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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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EE. UU.-Irán: los hitos de la conflagración anunciada

El cara a cara Irán-Estados Unidos recuerda una cita del estratega militar chino Sun Tzu (4 e – 5 e siglo a.C.): «El arte supremo de la guerra es someter al enemigo sin combatir». El presidente Donald Trump parece adoptar una estrategia basada en esta cita, y mantiene voluntariamente la ambigüedad para guardar el secreto sobre sus objetivos estratégicos y su pensamiento militar. Ataques, guerra a gran escala, amenazas sostenidas (de ambos lados) que corren el riesgo de degenerar en cualquier momento... Las especulaciones están en pleno apogeo. La concentración de medios de guerra estadounidenses en Oriente Medio es enorme y no deja lugar a dudas sobre los vastos daños que estos medios pueden infligir a Irán. A este respecto, y hablando de sus buques de guerra, el presidente Trump declaró la semana pasada a los periodistas: «Deben navegar por algún sitio. Que naveguen cerca de Irán». Sin embargo, la estrategia del presidente Trump basada en la cita de Sun Tzu no podría aplicarse al caso de Irán, donde los mulás y los Guardianes de la Revolución hacen prevalecer la ideología en detrimento de los datos objetivos. Además, el régimen hará todo lo posible por sobrevivir, incluso si ello implica provocar la caída del templo sobre él y sus adversarios. Históricamente, el Irán Jomeinista solo ha cedido dos veces, y esto después de ataques dolorosos: la primera, tras la destrucción de gran parte de la marina iraní por la US Navy, las muy fuertes pérdidas sufridas frente al ejército iraquí, y después de fuertes presiones económicas, Teherán finalmente aceptó la resolución 598 de julio de 1988, adoptada por el Consejo de Seguridad un año antes y que estipulaba el fin de la guerra con Irak. La segunda vez ocurrió en junio de 2025, después de 12 días de ataques israelíes y un bombardeo masivo estadounidense contra las instalaciones nucleares; los mulás aceptaron entonces de inmediato un alto el fuego propuesto por el presidente Trump a través de Catar. Los ataques de la aviación estadounidense La determinación iraní de enriquecer uranio radiactivo y continuar la fabricación de misiles balísticos, así como la presencia de la armada estadounidense en la región, probablemente conducirán a una confrontación armada con graves consecuencias para Irán, pero también con riesgos reales de pérdidas estadounidenses. De hecho, el 23 de febrero actual, el Pentágono había comunicado al presidente Trump sus preocupaciones sobre los riesgos de una campaña militar prolongada contra Irán, especialmente en lo que respecta a las pérdidas de vidas humanas. Esto no es sorprendente, pero ¿un ataque estadounidense contra Irán corre el riesgo de ser largo? ¿Y qué se entiende por «largo»? Entre marzo y mayo de 2025, al principio del primer año del segundo mandato del presidente Trump, Estados Unidos llevó a cabo ataques contra los hutíes que solo cesaron con el fin de sus ataques contra la navegación internacional. En junio de 2025, los bombarderos B2 de la Fuerza Aérea de EE. UU. lanzaron sobre Irán una docena de bombas de 10 toneladas cada una, causando daños masivos en los sitios nucleares iraníes. Luego, en diciembre de 2025, la aviación estadounidense respondió contra el Estado Islámico en Siria, atacando 70 objetivos, y el mismo mes los misiles estadounidenses tuvieron como objetivo el Estado Islámico en Nigeria. A principios de 2026, Maduro fue capturado y entregado a la justicia de Nueva York, y desde entonces se han registrado decenas de ataques de la Marina de EE. UU. contra el Estado Islámico y la organización Al-Shabab en Somalia. Balance: cero muertos estadounidenses y éxitos militares y políticos indiscutibles para Washington. Ganar tiempo El presidente Trump hasta ahora ha cumplido sus promesas electorales: se acabaron las guerras interminables en las que Estados Unidos se estanca. Es seguro que quiere seguir cumpliendo sus promesas por multitud de razones, incluidas las elecciones legislativas de mitad de mandato, su reputación personal y su voluntad de preservar la supremacía de Estados Unidos no solo en el continente americano, como estipula su estrategia nacional de 2025 de conformidad con la doctrina «Monroe», sino en todo el mundo. Por su parte, el Irán jomeinista ha visto sucederse a ocho presidentes en Washington, tres de los cuales se enfrentaron a Teherán: Carter, Reagan y Trump. Los demás se conformaron con sanciones que no impidieron a Irán desarrollar su formidable fuerza militar, apoyar a sus milicias aliadas y expandirse en la región, lo que indica enormes brechas en estas sanciones, especialmente en el lado de la exportación de petróleo. Los mulás siempre han adoptado la estrategia de ganar tiempo, de explotar la diplomacia para avanzar en sus programas nuclear y balístico, y de alargar cualquier negociación. Los ocho presidentes estadounidenses estaban muy ocupados en casa y en el mundo para concentrarse en Irán. La crisis actual es diferente. Aunque Washington desee finalizar el conflicto mediante un acuerdo según sus propias condiciones –lo cual es poco probable–, la concentración de fuerzas militares, la posición iraní intransigente sobre el enriquecimiento de materiales fisionables y la fabricación de misiles, junto con discursos encendidos de ambas partes, conducen directamente a una confrontación. Frente a este riesgo, y según Nate Swanson en Foreign Affairs del 24 de febrero actual, «la Casa Blanca muestra una confianza generalizada en la capacidad del presidente Donald Trump para gestionar las consecuencias de tal confrontación. Esta confianza se enmarca en una tendencia que, desde hace años, moldea el pensamiento de Trump». Dicho esto, los próximos días y semanas pondrán fin a las especulaciones, y varios indicios muestran que un ataque estadounidense muy probable será «limitado», siendo este término muy relativo. Es cierto que, dadas las amenazas iraníes de represalias contra la docena de bases militares estadounidenses en los países del Golfo, así como contra las embajadas de Estados Unidos, las amenazas de minado del estrecho de Ormuz y el uso de misiles antibuque supersónicos por parte