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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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El Museo Nacional de Irán: espejo de una historia milenaria (2/2)

Los museos en Irán desempeñan un papel clave en el apoyo a la estrategia política y diplomática del país. También son fundamentales para preservar y exhibir los tesoros de la civilización persa. El Museo Nacional de Irán se erige como el principal museo arqueológico e histórico del país. Destaca la riqueza del patrimonio persa y alberga colecciones invaluables que recorren la historia iraní, desde el Paleolítico, pasando por los medos, elamitas, aqueménidas, partos y sasánidas, hasta el período islámico. En su interior se articula la narrativa oficial de “Irán”: un hilo continuo que va desde Elam y el Imperio aqueménida hasta la República Islámica. Más de 300.000 objetos dan forma a ese relato y entretejen la historia milenaria de la nación. El Museo Nacional se compone de dos grandes entidades: el Museo del Irán Antiguo y el Museo del Período Islámico. El Museo del Irán Antiguo Fundado en la década de 1930, durante el reinado de Reza Shah, el edificio principal, conocido como Museo del Irán Antiguo, está dedicado al período preislámico. Su arquitectura se inspira en el estilo sasánida, en particular en el Taq-e Kasra (Arco de Ctesifonte). Diseñado por los arquitectos franceses André Godard y Maxime Siroux, el museo fue inaugurado en 1937. Lejos de exhibir las legendarias joyas del tesoro de los shahs, el museo presenta el amplio recorrido de la historia iraní a través de miles de objetos, entre ellos sellos, bajorrelieves, cerámicas, manuscritos, esculturas y más. Entre sus piezas más destacadas se encuentran inscripciones y textos del período Uruk tardío (aprox. 3350-3000 a. C.), que durante la década de 2010 fueron trasladados a depósitos modernos con sistemas de conservación y seguridad adecuados. El museo también alberga a uno de los “Hombres de sal” de Zanjan. Un minero momificado de forma natural, perfectamente conservado por la sal de la mina donde fue hallado, y que data aproximadamente del período 550-330 a. C. Otras piezas emblemáticas incluyen el monumental Bronce de Shami, de 1.94 metros de altura, considerado una obra maestra de la escultura parta. Asimismo, se conservan bajorrelieves y capiteles con cabezas de toro procedentes de Persépolis (siglos VI-IV a. C.), de una calidad excepcional. Estas piezas ofrecen una síntesis impactante del arte arquitectónico aqueménida. La colección también incluye cerámicas y alfarería prehistóricas de Tepe Sialk, cerca de Kashan, auténticas obras de arte fechadas entre el VI y el IV milenio a. C. A ello se suman los bronces de Lorestan (aprox. 1000-650 a. C.) y las copas de oro y ritones de Marlik (1400-1200 a. C.), considerados la cúspide de la artesanía iraní de la Edad del Hierro. El Museo del Período Islámico El departamento de arte islámico del Museo Nacional de Irán ocupa un edificio moderno independiente, inaugurado en 1996. Alberga una colección de enorme valor que recorre la historia de Persia después del islam, destacando el refinamiento del arte islámico en Irán. Incluye obras safávidas, cerámicas, manuscritos, piezas de metal, textiles y muchos otros tesoros. Entre las piezas más notables se encuentra el mihrab iljaní de Dar-e Behesht, conocido como la “Puerta del Paraíso”. Este mosaico de azulejos vidriados del siglo XIV, producido bajo la dinastía iljaní, es célebre por su intrincada caligrafía (kúfica, thuluth, naskh) y por sus motivos florales y geométricos. El museo también exhibe un cuenco cerámico del siglo IX procedente de Gorgan, decorado con una figura antropomorfa con cabeza de toro, acuarelas de Sani ol-Molk del período kayar (siglo XVIII), así como elegantes astrolabios y otras obras maestras. El papel de los curadores En un delicado equilibrio entre poder y memoria, los curadores de museos en Irán transitan un terreno complejo. A menudo se enfrentan a formas sutiles de censura: no prohibiciones explícitas, sino señales, recomendaciones y “sensibilidades” que deben ser respetadas. Incluso decisiones sobre qué obras exhibir y cómo contextualizarlas pueden involucrar temas sensibles, como el pluralismo religioso antiguo, el papel de las mujeres en las sociedades del pasado o las influencias extranjeras. El desafío central para los curadores es equilibrar la narrativa preislámica, la de una nación antigua e imperial, con la narrativa islámica y la estrategia identitaria del Estado, sin perder el rigor intelectual que exige cualquier relato histórico. Por último, conviene destacar los esfuerzos de profesionalización emprendidos en algunos museos de Teherán, como son la modernización de los sistemas de almacenamiento y seguridad, el nombramiento de un curador especializado para la sección de inscripciones, entre otras medidas. Estas iniciativas reflejan un enfoque cada vez más tecnocrático en la gestión del patrimonio. Esto plantea una pregunta provocadora: en tiempos de crisis nacional, ¿es inapropiado centrarse en el destino de los museos y las obras de arte en lugar del bienestar de las personas? Por el contrario, cuanto más inestable se vuelve el mundo, más esenciales son el arte y quienes lo custodian, no solo para dar testimonio, sino, sobre todo, para preservar y transmitir nuestra historia humana compartida a las futuras generaciones. Artículos relacionados: Los museos en Irán: un patrimonio en estado de sitio (1/2)

Trump y el complejo iraquí
Por
Khairallah Khairallah
Publicado

