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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
Lo esencial del día
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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2011, Libia en la era post-estatal (1/5)
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

Desde la Primavera Árabe de 2011, Libia no atraviesa una transición inacabada cualquiera, sino que se ha instalado en un estado duradero de disolución política. Lejos de abrir el camino a un proceso de reconstrucción, la desaparición brutal del régimen de Muamar Gadafi, por el contrario, desencadenó una larga secuencia de fragmentación, donde la violencia armada ha, como en Sudán, reemplazado progresivamente al Estado como principio de organización del poder. Esta serie propone una lectura estructural de la guerra libia como un sistema estabilizado y coherente en sí mismo, inserto en rivalidades regionales e internacionales, y ahora capaz de eliminar cualquier alternativa política que no se inscriba en su lógica. La caída de Muamar Gadafi, en octubre de 2011, es erróneamente presentada como un evento fundador del cual Libia nunca habría logrado recuperarse. Sin embargo, esta lectura es simplista, incluso engañosa, en la medida en que supone que el colapso del orden gadafista habría hecho posible una transición frustrada, impedida por factores exógenos o por la inmadurez de los actores locales. Pero la realidad es más radical: Libia no fracasó en reconstruirse después de 2011, porque ninguna reconstrucción realmente comenzó. En lugar de ser reformado, el Estado fue disuelto, sin mecanismo de sucesión, arquitectura de reemplazo o principio de arbitraje duradero. Para ello, hay que volver a las especificidades del régimen instaurado por Gadafi, que no funcionaba en absoluto como un Estado clásico. Gadafi había fundado su poder en una concentración extrema de la decisión, acompañada de una neutralización sistemática de las instituciones y de la implementación de un equilibrio inestable entre tribus, aparatos de seguridad y redistribución de la renta petrolera. Un modelo de tiranía, al fin y al cabo, bastante común en el mundo árabe, que, a pesar de su carácter inicuo, producía un cierto orden. Al destruirlo sin la menor reflexión sobre una continuidad mínima, la intervención de 2011 suprimió, paradójicamente, el último centro de gravedad capaz de organizar el campo político. Así, la caída del tirano no liberó el espacio político libio como lógicamente debería haber sido el caso. Por el contrario, creó un vacío de soberanía. Y ningún actor pudo imponerse como sucesor legítimo al orden establecido por Gadafi. Las oposiciones históricas, largamente fragmentadas o neutralizadas, apenas disponían de una implantación territorial homogénea o de un proyecto institucional común capaz de constituir una alternativa eficaz y duradera. Las estructuras del Estado, ya frágiles, se derrumbaron con el régimen que las contenía. A partir de entonces, la violencia, hasta entonces monopolizada y contenida por el dictador, se dispersó. El linchamiento de Gadafi, en lugar de purgar a Libia de sus demonios, abrió la caja de Pandora. Libia entró en una fase nueva, desarticulada a causa de este vacío “institucional” dejado tras de sí por el coronel-Leviatán. Fiel a la fórmula de Gramsci, este entre-dos, que no era ni una guerra civil clásica ni una transición post-autoritaria inacabada, creó monstruos. Dentro de este espacio post-estatal, la autoridad ya no se transmite verticalmente. Se ha fragmentado horizontalmente, según las relaciones de fuerza locales y regionales. Una recomposición armada de la política Los primeros años que siguieron a 2011 a menudo fueron descritos como un período de caos incipiente. Pero, de nuevo, el término es inapropiado, en la medida en que lo que se estableció, a mil leguas de un desorden espontáneo, es una recomposición armada de la política. Las brigadas surgidas de la insurrección no desaparecieron tras la caída del régimen. Se institucionalizaron, sustituyendo de facto la estructura estatal al capturar territorios, establecer su control sobre infraestructuras y negociar con autoridades centrales ya privadas de toda capacidad coercitiva. Organizado a partir de 2012, el proceso electoral no logró invertir esta dinámica. Las asambleas elegidas existen formalmente, pero no disponen de ningún monopolio de la fuerza. La legitimidad jurídica se muestra impotente frente a la realidad militar. El voto ha dejado de ser un instrumento de regulación del conflicto para convertirse en un asunto secundario, instrumentalizado por actores armados que no dependen de él para ejercer el poder real. El resultado es que, como en todos los países abandonados a la ley de la selva, la política depende ahora de las relaciones de fuerza, y los actores estatales deben lidiar con quienes controlan el terreno. Desprovisto de su función de estructura organizadora, el Estado “etiqueta” se desustancializa y se reduce a un espacio donde toda perspectiva de relevo es consciente y continuamente torpedeada por las organizaciones militares paraestatales. Este ascenso de las milicias estuvo acompañado de un fenómeno igualmente estructurante: la captura de la renta. Lejos de unificar