de los Guardianes de la Revolución iraníes, el ataque o la guerra estadounidense tendrá como objetivo desde las primeras horas la marina iraní para asegurar Ormuz, las baterías antiaéreas para garantizar el control del cielo, los sitios de misiles antibuque tierra-mar para asegurar las maniobras navales, y sobre todo los puestos de mando, sin contar la implementación de medios cibernéticos y electromagnéticos para cegar los radares de vigilancia iraníes. Si este ataque parece enorme para algunos, es relativamente limitado dado que Irán cuenta con 90 millones de habitantes y se extiende sobre 1,6 millones de km². ¿Una respuesta/escalada iraní? ¿Un estancamiento estadounidense? ¡Quizás! Pero estamos lejos de la guerra de Vietnam y de la guerra de Irak. No habrá tropas estadounidenses en tierra en Irán, eso es seguro, excepto para operaciones muy precisas y de duración relámpago, lo que evita la exposición a una guerrilla. Los medios asimétricos de Irán y sus aliados en la región no serán rivales en el contexto actual, y han demostrado ser fugaces en la guerra contra Israel. Queda por ver que, sea cual sea el resultado, guerra o no guerra, caída del régimen o no, Irán ya no es lo que era en las últimas dos décadas.

“Desertificación espiritual” en Siria: una realidad dramática (1/2)

Una situación grave se desarrolla en silencio en Medio Oriente, cuna del cristianismo. La región se está vaciando de su población cristiana. Procesos similares ya se observaron en Irak tras la invasión estadounidense de 2003 y en Tierra Santa. Hoy, Siria enfrenta la misma realidad. “La ruptura es existencial”, afirma Vincent Gelot, representante en el Líbano, Siria y Jordania de L’Œuvre d’Orient , una organización no política vinculada a la Iglesia católica francesa, que actualmente impulsa una campaña para establecer un Día Internacional de los Cristianos en Medio Oriente. Tomando a Siria como ejemplo, Gelot explica: “En catorce años de guerra (2011–2025), el país ha perdido casi el 80 % de su población cristiana”. Estimaciones fiables indican que entre 300,000 y 400,000 cristianos sirios permanecen en una población total de unos 26 a 27 millones. En Alepo, apenas queda alrededor de una sexta parte de los cristianos que vivían allí antes de la guerra iniciada en 2011. En Deir Ez-Zor, ciudad destruida en un 75 %, la población cristiana se ha reducido a solo cuatro personas, frente a las 7.000 que había antes del conflicto. Estas cifras se basan en estimaciones y no en un censo oficial. Una fuente fiable dentro del secretariado de la Iglesia Ortodoxa Griega, la mayor iglesia del país sugiere que los datos podrían estar subestimados, aunque no se difundieron cifras oficiales. En cualquier caso, según una fuente de la Iglesia maronita, el éxodo continuará mientras no regrese la estabilidad política ni se materialice una recuperación económica sólida. En 1905, los cristianos representaban cerca del 15 % de la población siria, alrededor de tres millones de personas, frente al 10 % registrado justo antes del inicio del conflicto en 2011. De acuerdo con los datos de L’Œuvre d’Orient, esa proporción ha caído hoy a menos del 1 %. “Se trata de una caída brutal que solo puede compararse con episodios de genocidio o de limpieza étnica”, subraya el responsable de la organización. “Es extremadamente raro que una comunidad local e indígena, en este caso, los cristianos, desaparezca tan rápido y de forma tan violenta”. Añade: “Del 20 % que permanece, la comunidad es mayoritariamente anciana. Más de la mitad tiene más de 50 años. Es decir, la pirámide demográfica está invertida, con una fuerte caída de jóvenes en relación con la población mayor”. Una comunidad “abandonada” “Los cristianos sirios soportaron la guerra como el resto de la población, pero además fueron blancos específicos de ISIS. Estructuralmente desarmada y sin respaldo confesional regional, la comunidad quedó librada a su suerte, lo que explica la brutalidad del éxodo”, afirma Vincent Gelot. El atentado del 23 de junio de 2025 contra la Iglesia Ortodoxa Griega de San Elías, en Damasco, que dejó al menos 25 muertos y más de 60 heridos, ilustra con crudeza esta vulnerabilidad. El éxodo cristiano se ha visto agravado por tres factores adicionales: las secuelas del terremoto de 2023, las sanciones internacionales impuestas al régimen de Assad y el servicio militar obligatorio, que afectó a todos los jóvenes sirios hasta la caída del régimen en diciembre de 2024. Instalado en el Líbano desde hace diez años, Vincent Gelot, de 37 años, vive allí con su esposa y sus cuatro hijos. Supervisa cerca de mil proyectos que sostienen el tejido social de los tres países bajo su responsabilidad. No llegó a Medio Oriente con traje y corbata. “A los 23 años, sin prácticamente dinero, partió solo en un Renault 4L para encontrarse con un mundo cristiano al borde de la extinción. Desde las llanuras de Nínive hasta las fronteras de Afganistán, su travesía duró dos años. Esta aventura fue una especie de conversión”, escribió la periodista Guyonne de Montjou en un perfil publicado en el sitio Aleteia. Desde entonces, ascendió dentro de la organización y hoy gestiona cerca de 18 millones de euros anuales en la región bajo su responsabilidad, destinados al apoyo de hospitales, escuelas, clínicas, centros de refugiados, grupos de acompañamiento e incubadoras estudiantiles. El papel central de las instituciones cristianas El número de cristianos en Siria no debe medirse solo por su peso social y cultural. Las instituciones dirigidas por congregaciones cristianas no sirven únicamente a cristianos: ofrecen espacios de diálogo intercomunitario y fomentan la cohesión nacional. Su desaparición debilitaría gravemente todo el tejido social, así como su apertura a la modernidad. Un informe de L’Œuvre d’Orient , publicado en el verano de 2025, subraya la “profunda marginación, marcada por el miedo y la inseguridad persistente” que viven los cristianos en Siria y formula recomendaciones a la comunidad internacional. “A pesar de su situación frágil, los cristianos siguen sirviendo incansablemente a otras comunidades. A través de sus cuatro grandes hospitales, 57 escuelas en todo el país y una red activa de asociaciones, contribuye al sostenimiento de la población y a la reactivación del empleo”, señala el informe.

