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Política

Leila Shahid

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Foto Stephan AGOSTINI/AFP
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Por Jamil Kamel Mroué
Publicado feb 22, 2026 - 22:17

Habríamos podido llorar su partida como se llora a un amigo íntimo, y sufrir como se sufre cuando la muerte arranca una parte de una vida compartida: una amistad, una hermandad, una familia. También podría — y quizá habría sido lo más sencillo — haber vivido en un bienestar protegido, resguardada de las pruebas del origen y de la dureza del destino. Era hija de una casa noble y acomodada, heredera de una prosperidad que le permitía apoyarse en la seguridad de un legado y permanecer bajo la sombra de una familia a la que no le faltaban ni honor ni dignidad.

Pero no era “una mujer cualquiera”. Era Leila Shahid.

Con su partida, hace apenas unos días, el dolor se ha vuelto más denso, más grave. Porque lo que hemos perdido no es solamente a una amiga: es una trayectoria que se negó a aceptar la idea fácil — la idea de que uno puede salvarse a sí mismo y abandonar a su patria a su suerte.

Nuestra historia con ella comienza cuando todavía era un bebé… sí, en ese umbral que la Historia rara vez abre en las biografías de los grandes, aunque allí empieza realmente el relato. Su madre, Sirine, amamantaba a mi hermana Hayat junto con Leila, y mi madre, Salma, amamantaba a Leila con Hayat. En nuestra casa, Leila era hija de Kamel y Salma; en la suya, nosotros éramos hijos de Mounib y Sirine. Así entramos en el mundo: sin fronteras entre dos hogares, sin distancias entre dos sangres.

Desde entonces, Leila fue una fuerza en movimiento, impulsada por la curiosidad, por el deseo de descubrir, por la necesidad de formular preguntas sin descanso. Era un torbellino de energía, como si hubiera nacido para sacudir la quietud, desafiar la inercia y poner incluso la piedra en movimiento.

Apenas armada con el saber adquirido en la Universidad Americana de Beirut, se lanzó al terreno — no como quien “visita” campamentos, sino como quien vuelve a los suyos. Acudió a los campamentos de refugiados palestinos en el Líbano como quien regresa a sus propios hijos. Dejó la comodidad de su vida para internarse en el corazón de la tragedia, no para escribir o testimoniar desde la distancia, sino para conocer la realidad desde dentro y ganarse el derecho de hablar porque había cargado con su peso.

Después se sumergió en el periodismo, cuando nació la revista Monday Morning junto a Fawaz Najieh, periodista y editor de gran talla. Allí, en el terreno exigente de la racionalidad — y no de la retórica complaciente — comenzaron a manifestarse sus dones diplomáticos: artículos, entrevistas, investigaciones concebidos y redactados con seriedad, rigor y erudición. No era un lujo cultural; eran herramientas de combate. Los grandes medios la citaron porque su palabra no era el “ruido de una causa”, sino un discurso de conocimiento y responsabilidad.

Luego llegó la etapa diplomática: su designación como representante de la Organización para la Liberación de Palestina, elegida por Yasser Arafat. Leila sirvió a su patria porque entendía — con una intuición política precoz — que la patria pertenece a todos sus ciudadanos, y que el dirigente está “mandatado”, no “coronado”. Incluso con Abu Ammar, lo veía como responsable de una misión, no como dueño de un trono eterno. No era severidad hacia él; era lealtad a la causa. Porque las causas que se convierten en culto de personas terminan sacrificadas en el altar de esas mismas personas.

Durante su misión, Europa — sí, Europa — fue a menudo más severa con la causa palestina que Estados Unidos. El Viejo Continente estaba sacudido por un terrorismo perpetrado en nombre de la resistencia: secuestros de aviones, la tragedia de Múnich. La representación palestina actuaba en un contexto marcado por la Guerra Fría y los alineamientos soviéticos que llevaban a Occidente a percibir al palestino no como titular de un derecho, sino como una amenaza potencial. A ello se sumaba la ola de asesinatos cometidos por Israel contra representantes palestinos; una guerra de otra índole que vació la escena política de hombres y figuras de gran envergadura.

En esa fase, Leila estuvo, en muchos sentidos, sola.

Era la representante política; marcaba con su impronta los medios, los centros de investigación, la vida cultural, las conferencias universitarias, los encuentros en los círculos de reflexión… encarnaba el “rostro palestino”, y lo hacía con una resistencia que rara vez se exige a un solo ser humano.

Leila Shahid había triunfado. Más aún, se impuso — del modo en que la justicia puede imponerse en las grandes capitales: mediante el argumento, la razón, una elocuencia intelectual y lingüística que no desciende al nivel de la multitud ni busca la demagogia. Dialogaba con una ferocidad del espíritu; la ferocidad de un águila que protege a sus crías… sus palestinos. En Francia, en los medios y en el espacio público, enfrentó a sus adversarios no con insultos, sino convirtiendo la causa en un relato comprensible… luego aceptable… luego cada vez menos condicionado. Desplazó el muro piedra por piedra, empujando a Europa desde el rechazo instintivo hacia una aceptación condicionada, para luego trabajar en desmontar esas condiciones.

Hasta que recibió la Legión de Honor francesa en grado de Oficial — no como adorno en el pecho, sino como signo de que había logrado arrancar un reconocimiento a la dignidad en medio de una lucha feroz.

Sí, es natural llorar la pérdida de Leila Shahid, porque hemos perdido a una amiga. Pero nuestra tristeza hoy pesa más que la ausencia de una amistad. Vivimos una “nueva Nakba”, y Palestina necesita, más que nunca, un liderazgo civilizado, de manos limpias y mente clara, que se parezca a su pueblo y no lo convierta en moneda de cambio.

Leila Shahid fue — si el destino hubiera sido justo — lo más cercano a una “Presidenta de Palestina”, en el sentido moral y no protocolario: cultura, experiencia, compromiso con el ciudadano palestino — herido, expulsado, disperso por los cuatro confines del mundo. Había desplazado a Palestina del estado del regateo y la corrupción hacia un patriotismo íntegro que obligaba incluso a los malintencionados a enfrentarse con su propia vergüenza.

Por eso lloramos: porque hemos dicho adiós a una mujer que fue luz en un tiempo de oscuridad, y porque hemos sido privados, una vez más, de un modelo de liderazgo que no busca ovaciones, sino cumplir su misión.

Es casi un sacrilegio que Palestina pierda mujeres como Leila… y es profundamente lamentable que nuestro tiempo siga huérfano de mujeres como ella.

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