el país, el petróleo se convirtió así en uno de los motores de su fragmentación. Las instalaciones, los puertos, los oleoductos se transformaron en palancas de presión, partiendo de la lógica según la cual quien controla una terminal o una ruta estratégica ya no necesita gobernar todo el país. Su poder de facto se basa en su capacidad de neutralización, bloqueo, negociación y extorsión. En esta etapa, Libia no ha caído, sin embargo, en una guerra total. Se encontró en un conflicto de baja intensidad, salpicado de crisis agudas, pero estructurado por equilibrios locales. Esta situación, a menudo descrita como transitoria, sin embargo, se ha solidificado progresivamente. Los actores armados se han adaptado, las redes de financiación se han consolidado, y las alianzas se hacen y deshacen, ya que ninguna autoridad central puede arbitrarlas. El caso de Khalifa Haftar Es en este contexto que emergió la figura de Khalifa Haftar. El ascenso de Haftar no obedece a ningún proyecto ideológico coherente. Se puede definir como un intento de recomponer una verticalidad militar en un paisaje fragmentado. La restauración del Estado no es su preocupación. Haftar propone una alternativa autoritaria a la anomia, respaldada por apoyos regionales y una promesa de orden. Esta promesa, sin embargo, se basa menos en una reconstrucción institucional que en una dominación de seguridad. La desgracia árabe. La aparición de Haftar confirma que la Libia post-2011 ya no puede ser entendida como un espacio nacional unificado. Se ha convertido en nada más que un campo de fuerzas donde los proyectos políticos están subordinados a las capacidades militares y los apoyos exteriores. A partir de ahí, la trayectoria libia está en gran parte determinada. La ausencia de sucesión estatal en 2011 no es un accidente corregible a posteriori . Constituye el acto fundador de una configuración duradera. Más allá de los esquemas clásicos, se puede considerar que la guerra ya ni siquiera tiene como objetivo conquistar el Estado, sino organizar su ausencia. Libia no se encuentra, por lo tanto, en una guerra clásica entre facciones por el poder stricto sensu. Los protagonistas del conflicto libran en realidad una guerra contra la posibilidad misma de un poder central. Y es precisamente este dato el que condiciona todo lo que seguirá: la “miliciarización”, la regionalización del conflicto, la intervención de las potencias exteriores, y esta estabilización inaudita, esperpéntica, en la inestabilidad. Próximo artículo: Una “miliciarización” a ultranza de la política

Un futuro marítimo para el Líbano ? (1)
Por
Jean-Patrick Dayras
Publicado

¿Podría Líbano, gracias a los proyectos de cooperación multilateral iniciados en el marco global de la Unión por el Mediterráneo, convertirse en lo que merece ser, un Líbano marítimo? La pregunta exige una profunda reflexión y una visión exhaustiva de la situación en la que se debate el país en este ámbito... «Para los franceses, el mar es lo que tienen a la espalda cuando miran la playa» (Eric Tabarly). Francia es un Estado marítimo que desconoce. La traducción de esta especificidad en una realidad política y presupuestaria es débil. Reemplace Francia por Líbano. Es un Estado marítimo – su historia está ahí – que aún no ha hecho la elección política e institucional necesaria. Proyectos marítimos unificadores acercarían duraderamente a todas las comunidades. Líbano tiene los activos para ello. El «bien común» sería «el» beneficiario. La historia del Líbano marítimo se remonta a los fenicios (-3.000 / -500 a.C.), período de la base fundacional de las ciudades portuarias (Biblos, Sidón, Tiro, Arwad), de las actividades comerciales con Egipto, Chipre, Grecia, el Norte de África, la península Ibérica, de la navegación de altura y de la construcción naval. El comercio de la madera de cedro, de la púrpura de Tiro, de la cristalería y la artesanía, contribuye a la riqueza del país, reforzada por una costa libanesa que se abre al Mediterráneo occidental. Desde el -500 a.C. hasta el siglo VII , las actividades marítimas se desarrollan bajo diferentes dominaciones – Persa aqueménida, Griega, Romana y Bizantina. Los Romanos en particular utilizaron y desarrollaron las bases navales. Las capacidades comerciales y logísticas que ofrecían permitieron establecer conexiones con las rutas comerciales del imperio. Fue en este período cuando se creó el derecho marítimo. Ciertamente no soberano, Líbano no por ello era menos un polo marítimo en ese entonces. Del siglo VII al siglo XV , durante el largo período medieval e islámico, los puertos de Trípoli, Beirut, Sidón y Tiro tuvieron una actividad importante con toda la cuenca mediterránea. Durante las cruzadas, fueron enclaves estratégicos; las fortificaciones costeras han dejado vestigios aún visibles. La competencia marítima entre las potencias musulmanas y cristianas hizo de Líbano una zona tanto de intercambios como de confrontaciones militares. Durante el período otomano, desde el siglo XV hasta principios del siglo XX , los puertos permanecieron activos a pesar de una pérdida de importancia. Solo Beirut se destacó y sirvió de interfaz con Damasco, Alepo y el sur de Europa. En el siglo XX, Beirut se modernizó y se convirtió en un centro regional. El comercio