La confrontación Estados Unidos – Irán a través del prisma de la teoría de juegos

En febrero de 2026, la temperatura en el Golfo Pérsico se acerca al punto de ebullición. La Quinta Flota estadounidense ha completado un despliegue militar raramente visto desde la Guerra Fría. Escuadrones de bombarderos estratégicos se relevan en bases avanzadas. Tel Aviv sufre interferencias intermitentes en las señales de GPS. Los flujos informativos oscilan entre predicciones de una “Tercera Guerra Mundial” y relatos dramáticos de una “alianza sino-rusa dispuesta a defender Teherán hasta el final”. El mundo mira fijamente las pantallas de radar, a la espera de una chispa. Sin embargo, si apartamos el ruido mediático, esta confrontación merece ser analizada a través de un marco mucho más sobrio: la teoría de juegos. La teoría de juegos, rama de las matemáticas aplicadas, estudia las interacciones estratégicas en las que el resultado de cada actor depende de las decisiones de los demás. No se trata de moral ni de retórica. Se trata de incentivos, restricciones y equilibrios. Y una vez aplicado este prisma, la crisis aparece menos como un caos y más como un ajuste sistémico forzado. El balance geopolítico La activación de la maquinaria militar constituye la forma más espectacular de saldar deudas geopolíticas dudosas. “Golpear o no golpear” no es, en el fondo, más que una elección del método de liquidación – cinético o negociado. Pero eso podría no modificar el equilibrio geopolítico final. Para comprender hacia qué equilibrio tiende el sistema, primero hay que identificar qué está realmente en juego para cada actor. Estados Unidos Los objetivos de Washington son claros: – Eliminar la capacidad de Irán de alcanzar el umbral nuclear. – Desmantelar las capacidades balísticas ofensivas de alcance medio y largo. – Degradar o romper las redes de “proxies” regionales de Teherán. Estados Unidos puede coexistir con el régimen de los mulás – siempre que cese su política de desestabilización regional y elimine la amenaza existencial que pesa sobre Israel. Los recientes despliegues en Oriente Medio han costado cientos de millones de dólares. La credibilidad disuasoria debe convertirse ahora en resultados estratégicos tangibles. Washington busca asegurar los corredores energéticos y liberar capacidad estratégica para concentrarse en el Indo-Pacífico. Israel Para Israel, la ecuación es existencial. El programa nuclear iraní y su infraestructura balística constituyen una línea roja. Cualquier capacidad residual de umbral nuclear invalida la disuasión a largo plazo. El objetivo de Israel no es una mera “contención” simbólica, sino el desmantelamiento físico de las capacidades que podrían permitir una aniquilación. Los Estados árabes regionales Para las monarquías del Golfo y los Estados árabes de la región, la prioridad es la estabilidad. Sus economías dependen de exportaciones energéticas ininterrumpidas y de la seguridad del comercio marítimo a través del estrecho de Ormuz. Una guerra pondría en peligro infraestructuras críticas – terminales petroleras, instalaciones de desalación, centros financieros. Su objetivo es simple: evitar una conflagración sistémica. China y Rusia Pekín y Moscú persiguen objetivos más matizados. No desean que Estados Unidos tome el control directo de las reservas energéticas iraníes. Tampoco quieren un Irán totalmente neutralizado e integrado en la esfera occidental. Irán funciona como un nodo geopolítico: – Absorbe la atención militar estadounidense. – Suministra petróleo a precios preferenciales a China. – Ancla un instrumento de palanca multipolar en la región. Un Irán plenamente pacificado y alineado con Occidente permitiría a Estados Unidos pivotar decididamente hacia el Indo-Pacífico: un escenario que Pekín quiere evitar. El régimen iraní y el CGRI Para el régimen de los mulás y el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI), el objetivo es la supervivencia. El programa nuclear y las capacidades balísticas no son solamente instrumentos estratégicos: son activos de legitimidad. Justifican la monopolización de los recursos económicos y del poder político por parte del CGRI. Una capitulación incondicional fracturaría la arquitectura interna del poder y podría provocar un amotinamiento en el seno de los Guardianes. Los “proxys” regionales Hezbolá, los hutíes y otros grupos alineados se enfrentan a una realidad más brutal: sobrevivir bajo una lógica de desgaste. Sin apoyo logístico y militar continuo, se degradan: pasan de fuerzas semiconvencionales a milicias