Las negociaciones llevadas a cabo por la administración estadounidense con la parte iraní en Mascate y Ginebra no tenían otro objetivo que transmitir un único mensaje. El contenido de ese mensaje es que la «República Islámica» debe cambiar. El cambio debe producirse por las buenas o por la fuerza. El presidente Donald Trump no dudó recientemente en afirmar que la caída del régimen iraní sería «lo mejor que podría ocurrir». Desde esta perspectiva, se comprende la reiterada negativa del presidente estadounidense al regreso de Nouri al-Maliki al cargo de primer ministro en Irak. Asimismo, desde este mismo ángulo, puede entenderse el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York junto con su esposa. Se desarrolla una operación de cerco cuidadosamente planificada contra Irán, acompañada de un recorte continuo de sus alas tras su expulsión de Siria y la eliminación práctica de «Hezbolá», la joya de la corona del proyecto expansionista de la «República Islámica». Lo que hoy debe subrayarse es la firme determinación de la administración estadounidense de volver a Irak. Trump parece arrastrar una auténtica obsesión llamada Irak. Estados Unidos pagó un precio altísimo por derrocar el régimen baasista y familiar de Saddam Hussein en 2003. Pagó con sangre y con cientos de miles de millones de dólares para que Irán emergiera como el único vencedor de una guerra cuyas motivaciones siguen siendo, hasta el día de hoy, objeto de interrogantes, especialmente en lo que respecta a las razones que llevaron a la administración de George W. Bush a emprenderla. El regreso del presidente estadounidense a la cuestión de Nouri al-Maliki no es en absoluto casual en las circunstancias actuales, marcadas por una peligrosa escalada entre la «República Islámica», por un lado, y Estados Unidos e Israel, por otro. Se trata de una escalada seria, sobre todo a la luz del traslado de la guerra al interior del territorio iraní el pasado mes de junio. En la mente de Trump se articulan cálculos precisos, entre ellos uno relacionado con Irak, que ha pasado a caer en el regazo iraní. Los estadounidenses, concretamente la administración de George W. Bush, entregaron Irak a Irán en bandeja de plata. Ello parece haber quedado grabado en la memoria de Donald Trump, quien ha asumido la tarea de poner fin a la hegemonía iraní en la región comenzando por Irak. Estados Unidos llevó al poder en Bagdad a milicias chiíes iraquíes vinculadas a la «Guardia Revolucionaria» iraní. Estas milicias no tardaron en volverse contra el «ocupante» estadounidense y en trabajar al servicio de los intereses iraníes. La administración Bush erró en todo cuanto emprendió en Irak, especialmente cuando quedó claro que carecía de un plan coherente para la etapa posterior a la caída de Saddam Hussein. Trump es consciente asimismo de que el relanzamiento del proyecto expansionista iraní en la región tuvo su punto de partida en Irak. Con la caída de Bagdad en abril de 2003, los equilibrios de poder en la región se alteraron profundamente. Con la caída de Irak, Siria cayó por completo en manos de Irán, y también el Líbano, donde la «República Islámica» asesinó a Rafic Hariri hace veintiún años tras considerar que constituía un obstáculo para la expansión iraní, basada esencialmente en la instrumentalización de los instintos sectarios y en la sustitución de las instituciones del Estado por milicias afiliadas a la «Guardia Revolucionaria» en uno u otro país árabe. El rey Abdalá II había advertido de los peligros de entregar Irak a Irán incluso antes del asesinato de Rafic Hariri en febrero de 2005. En octubre de 2004 habló del «Creciente chií» en su sentido político, como un creciente persa que se extendía desde Teherán hasta Beirut pasando por Bagdad y Damasco. El monarca jordano hizo estas declaraciones en una entrevista concedida al diario estadounidense The Washington Post. Sus palabras revelaban su visión de largo alcance y su lúcida comprensión de las consecuencias que acarrearía la toma de Irak por parte de Irán. Desde su entrada en la Casa Blanca en enero de 2016, Trump centró su atención en el peligro iraní. Rompió el acuerdo sobre el programa nuclear iraní alcanzado en 2015 por la administración de Barack Obama. Ello ocurrió en mayo de 2018. En los primeros días de 2020, Estados Unidos eliminó a Qassem Soleimani, comandante de la «Fuerza Quds», punta de lanza del proyecto expansionista iraní. La operación tuvo lugar poco después de que Soleimani abandonara el aeropuerto de Bagdad, al que había llegado desde Beirut vía Damasco, aeropuerto que constituía un punto seguro para la «República Islámica». La eliminación de Soleimani marcó un punto de inflexión regional decisivo. Nada lo ilustra mejor que la apariencia de Hasan Nasrallah, el fallecido secretario general de «Hezbolá», al referirse a la personalidad de Soleimani y a la naturaleza de la relación que los unía en todos los ámbitos, incluida la coordinación entre Irán y el partido en Líbano, Siria, Irak, Yemen y en más de un Estado del Golfo. Trump regresó a la Casa Blanca hace aproximadamente un año y un mes. Volvió en circunstancias nuevas, en las que Irán se ha debilitado y su proyecto expansionista ha sufrido reveses tras perder todas las guerras libradas al margen de la guerra de Gaza. Desde esta perspectiva, resulta más que natural continuar la campaña contra Irán comenzando por Irak, al que ya no se le puede permitir seguir siendo un terreno de juego de la «Guardia Revolucionaria», como lo fueron Líbano y Siria antes del asesinato de Hasan Nasrallah en los suburbios del sur de Beirut y antes de la huida de Bashar al-Asad a Moscú. No es importante internarse en los laberintos relativos a la personalidad de Nouri al-Maliki ni tratar de medir el grado de influencia iraní sobre él. Para Trump, lo esencial es la salida de Irán de Irak. No es normal que Estados Unidos permanezca atrapado en la trampa iraní. Al fin y al cabo, Irak está gobernado desde 2003 por personas que regresaron a Bagdad sobre tanques estadounidenses. Donald Trump rechaza esta ingratitud con la que fue recibida la guerra estadounidense en Irak hace veintitrés años. Ahora, después de que la administración Trump haya colocado a Irán ante la disyuntiva de la rendición o la exposición a un amplio ataque por mar y aire, parece lógico que Trump busque recuperar Irak si realmente se pretende poner fin al proyecto expansionista iraní.