marítimo se desarrolló. Sin embargo, el Líbano moderno no ha llevado a cabo su transformación marítima. El país depende en gran medida de los suministros por mar para la mayor parte de su comercio y sus abastecimientos. No obstante, la ausencia de una marina mercante propia, unas capacidades navales limitadas y una vigilancia insuficiente de sus inmediaciones no le permiten estar a la altura de su pasado marítimo, de su potencial y de sus necesidades. Sin embargo, cuántas esperanzas podrían satisfacerse gracias al mar. Los acuerdos sobre el trazado de las fronteras marítimas y de la ZEE (Zona Económica Exclusiva) con Israel, y luego con Chipre, han sido firmados; permiten contemplar la explotación segura de los recursos offshore. Líbano es un país del mar; es hora de que este Estado marítimo sea capaz de explotar su potencial. Los desafíos marítimos del Líbano Los desafíos de la vocación marítima del país del Cedro dependen de varios parámetros que han sido demasiado tiempo descuidados por el poder. La soberanía y la seguridad marítimas, desafíos mayores para la vigilancia de las aguas territoriales, de la ZEE y de las fronteras marítimas, así como para la lucha contra las amenazas militares, el tráfico y la pesca ilegal, cuentan con poco apoyo. Además, Líbano tiene una dependencia marítima crítica: del 80 al 90 % de las importaciones pasan por mar; el puerto de Beirut, vital, está en una posición de debilidad desde agosto de 2020 - reconstrucción lenta y gobernanza cuestionada; el puerto de Trípoli, centro alternativo, está subexplotado, demasiado cerca de Siria; Sidón y Tiro solo tienen funciones regionales limitadas. El desafío es técnico, institucional y político. En cuanto al recurso offshore, la esperanza es real pero a largo plazo. El potencial es incierto y depende de compañías extranjeras, mientras que la seguridad de las instalaciones, el atractivo para los inversores, el marco jurídico y la estabilidad política deben ser definidos y asegurados. La explotación solo estará garantizada por capacidades marítimas fiables y creíbles. Además, la consideración del medio ambiente (lucha contra la contaminación), los medios para asegurar la salvaguarda marítima (rescate en el mar), a lo que se añade la protección del litoral, son ineludibles. Cabe señalar en este contexto que la gobernanza marítima es imperfecta: ausencia de una estrategia nacional integrada; multiplicidad de actores (marina libanesa, Autoridades portuarias, ministerios de Transporte, Defensa y Medio Ambiente). Es evidente que la coordinación estratégica entre estos actores debe perfeccionarse. En resumen, Líbano padece una situación marítima algo difícil: una costa corta y densa, una estrategia marítima fragmentada, una marina mercante muy débil, una marina militar limitada y defensiva, sin industria naval, sin influencia regional. Existen posibilidades Líbano tiene una hermosa y rica historia marítima, pero ¿cuál es la estrategia que se sigue en este ámbito? Las negociaciones sobre la ZEE no permiten responder a tal interrogante. Sin embargo, el potencial existe. Malta y Chipre son dos países marítimos con una extensión territorial comparable a la de Líbano. A pesar de todo, tienen un pabellón marítimo desarrollado, una regulación atractiva y una estrategia marítima ambiciosa y efectiva. Así demuestran que incluso los países pequeños pueden ser actores marítimos importantes. ¿Un Líbano marítimo, un espejismo ? A pesar de una inestabilidad política crónica, una baja inversión pública y recurrentes problemas de seguridad, los activos que permitirían a Líbano desarrollar su vocación marítima existen: una posición geográfica excepcional, un litoral históricamente estructurante, un capital humano y una potencial diáspora marítima. En este contexto, ¿cuál debería ser la estrategia a elaborar para dar una nueva vida a este sector vital? Próximo artículo: ¿Proyectos marítimos en Líbano, con la Unión por el Mediterráneo?

Los museos en Irán: un patrimonio en estado de sitio (1/2)

Desde el aumento de la tensión a nivel regional, los ataques dirigidos a Irán en 2025 y el último levantamiento popular en las ciudades iraníes, las autoridades han multiplicado las medidas de emergencia en torno a los museos. Se trataba de proteger un patrimonio inestimable frente a los riesgos de bombardeos, sabotajes o incluso saqueos. Concretamente, esto se ha traducido en cierres prolongados, horarios reducidos, visitas supervisadas al milímetro y el traslado discreto de algunas piezas importantes a reservas secretas. Este reflejo de bunkerización se inscribe en un clima de tensión y crisis más profundo y antiguo, marcado desde hace décadas por un endurecimiento del espacio cultural en todo el país. Los museos entre la espada y la pared Las instituciones culturales se encuentran hoy atrapadas en una doble encrucijada: la amenaza de guerra, las convulsiones internas y las prioridades diplomáticas e ideológicas del poder. De hecho, la República Islámica busca, por un lado, promover una estrategia identitaria apoyándose en una relectura del nacionalismo persa y, por otro, contrarrestar la «iranofobia» insistiendo en su patrimonio, su profundidad histórica y su producción artística. Toda la política de Irán en materia de cultura y