fragmentadas. Su palanca estratégica disminuye rápidamente en ausencia de continuidad en las cadenas de suministro. Por qué no existe un “gran compromiso” En apariencia, una fórmula simple podría parecer posible un desarme a cambio en la normalización económica. Pero una modelización rigurosa de los incentivos se vuelve altamente improbable un consenso sin fricciones. – Jameneí no puede firmar un documento que “le arranque todos los dientes” sin desencadenar la oposición de los Guardianes de la Revolución. – China y Rusia no se benefician de un Irán totalmente pacificado por Estados Unidos, lo que liberaría fuerzas estadounidenses para Asia. – El CGRI no puede aceptar el desarme sin compensación. Por tanto, el equilibrio no puede ser una paz absoluta. Debe ser calibrado. El equilibrio cincelado La solución convergente más plausible no es una rendición total, sino una excisión estratégica de alta precisión: una amputación controlada de ciertas capacidades, preservando otras. El sistema se estabiliza en torno a tres parámetros. 1 - Neutralización del umbral nuclear Sin ambigüedad. Sin escenario “59.9%” a lo Schrödinger. Las centrifugadoras de alto rendimiento son desmanteladas. Las existencias enriquecidas se retiran del territorio. Los mecanismos de verificación son intrusivos e irreversibles. Israel y Estados Unidos obtienen seguridad física. Irán mantiene el relato de un uso nuclear civil y pacífico. 2 - Bloqueo de los alcances balísticos estratégicos Los misiles balísticos de medio y largo alcance capaces de alcanzar Israel y Europa son destruidos. En cambio, se mantienen los misiles de crucero antibuque costeros. Esto preserva la palanca defensiva táctica de Irán en el estrecho de Ormuz y garantiza que la Quinta Flota estadounidense no puede simplemente abandonar el teatro de operaciones. China y Rusia conservan así un anclaje estratégico que mantiene parcialmente la atención estadounidense en el Golfo. 3 - Degradación de las redes de “proxies” Se cortan las cadenas de suministro de municiones de precisión y los vínculos financieros. Hezbolá y los demás actores pasan de fuerzas estratégicas regionales a entidades localizadas de baja intensidad. Israel obtiene una seguridad fronteriza sustancial. Teherán mantiene una influencia retórica a través del relato del “Eje de la Resistencia”. ¿Por qué aceptarían los Guardianes de la Revolución? La respuesta reside en la sustitución de intereses internos. Los regímenes autoritarios funcionan mediante mecanismos de compensación. Cuando la expansión geopolítica externa se ve forzada a detenerse, aumenta la extracción interna de rentas. A cambio del abandono de las ambiciones nucleares y de las redes de “proxies”, el CGRI podría obtener: – El control de los fondos desbloqueados. – Derechos de asignación de cuotas de exportación de petróleo. – La ampliación de sus monopolios económicos internos. La transformación sería nítida: de señor de la guerra geopolítico a guardián oligárquico interno. El alivio de las sanciones y los ingresos energéticos comprarían la adhesión de las élites. El equilibrio zombi El desenlace de esta crisis no se parecerá ni a una victoria ni a una derrota. Adoptará la forma de un arreglo estructuralmente estable pero moralmente ambiguo: un equilibrio zombi. – Estados Unidos e Israel eliminan el riesgo nuclear existencial. – China y Rusia preservan un nodo energético no occidental. – El régimen iraní sobrevive, replegado hacia el interior y económicamente transaccional. Irán deja de ser un actor revisionista que busca remodelar Oriente Medio. Se convierte en un simple conector energético, calibrado en un sistema multipolar. Sus “dientes”, el umbral nuclear, los misiles estratégicos y las redes periféricas de ataque, son extraídos. Sus “garras”, el aparato de seguridad interno y la capacidad de negación marítima, permanecen. El juego sistémico ha alcanzado su base de consenso. A estas alturas, los cazas que despegan de las cubiertas de los portaaviones quizá sirvan menos para modificar el desenlace que para moldear la palanca negociadora. La cuestión central no es si la presión provocará un cambio estructural. Es si, la ideología será intercambiada por la supervivencia, teniendo presente que la situación económica y financiera actual de Irán conducirá, a más largo plazo, al debilitamiento y luego a la desaparición del régimen. Por eso las negociaciones son largas, tensas y minuciosamente escenificadas. Porque en este juego, el equilibrio ya es matemáticamente visible, aunque siga siendo políticamente inconfesable.

