

Juvenis ad majora natus «Nacido para la grandeza». Esta es la divisa de san Estanislao anotada proféticamente al margen del expediente de Elias Boutros Howayek, al término de sus estudios teológicos. Tenía entonces 27 años y se encontraba en Roma desde 1866, enviado por el patriarca Boulos Massaad para culminar sus estudios teológicos, iniciados en el seminario de Ghazir en 1859, y prepararse para el sacerdocio.
Reconocido por su viva inteligencia y su escrupuloso respeto al reglamento, este hombre destinado a la grandeza llegaría a ser nada menos que el 72.º representante de una larga estirpe de santos patriarcas maronitas, siendo sin duda una de sus figuras más destacadas. Su gran obra fue la batalla que libró por el nacimiento del Gran Líbano (1920).
Hoy debe su beatificación a un milagro atribuido a su intercesión: la curación de un oficial del ejército libanés de confesión drusa, Nayef Abou Assi, padre de familia que padecía una discapacidad a causa de una afección en la columna vertebral (espondilólisis bilateral).
El hombre se despertó una mañana del mes de abril de 2005 liberado de todos sus síntomas. Atribuyó este prodigio a un hombre vestido de blanco que llevaba un bastón en la mano, al que vio en sueños y que se le presentó anunciándole su curación.
Nacido en 1843 en Helta (Batrún), diminuto pueblo de un rincón ignoto del Imperio Otomano, Elias Howayek fue en efecto el hombre de la Providencia que defendería ante Georges Clemenceau, y luego ante la Sociedad de Naciones, la idea de la creación de un Gran Líbano, dos meses después de la firma del Tratado de Versalles (28 de junio de 1919), que colocaba una parte del Próximo Oriente bajo mandato francés.
Está de moda, en estos tiempos, reprocharle al defensor del Estado libanés su elección —que no le era exclusiva— a favor de un Líbano pluralista, con el riesgo de que los cristianos quedaran en minoría desde el punto de vista numérico.
Sin embargo, detrás de esta decisión —es lo menos que puede decirse— hay una rara clarividencia política, económica y eclesiológica. En primer lugar, el Gran Líbano ponía a los libaneses cristianos a salvo de la dhimmitud; además, al integrar Beirut, Trípoli, el Bekaa y el Jabal Amel en el núcleo «libanomontano» de la Mutasarrifía, devolvía al país su «granero» y lo ponía a resguardo de una hambruna similar a la de 1915; le garantizaba asimismo abundantes recursos hídricos y, por último, lo coronaba con una de las fachadas marítimas más bellas del Mediterráneo y, de paso, con un promontorio estratégico único.
Pero si el Líbano geográfico era una auténtica joya, su vocación humana y espiritual no era menos preciosa: en la mente de su defensor, debía servir de marco a la convivencia, hacer cohabitar «al lobo y al cordero» (Isaías), un ideal bíblico mesiánico que el Líbano intentará encarnar, y del que Juan Pablo II diría que es «un modelo de libertad y pluralismo para Oriente y Occidente»; un modelo que sigue impulsando al Líbano hacia lo alto, a pesar de todas las carencias históricas que el país habrá de conocer.
Un recorrido ejemplar y formador
Antes de ser elegido por unanimidad, el 27 de enero de 1898, para asumir la pesada responsabilidad de patriarca de los maronitas —cargo que ejerció con tanta integridad como competencia hasta su muerte en 1931—, el hombre había seguido, también de manera providencial, un itinerario formativo exhaustivo.
Mayor de una familia de ocho hijos, hijo de sacerdote convertido en sacerdote (tenía 7 años cuando su padre fue ordenado), y luego obispo, Elias Howayek se convirtió en secretario particular y hombre de confianza del patriarca Boulos Massaad, quien le encomendó ciertas misiones delicadas ante la Sublime Puerta, la Santa Sede y la capital francesa. Ejerció luego el cargo de vicario patriarcal durante 17 años, adentrándose en los entresijos y mecanismos sutiles de la curia patriarcal, antes de ser elegido. Su porte era tal que, al escucharle defenderse en plena guerra mundial de toda acusación de «traición» por sus vínculos con Francia, el Sultán prescindió de un intérprete, tal era la sinceridad que irradiaba su rostro.
Enviado en 1897 por León XIII para dirigir la Escuela Maronita de Roma, el patriarca Howayek renunció a ese cargo dos años más tarde, tras la muerte del patriarca Massaad. A su llegada al país, se dirigió directamente a la sede patriarcal de Bkerké, donde se celebraba el sínodo. Fue elegido por unanimidad al día siguiente de su llegada.
Explicaciones
Poco más de cinco años después de la proclamación del Estado del Gran Líbano el 1 de septiembre de 1920 en la Residencia de los Pinos, el patriarca tuvo ocasión de precisar su posición política. El gobierno de Aristide Briand había nombrado, el 23 de diciembre de 1925, al diplomático Henry de Jouvenel como Alto Comisario. Desde su llegada al Líbano, este se empleó activamente en tranquilizar a los distintos sectores de la sociedad libanesa y en recabar sus opiniones. Al mismo tiempo, impulsó la redacción de una Constitución para el naciente Estado. Esta fue adoptada el 23 de mayo de 1926.
Así, en respuesta a la sexta pregunta de un cuestionario fundamental dirigido al Patriarcado maronita —«¿Debe la representación parlamentaria ser confesional o no, y por qué?»—, el Patriarca Elias Howayek y los obispos maronitas explicaron, el 8 de enero de 1926, los motivos de su exigencia en los siguientes términos:
«El país está compuesto por diversas comunidades religiosas. Estas no difieren únicamente en sus dogmas, sino también en sus tradiciones, costumbres, usos y en su manera de abordar las cuestiones sociales. Por consiguiente, la elección sobre una base confesional permite representar a estas comunidades en el seno de la asamblea según una proporción definida. En ella aprenden a conocerse y a llegar a acuerdos, aceptando cada una sacrificar parte de sus exigencias mediante concesiones mutuas. Esta dinámica conducirá progresivamente a una ósmosis y a una unificación de la vida política. En cambio, la abolición en el momento actual del sistema político basado en el reparto comunitario rompería el equilibrio, favorecería a una comunidad en detrimento de otra y engendraría rivalidades y resentimientos. Por ello, consideramos que la representación debe mantenerse según la pertenencia confesional» (Archivos del Patriarca Elias Hoyek, Documento A 46, Expediente 45).
«Lo que llama la atención del lector en esta magistral exposición, que combina concisión y profundidad, comenta el Prof. Georges Hobeika, vicario general de la Orden Libanesa Maronita (OLM) y Rector emérito de la Universidad Saint-Esprit de Kaslik, es que el Patriarca Hoayek concibe la diversidad, el pluralismo y las divergencias en el seno de las sociedades humanas como algo natural. No ve nada anormal en la heterogeneidad de las tradiciones, costumbres, usos y opiniones generadas por las creencias religiosas. Respeta el derecho a la diferencia y se aferra firmemente a él como a un derecho sagrado e innegociable. Lo contrario habría sido sorprendente.»