
Al recorrer las calles de mi barrio, me encuentro con una escena de lo más insólita: un acordeonista que toca para nadie y para todos. Lo hace para ofrecer un paréntesis de felicidad en un país aparentemente atrapado en la violencia. No busca dinero ni atención. Toca para compartir la magia de la música con quienes aún saben sentirla. Thomas Kassis. Ese es su nombre. El que le dieron los padres que lo adoptaron tras haber pasado de un hogar a otro, hasta que finalmente decidieron quedarse con él. ¿Sus padres biológicos? No los conoce. Thomas trabaja además en la construcción, un sector duramente golpeado por la situación actual. Pero es con su acordeón que vive una verdadera historia de pareja. Una historia de amor apasionado que floreció en 2017.