Irak desenmascara a Irán
Por
Khairallah Khairallah
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Nada revela con mayor claridad el comienzo del fin del régimen vigente en Irán que la situación en Irak. En Irak, la «República Islámica» ha fracasado en su intento de imponer a una figura leal en el cargo de primer ministro. Bastó con que el presidente Donald Trump vetara el regreso de Nuri al-Maliki al puesto para que su destino quedara en suspenso. Desde Irak arrancó el nuevo impulso del proyecto expansionista iraní, después de que la administración de George W. Bush derribara el régimen baazista y familiar de Saddam Hussein. Y es desde Irak que ese mismo proyecto parece hoy acercarse a su desenlace. Más importante aún, la incapacidad de Irán para reinstalar a Maliki como primer ministro pone al descubierto la crisis profunda que atraviesa el sistema iraquí nacido tras 2003. Poco a poco se hace evidente que Irak enfrenta una crisis de régimen, un sistema incapaz de sostenerse. Lo que se edifica sobre bases falsas no puede perdurar, especialmente en un país atravesado por una diversidad de religiones, confesiones y componentes nacionales. La «República Islámica» de Irán quiso trasladar a Irak su propia experiencia fallida. Si el sistema fundado en la doctrina del wilayat al-faqih ha fracasado en el propio Irán, ¿cómo podría haber triunfado en el país vecino llamado Irak? Conviene recordar siempre que la guerra estadounidense contra Irak llegó inmediatamente después de la guerra en Afganistán, a raíz de la catástrofe del 11 de septiembre de 2001. Aquel día, la organización terrorista Al Qaeda, encabezada por Osama bin Laden, lanzó sus dos ataques contra Washington y Nueva York. Era necesario, en primer lugar, eliminar al régimen de los Talibanes en Afganistán, que ofrecía refugio a Bin Laden y a su red. La administración Bush hijo, dominada por los neoconservadores, derrocó a los Talibanes. Sin embargo, hasta hoy no está claro por qué el presidente estadounidense decidió acabar con el régimen de Saddam Hussein mientras el ejército estadounidense seguía inmerso en la guerra afgana. Los estadounidenses fueron a Irak sin un plan claro y sin un aliado regional real, salvo la «República Islámica» de Irán, que desempeñó un papel central en la unificación de la oposición iraquí con el fin de derribar y heredar el régimen de Bagdad. Llegaron con ideas ingenuas, como creer que los chiíes de Irak eran ante todo árabes y que su referencia religiosa se encontraba en Nayaf y no en Qom. No existió una verdadera comprensión estadounidense del peso de las milicias chiíes iraquíes que los iraníes introdujeron en Bagdad sobre los tanques del ocupante estadounidense. Fui testigo directo de la coordinación estadounidense-iraní durante la conferencia de la oposición iraquí celebrada en Londres en diciembre de 2002. La mayoría de los dirigentes de la oposición, chiíes y kurdos, llegaron a Londres en un mismo avión procedente de Teherán. Las instrucciones iraníes dirigidas a los líderes chiíes, representados entonces por el fallecido Abdel Aziz al-Hakim, eran claras: aprobar la propuesta estadounidense en la conferencia. Más significativo aún fue el comunicado final de la conferencia de Londres, que por primera vez habló de la «mayoría chií» en Irak y describió al futuro Estado como «federal». La inclusión del término «federal», susceptible de múltiples interpretaciones, pretendía tranquilizar a los kurdos, en particular a Masud Barzani, que observaba con cautela el escenario que se dibujaba ante él. Barzani participó en la conferencia y afirmó que el tren para derrocar a Saddam Hussein «ya había partido» y que no habría lugar en el nuevo Irak para quien no subiera a él. Su discurso fue el más destacado: advirtió contra la «venganza», al tiempo que recordó los crímenes del régimen saddamista contra los kurdos y contra su propia familia. El único beneficiario de todo lo ocurrido en Irak desde 2003 fue Irán. Lo sucedido constituyó un terremoto que alteró el equilibrio regional, al quedar Irak en el bolsillo de la «República Islámica». Jomeini fracasó durante ocho años, entre 1980 y 1988, en su intento de engullir Irak. Los estadounidenses hicieron realidad su sueño en 2003, librando en la práctica una guerra que sirvió a los intereses iraníes. El presidente Donald Trump intenta ahora, mediante las advertencias que envía a los responsables iraquíes, corregir un error estratégico de casi un cuarto de siglo. El error comenzó con la decisión de emprender la guerra en Irak antes de concluir la de Afganistán, y con la creencia de que existía una diferencia entre el terrorismo suní y el terrorismo representado por las organizaciones chiíes proiraníes desplegadas en toda la región, incluido Irak. La práctica ha demostrado el fracaso del sistema instaurado en Irak en 2003. Bagdad carece de capacidad para imponer a Nuri al-Maliki como primer ministro, especialmente ante la amenaza de sanciones estadounidenses en caso de desobedecer la voluntad de Donald Trump. Además, nada indica que sea posible elegir un nuevo presidente de la República en el corto plazo. En cuanto al «federalismo», sigue siendo objeto de interpretaciones divergentes. Irak debe ahora buscar un nuevo sistema político, alejado de la hegemonía iraní. Mucho dependerá del resultado de la confrontación entre la «República Islámica», por un lado, y Estados Unidos e Israel, por otro. Pero la cuestión que permanece en primer plano es la de Irán mismo, que extendió su influencia regional a partir de Irak —un Irak que hoy simboliza el ocaso del proyecto expansionista de la «República Islámica».

