasará a la acción. Esta convicción arraigada corre el riesgo de llevarlos a la perdición, y es aún más peligroso jugarse el todo por el todo, ya que los barcos de la flota estadounidense convergen hacia el estrecho de Ormuz, ese punto de estrangulamiento del tránsito de petróleo. Los mulás, seguros de su derecho y curtidos en arduas negociaciones, deberían temer sobre todo el misreading , es decir, una grave subestimación de los datos y los intereses en juego. Responsables a un nivel muy alto, no estarían lejos de caer víctimas de su propia fatuidad, tanto creen que Trump es un fanfarrón que se desinfla rápidamente. El resultado incierto El inquilino de la Casa Blanca haría bien en desengañar a sus antagonistas, ¡él que empieza a impacientarse! Porque según los círculos dirigentes de Israel, como informa el Haaretz , la República Islámica torpedeará dichas negociaciones, dado que solo las ha entablado para ganar tiempo y otorgar un respiro a su programa nuclear. Ahora bien, desmantelar este último o «diluir» el uranio altamente enriquecido equivaldría para los ayatolás a pegarse un tiro en el pie. En resumen, las sesiones de negociaciones que se celebran en Omán pueden prolongarse, así como pueden ser interrumpidas para luego ser reanudadas. El asunto se anuncia largo y terminará en nada o, en el mejor de los casos, con un bloqueo marítimo. ¡A menos que haya un golpe de Jarnac israelí! Vae victis Pero los grandes olvidados y los grandes vencidos de los conciliábulos de Omán seguirán siendo los disidentes, su destino no figura en el orden del día. Se ha hablado de 30000 víctimas. Paz a sus almas, pero ¿qué destino se reservaría a los 50000 detenidos que languidecen en las cárceles? Para Gholamhossein Mohseni Ejei, quien está al frente del poder judicial, las personas implicadas en las manifestaciones no deberían esperar «ninguna indulgencia» .

Rafic Hariri, 21 años después: ¿cómo ha cambiado Líbano?… ¿y si todavía estuviera entre nosotros?

El 14 de febrero de 2005, no fue solo un hombre el asesinado, sino todo un equilibrio el que se desmoronó. El asesinato de Rafic Hariri marcó un punto de inflexión en la historia moderna del Líbano: el momento en que el país pasó de una tutela directa a un conflicto interno abierto a todas las eventualidades. Veintiún años después, la cuestión parece ir más allá del simple recuerdo: ¿qué ha cambiado? ¿Dónde está el Líbano hoy? Y si Hariri aún estuviera entre nosotros, ¿cómo habría gestionado este trastorno? Del terremoto a la división El asesinato empujó a cientos de miles de personas a las calles, las fuerzas sirias se retiraron y surgió una profunda división entre los bandos del 14 de marzo y del 8 de marzo. Pero la liberación de la tutela no generó estabilidad, sino más bien un largo período de polarización en torno a la soberanía, las armas de Hezbolá y el papel regional del Líbano. Desde entonces, cada cuestión interna ha estado ligada a los equilibrios externos, desde la elección presidencial hasta la formación de gobiernos. La economía: de la reconstrucción al colapso Hariri fue el símbolo de la reconstrucción posguerra civil: reconstruyó el centro de Beirut, reconectó el Líbano con el mundo y fundó su reputación en una economía de mercado y servicios públicos. Pero después de su asesinato, este mismo modelo persistió, privado de la red de seguridad política que ofrecía. La deuda se acumuló, las reformas se pospusieron y la economía se mantuvo frágil, dependiendo de una renta. Con la guerra en Siria, y luego el levantamiento de 2019, el sistema financiero colapsó. La moneda se desplomó, los depósitos se volatilizaron y la clase media se erosionó. El Líbano no se derrumbó repentinamente en 2020; llevaba años en plena debacle, sin que se manifestara una figura capaz de imponer un acuerdo para detener su declive. El Líbano frente a las transformaciones regionales En los últimos años, la región ha experimentado cambios radicales: el ascenso de Irán, el cambio de prioridades del Golfo y la transformación de Siria en un campo de batalla. Los lazos del Líbano con el eje liderado por Teherán bajo Ali Jamenei se han fortalecido, y su implicación en los conflictos regionales ha aumentado a través de Hezbolá. Paralelamente, la «herencia política de Hariri» se ha desvanecido, especialmente con la retirada de Saad Hariri de la escena política. El equilibrio nacional se ha visto perturbado y el Líbano ha parecido menos apto para desempeñar un papel mediador y más inmerso en los conflictos ajenos. Justicia y memoria El Tribunal Especial para el Líbano fue creado y se dictó un veredicto condenando a uno de los acusados en rebeldía. Sin embargo, persiste la sensación general de injusticia. El asesinato de Hariri no fue un crimen aislado, sino el comienzo de una fase de violencia política. Entre quienes lo ven como un símbolo de esperanza y apertura y quienes critican su modelo económico, su asesinato sigue siendo un momento crucial que es imposible ignorar. Si aún viviera hoy… ¿qué haría? La pregunta es hipotética, pero se puede interpretar a la luz de su enfoque. En el plano económico: Habría concluido rápidamente un acuerdo claro con el Fondo Monetario Internacional y habría emprendido una verdadera reestructuración de los bancos y la deuda pública. No habría sido partidario de gestionar la crisis mediante la negación, sino de encontrar un compromiso importante: apoyo internacional a cambio de reformas profundas en el sector eléctrico y la gobernanza. En las relaciones árabes: Habría trabajado para reconectar al Líbano con sus socios del Golfo y con la escena internacional, aprovechando cualquier acercamiento irano-árabe para mitigar las tensiones internas. Su fuerza residía en su red de relaciones y su capacidad para reconciliar a las partes adversas. Sobre la cuestión del armamento: Probablemente no habría optado por una confrontación directa con Hezbolá, sino por un diálogo progresivo sobre una estrategia de defensa, al mismo tiempo que reforzaría las instituciones estatales en los planos económico y de seguridad para reducir la dependencia de las armas extranjeras. Para restablecer la confianza: Sabía que la política necesita esperanza. Podría haber lanzado proyectos de gran envergadura que habrían demostrado al pueblo que el Estado aún no había muerto. Entre el hombre y la época: ¿Habría tenido éxito? Nadie puede afirmarlo con certeza. La región es hoy mucho más compleja, y el apoyo exterior está condicionado a reformas rigurosas. Pero muy probablemente habría intentado imponer un acuerdo importante antes de llegar a este profundo colapso. Veintiún años después, la pregunta persiste: ¿el problema residía en la ausencia de Rafik Hariri, o en la incapacidad de los libaneses para llevar a cabo el proyecto de construcción estatal que él había emprendido? El Líbano ha cambiado considerablemente desde 2005: la moneda se ha desplomado, las alianzas han evolucionado y la confianza en el Estado se ha erosionado. Pero la necesidad sigue siendo la misma: un Estado soberano y justo, capaz de proteger su economía y a sus ciudadanos. Este aniversario no es solo una simple conmemoración, es una prueba. El asesinato de Hariri marcó un punto de inflexión. Salvar al Líbano hoy exige una decisión igualmente valiente.