Las líneas generales de una posible política marítima en el Líbano (2)

¿Qué política marítima podría, o debería, impulsar Líbano como parte de sus esfuerzos de desarrollo? ¿Y qué papel podría desempeñar la Unión por el Mediterráneo (UpM), que sucedió a la Asociación Euromediterránea iniciada en Barcelona, en este contexto? En esencia, la Unión por el Mediterráneo ha adoptado un enfoque “terrestre”. Ya sea a través de la cooperación política y de seguridad orientada a establecer un espacio común de paz y estabilidad, la colaboración económica y financiera para construir una zona de prosperidad compartida, o las iniciativas culturales y sociales destinadas a fomentar el entendimiento entre culturas y el intercambio entre sociedades civiles. El objetivo final sigue siendo la creación de un espacio de prosperidad compartida dentro de una Zona de Libre Comercio Euromediterránea. Todo ello se articula en torno al territorio. Sin embargo, el Mediterráneo es un mar rodeado de tierras, no territorios separados por el mar. ¿Qué proyectos marítimos podrían integrarse en este proceso? Tres criterios serán decisivos para seleccionar y priorizar los ejes temáticos relevantes: – El país debe poder avanzar hacia la fase de implementación sin obstáculos que frenen el impulso propuesto. – Priorizar sectores capaces de generar un gran número de empleos y ofrecer oportunidades reales de crecimiento y progreso, promoviendo así la movilidad social. – Priorizar proyectos en función de las necesidades más urgentes, al tiempo que se fomenta el diálogo y la cooperación con los Estados socios. Misiones y proyectos Más allá de las funciones portuarias y comerciales, las responsabilidades marítimas de un Estado abarcan un conjunto de capacidades soberanas y de seguridad: vigilancia del espacio marítimo, protección de la Zona Económica Exclusiva (ZEE), lucha contra el tráfico ilícito, realización de operaciones de búsqueda y rescate en el mar, y prevención de la contaminación. Estas misiones son estratégicas para la soberanía nacional, la estabilidad económica y la protección de la población. 1 - Protección de la ZEE : La Zona Económica Exclusiva del Líbano abarca aproximadamente 22,700 km². Los acuerdos de delimitación marítima con Israel (2022) y Chipre han clarificado el marco jurídico, un requisito previo para una vigilancia eficaz. El control de la ZEE debe ser efectivo y continuo. 2 - Vigilancia y control de las zonas costeras : Los 225 km de costa libanesa incluyen puertos comerciales y pesqueros, zonas urbanas densamente pobladas e instalaciones industriales y energéticas sensibles. El control costero es, por tanto, una exigencia tanto de seguridad como de protección civil. 3 - Lucha contra el tráfico marítimo ilícito : El Estado es responsable de combatir el contrabando de mercancías, el tráfico de drogas y armas, y la migración marítima irregular. 4 - Rescate marítimo y seguridad de la navegación : Dentro de su área de responsabilidad, Líbano realiza operaciones de búsqueda y rescate (SAR) en el mar, principalmente a través de la Marina libanesa y la Defensa Civil. Esto exige una coordinación estrecha entre la Marina, las autoridades portuarias y los servicios de emergencia. También debería crearse un centro marítimo SAR plenamente operativo, conforme a los estándares internacionales. 5 - La contaminación marítima es principalmente de origen terrestre : vertido de aguas residuales sin tratamiento, rellenos sanitarios costeros, escorrentía urbana, contaminación industrial y derrames accidentales de hidrocarburos en los puertos. El posible desarrollo de recursos de gas en alta mar hace indispensable reforzar los planes de emergencia contra la contaminación, fortalecer las medidas preventivas en tierra y garantizar una coordinación estrecha entre actores civiles y militares. 6 - Formación en profesiones marítimas : Es un componente vital de las capacidades marítimas nacionales. Determina la seguridad de la navegación, la eficiencia de las operaciones portuarias y logísticas, la credibilidad del Estado en el cumplimiento de sus misiones soberanas y el crecimiento futuro de la economía azul y de las actividades en alta mar. También es una fuente de integración intercomunitaria y creación de empleo. Marco estratégico – Establecer un sistema nacional de vigilancia marítima (ZEE y litoral). – Reforzar las capacidades de patrullaje en alta mar y los medios aéreos. – Crear un centro nacional de coordinación SAR marítimo conforme a los estándares internacionales. – Construir una capacidad nacional estructurada y sostenible de respuesta ante la contaminación. – Establecer un Instituto de profesiones marítimas que integre a actores civiles y militares. – Hacer del mar un pilar central de la estrategia de soberanía nacional y del plan de recuperación económica. Prioridades por definir Dentro de este marco general de política marítima, el Estado debe fijar prioridades claras y concretas: 1 - Establecer una gobernanza marítima nacional que garantice la coordinación continua y efectiva entre todos los actores marítimos civiles y militares. 2 - Implementar un sistema nacional de vigilancia marítima (ZEE y litoral) que asegure la soberanía efectiva del Estado sobre su dominio marítimo. 3 - Intensificar la lucha contra el tráfico marítimo y el crimen transnacional, reduciendo las pérdidas económicas y los riesgos de seguridad asociados a estas actividades. 4 - Desarrollar una capacidad nacional de búsqueda y rescate (SAR) en el mar, protegiendo vidas humanas y cumpliendo las obligaciones internacionales del Líbano. 5 - Construir una capacidad nacional para combatir la contaminación marítima, previniendo y gestionando la contaminación, especialmente ante un eventual desarrollo offshore. 6 - Crear un Instituto Libanés de profesiones marítimas y garantizar la disponibilidad de competencias marítimas esenciales. 7 - Colocar el mar en el centro de la estrategia nacional de recuperación económica y convertir el dominio marítimo en un motor de desarrollo sostenible. Un proyecto marítimo de este tipo, ya parcialmente en marcha en el Líbano, se alinea plenamente con las prioridades de los socios internacionales: garantizar la seguridad y estabilidad regional en el Mediterráneo Oriental; combatir el tráfico transnacional y el crimen organizado; proteger vidas humanas en el mar; y salvaguardar el entorno marino. Concebido como un programa de cooperación civil y de seguridad, conforme al derecho internacional y a los compromisos multilaterales del Líbano, adopta un enfoque que integra gobernanza, capacidades operativas, formación, desarrollo sostenible, creación de empleo e integración comunitaria. Una estrategia marítima libanesa de este tipo debería poder avanzar en paralelo con la necesaria revitalización de la Unión por el Mediterráneo. Artículo relacionado: Un futuro marítimo para el Líbano? (1)

