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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
Lo esencial del día
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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Su Excelencia
Por
Akram Nehmé
Publicado

En el Líbano, el dinero abre casi todas las puertas. Acelera las decisiones, simplifica los trámites, derriba muchas resistencias. Sin embargo, hay una puerta que no puede abrir: la de la dignidad, la del respeto verdadero, ese que no se paga. Él lo sabe, aunque prefiera no admitirlo. Triunfó rápido, muy rápido. Demasiado rápido. Nuevo rico, fortuna llegada antes que el reconocimiento, dinero a veces opaco, a veces francamente sospechoso. A pesar de los bienes, las relaciones y los signos exteriores, vive con un malestar persistente: algo falta. Una legitimidad. Un lugar. La sensación de existir de otro modo que como quien paga. Su herida no empieza en la edad adulta. Empieza mucho antes. Con un padre rebajado, nunca respetado, del que comprende muy pronto que debe alejarse para no terminar en el mismo sitio. Con una familia que conviene ocultar, no por falta de apego, sino porque recuerda un origen considerado descalificador. Muy temprano, algo se instala en segundo plano. Marcas antiguas, jamás borradas. Entonces actúa como si nada hubiera importado. Avanza. Se fabrica una imagen más sólida, más brillante, más aceptable. Comprende pronto que el valor depende del estatus, del nombre, de la posición. No busca ser amado. Busca no volver a ser humillado. Cuando llega el dinero, no cura nada. Protege. Disimula. Sea limpio o sospechoso, poco importa, mientras le permita imponerse y silenciar las dudas. El éxito se convierte en una estrategia de supervivencia. Pero cuando el dinero ya no basta para producir respeto, se impone otra solución: convertirse en diputado. Aquí, el mandato no es un servicio. Es una protección. En un Estado que no protege a nadie, el escaño se convierte en garantía personal, en inmunidad de hecho, en una forma de transformar una fortuna cuestionada en autoridad oficial. Está dispuesto a pagar. Muy caro. Durante la campaña, repite las palabras esperadas. Proyectos. Leyes. Futuro. Reconstrucción. Sabe que todo eso no es más que un trámite obligatorio. Lo que importa es ponerse a salvo. Existir, por fin, aunque sea a través del miedo. Compra votos. La miseria hace el resto. Cuando se tiene hambre, el voto se vende. Él lo sabe y se aprovecha. Lo llama ayuda. En realidad, es corrupción simple: dinero a cambio de silencio, pobreza a cambio de poder. Luego llega la elección. El título. El traje. Y el vacío. Nada se repara. A los ojos de los demás, sigue siendo el que pagó. Y frente a sí mismo, sigue siendo el que siempre fue. Había buscado respeto. Obtiene que lo llamen “Su Excelencia”. Y lo más obsceno no es la mentira, ni el fracaso, ni el vacío. Lo más obsceno es que eso le basta.

¡Solo Trump puede salvar el régimen iraní!