Conferencia de París: el ejército se enfrenta a decisiones difíciles (3/3)

A pocas semanas de la Conferencia Internacional de París, prevista para marzo de 2026, cuyo objetivo es movilizar el apoyo internacional al ejército libanés, el comandante en jefe del ejército se encuentra en un punto de inflexión estratégico crítico. En un Líbano atravesado por incertidumbres políticas y regionales, cada decisión tomada sobre el terreno o dentro del estado mayor puede tener repercusiones mucho más allá de las fronteras e influir no solo en la supervivencia de la institución militar, sino también en la percepción internacional de su papel como estabilizador a nivel nacional. Según el general Maroun Hitti, el ejército no solo se enfrenta a amenazas externas e internas: está sometido a una presión acumulativa, donde múltiples mandatos, decisiones políticas ambiguas y expectativas populares se combinan para poner a prueba su resistencia, cohesión y credibilidad. El desafío es doble: mantener su credibilidad en un contexto interno volátil y convencer a la comunidad internacional de que el ejército sigue siendo un pilar indispensable de la estabilidad del Líbano. Estiramiento estratégico y frentes múltiples El general Maroun Hitti destaca el «estiramiento estratégico y operacional» del ejército. Este está hoy llamado a vigilar los sectores del sur del Líbano, controlar las fronteras, garantizar la seguridad interior, luchar contra el terrorismo y limitar –implícita o explícitamente– las acciones de Hezbolá, todo ello mientras anticipa un posible enfrentamiento con las fuerzas sirias hostiles al partido chií. Este «estiramiento» traduce una profunda tensión: tener que gestionar actores con estrategias contradictorias sin un mandato político claro y unánime ni medios adaptados. La consecuencia, si este riesgo no se controla, podría ser la dilución de las misiones, el agotamiento de la fuerza y el debilitamiento de la imagen del ejército; un escenario que comprometería la credibilidad de la tropa ante los donantes internacionales convocados en París. Para el general Hitti, la solución pasa por tres ejes: un mandato claro y unánime del Consejo de Ministros, la determinación de una prioridad estricta en el nivel de las misiones y una alineación del apoyo internacional con las prioridades esenciales. Cuando el ejército se convierte en sustituto El ejército también se enfrenta al riesgo de instrumentalización política. Con demasiada frecuencia, fue utilizado como sustituto de decisiones no tomadas en relación con la soberanía nacional, la gestión de armas fuera del control del Estado o la política de defensa. Este papel ambiguo amenaza directamente la neutralidad institucional, fragiliza la cohesión interna y puede erosionar la confianza del público. En el contexto de la Conferencia de París, este riesgo adquiere una dimensión adicional: la institución debe mostrar a los socios internacionales que su acción es profesional, neutral y eficaz, y no el reflejo de intereses políticos internos. Una comunicación estratégica clara se convierte entonces en un imperativo para evitar cualquier interpretación errónea de su papel. Elecciones imposibles Los riesgos externos persisten. Ataques israelíes limitados podrían degenerar en una confrontación abierta, obligando al ejército a reaccionar precipitadamente. El escenario temido es aquel en el que el ejército se convierte en chivo expiatorio si el ejército israelí no logra resultados rápidos contra Hezbolá. El ejemplo de 2006 permanece vivo en las mentes: 43 soldados muertos por una guerra no deseada por el pueblo libanés. Pero más allá de las amenazas directas, el ejército debe hacer frente a una degradación invisible pero formidable, alimentada por la presión regional e internacional. La escalada que involucra a Hezbolá e Irán constituye un factor potencialmente explosivo. Cualquier conflicto regional podría desbordarse y arrastrar a Hezbolá a una confrontación existencial, desestabilizando el equilibrio político interno y forzando al ejército a tomar decisiones imposibles: permanecer neutral mientras protege el territorio, o intervenir en un escenario donde su legitimidad y seguridad se verían comprometidas. Esta escalada no es solo militar: es política y psicológica, con el riesgo de fragmentar la institución si las decisiones estratégicas carecen de claridad. Paralelamente, el ejército debe lidiar con un posible cansancio de los donantes internacionales, lo que amenazaría directamente sus capacidades operativas. Una reducción o suspensión del apoyo podría afectar el mantenimiento del equipo en condiciones operativas, las infraestructuras y la formación, generando fallas críticas en materia de protección y movilidad, y contribuyendo a una degradación moral dentro de las tropas. En este contexto, la celebración de la conferencia de París constituye un factor clave: no es solo una oportunidad para reforzar el apoyo material, sino que también representa una prueba de confianza política y estratégica. Un ejército bajo presión interna Además de estas amenazas externas, el ejército se enfrenta a otras presiones heredadas desde su nacimiento: La centralización excesiva del mando, que ralentiza la toma de decisiones en situaciones de crisis. La sobrecarga de responsabilidades en la seguridad interior, en particular ante tensiones sociales y económicas. Las insuficiencias de inteligencia y equipamiento, que limitan la reactividad y la seguridad de las fuerzas. La pérdida de control sobre el relato público, que expone a la institución a críticas internas e internacionales. Todas estas presiones acumulativas pueden resultar más peligrosas que una derrota militar clásica, ya que erosionan la cohesión, la disciplina y la credibilidad del ejército incluso antes de que ocurra un conflicto. Preservar el ejército antes de combatir Para el general Hitti, la supervivencia del ejército depende hoy menos de una victoria en el campo de batalla que de la capacidad de resistir el desgaste institucional y político. El comandante en jefe debe anticipar las crisis, proteger la cohesión de sus tropas, mantener la moral y la credibilidad de la institución, al mismo tiempo que rechaza mandatos no financiados o políticamente ambiguos. Cada decisión, plan o comunicación se convierte así en una palanca estratégica, crucial para convencer a los socios internacionales de la eficacia y fiabilidad de la institución. Entre 2026 y 2030, el desafío para el ejército libanés no será solo vencer a un adversario, sino preservar la institución misma. Tres condiciones son esenciales: 1.    Una claridad política total con un mandato decidido por unanimidad, condición sine qua non para actuar. 2.    Una definición de las prioridades a nivel de las misiones para evitar el «estiramiento» estratégico y operacional. 