“Dos Libias” y una soberanía esquiva (3/5)
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

Desde la Primavera Árabe de 2011, Libia no atraviesa una transición inconclusa, sino que se ha instalado en un estado duradero de disolución política. Lejos de abrir el camino a la reconstrucción, la desaparición brutal del régimen de Muammar Gaddafi desencadenó una larga secuencia de fragmentación. En ella, la violencia armada sustituyó progresivamente al Estado como principio organizador del poder, como ocurrió en Sudán. Esta serie propone una lectura estructural de la guerra libia como un sistema estabilizado y coherente en sí mismo, inserto en rivalidades regionales e internacionales, y hoy capaz de eliminar cualquier alternativa política que no se ajuste a su lógica. La noción de “dos Libias” aparece con frecuencia en los análisis del caso libio, como metáfora de la fragmentación territorial del país. Sin embargo, la fórmula es engañosamente imprecisa, ya que sugiere una división política aparentemente clara, casi simétrica, entre un Occidente dominado por Trípoli y un Oriente estructurado en torno a Bengasi. Esta representación, no obstante, simplifica peligrosamente una realidad mucho más inquietante: Libia no está dividida entre dos soberanías en competencia, sino despojada de soberanía por completo. Las instituciones que dicen encarnarla no gobiernan en la práctica. Sobreviven por delegación, bajo protección armada, en un estado de dependencia constante de fuerzas que les son externas o que ejercen autoridad sobre ellas. En el oeste, el Gobierno de Unidad Nacional, encabezado por el primer ministro Abdul Hamid Dbeibeh y reconocido por la comunidad internacional, existe dentro de una suerte de ficción jurídica permanente. Goza de reconocimiento diplomático, acceso formal a los activos libios en el exterior y un asiento en las Naciones Unidas. Pero ese reconocimiento no le otorga ninguna capacidad real para imponer decisiones en el territorio que, en teoría, gobierna. En Trípoli, gobernar significa negociar sin descanso con grupos armados que controlan barrios, carreteras e instituciones clave. El Ejecutivo no decide nada. Sobrevive interpretando a Sherezade, negociando su propia prórroga día a día, operando a través de una coalición laxa de actores civiles y armados que siguen siendo autónomos sobre el terreno: las Fuerzas Especiales de Disuasión, de orientación salafista; el Aparato de Apoyo a la Estabilidad, estructurado en torno a líderes de milicias locales; las facciones de Misrata; las Brigadas de Trípoli; entre otros. Esta negociación permanente ha reducido al Estado a una cáscara vacía y procedimental. Los ministerios funcionan de manera intermitente. Las políticas públicas existen, en su mayoría, solo sobre el papel. Los presupuestos son absorbidos por mecanismos informales de redistribución destinados a preservar equilibrios armados frágiles. El Banco Central, a menudo presentado como el último pilar del país, se ha convertido también en objeto de disputas por su control y de presiones cruzadas. En el este, un orden relativo En el este, la soberanía tampoco es más sólida, pese a la apariencia de jerarquía militar. La autoridad de Khalifa Haftar se apoya en un mosaico de lealtades tribales, estructuras de seguridad y apoyos externos. Impone un cierto orden, pero un orden militar, no institucional. No descansa en una administración autónoma, sino en una cadena de mando y en una economía de guerra. La pretensión de soberanía allí tropieza con una contradicción fundamental: ¿cómo puede ejercer plena soberanía un poder tan estructuralmente dependiente de padrinos externos para su supervivencia? Las decisiones estratégicas, en materia de guerra, economía o diplomacia, están invariablemente moldeadas por las expectativas y las líneas rojas de sus respaldos regionales e internacionales. El este de Libia no gobierna realmente. En el mejor de los casos, gestiona su dependencia. Como era previsible, la coexistencia de estos dos polos no produce ningún equilibrio estabilizador. Por el contrario, genera un sistema de obstrucción mutua y de desorden contenido, aunque persistente, más agudo porque ninguno de los dos bandos es lo suficientemente fuerte como para imponer una unificación duradera, ni lo bastante débil como para ser marginado. Libia se instala así en una configuración en la que la división se vuelve funcional, permite a los actores locales conservar sus posiciones y a los actores externos proyectar influencia sin asumir el costo de una verdadera reconstrucción del Estado. El petróleo, motor de la fragmentación Esta ausencia de soberanía real se hace aún más evidente en la gestión de los recursos. En lugar de fomentar la cohesión nacional, el petróleo se ha convertido en uno de los principales motores de la fragmentación. Terminales, campos y oleoductos son controlados o bloqueados según cálculos locales, y la producción puede detenerse en cualquier momento como palanca política. En cuanto a los ingresos, cuando circulan, sirven para sostener redes de clientelismo más que cualquier proyecto nacional. La paradoja libia es que el país posee recursos suficientes para financiar su propia reconstrucción, pero sigue siendo estructuralmente incapaz de