Salma Merchak, la resistencia a través de las Luces
Por
Michel Hajji Georgiou
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Era el 4 de febrero de 2021, en una mañana invernal y sombría. El cuerpo de Lokman Slim, arquetipo del intelectual comprometido políticamente, acababa de ser hallado en su automóvil, acribillado por las balas. Un clavo más en el ataúd de un Líbano podrido y carcomido hasta la médula por la hybris criminal de Hezbollah. El secuestro de Lokman el día anterior y su posterior asesinato se inscribían en una lógica tristemente conocida. En el Líbano, desde hace más de medio siglo, todo aquel que se atreve a cuestionar el orden totalitario vigente se convierte en blanco potencial de eliminación. Los intelectuales, en particular, han sido siempre prescindibles. Su desaparición rara vez despierta fibras nacionales, comunitarias, localistas o clánicas, porque no cuentan con hordas de fieles detrás de sí. En ese sentido, constituyen objetivos fáciles —y por ello preferentes. Desde hacía tiempo, Lokman Slim reunía en su persona todo aquello que incomodaba a los sicarios del partido proiraní. Desde el corazón del suburbio sur —que se negaba a abandonar— desafiaba la omnipotencia de Hezbollah manejando la palabra y la pluma como un florete de punta afilada. Pese a las amenazas de muerte que recibía de manera cíclica, rompió la omertà en torno a la explosión del puerto de Beirut del 4 de agosto de 2020, señalando abiertamente la responsabilidad de Hezbollah y del régimen sirio en aquel crimen, mientras la versión oficial repetida por todas partes sostenía que se trataba de un simple accidente fruto de negligencia mafiosa. Pagó ese desafío con su vida pocos días después. Fue en medio de aquella tragedia cuando la mayoría de los libaneses descubrió a Salma Merchak, como una figura salida de Las Troyanas de Eurípides —una Hécuba moderna que proclamaba, sin deseo de venganza y con extraordinaria contención y gracia, que «la muerte de un hijo no tiene medida humana». Sin duda, aquel día el orden y la continuidad del mundo se quebraron para la madre de Lokman Slim, que perdió una parte de sí misma en un dolor materno que ninguna inteligencia puede abarcar. «Hay dolores que no lloran», escribió Víctor Hugo sobre su hija Leopoldine. Y sin embargo, con un valor ejemplar, fiel a un patrimonio cultural de riqueza excepcional, Salma Merchak —con su mezcla desarmante de inglés y árabe egipcio y esa dulzura sabia y firme de las almas nobles que no temen mirar a la muerte a los ojos y combaten la violencia con serenidad— transmutó su dolor en resistencia intelectual. Tal madre, tal hijo. Rara vez la pérdida de un hijo —y no de cualquier hijo— fue llevada con tanta modestia y dignidad. Frente a la brutal inhumanidad de los asesinos, Salma Merchak opuso una cultura de vida, trascendiendo, por la irradiación de su riqueza interior, el abismo de lo innombrable. Una muerte agazapada en la sombra, acechando insidiosamente la ocasión de hacerle pagar ese sacrilegio. Una madre ejemplar Convertida por la fuerza de los acontecimientos en una mater dolorosa, Salma Merchak Slim fue sin duda un modelo de ética y conocimiento para sus hijos. Fue mediadora y transmisora, guardiana de una continuidad levantina entre dos orillas, testigo de un Líbano que, incluso desde el fondo del abismo, persistía en hablar la lengua de la cultura, del vínculo y de la libertad. Nacida en Egipto, hija de un padre de origen sirio —de Nabk, en la región del Qalamoun— y de una madre libanesa de Joun, en el Chouf, creció entre dos pertenencias complementarias. Estudió periodismo en la Universidad Americana de El Cairo, donde uno de sus maestros más influyentes fue el escritor, periodista y traductor Wadih Filastin, gran erudito que conoció la prisión bajo Nasser y encarnaba una prolongación del pensamiento nahdawi. Fue probablemente él quien inoculó en la joven Salma el virus de la libertad y la pasión por la cultura. Durante una visita estival al Líbano conoció a Mohsen Slim, brillante penalista, comprometido en el Bloque Nacional junto a Raymond Eddé, adversario del nasserismo y firme defensor de las libertades y de la Constitución. Hombre valiente, irreductible y radicalmente libre, multiplicaba las batallas contra la injusticia de los poderosos, despreciaba los honores y rechazaba encerrarse en el corsé comunitario de su propia confesión. De esa unión nacieron Hadi, Rasha y Lokman, igualmente apasionados por la cultura y la justicia. Pensar para no morir Mientras su esposo combatía en múltiples frentes —defendiendo a Kamel Mroué frente a la férula de Abdul Hamid Ghaleb, representando a Jamil Daaboul y Farouk Mokaddem, librando duelos con Selim el-Laouzi y resistiendo al chehabismo en Jbeil y Beirut— Salma Merchak profundizaba en su vocación de erudita. Desde 1973 emprendió un trabajo académico sobre la migración de los “shawam” hacia Egipto, esa diáspora levantina que irrigó la prensa, las letras, las ideas y una parte esencial de la modernidad árabe entre finales del siglo XIX y mediados del XX. Su labor como autora e investigadora se centró en figuras relegadas a los márgenes de los grandes relatos: Nicola Haddad e Ibrahim al-Masri, nombres emblemáticos del vínculo entre Egipto y el Levante y de la capacidad de los intelectuales shami para tender puentes duraderos entre sociedades, lenguas y sensibilidades. Se convirtió así en guardiana de la memoria de esa relación entre dos mundos estrechamente entrelazados, consciente de que no debía ceder al desgaste del tiempo ni al olvido, sino continuar transmitiendo el legado nahdawi pese al malestar árabe descrito por Samir Kassir. No es casual que Lokman fundara más tarde un centro de investigación dedicado a la memoria de la guerra civil y documentara las torturas sufridas en las cárceles sirias. En ese sentido, toda