arte obedece a esta nueva estrategia identitaria, cuya perfecta ilustración es el Museo de la Revolución Islámica y la Defensa Sagrada en Teherán, que combina memorial, pedagogía política y producto turístico. A nivel internacional, las adquisiciones, préstamos y exposiciones de obras de arte persas constituyen eventos importantes, como por ejemplo el préstamo del inestimable Cilindro de Ciro (539 a.C.) o la exposición «Forgotten Empire: The World of Ancient Persia», organizados por el British Museum hace unos años… etc. El gobierno de la República Islámica utiliza estos eventos como herramientas de diplomacia cultural al servicio de sus prioridades ideológicas, lo que a veces constituye un campo de tensiones y chantaje político. El patrimonio arqueológico en Irán es muy rico y los museos son numerosos (más de 800), incluyendo el Museo Nacional de Irán, el Museo de Arte Contemporáneo, el Palacio de Golestán… etc. Hemos elegido dos de los museos de Teherán, típicos de la historia de Irán: el Tesoro o Museo Nacional de Joyas y el Museo Nacional de Irán. El Tesoro Nacional de Joyas Inaugurado en 1937, en la época del Sha, como escaparate del poder monárquico, el Tesoro Nacional de Joyas de los Shahs reúne las herencias de las dinastías Safávida, Afsharida, Qajar y Pahlavi: coronas, tronos incrustados, adornos extravagantes, diamantes legendarios… Está situado en el sótano de la propia sede del Banco Central de Irán en la calle Ferdowsi, en Teherán. Está legalmente adscrito al Banco Central, que es su depositario legal. En la década de 1930, el valor de la colección era tal que sirvió de reserva para la moneda nacional. Incluso hoy en día, una parte de la legitimación de la moneda se basa simbólicamente en este stock de activos físicos no valorables al precio de mercado. Joyas fabulosas La colección incluye piezas inestimables como la Corona Kiani de los soberanos Qajar, emblemática de la monarquía persa del siglo XIX, o la corona Pahlavi utilizada para la coronación de Reza Shah y Mohammad Reza Pahlavi, de oro y plata, engastada con miles de diamantes, esmeraldas, rubíes y perlas raras. A estas preciosas piezas se añaden tronos mágicos como el Trono del Pavo Real que es un trono Qajar de oro macizo, cubierto de diamantes, rubíes, esmeraldas y perlas, símbolo importante de la realeza persa. Recibe su nombre de un motivo de pavo real o del apodo dado a la esposa de Fath Ali Shah. El tesoro también incluye un Globo Terrestre de 34 kg de oro y aproximadamente 6 kg de piedras preciosas, diamantes, rubíes y esmeraldas para ilustrar los mares y las tierras del globo. Sin olvidar el Escudo y la espada de Nader Shah de piel de rinoceronte de 46 cm de diámetro, también cubiertos de diamantes, rubíes y esmeraldas, con en el centro del escudo uno de los rubíes más grandes del mundo (aprox. 225 quilates), así como innumerables adornos, espadas, escudos, objetos de culto y vajillas de metales preciosos... y piedras preciosas rarísimas como el famoso diamante rosa Darya-ye Noor (o mar de luz) de 182 quilates, considerado el diamante rosa más grande del mundo, etc. Todas estas joyas narran la opulencia y la riqueza, pero también la desmesura de una realeza que se medía con las cortes europeas. Tras la Revolución, la República Islámica convirtió este símbolo que consideraba “abominable” en «tesoro nacional», que se supone encarna ahora la riqueza de la nación en lugar de la de una familia. En nuestro próximo artículo, hablaremos del Museo Nacional de Irán y del papel (difícil) que se espera que desempeñen los conservadores de museos.

El harirismo ante el desafío de la renovación
Por
Michel Hajji Georgiou
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Saad Hariri se asemeja en cierto modo a un héroe maldito de una tragedia griega. Veintiún años después del asesinato de Rafic Hariri, Saad regresa a una ciudad que ya no se parece del todo a la que dejó. Los centros de decisión han cambiado. Él lo sabe bien. Arabia Saudí, que en su día contribuyó, bajo el liderazgo de Fahd y luego de Abdullah, a afianzar a Rafic Hariri en la escena libanesa, multiplica desde hace casi una década las señales negativas hacia Saad. Los medios saudíes han expresado ampliamente su descontento ante la perspectiva de que relance su corriente política tras cuatro años de suspensión. El harirismo, antaño columna vertebral del sunnismo político libanés de la posguerra, se enfrenta hoy a una pregunta tan simple como temible: ¿tiene aún una función histórica? La dinámica de Rafic Hariri nació de una coyuntura que combinaba un proyecto económico, una apuesta diplomática y una postura identitaria. Encarnaba un sunnismo moderado, respaldado por el Reino, abierto a los mercados, que hablaba el lenguaje de las cancillerías occidentales y se presentaba como la interfaz entre el Líbano y el mundo. Desde el proceso de Oslo hasta la configuración posterior al 11 de septiembre de 2001, Hariri fue una necesidad absoluta para el mundo árabe-islámico sunní y para Occidente. La alianza objetiva de las minorías, de Israel a Irán, lo percibía, por su parte, como un enemigo. Su asesinato por el eje Damasco-Teherán desencadenó un impulso soberanista popular transconfesional sin precedentes en el Líbano, anclando el harirismo como símbolo