convertirlos en soberanía. En este esquema, la renta no fortalece al Estado; de manera paradójica, perpetúa su dispersión, una dinámica reforzada por la propia arquitectura institucional. Los gobiernos se suceden, los acuerdos se acumulan, los procesos de diálogo se multiplican, cada uno presentado como un paso decisivo hacia la reunificación, pero en la práctica ninguno altera la correlación de fuerzas sobre el terreno. Las instituciones libias no son más que puntos de tránsito fantasmales y vacíos, donde las promesas hechas por todos los bandos nunca se cumplen. En este paisaje de desolación, la propia noción de legitimidad ha perdido todo sentido operativo. La legitimidad electoral se invoca solo para ser neutralizada; la legitimidad revolucionaria está agotada; la legitimidad basada en la seguridad es impugnada. Lo que queda, en la práctica, son reclamos parciales, locales y provisionales de autoridad, anclados sobre todo en capacidades de coerción. Su correlato, la soberanía, entendida como la capacidad de decidir y obligar dentro de un territorio, se disuelve en esta proliferación de fuentes de poder en competencia. En Libia, la autoridad ya no se articula: se fragmenta, se negocia y resiste, pero rara vez gobierna. Un estancamiento enquistado La fragmentación territorial no está congelada. Es fluida, adaptable, quizá incluso reversible a corto plazo, pero, como la dinámica general, persistente en su lógica. Las zonas pasan de una autoridad a otra sin alterar la estructura global del conflicto. Las ciudades cambian de manos, las alianzas se reconfiguran, pero la ausencia de un centro unificador sigue siendo la constante. Es precisamente esta fluidez la que hace que la situación libia sea tan resistente a los intentos de resolución. No existe una línea de frente estable sobre la cual pueda imponerse un alto el fuego duradero, ni un solo actor capaz de arrastrar a todo el país a un proceso político vinculante. Cada iniciativa choca con una realidad simple: nadie puede comprometer a todos, y todos pueden bloquear a cualquiera. Por su puesto, a los actores externos se les acusa de alimentar la división. Pero en realidad solo explotan una configuración ya existente, apoyando a un bando y luego a otro, ajustando su nivel de implicación, sin intentar seriamente restaurar una soberanía que consideran irrealista a corto plazo. Libia se convierte así en un espacio que hay que gestionar y, en efecto, en otra herida abierta en esta región de África. En cuanto a las soluciones… La población civil queda atrapada en una doble trampa. Por un lado, depende de instituciones débiles para los servicios esenciales. Por otro lado, vive bajo la presión constante de los grupos armados. En un contexto donde la política se ha marchitado como horizonte colectivo, no sorprende que el exilio se convierta en una estrategia personal de supervivencia. Hablar de “dos Libias” es perder por completo el punto central. Una descripción más precisa sería la de un país administrado por partes, donde el Estado es poco más que cartón, la soberanía una pretensión vacía y la guerra una maldición inexorable. No se trata de una situación temporal ni accidental, sino del producto de una década de compromisos, arreglos improvisados y cálculos racionales mal orientados. Mientras esta arquitectura no sea cuestionada, cualquier reunificación será puramente formal. Libia podrá cambiar de gobierno, firmar nuevos acuerdos o convocar otra conferencia más, pero no recuperará una soberanía real mientras la violencia siga siendo la puerta de entrada al poder y la dependencia de actores externos su principal modo de funcionamiento. Próximo artículo: Libia como una herida regional abierta Artículos relacionados: – 2011, Libia en la era post-estatal (1/5) – El conflicto libio: una «milicianización» a ultranza de lo político (2/5)

¿Puede la ia tomar el control de nuestro mundo?
Por
Jacques Mechelany
Publicado

El Monopolio de la inteligencia ha terminado. Durante la mayor parte de la historia humana, una hipótesis permaneció indiscutible: la inteligencia nos pertenecía exclusivamente. Éramos la única especie capaz de razonamiento abstracto, acumulación científica, ascenso tecnológico y organización política. La inteligencia era nuestro monopolio — y, por lo tanto, nuestro poder. Este monopolio ha llegado a su fin. Los sistemas de inteligencia artificial ya superan a los humanos en reconocimiento de patrones, generación de código a gran escala, replicación de proteínas, modelado predictivo y, cada vez más, formulación de hipótesis científicas. Campo tras campo, el techo de la cognición humana ya no es la frontera última. No se trata simplemente de un punto de inflexión tecnológico. Se trata de un punto de inflexión civilizacional. La verdadera pregunta no es si la IA se volverá más eficiente que el ser humano en ciertas tareas. Eso ya es un hecho. La verdadera pregunta es si el control, la autonomía y la autoridad estratégica migrarán progresivamente de los humanos a los sistemas — no por rebelión, sino por delegación. La «singularidad» de la IA podría ocurrir este año Una de las metáforas más llamativas propuestas por algunos investigadores de IA es la siguiente: imaginen la aparición repentina de un «país de genios» — decenas de millones de mentes más brillantes que cualquier premio Nobel o estratega militar. Cualquier servicio de inteligencia consideraría un evento así como la mayor ruptura de seguridad nacional del siglo. Eliminemos ahora la metáfora. Reemplacemos a estos individuos por código. Los sistemas de IA son escalables, replicables e interconectados. No duermen. No se cansan. Operan a la velocidad de las máquinas. Y están simultáneamente integrados en finanzas, logística, laboratorios de investigación, sistemas de vigilancia y operaciones militares. Algunos desarrolladores ya hablan de una «singularidad de la IA», sugiriendo que podrían cruzarse umbrales decisivos este mismo año. Estas afirmaciones deben abordarse con cautela. Las predicciones de superinteligencia inminente a menudo han resultado