
Hay que agradecer a Naïm Kassem no poseer ni el carisma, ni la elocuencia, ni la virtù de su predecesor, Hassan Nasrallah. A lo largo de los años, y sin duda hasta su traspiés sirio, Nasrallah encarnó en el espíritu árabe-musulmán una cierta idea de la irreductibilidad frente a Israel. Sus dotes de orador habían logrado una proeza magistral: conseguir que se olvidara que, bajo sus arengas anti-imperialistas de «resistencia», él mismo constituía nada menos que la punta de lanza de un proyecto imperialista iraní, edificado sobre la sangre de sus conciudadanos libaneses, desde la izquierda libanesa hasta los pilares del 14 de Marzo.