de la independencia libanesa. Toda esa arquitectura, heredada por Saad, se fue derrumbando progresivamente. Y no únicamente por sus malos cálculos políticos y empresariales ni por su discutible gestión del poder. Arabia Saudí ya no es la de los años noventa ni la del día después del 14 de Marzo. Ya no busca patrocinar una corriente libanesa como quien mantiene un puesto avanzado de influencia. Razona, por el contrario, en términos de amplios equilibrios regionales, reposicionamiento estratégico y competencia con Ankara y Teherán. En este nuevo juego, Saad Hariri ya no es una pieza central. En el mejor de los casos, es un actor secundario en un escenario que se redibuja en otro lugar. Y, pese a sus bases indiscutibles en el Líbano, lo sabe. El centro de gravedad sunní en Oriente Próximo se ha desplazado. La emergencia de Ahmad al-Chareh como figura sunní ascendente, respaldada por Riad y Ankara con una forma de bendición internacional —ironía del destino, para desempeñar el papel que se pidió a Rafic Hariri en el marco del proceso de Oslo— modifica profundamente la ecuación. Por primera vez en décadas, el Levante presencia la afirmación de un liderazgo sunní no libanés capaz de combinar arraigo religioso, habilidad política y reconocimiento externo. Que esta síntesis sea duradera y realmente convincente importa menos que la señal que envía: el monopolio simbólico del sunnismo moderado y moderno ya no pasa por Beirut. En esta configuración, el harirismo aparece ahora como la expresión de un momento superado. Fue hijo de una época en la que el mundo árabe oscilaba entre autoritarismos militares e islamismos radicales, cuando se proponía, con razón, como tercera vía. Hoy las líneas se recomponen de otro modo. La caída del régimen sirio, el debilitamiento del eje iraní tras el 7 de octubre de 2023 y la redefinición de las alianzas regionales han abierto un nuevo espacio. Ese espacio ya no parece estructurado en torno a un liderazgo sunní libanés centralizado, sino más bien alrededor de un areópago de figuras, notables y emprendedores políticos dispersos. Eso, al menos, parece desear Riad, pese al sentimiento manifiesto de abandono y marginación experimentado por los sunníes dentro de la ecuación política libanesa actual —y pese a los reproches sunníes hacia Saad Hariri y su gestión del poder, especialmente desde 2016. Pero la crisis del harirismo va más allá de la cuestión regional y afecta a su modelo interno. El proyecto haririano reposaba en una ecuación implícita: desarrollo económico a cambio de una renuncia parcial a la soberanía. Mientras la tutela siria bloqueaba el campo político, se trataba de construir en los intersticios. Después de 2005, el intento fue transformar un movimiento soberanista en mayoría gubernamental. La experiencia chocó con la violencia de Hezbolá, las divisiones del 14 de Marzo y luego con decisiones estratégicas desafortunadas, entre ellas la apuesta por el mandato de Aoun y por una suerte de statu quo turbio con el campo iraní, la más emblemática. Esa apuesta rompió algo. Socavó la credibilidad de una corriente que se presentaba como dique frente a la hegemonía iraní y que terminó avalando, por cálculo o cansancio, una arquitectura institucional dominada por Hezbolá. La retirada de Saad Hariri de la vida política terminó de dispersar sus filas. Su regreso plantea así una cuestión existencial: ¿se puede volver sin reinventarse? El problema, por lo demás, no afecta solo a Saad Hariri —aunque las demás fuerzas políticas, concentradas en las próximas luchas de poder, no parezcan advertirlo. Porque el declive del harirismo no es aislado. Se inscribe en una erosión más amplia de las fuerzas heredadas de la guerra y de la posguerra. El aounismo se consumió en el ejercicio del poder. Hezbolá, pese a sus posturas, enfrenta un debilitamiento estratégico inédito y esencial. Incluso otras figuras carismáticas parecen suspendidas en una temporalidad que ya no es la suya. La política libanesa se asemeja a un teatro en el que los actores de ayer siguen recitando sus papeles mientras el público ha cambiado de obra. Estas fuerzas fundaron su legitimidad en un continuum político que ya no existe, tras la desaparición del régimen de Assad y el retorno de Teherán a su dimensión propia. La verdadera cuestión, por tanto, supera el destino de una sola corriente. Concierne al eterno problema de la renovación de las élites. ¿Quién podria tomar el relevo? ¿Quién podria formular un proyecto que no sea ni la repetición de los compromisos del pasado ni la ilusión de una tabla rasa romántica? La llegada de un presidente de la República recibido en un primer momento como un deus ex machina , seguida por la designación de un primer ministro elogiado por su probidad y por no pertenecer a las élites tradicionales, generó durante algún tiempo un impulso de entusiasmo que hoy se ha desvanecido, alcanzado por las realidades locales, regionales e internacionales. El mito del salvador tiene larga vida en el Líbano, donde se continúa, por hábito —o incluso por una suerte de servidumbre voluntaria— evitando generar una clase política capaz de asumir una ruptura con los esquemas arcaicos. Y la actual ley electoral, diseñada en términos generales para preservar los equilibrios confesionales