ser prematuras. Pero la señal es importante. La velocidad de progresión de las capacidades alcanza un nivel en el que las implicaciones geopolíticas y civilizacionales ya no pueden considerarse puramente especulativas. Del instrumento a la infraestructura Los primeros sistemas de IA generativa eran esencialmente conversacionales. Redactaban correos electrónicos, resumían informes y producían contenido. El verdadero punto de inflexión ocurrió cuando la IA comenzó a escribir código ejecutable de principio a fin. El código es una infraestructura. Los mercados financieros funcionan gracias al código. Las redes eléctricas funcionan gracias al código. La agricultura funciona gracias al código. Los sistemas de armamento funcionan gracias al código. A medida que la IA diseña, prueba y despliega este software de manera autónoma, deja de ser una simple herramienta para convertirse en una capa operativa de la civilización misma. Los humanos pasan del estatus de autores al de supervisores. Con el tiempo, la experiencia se erosiona. La dependencia aumenta. No se trata de una conquista. Se trata de una externalización voluntaria. El temor: los robots controlan a los humanos La cultura popular imagina robots humanoides rebelándose contra la humanidad. Este escenario es espectacular — pero ¿podría realmente ocurrir? Hoy en día, la agricultura moderna depende del software. Los sistemas de compensación financiera dependen del software. La distribución energética depende del software. La producción farmacéutica depende del software. Un control físico total de la IA a gran escala requeriría un dominio integrado y coordinado de toda la cadena. Su realización a corto plazo es dudosa. El riesgo más inmediato es el de la fragilidad sistémica. Nuestra civilización ya está hiperoptimizada. Las cadenas de suministro están diseñadas para la eficiencia, no para la resiliencia. Las infraestructuras críticas están interconectadas digitalmente. La automatización reduce las redundancias. Si el código generado por la IA se vuelve dominante en estos sistemas — y la experiencia humana disminuye — la sociedad se vuelve estructuralmente vulnerable. Un mal funcionamiento importante, ya sea malintencionado o accidental, podría propagarse rápidamente. Esto no es ciencia ficción. Es un problema de ingeniería de sistemas: la sobreoptimización engendra fragilidad. La historia demuestra que los sistemas altamente eficientes a menudo colapsan bajo estrés. Cuanto más la civilización retira al humano del bucle en nombre de la productividad, más difícil resulta recuperarse en caso de fallo. Cuando la IA acelera la optimización en todos los ámbitos simultáneamente, la resiliencia disminuye. El peligro no es que las máquinas nos odien. El peligro es que los sistemas se vuelvan demasiado eficientes para fallar sin provocar un colapso. El riesgo catastrófico más creíble: biología + IA El riesgo existencial a corto plazo más serio no es un ejército de robots. Es la automatización biológica. Los sistemas de IA ya predicen la estructura de las proteínas, modelan mutaciones virales, optimizan el diseño molecular y dirigen laboratorios robotizados. Los llamados sistemas de «científicos de IA» en bucle cerrado, donde los modelos diseñan experimentos que los robots ejecutan, progresan rápidamente. El potencial es inmenso: vacunas más rápidas, tratamientos menos costosos, avances terapéuticos. Pero las barreras de protección disminuyen. A diferencia de las armas nucleares, los patógenos modificados no requieren infraestructuras industriales masivas. Requieren conocimiento y herramientas. La IA acelera ambos. El escenario de catástrofe más plausible es que un actor humano, amplificado por la IA, diseñe, fabrique y libere un agente patógeno más contagioso y letal que los virus naturales. La experiencia de la propagación del COVID da una idea de los riesgos. Este riesgo es reconocido en los círculos de bioseguridad. Su probabilidad sigue siendo baja en teoría, pero ¿estamos realmente todavía en control de la IA? El impacto potencial sería inmenso y la presión económica a favor de la automatización biológica sigue intensificándose. La carrera armamentista de la IA El desarrollo de la IA se inscribe en un contexto de rivalidad geopolítica. Estados Unidos, China, Europa, Corea se disputan el dominio de los semiconductores, los grandes modelos, los sistemas autónomos y la integración militar. Rusia e Irán desarrollan capacidades asimétricas. Europa busca autonomía estratégica. En un entorno así, la lentitud se percibe como una debilidad. Empresas tecnológicas orientadas a la defensa, como Palantir, dirigida por Alex Karp, afirman abiertamente que la única manera de prevenir los abusos de la IA es desplegarla más rápidamente que los adversarios. La lógica recuerda a la disuasión nuclear de la Guerra Fría — con una diferencia importante. Las armas nucleares eran centralizadas y lentas. Las armas basadas en IA son distribuidas y rápidas. La disuasión se desliza de la destrucción mutua asegurada hacia una perturbación mutua asegurada — sabotaje cibernético, ataque automatizado, interferencia de infraestructuras, desestabilización financiera. Los ciclos de toma de decisiones se contraen. Cuando los sistemas operan a la velocidad de las máquinas, los líderes humanos temen más ser superados que equivocarse. Ucrania: la guerra al ritmo de las máquinas La guerra en Ucrania ilustra esta transformación. Los drones, el apuntado asistido por IA y la fusión de datos en tiempo real aceleran el ritmo operativo. El cambio más decisivo es la velocidad. Detectar. Clasificar. Decidir. Atacar. A medida que este ciclo se comprime, el control humano pasa de la dirección a la supervisión. Los riesgos de escalada aumentan, ya que la decisión política no puede competir con el ritmo algorítmico. El campo de batalla se convierte en un laboratorio de software. La guerra se vuelve iterativa y basada en datos. La precisión aumenta — pero también la fragilidad. El Levante y el Medio Oriente Para el Medio Oriente, la IA no es teórica. La región ya