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El Nuevo Mundo

La arrogancia iraní o el síndrome Sadam

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Por Khairallah Khairallah
Publicado feb 15, 2026 - 10:36

Cada día que pasa confirma con mayor claridad que el régimen iraní, que ya cumple cuarenta y siete años, se enfrenta hoy a una disyuntiva sin tercera alternativa posible: rendirse ante las condiciones estadounidenses, que no difieren sustancialmente de las exigencias israelíes, o afrontar una guerra con Estados Unidos de la que Irán no saldría indemne.

¿Está la “República Islámica” en condiciones de reconocer que no hay escapatoria frente a la nueva realidad regional y que debe tratar con ella, en lugar de persistir en la arrogancia al estilo de Sadam Husein? A comienzos de 1991, el gobernante iraquí creyó que podía negociar de igual a igual con Washington, pese a que la posición de la administración de George Bush padre era absolutamente clara. Solo había dos opciones: retirada incondicional de Kuwait o una guerra que devolvería a Irak a la Edad de Piedra. El entonces líder iraquí no comprendió ni la región, ni el mundo, ni el significado de los equilibrios de poder.

Estados Unidos no acostumbra a desplegar una fuerza militar de la magnitud de la que ha movilizado en Oriente Medio y el Golfo para limitarse a una demostración simbólica. Una potencia del tamaño de Estados Unidos no mueve semejante aparato militar sin objetivos definidos. Esos objetivos pasan por un acuerdo con la “República Islámica” que incluya, como mínimo, el fin del programa nuclear iraní, la eliminación de los misiles balísticos y de sus plataformas de lanzamiento. Los misiles son importantes, pero las plataformas lo son tanto como ellos, si no más.

Permanece una tercera condición relativa a los brazos regionales de Irán. El más destacado de ellos es Hizbulá en el Líbano, que continúa aferrado a la obstinación, ignorando que ha perdido la “guerra de apoyo a Gaza” y que su armamento nunca fue más que un instrumento al servicio de Israel y de todo aquello que contribuye a la destrucción del Líbano. El ejemplo más evidente de ello fue el asesinato de Rafic Hariri en estos mismos días de 2005. El partido, que no es sino una brigada de la Guardia Revolucionaria iraní, eliminó a Hariri para abortar un intento serio de devolver al país a la escena regional y frenar su utilización como carta dentro del proyecto expansionista iraní en dirección al Mediterráneo.

Llegará a la región un segundo portaaviones estadounidense, el Gerald Ford, que se sumará al Abraham Lincoln, ya presente en el Golfo. Hay intenciones estadounidenses que no pueden ignorarse. Irán deberá ceder, de buen grado o por la fuerza. No puede pasarse por alto que la “República Islámica” ha perdido todas las guerras que ha librado en los márgenes del conflicto de Gaza iniciado el 7 de octubre de 2023. La joya del proyecto expansionista iraní, es decir, Hizbulá, ya no es lo que era. Solo le queda la carta de amenazar a los libaneses con una guerra civil en su empeño por conservar unas armas cuya inutilidad frente a Israel ha quedado demostrada. Además, el partido se niega a admitir que Siria ya no se encuentra bajo hegemonía iraní.

A comienzos de 1991 se celebró en el hotel Intercontinental de Ginebra un encuentro entre el secretario de Estado estadounidense James Baker y el ministro de Asuntos Exteriores iraquí Tariq Aziz. Baker explicó a Aziz y a la delegación que lo acompañaba que no había margen para negociaciones y que Irak debía retirarse de Kuwait. El ministro iraquí leyó la carta que le entregó Baker y luego la dejó sobre la mesa de negociaciones, alegando que el tono empleado le impedía transmitirla a Sadam Husein. La carta permaneció allí. Yo mismo la vi, abandonada sobre la mesa en la sala donde tuvo lugar el encuentro. Más tarde supe que ese documento de importancia histórica sigue guardado en la caja fuerte del hotel.

¿Ha comprendido Irán, a la luz de las negociaciones celebradas en Mascate entre su ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araqchi, y la delegación estadounidense integrada por Steve Witkoff y Jared Kushner, que no existe margen alguno para apostar por una divergencia entre Estados Unidos e Israel? ¿Ha entendido que el expediente de los misiles balísticos y de sus plataformas no es menos importante que el programa nuclear iraní y que la cuestión de los brazos dependientes de la Guardia Revolucionaria en los distintos países árabes?

El régimen iraní no tiene más opción que aprender de la experiencia de Sadam Husein, cuyo error político le impidió comprender el significado del despliegue militar estadounidense en el Golfo tras la ocupación de Kuwait por el ejército iraquí. Sadam creyó que Estados Unidos estaba bromeando y que su ejército podría resistir en Kuwait. Nunca entendió los equilibrios de poder. Lo inquietante en 2026 es que Irán parece dispuesto a repetir el mismo error que cometió Sadam en 1991 y que volvió a cometer en 2003 cuando George Bush hijo y sus asesores decidieron apartarlo del poder.

La situación interna en Irán complica aún más las cosas. Al fracaso exterior se suma un fracaso interno en todos los niveles, especialmente en el ámbito económico. No es cierto que exista una mayoría iraní que abrace los eslóganes del régimen. Existe, en cambio, una mayoría que prefiere la cultura de la vida a la cultura de la muerte. De no ser así, el pueblo iraní no estaría en rebelión en diversas regiones del país desde comienzos de año. No cabe duda de que los servicios estadounidenses están plenamente informados de lo que sucede en Irán, al igual que Israel, que ya en 1979 comprendió antes que nadie que el régimen del Sha había terminado y llamó a los judíos iraníes a abandonar el país. La mayoría lo hizo entonces siguiendo las instrucciones de la embajada israelí, encabezada por Ori Lubrani.

En cuestión de pocas semanas sabremos si el régimen iraní opta por seguir el camino de Sadam Husein o el de la sensatez, que le impone reconocer que hay un precio inevitable que pagar tras la pérdida de guerras, tal como hicieron Alemania y Japón al final de la Segunda Guerra Mundial.

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