Por
Youssef Mouawad
Publicado

Si creemos los rumores, no habrá nada grave que reportar en las próximas semanas. Porque, si nos fiamos de las declaraciones de Abbas Araghtchi, Teherán y Washington habrían llegado, durante sus conversaciones en Ginebra, a un amplio acuerdo sobre un conjunto de «principios rectores, sobre la base de los cuales avanzarán y comenzarán a trabajar en el texto de un posible acuerdo». Mientras tanto, Irán se está reabasteciendo de armas y municiones, lo que no tranquiliza a Israel, quien además exige que las conversaciones actuales excedan el estricto marco nuclear para incluir las dos cuestiones de los misiles y los proxies. Dicho esto, los países árabes del Golfo, que insistieron en que Trump hiciera prevalecer las vías diplomáticas sobre la opción militar, pueden temer que Netanyahu haga el payaso y prenda la mecha. Y si hubiera gato encerrado Mientras reunía una armada amenazante en la región, el presidente estadounidense acudió en auxilio del régimen de los ayatolás, concediéndole una tregua. Lo salvó manteniéndolo a flote, así como lo preservó de la furia de Israel, cuyo brazo vengador ha contenido hasta ahora. Pero, ¿lo seguirá conteniendo después del «viaje de persuasión» que realizó Netanyahu a Washington el pasado 11 de febrero y cuyo objetivo era comunicar las aprensiones israelíes a la Casa Blanca? Donald Trump es más astuto de lo que se cree. Prueba de ello es su intervención imprevista, y para algunos intempestiva, en junio pasado. Recordemos que Israel había desatado el 13 de junio de 2025 un ataque sorpresa contra Irán y que, en la noche del 21 al 22 de ese mismo mes, la Fuerza Aérea y la Armada de EE. UU. habían entrado en acción y bombardeado varios sitios nucleares. Este ataque interrumpiría brutalmente la sexta ronda de negociaciones, que se suponía que se reanudaría entre Irán y Estados Unidos, tres días después del inicio de los combates. Hoy, ¿qué impediría una repetición basada en el mismo escenario? ¿No estamos en vísperas de negociaciones cuyos «principios rectores» se establecieron recientemente en Ginebra? ¿Y no es el momento ideal para atacar a Irán, que cree haber ganado la partida engañando al estadounidense? ¡Sería un poco la respuesta del pastor a la pastora, y Trump es muy capaz de ello! Es no contar con la pusilanimidad Algunos han llegado a tachar la política estadounidense de incoherente. Ben Samuels, corresponsal del diario Haaretz en Washington, todavía no logra explicarse la política de zigzagueo (o de yo-yo) de la Casa Blanca, cuando todo es arbitrario, de humor o de fantasía de un hombre. Sin embargo, J.D. Vance, el vicepresidente estadounidense, no se había abstenido de declarar que Donald Trump «no solía revelar públicamente sus posiciones para preservar su espacio de decisión». Es que Donald Trump es un hombre de negocios que no quiere caer en la trampa de la guerra, donde han caído muchos de sus predecesores. Es también, y no me lo haga decir, un fanfarrón capaz de gesticular pero que se esconde a la hora del enfrentamiento. En una toma de decisiones, entran en juego tanto los intereses de una persona como su carácter. Y si el presidente estadounidense declara que quiere agotar la vía diplomática con Irán antes de cualquier acción militar, es por «failure of nerve and want of courage», es decir, por cobardía y pusilanimidad. Pero en este preciso momento en que dos portaaviones han tomado posiciones en la región, ¡nada está dicho y el diablo siempre puede surgir de la caja!

La descentralización en Líbano: historia, legitimidad y desafíos generales (1/2)

«La primera reforma deberá ser una descentralización inteligente», Jules Payot La descentralización es un modo de organización del Estado que consiste en transferir competencias, responsabilidades y recursos del poder central hacia autoridades locales elegidas, jurídicamente autónomas, con el fin de acercar la toma de decisiones a los ciudadanos y mejorar la eficacia de la acción pública. Permite al Líbano transferir parte de los poderes, competencias y recursos del Estado hacia colectividades territoriales elegidas y autónomas – especialmente las municipalidades y las entidades descentralizadas – manteniendo la unidad del Estado. El objetivo es fortalecer y activar la gobernanza local, la participación ciudadana y el desarrollo equilibrado de las regiones. Según la Sra. Rayanne Assaf, doctora en derecho y encargada de asuntos jurídicos en la presidencia de la República entre 2008 y 2014, «en política, no existe una solución milagrosa». «El cambio se produce progresivamente, paso a paso, y esta realidad es particularmente cierta para los países pluralistas, subraya. Líbano, con su complejo mosaico confesional y político, no dispone, al igual que todos los países pluralistas, de ninguna receta universal ni solución milagrosa capaz de resolver los desequilibrios institucionales o de garantizar la cohesión nacional». Para la Sra. Assaf, quien fue miembro de la comisión especial creada en 2012 por el Primer Ministro con miras a la elaboración del proyecto de ley sobre la descentralización administrativa, «la descentralización constituye un paso esencial en el camino del progreso». «Es una herramienta pragmática para fortalecer el Estado y mejorar la gobernanza y acercar la toma de decisiones a los ciudadanos», precisa. Si se tuviera que hablar de «milagro» en la política libanesa, añade, podría identificarse en la parte del acuerdo de Taif relativa a la descentralización. En un contexto donde los partidos apenas logran ponerse de