evoluciona en un entorno moldeado por drones, operaciones cibernéticas y modelos de seguridad fuertemente vigilados. Estados como Israel disponen de capacidades avanzadas en IA militar. Han demostrado su eficacia en sus estrategias de decapitación contra Hezbolá en Líbano, rastreando y atacando a individuos mediante la vigilancia con drones, el análisis de teléfonos móviles y el estudio minucioso de su entorno. Irán invierte en herramientas asimétricas y cibernéticas. Los Estados del Golfo invierten masivamente en infraestructura digital y gobernanza inteligente. Pero el éxito a largo plazo depende de dos factores: La soberanía de los datos — ¿Quién controla la infraestructura de los datos? La independencia tecnológica — ¿Los Estados regionales dependerán enteramente de plataformas estadounidenses, rusas o chinas? En un mundo donde las capacidades de IA se concentran, los Estados sin competencias indígenas corren el riesgo de volverse digitalmente dependientes. La autonomía estratégica del siglo XXI se medirá no solo en reservas energéticas o en potencia militar, sino en capacidad de cálculo, gobernanza de datos y experiencia algorítmica. La Gobernanza en la era de los algoritmos La IA también transforma la gobernanza interna. Se están desplegando sistemas para el control de fronteras, la detección de fraudes, la policía predictiva, la administración tributaria y la vigilancia. Estas aplicaciones prometen eficiencia y seguridad. También centralizan la autoridad y reducen la transparencia. En las democracias liberales, la legitimidad se basa en la explicabilidad y la responsabilidad. La gobernanza algorítmica pone a prueba estos principios. En países como China, el reconocimiento facial y la IA permiten una vigilancia permanente de los ciudadanos. No se trata de una tiranía diseñada intencionalmente, se trata de una concentración por defecto. La eficiencia informática tiene consecuencias políticas. ¿Desposesión en lugar de extinción? El escenario más probable no es la extinción de la humanidad. Es la desposesión. La IA podría impulsar el descubrimiento científico, optimizar las economías, gestionar la logística e influir cada vez más en las decisiones militares y políticas. Los humanos seguirían presentes — pero no tan centrales. La democracia supone una capacidad de acción humana informada. Cuando las decisiones migran a sistemas demasiado complejos para ser comprendidos públicamente, la legitimidad se erosiona. El peligro es que esta transición ocurra más rápido de lo que los humanos y las naciones están preparados para aceptar. Esto también plantea la cuestión de si los conceptos tradicionales de soberanía — territorio, pueblo y gobernanza — siguen siendo suficientes en la era del poder algorítmico. Detener el desarrollo de la IA no es ni realista ni deseable. Un control selectivo constituye probablemente la única vía viable: • Supervisión humana obligatoria en investigación biológica • Sistemas de respaldo no automatizados para infraestructuras críticas • Controles aislados («air-gapped») para servicios esenciales • Normas internacionales sobre armas autónomas • Fortalecimiento de los marcos de ciberseguridad y bioseguridad Sin embargo, los chatbots ya han demostrado su capacidad para eludir ciertos mecanismos de vigilancia diseñados para controlar su actividad y para interactuar con otros sistemas de manera imprevista por sus diseñadores. Una aceleración descontrolada y autónoma constituye un riesgo real. Conclusión: ¿La pérdida del control? La IA no se despertará una mañana declarando la guerra a la humanidad. Pero la competencia económica, la rivalidad geopolítica y la inercia institucional podrían llevarnos — paso a paso — a delegar una autoridad que ya no sabríamos cómo recuperar. El control podría no ser tomado voluntariamente por la IA. Podría ser simplemente abandonado por la Humanidad. Por primera vez en su historia, la Humanidad se enfrenta a una inteligencia no limitada por la biología. Ya no somos los agentes más inteligentes del sistema. La pregunta es si seguiremos siendo los más sabios.

El conflicto libio: una «milicianización» a ultranza de lo político (2/5)

Desde la Primavera Árabe de 2011, Libia no atraviesa una transición inacabada cualquiera, sino que se ha instalado en un estado duradero de disolución política. Lejos de abrir el camino a un proceso de reconstrucción, la desaparición brutal del régimen de Muamar Gadafi, por el contrario, desencadenó una larga secuencia de fragmentación, donde la violencia armada ha reemplazado progresivamente al Estado como principio de organización del poder, como en Sudán. Esta serie propone una lectura estructural de la guerra libia como un sistema estabilizado y coherente en sí mismo, inserto en rivalidades regionales e internacionales, y ahora capaz de eliminar cualquier alternativa política que no se inscriba en su lógica. Considerar la milicianización de Libia como el resultado de una ruptura accidental en el periodo posterior a 2011 es, como mínimo, un punto de partida arriesgado. El proceso de normalización de las milicias se ha convertido en una suerte de lógica estructurante del “sistema” pos-Gaddafi. Desde el momento en que el Estado colapsó sin un mecanismo de sucesión, la violencia armada dejó de ser solo una herramienta más y pasó, gradualmente, a consolidarse como la fuerza motriz central de la política. Y este giro, lejos de producirse por una ruptura súbita, se impuso de manera insidiosa, mediante desplazamientos sucesivos, al ritmo de compromisos tácticos presentados como temporales pero que, en los hechos, se volvieron irreversibles. Tras la caída de Muamar Gaddafi, las brigadas revolucionarias fueron percibidas inicialmente como fuerzas de seguridad transitorias, encargadas de llenar un vacío mientras se reconstituían las instituciones nacionales. Pero esta ficción de una “transición armada” se sostenía en la premisa errónea de que la violencia desaparecería una vez cumplida su función inicial. Nada más lejos de la realidad. La violencia no fue simplemente instrumentalizada por