más rígidos, funciona como un museo de cera del pasado, en la medida en que impide la emergencia de fuerzas transversales sólidas, de una mayoría parlamentaria capaz siquiera de sostener un programa de gobierno. En este contexto, el harirismo tiene dos opciones. O bien intentar reconquistar su antiguo estatuto apostando por la nostalgia y por una movilización comunitaria. Esa dinámica todavía existe: el recuerdo de Rafic Hariri, e incluso cierta fidelidad hacia Saad como punto de anclaje en la desolación actual, siguen operando. O bien comprender que debe reinventarse para contribuir a un proyecto colectivo de refundación. La primera vía puede parecer, en apariencia, la más cómoda y segura —pero cuidado con los espejismos—. La segunda es la más arriesgada, porque exige un examen crítico de los errores del pasado y una redefinición de la relación entre economía, soberanía y Estado. El regreso de Saad Hariri, si se concreta realmente y si las elecciones se celebran efectivamente dentro de los plazos previstos, constituye en ese sentido más que nunca una prueba. Una prueba para él, en primer lugar: ¿sabrá leer el momento sin equivocarse de época? Una prueba para la clase política, después: ¿comprenderá que el declive casi general de las fuerzas surgidas de la guerra abre un espacio peligroso, donde la ausencia de élites creíbles puede engendrar o bien el caos o bien un nuevo autoritarismo disfrazado de estabilidad? Y una prueba, finalmente, para el electorado. No es solo Hariri quien debe preguntarse “what went wrong”, sino el conjunto de una sociedad-sistema que se reproduce indefinidamente según los mismos tropos —oposiciones diversas incluidas—. Estas líneas pueden sonar como una dulce utopía de soñador en un mundo fragmentado y en una región altamente sísmica. Y, sin embargo, aunque el cielo todavía no “azulee”, el Líbano se encuentra verdaderamente en una encrucijada y debe elegir entre reajustar el viejo mundo, redistribuyendo las cartas entre actores fatigados, o arriesgarse a una renovación real, más allá de los viejos esquemas destinados a apaciguar las angustias de una pseudo-violencia mimética que no existe sino por los apetitos de poder… de aquellos que pretenden contener, mediante su autoridad de jefes comunitarios, esa misma violencia mimética. Para que esa renovación sea posible, es necesario que surjan mujeres y hombres creíbles, transparentes, auténticos, mesurados y capaces de portar un proyecto más grande que su comunidad. El tiempo de las responsabilidades necesita mujeres y hombres para los otros —para todos los otros , sin excepción—. Necesita promover la apertura y la cultura del vínculo en un mundo compartimentado y aterrorizado por la reciprocidad y la alteridad. Es el único modo de hacer verdaderamente del Líbano, en el siglo XXI, una excepción política y cultural.

La arrogancia iraní o el síndrome Sadam
Por
Khairallah Khairallah
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Cada día que pasa confirma con mayor claridad que el régimen iraní, que ya cumple cuarenta y siete años, se enfrenta hoy a una disyuntiva sin tercera alternativa posible: rendirse ante las condiciones estadounidenses, que no difieren sustancialmente de las exigencias israelíes, o afrontar una guerra con Estados Unidos de la que Irán no saldría indemne. ¿Está la “República Islámica” en condiciones de reconocer que no hay escapatoria frente a la nueva realidad regional y que debe tratar con ella, en lugar de persistir en la arrogancia al estilo de Sadam Husein? A comienzos de 1991, el gobernante iraquí creyó que podía negociar de igual a igual con Washington, pese a que la posición de la administración de George Bush padre era absolutamente clara. Solo había dos opciones: retirada incondicional de Kuwait o una guerra que devolvería a Irak a la Edad de Piedra. El entonces líder iraquí no comprendió ni la región, ni el mundo, ni el significado de los equilibrios de poder. Estados Unidos no acostumbra a desplegar una fuerza militar de la magnitud de la que ha movilizado en Oriente Medio y el Golfo para limitarse a una demostración simbólica. Una potencia del tamaño de Estados Unidos no mueve semejante aparato militar sin objetivos definidos. Esos objetivos pasan por un acuerdo con la “República Islámica” que incluya, como mínimo, el fin del programa nuclear iraní, la eliminación de los misiles balísticos y de sus plataformas de lanzamiento. Los misiles son importantes, pero las plataformas lo son tanto como ellos, si no más. Permanece una tercera condición relativa a los brazos regionales de Irán. El más destacado de ellos es Hizbulá en el Líbano, que continúa aferrado a la obstinación, ignorando que ha perdido la “guerra de apoyo a Gaza” y que su armamento nunca fue más que un instrumento al servicio de Israel y de todo aquello que contribuye a la destrucción del Líbano. El ejemplo más evidente de ello fue el asesinato de Rafic Hariri en estos mismos días de 2005. El partido, que no es sino una brigada de la Guardia Revolucionaria iraní, eliminó a Hariri para abortar un intento serio de devolver al país a la escena regional y frenar su utilización como carta dentro del proyecto expansionista iraní en dirección al Mediterráneo. Llegará a la región un segundo portaaviones