acuerdo sobre reformas estructurales, alcanzar un compromiso en este punto constituye un acontecimiento histórico. En aquella época, algunas facciones eran favorables a la descentralización, mientras que otras se oponían. A pesar de estas divergencias, se alcanzó un acuerdo, consagrando la descentralización como reforma fundamental. Taif y el bloqueo de la implementación Después del acuerdo de Taif y hasta el mandato del presidente Michel Sleiman, no se adoptó ningún proyecto de ley concreto sobre la descentralización. Los textos disponibles se referían más a la desconcentración que a la descentralización propiamente dicha. La Sra. Assaf insiste en esta distinción: «La desconcentración consiste en representar las administraciones del Estado central en las regiones, sin transferir verdaderos poderes. La descentralización, en cambio, implica consejos elegidos directamente por los ciudadanos, que disponen de competencias propias y de una autonomía administrativa y financiera real». Algunas iniciativas, como el proyecto de ley presentado por el difunto diputado Robert Ghanem, fueron calificadas de descentralización, pero no preveían la elección de los consejos locales. Sin embargo, la ausencia de elecciones va en contra del espíritu mismo de la descentralización. Hoy en día, el Líbano conoce un primer grado de descentralización a través de las municipalidades . Estas entidades disponen de poderes, pero carecen de medios financieros adecuados para ejercerlos plenamente. El ejemplo de algunas de ellas, dotadas de considerables medios financieros, contrasta fuertemente con otras municipalidades menos favorecidas. El papel de la descentralización La descentralización permite crear un verdadero control democrático. Según la Sra. Assaf, «gracias a una descentralización, los ciudadanos están más capacitados para exigir cuentas y controlar la acción pública». La reforma en cuestión también contribuye a identificar mejor las necesidades regionales, a reducir los atascos, crear oportunidades de empleo locales, favorecer el desarrollo regional y mitigar las diferencias políticas. Sin embargo, estos beneficios no pueden materializarse sin una autoridad central fuerte, capaz de garantizar la coherencia y la unidad del Estado. La descentralización no es un medio para fragilizar el Estado, sino una herramienta para fortalecer la gobernanza y mejorar la eficacia de la acción pública. Para la Sra. Assaf, la descentralización podría desempeñar un papel catalizador en la rendición de cuentas a nivel nacional. Cronología de las iniciativas Conforme al acuerdo de Taif, durante el mandato presidencial 2008-2014, a iniciativa del presidente de la República y de acuerdo con el Primer Ministro, se creó en 2012 un comité presidido por el exministro Ziad Baroud para elaborar un proyecto de ley sobre la descentralización. Este comité reunía a expertos y especialistas de diversos ámbitos, ya que la descentralización implica aspectos administrativos, financieros, políticos, culturales, sociales… En 2014, el proyecto final fue avalado por la presidencia. Respeta el acuerdo de Taif y comprende normas avanzadas para la gobernanza local. En 2015, una conferencia de diálogo apoyó el principio de la descentralización. El diputado Samy Gemayel retomó dicho proyecto y lo presentó como propuesta de ley al Parlamento. Desde entonces, el texto es examinado por las comisiones parlamentarias sin ser adoptado. La Sra. Assaf subraya que su aprobación depende de una voluntad política que aún falta. Añade que la descentralización es una reforma de carácter técnico y que sería ilógico, incluso absurdo, vincular su aprobación a la implementación de otras reformas políticas por excelencia, como la creación de un Senado o la abolición del confesionalismo, lo que requerirá años de esfuerzos. Autonomía financiera y equilibrio regional Según la Sra. Assaf, en aplicación del principio 'a transferencia de competencias, transferencia de recursos', la descentralización no puede realizarse sin recursos financieros. El término «descentralización financiera» se emplea a menudo erróneamente en Líbano, explica. Según ella, la descentralización se basa en dos pilares indisociables: la autonomía administrativa y la autonomía financiera. El proyecto preconiza la asignación de recursos financieros en beneficio de los consejos locales elegidos (por ejemplo, una parte del impuesto sobre la renta y del impuesto sobre bienes inmuebles percibidos a nivel del caza…). También prevé la creación de una caja descentralizada, que reemplazará a la actual caja municipal autónoma. Esta nueva caja tiene como objetivo asegurar un desarrollo equilibrado y reducir las desigualdades entre regiones, basándose en los indicadores del estado de desarrollo, la recaudación anual de impuestos, el censo de la población registrada en la colectividad y la superficie del caza. La descentralización permite a los ciudadanos elegir responsables locales capaces de gestionar eficazmente los recursos de su caza. Contribuye a limitar el clientelismo y el feudalismo, al tiempo que instaura una cultura de rendición de cuentas. Cabe destacar que el marco histórico e institucional resalta el hecho de que la descentralización en Líbano es a la vez un imperativo democrático y una palanca de resiliencia institucional. La cronología de las iniciativas revela una voluntad política constante sobre el papel, pero frenada por los intereses partidistas y la falta de consenso. La adopción efectiva de esta reforma sería una prueba importante para la clase política.