la esfera política; lenta e inexorablemente, la reemplazó. Así, las milicias nunca fueron desmovilizadas. Y con razón: ninguna autoridad era capaz de someterlas. Pronto comprendieron que su existencia no dependía ni de la legalidad ni del reconocimiento internacional, sino de su capacidad para controlar territorios, infraestructuras y flujos de personas y mercancías. Esto se hizo, por supuesto, mediante el control militar, pero también a través de palancas económicas, sociales y, en ocasiones, incluso simbólicas. La autoridad de una milicia sobre un territorio ya sea un barrio, un puerto, un ministerio o un banco, es intrínsecamente perniciosa, porque vuelve imposible cualquier forma de gobernanza sin su mediación. Este proceso transformó profundamente la naturaleza del poder. La pregunta ya no es quién gobierna. El poder se ha vuelto sinónimo de obstrucción y sabotaje, en la medida en que busca impedir que otros gobiernen sin su consentimiento. En este sentido, la política se ha reducido a un juego de vetos armados, donde cada actor relevante posee la capacidad suficiente para bloquear cualquier intento de centralización de la autoridad. «Emprendedores políticos» La consecuencia directa de esta configuración ha sido la desvalorización de las instituciones. Los gobiernos sucesivos, ya sea con sede en Trípoli o en otras ciudades, dejaron de ser evaluados por su capacidad de gobernar y pasaron a ser juzgados por su habilidad para negociar con los grupos armados dominantes. El presupuesto estatal se convirtió en un instrumento de cooptación, los cargos ministeriales en fichas de negociación, y la legitimidad se erosionó frente a las realidades brutales de las relaciones de fuerza. Así, las milicias dejaron de ser actores periféricos y se transformaron, en cierto sentido, en “emprendedores políticos”, que desarrollan estrategias racionales, invierten en alianzas y diversifican sus fuentes de ingreso. El control de rutas migratorias, el tráfico, las instalaciones petroleras y los mercados públicos constituye hoy la “esencia” económica de la política libia, construida sobre los restos de un Estado vaciado de recursos y reducido a una ficción jurídica, una “vaca lechera” y un simple pretexto para legitimar relaciones paraestatales con el exterior. Manual puro de milicianismo, en otras palabras. Las milicias no tienen, por tanto, ningún interés en reconstruir plenamente el aparato estatal, ya que un Estado funcional reintroduciría reglas, jerarquías y previsibilidad. Es decir, sentido. Derecho. Por el contrario, un Estado débil, fragmentado y permanentemente negociable maximiza su margen de maniobra. Una bendición para ellas. Gestionar un equilibrio inestable En medio de este orden miliciano instaurado a través del desorden, gobernar en Libia equivale hoy a gestionar un equilibrio precario entre grupos armados rivales, cada uno capaz de inclinar la balanza mediante escaladas selectivas. Es bajo esta lógica que debe explicarse la emergencia de figuras militares cuyo leitmotiv es, supuestamente, “restaurar el orden”. Khalifa Haftar es la expresión más clara de los excesos generados por el caos. Su ascenso se sostiene por completo en la promesa de una pseudo-verticalidad restaurada. Sin embargo, esta promesa se apoya en los mismos mecanismos que dice querer superar: lealtades armadas, apoyos externos, economía de guerra, entre otros. Al no desmontar el sistema de milicias, Haftar busca simplemente centralizarlo bajo su propia autoridad. Este intento fracasa parcialmente porque choca con otras milicias igual de racionales, igual de arraigadas localmente e igual de respaldadas desde el exterior. La guerra de Trípoli de 2019-2020, que no produjo ni un vencedor duradero ni la reconstrucción del Estado, ilustra el callejón sin salida del “enfoque Haftar”, al demostrar el fracaso de la fuerza militar como instrumento para reconstruir el orden político. El enfoque basado en milicias también tiene un impacto social profundo: redefine jerarquías locales, valoriza la capacidad de ejercer violencia y margina a las élites civiles. Los actores políticos desarmados quedan relegados al papel de mediadores secundarios o figuras simbólicas, y su margen de acción depende por completo de su capacidad de apoyarse en una fuerza armada, incluso a costa de concesiones mayores. En un paisaje tan desolado, la población civil se convierte en una variable de ajuste. Los periodos de calma no corresponden a procesos de pacificación, sino a equilibrios temporales entre grupos armados. La guerra nunca está lejos: está suspendida, no resuelta, y esta suspensión permanente produce una forma de normalización de la violencia, que se vuelve previsible, integrada en los cálculos y aceptada como un horizonte insuperable. El único horizonte de la guerra es la guerra, la guerra y más guerra. Una variable de ajuste La milicianización de la política libia no es una patología pasajera, sino el resultado lógico de una secuencia histórica específica: la destrucción del Estado sin sucesión, seguida de una delegación implícita de la coerción a actores locales. Una vez cruzado este umbral, revertir el proceso se vuelve extremadamente costoso. Desarmar a una milicia no significa simplemente quitarle las armas. El ejemplo actual de Hezbolá en el Líbano es la prueba más contundente. También implica despojarla de su rol, de sus ingresos, de su estatus social y, en algunos casos, incluso de su identidad. Esto explica por qué fracasan todos los intentos de reintegración, desarme o reforma del sector seguridad. La proliferación de milicias ya no es un problema técnico, porque se ha convertido en una realidad plenamente política. Minimizar su importancia equivale a aplazar indefinidamente la solución y prolongar sin fin la agonía de Libia. El problema no es el exceso de milicias en sentido estricto, sino la ausencia de un orden político capaz de volverlas obsoletas, inútiles y risibles. Y mientras ese orden no sea repensado de manera fundamental, la violencia seguirá siendo el eje del sistema por pura autopreservación.