3.    Una comunicación estratégica bien definida para dominar la retórica tanto a nivel interno como externo. Sin estas condiciones, el ejército corre el riesgo de perder su papel de estabilizador nacional y de ver su unidad y credibilidad erosionarse bajo el peso del desgaste institucional y la ambigüedad política —un riesgo que la conferencia de París 2026 deberá tener en consideración. Un desafío existencial De lo anterior se desprende que el análisis de los dilemas del comandante del ejército pone de manifiesto una realidad esencial: la amenaza más grave no es una derrota militar, sino la erosión progresiva de la institución. Cada conflicto, cada incidente o presión política actúan como un pequeño «terremoto», revelando las profundas grietas que amenazan la cohesión y la credibilidad de la institución militar. Entre misiones extendidas sin un mandato claro, instrumentalización política, riesgos de escalada regional y el cansancio de los donantes internacionales, el ejército está condenado a una gimnasia estratégica permanente: mantener su neutralidad mientras permanece preparado, preservar la unidad anticipando posibles fracturas, convencer al público y a los socios internacionales mientras gestiona presiones internas. Esta complejidad supera con creces el marco clásico de la guerra convencional: es un desafío institucional y existencial. La conferencia de París 2026 encarna un momento decisivo. Es a la vez una oportunidad y una prueba. La confianza internacional se basa en la percepción de que la institución puede dominar sus misiones sin convertirse en instrumento de fracturas políticas internas o de maniobras regionales. Este es uno de los mayores desafíos a los que deberá enfrentarse su jefe. Para ello, habrá que darle todas las oportunidades de éxito. Entre 2026 y 2030, el ejército libanés no solo tendrá que defender el territorio nacional: deberá defender su propia razón de ser. Su supervivencia y su papel de estabilizador dependen de elecciones políticas claras, de la disciplina institucional y de una visión estratégica —parámetros que solo una dirección resuelta y un apoyo unánime , tanto interno como internacional, podrán garantizar. En este contexto, la conferencia de París no será una simple reunión diplomática, sino que revelará la capacidad del Líbano para mantener su último pilar de estabilidad frente a la incertidumbre y las crisis multidimensionales.

Colapso del Bitcoin: ¿el fin de la esfera cripto? (2/2)

En una primera parte, hemos visto la evolución de Bitcoin desde su génesis hasta su colapso actual. En esta parte, detallamos las alternativas y el papel de los poderes públicos. Las stablecoins: de la conveniencia minorista al riesgo sistémico Si Bitcoin es el buque insignia de las criptomonedas, las stablecoins son su sistema sanguíneo. Originalmente, las stablecoins fueron diseñadas como una herramienta práctica: permitir a los inversores minoristas navegar entre las criptomonedas y el «dólar» sin salir del ecosistema. Prometían estabilidad en un universo volátil. Pero las stablecoins han evolucionado. Y hoy, constituyen una de las vulnerabilidades sistémicas más importantes —y más subestimadas— de las finanzas digitales. Ya no son simples instrumentos minoristas. Ahora sirven como: • capas de liquidación centrales para el trading de criptomonedas, • herramientas importantes para los flujos transfronterizos, • soportes de gestión de liquidez para ciertos actores institucionales, • y poseedores significativos de reservas en instrumentos de deuda pública a corto plazo. En la práctica, se han convertido en instrumentos monetarios privados que operan al borde del sistema financiero tradicional, una forma de banca en la sombra, poco o mal regulada. Esta evolución revela una contradicción fundamental. Las criptomonedas prometían eliminar los intermediarios y el riesgo de crédito. Las stablecoins los reintroducen. Una stablecoin es «estable» solo mientras: • sus reservas (generalmente bonos del Tesoro estadounidense) sean reales, líquidas y estén correctamente segregadas, • su gobernanza sea sólida, • sus mecanismos de reembolso funcionen bajo estrés, • la confianza perdure. Cuando la confianza se resquebraja, una stablecoin puede sufrir el equivalente a una corrida bancaria, sin seguro de depósitos, sin prestamista de última instancia y con una transparencia a menudo limitada en tiempo real. Cuando las stablecoins vacilan, el mercado cripto no solo baja. Puede volverse disfuncional, ya que el activo de liquidación principal se debilita. Por eso las stablecoins no son un tema periférico. Constituyen uno de los principales factores de fragilidad del ecosistema. La próxima crisis sistémica de las criptomonedas podría no ser un simple desplome de Bitcoin, sino un shock en las stablecoins que se propague a todo el mercado. El caso Strategy/MicroStrategy: cuando la convicción se convierte en apalancamiento Otra línea de fractura, menos visible pero potencialmente más desestabilizadora, reside en el endeudamiento de las empresas expuestas a Bitcoin. Algunas empresas, como Strategy Inc. (Nasdaq: MSTR), se han transformado en vehículos de tenencia apalancada de Bitcoin. Piden préstamos, emiten acciones, estructuran bonos convertibles y financian adquisiciones masivas de bitcoins. En una fase alcista, esto puede parecer visionario. En una fase bajista, se vuelve peligroso. Esta estructura genera varios riesgos importantes. Primero, una dependencia de los precios. Si el modelo se basa en el aumento continuo de Bitcoin para financiar nuevas compras o mantener una prima bursátil, una caída prolongada invierte toda la dinámica. Segundo, un riesgo de refinanciamiento. La deuda tiene un costo. Incluso con vencimientos escalonados, un entorno de tasas altas o una valoración bursátil deprimida puede hacer que las futuras captaciones de capital sean excesivamente costosas, o incluso imposibles. Tercero, efectos de retroalimentación en el mercado. Incluso en ausencia de una liquidación forzada inmediata, un período prolongado de estrés puede transformar a un tenedor «sólido» en un vendedor latente. El mercado anticipa este riesgo, lo que deteriora aún más el sentimiento. En resumen, lo que a menudo se presenta como una convicción empresarial puede, bajo estrés, comportarse como un apalancamiento sistémico. Hasta la fecha, Strategy Inc. posee aproximadamente 713.500 bitcoins, adquiridos a un costo promedio cercano a los 76.000 dólares por unidad. Esto la convierte en uno de los mayores poseedores de bitcoins del mundo, con un valor de mercado de aproximadamente 54 mil millones de dólares. La empresa presenta hoy una pérdida latente de aproximadamente el 21%, es decir, casi 11,4 mil millones de dólares, mientras que