Libia como absceso regional de confusión (4/5)
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

La guerra en Libia deja de ser inteligible cuando se la observa únicamente a través de sus actores internos. Desde 2014, y con mayor intensidad a partir de 2019, el conflicto se ha transformado en un escenario de proyección regional, donde las dinámicas locales funcionan como base de estrategias que las superan ampliamente. Libia se ha convertido así en un territorio fragmentado, explotado, utilizado y manipulado desde el exterior como un espacio maleable, desprovisto de soberanía efectiva y, por lo tanto, ideal para guerras por delegación. Ciertamente, la rivalidad entre las potencias regionales no explica por sí sola el colapso libio, pero sí consolida sus contornos, bloquea cualquier salida endógena y transforma cada avance local en una variable de un juego de mayor escala. En esta fase, la guerra ya no enfrenta a libios entre sí, sino a visiones contrapuestas del orden regional, proyectadas sobre un territorio incapaz de absorberlas. Un epicentro de tensiones, como lo fue Siria después de 2011 o, antes, el Líbano entre 1975 y 1990. El primer eje de confrontación opone dos concepciones de la estabilización. Por un lado, un enfoque autoritario, securitario y vertical, respaldado por Egipto y los Emiratos Árabes Unidos. Por el otro, una lógica intervencionista, oportunista y transaccional, impulsada por Turquía, basada en una interpretación distinta de las dinámicas de poder regional. Para El Cairo, Libia representa un enclave estratégico central. La extensa y porosa frontera occidental de Egipto ha sido percibida durante años como una amenaza directa a la seguridad nacional, especialmente después de 2011. El fantasma del flujo de armas, combatientes e ideologías hostiles ha moldeado su postura. En ese marco, apoyar a una fuerza capaz de imponer un orden militar en Cirenaica aparece como una necesidad defensiva. Desde esta perspectiva, Khalifa Haftar encarna menos un proyecto libio que un instrumento de estabilización por delegación. Los Emiratos, por su parte, conciben su implicación como parte de una estrategia más amplia de proyección de influencia. Libia es un eslabón dentro de una política regional orientada a contener el islam político, estructurar redes de seguridad aliadas y controlar puntos clave de los flujos comerciales y energéticos. El apoyo al este libio responde a una lógica ideológica, pero, sobre todo, a un enfoque pragmático basado en la anticipación de las correlaciones de poder a largo plazo. Frente a este eje, Turquía interviene con una lógica distinta. Su implicación masiva desde 2019 marca un punto de inflexión decisivo en el conflicto. Para Ankara no se trata solo de salvar a Trípoli de una ofensiva militar inminente, sino de reconfigurar la ecuación regional. La intervención turca combina asistencia militar directa, despliegue de drones, asesores, mercenarios sirios y, sobre todo, un acuerdo marítimo que redefine las fronteras en el Mediterráneo oriental. Este acuerdo no es un detalle técnico: sitúa a Libia en el centro de una rivalidad energética y geopolítica que desborda ampliamente sus fronteras. Al alinearse con el gobierno de Trípoli, Ankara obtiene legitimidad jurídica para impugnar proyectos rivales en el Mediterráneo, debilitar el eje Grecia-Chipre-Egipto y consolidarse como actor clave en el Mediterráneo oriental. Libia deja de existir como entidad en sí misma y como fin en sí mismo. Se convierte en algo más: una plataforma estratégica. Esta regionalización del conflicto produce un efecto