la obra de Salma Merchak fue resistencia del pensamiento frente a la muerte. Las Luces y la Noche de Haret Hreik En los retratos periodísticos de Lokman Slim se subraya a menudo su apego al pensamiento de las Luces y a la Nahda, así como su voluntad de resistir el oscurantismo desde la casa familiar de Haret Hreik, en pleno corazón de la noche hezbolá. Lokman fue heredero de la valentía de su padre y del saber de su madre. El hogar familiar se convirtió en un centro de resistencia política en el sentido más amplio: resistencia al terror y a la oscuridad. Para Salma Merchak, la “casa” era un espacio cívico, un lugar de debate, de lectura, de reflexión, incluso cuando la noche se hacía larga y los lobos se agrupaban en torno a sus muros. Su apego a la biblioteca resultaba revelador en ese sentido: era una forma de neutralizar cualquier victoria que la brutalidad pretendiera reclamar. Como escribió Makram Rabah, en su figura había algo que tocaba el simbolismo libanés más profundo: la casa como último bastión, como último Estado. El país se derrumba, las instituciones se descomponen, la justicia balbucea, la historia se falsifica, pero una casa habitada por la conciencia puede convertirse en una república en miniatura: biblioteca, salón, jardín, tumba, lugar de memoria y de palabra. Funcionaba como incubadora de intelectuales y amistades, de redes de pensadores y visitantes. Esta resistencia cultural e intelectual a la Noche mediante las Luces, a la barbarie mediante la civilidad, evoca el espíritu defendido por Sélim Abou durante la ocupación siria: ninguna resistencia política es completa sin una estructura cultural basada en el conocimiento, la libertad y los derechos humanos. Muchos adversarios de Lokman no comprendieron esa coherencia. No era un hipócrita político negociando compromisos para sobrevivir. Se regía por una escala de valores clara: el humanismo universal y la Nahda heredados de sus padres. «El pensamiento no se mata con balas…» Ironía amarga: fue el asesinato de Lokman lo que llevó a Salma Merchak a la luz pública. Y lo que los libaneses descubrieron no fue solamente dolor o indignación, sino una postura moral hecha de serenidad, sabiduría y determinación. Desde el primer momento rechazó el lenguaje de la venganza. No cedió a la tentación libanesa de cerrar filas alrededor de la sangre. Preguntó, con sobriedad casi bíblica: ¿para qué sirvió? ¿qué han ganado? Esas preguntas desnudaban a Hezbollah —y a todos aquellos para quienes la violencia es un modo de resolver conflictos— devolviéndolo a la impotencia de su poder. Puede sembrar el caos y aniquilar oposiciones, pero no puede protegerse del contagio del conocimiento y de la libertad. Es cuestión de tiempo. El desenlace está sellado. Alea jacta est. La civilización termina imponiéndose sobre la barbarie. «El pensamiento no se mata con balas», repetía. Y cuánta razón tenía. Con el asesinato de Lokman se quebró el orden del mundo para su madre, como antes para Jean y Laila Kassir, Ghassan Tuéni, Amine y Joyce Gemayel, Mahmoud y Samir Eid, y tantos otros padres que han visto —o ni siquiera han tenido esa amarga consolación, como le ocurrió a Ghassan Tuéni— el cuerpo sin vida de su hijo. Tal vez el acto de resistencia más fuerte de Salma Merchak y su familia fue negarse a abandonar Haret Hreik tras el asesinato. Dejar el lugar habría significado entregar el relato. La única manera de honrar su memoria era continuar: escribir, hablar sin miedo, sostener las instituciones y el legado al que había consagrado su vida, especialmente el espíritu de la memoria y la perseverancia de UMAM. El jardín de la casa se convirtió en tumba y símbolo de resistencia. Creyendo triunfar, Hezbollah creó un héroe inmortal cuyo santuario permanece anclado en la periferia sur. Cuando la milicia proiraní haya desaparecido de la escena, la tumba de Lokman seguirá floreciendo en su jardín. «Uno no se repone de la muerte de un hijo. Solo aprende a respirar de otra manera», escribió Françoise Dolto. Salma Merchak hizo más que respirar. Respiró por dos. Hasta su último aliento. Un aliento de resistencia, de humanismo, de civilidad, de cultura del vínculo, de conocimiento y de paz. Ya ha partido por el bosque, por la montaña, incapaz de permanecer lejos de Lokman por más tiempo.

La historia de Salma Mershak, quien esperó justicia para su hijo Lokman durante 5 años.

Qué avaro es el tiempo. El Líbano y el Oriente han conocido a pocas mujeres semejantes a Salma Merchak Slim, madre del pensador-mártir Lokman, quien partió ayer, ansiosa por reencontrarse con él, sin haber visto la justicia de los hombres caer sobre sus asesinos. Salma Merchak sobrevivió exactamente cinco años a su hijo; sus lágrimas fluían hacia adentro, en un corazón vasto y colmado de tristeza, y solo rara vez humedecían sus mejillas. Permaneció presente, erguida, intacta, junto a su hija Rasha el-Ameer, a Monika Bergmann y a los compañeros de su hijo, fiel a la defensa de los valores del diálogo, de la aceptación del otro, del saber, de la cultura y de la Ilustración. Esta madre, investigadora e intelectual, no acusó a nadie. Y, sin embargo, su hijo Lokman había nombrado a sus verdugos incluso antes de que cometieran su crimen. En un texto escrito, había responsabilizado personalmente al jefe de Hezbollah de cualquier daño que pudiera alcanzarlo a él, a su casa o a su familia, después de que un grupo del partido se manifestara en el jardín de la casa de su bisabuelo en Haret Hreik. Se negó, no obstante, a abandonar esa casa, tal como su madre Salma lo había hecho antes que él, fiel a la recomendación de su esposo, el diputado Mohsen Slim, quien le había pedido preservar su memoria y su presencia. Los manifestantes colgaron en el muro del jardín estas palabras siniestras: «Gloria a la pistola silenciada». A lo que Lokman respondió: «No nos harán callar». Seis meses después de que Beirut misma hubiera sido asesinada por la explosión del puerto, Lokman fue asesinado a su vez. Es probable que su “delito” fuera haber osado desenmascarar a los responsables y haber puesto en evidencia, mediante hechos y un relato coherente, el papel del régimen de Assad y de sus aliados en el Líbano. El gobierno, reunido entonces bajo la presidencia de Michel Aoun, prometió una investigación transparente en un plazo de cinco días y la identificación de los responsables de esta catástrofe, que dejó cerca de 230 muertos, 7.000 heridos y devastó barrios enteros de la capital y sus alrededores. Pero Hezbollah paralizó la investigación con una arrogancia ya proverbial. Lokman, por su parte, se apresuró a proclamar las verdades tal como las había reunido y comprendido, antes de encaminarse hacia el martirio. En su obra publicada por Dar al-Jadeed, la editorial dirigida por Rasha el-Ameer tras el asesinato de su hermano y titulada en su versión árabe Por el alma y por la sangre… el nasserismo y sus herencias , el periodista Alex Rowell relata que Salma fue la primera en advertir las semejanzas impactantes entre el asesinato de su hijo y el de Kamel Mroué, fundador del diario Al-Hayat , asesinado en 1966. A pesar de la diferencia de edad, Kamel y Lokman compartían la misma hostilidad hacia los regímenes totalitarios. Ambos fueron blanco de campañas sistemáticas que los acusaban de traición y de alineamiento con Occidente e Israel, en una prensa experta en asesinato moral. Ambos eran libaneses chiíes convencidos de la necesidad del pluralismo y la apertura. Ambos fueron abatidos por disparos a quemarropa, firma predilecta de aparatos que actúan por órdenes de Estados extranjeros, lo cual disipa cualquier duda sobre su implicación. Cruel ironía del destino: la familia de Kamel Mroué había confiado su defensa al padre de Lokman, el difunto Mohsen Slim, abogado penalista y diputado durante un solo mandato por el segundo distrito de Beirut, para que la apoyara y reclamara sus derechos. Dos de los asesinos fueron arrestados entonces. Cuando Mohsen Slim aceptó defender a la familia Mroué, él mismo fue amenazado de muerte. Décadas antes de que su hijo fuera atacado, una bomba explotó ante la entrada de su casa, destinada a silenciarlo, o incluso a eliminarlo. Alex Rowell escribe además: «Desde el balcón del primer piso de la “casa blanca” familiar, Salma, viuda de Mohsen y madre de Lokman, me señala el lugar exacto donde ocurrió la explosión más de medio siglo atrás. »Aquella tarde de octubre de 2021, sofocante por el calor y la humedad, su hija Rasha estaba sentada con nosotros y hacía circular copas de vino frío. “En la época de la explosión, nuestros portones eran de madera”, dijo Salma. Tras el atentado, su esposo los sustituyó por las pesadas rejas de hierro que vemos hoy. Respiró profundamente y suspiró: “Cuántas amenazas recibimos”. »Salma, al igual que su esposo y su hijo, parecía haber aprendido a vivir en el umbral del peligro. »Era una mujer fuera de lo común. Cuando la conocí, entraba en su décima década y recordaba con precisión intacta su infancia en el Egipto británico y monárquico de los años treinta y cuarenta. Tras estudiar en el American College for Girls de El Cairo, hoy Ramses College, cursó estudios de periodismo en la Universidad Americana de El Cairo, donde fue formada por Wilton Wynn, a quien Reuters describió el día de su muerte como “uno de los más grandes periodistas estadounidenses del siglo XX”. También fue alumna de Samir Souki, corresponsal de Newsweek en El Cairo, quien le propuso, durante su último año de estudios, una pasantía en la revista. Esa experiencia le abrió, tras graduarse en 1956, las puertas de un empleo a tiempo completo. »Ese mismo año estalló la guerra de Suez. Los oficiales revolucionarios recién instalados en el poder en Egipto comenzaron a restringir la prensa extranjera y las libertades públicas. En 1957, la censura alcanzó su punto máximo; Newsweek cerró su oficina en El Cairo y Salma se trasladó a su nuevo puesto en Beirut, junto a su director, en el barrio de Kantari, esa “París de Oriente”, libre y seductora, entre mar y montaña, según los relatos optimistas. »Apenas había llegado cuando estallaron los acontecimientos de 1958, que dejaron cientos de muertos a lo largo de los meses. En la relativa estabilidad que siguió, Salma obtuvo una maestría en la Universidad Americana de Beirut y estudió con figuras brillantes, entre ellas el profesor Malcolm Kerr, asesinado en el campus en 1984. Tras su matrimonio con el abogado exitoso Mohsen, elegido diputado en 1960, se integró en la vida social de la élite beirutí; y fue en esos círculos donde conoció a Kamel Mroué. »Con un acento cairota intacto pese a décadas en Beirut, decía de él que era un hombre afable y entrañable, con quien daba gusto conversar y debatir. »Cuando dejó El Cairo para decir “no” a la dictadura militar, Salma Merchak Slim creyó haberse salvado. Creyó que el compromiso de su esposo, acusando a los asesinos de Kamel Mroué, a los instigadores de los acontecimientos de 1958 y a los autores del atentado contra su propia casa, mantendría lejos de ella el cáliz amargo. Pero no contó con el golpe del destino… llamado, en este contexto, Nasser.» A pesar de la intensa quemadura que devastaba su corazón tras el asesinato de Lokman, transmitió hasta el final el mensaje del diálogo y del encuentro con el otro. Mantuvo así la llama antes de despedirse con la dignidad y el valor de los intelectuales ilustrados. *** Se celebrará un oficio por el descanso de su alma el jueves 26 de febrero de 2026 a las 11:00 horas en la Iglesia Evangélica Nacional de Beirut, frente al Gran Serrallo. Las condolencias se recibirán el jueves de 10:00 a 18:00 y el viernes de 11:00 a 18:00 en el salón de la iglesia.