su capitalización bursátil ronda los 38 mil millones de dólares. El problema es que el apalancamiento transforma la volatilidad en contagio. Bitcoin puede sobrevivir a la volatilidad. El ecosistema cripto, sin embargo, resiste mal el apalancamiento, especialmente cuando se acumula: apalancamiento minorista, apalancamiento de derivados, estructuras de arbitraje institucionales e ingeniería financiera corporativa. Un desplome deja entonces de ser una simple corrección de precios. Se convierte en un desapalancamiento mecánico. Las monedas digitales: el Estado no pierde la guerra monetaria, la reorganiza La promesa ideológica de las criptomonedas era la libertad monetaria: una moneda fuera del Estado. Pero la historia rara vez termina donde los ideólogos la imaginan. El Estado no desaparece; se adapta. El verdadero competidor a largo plazo de las criptomonedas descentralizadas podría no ser la moneda fiduciaria tal como la conocemos, sino la moneda digital estatal, más rápida, más eficiente y mucho más restrictiva. Es aquí donde China juega un papel central, no porque sea «anticripto» por principio moral, sino porque actúa con coherencia estratégica. Pekín no se ha limitado a regular las criptomonedas. Las ha neutralizado: • prohibiendo el trading y la minería, • reprimiendo las plataformas de intercambio, • mientras acelera simultáneamente el desarrollo de alternativas estatales. China también ha desplegado: • infraestructuras de pago instantáneo, • sistemas financieros digitales integrados, • y el yuan digital (e-CNY). El mensaje es claro: La moneda es una infraestructura soberana. Permitir sistemas monetarios privados paralelos susceptibles de debilitar los controles de capital, reducir la supervisión o erosionar los instrumentos de política económica nunca fue una opción. El enfoque chino revela una verdad fundamental: el futuro puede ser digital, pero no será necesariamente descentralizado. Sin embargo, la narrativa cripto a menudo supone una trayectoria lineal: de lo fiduciario a lo descentralizado. La realidad global podría ser muy diferente: una bifurcación entre monedas digitales reguladas bajo control estatal y criptomonedas sin permiso relegadas a la periferia. A medida que los Estados construyen sus propias infraestructuras digitales, las criptomonedas pierden una de sus ventajas clave: la eficiencia transaccional. Si los sistemas públicos ofrecen liquidaciones instantáneas, bajos costos y una integración generalizada, la utilidad de las criptomonedas se reduce, dejando solo la especulación y un uso ideológico de nicho. Basilea y los bancos: el techo de adopción del que poco se habla Gran parte del sueño cripto —especialmente en sus proyecciones institucionales más optimistas— se basa en la idea de que los bancos y el sistema financiero regulado acabarán asignando masivamente a las criptomonedas. Pero las reglas prudenciales constituyen un freno poderoso a esta visión. Cuando los reguladores imponen ponderaciones de riesgo muy elevadas, los bancos no pueden aumentar su exposición sin inmovilizar cantidades considerables de capital. Independientemente de la opinión personal de un directivo bancario, la realidad del balance es matemática. El escenario a menudo mencionado —«los bancos comprarán Bitcoin y desencadenarán un nuevo superciclo»— no es, por lo tanto, una cuestión de narrativa o de sentimiento. Es una cuestión de arquitectura regulatoria. Y esta arquitectura sigue siendo, en muchas jurisdicciones, restrictiva. En otras palabras, los bancos pueden ofrecer productos cripto a sus clientes. Pero una adopción masiva en el balance sigue estando lejos de ser un hecho. Esta es otra razón por la cual el «muro de capital institucional» se sobreestima con frecuencia. Algunas instituciones pueden comprar; muchas están estructuralmente impedidas. Concentración de la custodia: el riesgo del punto único de falla La promesa original de las criptomonedas era la descentralización. Pero la institucionalización del sector a menudo ha producido el efecto contrario: la concentración. Los ETF y productos regulados requieren mecanismos de custodia. Sin embargo, esta función tiende a concentrarse en manos de un número restringido de actores dominantes. En tiempos normales, esta concentración es eficiente y económica. En tiempos de crisis, se convierte en una fuente importante de fragilidad sistémica. Una arquitectura de custodia concentrada crea un «punto único de falla», ya sea técnico, legal, regulatorio o político. Aunque la probabilidad de tal evento sea baja, su impacto potencial es considerable. Las finanzas tradicionales han aprendido esta lección en múltiples ocasiones. Cuanto más depende un sistema de nodos críticos centralizados, más vulnerable se vuelve no a los choques ordinarios, sino a los eventos excepcionales. Los mercados de criptomonedas siguen siendo extremadamente sensibles a estos riesgos de cola. La confianza no es solo económica; es institucional. Si la confianza en las infraestructuras de custodia o liquidación se resquebraja, el contagio puede ir mucho más allá de la mera evolución de los precios. ¿Qué es lo que realmente se derrumba: las criptomonedas o las ilusiones que las rodean? En este punto, es esencial distinguir Bitcoin de la esfera cripto en su conjunto. Bitcoin es un protocolo. Sigue funcionando independientemente de su precio. Es resistente a la censura, operativo y técnicamente robusto. Su existencia no está obligatoriamente amenazada por un desplome. La esfera cripto, en cambio —entendida como el ecosistema de tokens, plataformas apalancadas, estrategias de rendimiento, gobernanzas opacas y arquitecturas inestables— es intrínsecamente más frágil. Gran parte de este universo se construyó en la era del dinero gratis y el exceso especulativo. Muchos proyectos no tienen viabilidad económica fuera de los mercados alcistas. Muchas criptomonedas secundarias han perdido entre el 70% y el 90% de su valor en los últimos meses, incluyendo «meme-coins» políticos muy mediáticos como la «Trump Official Coin». El desplome actual no es, por lo tanto, necesariamente el fin de Bitcoin. Podría marcar el fin de una fase de maduración: una purga. Las ilusiones que se disipan son múltiples: • la ilusión de un piso institucional permanente, • la ilusión de las stablecoins como tesorería sin riesgo, • la ilusión de una descentralización sin fragilidad, • la ilusión de un camino directo entre los ETF y la adopción real, • la ilusión de que la tecnología pueda abolir la economía. Bitcoin sigue siendo sensible a la liquidez global y cada vez más correlacionado con los regímenes de riesgo. Por eso el período actual se parece a mucho más que un simple «mínimo de mercado». Constituye una confrontación con las realidades estructurales, y podría marcar el