acumulativo, ya que cada facción libia va siendo progresivamente despojada de su autonomía estratégica. Las grandes decisiones militares ya no se toman en Trípoli o Bengasi, sino que se calculan en función de las líneas rojas y los intereses de los patrocinadores externos. La guerra se transforma así en un espacio de negociación indirecta entre potencias regionales, donde la escalada es controlada, calibrada, a veces suspendida, pero rara vez resuelta. La Conferencia de Berlín, impulsada por Alemania y la ONU en enero de 2020, así como las múltiples iniciativas diplomáticas posteriores, ilustran este bloqueo. Buscaron restablecer un marco multilateral, pero chocaron con una realidad contundente: los actores regionales presentes en Libia no tienen un interés inmediato en la unificación soberana del país. Una Libia débil, fragmentada y negociable ofrece más oportunidades que un Estado central fuerte capaz de imponer sus propias reglas. La guerra de Trípoli, entre 2019 y 2020, fue particularmente reveladora en este sentido, al demostrar que la intervención externa puede alterar el equilibrio de fuerzas sin producir una solución política. El fracaso de la ofensiva de Haftar contra el gobierno reconocido no abrió el camino a la reconstrucción del Estado; por el contrario, ratificó el sistema existente. Libia se ha transformado en una zona de equilibrio conflictivo, donde ningún actor puede imponerse sin desencadenar una escalada regional incontrolable. A partir de aquí, el conflicto entra en una fase de gestión más que de resolución. Los altos al fuego se respetan mientras sirven a los intereses de los patrocinadores. Las violaciones se toleran siempre que no crucen ciertos umbrales. Libia se convierte en un espacio donde la guerra se contiene, pero nunca se desactiva. Esta dinámica también tiene una dimensión marítima y migratoria. Las rutas de migración, los puertos y los puntos de salida hacia Europa se han convertido en fichas implícitas de negociación con las potencias europeas, a menudo políticamente ausentes, pero presentes a través de sus preocupaciones de seguridad. Libia funciona, así como una zona tapón, al costo de una brutal externalización del control migratorio y de la invisibilización de la violencia que lo acompaña. Lo que se desarrolla en Libia, por tanto, no tiene nada que ver con una guerra civil clásica. Es una guerra regional de desgaste librada en suelo libio, en un espacio donde las líneas de frente son tan diplomáticas como militares. Bienvenidos al terreno de la manipulación abierta. “La guerra de los otros”, habría dicho Ghassan Tuéni… con carne de cañón local. En este contexto, no nos engañemos: cualquier intento de resolver la crisis exclusivamente dentro de Libia está condenado al fracaso. Mientras los equilibrios regionales sigan estructurados por la rivalidad, y mientras el Mediterráneo oriental continúe siendo un escenario de competencia energética y estratégica, Libia seguirá siendo un campo de batalla. La frase es cínica, sin duda, pero describe con precisión la realidad. La guerra se mantiene porque cumple una función en un orden regional inestable, como ocurre, por cierto, en Sudán. Y mientras esa función no sea cuestionada, no habrá solución ni paz duradera posible. Próximo artículo: Libia en el orden internacional fragmentado (5/5) Leer sobre el mismo tema: 2011 o Libia en la era post-estatal (1/5) El conflicto libio: una «milicianización» excesiva de la política (2/5) «Dos Libias» y una soberanía inencontrable (3/5)

El impuesto sobre la gasolina: ¡la transición ecológica por la asfixia económica!

