

El estrecho de Ormuz no está completamente bloqueado, pese a las reiteradas afirmaciones de Irán sobre su cierre, ya que por él siguen circulando 13,1 millones de barriles de petróleo al día (el 80 % del volumen anterior a la guerra), según la cadena CNN. El bloqueo se sortea mediante petroleros que apagan sus transpondedores o navegan bajo escolta militar, así como a través de oleoductos terrestres. A esta crisis cambiante se suman la reanudación de la guerra en Yemen y el estancamiento de la guerra en Ucrania.
En medio de esta situación, el mundo siguió con mayor o menor atención la reciente cumbre de Washington (del 23 al 25 de septiembre de 2026), que reunió a Donald Trump y Xi Jinping. Esta visita de Estado, la primera de este tipo del dirigente chino en más de una década, se presentó como un punto de inflexión. Sin embargo, para comprender el verdadero alcance de estos tres días de conversaciones, es imprescindible mirar más allá de la fachada de las cenas oficiales, los desfiles militares y los comunicados diplomáticos.
A partir del análisis de George Friedman en Geopolitical Futures, que simplifica las cuestiones geopolíticas y las hace más comprensibles, queda claro que esta cumbre no fue fruto de la voluntad política, sino el resultado de un imperativo estructural ineludible que pesa sobre ambas partes.
La estructura se impone a la diplomacia
Para Friedman, la clave para comprender la cumbre no está en los apretones de manos, la sonrisa satisfecha de Donald Trump o la sonrisa rígida de Xi Jinping, sino en la macroeconomía china, por un lado, y en la microeconomía estadounidense, por otro. Esta última busca garantizar que el estadounidense medio tenga acceso a bienes de consumo chinos a precios razonables. El punto de equilibrio se encuentra entre estas dos exigencias.
China se enfrenta a un desequilibrio estructural fundamental: su capacidad de producción supera ampliamente su capacidad de consumo interno. Este modelo económico, motor de su vertiginoso crecimiento en las últimas décadas, se ha convertido en una importante vulnerabilidad. Sin una demanda interna capaz de absorber su producción, China está obligada a exportar para mantenerse o crecer. Y, pese a las tensiones, el mercado estadounidense sigue siendo su principal cliente a escala mundial. Se trata de un mercado que representa el 15 % del PIB mundial. Ahí radica el condicionante al que se enfrenta Xi Jinping. Duramente castigada por las sucesivas oleadas de aranceles impuestas por Donald Trump desde 2025, la economía china necesitaba imperiosamente garantizarse un acceso preferencial al mercado estadounidense. Por tanto, Pekín no acudió a Washington por elección diplomática, sino por una necesidad económica vital.
La carta de Xi: un cambio de paradigma interno
Uno de los elementos más decisivos de la cumbre, a menudo infravalorado en el revuelo mediático inmediato, es la publicación de una carta abierta de Xi Jinping a Donald Trump, difundida al término de la cumbre. A diferencia de la correspondencia secreta, esta carta se hizo pública en Estados Unidos y tuvo amplia difusión en los periódicos nacionales de China. La decisión de Xi de divulgarla masivamente entre la población china tiene un significado estratégico: indica que Pekín considera esencial alcanzar un entendimiento económico y militar con Estados Unidos.
Esta iniciativa marca un giro geopolítico de gran calado en la propaganda y la comunicación chinas. George Friedman no la considera un simple gesto de cortesía diplomática, sino una maniobra estratégica interna de gran envergadura. De hecho, la carta expresa explícitamente la voluntad de encontrar puntos de acuerdo e incluso sugiere la posibilidad de algún tipo de alianza. Al difundirla de esta manera, el Partido Comunista Chino (PCCh) da un giro ideológico: Pekín cambia la forma en que presenta a Estados Unidos ante su propia población. Al preparar a la opinión pública china para una etapa de acuerdos pragmáticos, en lugar de una confrontación ideológica sistemática, Xi Jinping se dota de un margen de maniobra indispensable. Esta carta indica que, por ahora, la supervivencia del modelo económico chino pasa por una distensión con Washington.