fin del sueño cripto tal como había sido concebido inicialmente. La lección china Para China, el futuro del dinero quizás sea digital, pero seguirá siendo soberano. La prohibición de las criptomonedas en China a menudo se interpreta en Occidente como una deriva autoritaria. Pero, se apruebe o se critique, el enfoque chino revela una claridad estratégica que Occidente a menudo ha descuidado. China considera la moneda como una infraestructura soberana. No delega esta soberanía a redes descentralizadas. Mientras las comunidades cripto celebraban la descentralización como inevitable, Pekín construyó una arquitectura competidora: un ecosistema de pagos digitales instantáneo, integrado y controlado. La implicación es profunda. Si los Estados despliegan monedas digitales y sistemas de pago instantáneo a gran escala, las criptomonedas deberán justificarse de otra manera que como «el futuro de los pagos». Podrían convertirse en: • un activo especulativo, • una reserva de valor de nicho, • una alternativa ideológica, • o un sistema paralelo para quienes rechazan el control estatal. Pero no se trata de la adopción masiva imaginada por los primeros entusiastas. El futuro podría ser el de una moneda digital acompañada de un control estatal reforzado, y no debilitado. Entonces... ¿es el fin? Bitcoin ha sido declarado muerto más veces que cualquier activo financiero moderno. Cada vez ha vuelto, a menudo más fuerte. Proclamar «su fin» sería, por tanto, prematuro. Pero reducir el desplome actual a un simple ciclo sería igual de erróneo. Lo que distingue este episodio de los anteriores es su estructura.  Los ciclos anteriores fueron alimentados principalmente por la especulación minorista y por una adopción de nicho impulsada por inversores tecnófilos e ideológicamente comprometidos.  El ciclo reciente se ha desarrollado en un contexto de participación institucional y adopción global. En consecuencia, el colapso actual podría dejar huellas más profundas y duraderas en la psicología de los inversores, cuestionando la percepción de las criptomonedas como herramienta de diversificación de cartera. Lo que observamos se parece más a una fase de maduración. La primera era cripto fue la de la ideología y la experimentación. La fase posterior a 2020 fue la de la abundancia de liquidez, el exceso especulativo y la financiarización apalancada. El ciclo iniciado en 2023 se presentó como el de la adopción masiva y la institucionalización. Esta fase llega ahora a su fin. El ecosistema cripto se ve obligado a madurar bajo el efecto del endurecimiento de la liquidez, una regulación más estricta, el auge de las monedas digitales estatales y la toma de conciencia de que la institucionalización no ha eliminado la naturaleza especulativa de estos instrumentos. Lo que podría desaparecer no son las criptomonedas en sí, sino la capa de ilusiones que las rodeaba: • la ilusión de una red de seguridad institucional permanente, • la ilusión de las stablecoins como liquidez sin riesgo, • la ilusión de una descentralización sin vulnerabilidad, • la ilusión de una adopción lineal garantizada por los ETF, • la ilusión de que los activos digitales puedan escapar a la macroeconomía, a los ciclos de liquidez, al apalancamiento y a la soberanía de los Estados. Las criptomonedas entran en un mundo más duro, moldeado por la fragmentación geopolítica, el endurecimiento financiero y la aceleración de las infraestructuras digitales estatales. Bitcoin quizás sobreviva, y probablemente lo hará. Saber si alcanzará nuevos máximos históricos sigue siendo una pregunta abierta. Pero la esfera cripto, tal como existe hoy, no sobrevivirá. Para los inversores, la lección es simple e intemporal: En las criptomonedas, como en cualquier sistema financiero, lo que parece un piso en un período de euforia a menudo resulta ser una trampa cuando el ciclo se invierte.

Crash del Bitcoin: ¿el fin de la esfera cripto? (1/2)

Desde su máximo histórico de 126,000 dólares hasta el cierre de ayer, cerca de los 69,000, el bitcoin, el emblema de las criptomonedas, ha perdido aproximadamente 45 por ciento de su valor, borrando un estimado de 1.1 billones de dólares en riqueza nominal de los inversionistas. La caída más reciente del bitcoin no es solo otro episodio de volatilidad. Es una prueba de estrés para toda la arquitectura cripto: la creencia de que los ETF crearon una demanda institucional permanente; la suposición de que las criptomonedas estables ( stablecoins ) son “equivalentes al efectivo”; el auge del apalancamiento corporativo disfrazado de convicción de largo plazo; y la realidad acelerada de que los Estados, empezando por China y seguidos inevitablemente por otros, buscan dominar el futuro del dinero digital. Lo que podría estar colapsando no es el cripto en sí, sino las ilusiones que sostuvieron su fase más eufórica. El bitcoin nació a la sombra de la crisis financiera de 2008, una época en la que la confianza en los bancos, los banqueros centrales y las élites políticas quedó profundamente dañada. Su promesa fundacional fue tan radical como elegante: una red monetaria descentralizada, gobernada por código y no por instituciones, capaz de funcionar sin una autoridad central. Una forma de dinero fuera del alcance de los gobiernos. Un sistema que no requiere permiso. Antes de avanzar, sin embargo, es necesario establecer con claridad dos realidades fundamentales sobre las llamadas “criptomonedas”, porque su malentendido conduce casi inevitablemente a errores de análisis. Primero, la mayoría de las criptomonedas son, por diseño, cadenas de código digital con una oferta estrictamente limitada y una demanda potencialmente ilimitada. Esta asimetría por sí sola explica su comportamiento extremo de precios. Cuando el sentimiento colectivo se vuelve alcista, los precios pueden escalar a niveles extraordinarios con poca lógica de anclaje más allá del desequilibrio entre una oferta fija y una demanda en aceleración. Cuando el sentimiento se revierte, el proceso opera a la inversa, con igual violencia. Los ciclos de precios en el cripto no son anomalías: son rasgos estructurales. Segundo, y más importante, las criptomonedas no son monedas en el sentido legal, económico ni político del término. Las monedas son emitidas por Estados soberanos. Son, en esencia, un pasivo del país emisor, respaldadas por su poder de recaudación fiscal, impuestas por la ley e insertas en un monopolio de emisión. La autoridad para emitir moneda deriva directamente del monopolio estatal sobre los impuestos. El dinero no es solo un instrumento económico: es una expresión de soberanía. Las criptomonedas no son nada de eso. No son emitidas por Estados. No son un pasivo de ningún soberano ni institución. No están respaldadas por poderes tributarios que puedan