El crucero Costa Concordia varado frente a la isla de Giglio tras chocar con rocas submarinas el 13 de enero de 2012. (Filippo Monteforte/AFP) Imaginen, mientras el crucero Costa Concordia se hundía en 2012, al jefe de sala del restaurante pidiendo a los pasajeros que no olvidaran pagar su cuenta. ¿Absurdo? Sin embargo, es, más o menos, la lógica adoptada por nuestro gobierno. En un país paralizado por la crisis, donde solo la inflación avanza, el Estado, buscando desesperadamente financiar el aumento de los salarios de sus funcionarios y de las pensiones más o menos adaptadas para los militares retirados, ha encontrado la solución: aumentar el IVA en un 1 % y gravar la gasolina en trescientas mil libras por bidón. Después de todo, ¿por qué no? En un sistema donde la impunidad es reina y la rendición de cuentas una ficción administrativa, sin duda sería inoportuno pedir a los dirigentes que restituyan los fondos desviados. Ya que estamos, mejor gravar a un pueblo que ha demostrado una notable capacidad para aguantar sin quejarse. ¿Qué hay más noble, por cierto, que pagar impuestos para sostener un sector público cuyos algunos empleados son tan sigilosos como un bombardero B-2, invisibles 29 de cada 30 días? ¿O aquellos que prueban que existe vida después de la muerte, percibiendo aún su salario mucho después de su "entierro administrativo"? Y además, si la tasa de desempleo ronda el 40 %, este impuesto sobre la gasolina solo afectará finalmente a quienes trabajan. Los desempleados, por su parte, no se supone que estén recorriendo las carreteras sin hacer nada. Las motivaciones de estos impuestos son intachables: oponerse a ellos sería casi una ingratitud hacia quienes mantienen la ilusión de un simulacro de Estado. O peor aún, hacia un ejército cuyos algunos altos mandos, en lugar de disfrutar de una merecida jubilación, han aceptado sacrificarse una vez más, presidiéndonos. Shakespeare escribió, y tenía razón: «Sopla, sopla, viento invernal, no eres tan cruel como la ingratitud del hombre», máxime cuando los nuevos impuestos no afectan al combustible que nos calienta del viento invernal… Y dejemos de ver el vaso medio vacío. Como decía el otro, basta con coger un vaso más pequeño para que esté casi lleno. Ciertamente, una verdadera tributación del uso del dominio marítimo público, de los cigarrillos y de las alfombras (que algunos dirigentes fuman) habría sido más coherente. Pero el impuesto sobre la gasolina tendrá al menos el mérito de reducir el número de automovilistas, fluidificar la circulación y, por consiguiente, disminuir la contaminación. ¡Este gobierno innova! Acaba de inventar la transición ecológica por asfixia económica. Sin embargo, hemos demostrado una gran madurez en cuanto a las leyes contra las que nos indignamos. Recordemos: en 2019, la mención de un impuesto de seis dólares sobre WhatsApp bastó para encender el país, disolver el gobierno y llenar las calles. Hoy, un impuesto de unos veinte dólares mensuales, acompañado de un aumento del IVA, se aprueba sin problemas. Nuestra revuelta se produce en las redes sociales, pero al menos es gratuita, y esto, gracias al sentido de la responsabilidad y a la movilización general en torno a una causa nacional, ¡que habíamos defendido ardientemente en 2019! En el fondo, nuestros gobernantes han aplicado perfectamente el concepto de solidaridad inversa: gravar a quienes no pueden permitirse parar, para financiar un Estado que, por su parte, está parado. La diferencia con el Concordia es que cuando el crucero se hundía, todavía no se cobraba el agua o el acceso al mar, mientras que en Líbano, nos hundimos pero estaremos al día….

