

Dentro de la gran tradición maronita, el patriarca Howayek dirigió a su comunidad, a lo largo de todo su patriarcado, "mensajes" anuales. El más célebre de ellos es, con justa razón, el que les dirigió en 1930 bajo el título “El amor a la patria”. Este texto constituye su testamento espiritual. En el ocaso de su vida, murió a los 88 años, revela especialmente su obsesión pastoral por el Líbano, país al que contribuyó a dar nacimiento y donde la falta de civismo entre las clases dirigentes parecía haber alcanzado proporciones alarmantes.
El folleto es una apasionada lección de civismo que comienza con el amor a la patria y concluye con infinitas y cuidadosas recomendaciones sobre la justicia distributiva, elemento esencial de la justicia social defendida por León XIII.
Remitiéndose a la etimología latina de la palabra patria, el patriarca escribe: “Los occidentales tienen razón al elegir el término Patria, derivado de Padre, para expresar lo que en nuestra lengua llamamos al-Watan, como si el amor del hombre por su patria fuera el mismo que su amor natural por sus padres”.
Siguiendo fielmente la tradición de santo Tomás de Aquino, el patriarca Howayek subraya que, así como se debe honor a los padres, también se debe piedad y devoción a la patria.
Pero al leer este mensaje resulta evidente que la apasionada defensa del patriarca Howayek refleja los dolores del nacimiento de una nación, vistos desde la perspectiva de un hombre preocupado por corregir los defectos de su etapa inicial y conducirla hacia un auténtico sentido del servicio público.
¿Por qué el patriarca Howayek sintió la necesidad de dirigir semejante exhortación a los maronitas apenas diez años después del nacimiento del Gran Líbano? No es difícil imaginarlo. En una nación en construcción, una nación que salía de su prehistoria e iniciaba sus primeros pasos en la historia, ese amor necesitaba ser comprendido, interiorizado y madurado.
A partir de estas reflexiones elementales sobre el amor a la patria, el patriarca desarrolla una extensa y casi obsesiva lección de civismo. “Es evidente que los dirigentes no responden a su deseo de formar verdaderos ciudadanos”, confirma sor Marie-Antoinette Saadé, superiora de la Congregación de las Hermanas Maronitas de la Sagrada Familia.
“La consideración de la situación actual, de las divisiones y de las miserias, abruma el alma con el desaliento. Con frecuencia hablamos de desesperanza respecto a las reformas que deben hacerse, lo que termina generando indiferencia, una disposición contraria a la virtud del amor patriótico. Esta virtud implica el verdadero deseo de ver a nuestra patria más gloriosa, más civilizada y más unida a Dios”, escribe el patriarca.
Una patria “más civilizada”
“Más civilizada”. La expresión no es casual. En su mensaje, el patriarca Howayek insiste en la necesidad de desarrollar entre la élite libanesa el sentido del interés general. Exhorta a quienes aspiran a ejercer funciones públicas a no aceptar responsabilidades incompatibles con sus verdaderas competencias. Como si se tratara de un espejo, sus exhortaciones reflejan las alarmantes deformaciones y los vicios de la sociedad política y económica de los primeros años del país.
Candice Raymond: “Misión e identidad”
¿Por qué existía tanto desorden? La respuesta a esta pregunta se encuentra, en parte, en un estudio publicado en 2013, Vida, muerte y resurrección de la historia del Líbano o las vicisitudes del fénix, de la historiadora Candice Raymond (IFPO).
La autora escribe: “Tras la Primera Guerra Mundial, cuando se planteó la cuestión territorial, los partidarios de la creación de un Estado libanés desarrollaron una argumentación tanto económica como histórica para obtener la incorporación al Monte Líbano, que desde 1861 gozaba del estatus de sanjacado autónomo, de diversos territorios periféricos: Trípoli y Akkar al norte, la llanura de la Becá al este, Sidón y Jabal Amel al sur y, sobre todo, Beirut, a la que deseaban convertir en la capital del nuevo Estado.
La retórica de la lucha permanente contra la opresión fue entonces sustituida por una teleología del poder estatal, que distingue la historiografía comunitaria maronita de la historiografía libanista maronita.
Esta última invierte, en efecto, la relación entre la comunidad maronita y el territorio libanés. Ya no es la comunidad la que, mediante su lucha por la libertad, otorga una identidad particular al territorio que ocupa, sino que es ese territorio el que, debido a sus características morfológicas y geográficas, impone una misión y una identidad a quienes lo habitan.
El paralelismo geográfico entre la costa mediterránea y la montaña libanesa encuentra su correspondencia en una doble funcionalidad del territorio: la del Líbano del intercambio, entre el mar y el continente, entre Oriente y Occidente; y la del Líbano refugio, santuario de la libertad y de la independencia.
A partir de entonces, el Estado hunde sus raíces en las experiencias políticas que lograron unir estas dos misiones, mientras que la nación encuentra allí el fundamento de su identidad específica.”
Estas líneas son fundamentales. La historia del Líbano sigue siendo uno de los puntos débiles de nuestra educación nacional. Los libaneses de 1920, al igual que los de 2026, no terminaron de tomar conciencia de esa “inversión” señalada por Candice Raymond.
El mensaje del patriarca Howayek buscaba, sin lugar a dudas, establecer el vínculo entre ese cambio de paradigma y la necesidad de un nuevo sistema de valores; entre el paso de una responsabilidad centrada únicamente en uno mismo a una responsabilidad hacia uno mismo y hacia los demás; o, en términos más filosóficos, entre el paso de la prehistoria del Líbano a su entrada en la historia.
Ese tránsito es el que lleva del “Líbano mensaje” de Juan Pablo II al “Líbano misión”, para desarrollar una imagen que hoy todos los libaneses comprenden. El Gran Líbano fue, en realidad, un verdadero envío a una misión y no una feria del beneficio ni una lucha desenfrenada por los intereses particulares, como lamentablemente muchos libaneses de aquella época parecieron vivirlo.
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