estabilizar la demanda en momentos de estrés. Son fragmentos de código, escasos por diseño, pero sin respaldo de una autoridad soberana. Esta distinción no es filosófica: es estructural. Y importa enormemente cuando estalla la volatilidad. Durante muchos años, el bitcoin y los criptoactivos fueron un experimento marginal, una curiosidad. Una subcultura debatida con intensidad casi teológica por tecnólogos y primeros adoptantes, mientras las finanzas tradicionales lo descartaban como un juguete en el mejor de los casos y una estafa en el peor. Figuras como Jamie Dimon o Warren Buffett advirtieron de forma consistente que el cripto terminaría mal para los inversionistas. Luego llegó el punto de inflexión: el mundo posterior a 2020. La política monetaria ultraexpansiva, las tasas de interés cercanas a cero y una marea global de liquidez hicieron con el cripto lo mismo que con muchas otras clases de activos. Convirtieron una idea en una operación, y luego la operación en una industria. El bitcoin se volvió un referente. Ethereum se consolidó como un ecosistema. Los tokens se multiplicaron. Las plataformas de intercambio explotaron. El apalancamiento se normalizó. Los derivados florecieron. El capital de riesgo inundó el “web3”. La especulación minorista se globalizó. Y con ello llegó el acompañante inevitable de toda manía especulativa: exceso, fraude, colapso y contagio. Hoy, nuevamente, el mercado enfrenta otra caída. Otra ola de liquidaciones forzadas. Otro coro de titulares declarando que “el bitcoin ha muerto” por centésima vez. Pero esta vez algo se siente distinto. Este desplome ocurre después de lo que fue presentado como la mayor legitimación institucional del cripto en su historia. La adopción institucional del bitcoin y la legalización de los ETF se suponía que crearían un piso estructural. La regulación de las stablecoins debía madurar el ecosistema. Las tesorerías corporativas debían validar el papel del bitcoin como activo estratégico de largo plazo. Y, sin embargo, los precios colapsaron de todos modos. La pregunta ya no es solo por qué cae el bitcoin. La verdadera cuestión es si la esfera cripto atraviesa otro ajuste cíclico o si está entrando en un ajuste estructural mucho más profundo. El mito del “oro digital” vuelve a ser puesto a prueba La narrativa más exitosa del bitcoin también es la más frágil: el oro digital. La analogía es seductora. Como el oro, el bitcoin es escaso, su oferta está limitada por diseño. Como el oro, no es pasivo de ningún gobierno. Como el oro, promete ser un refugio frente a la degradación monetaria y la disfunción política. En teoría, debería prosperar cuando la confianza en las monedas fiduciarias se debilita. Pero en la práctica, el bitcoin se ha comportado repetidamente menos como el oro y más como un activo de alto riesgo, a menudo operando como un proxy apalancado del apetito global por riesgo. Cuando los mercados están tranquilos y la liquidez abunda, el bitcoin suele dispararse. Cuando los mercados se tensan, la volatilidad aumenta y el sistema global se desapalanca, el bitcoin tiende a caer, muchas veces de forma violenta. No es una postura ideológica. Es un comportamiento de precios observable. Esto importa porque la tesis del “oro digital” no es solo un eslogan de marketing. Es la columna vertebral de la lógica de asignación institucional. Si el bitcoin es un refugio, merece un lugar junto al oro. Si es un activo de riesgo, pertenece al mismo grupo que las acciones tecnológicas y las apuestas especulativas de crecimiento. Las implicaciones de portafolio no son sutiles: son fundamentales. El desplome reciente refuerza una realidad incómoda: el destino del bitcoin sigue profundamente atado a las condiciones de liquidez global. Y en un mundo donde la liquidez es cada vez más escasa, esto es un problema. La ilusión de la adopción institucional: por qué el “piso ETF” no es un piso Una de las creencias más persistentes de los últimos dos años ha sido esta: el bitcoin ya fue adoptado institucionalmente, por lo tanto, tiene un piso. La aprobación y lanzamiento de los ETF spot de bitcoin se celebró como un hito histórico. Acceso masivo. Envoltorios regulados. Legitimidad de Wall Street. Un canal directo desde cuentas de corretaje minorista, asesores financieros e inversionistas institucionales hacia la exposición a bitcoin. La narrativa era simple: los ETF traerían demanda permanente, un “muro de dinero” y un soporte estructural bajo el mercado. Sin embargo, la caída expuso algo que gran parte del comentario público ignora o malinterpreta: no todas las entradas a los ETF son iguales. Una porción relevante del capital que entró a los ETF de bitcoin no lo hizo por creer en la tesis de largo plazo del bitcoin. Entró porque estaba siendo pagado para entrar. Es decir, arbitraje. Cuando los mercados financieros crean una anomalía de precios, como un diferencial rentable entre la exposición spot vía ETF y el mercado de futuros, ciertos actores institucionales la explotan. Los fondos de cobertura y mesas propietarias no necesitan fe: necesitan un diferencial. Cuando ese diferencial es atractivo, despliegan capital. Cuando se comprime, salen. Esto no es “adopción”. Es liquidez alquilada. Y la liquidez alquilada se comporta de forma muy distinta al capital por convicción. El capital por convicción es estable, absorbe volatilidad, compra en el miedo. El capital de arbitraje es transaccional, sale sin emoción, vende porque cambió la matemática. Por eso la noción de un “piso institucional” puede ser peligrosamente engañosa. La estructura de los ETF puede hacer que las entradas parezcan demanda de largo plazo cuando, en realidad, parte de esa demanda está mecánicamente cubierta en otros mercados. Las mismas instituciones que aparecen como compradoras en los flujos de ETF pueden aparecer como vendedoras en el posicionamiento de futuros. La exposición económica neta puede ser cercana a cero. En términos simples: parte del capital celebrado como compra institucional nunca fue una apuesta por el futuro del bitcoin. Cuando los rendimientos desaparecen, esas operaciones se deshacen. Cuando se deshacen, generan presión real de venta, porque los ETF no son abstractos. Los rescates transmiten presión al mercado subyacente. Por eso puede haber una caída incluso en una era de “institucionalización”. La institucionalización no es lo mismo que la adopción. Puede ser, en parte, una operación sofisticada de liquidez. Lo que el mercado aprendió, de forma dolorosa, es que el famoso “muro de dinero” nunca fue un muro. Se parecía más a un contrato de renta. La paradoja de los recortes de tasas La sabiduría convencional dice: los recortes de tasas son alcistas para los activos de riesgo, por lo tanto, son alcistas para el bitcoin. En muchos