La crisis del régimen iraní: arrancar de raíz en lugar de podar…

En tiempos de guerra abierta o de crisis existencial aguda, cuando el destino de toda una población pende de un hilo, las medias tintas dejan de ser aceptables. Cuando una nación enfrenta los designios expansionistas y hegemónicos de un poder sin ataduras legales ni principios, y cuando un régimen tiránico, empapado de sangre, comete masacres a gran escala con total impunidad, atacando indiscriminadamente a civiles, jóvenes y adolescentes, esas circunstancias extremas exigen claridad. Exigen una postura firme e inequívoca, muy lejos de la ambigüedad cínica o las maniobras evasivas. Esa es, sin lugar a duda, como el lector habrá supuesto, la situación del régimen actualmente en el poder en Irán. La más reciente ronda de negociaciones, una más en una saga que se extiende por décadas, entre enviados estadounidenses e iraníes no es más que un espejismo. Esto se ha convertido en un lugar común, como lo demuestran innumerables experiencias previas: los dirigentes de la República Islámica han perfeccionado el arte del “diálogo” estéril, creando la ilusión de apertura a la negociación y al compromiso. En la práctica, su estrategia rara vez va más allá de ganar tiempo, maniobrar, cubrirse y esperar a que los vientos geopolíticos soplen a su favor. Los mulás en Teherán apuestan por la alternancia inevitable del poder en las democracias occidentales para explotar cualquier debilitamiento o cambio de gobierno en un país que les “incomoda”. Esta táctica conocida les permite rebotar y escalar su campaña beligerante contra la parte contraria. Mientras tanto, en su juego favorito de la “negociación”, persiguen un supuesto “acuerdo” que no tienen intención de cumplir, y esos mismos mulás orquestan masacres impensables y detenciones masivas, dirigidas en particular contra jóvenes y estudiantes. En una revelación contundente, un miembro de la Comisión de Educación del Parlamento iraní informó recientemente que el 28 por ciento de los encarcelados tras el levantamiento de enero pasado tiene menos de 20 años. Aún más estremecedor: una asociación iraní publicó una lista con los nombres de 200 niños asesinados en las protestas más recientes. La magnitud del derramamiento de sangre llevó al analista político libanés-estadounidense, cercano a círculos republicanos, Walid Phares, a instar a los líderes de Washington a que, si insisten en mantener el “diálogo” con Teherán, exijan el cese efectivo e inmediato de las ejecuciones y de las detenciones masivas, así como la liberación de los detenidos desde enero, como condición previa innegociable para cualquier conversación con el régimen iraní. El presidente Donald Trump no se equivocó en este punto al señalar, durante uno de sus viajes, que durante 47 años los altos funcionarios de la República Islámica han dado sistemáticamente la impresión de querer “dialogar” con Occidente cuando están bajo presión, mientras al mismo tiempo llevan a cabo masacres intermitentes y atrocidades indescriptibles que han costado la vida a miles de presos políticos en detención. La naturaleza esencialmente estéril de cualquier negociación con un régimen como el de los mulás fue subrayada con precisión por el secretario de Estado Marco Rubio, quien destacó que Irán está gobernado por clérigos chiíes radicales cuyas decisiones y opciones estratégicas están guiadas exclusivamente por consideraciones teológicas, muy alejadas de cualquier sentido de realismo geopolítico. Pero fueron las recientes declaraciones del canciller iraní Abbas Araghchi las que dejaron al descubierto con mayor claridad la inclinación engañosa del régimen de los mulás por las discusiones interminables y su descarada habilidad para eludir compromisos escritos. Poco después de la última reunión en Ginebra con la delegación estadounidense, reconoció sin rodeos que sería “difícil redactar el texto final de un posible acuerdo con Estados Unidos”. En otras palabras, Teherán reduce cualquier acuerdo con Washington a un mero ejercicio estilístico: una retórica plagada de trampas lingüísticas, deliberadamente ambigua, diseñada para dejar la puerta abierta a múltiples interpretaciones y permitir así al régimen evadir de forma encubierta las obligaciones concretas que un acuerdo de ese tipo implicaría. La situación en la que hoy se encuentra la República Islámica puede compararse con una planta en avanzado estado de descomposición. Podarla simplemente, cortar los tallos y ramas marchitas mientras se dejan intactas las raíces, no lograría nada. Esas raíces, al no ser tocadas, inevitablemente harán que la planta vuelva a crecer, y en poco tiempo, más fuerte que antes. Lo mismo ocurriría con cualquier acuerdo defectuoso y lleno de trampas firmado con el régimen de los mulás si no se arrancan por completo las raíces profundas, aquellas que, de forma paciente y meticulosa, operan en las sombras para revivir lo que alguna vez estuvo podrido.