estadounidense, el Gerald Ford , que se sumará al Abraham Lincoln , ya presente en el Golfo. Hay intenciones estadounidenses que no pueden ignorarse. Irán deberá ceder, de buen grado o por la fuerza. No puede pasarse por alto que la “República Islámica” ha perdido todas las guerras que ha librado en los márgenes del conflicto de Gaza iniciado el 7 de octubre de 2023. La joya del proyecto expansionista iraní, es decir, Hizbulá, ya no es lo que era. Solo le queda la carta de amenazar a los libaneses con una guerra civil en su empeño por conservar unas armas cuya inutilidad frente a Israel ha quedado demostrada. Además, el partido se niega a admitir que Siria ya no se encuentra bajo hegemonía iraní. A comienzos de 1991 se celebró en el hotel Intercontinental de Ginebra un encuentro entre el secretario de Estado estadounidense James Baker y el ministro de Asuntos Exteriores iraquí Tariq Aziz. Baker explicó a Aziz y a la delegación que lo acompañaba que no había margen para negociaciones y que Irak debía retirarse de Kuwait. El ministro iraquí leyó la carta que le entregó Baker y luego la dejó sobre la mesa de negociaciones, alegando que el tono empleado le impedía transmitirla a Sadam Husein. La carta permaneció allí. Yo mismo la vi, abandonada sobre la mesa en la sala donde tuvo lugar el encuentro. Más tarde supe que ese documento de importancia histórica sigue guardado en la caja fuerte del hotel. ¿Ha comprendido Irán, a la luz de las negociaciones celebradas en Mascate entre su ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araqchi, y la delegación estadounidense integrada por Steve Witkoff y Jared Kushner, que no existe margen alguno para apostar por una divergencia entre Estados Unidos e Israel? ¿Ha entendido que el expediente de los misiles balísticos y de sus plataformas no es menos importante que el programa nuclear iraní y que la cuestión de los brazos dependientes de la Guardia Revolucionaria en los distintos países árabes? El régimen iraní no tiene más opción que aprender de la experiencia de Sadam Husein, cuyo error político le impidió comprender el significado del despliegue militar estadounidense en el Golfo tras la ocupación de Kuwait por el ejército iraquí. Sadam creyó que Estados Unidos estaba bromeando y que su ejército podría resistir en Kuwait. Nunca entendió los equilibrios de poder. Lo inquietante en 2026 es que Irán parece dispuesto a repetir el mismo error que cometió Sadam en 1991 y que volvió a cometer en 2003 cuando George Bush hijo y sus asesores decidieron apartarlo del poder. La situación interna en Irán complica aún más las cosas. Al fracaso exterior se suma un fracaso interno en todos los niveles, especialmente en el ámbito económico. No es cierto que exista una mayoría iraní que abrace los eslóganes del régimen. Existe, en cambio, una mayoría que prefiere la cultura de la vida a la cultura de la muerte. De no ser así, el pueblo iraní no estaría en rebelión en diversas regiones del país desde comienzos de año. No cabe duda de que los servicios estadounidenses están plenamente informados de lo que sucede en Irán, al igual que Israel, que ya en 1979 comprendió antes que nadie que el régimen del Sha había terminado y llamó a los judíos iraníes a abandonar el país. La mayoría lo hizo entonces siguiendo las instrucciones de la embajada israelí, encabezada por Ori Lubrani. En cuestión de pocas semanas sabremos si el régimen iraní opta por seguir el camino de Sadam Husein o el de la sensatez, que le impone reconocer que hay un precio inevitable que pagar tras la pérdida de guerras, tal como hicieron Alemania y Japón al final de la Segunda Guerra Mundial.

Alerta, peligro: ¿una «bomba nuclear» entre Achrafieh y el Metn?

En el corazón de una de las regiones más densamente pobladas del Líbano, hoy se almacenan miles de metros cúbicos de hidrocarburos. Desde Antelias hasta la Cuarentena, hileras de tanques se enfrentan a un suburbio vertical que se eleva hasta los 900 metros de altitud, pero que permanece, a vista de pájaro, peligrosamente cerca. Es una proximidad insostenible entre una industria altamente inflamable y barrios residenciales superpoblados. Vista aérea de 2017. Vista aérea de 2024 mostrando la extensión del proyecto. Proximidad de las instalaciones de Coral y Unigaz con la ciudad. Dos de los cinco tanques de gas de Coral, comparables a los de Unigaz, situados un poco más lejos.  El incendio de los depósitos de combustible de Dora en 1989, ya calificado en su momento de «explosión nuclear», que oscureció el cielo de la capital durante varios días, así como la explosión del puerto de Beirut, que devastó la ciudad el 4 de agosto de 2020, no parecen haber sido una lección suficiente para los responsables libaneses. Una vez más, el país da la imagen de un Estado fantasma: un gobierno ausente, medios parciales, responsables políticos evasivos y estudios científicos cuidadosamente calibrados para diluir la verdad en una neblina técnica desalentadora. Coral Oil Co., Total Lebanon y Medco Petroleum para los combustibles, Unigaz, Natgaz, Gaz Orient y Phoenicia para el gas, salpican la costa de Metn con depósitos y tanques hasta donde alcanza la vista. Desde que en 2013 un plan maestro preveía el desmantelamiento de todas estas instalaciones, que