Una transacción de 30.000 millones de dólares
El «consenso de ocho puntos» surgido de estos tres días de trabajo refleja directamente esta necesidad. Lejos de abordar las causas profundas del conflicto geopolítico, ambas partes se centraron en avances concretos basados en concesiones mutuas: primero, una tregua comercial consistente en prorrogar dos meses la tregua económica inicial, prevista originalmente en noviembre de 2025 para un año, pero cuyo vencimiento se ha aplazado hasta enero de 2027; segundo, aranceles preferenciales que incluyen un trato aduanero más favorable para mercancías no sensibles por valor de 30.000 millones de dólares, lo que supone un respiro para las industrias exportadoras chinas y alivia la carga sobre el bolsillo de los ciudadanos estadounidenses; tercero, la cooperación en materia de fentanilo (una droga que causa estragos en Estados Unidos), con medidas como la detención en agosto de 2026 de 21 ciudadanos chinos implicados en la producción de materias primas para su fabricación y su exportación ilegal a Estados Unidos; cuarto, el compromiso de China de importar 10 millones de toneladas de carbón estadounidense al año en 2027 y 2028, respondiendo así a las presiones políticas internas de Donald Trump.
Estas cifras, aunque significativas, no resuelven los problemas geopolíticos, en particular la crisis de Taiwán y las fricciones en el mar de China Meridional por las fronteras marítimas. Sin embargo, representan el precio que hay que pagar para mantener el flujo comercial en un contexto de gran tensión, y la cumbre sirvió para ratificar principios negociados entre bastidores.
El orden de prioridades frente a Irán
La cumbre coincidió con la intensificación del conflicto en el estrecho de Ormuz. China, como principal comprador de petróleo del Golfo, mantuvo una postura extremadamente moderada ante este conflicto. Esta contención, lejos de ser un signo de debilidad, responde a un cálculo estratégico preciso que pone de manifiesto el orden de prioridades de Pekín: afianzar la relación con Washington es muchísimo más importante que enemistarse con Estados Unidos para apoyar a un aliado secundario como Irán. El pragmatismo chino prevaleció, por tanto, sobre la retórica geopolítica.
La urgencia del equilibrio
Tanto Donald Trump como Xi Jinping atraviesan un momento histórico decisivo. Una ruptura total, aunque contemplada por los partidarios de la confrontación, provocaría un colapso económico en ambos países cuyas consecuencias políticas serían inmanejables, tanto en Washington como en Pekín. Aquí surge la cuestión de la inteligencia artificial (IA) y de la carrera tecnológica, mientras los comunicados oficiales mencionan grupos de trabajo sobre los riesgos de la IA.
Este avance tecnológico que es la IA no redefine las leyes fundamentales de la geopolítica, que se sustentan ante todo en la geografía, los recursos y los flujos físicos de mercancías. La IA es un ruido de fondo que no debe desviar la atención de las realidades materiales que condicionan a las grandes potencias: Estados Unidos sigue siendo una potencia naval empeñada en preservar su supremacía, y China, pese a su apertura continental a través de las nuevas rutas de la seda, se convierte día a día en una potencia naval que desafía la presencia estadounidense en el mar de China Meridional.
Este choque de visiones y realidades geográficas sigue sin solución por el momento, pero no por ello las dos superpotencias llegarán a enfrentarse, al menos en la situación actual.
Una tregua en la cuerda floja, o con posibilidad de prórroga
En resumen, la cumbre de Washington consagra una tregua pragmática dictada sobre todo por la fragilidad económica interna de China. Por ahora, las realidades del mercado se imponen a las ambiciones navales y terrestres, y este consenso es temporal. La ausencia de grandes reformas estructurales en materia de propiedad intelectual, que China tarda en acometer, o de medidas para levantar las draconianas restricciones chinas a la exportación de tierras raras, indispensables para todas las tecnologías contemporáneas, hace prever un regreso de las tensiones a principios de 2027.
Los encuentros entre Donald Trump y Xi Jinping, previstos en la cumbre de la APEC en Shenzhen (noviembre de 2026) y en la del G20 en Miami (diciembre de 2026), indicarán si esta tregua puede dar paso a una estabilización duradera o si no fue más que una pausa táctica en una inevitable competencia de fondo.