escenarios, esa lógica se sostiene. Tasas más bajas pueden aumentar la liquidez, debilitar el dólar y fomentar la toma de riesgos. Los alcistas del cripto han tratado durante años cualquier giro dovish como la señal del próximo rally. Pero la estructura actual del mercado introduce un mecanismo contraintuitivo. Cuando una gran parte de la exposición institucional está ligada a operaciones basadas en diferenciales y estructuras cubiertas, el efecto de la política monetaria puede invertirse. Un cambio en las expectativas de tasas puede comprimir ciertos diferenciales, reducir el atractivo del carry trade y activar a los gestores de riesgo para deshacer posiciones. Al mismo tiempo, un giro dovish suele ocurrir porque las condiciones macro se deterioran: desaceleración del crecimiento, aumento del riesgo de recesión, mayor estrés financiero. Eso reduce el apetito especulativo, incrementa la aversión al riesgo y genera un impulso generalizado de desapalancamiento. En otras palabras, la misma señal dovish que podría apoyar a las acciones en un escenario de “aterrizaje suave” puede acelerar las ventas en el cripto si activa el desmonte de estructuras institucionales construidas sobre rendimiento y apalancamiento. Por eso el modelo simplista de “la Fed recorta = el bitcoin se dispara” es cada vez menos confiable. El bitcoin ya no es solo un activo narrativo. Se ha convertido en un activo estructurado, incrustado en la plomería moderna de los mercados: ETF, futuros, opciones, financiamiento y posicionamiento apalancado. En ese mundo, la dirección del precio puede estar menos determinada por la ideología y más por la mecánica del sistema. Siguiente artículo: Caída del Bitcoin: ¿Es el fin de la criptoesfera? Del exceso especulativo a la desilusión institucional

Apoyo al Ejército: ayuda, capacidades y desafíos estratégicos (2/3)

En un contexto regional y doméstico particularmente sensible, cualquier evaluación de las Fuerzas Armadas Libanesas (LAF, por sus siglas en inglés) debe ir más allá de un simple inventario de la ayuda recibida y del equipamiento requerido. El verdadero problema está en examinar los fundamentos políticos, doctrinales y estratégicos de la institución militar en sí misma. La pregunta central no es tanto qué posee el Ejército, sino qué espera el Estado de él, o de qué se niega a hacerse responsable. Desde finales de la década de los 2000, el Ejército libanés se ha beneficiado de una asistencia internacional sostenida, en particular de Estados Unidos, Reino Unido, Francia y otros socios europeos. Este apoyo no solo se ha traducido en la entrega de equipamiento y nuevas infraestructuras, sino, sobre todo, en la introducción de un enfoque estructurado de desarrollo de capacidades. El establecimiento de una visión conjunta de capacidades con Estados Unidos marcó un punto de inflexión, al priorizar la optimización de los recursos existentes por encima de la creación de capacidades completamente nuevas. Este enfoque, que dio lugar a la creación de un Plan de Desarrollo de Capacidades, se basa en una distinción fundamental. El general de brigada (retirado) Maroun Hitti señala que una Estrategia Militar Nacional define lo que el Ejército debe ser capaz de hacer en cumplimiento de un mandato establecido por el Estado, mientras que un Plan de Desarrollo de Capacidades se centra en mejorar la eficacia de las capacidades existentes. Este matiz ayuda a explicar tanto los avances logrados como las limitaciones persistentes, en particular en áreas estructurales clave como la incorporación de drones, la inteligencia artificial y, sobre todo, la defensa aérea, que sigue siendo inexistente. Una pregunta deliberadamente evitada: apoyar al Ejército, ¿para qué? En el centro del debate en torno a este plan se encuentra una pregunta aparentemente simple, pero políticamente explosiva: ¿cuál es, exactamente, la misión asignada al Ejército libanés? Desde sus primeros años, pero especialmente en las últimas dos décadas, la asistencia internacional, principalmente de Estados Unidos, Reino Unido y Francia, junto con muchos otros países aliados, ha evitado a la institución militar una serie de posibles retrocesos. Sin embargo, ese apoyo nunca ha estado anclado en una política de seguridad y defensa nacional libanesa claramente articulada y respaldada de forma unánime. Oficialmente, las declaraciones de misión, repetidas hasta el cansancio, son conocidas: preservar la estabilidad, combatir el terrorismo, controlar y defender las fronteras y garantizar la seguridad interna. Extraoficialmente, la ambigüedad persiste debido a la existencia de una fuerza armada paralela, Hezbolá, que continúa beneficiándose de una protección política interna sostenida. En este contexto, fortalecer al Ejército sin clarificar su mandato equivale a reforzar una institución mientras, al mismo tiempo, se neutraliza su capacidad de acción. Más inquietante aún es el intento de subordinar al Ejército a Hezbolá, lo que equivale a despojarlo de su esencia y su razón de ser. ¿Cuántas veces se han escuchado discursos grandilocuentes, etiquetados como “estratégicos”, que reducen al Ejército a un rol de policía interna, contra la oposición, por supuesto, mientras la defensa territorial queda en manos de Hezbolá? Tras los recientes reveses de este último, se ha asignado al Ejército una nueva misión: garantizar el monopolio del uso de la fuerza por parte del Estado, es decir, desarmar a Hezbolá. La ejecución práctica de esta misión es, precisamente, lo que deberá abordar la conferencia prevista en París en marzo de 2026, anticipando el escenario al que se enfrentaría el Ejército si Hezbolá se negara a desarmarse. El papel del Poder Legislativo resulta central en este punto. El aplazamiento sistemático de los debates sobre defensa nacional, su enredo en procedimientos de comisiones y la invocación constante de un consenso siempre esquivo reflejan menos inercia que una decisión política deliberada. La asistencia internacional corre así el riesgo de convertirse en un delicado ejercicio de equilibrio: apoyar a una institución percibida como creíble, mientras se le niega la cobertura política indispensable para cumplir plenamente su misión. Este es uno de los principales riesgos para el Ejército de cara a la próxima conferencia de apoyo en París. La suspensión de una modernización estratégica clave Esta ambigüedad política ha tenido consecuencias concretas. La iniciativa saudí lanzada en 2013, que incluía una donación de 3 mil millones de dólares, ofrecía una base sólida para una auténtica construcción de capacidades, que abarcaba medios navales y un sistema de defensa aérea que cubría los dos primeros niveles, artillería y MANPADS, hasta una altitud de 6 km, diseñado para contrarrestar drones. Esta ayuda habría