se habían vuelto peligrosas en un entorno ya urbanizado, estas empresas solo pueden realizar el mantenimiento de la infraestructura existente, pero sin ninguna extensión. Nuevas instalaciones Sorprendentemente, sin embargo, entre Achrafieh y Metn, en la orilla derecha de la desembocadura del río Beirut, Coral Oil erige veinte nuevos depósitos de hidrocarburos líquidos y, sobre todo, cinco tanques de gas de 8 metros de diámetro y 50 metros de largo cada uno. Los documentos legales presentados se resumen en un permiso de construcción avalado por la municipalidad de Bourj Hammoud, una licencia de 1931 para el almacenamiento de combustible, un documento del Ministerio de Energía y Agua, así como informes de institutos privados que certifican el cumplimiento de las normas vigentes. Es una plétora de argumentos administrativos y técnicos los que intentan legitimar la implantación de este proyecto manifiestamente problemático en este entorno. Según algunas fuentes, Coral poseería una licencia de categoría A1, válida para hidrocarburos. Sin embargo, según la información más reciente obtenida de las autoridades competentes, la empresa habría obtenido del Ministerio de Energía y Agua una licencia de categoría A2, aplicable únicamente a aceites y detergentes. Por su parte, el Ministerio de Industria nunca le habría concedido una licencia A1, que es obligatoria. Precisamente para suplir esta laguna se destacan la antigua licencia de 1931 y el decreto del Consejo de Ministros n°9949/2013. Este decreto, aunque prohíbe cualquier nueva instalación de almacenamiento de materiales inflamables en esta zona, se interpretaría como una autorización para la renovación de las instalaciones existentes. Un riesgo importante La pregunta, por lo tanto, sigue abierta: ¿la adición de una veintena de nuevos depósitos de combustible y cinco tanques de gas constituye realmente una renovación? Y una licencia de 1931, emitida en una época en que la zona era agrícola, ¿puede seguir vigente en la realidad urbana y demográfica actual? Y, sobre todo, mientras el combustible se quema, como en 1989, el gas, en cambio, explota, a imagen de lo ocurrido el 4 de agosto de 2020; un riesgo importante subrayado por el exministro de Industria, Vreij Sabounjian. Para las comisiones de expertos encargadas por Coral, el proyecto tendría en cuenta todos los márgenes de seguridad requeridos. Sin embargo, queda por entender por qué el riesgo terrorista no se integró en estas evaluaciones, a pesar de que este factor parece haber sido el origen de la doble explosión del 4 de agosto de 2020. Conviene recordar, además, que varias de las mayores catástrofes mundiales se han producido en instalaciones perfectamente conformes a las normas de seguridad. Se trata aquí de la adición de aproximadamente 20 nuevos depósitos de hidrocarburos líquidos, que representan alrededor de 180 000 toneladas adicionales, así como 5 nuevos tanques de gas con una capacidad total estimada de 12 000 m³, es decir, aproximadamente 8 000 toneladas de gas. En cuanto a las distancias de seguridad requeridas, estas se cifran en kilómetros, según un estudio independiente realizado por Socotec para instalaciones de gas comparables y igualmente peligrosas, operadas por el vecino Unigaz. La normativa Estas distancias son manifiestamente incompatibles con el tejido urbano de los barrios de Dora-Bourj Hammoud. Precisamente por esta razón se adoptó el decreto n°9949/2013, que prohíbe cualquier nueva instalación o extensión de gas o petróleo en este sector.  Además, basándose en el decreto n°8633/2012, el Ministerio de Medio Ambiente exige explícitamente la realización de un estudio de impacto ambiental (EIA) que aún no se ha llevado a cabo. El decreto n°5509/1994 habilita, es cierto, al Ministerio de Energía a autorizar trabajos de extensión sin la intervención del Ministerio de Industria, siempre que la explotación se mantenga dentro del marco inicialmente aprobado. Sin embargo, en la práctica, este decreto autoriza la mejora de las instalaciones existentes, no su extensión. Las imágenes aéreas que comparan las instalaciones anteriores a 2017 con las posteriores a esa fecha son, a este respecto, reveladoras. Muestran una considerable expansión de las infraestructuras. Una necesaria toma de conciencia Fundada en el Reino Unido en 1925 y establecida en el Líbano desde 1926, la empresa Shell, ahora Coral Oil Company, se cuenta entre los actores más fiables del sector energético nacional, y debería seguir siéndolo. Ante la nebulosa de inconsistencias y ambigüedades que rodea este delicado expediente, presumiblemente politizado, una certeza se impone: cada uno de nosotros, ya sea partidario u opositor del proyecto, beneficiario o perjudicado, comprometido o indiferente, podría un día lamentar amargamente su actitud o su inacción, si una tragedia llegara a ocurrir, llevándose consigo a un ser querido. Esta investigación no tiene por objeto condenar ni estigmatizar. Se dirige a Coral, a las demás compañías de hidrocarburos y a las autoridades competentes para que ejerzan plenamente sus responsabilidades, con la mayor transparencia, para evitar un nuevo cataclismo entre Achrafieh y Metn. Es mejor prevenir que tener que revivir los dolores insuperables del 4 de agosto de 2020.