representado un salto cualitativo significativo en la seguridad estratégica del Líbano. La protección de los centros de decisión política, estratégica y operativa era el núcleo de esta capacidad. Resulta inevitable estremecerse ante la vulnerabilidad de esos centros de decisión, en todos los niveles, frente a las capacidades que hoy poseen los distintos actores armados que operan en el escenario libanés, mientras el Ejército sigue siendo incapaz de responder. La cancelación abrupta del proyecto saudí, tras la intervención política y mediática de Hassan Nasrallah, evidenció la fragilidad de cualquier planificación militar condicionada por las dinámicas de poder político regional y doméstico. También dejó al Estado y al Ejército expuestos a nuevos tipos de amenazas, en particular el uso de drones, sin los medios adecuados de protección. La transformación de la guerra y el desafío tecnológico Los conflictos recientes han transformado profundamente la naturaleza de la guerra. La inteligencia, la superioridad tecnológica y la integración de capacidades mediante inteligencia artificial se han convertido en factores decisivos. Los conflictos recientes en la región muestran que los actores con un déficit tecnológico estructural quedan en desventaja de forma duradera. Esta transformación ha devuelto a la guerra parte de su capacidad de sorpresa. En este contexto, la cuestión no es solo cómo contener a los actores armados no estatales, sino cómo permitir que el Ejército libanés alcance un nivel tecnológico y doctrinal que garantice credibilidad operativa e iniciativa. Al mismo tiempo, un factor clave debe permanecer en primer plano: el tiempo necesario para convertir los recursos financieros en capacidades reales. Este “factor tiempo” se mide en años. Desarmar hoy a Hezbolá habría requerido comenzar los preparativos en 2015, y nunca depender de Israel, ni de ningún otro país, para hacer el trabajo. La pregunta, por tanto, es qué tipo de Ejército quiere tener el Líbano en 2035. Capacidades, recursos humanos e ilusiones estratégicas Reducir el debate a una simple lista de equipamiento sería un error grave. Un Ejército se construye sobre capacidades coherentes, sostenidas por personal, una doctrina clara, una cadena de mando funcional y un respaldo político constante. Los esfuerzos en desarrollo de capacidades han permitido mantener y mejorar estructuras existentes, pero estas siguen siendo en gran medida obsoletas frente a las rápidas transformaciones de la guerra moderna. El control efectivo de fronteras, la vigilancia de la zona económica exclusiva o el despliegue permanente de fuerzas sobre el terreno requieren personal disponible, formado, debidamente remunerado y sostenido a largo plazo. Cualquier misión ambiciosa, como desarmar a una organización fuertemente armada, exige recursos y voluntad política acordes con los desafíos. Esto implica también un compromiso presupuestario claro del Estado, en particular mediante la asignación de una proporción definida del producto interno bruto a la defensa y la seguridad. Misiones estratégicas claramente definidas En un entorno dominado por la inteligencia, cinco misiones aparecen como clave para el futuro de las LAF: la recolección y análisis de información; la defensa y control de fronteras; la capacidad de operaciones ofensivas internas con alta probabilidad de éxito; la disuasión; y la interoperabilidad con fuerzas armadas aliadas. Ejecutadas de manera eficaz, estas misiones sustentan la credibilidad, la eficacia y la sostenibilidad a largo plazo de la institución militar. Cobertura política y responsabilidad del Estado En el fondo del problema está la responsabilidad política. Con demasiada frecuencia, el Estado espera que el Ejército cumpla misiones para las que no se han tomado decisiones claras ni responsables. Se percibe una evolución gradual y positiva, marcada por el cuestionamiento de ciertas coberturas políticas implícitas, pero el costo político y de seguridad de esta evolución sigue sin resolverse. Un análisis de las principales bases de poder de Hezbolá, su base social, profundidad estratégica, protección política interna, recursos financieros y comunicación estratégica, muestra que solo una decisión plenamente asumida por el Estado, respaldada por una auténtica coherencia gubernamental y un diálogo concertado dentro de la comunidad correspondiente, puede crear las condiciones para una acción militar eficaz, capaz de alcanzar los objetivos previstos y afirmar la supremacía del Estado. Del equipamiento a la capacidad operativa sostenible Poseer equipamiento no constituye, por sí mismo, una capacidad. Mantener, por ejemplo, una presencia marítima permanente los 365 días del año, en todas las condiciones, exige una organización clara y una división de las zonas marítimas nacionales, medios navales, personal especializado y tecnológicamente capacitado, formación continua, mantenimiento operativo sostenido e infraestructuras que implican un costo anual significativo. La defensa es costosa, pero vital, y la priorización es indispensable: el foco debe estar en consolidar plenamente las capacidades existentes antes de adquirir nuevas. El costo no debería alarmar en exceso a las finanzas públicas; distribuirlo a lo largo de varios años sería viable, siempre que se apruebe una ley que asigne un porcentaje definido del PIB a este fin. Esto devuelve al primer plano el papel esencial del Poder Legislativo. Eficacia militar y coherencia política El análisis de la ayuda, las capacidades y los desafíos del Ejército libanés revela una constante: la eficacia militar es inseparable de la coherencia política. Sin un mandato claro, sin cobertura política y financiera responsable, y sin una estrategia nacional de defensa y militar explícita, las inversiones en equipamiento y personal resultan en gran medida estériles. En este contexto, y según el general Maroun Hitti, el trabajo de base realizado en las últimas dos décadas dentro del Estado Mayor del Ejército merece reconocimiento. Su enfoque riguroso en el desarrollo de capacidades ha permitido preservar la coherencia profesional y operativa de la institución en condiciones políticas y financieras extremadamente restrictivas. Sin embargo, el tiempo juega en contra: la guerra evoluciona más rápido de lo que el Ejército puede adaptarse, y la asistencia internacional debe tenerlo en cuenta. Este reconocimiento a la institución militar no exime al Estado de su responsabilidad principal. Solo él tiene la capacidad no solo de transformar estos esfuerzos técnicos en una verdadera estrategia nacional de defensa, sino también de asumir la responsabilidad de proporcionar a las Fuerzas Armadas Libanesas directrices claras y opciones estratégicas bien definidas para el futuro inmediato.